ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO
LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

lunes, 24 de noviembre de 2025

MUCHO MÁS QUE UN APRETÓN DE MANOS


Tus manos son mi caricia
mis acordes cotidianos
te quiero porque tus manos
trabajan por la justicia

si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos

tus ojos son mi conjuro
contra la mala jornada
te quiero por tu mirada
que mira y siembra futuro

tu boca que es tuya y mía
tu boca no se equivoca
te quiero porque tu boca
sabe gritar rebeldía

si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos

y por tu rostro sincero
y tu paso vagabundo
y tu llanto por el mundo
porque sos pueblo te quiero

y porque amor no es aureola
ni cándida moraleja
y porque somos pareja
que sabe que no está sola

te quiero en mi paraíso
es decir que en mi país
la gente viva feliz
aunque no tenga permiso

si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos.

(Poema de mi amigo, Mario Benedetti)


Extraña noche hoy en la taberna del Mono Rojo. No han venido los jovencitos ruidosos de otros días, y quizás por eso, en vez de la bachata que sonaba últimamente, Adiolinda ha puesto el pincho de fados que yo la dejé.
Pocos parroquianos, todos habituales, y en ese momento en el que por encima del borde de mi jarra de cerveza observaba al personal, Rosa, con su faldita de cuero negro y sus ligueros en esas dos torres que la mantenienen en pie, tomó asiento en mi mesa, al lado mío, y cogiéndome la mano, sin soltarla, me iba dando pequeños apretones que podían coincidir con los latidos que un cansado corazón oprimido por dos pechazos enormes emitía no muy rítmicamente, pero funcional.
No pude evitarlo y mi mente escapó hacia el pasado, en el que llevar cogida de la mano a mi pareja era la expresión de una conversación silenciosa mantenida simplemente por el contacto de ambas extremidades, unidas no solo en el paseo.
Ese apretón de manos significaba el amarre a puerto seguro, al abrigo de las peligrosas olas de la cotidianidad social que golpeaba en las calles a individuos conformes con el estado al que les empujaba y conducía el sistema.
Nosotros nos entendíamos de mil formas diferentes y pocas necesitadas de palabra alguna.
Era todo un lenguaje de algún ya olvidado rito en el que dos personas unían su presente en una lucha por cambiar su individualidad en algo colectivo que no solo revolucionaba su existencia sino que mejoraba al mundo en un compromiso impulsivo de lograr un futuro mejor en el que la comprensión y la empatía se daban de manera natural sobrando las palabras.
Ir caminando cogidos de la mano con la persona que amas os convierte en revolucionarios sociales en busca de una alianza para el impulso idealista de los objetivos compartidos.
La paz conquistaba mi mente mientras el cuerpo, relajado, iba dejándose llevar por la gratitud a la situación cómplice e intensa al tiempo en que ansiaba escribir una nueva constitución en la que el primer artículo sería el de todo ciudadano tiene derecho a conocer el amor y el deber de mantenerlo encendido como pilar necesario de una sociedad utópica y particular en el colectivismo necesario para que la sonrisa sea la marca y la llave identificadora del movimiento social.
A otro nivel, el estrechar tu mano con la mía era la bienvenida a mi ser, a todo yo, rendido y entregado a la persona que pegaba su piel a la mía.
Hace años de esa revolución. Desde entonces no he paseado de la mano con nadie, y Rosa, hoy, con su gesto cansado y ocasional en busca de un apoyo, y por qué no, también de una copa, despertó y trajo hasta mi mesa los fantasmas del pasado de las manos juntas, en un contacto que superaba cualquier conexión posterior por fuerte que fuera.
Palabras silenciosas, conversaciones silenciosas. El mundo contra nosotros y nosotros, armados con la fuerza de nuestras manos, convenciendo sin quererlo, venciendo.
Dejemos que Rosa apriete la mano con sus gruesos y sudorosos dedos, con toda su humanidad y todo su deseo de
 refugio puesto en la quimera de un sencillo apretón de manos.

miércoles, 19 de noviembre de 2025

insomnio


Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas).
A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo en este nicho en el que hace 45 años que me pudro,
y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los perros, o fluir blandamente la luz de la luna.
Y paso largas horas gimiendo como el huracán, ladrando como un perro enfurecido0
 ubre caliente de una gran vaca amarilla.
Y paso largas horas preguntándole a Dios, preguntándole por qué se pudre lentamente mi alma,
por qué se pudren más de un millón de cadáveres en esta ciudad de Madrid,
por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el mundo.
Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?
¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día, las tristes azucenas letales de tus noches?

(Poema de mi amigo Dámaso Alonso)

Es pronto, muy pronto para que el día despunte, o tarde, muy tarde para regresar al mundo del sueño, acompañado de tanto fantasma que en el recuerdo evita que caigan mis párpados y mi mente relaje para recarga energética.
Muy pronto para pensar, sentir, en lo que disfrutamos sin quererlo, casi usamos sin sentirlo, o en lo que nunca tuvimos y queríamos, en lo que nunca desarrollamos y notamos.
Las que se fueron después de una noche de alcohol terminada entre sábanas de algún cuarto de hotel barato para descubrir en la mañana, entre las brumas irlandesas de vidrio que olvidé, o tal vez ni quise, saber su nombre.
Y las que quedaron, las menos,  convirtiendo el sexo
 en amigos, sin necesidad alguna de recordar la pensión improvisada, el refugio del momento y que aún permanecen en la agenda en la hoja de la A, de amistad.
Las que hubieran debido que quedaran y marcharon escurriéndose como el agua en las rendijas dejando solo la impronta de lo que hubiera podido ser y no fué, quizás por mis cegueras temporales con las que no veo lo que no quiero, y luego, confundido echo de menos.
Amigos de barra y puñalada sobrándoles lo de amigos.
Conocidos de saludo, movimiento de cabeza, a los que un ehhhhh es el buenos días o noches o casi, 
y si piensas, conocidos si, de la Taberna, aunque en esta noche larga de insomnio se sientan tambien en mi mesa quizás como amigos, ignorando lo que pueden ser y no entiendo.
Es como si cada fantasma, agarrando la corona del reloj retrasara su avance regresando a un horario insular y dilatando la noche en una masterclass de indecencias fantasmales que,  levantan la copa brindando conmigo en cada bostezo huido del cajón de los bostezos reprimidos.
Larga noche, tengo sueño y estos perennes mochileros del pasado no me sueltan.
Mi pasado, mi camino, 😃 😃,
mi mochila, mi condena...mi taberna.

lunes, 17 de noviembre de 2025

AMOR DE MADRE

Mamá, yo quiero ser de plata.
Hijo, tendrás mucho frío.
Mamá, yo quiero ser de agua.
Hijo, tendrás mucho frío.
Mamá, bórdame en tu almohada.
¡Eso sí! ¡Ahora mismo!

(Poema de mi amigo Federico García Lorca)



La conocíamos desde años atrás, siempre silenciosa, calladita, tímida.
Todos pensamos que guardaba algo dentro, pero ninguno pudimos suponer que era eso.
La llamaban, desde entonces, La Eterna Viuda.
Todo empezó un día en el que el Cipri llamó a una ambulancia del 061 para doña Milagros, que así se llamaba la discreta anciana que pasaba las tardes en la Taberna dando vueltas a la escandalosa cucharilla del descafeinado al que Cipri la invitaba cada tarde desde que se quedó viuda.
A veces escuchaba los tristes lamentos de los sonetos de un poeta decadente, o escuchaba asombrada las aventuras pasadas de Rosa con sus clientes de entonces, o atendía interesada las palabras que el tabernero, sentado con ella a su mesa, mascullaba sobre juventudes portuguesas que posiblemente fueran inventadas.
Ese día de la ambulancia la trasladaron al hospital en el que estuvo ingresada muchos días, para regresar de nuevo a la taberna no sin antes decirnos que no se quiso operar y había pedido el alta.
No hubo manera de arrancarla nada más, no soltó ni motivo ni por qué alguno, y continuó cada tarde con su descafeinado invitado.
Lo único que se notó como novedad es que se abrazaba a su vientre acariciándolo como sin pensar.
Un día no vino, ni al otro, ni al siguiente, y un Cipri muy borracho, sentándose conmigo, farfulló entre dientes solo una frase, era madre y eso la mató.
No sabía de que hablaba, tal vez de doña Milagros, pero ella no tenía hijos que supiéramos y así se lo comenté al anciano tabernero, rescatado de su pozo del no ser por los acontecimientos que le habían superado.
-Estaba embarazada, coño, que pareces bobo, exclamó Cipri.
Embarazada a su edad, que cosas tiene el alzheimer, viejo, embarazada dices.
Sacándose una radiografía me enseñó un bulto fotografiado por los rayos en lo que debía ser una pelvis, y me dijo, estuvo sesenta años embarazada. Fue un embarazo desarrollado fuera del útero y que terminó sin un sangrado, sin un aborto, sin nada, simplemente desapareció.
Los médicos, con los avances de entonces, no vieron al feto y pensaron que el cuerpo lo había absorbido, pero no, la naturaleza es sabia y para evitar infecciones fue calcificando al feto de tal manera que solo ahora, después de sesenta años, comenzó a tener molestias.
No quiso que se lo sacarán mediante una operación. Doña Milagros había sido madre sin saberlo y tenía en su interior, o así lo sentía ella, a su hijo de sesenta años y no iba a consentir que los separarán.
-Cipri, me dijo una tarde mientras jugaba con la cuchara golpeando la taza, nerviosa, -me voy a marchar, moriré abrazada a mí bebé y reposaremos juntos, como hemos vivido. Es la última vez que la ví. Me avisaron los vecinos que había aparecido acostada en su cama, con las manos en su vientre y con una sonrisa en su cara. Doña Milagros se había ido con su hijo no nacido - me contó el Cipri con lágrimas en sus ojos cayendo poco a poco en ese pozo negro y oscuro del no ser.

Ese día me fui pronto a casa.

sábado, 15 de noviembre de 2025

CON SERRÍN EN LOS ZAPATOS

¡Te quiero!, -me dijiste,
y la flor de tu mano
puso un arpegio triste
sobre el viejo piano.

( En la ventana oscura
la lluvia sonreía...
Tamboril de dulzura.
Gong de melancolía.)

-¿Me querrías tú lo mismo?-
Y en tu voz apagada
hubo un dulce lirismo
de magnolia tronchada.

( La lluvia proseguía
llorando en los cristales...
Cortina de agonía.
Guadaña de rosales.)

-¡Para toda la vida!-,
te dije sonriente.
Y una estrella encendida
te iluminó la frente.

( La lluvia proseguía
llamando en la ventana
con una melodía
antigua de pavana.)

Después, casi llorando,
yo te dije: -¡Te quiero!-
Y me quedé mirando
tus pupilas de acero.

-¡Para toda la vida!-
dijiste sonriente,
y una duda escondida
me atravesó la frente.

( En la ventana oscura
la lluvia proseguía
rimando su amargura
con la amargura mía)

(Poema de mi amigo Rafael de León)


El serrín que parecía brotar del suelo de la taberna, y que esparcía, hoy más que nunca Adiolinda, estaba, más que húmedo, mojado y se adhería a los mismos zapatos que antes habían vertido encima de él el agua de lluvia que caía en la calle, obligando a muchas personas a refugiarse en esa tasca convertida sin quererlo en una nueva Arca, en la que todo tipo de animales de dos patas entraba sin pedir permiso al reciclado y como ausente Cipri, convertido en un actualizado Noé.
Las bachatas que tanto gustaban a la camarera llenaban el ambiente de esa azucarada música, que llegada desde el otro lado del Atlántico iba conquistando, sin guerrear, los locales como éste del Mono Rojo.
Los habituales concentrados en las últimas mesas, frente al almacén y los servicios, en los que solo faltaban canoas navegando alrededor de las tazas y urinarios ante la imposibilidad de limpiarlos por parte de la venezolana Adiolinda.
Rosa, la vieja prostituta, salpicada la corta falda de cuero ajado de serrín que destacaba sobre el negro de la prenda, intentando en el mostrador que alguien la pagara una copa y cuando lo conseguía, la muchacha no estaba en la barra atendiendo las mesas y provocando el cabreo de Rosa al ver cómo se marchaba su inesperado mecenas, provocando que, sin querer, rompiera yo en carcajadas viendo los esfuerzos no recompensados de la antigua sirena.
-No te enfades, Rosa, yo te pago una, la decía tapándome la boca con la mano para que no viera mi risa.
Día del lluvia en la taberna, joder, parece el metro en hora punta. Me marcho a mojarme, al menos me mojo solo.

jueves, 13 de noviembre de 2025

MIEL Y CUCHILLO

“Es el orden de las cosas; a todos nos dan a probar primero la miel y luego el cuchillo.”

(Poema de Charles Bukowski)


Siempre borracho. Muchos días dormido sobre la mesa, apoyando la cabeza en los brazos, con la jarra tumbada sobre el tablero y murmurando palabras inconexas mezcladas entre rudos ronquidos.
Dicen que fue policía y que lo dejó, que abandonó. 
Comentan que era un jefecillo de comisaría de barrio, con muchos años en el cuerpo y un presente que auguraba un futuro tranquilo y bien remunerado.
No era joven, ni tampoco viejo, bien cuidado de gimnasios y pesas y nunca se comentó nada irregular de él. De su trabajo a la casa, la familia, el descanso, y de nuevo al trabajo al día siguiente. Ni una infidelidad, ni una juerga de amigos con final en la extensa y concurrida finca de Baco, nada extraordinario en su vida.
Quizás por eso extrañó a todos el que, nada más dejar la policía, de golpe, de un día para otro, su hijo marchara de casa, no se sabe paradero, y su mujer se divorciara.
Le debió cambiar la vida. La soledad le acompañó hasta la taberna del Mono Rojo y desde esa primera vez, habitual de la misma a borrachera diaria.
Una mujer, un amor que vuela, te puede cambiar la vida, y pasar de un carril al contrario no es difícil si encuentras en la copa el abrazo que te falta.
Hoy todavía no estaba muy borracho, y seguramente, al levantarse a por una jarra, se equivocó de mesa y se sentó conmigo.
Le saludé y empezamos a hablar. Yo pregunté como pudo dejar un trabajo en el que era respetado y que formaba parte de su ser ¡¡¡nada menos que policía!!!

Me miró con esos ojos enrojecidos, de beodo crónico y empezó a contarme cómo llamaron por un atraco a un banco, y como al llegar apuntó con su arma a un atracador que llevaba a un rehén cogido del cuello.
No respondió al ¡¡¡alto policía!!! que le gritó desde su distancia.
El atracador le miraba desde detrás de su pasamontañas, hubiera podido decir que con miedo y algo de sorpresa, entonces se movió y él pensó que el delincuente le iba a disparar y apretando el gatillo atravesó al salteador el pecho derrumbándolo con su rehén intacto.
Mientras lo veía caer, escuchó claramente la última palabra del asaltante antes de quedar tendido en el suelo...¡¡¡¡¡PAPÁ!!!!!

El resto, ya lo conocéis vosotros.

UN NIÑO DE LA GUERRA, CUALQUIERA DE ELLOS.

Yo voy soñando caminos
de la tarde. ¡Las colinas
doradas, los verdes pinos,
las polvorientas encinas!...
¿Adónde el camino irá?
Yo voy cantando, viajero
a lo largo del sendero...
-la tarde cayendo está-.
"En el corazón tenía
"la espina de una pasión;
"logré arrancármela un día:
"ya no siento el corazón".

Y todo el campo un momento
se queda, mudo y sombrío,
meditando. Suena el viento
en los álamos del río.

La tarde más se oscurece;
y el camino que serpea
y débilmente blanquea
se enturbia y desaparece.

Mi cantar vuelve a plañir:
"Aguda espina dorada,
"quién te pudiera sentir
"en el corazón clavada".

(Poema de mi amigo, Antonio Machado)



- ¿Me puedo sentar contigo? Necesito contar algo.

Le miré, levantando mi cara del fondo de una jarra y lo vi por primera vez de cerca. Con una vieja y descolorida chaqueta azul, con dos medallas en la solapa. Su cabeza tocada por una boina ladeada y con una estrella roja en su frontal.
- Siéntate si quieres, claro, y cuenta lo que quieras, lo que necesites, aquí todos, viejas cotillas sin reformar, escuchamos continuamente, quizás sea lo que mejor se nos da.
Ardía Gijón, comenzó, yo era un guaje de cinco o seis años, no se muy bien. Mi padre en el frente, mi madre batallando para conseguir comida, al menos para mí, y volaron la escuela; un avión alemán de los que aterrorizaban la ciudad, la bombardeó, igual que al hospital o a unas casas de al lado, y mi madre decidió que ya era suficiente, que al menos yo me salvaría me dijo mientras íbamos al Comité del partido para apuntarme y sacarme de España en un barco, mientras yo lloraba sin consuelo, asustado.
Y así fué. Mi último recuerdo de Gijón fue ver a mi madre corriendo a lo largo del malecón del puerto diciéndome adiós con un pañuelo que alguna vez fue blanco.
Soy uno de los casi tres mil niños de la guerra que salieron embarcados rumbo a Rusia.
Me trataron bien, sobre todo al principio, ropa limpia, comida, y de vez en cuando un abrazo por las personas encargadas de cuidarnos.
Luego fue peor, los nazis invadieron Rusia y de nuevo nos trasladaron, está vez en un antiguo tren, que andaba a golpes de un oscuro humo que nos ponía la cara y la camisa negra, pareciendo mayores de lo que éramos.
Ahí ya empezó a escasear un poco la comida, y el tiempo era peor, mucho frío que demostraba la escasez de leña.
A mí me daba igual, yo lloraba cuando todo iba bien y cuando iba mal seguía llorando. Yo quería volver a Gijón, con mi madre, y con esa esperanza pasó un año, y otro, y otro. Franco había ganado la guerra en España y no podíamos volver, o eso nos decían.
Aprendí ruso con su cirílica escritura. Estudié una ingeniería, me casé y no tuve hijos, pero seguía pensando que mi meta era volver a España, a ese Gijón mío tan añorado.
Siempre lleve a gala ser español. No quise, como otros compañeros, convertirme en ruso, yo no era ruso aunque es mucho lo que les debo, pero yo quería volver a mí Cantábrico, a mí mar en esas playas donde en ocasiones, pocas, mi madre jugaba conmigo.
Mi mujer, mi compañera, falleció y ya me prometí volver, nada que me dijeran podía aferrarme a esa tierra, y volví.
Una España rara, donde me miraban como un ser extraño por haber estado,con los comunistas", donde nadie me dío trabajo, por rojo, por haber pasado casi toda mi vida en Rusia...peor, en la Unión Soviética.
Hice todos los trabajos esporádicos que me salieron, chapuzas los llamáis vosotros, y sumando eso a una pequeña ayuda estatal, fuí tirando, y una noche, imaginando estar frente a mí mar, a mí Cantábrico, pensé, mamá me voy contigo, cuando al empezar a andar escuché una melosa canción cantada en algo parecido al castellano pero que no lo era, y un vozarrón me gritó si quería una cerveza, que me invitaba.
Dije que no, pero el hombre vino, con un delantal a rayas negras y verdes, y poniéndome la mano en el hombro me dijo, "¿pa'que la prisa? Lo que vas a hacer lo puedes hacer más tarde. Tómate una cerveza conmigo, coño, y luego haz lo que quieras.
Y casi obligándome a andar me metió en esta taberna, la del Mono Rojo. Así conocí al Cipri, y me tomé una cerveza con él, y otra, y otra; durante muchos años he estado tomando una cerveza tras otra con el Cipri.
A veces le ayudaba limpiando la tasca, los servicios, o si había mucha gente quitaba los vidrios de las mesas, y el Cipri me pagaba siempre algo, no mucho, pero siempre me pagaba, aunque yo no lo habría cobrado nunca. Cipri me dió un motivo, una amistad de verdad. Nunca supe, porque nunca me lo dijo, como vió esa noche que quería terminar con todo, y así pasó este tiempo, hasta que un día pensé, "mamá, tendrás que esperar aún más".

miércoles, 12 de noviembre de 2025

SOLEDAD ACOMPAÑADA

Lágrima triste en mi dolor vertida,

perla del corazón que entre tormentas

fue en largas horas de pesar nacida,

en fúnebre memoria convertida

la flor será que a tu corona enlace;

las horas de la vida turbulentas

ajan las flores y el laurel marchitan


(Poema de mi admirada amiga, Rosalía de Castro)




Pasa la noche, transcurren las horas y en la mesa el tiempo está detenido entretanto fantasmas pasados vuelven a visitarme mientras apuro frías  jarras de cerveza.

Los recuerdos se amontonan y se manifiestan de manera que la impresión es de no haber transcurrido ni un solo minuto en el que la soledad del frío tablero marcado dejara de impulsarme a marchar y el pasado, presente en esta noche triste se empeñara en mantenerme como memoria de la tasca del Cipri.

Con la yema de un dedo recorro los surcos labrados en la tabla, formando nombres, corazones, fechas con el eterno estuvo aqui y siento en cada estela, en cada rastro, el sabor amargo de lágrimas alcohólicas, ilusiones dañadas y risas ocultando un llanto eterno incrustado en el alma del novel e improvisado grabador.

Hoy, pocos parroquianos, callados, silenciosos, meditabundos e inmersos en sus océanos personales de inseguridades y fracasos.

Una jarra más y me marcho. Quizás conmigo venga esa procesión fantasmal de tiempos pretéritos, o quizás tan solo vaya acompañado de situaciones provocadas en los ayer de muchos días, o tal vez camine solo, echando de menos tan quimérica compañía.

No se, pero apuro la jarra y salgo.

martes, 11 de noviembre de 2025

MÁS TABERNA, MÁS NOSOTROS.

Hoy como ayer, mañana como hoy,
¡y siempre igual!
Un cielo gris, un horizonte eterno
y andar... andar.

Moviéndose a compás, como una estúpida
máquina, el corazón.
La torpe inteligencia del cerebro,
dormida en un rincón.

El alma, que ambiciona un paraíso,
buscándole sin fe,
fatiga sin objeto, ola que rueda
ignorando por qué.

Voz que, incesante, con el mismo tono,
canta el mismo cantar,
gota de agua monótona que cae
y cae, sin cesar.

Así van deslizándose los días,
unos de otros en pos;
hoy lo mismo que ayer...; y todos ellos,
sin gozo ni dolor.

¡Ay, a veces me acuerdo suspirando
del antiguo sufrir!
Amargo es el dolor, ¡pero siquiera
padecer es vivir!

(Poema de mi amigo, Gustavo Adolfo Bécquer)


Hoy estuvo Manuela en la taberna. Al principio no la reconocí, vuelta de espaldas a mí y con una cascada de pelo de invierno, blanco entre grises, que me llamó la atención al sentir que era alguien de antes y que encontraría de nuevo.
Se dió la vuelta y era Manuela, la misma Manuela de siempre, con una copa en la mano y hablando con un Cipri al que parecía rescatar de su fondo del no ser y que el viejo tabernero reconocía al ver la viveza, casi nunca encendida, de sus ojos.
Manuela y el Cipri. Cuántas noches de mostrador y taburetes hasta madrugadas altas, cuantas conversaciones y cuantos poemas.
Hoy ha vuelto ese brillo de la taberna matando las sombras llenas de bachatas y gente nueva sin sentido ante el refugio de los inadaptados de la calle.
Manuela, poemas sentidos y duros, como ella, poemas de whiskys y lágrimas, poemas fotográficos en palabras retratando ese mundo personal de Manuela, que ha vuelto hoy a dejar una marca en el tablero de la mesa mientras el Cipri hablaba animado.
Hoy, como siempre que regresa alguien veterano en mil batallas asociales , ha sido más taberna, más nosotros.


sábado, 8 de noviembre de 2025

OLVIDO

Donde habite el olvido,
En los vastos jardines sin aurora;
Donde yo sólo sea
Memoria de una piedra sepultada entre ortigas
Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.

Donde mi nombre deje
Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,
Donde el deseo no exista.

En esa gran región donde el amor, ángel terrible,
No esconda como acero
En mi pecho su ala,
Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.

Allí donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya,
Sometiendo a otra vida su vida,
Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.

Donde penas y dichas no sean más que nombres,
Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
Disuelto en niebla, ausencia,
Ausencia leve como carne de niño.

Allá, allá lejos;
Donde habite el olvido.

(Poema de mi amigo Luis Cernuda).


Miles, millones de banderas abandonadas y tiradas una tras otra en montón de telas descoloridas y raidas, que en su día representaron anhelos e ilusiones, provocando revoluciones y exterminios dictatoriales, aplastando movimientos.
Palabras esparcidas por el viento y alicatando el suelo ennegrecido y pateado por oscuras botas militares que las reprimieron marcialmente.
Amores adolescentes, amores primeros, segundos, terceros y cuartos, cuernos retorcidos que fueron necesarios para unos y tortura y desencantos para todos.
Estudios, discursos y teorías amontonadas sin proceso alguno. 
Sacrificios, hipotecas, atracos y premios de lotería, deudas de préstamos usureros y en algún lado, ingresos clandestinos de polvos comerciales escondidos.
Poemas, canciones, y ternura, abrazos y besos sin mesura, virginidades perdidas media docena de veces, mentiras caseras a lo bestia disfrazadas de piadosas falsedades y patrañas.
Excusas que no existieron, partes de baja viajeros, mezclados con dañinos sentimientos que nadie sabe por qué surgieron.
Pozos de años perdidos, agujeros negros de historias reales inventadas y al final nada, preguntar la hora cada segundo militando en el oscuro dejar de ser, afortunadamente sin saberlo.
Triste paraje, triste almacén de pasados...no se que escribo, no recuerdo, por esos almacenes, me pierdo, ignorante del lugar donde me encuentro 
Arriba una luz pequeña, inalcanzable, no llego.
Palabras del Cipri.


jueves, 6 de noviembre de 2025

El sueño

Si el sueño fuera (como dicen) una
tregua, un puro reposo de la mente,
¿por qué, si te despiertan bruscamente,
sientes que te han robado una fortuna?

¿Por qué es tan triste madrugar? La hora
nos despoja de un don inconcebible,
tan íntimo que sólo es traducible
en un sopor que la vigilia dora

de sueños, que bien pueden ser reflejos
truncos de los tesoros de la sombra,
de un orbe intemporal que no se nombra

y que el día deforma en sus espejos.
¿Quién serás esta noche en el oscuro
sueño, del otro lado de su muro?

(De mi amigo, Jorge Luis Borges)


Está noche pasada soñé conmigo, les dije a los parroquianos que, sentados a mí mesa, escuchaban callados y expectantes mis palabras.
Me vi joven, con el pelo caído sobre los hombros, como solía llevarlo, con mi cazadora de segunda o tercera mano, azul descolorido, de aviación militar, comprada en una tienda de lo viejo en la calle De la Ruda, del Rastro de Madrid. Con mis queridos pantalones campana y calzado con unas alpargatas segarra que eran las que más duraban.
Estaba al lado del mar, sobre unas rocas que mientras aguantaban el envite de las olas, servían a la vez de posada a una cantidad indefinida de pequeños y rápidos cangrejos, que de golpe se paraban para luego correr de lado hacia otro agujero de la corpulenta masa pétrea con múltiples puertas para esos graciosos seres, siempre andando marcha atrás.
Recuerdo del sueño que miraba como el sol se bajaba de su trono celeste y poco a poco, primero un pie y luego el otro, (hermosos y lindos pinreles, nada de linfedemas), se iba sumergiendo en la animada mole de agua en la que las olas divertían a delfines en la alegre y  distraída jarana creada entre el viento y el mar para deleite de seres submarinos correteando entre corrientes.
Siempre pensé que volvería a encontrarme con la hermosa marejada marítima, que mi despedida del barco cuando marché de Rosas no fue definitiva, y que al final de mis días, cuando uno, cansado de caminar, volvería a su seno hasta el momento en que Dios me llame y mi cuerpo vague navegando donde quiera que el agua me arrastre mientras el viento del sur, cálido compañero unido al salitre pegajoso de Ponto, hijo de Gea, me acarician el rostro ya frío del  Forastero dormido para siempre.
Marcharme así, entre susurros de olas, con paleta de colores inimaginables, maravillosos, con el olor a mar en mis sentidos y de fondo, como ya dije, tu risa.
Ni faraones soñaron nunca con una despedida tan magna, tan preciosa
En cambio, lejos de mis sueños e ilusiones, permanezco amarrado por lazos invisibles a un tabla de madera que navega entre humos de cigarros y vapores de cerveza, mientras el resto de tripulantes escucha, callados, y una mano de Rosa, la vieja prostituta me aprieta la pierna y con la otra se quita una rebelde lágrima que demuestra su sensible borrachera.
Ya veremos.

lunes, 3 de noviembre de 2025

Con las alas rotas


Pongo estos seis versos en mi botella al mar
con el secreto designio de que algún día
llegue a una playa casi desierta
y un niño la encuentre y la destape
y en lugar de versos extraiga piedritas
y socorros y alertas y caracoles.

(Poema de mi amigo, Mario Benedetti).

Estoy convencido que no todos los ángeles son bellos, esbeltos, rubios y con buena presencia.
Estoy convencido que no todos tienen un par de lindas y hermosas alas, blancas, radiantes, limpias.
Aquí, en la Taberna del Cipri, he conocido a ángeles de alas rotas por largos y cansados vuelos por la vida, feos por los años de dolores y angustias esculpidos en el rostro, de cicatrices profundas creadas por decepciones y desencantos en las aguas bravas de existencias duras prolongadas en el tiempo.
Silencios muchos y a veces, no siempre, cantos broncos, de ásperas gargantas acompañadas de sonrisas sinceras entre dientes amarillos.
Son ángeles también, que esperando la vuelta a casa aterrizaron en este aeródromo del Mono Rojo donde aguardan la llamada de alguien necesitado de ser escuchado y demandando, aunque mugriento, un hombro en el que apoyarse y regar con alguna lágrima.
Un ángel la vieja prostituta, que continúa atendiendo, ya por una copa en la barra, los lamentos del borracho al que han echado de casa.
Un ángel el poeta, que prolonga la amargura profunda de su alma al observar un enfermo de amor no correspondido y prorroga sus sonetos que tan solo otros ángeles tabernarios escucharán declamar en esas noches de alcohol colectivo.
Un ángel la anciana que, ya viuda, descubrió el oscuro mundo del Mono Rojo y, todavía sorprendida, se alistó para aprender escuchando percibiendo la existencia de otras vidas.
Ángeles de ropas sin marca y cuerpos marcados, ángeles sin parecerlo, ángeles, ángeles fuera del Paraíso, pero ángeles, de los que nunca hablarán en las iglesia, pero que en templos como éste, brillan con su propia y peculiar luz. 
Ángeles.

viernes, 31 de octubre de 2025

CUANDO VUELVA A LA CASA GRANDE

Quítame el pan si quieres,
quítame el aire, pero
no me quites tu risa.
 
No me quites la rosa,
la lanza que desgranas,
el agua que de pronto
estalla en tu alegría,
la repentina ola
de planta que te nace.
 
Mi lucha es dura y vuelvo
con los ojos cansados
a veces de haber visto
la tierra que no cambia,
pero al entrar tu risa
sube al cielo buscándome
y abre para mí
todas las puertas de la vida.
 
Amor mío, en la hora
más oscura desgrana
tu risa, y si de pronto
ves que mi sangre mancha
las piedras de la calle,
ríe, porque tu risa
será para mis manos
como una espada fresca.
 
Junto al mar en otoño,
tu risa debe alzar
su cascada de espuma,
y en primavera, amor,
quiero tu risa como
la flor que yo esperaba,
la flor azul, la rosa
de mi patria sonora.
 
Ríete de la noche,
del día, de la luna,
ríete de las calles
torcidas de la isla,
ríete de este torpe
muchacho que te quiere,
pero cuando yo abro
los ojos y los cierro,
cuando mis pasos van,
cuando vuelven mis pasos,
niégame el pan, el aire,
la luz, la primavera,
pero tu risa nunca
porque me moriría.

(De mi conocido Pablo Neruda)

De repente escucho una risita de esas flojitas, casi tímida, de rata y a mí mente viene aquella otra que, potente, me rescataba de la borrasca y el oleaje de mis pensamientos, liberándome de la desazón de mis paisajes neuronales y sus consecuencias.
Ya antes de hablarte como llegamos a hablar, al principio, cuando nos presentaron, en la pesadez insoportable de alguna reunión, al escuchar tu fresca y franca carcajada me sentía curioso y miraba, alargando el cuello y levantando la cabeza,  preguntándome cómo sería el artífice de esa animada hilaridad que sobresalía por encima de las voces y conversaciones del resto.
Tú risotada era el chaleco con el que me protegía de mi y del resto del mundo, era la pantalla antibalas bajo la que me cobijaba y disfrutaba escuchandote.
Más adelante, verte reír era respirar aire fresco en la contaminada sociedad que nos rodeaba.
La música de tus carcajadas me acompañó siempre, arrancándome una sonrisa al recordarla, y ahora, en el otoño de mi vida, pienso cuando llegue el final del invierno futuro de mi existencia, me niego a que derrames una sola lágrima por mi marcha. Tú, ríete, aunque nadie lo entienda, aunque critiquen, aunque alguno se moleste, que tu risa resuene en el tanatorio hasta que todos los difuntos levanten la cabeza por ver qué ocurre. Tú ríete, por Dios, deja que esas bellas notas hilarantes que tanto aprecio y que tanto me han ayudado no dejen de sonar en el día más importante de mi vida, el final.
Debe ser hermoso retomar el camino a Casa escuchando de fondo tu risa, la mejor flor para decir adiós. Tú ríe.

jueves, 30 de octubre de 2025

LA CARCEL DE LOS RECUERDOS

Un albañil quería... No le faltaba aliento.
Un albañil quería, piedra tras piedra, muro
tras muro, levantar una imagen al viento
desencadenador en el futuro.
 
Quería un edificio capaz de lo más leve.
No le faltaba aliento. ¡Cuánto aquel ser quería!
Piedras de plumas, muros de pájaros los mueve
una imaginación al mediodía.
 
Reía. Trabajaba. Cantaba. De sus brazos,
con un poder más alto que el ala de los truenos
iban brotando muros lo mismo que aletazos.
Pero los aletazos duran menos.
 
Al fin, era la piedra su agente. Y la montaña
tiene valor de vuelo si es totalmente activa.
Piedra por piedra es peso y hunde cuanto acompaña
aunque esto sea un mundo de ansia viva.
 
Un albañil quería... Pero la piedra cobra
su torva densidad brutal en un momento.
Aquel hombre labraba su cárcel. Y en su obra
fueron precipitados él y el viento.

(Poema de mi amigo Miguel Hernández).

Noches, cientos de noches en la taberna.
Horas, miles de horas ante una jarra de cerveza, ya calentorra, olvidada entre recuerdos narrados por parroquianos como yo, desgranadores casi profesionales de acontecimientos y sorpresas encontradas en nuestros recorridos por la vida.
Ahora, desde la mesa en la que me apoyo, veo las piedras que forman, unidas entre si, las oscuras paredes, y pienso que cada piedra tiene un nombre, distinto para cada uno que sea el que las observa, pero titulares del nombre de personajes que, noche tras noche, atracaban en el refugio, puerto seguro del Mono Rojo, protegidos de la borrasca callejera que nos empujaba a la dársena del Cipri.
Amores lejanos y perdidos, cada uno con su piedra, tallada por dos corazones que alguna vez parecieron latir al unísono.
Amistades de barra, efímeras y pasajeras, de confesiones alcohólicas y lágrimas cerveceras. También sus piezas, labradas por manos olvidadas del que solo la imagen queda.
Poetas de poemarios compartidos entre nubes de tabaco y vapores etílicos. También bautizaron sus piedras, como no, con nombres amargos y tristes, como su existencia, pues sin penas, muchos poetas no existirían.
Entre todos, los labrados pedruscos levantaban los gastados muros en los que, como viejos presos, pagábamos las penas impuestas por nuestra libre supervivencia.
¡¡¡¡Niña, cuando dejes de bailotear, tráete otra jarra, y búscate tú piedra!!!!

miércoles, 29 de octubre de 2025

A IKER, DEMASIADO JOVEN PARA EL VIAJE QUE HA EMPRENDIDO


NOTA ACLARATORIA:

ESTAS PALABRAS LAS ESCRIBÍ HACE MUCHOS AÑOS. HOY, LA TABERNA ME LO HA SACADO EN FORMA DE BORRADOR Y EN MEMORIA DE IKER LO SUBO DE NUEVO CUANDO AHORA, EN NOVIEMBRE, SE CUMPLEN AÑOS DE SU MARCHA HACIA LAS VERDES PRADERAS CELESTIALES EN LAS QUE, ESTOY SEGURO, BRILLA PARA ÉL, EN SU ETERNIDAD, LA LUZ PERPETUA Y DESCANSA EN PAZ.
(Un beso para ti, Marepi)

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Hoy de nuevo en la Taberna del Mono Rojo, solo y pensando en alguien que se ha ido, en alguien que demasiado pronto se ha marchado al otro lado en busca de nuevos horizontes, de nuevos arco iris, de nuevos sueños, quizás agotados los de aquí, pero muy joven, demasiado.

Pienso si alguna vez nos hubieramos podido sentar ante una jarra de cerveza como la que tengo ahora en la mano, ¿que te hubiera dicho? ¿de que te hubiera hablado para convencerte de que nunca se ha visto todo, que ni en un millón de años podríamos descubrir todos los misterios preciosos que nos rodean?, quizás hubiera podido hacer que esperaras un poco más, que te dieras, que nos dieras, esa oportunidad que ahora ya no podrás darnos, de disfrutar en este mundo más de tí, de tu risa, esa risa que en las fotografías se adivina sana, fuerte, poderosa.

¿Que motivos te han podido llevar a abrazar el negro velo de la marcha, del viaje sin retorno al otro plano, donde seguro estarán encantados de tener allí tu alegría, tu risa, de tener, como dicen tus amigos en tu facebook, al más, al mejor?

Cuanto cariño te llevas de tus amigos, de tu madre, de tus hermanos. Me ha impresionado el enfado de tu hermana, estaba muy enfadada contigo, pero aún así te decía que te quería. Con que cantidad de cariño, de amor de tus seres queridos te has marchado, y que cantidad de ese amor te has dejado aquí, en los corazones de quienes ahora mismo, esta noche, tumbados en sus camas, piensan en ti mientras unas lágrimas en tu honor mojan sus almohadas en una noche de insomnio en el que ni el cansancio les permite dormir y olvidar lo pasado por unas pocas horas.

No puedo dejar de pensar continuamente en tu madre, mi amiga desde que eramos unos críos, y el dolor que siente, el dolor y el amor por tí, y me duele, Iker, me duele mucho tu marcha, sin conocerte más que por sus palabras, por las palabras que hoy he leido de tus amigos, de tu hermana Nagore. Me duele como si fueras de mi familia, (que podrías haberlo sido si el destino no hubiera cambiado a los actores en el reparto de papeles), pero aún así, pese al destino, pese a todo, de algo si estoy seguro, en mi corazón, en mis sentimientos, eras uno de los míos, un pariente próximo al ser hijo de una mujer tan grande como tu madre, mi amiga del alma, mi confidente en muchos aspectos de nuestras vidas, y hoy, en la Taberna del Mono Rojo, ante esta jarra de cerveza, tragándome las lágrimas por tu repentino viaje, brindo por tí, para que desde donde te encuentres seas feliz, y cuides de los tuyos, de tu hermana, de tu hermano, de tu madre, y no olvides que mientras la mayoría de la gente se va igual que llegó, sin nada, tu te has ido con una maleta grande, muy grande, llena de amor, de cariño, y que te has dejado aquí mucho equipaje repleto de más amor y cariño, que seguramente irás recibiendo poco a poco en los sueños de tus seres queridos contigo.

Adios Iker, me hubiera gustado que tomáramos esa cerveza. Quizás podamos beberla cuando nos veamos algún día en esos campos de sueños nuevos que has ido a buscar. Quizás entonces, Iker. Mientras, recibe un fuerte abrazo de éste que podría haber sido algo más que un triste cliente en esta taberna desde la que te escribo en una noche de dolor y pena. 

Salud, Iker, y hasta que sea que Dios quiera.





No llores si me amas - Carta de San Agustin a su madre

No llores si me amas...

¡Si conocieras el don de Dios y lo que es el Cielo!
¡Si pudieras oir el cántico de los Ángeles y verme en medio de ellos!

¡Si pudieras ver desarrollarse ante tus ojos los horizontes,
los campos eternos y los nuevos senderos que atravieso!

¡Si por un instante pudieras contemplar, como yo,
la belleza ante la cual todas las bellezas palidecen!

¡Cómo! ¿Tú me has visto, me has amado en el país de las sombras
y no te resignas a verme y amarme en el país de las inmutables realidades?

Créeme; cuando la muerte venga a romper las ligaduras,
como ha roto las que a mí me encadenaban,
y cuando un día, que Dios ha fijado y conoce,
tu alma venga a este Cielo en que te ha precedido la mía,
ese día volverás a ver a aquel que te amaba y que siempre te ama,
y encontrarás tu corazón con todas sus ternuras purificadas.

Volverás a verme, pero transfigurado,
extático y feliz, no ya esperando la muerte,
sino avanzando contigo,
que me llevarás de la mano por los senderos nuevos de la luz y de la vida,
bebiendo con embriaguez a los pies de Dios
un néctar del cual nadie se saciará jamás.

Enjuga tu llanto y no llores si me amas...


Lo que éramos el uno para el otro, seguimos siéndolo.
La muerte no es nada.
No he hecho nada más que pasar al otro lado.
Yo sigo siendo yo.
Tú sigues siendo tú.


Lo que éramos el uno para el otro, seguimos siéndolo.
Dame el nombre que siempre me diste.
Háblame como siempre me hablaste.
No emplees un tono distinto.
No adoptes una expresión solemne, ni triste,
sigue riendo de lo que nos hacia reír juntos.


Reza, sonríe, piensa en mí, reza conmigo.
Que mi nombre se pronuncie en casa como siempre lo fue,
sin énfasis alguno, sin huella alguna de sombra.
La vida es lo que siempre fue: el hilo no se ha cortado,
¿Por qué habría de estar yo fuera de tus pensamientos?
¿sólo porque estoy fuera de tu vista?
No estoy lejos... tan solo a la vuelta del camino.


Lo ves, todo está bien…
Volverás a encontrar mi corazón, volverás a encontrar su ternura acendrada.


Enjuga tus lágrimas y no llores si me amas.

Con todo mi cariño, con toda tu alegría


S Agustín.

martes, 28 de octubre de 2025

TESTIGOS

Cambia el pelaje la fiera
Cambia el cabello el anciano
Y así como todo cambia
Que yo cambie no es extraño
Cambia, todo cambia
Pero no cambia mi amor
Por más lejos que me encuentre
Ni el recuerdo ni el dolor
De mi pueblo y de mi gente

(Mercedes Sosa – Todo cambia)


Cuando estaba en parvulitos, lo que ahora llamarían, más pomposamente, “Educación Infantil”, nos hacían dormir la siesta. Si no dormíamos, al menos nos teníamos que quedar en silencio, con la cabeza apoyada sobre los brazos cruzados en la mesa. 
Uno de esos días de insomnio vespertino, observé mis manos y pensé que sólo podía saber mi edad física a través de ellas. Eran pequeñitas y regordetas, la piel tersa, las uñas mordidas y con restos de pinturas de colores. 
Hoy, muchos años después, las vuelvo a mirar. Son más grandes, más huesudas. Las venas se marcan, azules, bajo una piel que pierde elasticidad y gana arrugas. Hay alguna cicatriz blanquecina y la marca de una alianza que decoro el anular durante años. 
Pero yo no he cambiado. Son los mismos ojos los que miran. ¿Qué ha pasado entonces? Sólo el tiempo. 
Y me pregunto: ¿quién soy yo? ¿Las manos o la mirada? Tal vez ambas. Pero las manos pertenecen al mundo que pasa; la mirada, al que permanece.
La mente también viaja, crece, se pierde, se reinventa. Con los años aprende y olvida, se llena de voces y silencios. Puede confundirse, desvanecerse, romperse incluso. Si el pensamiento se apagara un día, ¿dejaría de ser yo?
No. Porque hay algo más hondo que no envejece, que no se disuelve con los recuerdos ni con las palabras. Algo que no necesita nombre, ni forma, ni memoria. Eso que tiembla, callado, en el fondo del pecho cuando todo lo demás se apaga.
El cuerpo pasa, la mente cambia, pero el espíritu permanece. Es la raíz invisible de quien fui, quien soy y quien seguiré siendo, más allá del tiempo.

(De Alguien, Fantasma del Pasado)

NORMAS

Cuando todos se vayan a otros planetas
yo quedaré en la ciudad abandonada
bebiendo un último vaso de cerveza,
y luego volveré al pueblo donde siempre regreso
como el borracho a la taberna
y el niño a cabalgar
en el balancín roto.
Y en el pueblo no tendré nada que hacer,
sino echarme luciérnagas a los bolsillos
o caminar a orillas de rieles oxidados
o sentarme en el roído mostrador de un almacén
para hablar con antiguos compañeros de escuela.

Como una araña que recorre
los mismos hilos de su red
caminaré sin prisa por las calles
invadidas de malezas
mirando los palomares
que se vienen abajo,
hasta llegar a mi casa
donde me encerraré a escuchar
discos de un cantante de 1930
sin cuidarme jamás de mirar
los caminos infinitos
trazados por los cohetes en el espacio.

(Poema de mi amigo Jorge Teillier)

Estaba todo reglado, todo calculado, medido. Cada cual conocía sus deberes, sus obligaciones. Derechos ninguno.
Faltar al sistema estaba castigado con la muerte, los soldados eran soldados, los obreros, obreros, los desocupados, parados eternos sin más cometido que el divertirse cuando les dejaban y con mucho cuidado por las penas de muerte. 
Las medidas, las justas. El orden, el establecido, férreo, cruel, desde hacía muchos siglos, sin evolución, siempre igual, la norma, la ley, el ordenamiento social, el estricto cumplimiento, la dictadura funcional y decretada en todo tiempo, pasado y futuro.
Paseando por las celdas vacías se dió cuenta de que no era nada, no era nadie, tan solo un número más a obedecer las normas obligadas y que ya nadie, salvo al parecer, ella, se cuestionaba y decidió rebelarse, no con actos guerrilleros ni violentos, que hubieran significado un suicidio, sino abandonando, marchándose desobedeciendo y quizás establecer con el tiempo una nueva comuna libre, donde la norma no fuera ley, solo consejo, donde la ambición y el deseo de cambiar de status no fuera delito condenado con la pena máxima. Donde un pueblo libre desarrollara una nueva, novísima existencia, y se fué.
Se marchó y viajó hasta encontrar una higuera, y una vez allí tomó posesión de un higo, donde fertilizó sus huevos entre las flores internas que sin tregua polinizó, y esperó la muerte cumplida ya su misión voluntariamente revolucionaria.
Su último pensamiento fue para la colmena, el sitio donde nació y creció.
Mientras, una sonrisa la dibujó el rostro al pensar que sus hijos nacerían y vivirían libres.

Han pasado dos años, del higo no queda nada, en su lugar celdas y más celdas de cera, legiones de obreras y soldados, una reina y unos cuantos zánganos reunidos en la entrada y de golpe, a una señal, los soldados y las obreras se tiraron sobre una que había incumplido las normas hasta darla muerte.
Lejos, en el suelo, sucio de humedad,un viejo cartel con el nombre de Colmena Libertad acompañaba en su abandono a una memoria rendida.
Podría decirse que las abejas no tienen memoria.

lunes, 27 de octubre de 2025

NO LO RECONOZCO

El viento del Otoño crepita frío entre los juncos secos,
envejecidos por el anochecer
aleteando, las cornejas vuelan desde el sauce, tierra adentro.

>Un viejo solitario se detiene un instante en una orilla,
siente el viento en sus cabellos, la noche y la nieve que se acercan,
desde la orilla en sombras mira la luz enfrente
donde entre nubes y lago la línea de la costa más lejana
todavía refulge en la cálida luz:
aúreo más allá, dichoso como el sueño y la poesía.

La mirada sostiene con firmeza en la fulgurante imagen,
piensa en la patria, recuerda sus buenos años,
ve palidecer el oro, lo ve extinguirse,
se vuelve y, lentamente, se dirige
tierra adentro desde aquel sauce.

(Del poema Esbozos, de mi amigo Hermann Hesse)


No le gustan los espejos, no reconoce a quien le mira fijo, interrogante, desde el otro lado del vidrio.
No sabe quién es, no lo ha visto nunca, ni en sueños. Solo ahí, por las mañanas a primera hora, imitando sus movimientos, y a lo largo del día cada vez que entra a luchar contra una próstata que, egoísta, no quiere dejar escapar ni una gota de lo bebido o ingerido.
No pregunta a los demás, familiares, amigos o conocidos sobre quién es el mimo que desde el otro lado le imita sea cual sea el movimiento o el gesto, ya no pregunta, desde que alguién, no recuerda quién, le contestó que "si no tú sabes quién es, no pidas que los demás lo sepamos", y desde entonces, nada, ni un comentario, ni una pregunta más, nada, como si ese arlequín sin traje a cuadros, no existiera.
Pero le pasa mucho también en otros aspectos, de hecho cree que debe vivir la vida de otro, porque él no se esforzó para que su existencia transcurriera así, rodeado de esa gente tan distinta a la que imaginó, viviendo en un lugar tan opuesto al anhelado desde joven, incluso hablando utilizando un lenguaje del que siempre huyó.
Le han robado la identidad, sus ilusiones, su lucha, pero "los otros" no saben que aún hay un lugar no invadido, donde se reconoce y se ve, donde la lucha continúa, en silencio, pero continúa. 
Un lugar desde el que aún prepara discursos motivadores para masas expectantes y decididas, como él, a conquistar el mundo.
Un lugar donde viven refugiados sus amores, en donde incluso hablan unos con otros, discuten y se reconcilian en su persona.
Un lugar en el que la resistencia aguanta y cada día renueva votos...
Hoy me he levantado y como cada día, lo primero, el cuarto de baño, te he visto y te he saludado. Ya se quién eres, esta noche por primera vez he soñado contigo, no con mi pasado, contigo, y he comprendido que, aún muy extrañado por no ser como ideaba, ese ser que me imita en el cristal, soy yo, finalmente derrotado por el viento de otoño que siempre gobernó el timón de mi vida, una vida diferente a la esperada, pero si, soy yo.

viernes, 24 de octubre de 2025

PEQUEÑO BROTE

¿Qué es un olivo?

Un olivo

es un viejo, viejo, viejo

y es un niño

con una rama en la frente

y colgado en la cintura

un saquito todo lleno

de aceitunas.

(De mi amigo Rafael Alberti)



Como dice mi amigo, el olivo es un niño, o fué un niño. Ahora, en el seco retorcer buscando ese agua que en secano no hay, es un viejo que además lo parece, y de vez en cuando un brote revoltoso, por el motivo que sea, no crece, permanece pequeño, con hojas verdes achinadas, pero no crece, quizás en un intento, como ella, de mantenerse en el pasado, refugiada en ese sentimiento que no acompañó su camino desolado y vacío que fue transformando su cuerpo que en solitario se desmarcó de la mente creciendo acorde a lo que la naturaleza impone.

Quizás fué un intento de no dejar que el tiempo destruyera los puentes que de joven, muy joven, se levantaron y por los que luego no cruzó nadie, salvo salteados periodos de llamadas de teléfono o de cartas sudadas de amor prohibido y negado.

Quizás el litio, o las salas de psiquiatría ayudaban a mantenerse en el silencio con el que se recluía en busca de pasados mejores que se negaba a abandonar.

Su cuerpo, con las cicatrices que el tiempo deja, crecía y se relajaba con la acumulación de edad, pero su mente, presa en una adolescencia en la que el amor era el único anhelo de vida, doblaba como extraña contorsionista y con grandes señales de años sufridos en lo considerado como abandono que no acompañaba al resto en el paso de los años.

Es adolescente en cuerpo de anciana, es brote en tronco viejo, es sufrimiento del que me culpo. Es una niña con un saquito de amor perdido.

Ella espera en su cuerpo viejo, yo...yo ya no.

PERENNE

Y la luna eras tú.
Una luna creciente, blanca, fría.
Mirabas hacia el mar y hacia las cosas
que no eran yo.
Y con cuánto silencio te gritaba
-creciente, blanco, frío yo también-:
«Mírame, mírame,
ay, mírame mirarte...»

(De mi amigo Antonio Gala)

A veces, mirando las desgastadas vigas, grandes, gordas, de madera del techo de la taberna, viene hasta mi la techumbre medio caída de la vieja estación del pueblo bajo la que tuve momentos primerizos de amor ilusionado y en otros ratillos extraños, ensoñaciones de sentidos alterados por la soledad acompañada del tenue reflejo de la luna creciente, que como hoy, parece que guarda, tímida, sin atreverse, el respeto hacia esos sentimientos de necesidad del descuadre de enfrente que, por lo que fuera, hoy no vino.
Qué compañera la luna, a media luz o de luz entera de luna llena de pasiones y mariposas revoloteando en torno a una mente atormentada necesitando de tu adolescente compañía abrazada a mí recién estrenada juventud de entonces.
La madera y la luna, o una luna de maderas hecha que, en porciones o entera, siempre, siempre, compañera recortada en las noches de mi vida desde que puedo acordarme, lo que ya es mucho acumulado en esta larga travesía llena de anhelos y esperanzas que fueron perdiendo las hojas al llegar el otoño del tiempo.
Siempre en lo alto la luna, como permanece la techumbre del recinto abandonado del ferrocarril o las gordas y grandes vigas de está taberna, perennes como las agujas del tronco del que provienen.
Luna, gracias.

miércoles, 22 de octubre de 2025

UNA MESA EN EL CANTÁBRICO

¡Ay voz secreta del amor oscuro!
¡ay balido sin lanas! ¡ay herida!
¡ay aguja de hiel, camelia hundida!
¡ay corriente sin mar, ciudad sin muro!

¡Ay noche inmensa de perfil seguro,
montaña celestial de angustia erguida!
¡Ay perro en corazón, voz perseguida,
silencio sin confín, lirio maduro!

Huye de mí, caliente voz de hielo,
no me quieras perder en la maleza
donde sin fruto gimen carne y cielo.

¡Dejo el duro marfil de mi cabeza,
apiádate de mí, rompe mi duelo!
¡que soy amor, que soy naturaleza!

(De mi amigo, Federico García Lorca)


Observando la agilidad de los jóvenes clientes que ahora visitan asiduamente la taberna, y fijándome en una de ellas sentada con los pies en alto en una de las arcadas que adornan la pared del local, mi mente viaja al norte de España, y el ruido rítmico del mar acariciando repetitivamente las arenas de la orilla llega hasta mi eliminando todo rastro de esas indigestas bachatas que pone en el equipo Adiolinda.
Hasta el olor a mar llega a mí, y mi cuerpo siente el frescor húmedo de la noche en el balcón de las blancas balaustradas que lo conforman al tiempo que una risa fresca, libre, espontánea, rivaliza rompiendo el dominio del susurro del Cantábrico finalizando viaje en la playa y el silencio estable de la noche.
Mi mente está en este momento frente a la Concha, oliendo, sintiendo, disfrutando de la oscuridad parcial del paseo alternando con las luces casi naranjas que forman parte del cuadro del que soy partícipe acelerando el corazón por el recuerdo del perfume que me invade y ante el que me rindo, más la imagen de su postura acrobática sobre la altura del edificio en el límite de la balconada.
Es la taberna la que remueve recuerdos dormidos, olvidados, recuerdos que traen sensaciones del pasado que ponen nombre y cara al fantasma que aguardaba en la frontera del ha sido a qué algo lo trajera de vuelta a mis silencios.
La mesa hoy me huele a San Sebastián, a mar, a frescura, a compañía deseada, a sentirme bien, a risa única, a tí. Y cierro los ojos y disfruto de la total invasión, aceptada desde el pasado, de mi presente y te echo de menos mientras apuro mi jarra y me pido un calimocho con el que me pierdo entre brumas de recuerdos que me abrazan y me acompañan,
Nos vemos.