ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO
LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

sábado, 7 de febrero de 2026

VOZ DE MONJA

Silencio de cal y mirto.
Malvas en las hierbas finas.
La monja borda alhelíes
sobre una tela pajiza.

Vuelan en la araña gris
siete pájaros del prisma.
La iglesia gruñe a lo lejos
como un oso panza arriba.

¡Qué bien borda! ¡Con qué gracia!
Sobre la tela pajiza
ella quisiera bordar
flores de su fantasía.

¡Qué girasol! ¡Qué magnolia
de lentejuelas y cintas!
¡Qué azafranes y qué lunas
en el mantel de la misa!

Cinco toronjas se endulzan
en la cercana cocina.
Las cinco llagas de Cristo
cortadas en Almería.

Por los ojos de la monja
galopan dos caballistas.
Un rumor último y sordo
le despega la camisa,

y al mirar nubes y montes
en las yertas lejanías,
se quiebra su corazón
de azúcar y yerbaluisa.

¡Oh, qué llanura empinada
con veinte soles arriba!
¡Qué ríos puestos de pie
vislumbra su fantasía!

Pero sigue con sus flores,
mientras que de pie, en la brisa,
la luz juega el ajedrez
alto de la celosía.

(Poema de mi amigo, Federico García Lorca)




En la taberna, Teresa, la cocinera, antigua monja, a veces mientras cocinaba y al resguardo de las paredes de la cocina, cantaba, y cantaba como solo una voz educada en un convento podía sonar haciendo que los parroquianos del Mono Rojo callaran y escucharan, algunos con los ojos cerrados y se dejaran transportar a otros mundos a través de la preciosa voz de Teresa.
Había clientes que iban cuando sabían que Teresa empezaba a cocinar y esperaban en la barra tomando algo a qué la voz de ángel, como alguno la llamaba, empezará a lanzar notas al aire.
Uno de estos clientes era don Pedro, mayor, casi un anciano pero bien conservado, elegante, vestido con ropa que denotaba cierto poder adquisitivo y silencioso, de manera que nunca hablaba con ningún parroquiano, dedicando sus palabras solo para Teresa, a la que cubría de halagos, por su voz, por sus platos, por su belleza, que siendo normal a don Pedro le debía parecer tan angelical como el tono de sus motetes y canciones.
El tal don Pedro debía llevar acudiendo a la taberna cerca de tres meses, siempre tranquilo, esperando que la cocinera saliera con alguna de las fuentes preparadas con sus viandas y escuchando las canciones que de la cocina salían, pero ese día parecía más nervioso e inquieto de lo general. La misma Adiolinda, al ponerle el desayuno y no recibir ni un gracias pensó, mal día tiene hoy don Pedro, aunque como nunca dió problemas, continuó con su trabajo sin darle más importancia.
De repente, un aullido agudo y frío sobresaltó a todos los que estábamos en el Mono Rojo, y vimos como la Maruxaina, enseñando su dentadura en forma de sierra afilada, con las uñas de las manos convertidas en garras, saltó por encima de la barra agilmente derribando la puerta del almacén de un fuerte empujón de su hombro, entrando al interior gruñendo como nunca la habíamos visto, para sacar a un don Pedro completamente aterrado y sangrando por su cuello al que se aferraba con las dos manos antes de ser lanzado por encima del mostrador por una Maruxaina completamente transformada y que brincó tras él agarrándolo de nuevo entre sus garras cuando la voz de una Teresa con la ropa rota y llorosa se dejó oír, - ya está, niña, suéltalo, estoy bien, gracias a ti no me ha podido hacer nada, mientras llegaba al lado de la Maruxaina y la acariciaba su alterada cabeza.
Por un instante parecía que la sirena iba a rematar al desgraciado don Pedro, pero volviendo la cabeza hacia Teresa, y soltando al malherido cliente, levantándose se abrazó a la cocinera que la acariciaba tranquilizándola cantándola bajito.
Adiolinda llamó a la policía, que primero llamó a emergencias viendo la hemorragia que presentaba el caído cliente, que después de interrogar a Teresa, se supo que entró detrás de ella por sorpresa en el almacén y abalanzándose sobre  la antigua monja, la rompió la ropa intentando besarla y toquetearla antes de intentar violarla.
Teresa declaró que ella había mordido en el cuello a don Pedro defendiéndose de la agresión y que él, ante la hemorragia, salió corriendo cayendo al otro lado del mostrador, cerca de la salida en un intento de huir del lugar donde había cometido el delito.
Mientras, en el baño, Adiolinda limpiaba la sangre en su rostro a una Maruxaina todavía algo alterada.
Todos los parroquianos declaramos que lo dicho por Teresa era tal y como habían ocurrido la parte de los hechos que nosotros pudimos ver.
Teresa nunca volvió a cantar en la cocina.

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