ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO
LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

jueves, 21 de mayo de 2026

ROSA

Cuando esta virgen era prostituta

soñaba con casarse y zurcir calcetines

pero desde que quiso

ser simplemente virgen

y consiguió rutinas y marido

añora aquellas noches

lluviosas y sin clientes

en que tendida en el colchón de todos

soñaba con casarse y zurcir calcetines.

(Poema de mi amigo Mario Benedetti)



Rosa, la vieja meretriz que casi vivía en la Taberna dado el tiempo que pasaba en ella, estaba sentada siempre en una silla vieja que el Cipri la puso hace años y que todos respetábamos como suya.

Fue un martes de un noviembre ya antiguo, cuando Rosa se fue al cuarto que tenía alquilado en una fonda cercana con un joven de unos veinte años. Fué con él, lógicamente porque la pagó la tarifa que Rosa cobraba, aunque una vez en la habitación, el joven sacó un cuchillo y la amenazó.

Ella preguntó el por qué de esa acción y el chico respondió que le pagaron unos tipos por la muerte hacia meses de su hermano, muerte en la que Rosa no tuvo nada que ver pero que los hermanos creían que si al ser la vieja prostituta la última en estar junto a él en la calle mientras exhalaba el último suspiro.

Rosa hizo lo único que podía hacer, hablarle, contarle que un joven como él, que había enseñado a su hermana a leer con los carteles de la Taberna, que un joven que en cierta ocasión la llevó un pescado al no poder moverse ella por una lesión en la rodilla, no era del tipo matón como pretendía, y menos contra una mujer, prostituta, si, pero mujer.

El muchacho bajó el cuchillo, lo tiró al suelo y salió corriendo sin decir nada y sin hacer nada.

Estuvo seis meses desaparecido y cuando apareció por fin en el Mono Rojo, dejó un pan de centeno y un trozo de tocino en la barra, para que se lo dieran a Rosa.

La noche que ocurrió eso, en ese martes de un noviembre ya casi olvidado, Rosa le contó al Cipri lo ocurrido y le dijo, nunca más un cliente al cuarto, lo que me den tus parroquianos por escucharles y se acabó la profesión, ya no más.

El Cipri no la dijo nada, sacó una silla nueva que colocó en una mesa cerca del fuego y les dijo a los parroquianos y clientes de la Taberna, el que se pase de listo se las verá conmigo.

Ahora Rosa tiene setenta y seis años y sigue vistiendo como siempre, bebe aguardiente y anda camelando a los parroquianos para que la inviten o la den alguna moneda, pero nunca más volvió a llevar a nadie al cuarto. Los parroquianos la invitan y de vez en cuando la dan algún dinero, por cariño, ya que la atracción física la perdió hace tiempo,  y todos los días, todos, Teresa la pone algo para comer y cenar que pagan entre Vega y la Maruxaina.

Rosa, la vieja prostituta, habitual del Mono Rojo, a su manera, se siente feliz.


miércoles, 20 de mayo de 2026

EL JEQUE Y VEGA

En el lienzo de la noche oscura,
danzan notas de plata pura.
Cada estrella es una corchea,
que el viento canta y bambolea.
La luna dirige la orquesta infinita,
y el cosmos canta en su órbita.
Una melodía de luz y misterio,
que viaja a través del hemisferio.
Son arpegios de polvo brillante,
que suenan en el firmamento distante.
Si escuchas atento en el hondo silencio,
la música del cielo es el más bello aprecio.
(Poema de algún amigo anónimo)



Llegó una tarde rodeado de guardaespaldas. Entró en la Taberna y preguntó por Vega, que aún no había llegado al Mono Rojo, le dijo Adiolinda al árabe que con su séquito había tomado la Taberna.

Háblame de ella, como llegó aquí, de donde vino, quien es realmente Vega?

Adiolinda, un poco impresionada empezó a contarle al jeque que, un día, sin esperarlo, entró en la Taberna una joven que, al parecer, no venía de ningún sitio conocido, unos la llaman la hija de las estrellas, otros comentan que es una nota que se cansó de vivir en la constelación de Lira y bajó aquí, a conocer como suena el aire contaminado y con olor a ron.

Llegó pidiendo un agua con dos hielos, para que no se le secara la garganta, dijo, y me pidió esa vieja guitarra que entonces solo tenía una cuerda, la agarró, empezó a tocar esa cuerda, con los ojos cerrados y fue como un milagro. El humo de los cigarrillos y puros se fijó en el aire, formando unas espirales, mientras los borrachos callaron, embebidos por las notas que de la guitarra salían, y veían cosas, recuerdos, la novia que salió corriendo hacía diez años, el mar que nunca visitaron, unos, mientras otros el barco en el que navegaban antes de naufragar, los más, el sonido que hace una decisión antes de tomarla, etc.

Nos traía la música del cosmos, sin letra, solo podías tatarearla mientras sonaba, pues al acabar no la recordabas, era como esos sueños preciosos y vitales en los que te sumerges a veces al dormir y que al despertar no recuerdas pero sabes que algo bueno pasó y por eso te encuentras bien.

Desde entonces está con nosotros, cada día alguien la espera, un carpintero que de tanto ayudar a los demás y proclamar el amor mientras de sus virutas salen de vez en cuando panes y peces al ritmo de alguna nota de Vega, o esa joven perdida que empieza a tatarear una música que no sabe dónde escuchó o como se la metió en la cabeza. Siempre alguien recargando energía con las notas de Vega.

Una Vega que por ahí entra ahora, le dijo Adiolinda al Jeque señalando con la barbilla hacia la puerta.

Hola, Vega, soy un Jeque de la Arabia más profunda que escuché a viajeros hablando de tu música y he venido a por tí. Si me acompañas te cubriré de monedas de oro, vivirás en un palacio y nunca te faltará ningún deseo por cubrir, a cambio, tocarás siempre para mí y mis invitados cuando te lo indique.

- Te lo agradezco, Jeque, pero si quieres escuchar mis notas, vente aquí, a la Taberna del Mono Rojo. Dicen que mi música es la música de las estrellas, y éstas no tocan para una sola casa, lo hago aquí porque aquí llega hasta quien necesita escuchar que no está perdido.

Escucha, Jeque, las tabernas también son constelaciones, solo que de gente, de personas rotas que aún suenan bien juntas.

No, no acepto tu oferta, que agradezco, pero no puedo, si acepto me desharé en motas de luz que volverán a Lira, y aquí me necesitan y yo les necesito. No, no iré contigo.

A un gesto del Jeque, el ejército de escoltas rodeó a Vega, pero nadie se había dado cuenta de que mientras conversaban, la Maruxaina se había colocado detrás del Jeque, al que ahora tenía fuertemente agarrado mientras unas peligrosas garras rodeaban su garganta y un silbante gruñido sonaba amenazador.

Vega sacó su guitarra y comenzó a teñir las cuerdas, saliendo de sus manos unas notas que fueron relajando a los presentes, logrando que el Jeque recordara su niñez, con su madre, amorosa, acariciándole el rostro, peinándole, mientras su abuela cantaba y daba palmas rítmicas acompañadas de otras mujeres de su padre, y comprendió que cada cual está donde se le necesita.

El Jeque abandonó la Taberna, dejando un montón de billetes en la barra y la promesa de regresar a escuchar a Vega en el Mono Rojo, mientras la mirada vigilante y amenazadora de la Maruxaina le acompañó hasta la puerta.

Dicen, siempre dicen, que en las noches luminosas del desierto, en la soledad de sus dunas, el Jeque, mirando al cielo, escucha las notas de una guitarra enviándole lo que él necesita.

Nunca más regresó a la Taberna.

martes, 19 de mayo de 2026

DON ERNESTO

Señor inspector, dígame por que

cuando me hizo falta no le encontré

y ahora que me va, un poco mejor

me lo encuentro siempre alrededor.

Me sigue como espía contumaz

con una hucha para recaudar

me da buenos consejos y después

me vuelve los bolsillos del revés.

Apiádate de mi señor.

Apiádese inspector, por favor.

Le gusta jugar con su ordenador

al ratón y al gato, ya me pillo!

no sabe sumar o acaso entender

cuatro y dos que debes

son dieciséis.

Terror de faraonas y guardián,

del cofre del tesoro nacional

si lanza sus hechizos sobre ti

no le defraudes o te hará sufrir

su hacienda somos todos ya

contrólese, inspector, por favor.

El problema es adivinar,

donde va ese oro a parar

lo verás, no lo catarás

es cuestión de magia.

Es un truco especial

de habilidad del mago Merlín!

Sentimos una inmensa gratitud/p>

no queda ya motivos de inquietud

es un placer poder contribuir

a un próspero y glorioso porvenir

Y todo gracias al tesón

de su patrón, inspector, si señor

Ya funciona la sanidad

y está en calma la sociedad

y se encuentra al fin solución

contra el paro y la polución.

Ya funciona la educación

y está en calma la polución

y se encuentra la sanidad

solución a la sociedad

Ya funciona la polución

y está en calma la educación

y se encuentra la sociedad

contra el paro y la sanidad.

Ya no hay baches en los hospitales

solo camas en la carretera.

(Letra de canción de Barón Rojo)



Llevaba seis meses detrás de Adiolinda pidiéndola facturas, cajas, impuestos pagados, estadillos de bancos, etc.

Era don Ernesto, un inspector de hacienda de unos cincuenta años, serio, seco, inflexible aunque en el Mono Rojo tenía su talón de Aquilés, la Maruxaina.

Cada vez que llegaba a la Taberna se sentaba a la mesa en la que se sentaban el Cipri y la sirena, y aprovechando que el Cipri andaba por sus mundos del no ser, al oído la susurraba a la Maruxaina cosas que la marina rechazaba con gestos amenazadores.

Adiolinda, mañana vengo, dijo don Ernesto mientras daba un trago al vaso de vermouth que la tabernera le había servido junto a un plato de callos, con el acta. Tenme preparadas las servilletas esas donde apuntas las cajas diarias. Tienes un desfase de catorce mil ochocientos sesenta y tres euros que no justificas de ninguna manera.

Mañana, a las once de la mañana estoy aquí, te impongo una sanción de seis mil euros y te abro el acta, no puedo hacer otra cosa, Hacienda somos todos, dijo levantándose preparado para marchar sin pagar, como siempre, el vermouth y los callos, despidiéndose muy cariñoso de la Maruxaina que le respondió con un gruñido de los que hielan la sangre.

Adiolinda, cuando salió el inspector, cayó en la silla que él había utilizado, de golpe y llevándose las manos a la cara comenzó a llorar. Cierro, Maruxaina, tendré que cerrar. No puedo pagar eso, no lo tengo 

La Maruxaina la miró muy seria y la dijo, Dios proveerá, tranquila, Dios proveerá, dándose la media vuelta y llamando con el móvil de Cipri, que ya no utilizaba, escuchándola decir a alguien, mañana, a las once. No podemos desaprovechar la ocasión, viene a sancionar y firmar el acta, es el momento. No podemos fallar.

Eran las once menos cinco de la mañana del día siguiente, y don Ernesto entró en la Taberna marchando directamente a la mesa de la Maruxaina que hoy no estaba con el Cipri. Adiolinda, un café con leche y una barrita con aceite y tomate, gritó hacia la barra.

Comenzó, como siempre, a susurrarle piropos y deseos a la sirena, que en esta ocasión no gruñó e incluso aguantó la mano del inspector sobre su muslo y las caricias que la iba, suavemente, haciendo.

Teresa, desde la barra tiraba fotografías de la pareja con su móvil, retratando besitos en el cuello de la Maruxaina, una mano de don Ernesto en su pecho, y la cara del inspector, roja de excitación y babeando, cuando a las once y diez minutos entra por la puerta Vega con una señora mayor, muy bien vestida y que desde allí mismo gritó, !!!!!ERNESTO, QUE HACES!!!!!

Cuquita, dijo tartamudeando don Ernesto, pero tú, tú, tú vienes a esta Taberna?

-Si, vengo acompañando a mi amiga Vega, música, que va a tocar en la puesta de largo del club de campo y se ha empeñado hoy en venir aquí porque no se que tenía que firmar una amiga suya y necesitaba estar presente.

Teresa llamó al inspector, -¿Tiene usted un momento, señor inspector? Le quiero enseñar unos apuntes contables, poniéndole delante el móvil con las fotografías tomadas del abuso a la Maruxaina.

- ¿Cree usted que le gustarán a su señora? ¿Merece la pena que las vea por un acta más un acta menos?

Silencio, delincuente, contestó don Ernesto sacando unos impresos y rompiéndolos en pedazos. Adiolinda, hemos terminado la inspección, todo está correcto, cerraremos el acta sin sanción alguna, lo firmamos y ya nos veremos, dijo mientras Teresa alzó el móvil en dirección a "Cuquita", para tomar esos maravillosos callos que sirven ustedes, continuó hablando, para acto seguido coger del brazo a Cuquita y salir con ella por la puerta de la Taberna.

Adiolinda no entendía nada, y Vega la explicó, llevo dos meses ganándome la confianza de la esposa del inspector y tocaré en esa puesta de largo, pero todo fue una estratagema utilizando que el vicioso inspector se sentía atraído por la Maruxaina, que ayer me llamó diciéndome que hoy era el día en el que tenía que traer a Cuquita, a las once, dando tiempo a que Teresa tomara fotografías de cómo abusaba de la sirena. Ese ya no vuelve.

Tres meses después, en una calle secundaria de la ciudad, ¡¡¡¡¡Ehhhhh, guapo!!!!!, dijo una voz, y cuando don Ernesto, flamante inspector de hacienda, se volvió, una mano grande, con uñas afiladas, le pegó una tremenda bofetada que le hizo caer al suelo. 

Cuando se pudo levantar, un intenso olor a mar impregnaba el ambiente, y calle abajo, una Maruxaina muy estirada y digna bajaba caminando moviendo intencionadamente las caderas, y una fuerte carcajada seguida de una especie de aullido resonó en toda la calle.

lunes, 18 de mayo de 2026

PANDEMIA

La soledad es como la lluvia,

que sube del mar y avanza hacia la noche.

De llanuras lejanas y perdidas

sube hasta el cielo, que siempre la recoge.

Y sólo desde el cielo cae en la ciudad.

Es como una lluvia en horas indecisas

cuando todas las sendas apuntan hacia el día

y cuando los cuerpos, que no encontraron nada,

se apartan unos de otros, defraudados y tristes;

y cuando los seres que mutuamente se odian

deben dormir juntos en una misma cama.

Entonces la soledad se marcha con los ríos…

(Poema de mi amigo Rainer María Rilke, escrito en París, 21-9-1902)



Hoy os voy a contar el milagro que sucedió en la Taberna cuando la pandemia de ese traidor virus que sumió a la ciudad, al país, en la soledad más absoluta.

Cerró todo en la localidad, tan solo las tiendas de alimentación, supermercados, gasolineras y farmacias permanecieron abiertas, bueno, ellas y el Mono Rojo.

En la Taberna, cuando dieron la Orden de confinamiento, el Cipri cerró sus puertas...y abrió la trampilla del sótano que daba a la calle.

Doce escalones grandes y una pequeña rampa, separaba la realidad diaria de la ilusión y la magia del Mono Rojo.

Doce escalones de piedra para reencontrarte con el olor a madera vieja, a ron barato y al sonido continuo del motor de las neveras. Doce escalones para encontrarte en compañía, porque como decía el Cipri, si no podemos cuidar el aire de fuera, cuidaremos éste, invitando a todos, nada más entrar a un chupito de ron cubano que le traían los barcos del estraperlo y que dicen que mataba al virus.

En esos días, el Cipri no cobraba dinero, no quería por si en él estaba camuflado el traidor culpable de tanta gente enferma y tanta gente muriendo, el virus. Si no contabas una historia para compartir distrayendo al personal, te apuntaba las consumiciones en una libreta que pagarías después, cuando todo pasará, con el detalle de que si morías, el Cipri pagaba tú deuda, pues todo el mundo conoce que el Cipri nunca cobraría a un muerto.

En el Mono Rojo hubo siempre normas no escritas que con la pandemia aumentaron, por ejemplo, nunca se podía hablar de números, lo que los poetas y el Forastero Quizás aplaudieron a rabiar, ni de muertos, ni de casos, ni de estadísticas, ni de días qué llevaba el confinamiento. Nada de números, nunca.

Todos debían alguna vez traer alguna historia, como el parroquiano que no tenía ninguna y nos contaba chistes de la dictadura. O la señora Luisa, que nos contó como conoció a su marido, hace ahora cuarenta y ocho años, en el interior de un camión de mudanzas.

Hasta que una noche bajó los escalones una chica joven, temblorosa, indecisa, con guantes, mascarilla y unos ojos cansados con bolsas pronunciadas en los pápados inferiores, que dejándose caer en una silla nos dijo, soy enfermera en la residencia de al lado. Me he escapado un rato, no puedo hoy con mucho más, estoy muy cansada, arriba se mueren solos, al menos, aquí abajo, si morís, que no lo sé, lo haceis acompañados. Os he visto bajar durante varios días por la trampilla, y un vigilante me dijo que es la provisional entrada a la Taberna del Mono Rojo, que él entraba a veces y que yo lo hiciera, que en la Taberna sería bienvenida y aceptada.

Cipri no dijo nada, la sonrió y la puso delante el chupito de ron cubano.

Esa noche, catorce parroquianos escucharon la historia de un anciano, muy enfermo, que la pidió a la enfermera que le describiera el mar, que nunca lo había visto. La enfermera tampoco lo vió nunca, pero intentaba contarle como ella creía que era. Catorce voces, una tras otra, la contaron a Almudena, que así se llamaba la enfermera, cómo era el mar, sus experiencias entre sus marejadas y sus alegrías al llegar a puerto. Incluso Rosa, la vieja prostituta la dijo - cariño, y si quieres saber de los hombres de la mar, yo te pongo al día - provocando las risas de los catorce parroquianos.

Cuando se levantó el confinamiento, la Taberna volvió a abrir arriba, las puertas de siempre, y el Cipri cerró la trampilla. Nadie dijo nunca nada de la actividad a través del sótano, nunca se enteró la autoridad. Pagaron sus cuentas, dejando en la barra del sótano, unos una piedra, otros una medalla o una estampita, una fotografía, un botón, algo propio, y entre los objetos, trece marcas hechas con el filo de una pequeña navaja, trece marcas, una por cada día que la enfermera encontró como continuar su trabajo gracias al Mono Rojo y su gente.

Ninguno de los clandestinos parroquianos de la Taberna falleció durante la pandemia. Bendito sótano.

domingo, 17 de mayo de 2026

AMARRA, BURRO

Mal oficio es mentir, pero abrigado:

eso tiene de sastre la mentira,

que viste al que la dice; y aun si aspira

a puesto el mentiroso, es bien premiado.

Pues la verdad amarga, tal bocado

mi boca espuma con enojo y ira;

y ayuno, el verdadero, que suspira,

envidie mi pellejo bien curado.

Yo trocaré mentiras a dineros,

que las mentiras ya quebrantan peñas;

y pidiendo andaré en los mentideros,

prestadas las mentiras a las dueñas:

que me las den a censo caballeros,

que me las vendan Lamias halagüeñas.

(Poema de mi amigo Francisco de Quevedo)



Una tarde grisácea, amenazadora de lluvia, entró en la Taberna, bajo una chaqueta de pana ocre y un pantalón marrón con buen calzado un vendedor de enciclopedias, biblias y algún otro libro de cocina.

En la barra estaba Teresa, que enseguida, al escuchar que vendía biblias entabló conversación con el agradable joven, de mucha labia, simpático, atento y que rápido encandiló a la cocinera con sus buenas palabras. Que si familia, que si el matrimonio, que sus hijos, todo era primordial y por delante de todo. Él nunca fallaría a esos que consideraba sus más importantes compromisos, sus prioritarias responsabilidades.

La Maruxaina estaba sentada con el Cipri y con Vega, con la que hablaba señalando al vendedor y preguntando a Vega si le daba un escarmiento por su hipocresía.

-Vega, coge la guitarra, por favor, y toca mi canción favorita, la que atrae a quien la escucha, dijo la Maruxaina soltándose el pelo largo que la caía sobre el pecho y rejuveneciendo por momentos.

Vega comenzó con el sereno rasgueo de las cuerdas al tiempo que una voz hechizante, cálida, cercana. Una voz que te libera del frío de los huesos y se te mete hasta las entrañas con su sugerente tono de marcado acento, unida a una belleza enmarcada en el moreno de su largo cabello vertiendo sensualidad sobre las curvas sugerentes de su cuerpo.

El vendedor de biblias se olvidó de Teresa, de su familia, de su mujer y sus hijos, teniendo nada más que miradas de deseo hacia la Maruxaina, a la que se acercó aproximando su rostro al de la sirena sin poder evitar la pasión que en él provocaba la sensual criatura.

Cuando el joven acercaba sus labios a la boca de la Maruxaina, una voz cascada y rota gritó "Amarra, burro, que viene el diablo", provocando que el vendedor abriera los ojos, encontrándose frente a él a una anciana arrugada, con el pelo blanco, despeinada, curtida de sal que no dejaba de gritar "¿Y tus hijos? ¿Que pasa con tu mujer? ¿Eso es lo que te importa tú familia? ¿Que pretendes? para volver a dar un espeluznante grito repitiendo "Amarra, burro, que viene el Diablo"

Con el miedo en su alma, el joven echó a correr olvidando la cartera con los muestrarios, saliendo a la calle cerrando de golpe la puerta de salida.

A los dos minutos regresó, temeroso, y acercándose a la barra pidió su maletín a Teresa, que riéndose le dijo que se sentara, que tomara una cerveza ya que nadie le haría daño y que se tranquilizara.

-Mira, joven, esa chica y esa vieja que has visto son la misma persona, es la Maruxaina, y no es mala, no hace daño a nadie si se comporta con normalidad y respeto. A veces la gusta jugar, como ha hecho contigo, pero no es mala. La Maruxaina es como la mar, que no te odia pero que tampoco te debe nada. A quien va con respeto, le avisa, que amarre, que vuelva a puerto, pero a quien va con soberbia, lo atrae, lo llama, lo seduce y lo destruye haciendo que naufrague.

Pregúntate tú, vendedor de biblias, como viniste a hablar conmigo, si con respeto o soberbio con lo de tu mujer, tus hijos, tú familia. Tú sabrás cómo llegaste, y entenderás a la Maruxaina.

Ahora, vete, le dijo Teresa mientras se volvía hacia la mesa donde Vega y la Maruxaina tenían un ataque de risa que se le contagió a toda la Taberna.

sábado, 16 de mayo de 2026

CUMPLEAÑOS DE TERESA

Aunque hoy cumplas

trescientos treinta y seis meses

la matusalénica edad no se te nota cuando

en el instante que vencen los crueles

entrás a averiguar la alegría del mundo

y mucho menos todavía se te nota

cuando volás gaviotamente sobre las fobias

o desarbolás los nudosos rencores.

buena edad para cambiar estatutos y horóscopos

para que tu manantial mane amor sin miseria

para que te enfrentes al espejo que exige

y pienses que estás linda

casi no vale la pena desearte júbilos

ya que te van a rodear como ángeles o veleros.

es obvio y comprensible

que las manzanas y los jazmines

y los cuidadores de autos y ciclistas

y las hijas de los villeros

y los cachorros extraviados

y los bichitos de san antonio

y las cajas de fósforos

te consideren una de los suyos

de modo que desearte un feliz cumpleaños

podría ser injusto con tus felices

cumpledías

acordáte de esta ley de tu vida

si hace algún tiempo fuiste desgraciada

eso también ayuda a que hoy se afirme

tu bienaventuranza

de todos modos para vos no es novedad

que el mundo

y yo

te queremos de veras

pero yo siempre un poquito más que el mundo.

(Poema de mi amigo Mario Benedetti)



Mañana, bueno, a estas horas ya hoy, queremos dar a Teresa una sorpresa por ser su cumpleaños, y nos hemos comprometido todos los parroquianos habituales a participar activamente en un menú típico del Mono Rojo que Adiolinda ya está cocinando para que cuando llegué la hora, todo esté preparado y las mesas, corridas y esperando a los comensales invitados.

El menú se compone de varios platos acompañados de una especial bebida. El menú para el cumpleaños de Teresa se denomina en general,  "Suspiro de Luna en Cama de Roble" y es una especie de sopa que solo se sirve en los grandes y señalados momentos, presentado en un cuenco de barro negro, humeando pese a no estar caliente.

Sus ingredientes son, generalmente, "Suspiros de luna" un merengue secado al aire nocturno, tan ligero que se deshace antes de tocar la lengua. Sabe a leche tibia, sal marina y nostalgia.

"Susurros de roble": Virutas de la madera de roble ahumada en una hoguera de ramas del mismo árbol infusionadas en miel de encina, que le da un crujido amaderado y con sabor a bosque después de la lluvia, casi un petricor salvaje.

Todo ello acompañado de el "secreto del Mono Rojo", compuesto por unas gotas de sidra fermentada bajo la luz de las estrellas, hecho por Vega a la luz de la Estrella Polar.

Todo el conjunto se come con una cuchara de plata y necesario no pensar, abandonándose a la experiencia. La primera cucharada sabe a anhelo, la segunda a recuerdo de un lugar donde nunca estuviste, quedando al final algo parecido a un retrogusto a madera vieja y risa nerviosa como la de la Maruxaina.

Todo esté menú debe ir acompañado exclusivamente, de la siguiente bebida, llamada "Eco de Estrella Quebrada", también preparado por Vega en una copa de vidrio, fría al tacto pero sin hielo, y con el brebaje cambiando de color según lo que se escuche en la Taberna, cuando nadie habla, azul profundo como la mar adentro, siendo de plata pálida cuando alguien ríe en el local.

Se compone de "Lágrimas de meteorito", que es agua de lluvia recogida por Vega la noche que cae una estrella. Sabe a mineral limpio y a aire alto, acompañado de "silencio fermentado" en el interior de un barril de roble que nunca fue curado a fuego. Le da ese toque seco, como madera vieja y calma, mucha calma, bautizado al final por una pizca de flor de saúco y unas piezas de canela que nunca se disuelven del todo, dando ese sabor exótico de una noche de tormenta bajo los rayos poderosos.

Este cóctel hay que tomarlo sin revolverlo y en tres sorbos, de los cuales, el primero sabe a noche despejada, profunda y limpia de luces. 

El segundo trago te transmite una fuerza poderosa traducida en un cosquilleo en los dientes, como si hubieras mordido un rayo de luz de una estrella fugaz, mientras que con el tercer sorbo conectas tu entendimiento con el cinturón cósmico, viendo, en unos minutos, toda tu vida hasta el día de hoy.

Al final, cuando se sirva la tarta de la eterna juventud, hecha con porciones de los mejores postres de la antigua monja, Vega tocará al piano el cumpleaños feliz mientras la Maruxaina y Adiolinda la entregan un pequeño espejo que hicieron con lo que sobró del meteorito con el que hicieron el espejo grande.

A este espejito, tipo bolsillo, Teresa le  puede formular cualquier pregunta sobre su pasado, exclusivamente desde su niñez hasta la salida del convento, y podrá disfrutar de imágenes de sus familiares ya muertos, de sus correrías con el muchacho que la gustaba, su entrada al convento, etc.

Sobre la barra de la Taberna, un gran letrero de tela con el texto de "muchas felicidades, Teresa" y la ilusión de los parroquianos esperando sorprender a la cocinera de la magia. 

Feliz cumpleaños, Teresa.

viernes, 15 de mayo de 2026

LA INUNDACIÓN

Naranjas que caían

al corral de mi casa

de una casa vecina,

rodando por las tapias...

Encendidas naranjas

que trae, en su canasta,

una niña que viene

cantando desde el alba

“Naranjitas de China

¿no me compra naranjas?...”

¡Ay, cómo me recuerdan

el solar de mi casa

con el color alegre

de sus hojas amargas!

¡Cuántas cosas me dice

de mi vida lejana,

esa niña que viene

vendiendo unas naranjas.

(Poema de mi amigo Jaime Torres Bodet)




Fue culpa de las tormentas, que vaciaron el cielo vertiendo agua a raudales, de tal manera y forma que el almacén subterráneo de la Taberna se inundó completamente, con barriles y botellas flotando en el agua sucia que alcanzó los dos metros y algo dentro del almacén. Por vez primera, el Mono Rojo se quedó sin alcohol.

Teresa propuso no abrir, pero la Maruxaina le dijo a Adiolinda que la gente venía no solo por el alcohol. No podía cerrar, y Adiolinda abrió las puertas. 

Fue raro, nadie bebía, pero venían los parroquianos y se quedaban contando sus historias.

Uno de ellos vino con un saco de naranjas amargas, cogidas en la Calle Grande de la ciudad, donde los naranjos adornaban la calle plantados cada dos metros. Viendo eso Adiolinda, decidió pelar las naranjas, poniendo las cáscaras a cocer con un poco de miel que tenía en la cocina y sacando de la bolsa de las hierbas el susurro del condenado, una hierba que había que recoger de noche, antes de que sobre ella reposara el rocío del amanecer que la quemaba.

El mejunje que resultó de la coción no tenía alcohol, pero hizo hablar a una joven viuda que no lo hacía desde que murió el marido, y lo primero que dijo es que la vida no la odiaba, pero que se olvidó de ella y por eso no hablaba.

Un muchacho de unos veinte años, Toni, que siempre andaba sujetando una pesa en la cabeza debajo del gorro y tapando con la ropa las vendas con las que aprisionaba su cuerpo, confesó su miedo a crecer.

Otro parroquiano contó el amor por la hija que nunca tuvo pero que en las noches de navegación le hacía compañía en el castillo de proa, y así, cada parroquiano fue contando historias propias con las que pagar el caldito que Adiolinda había cocido para sustituir al alcohol.

La misma Adiolinda contó como desde Venezuela ella regresaba a la Taberna que nunca había conocido anteriormente pero que la atraía sin prudencia alguna.

Y Teresa, la cocinera, después de beber una taza del brebaje, nos contó sobre un amor que tuvo casi en la niñez con un chico del pueblito de Burgos en el que nació, poniéndose muy colorada según lo iba contando mientras en el espejo del asteroide la imagen de un muchacho corriendo por las calles de un pueblo persiguiendo a una muchacha que reía a carcajadas.

Noche rara, que al terminar dejó sobre la barra tres hojas secas de roble que Vega echó al tarro de cristal de las limosnas para los que ya nunca están.

miércoles, 13 de mayo de 2026

EL EMIGRANTE

(…) Tu juventud llamaba a las ciudades del mundo,

a los vientos que soplan contra viejas murallas,

a la gente que vive en las oscuras minas,

a marinos que yacen bajo cruces del mar. 

Tú, el viajero, el insomne, el descontento,

el que levantaba las manos hacia los relámpagos,

el que veía pasar las bahías

como la orilla serena y brumosa de la tristeza.

Sabías soportar las lejanías, siempre tan del corazón. 

Sabías llegar.

Y eras ahí el anónimo, el oscuro, el devorado,

tendido en las noches calientes,

como los sacos, como los barriles,

a la orilla de los grandes navíos (…)

(Fragmento de un poema del poeta venezolano Vicente Gerbassi)





Genaro tenía 18 años cuando con una maleta de cartón y una fotografía de su madre marchó hacia Buenos Aires en un viejo mercante transoceánico.

Trabajó allí de mozo de almacén, en una imprenta, de camarero en un bar, de ayudante de calderas en los ferrocarriles y terminó abriendo una posada que llamó como lo último que había visto al partir de España, El Mono Rojo Argentino.

Pasó 48 años fuera, en Argentina. Había vivido más en Buenos Aires que en su país natal, y ahora, con 66 años, y víctima de una incurable enfermedad, regresaba a sus orígenes.

Abrió las puertas del Mono Rojo y olores familiares a ron, a vino, a fritanga, a humanidad, le vinieron a saludar. La Taberna estaba tal y como la recordaba, algo más vieja, pero como la tenía almacenada en sus recuerdos.

¿Tú quién eres? Preguntó Adiolinda, nunca te vi por aquí.

- Soy aquel que marchó y al que se le olvidó volver durante años. 

Adiolinda no preguntó más, sabía lo que necesitaba, lo había visto en otros casos y poniéndole un vino y un plato de aceitunas si le indicó que si quería podría dormir durante unos días en un pequeño cuarto que tenía la Taberna por no dejar dormir a quien lo necesitará en la calle.

Genaro rechazó la invitación y se sentó en la misma mesa donde la noche antes de su partida tuvo una gran discusión con su padre porque el progenitor no quería que emigrara rogándole que se quedara.

Estuvo unas horas, escuchando historias de parroquianos, y oyendo las conversaciones de los jóvenes que acudían cada tarde a la Taberna, pero de esas conversaciones de los muchachos entendió poco, o nada.

Más tarde, al marcharse, quiso despedirse de Adiolinda, que le dijo, te vas pero no te olvides de volver.

En el autobús, Genaro pensó que esta vez no huía de la miseria, del paro, del no tener, que marchaba pero en cualquier momento podría volver, la Taberna, sus historias, sus olores, sus mesas, definitivamente sintió en su interior haber vuelto a casa.

Ha pasado un mes. Adiolinda clava en la pared una nota recibida de Genaro: me fuí y no he olvidado volver, pero regresé tarde, quizás en otro plano nos vemos.

La nota estaba escrita en una hoja con membrete del Hospital General.

Esa noche las cuatro mosqueteras brindaron por el que se fue regresando.

EL PIANO DE COLA

Kyrie eleison

Kyrie eleison

Christe eleison

Christe eleison




Nadie supo quién lo llevó hasta la puerta del Mono Rojo, pero ahí estaba una mañana en la que Adiolinda llegó hasta la Taberna para abrir sus puertas. Era un viejo piano de cola, negro aunque el polvo que acumulaba le hacía parecer gris y con un teclado amarillento, de ese color que solo el marfil auténtico adoptaba con el tiempo.

Adiolinda tuvo que esperar a que llegara algún parroquiano al local para que la ayudaran a meter el enorme instrumento musical dentro de la Taberna.

A eso del mediodía llegó Vega, que asombrada por el presente limpió primero el piano para luego sentarse frente a él y empezar a tocar una composición aprendida hacía tiempo.

Las notas invadieron la sala emocionando a casi todos. Diego lloraba de emoción abrazado a la figura del Mono Rojo, mientras Pedro disimulaba pasándose la mano como peinando un flequillo casi inexistente.

Las velas que había sobre las mesas se encendieron solas mientras las lámparas apagaron sus bombillas, dejando al Mono Rojo a media luz. (Luego nos enteramos que las luces las apagó la Maruxaina al ver cómo las velas se prendieron sin ayuda de nadie).

El ambiente del local era íntimo, muy íntimo, cuando de golpe una voz casi de niña empezó a entonar el "Missa de Angelis, Kirie" que ya abrió los lagrimales de todos los que en la Taberna se encontraban, mientras el tono de Teresa, que era la dueña de esa especial voz, aprendida la melodía en su tiempo en el convento que se adueñaba de los corazones trasladándolos a esa tierra normanda donde se creó la canción, en el siglo XV antes de que el rito romano la adoptara con el nombre que tanto Teresa cómo Vega la conocían. La emoción que embargó a todos no respetó ni al Cipri, que comenzó a mover las manos y balancearse suavemente de lado a lado con los ojos cerrados por los que se escapaban pequeñas lágrimas.

Teresa había llegado hasta el piano, y la cocinera, la antigua hermana de clausura, no pudo reprimir el impulso de abrazarse a la espalda de Vega mientras ésta tocaba y sin dejar de cantar darla unas silenciosas gracias por haber escogido precisamente esta melodía que sabía que Teresa iba a reconocer cómo para ella.

Pepefel permanecía sentado en su silla, con las manos cogidas en el pecho, como si rezará y manteniendo la cabeza baja, sin abrir los ojos, aunque algún puchero de su boca delatara que lloraba 

Mientras, Adiolinda limpiaba la barra con una bayeta naranja disimulando que los ojos la sudaban y la Maruxaina acariciaba suavemente la espalda a un Cipri poseído por la música y la voz de Teresa.

Vega, sonreía.

martes, 12 de mayo de 2026

LA RONDA DE RON

Pero si ya pagamos nuestros pasajes en este mundo
por qué, por qué no nos dejan sentarnos y comer?
Queremos mirar las nubes, queremos tomar el sol y oler la sal,
francamente no se trata de molestar a nadie,
es tan sencillo: somos pasajeros.

Todos vamos pasando y el tiempo con nosotros:
pasa el mar, se despide la rosa,
pasa la tierra por la sombra y por la luz,
y ustedes y nosotros pasamos, pasajeros.

Entonces, qué les pasa?
Por qué andan tan furiosos?
A quién andan buscando con revólver?

Nosotros no sabíamos
que todo lo tenían ocupado,
las copas, los asientos,
las camas, los espejos,
el mar, el vino, el cielo.

Ahora resulta
que no tenemos mesa.
No puede ser, pensamos.
No pueden convencernos.
Estaba oscuro cuando llegamos al barco.
Estábamos desnudos.

Todos llegábamos del mismo sitio.
Todos veníamos de mujer y de hombre.
Todos tuvimos hambre y pronto dientes.
A todos nos crecieron las manos y los ojos
para trabajar y desear lo que existe.

Y ahora nos salen con que no podemos,
que no hay sitio en el barco,
no quieren saludarnos,
no quieren jugar con nosotros.

Por qué tantas ventajas para ustedes?
Quién les dio la cuchara cuando no habían nacido?

Aquí no están contentos,
así no andan las cosas.

No me gusta en el viaje
hallar, en los rincones, la tristeza,
los ojos sin amor o la boca con hambre.

No hay ropa para este creciente otoño
y menos, menos, menos para el próximo invierno.
Y sin zapatos cómo vamos a dar la vuelta
al mundo, a tanta piedra en los caminos?

Sin mesa dónde vamos a comer,
dónde nos sentaremos si no tenemos silla?
Si es una broma triste, decídanse, señores,
a terminarla pronto,
a hablar en serio ahora.

Después el mar es duro.

Y llueve sangre.

(Poema de Pablo Neruda)




 Se ha vuelto a repetir. Una noche, hace muchos años, en el Mono Rojo, un Cipri más joven colocó sobre la barra, en fila, diez vasos de ron, dejando la botella medio llena frente a los vasos.

Aunque el Cipri no contestó a ninguna de las preguntas que le hicieron los parroquianos, intrigados, nadie se atrevió a tocar ni uno solo de los vasos, que aparecieron al día siguiente completamente vacíos, así como la botella, apurada hasta sus últimas gotas.


Hace poco volvió a pasar. Un Cipri muy delgado, sin hablar, regresó de los mundos del no ser y dirigiéndose al interior de la barra volvió a colocar diez vasos llenos de ron y a dejar una botella de lo mismo frente a ellos, para acto seguido volver a la silla donde estaba sentado junto a la Maruxaina que como siempre atendía a sus necesidades y cuidados.

Pero está vez, se comenta en la Taberna que, Vega y Adiolinda se quedaron escondidas en el almacén con la puerta entreabierta, desde donde observaban directamente a la zona donde los vasos esperaban llenos de ron que alguien se los tomara.

A eso de las tres de la madrugada, Adiolinda despertó a Vega que se había quedado traspuesta, y la señaló a la barra llevándose un dedo a los labios indicándola que guardara silencio.

Un grupo de marinos apareció junto a la barra, entre risotadas y abrazos. Se los veía mojados aunque en nada de lo que tocaban o pisaban dejaban huellas de agua.

De golpe, uno de ellos, con gorra de capitán, hizo una seña y todos, levantando un brazo con un vaso en la mano, gritaron, por el Lancaster, que se hundió en la mar impidiendo que llegáramos a la Taberna donde tendríamos que haber entregado un importante cargamento a su dueño, el Cipri, que desde entonces espera su llegada.

Vaciaron sus vasos, volviendo a llenarlos, y repitiendo la ceremonia, volvieron a alzar los vasos y el capitán gritó, por nuestra nueva singladura al fondo del mar donde reposamos hasta que alguien nos encuentre e intente que reposamos en tierra santa.

¡¡¡Por ello!!! gritaron todos apurando los vasos y dejándolos con un fuerte golpe en el mostrador de madera, para acto seguido diluirse en el aire y desaparecer.

Sobre la barra, un dibujo, unas coordenadas y unas cuantas monedas de oro.

Hoy estamos los parroquianos en el funeral de los marineros del Lancaster. Vega y Adiolinda fueron con el mapa y las coordenadas a la autoridad marítima, mientras la Maruxaina buscaba en el mismo lugar restos del Lancaster en el fondo marino.

Entre las tres consiguieron que la marina buscara y rescatará lo poco que quedaba del naufragió, sin encontrar restos humanos aunque si ropas rotas y casi podridas que podrían haber llevado los tripulantes, dándoles oficialmente por fallecidos y celebrando este funeral por su alma hasta ahora errante.

En la puerta de la Taberna, pero por dentro, una campana de bronce cuelga de uno de los lados de las jambas. En su Centro, un nombre, Lancaster y la fecha de su botadura.

El Cipri, hundido en el mundo del no ser, guarda en su mano una de las monedas de oro del capitán, y en su cara, con los ojos cerrados, una leve sonrisa y un semblante de paz interior.

lunes, 11 de mayo de 2026

LA CARTA CLAVADA

Tarjetas postales, sueños,

fragmentos de la ternura,

proyectados en el cielo,

lanzados de sangre a sangre

y de deseo a deseo.

Aunque bajo la tierra

mi amante cuerpo esté,

escríbeme a la tierra

que yo te escribiré.

(Fragmento de un poema de mi amigo Miguel Hernández)



A Pepefel nunca se le dió bien escribir, pero aún así, un día escribió una carta sin dirección ni destinatario, y se la dió al Cipri que la clavó en la viga central, de madera, con un clavo largo de hierro una vez que la selló con una cera amarilla que caía de la combustión de una vela.

Pepefel escribió la carta a su pareja, que se embarcó rumbo a América para atender a su padre en sus últimos días. Volveré junto a tí, de lo contrario es que el barco naufragó y me ahogué, le prometió.

Nunca regresó, pero Pepefel nunca creyó que se hubiera ahogado, aunque el barco si naufragó y se hundió, según dijeron en la Taberna unos marineros. Entonces el escribió la carta que permanece desde entonces clavada en la viga, y hace ya casi treinta y dos años.

Nadie la ha leído, nadie sabe que dice, salvo su autor, que no habla sobre ello, aunque todos los días, al entrar al Mono Rojo, dirige una fugaz mirada a la viga comprobando que la carta continúa allí.

Un día de frío entró en la Taberna una chica joven, que dirigiéndose a Vega la preguntó si era esa la Taberna del Cipri, y antes de que la Niña de las Estrellas pudiera responderla, el Cipri, que llevaba cerca de un año inmerso en el mundo del no ser y sin hablar con nadie, se levantó y acercándose a la joven miró su cara, y le dijo a Vega, tiene los ojos de Pepefel.

El Cipri agarró el clavo que sujetaba la carta contra la viga de madera y tirando fuerte de él liberó a la misiva que entregó a la muchacha tirándola frente a ella en la barra. En ese momento la cera que la sellaba se desprendió y el Cipri la dijo, toma, es para tí, y volvió a su mesa, junto a la Maruxaina regresando a los mundos del no ser permaneciendo ya sin moverse, ni hablar y quizás ni oír.

A la tarde llegó al Mono Rojo Pepefel, que como siempre, miró hacia la viga poniéndose inmediatamente colorado como nunca lo habíamos visto, los ojos abiertos como planetas, la mueca contraída y con la boca cerrada con fuerza, desparramando la vista por toda la Taberna.

¿Y la carta? ¿ Quién cogió la carta? No está en la viga y ella tampoco está aquí, gritaba fuerte el parroquiano. 

Vega y Adiolinda fueron hacia él y sentándolo en una silla, le pidieron primeramente tranquilidad, la carta no desapareció, llegó a su destinatario, le dijeron. ¿A Irene? No la veo, ¿donde está Irene?

Aquí, yo soy Irene, dijo la muchacha a la que el Cipri entregó la carta, y he venido a encontrarte y conocerte.

No, tú no eres Irene, exclamó Pepefel, te das un aire pero eres muy joven, mi Irene tiene mi edad, tú no eres Irene.

Si, me llamo Irene, como mi madre, que partió desde aquí para ayudar en los últimos días de mi abuelo en América, y pese a la promesa que te hizo, no pudo regresar pues perdió todo en el naufragio de su barco y tuvo que trabajar duro para sacarme a mi adelante, como hizo y consiguió que a mí no me faltara nada más que una cosa, mi padre, que ahora espero recuperar al poder venir con la poca herencia de mi madre, que falleció haciéndome jurar que cumpliría por ella su promesa, y aquí estoy, papá, soy tu hija.

¿Pero como, tú madre marchó y nunca más la vi, como iba yo a ser tú padre? Preguntó alterado Pepefel.

Mi madre marchó a América embarazada, no te lo dijo porque nunca habrías permitido que fuera, pero toma, una carta de tu Irene, mi madre, donde te cuenta todo.

Por cierto, tú carta, papá, le pedía a mi madre que regresará, como fuera, viva, muerta, como fuera, pero que regresara, y ha regresado en mi, que soy su hija. Promesa cumplida.

Esa noche, en el espejo de asteroides, la cara de la Irene madre se asomaba sonriente mirando a Pepefel y a su hija, sentados a una mesa hablando con las manos cogidas.

Hay quien dice que el Mono Rojo sonreía también, y el Cipri murmuró unas palabras que nadie, salvo la Maruxaina entendió, "Las promesas en la Taberna se quedan para cumplir en la Taberna".

LA DEUDA

Tiempo presente y tiempo pasado

se hallan quizá presentes en el tiempo futuro

y el tiempo futuro dentro del tiempo pasado.

Si todo tiempo es eternamente presente

todo tiempo es irredimible.

Lo que pudo haber sido es mera abstracción

quedando como eterna posibilidad

solamente en el mundo de la especulación.

Lo que pudo haber sido y lo que fue

apuntan a un solo fin, que está siempre presente.

(Poema de mi amigo T. S. Eliot)




Recuerdo un día en el que la Taberna estaba cerrada por inventario.

Fue extraño, porque la Taberna era raro que cerrará, y menos por inventario. Arriesgándome un poco a que Adiolinda me echara a gritos del local, entré con la llave que siempre estaba debajo de una maceta grande a la entrada por si algún parroquiano se quedaba sin lugar donde dormir y encontré a la hija del Cipri con una libreta que ponía "todo esto debo".

Me explicó que eran las rondas, los guisados y menús, las raciones que había servido a clientes sin dinero a cambio de sus historias.

Resulta que, para no cerrar, cada invitación la pagaba Adiolinda de su dinero, pero la cuenta iba en aumento y la era imposible ponerse al día.

Yo la dije, dos soluciones tienes, la primera, no invitar más, la segunda, intentar cobrar algo de la deuda a los invitados, explicándoles el problema y pidiendo a los parroquianos que cuando pidan una cerveza o un vino, paguen dos 

Imposible, me contestó Adiolinda, si no invito a esa clientela sin dinero, los cimientos de la Taberna se revolverían cayendo sus muros, el Mono Rojo dejaría de existir y mi razón de ser desaparecería.

Y no puedo pedir dinero a quien ya me pagó con su historia. El cemento, la ligazón de la Taberna son las historias de sus clientes, sin ellas también caerían las paredes y la Taberna desaparecería.

Y tampoco puedo pedir a un poeta con esfuerzos para pagar su vino que me pague dos, terminaría contándome una historia para pagarme y la deuda crecería más.

En ese momento entró la Maruxaina con Vega y Teresa, y detrás de ellas avanzaron decenas de clientes del pasado, de esos que después de las tres de la madrugada aparecían en la Taberna y celebraban sus reencuentros en esta vida viniendo desde la otra.

Fueron pasando unos por uno por la barra donde estaba Adiolinda con la libreta, y uno ponía un escudo de oro, otro tres maravedís de plata, otro una moneda de cien pesetas, y así fue pasando el desfile del más allá, cada cual con monedas de su época y el montón de piezas de oro y plata continuó subiendo hasta que pasó el último, vestido con chaleco y camiseta a rallas, un sombrero de tres picos y un parche en el ojo, era un corsario que dejando un collar de perlas sobre las monedas dijo, nos ha convocado la Maruxaina, conocida nuestra de siempre, y nos ha contado lo que ocurría. Todos nosotros hemos contribuido con nuestra vida y nuestras historias a qué el Mono Rojo estuviera presente hasta ahora, en el que solo somos sombras, pero la Taberna continúa siendo nuestro hogar y es un hogar al que debemos mucho. Ha llegado el momento de pagar. Vende este tesoro y liquida esa libreta de lo que debes.

Un momento, gritó la Maruxaina, éste es mi refugio, donde me abrazaron y recogieron cuando abandoné esos fondos y a mí gente del mar. Nunca me pidieron nada, yo también soy parte de esta Taberna y por eso, - cogiendo y rompiendo la libreta - deuda pagada, a partir de ahora, las invitaciones a los que menos tienen las paga la Taberna, y la Taberna somos todos, tú ya no debes nada, cada cerveza, cada vino, cada menú, cada ración invitada saldrá de la esencia misma del Mono Rojo, de nuestras vidas y muertes, de nuestras historias, de nuestras presencias, pues esos invitados son también parte de estas paredes, la Taberna ayuda a la Taberna. ¡¡¡¡¡Deuda pagada!!!!!

Mientras, Vega y Teresa abrazaban, en la barra, a una emocionada Adiolinda.

domingo, 10 de mayo de 2026

EL VIAJERO DEL FUTURO

El viento se ha llevado las nubes de tristeza;

el verdor del jardín es un fresco tesoro:

los pájaros han vuelto detrás de la belleza

y del ocaso gris surge un vergel de oro.

¡Inflámame, poniente: hazme perfume y llama;

¡que mi corazón sea igual que tú, poniente!

descubre en mí lo eterno, lo que arde, lo que ama,

1…y el viento del olvido se lleve lo doliente!

(Poema de mi amigo Juan Ramón Jiménez)




El día amaneció lloviendo. No mucho, ese calabobos que te empapa cuando parece que no te mojas mucho, y el cielo completamente encapotado, gris.

Se abrieron las puertas de la Taberna, y entró un hombre vestido con una especie de uniforme de color marfil y con muchas insignias. Se acercó a la barra preguntando que se podía beber en este año de 2026.

Adiolinda se extrañó y le dijo que lo mismo que en 2025 y seguramente lo mismo que en 2027, ¿Y a tí, que te pasa, de donde vienes que nunca te he visto por aquí?

El del uniforme con insignias, bajando la voz dijo, yo vengo del año 2056, de un futuro de 30 años por delante, para ver cómo era el que ahora es mi barrio.

Increíble, dijo Adiolinda, eres un viajero del futuro, ya vino otro anteriormente, hace algunos meses.

Dime, ¿Que cambios habrá en la Taberna dentro de treinta años? ¿Seguiré yo regentándola o ya me habré ido, o muerto, vaya usted a saber?

No, tú sigues regentando la taberna, contigo siguen la Maruxaina y Vega, los que ya no están son el Cipri y Teresa.

El Cipri murió en el 2029, de viejo y sin conocer ya a nadie. Lo sé porque se habla de él a veces en la Taberna, ya que yo no llegué a conocerlo 

A Teresa si, a Teresa la conocí en las cocinas, como supongo que ahora, y vivió 20 años más. Murió en una epidemia que hubo en el 2045, permaneciendo en el hospital casi un año más, donde los parroquianos íbamos a verla a través de los cristales.

A su incineración fue todo el barrio, era muy querida, y vinieron monjas de su antiguo convento, incluso un cardenal, pese a que entre la Maruxaina y Vega no lo dejaron pasar obligándole a volver a montarse en el coche y marcharse. Teresa debió reírse mucho viendo la escena desde donde quiera que estuviera.

Sigue habiendo parroquianos, de el Forastero no se sabe nada, si se marchó, si murió y nadie nos avisó, pero hace años que no va por el Mono Rojo, aunque en cada mesa hay una poesía suya grabada con la navaja y de vez en cuando alguien recuerda alguna de las historias que contaba.

Vega continúa cantando y tocando ahora la guitarra, luego el teclado y más tarde una extraña música por el ordenador que tiene que nos acerca al espacio y al universo. A veces hasta las estrellas continúan asomándose por el espejo del meteorito para oírla cantar. Vega tiene 52 años en la actualidad de la taberna de mi época.

La Maruxaina no ha envejecido nada, y seguimos sin saber su edad. Cuando la preguntas se ríe y hace ese ruidito agudo de cuando algo la hace gracia.

El que sigue devorando almejas es Pepefel, con más de ochenta años, muy arrugadillo pero metiéndose buenos cachopos con media botella de vino, aunque ya no baja a la playa. Quizás por eso aguanta, por el cachopo, las almejas y la media botella de vino que se mete entre pecho y espalda.

Y tú, Adiolinda, que continúas llevando la Taberna auxiliada por tus mosqueteras, como os llaman a las tres una vez que Teresa marchó a su convento celestial, y a la que nunca reemplazaste, encargándote tú de la cocina al tiempo que de la barra, utilizando las recetas que dejó escritas la antigua monja.

Quiero que me pongas una jarra de esas que Pepefel me cuenta que bebía el Forastero, ya que ahora, en la Taberna del 2056 están prohibidas por la ley y no se pueden servir cervezas más grandes que esos vasos que tienes ahora y que continúas teniendo en mi época.

Tampoco se puede servir ese tocino frito que cuentan hacía Teresa y lo repartía entre todos los clientes, pero que tú te empeñas en seguir haciendo y repartiendo, saltándote la ley contra la obesidad. Todo el barrio te guarda el secreto. No me acuerdo del nombre del tocino.

Torreznos, dijo Adiolinda, torreznos con sal, buenísimos como los hace Teresa. Espera y te pongo un plato.

Así pasaron el día, Cristian, que así se llamaba el viajero del futuro y Adiolinda junto a la Maruxaina, a Vega y a Teresa, un poquito mustia al saber de su muerte, aunque muerta de risa imaginándose a la Sirena y a la Niña de las Estrellas empujando al cardenal sujetándose el bonete morado, como lo contó Cristian para montarse en el coche. Repasaron la lista de parroquianos, quien murió antes, quien seguía bebiendo en el Mono Rojo, quien marchó y no volvió, etc. Comentaron de la actual carta de tapas y comidas de la Taberna y compararon con la de 30 años más adelante. Cristian explicó la normativa y los cambios con la de ahora y así, minuto a minuto, pasaron rápidamente las horas.

Al terminar el día, el viajero del futuro regresó a su tiempo, y entonces, Adiolinda sacó una infusión con unas algas que la dió la Maruxaina y avisó, "no parece bueno conocer el futuro con antelación. En vuestras manos está el olvidar lo que nos han contado, incluso olvidar a Cristian, tomando está infusión que nos borrará todo lo aprendido hoy".

Todos, menos la Maruxaina, tomaron la bebida, y fue como si nunca nadie hubiera vuelto del futuro, aunque la mano de la Sirena guardaba una pequeña moneda con fecha de 2056 que dejó encima de la barra Cristian, el viajero del futuro.

sábado, 9 de mayo de 2026

LA BORRASCA

Podrá nublarse el sol eternamente;

Podrá secarse en un instante el mar;

Podrá romperse el eje de la tierra

Como un débil cristal.

¡todo sucederá! Podrá la muerte

Cubrirme con su fúnebre crespón;

Pero jamás en mí podrá apagarse

La llama de tu amor.

(Poema de mi amigo Gustavo Adolfo Bécquer)





A Vega no le gustaba tocar My way, no porque no le gustará la canción, que le parecía preciosa, sino por lo que ocurría cada vez que por sus dedos la guitarra entonaba A mí manera.

De primeras, la Maruxaina se sentaba al lado de Vega, escuchando y llorando a lágrima viva, porque al sonar la canción, dentro de la Taberna empezaba a caer agua salada, que entrando por el techo, golpeaba contra la barra, las mesas, las sillas, empapando a los clientes, y parecía que el local se movía de lado a lado.

Algún parroquiano salió a la calle y abriendo las puertas vió un sol radiante brillando en un limpio y azul cielo, sin nubes que provocaran el agua que invadía la Taberna.

Una vez, Simón, un marinero superviviente del Santa Cruz, un pesquero que se hundió antes de llegar a puerto con él como el único tripulante que salvó la vida, al llegar a la Taberna en una ocasión en la que la tormenta arreciaba en el interior, les dijo que era una copia exacta del naufragió del navío, en el que sonaba por la radio de la cabina la canción de My Way cuando una tromba de agua les abordó hundiendo el barco.

La Maruxaina explicó entonces, entre lágrimas, que ella cantó esa noche para alejar al pesquero de la zona, pero que entre el viento y la canción su voz no fue escuchada por los marineros del barco, con el resultado que todos conocemos y que desde entonces, cada vez que escucha tocar a Vega esa canción, le vienen los tristes recuerdos de esa fatídica noche causándola una insoportable pena y congoja.

Lo que no sabíamos es que en la zona de los servicios, en una grieta de la pared, se escondía una nota del contramaestre a su novia y un anillo enrollando al papel, que encontró la Maruxaina siguiendo el rastro del dolor causado por el hundimiento del Santa Cruz. Desde entonces trata de encontrar a la mujer para entregarla la misiva y el anillo prometido.

En la nota había escrito un "pase lo que pase volveré y te daré el anillo"

Hay quien piensa que si, que cuando encuentren a la novia del contramaestre, a la que están buscando, y la den su anillo dejará de reproducirse la tormenta cada vez que Vega intérprete con su guitarra las notas de "My Way", ya que puede ser el espíritu del contramaestre el que provoque esos extraños y molestos efectos paranormales que asustan a tantos parroquianos del local.

Pero nada se sabe a ciencia cierta, son las cosas del Mono Rojo y su legendaria magia.

viernes, 8 de mayo de 2026

NORMAS, ALGUNAS

Norma de ayer encontrada

sobre mi noche presente;

resplandor adolescente

que se opone a la nevada.

No quieren darte posada

mis dos niñas de sigilo,

morenas de luna en vilo

con el corazón abierto;

pero mi amor busca el huerto

donde no muere tu estilo.

Norma de seno y cadera

bajo la rama tendida;

antigua y recién nacida

virtud de la primavera.

Ya mi desnudo quisiera

ser dalia de tu destino,

abeja. Rumor o vino

de tu número y locura;

pero mi amor busca pura

locura de brisa y trino.

(Poema de mi amigo Federico García Lorca)






Hay unas normas básicas en el Mono Rojo, como por ejemplo, si te quedas sin trabajo, en el paro, puedes comer y cenar sin pagar nada en la Taberna. Todo se apunta en la Libreta Negra, de manera que, cuando empiezas de nuevo a trabajar, vas pagando, poco a poco, tú cuenta y la del siguiente que se queda sin trabajo. Entre todos nos ayudamos, como cuando se pide el plato del día que siempre se repite a diario y que es completamente gratuito, pagando solo el vaso duralex lleno de vino tinto.  Se llama "el estofado del día después" y lleva lo que sobró el día anterior, aderezado con especias y alguna patatiña que Teresa le echa junto a un buen trozo de tocino entreverado.

Otra norma no escrita es que, cuando Vega ve que alguien no tiene un buen día, se sienta al piano tocando melodías varias que dependen del tipo de baja moral o enfado que tenga el parroquiano afectado.

En esos momentos en los que Vega interpreta su música al piano, todo el mundo guarda silencio pues si habla alguno, los ojos de la figura del Mono Rojo se le quedan mirando, brillantes y amenazadores. Nadie ha resistido esa mirada.

Son muy esperadas las grandes bandejas de torreznos recién fritos que saca Teresa de la cocina y que pasea por la barra y entre las mesas para que los parroquianos degusten esa delicatesen de la meseta que Teresa hace como nadie.

Dicen que en las noches en las que el cielo está encapotado, descienden a media noche espíritus de antiguos parroquianos a degustar los torreznos de Teresa y se vuelven a ver vestidos y trajes de otras épocas y se escucha un castellano antiguo con bastantes latinajos, que diría un castizo.

Es normal ver esas apariciones de  antiguos asiduos al Mono Rojo, incluso hay una pareja de abuelos, que suelen sentarse en una mesa los domingos, en la que él hace tiempo ya que marchó aunque regresa a la Taberna siguiendo la costumbre dominical que tenía en vida, y nadie se extraña.

Es el mundo mágico y sobrenatural de la Taberna del Mono Rojo, en la que todo el mundo es bienvenido si trae alguna historia que contar.

Y ya guardo silencio, que las notas de The Thrill Is Gone empiezan a sonar desde la guitarra de Vega y todo el mundo escucha mientras mueve rítmicamente la cabeza y uno de los pies.

Hasta luego, compañeros.

jueves, 7 de mayo de 2026

LA MESA NUMERO 7

Entre el rumor de las campanas,

bella gitana, amante y mía,

nos amamos perdidamente

y nadie, nadie, nos veía.

Olvidamos que las campanas,

asomadas al campanario,

nos vieron, ay, y noche y día

se lo cuentan al vecindario.

Mañana Pedro y Catalina,

el panadero y su mujer,

Juan y María Golondrina,

mi amiga Luz, mi prima Ester,

sonreirán, de cierta manera…

Yo no sabré dónde meterme…

Tú estarás lejos… Lloraré…

Y hasta es posible que me muera…

(Poema de mi amigo Guillaume Apollinaire)



En la mesa número siete de la Taberna del Mono Rojo no se sienta mucha gente.

En esa mesa hay un tintero lleno siempre de tinta azul, una pluma de las antiguas a la que se le cambia regularmente el plumín y unos folios en blanco.

En la pared, justo encima de la mesa, una campana clavada espera que algún cliente escriba una verdad para dar tres campanadas.

Hace unos días entró en el Mono Rojo Moira, una chica joven, vecina del barrio y que no entraba siempre a la Taberna pero si dos o tres días a la semana, y tomó asiento en la mesa número siete.

Después de un rato dando vueltas con la mano a un refresco azucarado que le había servido Adiolinda, cogiendo la pluma, la metió en el tintero y comenzó a escribir sobre uno de los folios en blanco:

"Nunca tuve nada que yo quisiera, ni trabajo, ni casa, ni marido, ni nada, todo fue por que quisieron otros y yo no tuve fuerza para oponerme y decir lo contrario"

En ese momento, y mientras Moira apretaba y retorcía con las manos un pañuelito de papel, la campana clavada en la pared dió tres agudas y resonantes campanadas haciendo que tanto Teresa cómo la Maruxaina se dirigieran a la mesa número siete sentándose con la muchacha.

Hablaron mucho Teresa y la sirena sobre renuncias y sobre hasta aquíes, sabían por experiencia demasiado sobre eso, la pena de la aceptación de la incapacidad para decidir por si misma y las consecuencias de ello. El dolor ante la ruptura de lo pasado y vivido hasta un momento dado. El sacrificio del comienzo partiendo de cero y la soledad frente a ese abismo en el que de golpe se convirtió su vida.

Hablaron mucho Teresa y la Maruxaina contándole sus experiencias, Teresa agarrando las manos de Moira y la sirena apretando el hombro de Teresa cuando ésta se emocionaba recordando.

Hablaron mucho hasta que, con un abrazo fuerte de las tres, dejaron a Moira sola en la mesa número siete.

Nadie sabrá nunca lo que la chica escribió en un folio nuevo, porque al volver a sonar las tres campanadas, Moira ya no estaba en la mesa. Tan solo vieron las puertas del Mono Rojo cerrándose tras su salida apresurada llevando con ella el nuevo folio escrito.

Pasó una semana y un día, al poco de abrir la taberna, entró un joven, con bigotito fino y recortado, pelo engominado y con un pulóver blanco y pantalón azul, que con aires poderosos y un poco chulescos preguntó si Moira, su mujer, dijo, había estado últimamente por ahí.

¿Moira? ¿Y quien es Moira? dijo Teresa, no conozco a ninguna Moira, y mirando la fotografía de la muchacha que el tipo les enseñó, Teresa se reafirmó en que no sabía quién era y que nunca la había visto por la Taberna.

El chico comenzó a gritar a la cocinera, mentirosa la llamaba mientras gritaba que Moira era suya y la encontraría, con su ayuda o sin su ayuda de falsa y mentirosa.

La Maruxaina llegó hasta el chico que gritaba, y agarrándolo de un brazo lo giró y acercando su cara a la otra, con su dentadura en sierra, dejó salir como en un silbido las palabras de "vete de aquí, presuntuoso abusador, vete antes de que haga la justicia que mereces y que Moira no supo darte. Veteeee y no vuelvas"

El creído muchacho se hizo pequeñito y tembloroso ante el silbido que al hablar exclamó la sirena, y con las marcas de la mano de la Maruxaina en su brazo, abandonó corriendo el Mono Rojo y nunca más se supo de él. Hay quien dice que hasta mudó de barrio.

Hace poco llegó una carta a la Taberna, "ya estoy bien, por fin mi vida es mía. Gracias, M"

Teresa y la Maruxaina se miraron, sonrieron y volvieron al trabajo, mientras una campana tañía tres veces sobre la mesa número siete.