ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO
LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

lunes, 22 de junio de 2026

EL BAILE DEL PASADO

Musa, la máscara apresta,
ensaya un aire jovial
y goza y ríe en la fiesta
del Carnaval.

Ríe en la danza que gira,
muestra la pierna rosada,
y suene, como una lira,
tu carcajada.

Para volar más ligera
ponte dos hojas de rosa,
como hace tu compañera
la mariposa.

Y que en tu boca risueña,
que se une al alegre coro,
deje la abeja porteña
su miel de oro.

(Fragmento de un poema de mi amigo Rubén Darío)



 

Vega, que se lee, estudia y busca cuanto documento antiguo encuentra sobre la Taberna del Mono Rojo, hace meses dió con uno, muy antiguo, en el que se documentaba como la Taberna entera celebraba, bailando, una especie de antiguo rito de cuando entraba en puerto el último ballenero poniendo fin a la temporada. Bailaban ballenato y la Taberna toda era una fiesta en la que participaba la totalidad el barrio.

Con la ayuda de Adiolinda, Teresa y la Maruxaina pusieron manos a la obra y con la colaboración de todos, unos disfrazados, otros bailando, otros, los más, cantando, trajeron hasta la actualidad a este Baile del Pasado que tan gran fiesta creó entre todos.

Todos agarrados por la cintura, unos tras otros, encabezando esa especie de conga el que representaba al Mono Rojo con un látigo en la mano, que usaba suavemente contra ti si te salías de la fila. Era la manera de representar  el ritual de sacar y limpiar los pecadillos cometidos.

Finalmente Vega consiguió recuperar, por un día, esa costumbre antigua en las tabernas de entonces de acabar la jornada con un baile integrador y colectivo que todos esperaban con alegría.

Con las luces amarillentas, tenues, el tipo del acordeón, los disfraces del que quiso, y el corazón unido de todos los parroquianos y habitantes del barrio, consiguieron un regreso al pasado, que no quedó solo en la Taberna al salir por la puerta el primero, el del látigo, seguido por todos los demás, que recorrieron todas las calles del barrio al son de la música haciendo la conga más larga al irse sumando más vecinos a la fila.

De regreso a la Taberna, la canchanchara de Lidia, el ron, la cerveza, todo se acabó en esa fiesta general. La Taberna quedó sucia, con vasos caídos y botellas vacías, pero las caras de los participantes volviendo a casa eran de ilusión y con ganas de repetirlo en otras ocasiones, mientras Teresa, derrumbada en una silla, con una pierna estirada a cada lado, los brazos caídos, entre sonrisa y sonrisa suspiraba fuerte, y Adiolinda, derrumbada en la barra se preguntaba como limpiar todo eso, mientras Vega, abrazada a su guitarra dormía agotada en los sacos de café del almacén y la Maruxaina emitía grititos de sirena satisfecha.


domingo, 21 de junio de 2026

LADRONAS

Tened presente el hambre: recordad su pasado

turbio de capataces que pagaban en plomo.

Aquel jornal al precio de la sangre cobrado,

con yugos en el alma, con golpes en el lomo.


El hambre paseaba sus vacas exprimidas,

sus mujeres resecas, sus devoradas ubres,

sus ávidas quijadas, sus miserables vidas

frente a los comedores y los cuerpos salubres.


Los años de abundancia, la saciedad, la hartura,

eran sólo de aquellos que se llamaban amos.

Para que venga el pan justo a la dentadura

del hambre de los pobres aquí estoy, aquí estamos.


(Fragmento de un poema de mi amigo Miguel Hernández)





Teresa, la cocinera del Mono Rojo se dió cuenta de que esa mañana, las fuentes pinchos de torreznos, croquetas y empanadillas, igual que las tortillas de patata se acababan enseguida, casi nada más ponerlos.

La ex monja, escondida tras la puerta de la cocina vió como dos mujeres, de unos treinta y pocos años, agarraban las tortillas y las fuentes de pinchos y los vertían en un tupper que llevaban escondido dentro de un gigantesco bolso que mantenían entre las piernas,  encima de las rodillas.

Teresa se lo dijo corriendo a Adiolinda, la hija del Cipri y dueña de la Taberna, que acercándose a las dos mujeres, sacó del gran bolso el tupper con la comida robada.

Perdone, dijo una de ellas, llevamos más de  tres días comiendo un arroz blanco, cocido solo con sal, entre nosotras y nuestros hijos. No tenemos dinero y necesitamos llevar algo a casa.

Adiolinda miró a la Maruxaina que se había acercado alarmada, y la sirena solo señaló con la vista dos platos de jamón que Teresa acababa de sacar a la barra, y Adiolinda la entendió, cogiendo los dos platos, los virtió en el viejo tupper de plástico y dijo: " este tupper es muy pequeño, y el hambre parece mucha. Mañana os quiero ver aquí a eso de las ocho de la mañana, en el Mono Rojo siempre sobra pan y algo.

Al día siguiente, ocho de la mañana en la Taberna, Teresa abrió las puertas a las dos mujeres con los niños.

Pasad, poneros estos mandiles , y a pelar patatas hasta que acabéis con el saco, las indicó mientras sentaba a los niños en una de las mesas donde Adiolinda acababa de poner unos tazones de cacao con leche, unas tostadas de pan con tomate y un poco de fruta.

Mientras pelaban las patatas ellas contaron que el padre de los niños salió corriendo de casa y no volvió.

El subsidio mensual, desapareció por no saben que infracción cometida, y el hambre entró en la casa sin poderlo evitar.

Cuando acabaron, Adiolinda les entregó unos tupper nuevos y grandes, llenos del estofado del que Teresa presumía, unos bocadillos de tortilla y en un sobre, unos cuantos billetes de euros.

Si queréis, podéis venir cada tres días para ayudarnos, y mientras, los niños desayunan, luego al colegio.

Y no es caridad. En esta casa nadie come tres días arroz sin nada y el Mono calla. Aquí, os agradecemos esa ayuda que nos prestáis y que tanto necesitamos, dijo por no avergonzarlas.

Los niños, ahora, ayudan a la Maruxaina a poner servilletas en las mesas, y si se cruzan con Teresa, la abrazan. Ya no pasan hambre.


sábado, 20 de junio de 2026

EL CRISTAL GRUESO DE ADIOLINDA

Quizá fue una hecatombe de esperanzas
un derrumbe de algún modo previsto,
ah, pero mi tristeza sólo tuvo un sentido,
todas mis intuiciones se asomaron
para verme sufrir y por cierto me vieron [...]

(Fragmento del poema de Mario Benedetti "La culpa es de uno" )




 
Adiolinda tenía todo lo que dicen hace falta para ser feliz, un padre que, pese al alzheimer la adoraba en los momentos lúcidos, y a veces la joven pensaba que incluso en los otros, por la manera de darla golpecitos cariñosos en su mano; tres buenas amigas, las mosqueteras, que cada día, a su manera, la ayudaban con la Taberna; un trabajo que la ocupaba todo el día; parroquianos que por ella harían cualquier cosa, y se reía bastante, aunque pareciera que cada vez menos.

Pero está noche de junio, Adiolinda se dió cuenta, la risa, las risas, rebotaban en las paredes, en el techo, en el suelo, pero nunca, o muy pocas veces, llegaban a su pecho.

A veces le parecía que iría a encontrarse con su padre, el Cipri, a esos mundos del no ser, ya que la hablaban y ella respondía como ausente, escanciaba sidra y se perdía en el chorro que caía de la botella, la Maruxaina imitaba ruidos para hacerla reír y solo conseguía una triste sonrisa. Teresa inventaba nombres a los parroquianos, algo que siempre divirtió a Adiolinda, pero ahora no le hacía gracia, y Vega intentaba probarla pendientes y anillos que ya no le gustaban. Ella estaba ahí, contestaba, pero sus ganas de vivir habían quedado encerrados entre losas pesadas de cristal que evitaban que nadie entrará y ella pudiera salir. Se sentía sola aún rodeada de gente, de amigos, que no llegaban a ver el agujero porque la mayoría la veía bien.

Curiosamente, su padre, desde el alzheimer, en un momento lúcido, fue el primero en darse cuenta, cuando, poniéndola una mano sobre la suya la dijo, "Princesa, estar solo no es estar sin gente, es estar sin tí. Eso necesita tiempo, se cura despacito".

Todo se desató una noche en la que había estado más de diez minutos limpiando con una balleta el mismo sitio de la barra, hasta que sin darse cuenta, al girarse, con la otra mano tumbó un vaso que rodando cayó al suelo sin romperse.

Chicas, dijo a la Maruxaina, a Vega y a Teresa, no es que no note que ustedes están ahí, las noto y lo sé, es que yo estoy como dentro del vaso este, encerrada por su grueso cristal, y las veo, me río con ustedes, pero enseguida la risa abandona mi pecho. Las oigo hablar, cantar, contar chistes, pero sus palabras me llegan muy bajito, casi no las oigo. Las quiero, pero me supera el grueso cristal.

Vega no dijo nada, tan solo se levantó y se sentó en el suelo apoyando la cabeza en las piernas de Adiolinda mientras con su brazo libre abrazaba sus extremidades inferiores.

Teresa se sentó frente a la tabernera, en una silla frente a ellos, y dándola la mano, dijo, el cristal es frío, muy frío, como el hielo en el parabrisas del coche en invierno.

La Maruxaina, mirando fijamente a Adiolinda, dijo, vale, tú estás encerrada en el vaso. Nosotras no vamos a entrar, el vaso es para tí hasta que quieras romperlo, pero no te dejaremos. Nosotras estamos al otro lado, hablándote, cantándote, y si no te llegan nuestras canciones, te llegarán nuestros intentos.

Adiolinda lloró sorprendida de que la entendieran, que no tuviera que dar más explicaciones. Lloró de alivio, solo tuvo que decir estoy como dentro de este vaso, y las mosqueteras lo entendieron, sin juicios, sin intentar convencerla de nada, ella estaba allí y fuera, al otro lado del cristal, sus amigas, sin preguntas, sin comentarios, solo estaban.

Pasaron meses, y un día, de mañana, entró un abuelo pidiendo un vino como el que le ponía su mujer, que ya no estaba. Adiolinda se lo sirvió y el anciano la dijo, sabe a ella, gracias muchacha.

Algo saltó dentro de ella, un impulso, una chispa, yo que se..., pero algo saltó en su interior...fue quizás  el calor sincero de la frase del abuelo, "sabe a ella, gracias, muchacha".

El calor de esas palabras la llegó al pecho antes de que el cristal lo enfriara, y mirando como el anciano se iba por la puerta, ella se sorprendió repitiendo, sabe a ella, gracias muchacha.abs

Teresa lo oyó sin decir nada, pero al pasar por su lado, la dió en el hombro con la esquina de la bandeja.

Ese golpe rajó el cristal que la secuestraba, sin saberlo.

Hará unos días entró en la Taberna una chica muy joven, que solo dijo, no quiero tomar nada, solo un sitio donde no molestar.

Adiolinda lo reconoció. El terrible y grueso cristal que condena a la soledad, y sin decir nada, sentó a la chica cerca de la chasca y la puso una manta al lado, mientras ella se retiraba unos metros y empezó a barrer despacito, para no molestar. La chica lloró un buen rato, sin hacer ruido. Luego dijo, gracias...por no preguntar!!!

Adiolinda la contestó, no tienes que explicar nada, aquí solo se pide si se quiere hablar. Si no también tienes sitio.

Esa noche, la joven durmió en la Taberna y por la mañana se puso a barrer con Adiolinda, sin hablar, y al tercer día, sin dejar de barrer, dijo muy bajito a Adiolinda, vivo como en un cristal encerrada...

Adiolinda la miró fijamente y dijo, lo sé, yo tambien viví ahí. Se llama soledad, aunque estés rodeada de gente. Se cura despacito.

Hoy, en la Taberna hay un letrero:

AQUÍ NADIE TIENE QUE ESTAR BIEN PARA MERECER UNA SILLA 

viernes, 19 de junio de 2026

LIDIA, LA DE LA CANCHANCHARA

Ay, negra,

si tú supiera!

Anoche te bi pasá

y no quise que me biera.

A é tú le hará como a mí,

que cuando no tube plata

te corrite de bachata,

sin acoddadte de mí.

Sóngoro cosongo, songo bé;

sóngoro cosongo, de mamey;

sóngoro, la negra baila bien;

sóngoro de uno

sóngoro de tre.

Aé,

bengan a be;

aé,

bamo pa be;

bengan, sóngoro cosongo,

sóngoro cosongo de mamey!»

(Poema de Nicolás Guillén)



Las puertas de la Taberna del Mono Rojo se abrieron, dando paso a una sonriente joven, negra, con una jarra grande de barro y un olor a ron, caña, miel y limón que la precedía.

Luego nos enteramos que era cubana, del mismo Santiago, y con su acento meloso casi gritó en la barra frente a Adiolinda, "canchanchara pa remover las almas", depositando la gran jarra de barro cocido en el mostrador.

Todo el mundo calló, pendiente de cómo la cubana llenaba un vaso que Adiolinda le había dejado con esa mezcla de ron, miel y limón al que acompañaron unos hielos cantarines al caer al vidrio.

Ésto no es bebida, dijo Adiolinda, ésto es dos hombres matándose en el interior del vaso.

Inmediatamente todos en la Taberna quisieron probar la canchanchara de la muchacha, que según ella inventaron y tomaban los mambises en el monte y que hizo el milagro, en el Mono Rojo, de que hasta los más reacios a contar sus historias, hablarán en esta ocasión.

Una semana después, las puertas del Mono Rojo volvieron a abrirse, dando paso de nuevo a Lidia, que así se llamaba la santiaguera cubana.

Me han dicho, dijo muy seria, que uno de ustedes, el otro día, uso mi canchanchara para ligar. ¿Quien fue el atrevido, que salga y de la cara?

Lentamente, muy colorado, Pepefel se levantó exclamando, fuí yo, pero no para ligar, sino para conocerte a ti un poco más.

La carcajada de la cubana retumbó por el local diciendo, conocerme más a través de una canchanchara hecha siguiendo la receta de mi abuela allí en Santiago. ¿Y tú, cómo que te llamas tú?

Pepefel, para servirte, morena, en lo que surja y quieras.

De nuevo la carcajada rompió defensas entre ambos y acercándose a Pepefel le dijo, "Ay, pero usted es atrevido, mi amol, muy atrevido, pero bueno, por valiente le enseñaré como hago la bebida, a cambio usted me ayuda"

Y así acabó la noche, Pepefel partiendo limones, los dos bebiendo buenos tragos de canchanchara y al final, Adiolinda cerrando la Taberna con ellos dentro, durmiendo uno apoyado en la otra y viceversa, pringados de miel y limón pero con unas caras sonrientes y felices. Pepefel roncaba.

Así entró, al día siguiente, Lidia a trabajar en el Mono Rojo. Adiolinda la dió un delantal azul, un pañuelo de cabeza rojo para sujetar el intenso pelo de la cubana, y una esquina de la Taberna donde un letrero anunciaba que allí se vendía canchanchara y guarapo para quien no bebiera alcohol.

Desde entonces, si buscabas a Pepefel, lo tenías sentado en un taburete, en la esquina de Lidia la santiaguera, hablando animadamente con ella, saliendo siempre juntos del local cuando éste cerraba puertas, pero eso, eso es otra historia.



jueves, 18 de junio de 2026

SAN JUAN

El poniente impecable en esplendores

quebró a filo de espada las distancias.

Suave como un sauzal está la noche.

Rojos chisporrotean

los remolinos de las bruscas hogueras;

leña sacrificada

que se desangra en altas llamaradas,

bandera viva y ciega travesura.

La sombra es apacible como una lejanía;

hoy las calles recuerdan

que fueron campo un día.

Toda la santa noche la soledad rezando

su rosario de estrellas 

(Poema de mi amigo, Jorge Luis Borges)




Esa noche estaban todos los parroquianos sentados juntos en una mesa, y Vega tomó la palabra como siempre hacía, hablando mientras sus dedos rasgaban suavemente las cuerdas de su guitarra, y comenzó:

Al principio de todo, el Sol estaba enamorado de la Tierra, y no hacía otra cosa que dar vueltas y vueltas a su alrededor, intentando acercarse y declarar su amor.

Todo iba bien, la Tierra se prestaba al juego ese de las vueltas y el Sol se ilusionaba cada vez más, tanto que tuvieron que intervenir los Maestros y recordarle que no podía quedarse eternamente girando sobre la Tierra, pues el peligro constante era que el Universo se rompiera.

La Tierra se quedó algo triste, pues se había acomodado a los giros de el Sol, pero éste, después de mucho pensar encontró la solución, giraría, si, por supuesto, pero haría un giro enorme de grande, tipo elipisis, durante el cual habría momentos lejanos a su amor para regresar de nuevo.

Los humanos, aquí en la Tierra, decidimos ayudar al Sol, de manera que, cuando más lejos estuviera, la Tierra recibiera sus mensajes, y estos serían en forma de hogueras para recordarla que el Sol nunca la abandonaría.

Por eso, la futura noche de san Juan, veréis en cada pueblo, en cada plaza, en cada lugar, una hoguera grande, en la que la Tierra bebe de esos fuegos y recordando a su amor, la noche se convierte en la más corta del año.

En la Taberna ninguno apagamos las llamas del hogaril. De hacerlo sería como si le dijeramos al Sol VETE YA DE UNA VEZ, y no es nuestra intención. Por eso, en el Mono Rojo se dejan consumir las hogueras, y no se sopla ni una vela, por si acaso tuvieran también algo que ver.

Mientras esperamos que se consuma la hoguera, nos gusta salir a ver al Sol acercarse a la Tierra, cada día, y sin romper las leyes astrales del Universo, decirla bajito al oído, guapa, que cada vez eres más guapa y cada día te quiero más.

La Tierra, al escuchar al Sol, se sonroja,  arde de amor y vergüenza. A ese momento de cercanía íntima y coqueta entre el Sol y la Tierra, lo llamamos atardecer y muchos dicen que el Sol se pone, y es cierto, se pone, y no sabéis cómo se pone. La Tierra no se queda atrás, y entre los dos, el espectáculo es maravilloso, dijo Vega terminando su historia recordándonos que la noche del veinticuatro de junio nos espera para hacer la hoguera más grande y con más llama, la hoguera del Mono Rojo.


miércoles, 17 de junio de 2026

RESIGNACIÓN OBLIGADA

No me pidas que recuerde, 

no intentes hacerme entender,

déjame descansar y déjame saber que estás conmigo. 

Besa mi mejilla y toma mi mano. 

Estoy confundido según tu concepto, estoy triste, enfermo y perdido, 

lo único que se es que te necesito, 

que quiero que estés a mi lado. 

No pierdas la paciencia conmigo, 

no reniegues ni maldigas ni llores, 

no puedo hacer nada para cambiar,

no puedo ser diferente aunque llores. Solo recuerda que te necesito,

que lo mejor de mi se ha ido,

no te alejes de mi lado. 

ÁMAME HASTA QUE MI VIDA ACABE

(Poema de Olinda)




El Cipri pide la llave sin hablar, tan solo extiende la mano y la mujer que va con él, dirá sea. No recuerdo su nombre ni quien es, le pone encima la llave de la puerta de la Taberna. Es un ritual que no sabe cuando empezó, pero la puerta la abre él, eso no lo olvida, y al tiempo que la llave encaja entre los dientes de la cerradura, el mundo vuelve a encajar, durante unos segundos, después de desvanece.

No sabe si es domingo o miércoles, ni la hora, por la que pregunta a una mujer que entra a su lado en el local y que no conoce aunque ella le hable, ni sabe cómo se llamaba este sitio que huele a ron barato, ni los años que tiene, que tiene él, claro, y por eso pregunta de nuevo la hora a, debe ser una cliente, mujer que está a su lado, cogiéndolo de un brazo.

Ahora ya se le olvidó leer, ya no sabe que tiene cada botella al no comprender lo escrito en las etiquetas, pero el peso no engaña, sabe que el ron pesa más que el aguardiente pero menos que el orujo. ¿Para que cogí está botella? Se pregunta mientras la vuelve a dejar en la estantería, en otro lugar distinto a donde estaba.

¿Señora, que quiere tomar? ¿Sabe que hora es? Y la Maruxaina, paciente, le contesta que las ocho y pide un café con leche, ante lo que el Cipri se queda quieto, mirándola. ¿Quien será esta señora que viene tan pronto a la Taberna? ¿Pronto? ¿que hora es, señora?

Esa mujer le lleva hasta una mesa y le sienta a su lado.¿Que querrá de mi está señora que no conozco? Y le pone las manos sobre una masa de harina. Eso sí lo reconozco, piensa, mientras una mano presiona la masa y otra la empuja, alternándose. Esto lo sé hacer, aunque no recuerde su nombre ni para que es, pero amasar lo tranquiliza mientras pregunta por la hora a la que se sienta a su lado. ¿ Quien será esta morena alta que se sienta conmigo?

A veces, cuando no amasa, hay un corte, en negro, como si durmiera. Ve pasar gente, ve vasos llenos y otros vacíos, y no sabe dónde está. Me da igual, decide, cerrando los ojos intentando controlar el temblor de sus manos. ¿Como me llamó? No lo recuerdo, es igual, no hablaré nada con nadie, no conozco a nadie. Oiga, señora, ¿Que hora es?

Ve a la gente beber, y en un destello le vuelven las palabras de su padre, "la gente viene a la Taberna no a beber, viene para no olvidar que están vivos".

¿Estaré yo vivo? No lo sé. Cerraré los ojos un rato, y se queda dormido mientras la Maruxaina le prepara el desayuno y las pastillas.

Será la hora del desayuno, pensó después del micro sueño, y que señora más...se me olvidó la palabra...que señora más...nada, no se que decir, quiero dormir pero está mujer se empeña en que me tome ese café. ¿Será mi hija, mi mujer, mi hermana? Ni idea, no sé quién es, mejor no digo nada, tomo el café y duermo un rato que será tarde. Señora, ¿Que hora es?

Abro los ojos. Las paredes me hablan, las mesas me hablan, las sillas me hablan, hasta el bicho ese rojo del letrero me habla, y esta mujer de al lado me mira. ¿Quien será? Su cara me suena, pero mejor no digo nada, ¿Que hora tenemos, oiga?

La mujer me habla, se ríe, ¿Será un chiste nuevo? Me río... no, no me sale, olvidé reirme, ¿Que hago? Cierro los ojos y dejo que el gris o el negro me abracen. Ya no oigo, ya no veo, pero intento pensar y no puedo. Estoy encerrado por dentro. Muros en mi cabeza no me dejan salir. Me siento, me resigno, me duermo.

Adiolinda, tú padre ya se durmió. Hoy está algo alterado. Cuando despierte lo llevo a casa, dijo la Maruxaina, tapándole con la chaqueta.

"Se cree esta señora que no la he oído. Me lleva a casa, ¿que casa? ¿Quien es ésta? Mejor me duermo"


martes, 16 de junio de 2026

NOSTALGIA

Recuérdame cuando haya marchado lejos,

muy lejos, hacia la tierra silenciosa;

cuando mi mano ya no puedas sostener,

ni yo, dudando en partir, quiera todavía permanecer.

Recuérdame cuando no haya más lo cotidiano,

donde me revelabas nuestro futuro planeado:

solo recuérdame, bien lo sabes,

cuando sea tarde para los consuelos, las plegarias.

Y aunque debas olvidarme por un momento

para luego recordarme, no lo lamentes:

pues la oscuridad y la corrupción dejan

un vestigio de los pensamientos que tuve:

es mejor que me olvides y sonrías

a que debas recordarme en la tristeza.

(Poema de mi amiga Christina Rossetti)





Cada vez que alguien abría la puerta del Mono Rojo y el viento del norte empujaba olores a salitres y algas, la mirada de la Maruxaina se iba hacia la calle mientras la mente evocaba recuerdos de otros tiempos en el silencio del fondo. No un silencio vacío y desprovisto de vida, sino un silencio lleno con los cánticos de las ballenas en la lejanía, la fuerza de las corrientes marinas, el baile estático de las anémonas y el color de la luna dispersándose en el gran azul marino.

Echa de menos la presión de millones de litros de agua salada a su espalda, el no dar explicaciones sobre las escamas detrás de las orejas, el no tener que explicar quién era. Echa de menos al océano y sus profundidades. Su casa.

A veces, cuando deja al Cipri profundamente dormido en casa, baja hasta el puerto, desciende los escalones del muelle de pescadores y en el más cercano al agua se sienta metiendo los pies hasta que nota que se empieza a transformar. Entonces, puesta en pie regresa a la casa llorando su cobardía.

Una noche sin luna, con el cielo cubierto de nubes, bajó los escalones del malecón y metió los pies hasta los tobillos. Al poco, se dejó resbalar introduciéndo las piernas completamente, para después dejarse caer y sumergirse toda.

Las piernas la empezaron a doler según se iban juntando, y al tiempo, las escamas y aletas de detrás de las orejas volvieron a resurgir entre dolores, porque duele volver a ser quien eras.

Nadó hasta la salida del puerto, por la bocana, y allí bajó hasta el fondo, disfrutando de la soledad del inmenso azul, dejando abrazarse por el silencio de las corrientes y la visión de un banco de peces que salían también del puerto.

Cuando regresó al muelle y comenzó a subir los escalones, tenía los ojos llenos de agua salada. No sabía si del mar o de ella misma, pero esperó a que de nuevo las piernas se separaran y al hacerlo, calzó de nuevo los zapatos y regresó a casa.

Esa noche entendió que la nostalgia es una forma de vivir, que no tendría que elegir entre tierra y mar, que podría ser de los dos mundos y nadie saberlo.

Bueno, nadie no. Algunas noches, cuando el ánimo caía se sinceraba con Vega, a la que contaba sus inquietudes y ansiedades. Ésta, con su guitarra, tocaba canciones melódicas para que la sirena cantara la letra que compuso Vega diciendo que la nostalgia no es una cuerda para retenerla, sino para que no se pierda y pueda, de vez en cuando, volver por unas horas al otro lado.

Amigas las dos, conjunción de aire y agua, cómplices en el secreto.


lunes, 15 de junio de 2026

EL SUEÑO DE FORASTERO

Ir y quedarse, y con quedar partirse,

partir sin alma, y ir con alma ajena,

oír la dulce voz de una sirena

y no poder del árbol desasirse;

arder como la vela y consumirse,

haciendo torres sobre tierna arena;

caer de un cielo, y ser demonio en pena,

y de serlo jamás arrepentirse;

hablar entre las mudas soledades,

pedir prestada sobre fe paciencia,

y lo que es temporal llamar eterno;

creer sospechas y negar verdades,

es lo que llaman en el mundo ausencia,

fuego en el alma, y en la vida infierno.

(Poema de mi amigo Lope de Vega)



Está noche estoy solo en la Taberna. Adiolinda y Teresa haciendo inventario en el sótano, la Maruxaina se retiró a casa con el Cipri y Vega tocaba en un garito del Centro, mientras Pepefel salió a pescar al puerto. La Taberna cerrada y yo, frente al hogaril, con una hoja en blanco, la pluma preparada pero la inspiración no llegó hoy hasta el Mono Rojo.

Hace días soñé que la Maruxaina me borró todos los recuerdos, y no sé si es un sueño sin más o algo real que sucedió y yo ya no tengo en la memoria. Quizás eso explicaría el por qué, algunas veces, cuando es la sirena quién me sirve una jarra de cerveza porque Adiolinda está muy liada, la mano me tiembla y la pluma se detiene mientras ella deja la jarra.

Quizás sea que yo no recuerdo ese amor, pero ese amor si me recuerda a mí, y por eso ella, desde su mirada, aparentemente sin sentimiento, tarda unos segundos de más en retirarla. Quizás porque perder los recuerdos no borra la historia y la convierte en un poema que surge en solitario una y otra vez, sin poderlo evitar.

Igual la mente olvida pero el alma no pierde la costumbre de esos días de intenso silencio azul, la gravedad del agua sobre los hombros y la especial manera en la que la luz se reparte allí abajo.

A lo mejor, o a lo peor, soy un poeta sin memoria pero acompañado de la impronta de los cinco sentidos de manera que cuando el viento me acerca olores a salitre y madera húmeda, sea el eco de ella esperando donde mi mente y el ruido no llegan y sean mis palabras tan solo anclas para volver al fondo que no recuerdo, aunque sea un instante en cada noche y demuestre que al no morir la marea, regreso a la esquina de siempre, pluma en mano intentando descubrir el por qué el pecho duele ante la hoja de papel, en blanco como la mente.

Si no fue un sueño y fue real, explicaría por qué la razón de mi cuaderno es el silencio, el mismo del fondo marino que tan solo veo dormido.




domingo, 14 de junio de 2026

EL SUEÑO DE LUCÍA

Se bebe el desayuno… Húmeda tierra

de cementerio huele a sangre amada.

Ciudad de invierno… La mordaz cruzada

de una carreta que arrastrar parece

una emoción de ayuno encadenada!

Se quisiera tocar todas las puertas,

y preguntar por no sé quién; y luego

ver a los pobres, y, llorando quedos,

dar pedacitos de pan fresco a todos.

Y saquear a los ricos sus viñedos

con las dos manos santas

que a un golpe de luz

volaron desclavadas de la Cruz!

Pestaña matinal, no os levantéis!

¡El pan nuestro de cada día dánoslo,

Señor…!

Todos mis huesos son ajenos;

yo tal vez los robé!

Yo vine a darme lo que acaso estuvo

asignado para otro;

y pienso que, si no hubiera nacido,

otro pobre tomara este café!

Yo soy un mal ladrón… A dónde iré!

Y en esta hora fría, en que la tierra

trasciende a polvo humano y es tan triste,

quisiera yo tocar todas las puertas,

y suplicar a no sé quién, perdón,

y hacerle pedacitos de pan fresco

aquí, en el horno de mi corazón…!

(Poema de mi amigo César Vallejo)





El viento, fuerte, golpeaba al viejo letrero de hierro del Mono Rojo colgando de una barra clavada a la fachada, y la lluvia jugaba a tocar melodías intensas con las piezas del tejado.

Una hora después, dejaron de pasar los autobuses por el agua acumulada, y Adiolinda tomó la decisión de hacer más sopa para pasar la noche con los parroquianos refugiados en la Taberna.

Vega saca su guitarra y acompaña a la Maruxaina en esas canciones extrañas que solo ella conoce, y el resto empiezan a poner las mesas corridas haciendo solo una en la que sentarse todos, uno al lado del otro.

Se va la luz y se encienden las velas. Ahora la intimidad invita a contar historias y a escucharlas.

Empieza Lucía, una estudiante tardía que cuenta que estudia filosofía porque su abuela quería que fuera la primera de la familia en tener un título universitario, pero que lo que a ella la gustaría sería abrir su propia panadería, amasar la harina y poner las barras crudas en el horno hasta que estuvieran hechas y disfrutar del olor a pan recién horneado durante toda la mañana.

Adiolinda, poniéndola otro vaso de vino,  la dijo, los sueños no cumplidos saben a poco. Aquí tienes los domingos el horno a tu disposición y puedes amasar la harina con el Cipri. Y Lucía aceptó.

Al siguiente domingo, cuando llegó Lucía a las seis de la mañana, el Cipri ya estaba amasando lo que luego sería pan. La Maruxaina lo había llevado pronto y se estaba tomando su tercer café después de haber cargado el horno de leña y haberlo encendido. Con el calor, el horno crujía como protestando por el madrugón.

Lucía comenzó con Cipri a estrujar con sus manos la espesa y suave masa de harina, y cuando ella dudaba de si la masa estaba en su punto, el Cipri, en silencio, la mira y la hace un gesto de todo está bien, la masa a punto. Gesto que Lucía premia con una sonrisa al anciano.

A las diez sale la primera hornada. Pan con la corteza crujiente, una miga esponjosa y un olor que atraviesa las puertas del Mono Rojo haciendo que entren vecinos a por barras de pan.

Teresa coge una barra, la abre por la mitad y vierte en ella un chorro de aceite de oliva al que acompaña con un pellizco de sal y se lo tiende a Lucía, que lo muerde mientras unas lágrimas escapan de sus ojos. Sabe a casa, a la de la abuela, y está hecho por mi. Lucía se da cuenta en ese momento que cumplir una promesa y cumplir un sueño, puede ser lo mismo, solo cambia el nombre.

Desde entonces, en la pared exterior del Mono Rojo, cada domingo hay un cartel que anuncia, "Hoy domingo tenemos el pan de Lucía", y Adiolinda se siente feliz.

sábado, 13 de junio de 2026

EL FARO DE MEDIANOCHE

¿Qué voz viene sobre el sonido de las olas

que no es la voz del mar?

¿Será la voz de alguien que nos habla,

pero que, si escuchamos, calla,

precisamente por habernos puesto a escuchar?

Y sólo si, medio adormecidos,

oímos sin saber que oímos,

ella nos habla de la esperanza

hacia la que, como un niño

que duerme, durmiendo sonreímos.

Son islas afortunadas,

son tierras que no tienen lugar,

donde el Rey vive esperando.

Pero si andamos despertando,

calla la voz, y sólo es el mar.

(Poema de mi amigo Fernando Pessoa).



Vega no esperaba nada esa noche. Estaba, como siempre, tocando su guitarra para los parroquianos, sacándoles ahora una sonrisa, luego una lágrima, después un aplauso.

No esperaba nada nuevo, pero las noches del Mono Rojo es lo que tienen, que suceden y llegan situaciones que nadie espera, pero que llegan.

Esa noche, un hombre de mediana edad, vestido de gris robado en algún mes de abril, dejó al lado de Vega una nota doblada que decía: "te hemos escuchado desde la calle. Mañana casting a las diez de la noche con la Orquesta Nacional en el Gran Teatro Municipal. No faltes y trae solo tu guitarra y lo que nadie puede enseñarte."

La joven enseñó, riéndose, la nota a la Maruxaina, diciéndola, yo no tengo estudios de conservatorio, ni dinero, ni siquiera un buen vestido o unos bonitos zapatos. ¿Como voy a ir con la Orquesta Nacional de esa manera?

Niña, dijo la sirena, tú tienes algo que ninguna orquesta nacional tiene, tú tienes el alma de la que brota tú música, cuentas con el vértigo de la inmensidad del cosmos entre seis cuerdas, y en tus dedos tienes el silencio musical de las estrellas y planetas al recorrer el firmamento según cada estación. Tú tienes mucho, Vega, y para eso no hace falta tener buenos y caros vestidos y zapatos, hace falta ser de la sensibilidad de Vega. Ve mañana al casting, sin complejos, sin vergüenza, tal y como eres, tal y como vistes. Yo te acompaño.

Vega se presentó al día siguiente en el Gran Teatro Municipal, y cuando la pidieron, "toca algo clásico", la joven comenzó a rasgar su guitarra con algo que no era de Chopin, ni de Brahms, ni siquiera de Beethoven, era el lamento  de la profundidad del universo rebotando en las mareas del océano creando olas y corrientes submarinas golpeando al malecón rítmicamente.

Eso no se estudia, dijo el director de la Orquesta, eso nace en uno y no muere antes de recorrer bastas distancias y elementos trayendo brisas y aires frescos, al tiempo que ponía una silla más al frente de la Orquesta y requiriéndola cada jueves, "para que aprendas tu y para que aprendamos nosotros".

En el primer ensayo, Vega empezó a tocar "El faro de medianoche", ésa que representaba al farero conduciendo barcos hasta el buen puerto con la ayuda de su luz, esa tonadilla que hacía que tanto la Taberna del Mono Rojo como sus alrededores quedaran en silencio mientras sonaba, pero que con la Orquesta sonaba distinto, al ser los timbales las olas contra las rocas, los violines el viento, las tubas el agua subiendo por las oquedades de las rocas, y Vega, Vega seguía siendo el esforzado farero guiando a perdidos y viajeros navegantes con su luz. Vega tocaba para aquellos que, aún no sabiendo escuchar, con las vibraciones sonoras de sus cuerdas escuchaban.

Todo iba bien hasta que apareció don Alberto, un famoso crítico musical, por la Taberna del Mono Rojo. Se sentó en una mesa y mientras tomaba una copa de vino a temperatura ambiente, escribía en su cuaderno, esta joven no toca, esta joven testifica, pues esa noche el puerto estaba embravecido,  violento, haciendo temblar la Taberna, y Vega cambió el final, haciéndolo rudo, áspero, real.

Al terminar, don Alberto propuso un duelo a Vega, que hizo reír a la joven, ¿un duelo? Yo no tengo espada, ni pistola, jajajaja.

Niña, un duelo de silencios, un concierto, sin partituras, sin batuta que dirija, con todo apagado, a oscuras, empezando tu cuando quieras y siguiendo ellos si así lo sienten, o callando si no les transmites nada.

Vega aceptó con la única condición de que el evento duelístico fuera en la Taberna del Mono Rojo, no en el Gan Teatro Municipal, y que los parroquianos y la gente del barrio entrarán gratis al concierto, y don Alberto aceptó complaciente la condición.

La noche del duelo, con toda la Taberna a oscuras, con tan solo el resplandor de la luz de la luna entrando por las ventanas abiertas para que el sonido llegaran a los de fuera, Vega, después de unos diez segundos de silencio comenzó tocando con su guitarra el grito agudo de su abuelo llamando a las gaviotas, provocando temblores y miedos en los violines, a los que el grito agudo recordó el primer día, siendo niños, ante el instrumento por primera vez, y se fueron sumando, tímidos, como pidiendo permiso, uno al principio, después dos o tres más, para continuar todos acompañando a la música de Vega, para terminar todos llorando de verdad, no por tristeza sino por esa nostalgia que entra cuando después de mucho tiempo te encuentras en casa 

Pasaron los cuarenta minutos de concierto. Nadie aplaudía, solo suspiraban mientras Vega y la Orquesta Nacional se miraba, sonrientes. No hubo vencedor del duelo y todos ganaron, las dos partes perdiendo el miedo eran solo una.

Al fondo, la Maruxaina, abrazada a Teresa miraban como Pepefel escondía la cara para limpiarse unas lágrimas que corrían por su cara, "joder, me entró polvo en los ojos, sucia taberna" mintió.




 

jueves, 11 de junio de 2026

NOTICIA EN TIRADA NACIONAL

Siempre recién peinados

y tosiendo

hacen su entrada

cada mañana increíblemente

en punto, y se atrincheran

al fondo de la barra, en su rincón

donde los dardos

no llegan ni borrachos.

Echan una mirada. Piden. Le vacilan

al camarero igual que ayer

y entre tembleques

llevan el venenoso vino

hasta los labios

como una maldición.

luego pagan. Adiós. Que no

te pille un coche. Y se encaminan

hacia la próxima farmacia.

(Poema de Karmelo Iribarren)



Todo empezó cuando al entrar en la Taberna por casualidad, para ir al servicio, una reportera de un periódico de tirada nacional, mientras se tomaba una Cocacola sin azúcar, escuchó como un parroquiano contaba una historia mientras los demás, en silencio, escuchaban.

Luego vinieron las bandejas de torreznos recién fritos por Teresa y que pasaban de mesa en mesa cogiendo cada cliente uno o dos trozos, las pintas de cerveza fría y espumante, los platos de guiso de cochino jabalí con crema de nabos y castañas con un toque de trufa del norte, las canciones de Vega, la intensidad de la mirada y la risa penetrante de la Maruxaina y la paciencia tabernera de Adiolinda hasta que descubriéndo a la periodista la dijo que ya estaba bien de preguntas.

Aún así, la joven reportera salió con el cuaderno lleno de apuntes y con un dibujo del Mono Rojo hecho en una servilleta.

Todo el mundo en la Taberna olvidó el suceso de la reportera, hasta que al domingo siguiente, a nivel nacional, salió un reportaje diciendo, "El Mono Rojo, donde el tiempo se detiene y la palabra encadenada a una historia es moneda. El wifi no existe, existen las historias de los parroquianos, inventadas o no pero que todos escuchan en respetuoso silencio, no hay menú degustación, hay lo que haya, es decir, lo que Teresa, una antigua monja retirada, guisa en su cocina, y Adiolinda, la tabernera, que te mira y escucha como si te conociera de siempre".

El mundo se volvió loco. Adiolinda abrió como siempre, a las seis de la mañana. A las seis y cinco, cuatro vehículos de Madrid esperaban, aparcados en la puerta.

A las once ya no se podía pedir en la barra, completamente colapsada por una multitud de personas que pedían torreznos, morcilla, jabalí, etc.  y cerveza fría, mucha cerveza fría.

A las seis de la tarde, Adiolinda se había quedado sin pan, sin torreznos, sin morcillas, sin estofado, sin patatas ni salsa de bravas, casi sin cerveza, y estaba muy cansada de contestar a las preguntas, las mismas, que cada visitante de fuera hacía.

Vega, cansada de tocar y cantar para todos, miraba a una Maruxaina erizada, a punto de saltar contra la multitud que la tocaba, la asediaba y preguntaba mientras un niño estaba empeñado en quitarle la parpusa al Cipri.

Ante todo eso, Adiolinda tuvo que cerrar a las ocho, aunque abrió en secreto la barra del sótano para los parroquianos habituales, como cuando la pandemia, aunque en esta ocasión solo podía servirles bebida que no les cobraba al no tener nada de comida.

La gente, fuera del local, en la calle, continuaba haciéndose fotos y selfies en la puerta, bajo el letrero del Mono Rojo, y así durante meses, de tal manera que mientras los visitantes estaban en el local principal de la Taberna, los habituales entraban a la barra del sótano, atendidos por Vega y la Maruxaina, para continuar su tradicional modo de estar en el Mono Rojo.

Pasó la moda y ya no había tantas avalanchas de personajes necesitados de descubrimientos, pero aún así, bastante gente continuó visitando la Taberna y rompiendo la paz y tradición que la leyenda contaba a quien quería escuchar de la magia del local.

Aún ahora, hay domingos, después del artículo nacional del periódico, que sería necesaria la reserva de mesas, si eso fuera posible en el Mono Rojo, que no lo es.

Los habituales se alegraban del crecimiento de la Taberna, pero luchaban porque la tradición perdurará pese a los turistas, tradición de siglos a la que ninguno estaba dispuesto a renunciar. La primera, Adiolinda.

miércoles, 10 de junio de 2026

PUDO SER. NO FUE

¿Qué decía, Ulises, el canto de las sirenas que tu pobre astucia
no se atrevió a escuchar?¿Qué fue de la armoniosa perfección
que tus naves esquivaron?
¿De qué sirvieron tus viajes, para qué las arenas de Troya,
la victoria a traición,
la embriaguez de Polifemo?
¿Para qué la gloria de los siglos, insensato,
si, hombre al fin, tuviste el milagro al alcance
de tu mano
--más importante que la gloria
más efímero que la fama, y por eso
sólo por eso, eterno--
y te negaste, cobarde, a descifrarlo?

Pero las sirenas, Ulises, son eternas.
Otros son los que escuchan ahora nuestros cantos.

(Poema de Michelle Najils)




Hacía mucho tiempo que, según narran los rumores, las puertas de la Taberna se abrieron de par en par provocando una corriente de aire que apagó tres o cuatro velas encendidas encima de unos manteles a cuadros rojos y blancos que cubrían unas mesas para el turno de cena.

En ese momento, la Maruxaina, fingiendo secar el pelo con una servilleta de tela del mismo tejido con el que estaban hechos los manteles, lanzó una interesada mirada al ser que bajo una capa húmeda y un sombrero de ala ancha azul, respondía al nombre de Forastero Quizás y que acababa de acceder al local.

Dicen las leyendas que, cuando una sirena se ve atraída por un humano, el mar se pone celoso, y actúa.

Pero sin adelantarnos a los acontecimientos, Forastero, dándose cuenta de la muchacha esa, la pasó por debajo de la mesa un chato de aguardiente como el que se estaba tomando él.

La Maruxaina lo cogió con esos dedos finos y delgados que la goteaban agua marina allí por donde pasara y llevándoselo a la boca lo fue tragando de poquitos a poquitos.

La Maruxaina y el Forastero lo hicieron sin casi pensarlo, chocando los vasos de chupito mientras el mar avanzó en forma de un hilillo frío de mar profundo, que subió por las piernas del Forastero.

El Cipri, moviendo la cabeza dijo, el trato ya está hecho, subiros a algo que os aguante.

Forastero, dejando el vaso vacío, acercando su cara a la de la sirena, la robó un beso frío y salado, que goteaba por cada poro de la Maruxaina .

Las tablas del sótano se abrieron. Debajo de ellos solo había mar, al que les quiso tirar, ya que el Forastero nunca opuso resistencia estando enganchado a la sirena.

Él se dejó, de la mano de ella aguantó cuando el agua les llegó primero a la cintura, después cuando les llegó al pecho y más tarde cuando ella tiró de su mano sumergiéndose ambos en el celoso mar que les reclamaba.

En ese momento, la Maruxaina le dijo, por fin eres mío y yo soy de alguien.

El mar no le mató,  convirtió su nombre terreno en un nombre de espuma de olas, permitiéndole respirar, aunque al Forastero el agua le sabía a vino salado, y cuando la sirena unió su pecho al suyo, allí en la profundidad oscura del océano, sintió que estaba atado.

Forastero ya no envejece, aunque cada vez más se acuerda de arriba, de tierra, de la Taberna, y la Maruxaina llora porque sabe que lo pierde.

Un día, hizo el intento. Subió hasta la superficie. Las olas se pararon al detenerse el viento, todo quedó quieto, nada tenía movimiento salvo la sirena, que le dijo, me pierdes, volverás a tierra, pero sin memoria de ésto, sin recuerdos, sin sentir. Me verás en la Taberna y será como si vieras a otra persona, no podrás revivir los momentos pasados conmigo.

Forastero asintió, la besó por última vez y empezó a sentirse pesado, a hundirse, a no poder respirar, y nadó, nadó fuerte, hasta la orilla, seguido por las lágrimas de la Maruxaina convertidas en perlas blancas, y llegó a tierra.

No se volvió, ya que en ese instante perdió todos los recuerdos y no sabía que ella estaba detrás.

¡¡¡Forastero, viniste aquí a dormir nada más!!! Le gritó una Maruxaina con una jarra en la mano, ¡¡¡bebe hombre, y despierta!!! dijo la sirena aguantando una lágrima rebelde mientras él la explicaba que no sabía lo que había pasado.

El Cipri, en silencio, acarició el dorso de una mano de la Maruxaina y la dijo, sigue siendo amigo, quédate con eso.

Forastero mientras, bebía, no recordaba nada.



martes, 9 de junio de 2026

LINEA SIN RETORNO

El silencio de tu padre, no es de miedo,

Es un lenguaje que le enseñó la vida,

En el que protestar no está presente

Ante la necesidad de hacerse fuerte.



El hijo llegó tarde, como de costumbre, y como de costumbre enfadado y con el nombre de su padre en la punta de la lengua.

El padre estaba ahí, donde siempre, sentado a su mesa viendo la vida escurrirse entre días y semanas iguales, idénticos meses y años, unos de otros.

El hijo le tiró encima años de rencor. Los hijo de puta, los vete a tomar por culo, cayeron sobre otros insultos como mierda, subnormal, payaso. A gritos, fuertes y elevados gritos.

Cada insulto era un golpe seco, doliendo más que un puñetazo y sin saber el por qué de tan desproporcionado ataque.

El padre dijo, no me grites, no me insultes, y ante la continuidad de la agresión verbal, el padre expresó en voz alta, tú eres el payaso, el mierda, el hijo de puta. Tú eres un borracho, que a ver cuándo se marcha y me deja en paz.

Entonces el hijo le amenazó con quemar la Taberna con él dentro, de pegarle puñetazos hasta tirarlo al suelo, acompañado de más insultos.

El padre, sin decir nada, se levantó y se fué. Todos en la Taberna entendieron que el hijo había cruzado una linea imborrable, que el silencio del padre al marcharse no era miedo, era una sentencia que pesaba más que las amenazas, más que los graves insultos.

El padre regresó a casa sin nada en las manos pero con algo muy profundo roto, destrozado, y aunque los parroquianos dijeron que lo denunciará, ël no lo hizo. Un padre no denuncia nunca las vergüenzas de su hijo, carga con ellas como si fueran suyas.

Cuando el padre volvió, lo hizo con la barba más cana y los ojos más viejos, mientras en la Taberna dicen que murió un poco esa noche, que el hijo lo mató sin tocarlo.

Y el castigo no fueron denuncias ni venganzas, un padre no se venga nunca de un hijo, el castigo fué vivir sabiendo que traspasó una linea en la que el único que le podía perdonar era el hombre al que había insultado y amenazado, pero ese hombre, el padre,  lo miraba con lástima y no hablaba.

lunes, 8 de junio de 2026

EL ENFADO DE TERESA, (PARTE DOS)

La tarde entra pronto en la cocina:

a eso se reduce el misterio

cada día.

También hay razones suficientes

Para pensar en la inútil existencia

del párpado que cae

y ensombrece las pupilas.

Hay sueños que se olvidan.

Otros se insinúan solamente.

Algunos apenas se perciben.

Casi todos se terminan.

Los más se derrumban sin fortuna,

-inútilmente-.

Al final del día descansa la noche,

soberbia,

pero herida de muerte.

(Poema de Jorge Braga)


Al poco entró en la cocina Adiolinda, diciendo, "modernizar no es quitar lo de siempre, es mejorarlo", sacando de una cajita un par de trufas del norte que había comprado a unos buscadores amigos suyos.

Mientras Teresa negaba con la cabeza, Adiolinda empezó a rallar las trufas encima de un puré de castañas y nabos de su huerta, cuidados y recolectados por la Maruxaina, que hablaba suavemente con ellos mientras los recogía, y que acompañaría al guiso del cochino jabalí de Teresa.

La cocinera probó el puré con desconfianza, hasta que al paladar le llegó un cierto tono de petricor, por la trufa unida a la cremosidad de los nabos convencidos por la sirena de dejarse extraer de la tierra más el toque dulzón de la castañas acompañando al fuerte sabor a carne de caza del cochino jabalí, que la convenció e hizo que la antigua monja cogiera una trufa de las manos de la tabernera y rallara un poco más sobre el puré.

Acababan de inventar el estofado de jabalí del Mono Rojo nevado con trufa del norte, un plato que pronto se convirtió en el favorito de la Taberna, de tal manera que a la semana ya no las quedaban trufas del norte teniendo que encargar más, urgentemente, pues todo el mundo prefería el estofado con ese blanquecino puré con motas negras de trufa.

Ni Adiolinda ni Teresa se dijeron nada la una a la otra, pero desde el primer día en el que sacaron el estofado modernizado, al finalizar la jornada, cuando la Taberna del Mono Rojo cerraba las puertas, la tabernera y la cocinera se sentaban juntas en una mesa en el vacío local y compartían la cena, sin discutir, tan solo dos amigas, un gato, el fuego y unos reconfortantes platos. 

La vida en la Taberna retomaba tranquilidad en los fogones, Teresa manda en la cocina, Adiolinda en el mostrador.

Discuten el menú del día siguiente, los precios, el género, pero al acabar el día, una buena cena, unas jarras y la compañía de la lealtad y la amistad las acompañaba en esos últimos momentos antes de marchar a casa.

El Mono Rojo, en silencio, esperando un nuevo día.

domingo, 7 de junio de 2026

EL ENFADO DE TERESA, (PARTE UNO)

"Pues ¡ea, hijas mías!, no haya desconsuelo cuando la obediencia os trajere empleadas en cosas exteriores; entended que, si es en la cocina, entre los pucheros anda el Señor ayudándoos en lo interior y exterior."

(frases de Fundaciones, 5, 8. De mi amiga Santa Teresa de Jesús)



Teresa llevaba casi ocho años al frente de la cocina de la Taberna del Mono Rojo. Cerca de nueve que había abandonado el convento.

Revolucionó los platos del legendario local. Nadie como ella para sacar partido a un cochino jabalí haciendo un estofado con fama más allá de la comarca. Era la reina de los fogones, y eso no dejaba que nadie lo discutiera, por eso, cuando Adiolinda quiso cambiar los platos del menú, Teresa montó en cólera, dijo que eso bajo su mano, no se haría y amenazó, quitándose el delantal, con marcharse para no volver.

Adiolinda, muy enfadada, la recordó que la Taberna era suya y podría cambiar lo que quisiera, y si no respetaba, ¡¡¡¡a la calle, que aquí sobras!!!!

Teresa dobló despacito su delantal, dejándolo sobre la esquina de una mesa, y comenzó a recoger sus cosas personales. Se marchaba, y le daba igual si la mitad de los clientes también se fueran con ella, que abrió la puerta muy despacio, oliendo los vapores de su guiso de cochino que terminaba de hacerse al fuego lento de la cocina.

Terminó de abrir la puerta, fuera llovía fuerte, pero salió al exterior. Todavía esperó un momento, para ver si Adiolinda reaccionaba, pero Adiolinda, cruzada de brazos, quieta fuera del mostrador, la miraba fijamente sin decir nada, sin hacer nada.

Finalmente, Teresa, con lágrimas en los ojos, que hubiera dicho que eran gotas de la lluvia que caía, comenzó a andar pisando el barrizal en que el camino se había convertido. "No hay marcha atrás", pensó Teresa, siguiendo hacia delante, un paso tras otro.

Teresa se había marchado del Mono Rojo.

Caminó tres días, en los que durmió en graneros solitarios, comió pan duro que quitó a unas gallinas y alguna vez cocinó para algún cortijo a cambió del techo de una noche. Pero nada como el Mono Rojo.

La tercera noche, en una taberna de la ruta le pusieron un plato de estofado. Le falta un poco de tiempo y le falta también Amor, mucho Amor, dijo Teresa recogiendo su mesa, para más tarde meter las pocas cosas que había sacado en su bolsa de viaje, aunque esta vez para realizar el camino de vuelta.

Teresa llegó al Mono Rojo, empujando sus puertas. Adiolinda limpiando el mostrador. La gata, Crisis,  solitaria y dormida en su sitio, fuera de la cocina.

"El caldo se estropeó", dijo Adiolinda, señalando la cocina con el fuego apagado.

Teresa, sin decir nada, encendió de nuevo el fogón, empezando de nuevo a cocinar ese caldo que tanta fama la dió.

Crisis se restregaba por una de las piernas de Teresa, asegurándose que era real, para después volverse de un dalto al sitio donde  dormía casi durante todo el día.

Empecemos pues, dijo Teresa, poniéndose de nuevo el delantal.

Al poco, entró en la cocina Adiolinda, que diciendo...


sábado, 6 de junio de 2026

LA MADRE DE DON TOMÁS

Mereces un amor que te quiera despeinada,

incluso con las razones que te levantan de prisa

y con todo y los demonios que no te dejan dormir.

Mereces un amor que te haga sentir segura,

que pueda comerse al mundo si camina de tu mano,

que sienta que tus abrazos van perfectos con su piel.

Mereces un amor que quiera bailar contigo,

que visite el paraíso cada vez que ve tus ojos

y que no se aburra nunca de leer tus expresiones.

Mereces un amor que te escuche cuando cantas,

que te apoye en tus ridículos,

que respete que eres libre,

que te acompañe en tu vuelo,

que no le asuste caer.

Mereces un amor que se lleve las mentiras,

que te traiga la ilusión,

y la poesía.

(Poema de mi amiga Frida Kahlo)



La Taberna estaba aquella mañana como siempre, olor a ron barato, a madera y a la ginebra con la que limpiaba la barra Adiolinda para desinfectarla y sacarla ese brillo que la madera tenía en el usado mostrador.

Las puertas de Mono Rojo se abrieron como dubitativas, sin decisión, como si el que entraba no supiera si hacerlo o no. 

Entró un joven de unos cuarenta años, moreno de pelo y bien presentado. Vestido correctamente, zapatos brillantes y una indecisión en su mirada que hizo que Adiolinda dejara lo que estaba haciendo para dirigirse a él, aunque sin hacer caso de la tabernera, desparramó la vista por todo el local deteniéndola en la mesa donde Rosa, la vieja prostituta, estaba sentada esperando tomarse la primera jarra del día.

¿Eres Rosa?, preguntó el elegante visitante. Rosa le miró como con miedo, y pensó antes de contestar, cuarenta años vendiendo noches para poder pagar el pan de lejos que habrá comido y ahora viene ese pan hasta donde estoy preguntando por mi.

Quizás sea Rosa, contestó la mujer manteniendo una indiferencia que era solo fachada para ocultar la zozobra que por dentro sentía como la iba amenazando, o no lo sea, depende para lo que se la busque, aunque esos ojos y esos rictus en el rostro ya la dijeron a quien tenía delante 

¿Vienes a juzgarme, a verme y a comer, o a qué vienes hasta aquí?

Quiero conocer a la mujer que me abandonó, que nunca fue a verme y a la que no conozco más que por unas fotografías que me enseñó hace tiempo la abuela, dijo sentándose enfrente de ella, a su mesa, desde donde pidió dos platos de estofado y un par de jarras de cerveza.

No hubo abrazos, ni un te quiero, nada, solo dos personas mirándose mientras comían y el resto de la Taberna haciendo como que no miraban.

Crecí sabiendo de tu existencia, dijo Tomás, que así se llamaba el visitante, y he venido a conocerte y preguntar si te dolió abandonarme y no verme nunca.

Dolió, y mucho, contestó Rosa, que agarrando su mano y apretándola, dijo, ahora que estás aquí, duele menos.

No fueron a ningún lado, siguieron sentados a la mesa hasta que el Mono Rojo cerró, y luego Tomás volvió al día siguiente, y al otro, y al otro.

La historia se fue tejiendo entre ambos. Tomás tardó cuarenta años en decidirse, y solo cuando abrió su bufete y estaba todo en orden le tocó el tiempo de ordenar también su vida y conocer a su madre, de quien la abuela dijo que había muerto en el parto, incluso la enterraron, en un ataúd vacío y una sepultura hueca, donde cada año la abuela le llevaba a poner flores aunque él sabía de su madre al haber encontrado la caja donde la Abu guardaba esas cartas mal escritas que cada cierto tiempo Rosa escribía, en la última, recibida ya hacía diez años, justo cuando murió la abuela, la vieja prostituta escribía: " si algún día decides venir, ven a un lugar único, donde la gente es leyenda y el ron barato y malo, pero sus parroquianos cuentan historias mientras los demás escuchan en silencio y cierran hombros acogiendo a los suyos. Pregunta por la Taberna del Mono Rojo".

No borraron ningún pasado, no lo necesitaban, solo decidieron que el futuro trataba de dos sillas entorno a una mesa, Tomás, el abogado y Rosa, su madre, la vieja prostituta.

Casi toda la localidad pasó por la Taberna, picados por la curiosidad de ver al hijo de la Rosa, y un día, un viejo buhonero jubilado le gritó al abogado, ¿ Y ahora que la conoces no te da vergüenza al ver de quién eres hijo?

Rosa fue a saltar, pero Tomás la sujetó suavemente de la mano mientras Vega y la Maruxaina ya se habían puesto de pié para actuar si hacía falta, pero no lo hizo. Tomás sacó unos billetes y dirigiéndose a Adiolinda la dijo, cóbrame todo, lo nuestro y lo que dijo ése de mi madre, yo pago lo que digan de ella.

Nadie más volvió nunca a dirigirse así a Tomás, ayudado encima porque Adiolinda echó de la Taberna al viejo liante.

Nunca más volvieron a decir "la vieja prostituta", todo el mundo decía ahora, la madre de don Tomás, que había dejado sobre la barra unas tarjetas de su bufete por si algún parroquiano necesitaba defensa gratuita.

En la tarjeta se podía leer:

Tomás De la Rosa

Abogado

(Algunos apellidos se eligen, no se heredan, y Tomás eligió)


viernes, 5 de junio de 2026

CAZADORES DE SIRENAS

Tengo la convicción de que no existes

y sin embargo te oigo cada noche

te invento a veces con mi vanidad

o mi desolación o mi modorra

del infinito mar viene su asombro

lo escucho como un salmo y pese a todo

tan convencido estoy de que no existes

que te aguardo en mi sueño para luego.

(Poema de mi amigo Mario Benedetti )


Era casi la hora de cerrar. Teresa estaba terminando de limpiar la cocina. Vega guardaba en sus fundas los diversos instrumentos que había tocado esa noche. Adiolinda hacía caja y la Maruxaina se preparaba para llevar al Cipri a casa.

Entonces se abrieron las puertas violentamente. Entraron tres individuos, vestidos con capas negras, sombreros del mismo color y de ala ancha portando arpones afilados con dibujos de runas celtas.

Tiraron con desdén un fajo de billetes a la barra, y el que se suponía el jefe, avisó, venimos en busca de la Maruxaina, que al parecer para por aquí muy a menudo.

Los pocos parroquianos que quedaban, apurando sus consumiciones para marcharse, callaron inmediatamente, aunque ninguno miró hacia donde la sirena debiera estar con el Cipri. La Maruxaina no era una más, era una de las mosqueteras y en numerosas ocasiones había salido en defensa de los habituales de la Taberna y de sus compañeras. Nadie la descubriría mirando hacia ella, es más, la mayoría miraron a la puerta de entrada como diciendo, ya se fué.

Adiolinda dejó de hacer caja y acercándose a los tres cazadores de sirenas les distrajo lo suficiente para que, la Maruxaina cambiara su aspecto presentándose como una mujer alta, de pelo canoso, largo, de uñas cuidadas, bien vestida y tacones.

Bajó así la escalera a la que nadie la había visto subir, y dirigiéndose a los cazadores, les espetó un ¿Que pasa, muchachos, a quien buscan?

Al verla, los cazadores se armaron con los arpones pero inmediatamente la luz se apagó completamente en el local, quedando todo a oscuras y siendo imposible ver nada ni a nadie. Si hubiera sido posible, se hubiera visto a Vega junto a los automáticos de la red eléctrica bajando el interruptor general, pero nadie pensó en eso.

Acto seguido, con todo a oscuras, un alarido agudo, unas notas muy altas, resonaron en un Mono Rojo donde los parroquianos sabían, se apaga la luz completamente, tápate enseguida los oídos.

Al volver la luz, la Maruxaina y el Cipri ya no estaban, y los tres cazadores de capas negras dejaron de oír cualquier ruido, cualquier palabra, estaban sordos, o como dijo después una Teresa aliviada, sordos pero vivos.

En la barra, escrito con sal, volveré a la próxima luna llena.

Como pudieron, sin oír nada, los tres cazadores de sirenas abandonaron la Taberna prometiendo volver a la siguiente luna llena, promesa que cumplieron, aunque ya sin arpones, aunque si con una jaula, labrada sus hierros con una serie de nudos de sirena que no dejaría escapar a quien desgraciadamente entrara en dicha jaula.

Venimos a por Maruxaina, no para llevárnosla, sino para hacer un trato. Ella nos devuelve el sonido y nosotros nos vamos.

De nuevo, la alta sirena de cabellos canosos llegó hasta ellos, y tocando a uno, todos, los tres, volvieron a escuchar el ruido de las olas, el murmullo de la Taberna y la intención de los cazadores de que, a la primera oportunidad, cogerían a la Maruxaina y ya no la soltarían.

La sirena sospechaba eso, y les dijo muy cerquita del oído del Jefe, si no os vais, el regreso del sonido se marchará, volviendo vosotros a la sordera total, así que, en marcha, fuera.

Se despidieron de ella, de Adiolinda y de Teresa mirando luego mucho a Vega, aunque ella, cerrando las fundas de las guitarras se hacía la inocente chavala que no se entera de nada, aunque en voz muy baja dijo, las deudas a una sirena siempre se pagan con un alto interés, y efectivamente, al llegar a sus casas los cazadores, el hechizo de la Maruxaina, caducó, dejando a los cazadores sin oído para siempre.

Ahora, los tres piden limosnas para subsistir y recuerdan el día que quisieron engañar a la Princesa de todas las sirenas. Dita sea!!!


jueves, 4 de junio de 2026

LAS BROMAS DE PEPEFEL


Pasamos por el mundo sin darnos cuenta,

sin verlo,

como si no estuviera allí o no fuéramos parte

infinitesimal de todo esto.

No sabemos los nombres de las flores,

ignoramos los puntos cardinales

y las constelaciones que allá arriba

ven con pena o con burla lo que nos pasa.


Por esa misma causa nos reímos del arte

que no es a fin de cuentas sino atención enfocada.

No deseo ver el mundo, le contestamos.

Quiero gozar la vida sin enterarme,

pasarla bien como la pasan las ostras,

antes de que las guarden en su sepulcro de hielo.


(Poema de mi amigo José Emilio Pacheco)


Era un día a mediados del mes de mayo. El calor era sofocante y Adiolinda no paraba de tirar jarras de cerveza en la Taberna, que estaba a rebosar de parroquianos y clientes.

Pepefel abrió de una patada las puertas de entrada. No pudo de otra manera, pues cargaba un saco de arpillera grande, chorreando agua de mar y que tiró enmedio del Mono Rojo, abriéndose y saliendo centollas que empezaron a moverse por el local.

La Maruxaina, enfadada, le grita a Pepefel, ¿Tú estás tonto?, estamos en mayo, donde está la R en mayo. Centollas en mayo, cuando están con las puestas, definitivamente estás tonto!!!

Las cogí al lado del puerto, había muchas, dijo Pepefel.

Pues ya las estás cogiendo y te las llevas donde las has cogido y las sueltas, criminal, que están cargaditas de huevas. Vamos, vamos, recógelas!!!!! Dijo la sirena mientras Teresa y Adiolinda se reían a carcajadas.

A los pocos días, Pepefel volvió cargado a la Taberna, está vez con una nevera de camping de color azul.

La Maruxaina nada más verle se levantó y le dijo, seguimos sin R, como sea marisco te lo comes, Pepefel, te lo comes crudo y con cáscara.

No es marisco, es un pulpo, dijo el parroquiano, un pulpo de septiembre, que tiene R, pero lo cogí ahora porque es prematuro y nació antes de su fecha, provocando las risas de Vega.

Mientras, el pulpo decide que la nevera no le gusta, y sacando primero una pata y detrás de ella todo él, se escapa de la nevera tirando una fila de vasos de caña, y continúa desplazándose por la barra, hasta llegar al borde, de donde se tira al suelo y empieza a reptar hacia la puerta.

El pulpo tiene más inteligencia que tu, Pepefel, el pulpo sin R sabe a suela de zapatilla vieja.

Coge a tu mascota y llévatela de aquí.

Pepefel recoge el pulpo, lo vuelve a meter en la neverita y se marcha gruñendo por lo bajo. Esta Merlucita de la Maruxaina la tiene tomada conmigo, joder.

A los dos días, Pepefel entra en la taberna con una caja grande isotérmica. La Maruxaina se levanta de golpe y abre la caja: ¿OSTRAS, OSTRAS EN MAYO. Y LA R?

Pepefel dice, estás están buenas, porque son ostras que me tendrían que haber traído los Reyes Magos, son tres, tres R y encima vienen de Oriente, otra R.

Si, dijo la sirena, R de retrasado. Vega ya se sujetaba la tripa de la risa, que acompañaba a la de Adiolinda y Teresa, mientras el enfado de la Maruxaina subía en grados ante las carcajadas de la Taberna.

No puedes coger ostras en mayo, Pepefel, ni ostras, ni centollas, ni pulpo, NI NAAADAAAAA!!! gritó la Maruxaina, ¡¡¡NADAAAAA!!! 

En ese momento entra un inspector de sanidad, que viendo las ostras dice, en mayo, ostras en mayo, tres mil euros de multa, dijo mirando a la Maruxaina y a Pepefel, pero...pero un momento...si es un plato de vuestra boda no hay multa.

Maruxaina, cásate conmigo, son tres mil euros de multa, suplicó Pepefel.

La Maruxaina se le quedó mirando y dijo muy seria, ¿Que me case contigo para evitarte una multa? tirándole una ostra a la cabeza, cásate con tu pulpo prematuro y déjame en paz, coño, DE JA ME EN PAAAAZ!!!!

El inspector, que conocía lo buenazo y bromista que era Pepefel, dejó una multa de cincuenta euros, requisó todas las ostras, incluida la que la sirena tiró a la cabeza de Pepefel e invitó a ostras a toda la Taberna del Mono Rojo, donde la risas y carcajadas de Pepefel, Vega y Teresa al recordar las caras de la Maruxaina enfadada contagiaban hasta a la misma sirena que terminó uniéndose a ellos.