ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO
LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

viernes, 8 de mayo de 2026

NORMAS, ALGUNAS

Norma de ayer encontrada

sobre mi noche presente;

resplandor adolescente

que se opone a la nevada.

No quieren darte posada

mis dos niñas de sigilo,

morenas de luna en vilo

con el corazón abierto;

pero mi amor busca el huerto

donde no muere tu estilo.

Norma de seno y cadera

bajo la rama tendida;

antigua y recién nacida

virtud de la primavera.

Ya mi desnudo quisiera

ser dalia de tu destino,

abeja. Rumor o vino

de tu número y locura;

pero mi amor busca pura

locura de brisa y trino.

(Poema de mi amigo Federico García Lorca)






Hay unas normas básicas en el Mono Rojo, como por ejemplo, si te quedas sin trabajo, en el paro, puedes comer y cenar sin pagar nada en la Taberna. Todo se apunta en la Libreta Negra, de manera que, cuando empiezas de nuevo a trabajar, vas pagando, poco a poco, tú cuenta y la del siguiente que se queda sin trabajo. Entre todos nos ayudamos, como cuando se pide el plato del día que siempre se repite a diario y que es completamente gratuito, pagando solo el vaso duralex lleno de vino tinto.  Se llama "el estofado del día después" y lleva lo que sobró el día anterior, aderezado con especias y alguna patatiña que Teresa le echa junto a un buen trozo de tocino entreverado.

Otra norma no escrita es que, cuando Vega ve que alguien no tiene un buen día, se sienta al piano tocando melodías varias que dependen del tipo de baja moral o enfado que tenga el parroquiano afectado.

En esos momentos en los que Vega interpreta su música al piano, todo el mundo guarda silencio pues si habla alguno, los ojos de la figura del Mono Rojo se le quedan mirando, brillantes y amenazadores. Nadie ha resistido esa mirada.

Son muy esperadas las grandes bandejas de torreznos recién fritos que saca Teresa de la cocina y que pasea por la barra y entre las mesas para que los parroquianos degusten esa delicatesen de la meseta que Teresa hace como nadie.

Dicen que en las noches en las que el cielo está encapotado, descienden a media noche espíritus de antiguos parroquianos a degustar los torreznos de Teresa y se vuelven a ver vestidos y trajes de otras épocas y se escucha un castellano antiguo con bastantes latinajos, que diría un castizo.

Es normal ver esas apariciones de  antiguos asiduos al Mono Rojo, incluso hay una pareja de abuelos, que suelen sentarse en una mesa los domingos, en la que él hace tiempo ya que marchó aunque regresa a la Taberna siguiendo la costumbre dominical que tenía en vida, y nadie se extraña.

Es el mundo mágico y sobrenatural de la Taberna del Mono Rojo, en la que todo el mundo es bienvenido si trae alguna historia que contar.

Y ya guardo silencio, que las notas de The Thrill Is Gone empiezan a sonar desde la guitarra de Vega y todo el mundo escucha mientras mueve rítmicamente la cabeza y uno de los pies.

Hasta luego, compañeros.

jueves, 7 de mayo de 2026

LA MESA NUMERO 7

Entre el rumor de las campanas,

bella gitana, amante y mía,

nos amamos perdidamente

y nadie, nadie, nos veía.

Olvidamos que las campanas,

asomadas al campanario,

nos vieron, ay, y noche y día

se lo cuentan al vecindario.

Mañana Pedro y Catalina,

el panadero y su mujer,

Juan y María Golondrina,

mi amiga Luz, mi prima Ester,

sonreirán, de cierta manera…

Yo no sabré dónde meterme…

Tú estarás lejos… Lloraré…

Y hasta es posible que me muera…

(Poema de mi amigo Guillaume Apollinaire)



En la mesa número siete de la Taberna del Mono Rojo no se sienta mucha gente.

En esa mesa hay un tintero lleno siempre de tinta azul, una pluma de las antiguas a la que se le cambia regularmente el plumín y unos folios en blanco.

En la pared, justo encima de la mesa, una campana clavada espera que algún cliente escriba una verdad para dar tres campanadas.

Hace unos días entró en el Mono Rojo Moira, una chica joven, vecina del barrio y que no entraba siempre a la Taberna pero si dos o tres días a la semana, y tomó asiento en la mesa número siete.

Después de un rato dando vueltas con la mano a un refresco azucarado que le había servido Adiolinda, cogiendo la pluma, la metió en el tintero y comenzó a escribir sobre uno de los folios en blanco:

"Nunca tuve nada que yo quisiera, ni trabajo, ni casa, ni marido, ni nada, todo fue por que quisieron otros y yo no tuve fuerza para oponerme y decir lo contrario"

En ese momento, y mientras Moira apretaba y retorcía con las manos un pañuelito de papel, la campana clavada en la pared dió tres agudas y resonantes campanadas haciendo que tanto Teresa cómo la Maruxaina se dirigieran a la mesa número siete sentándose con la muchacha.

Hablaron mucho Teresa y la sirena sobre renuncias y sobre hasta aquíes, sabían por experiencia demasiado sobre eso, la pena de la aceptación de la incapacidad para decidir por si misma y las consecuencias de ello. El dolor ante la ruptura de lo pasado y vivido hasta un momento dado. El sacrificio del comienzo partiendo de cero y la soledad frente a ese abismo en el que de golpe se convirtió su vida.

Hablaron mucho Teresa y la Maruxaina contándole sus experiencias, Teresa agarrando las manos de Moira y la sirena apretando el hombro de Teresa cuando ésta se emocionaba recordando.

Hablaron mucho hasta que, con un abrazo fuerte de las tres, dejaron a Moira sola en la mesa número siete.

Nadie sabrá nunca lo que la chica escribió en un folio nuevo, porque al volver a sonar las tres campanadas, Moira ya no estaba en la mesa. Tan solo vieron las puertas del Mono Rojo cerrándose tras su salida apresurada llevando con ella el nuevo folio escrito.

Pasó una semana y un día, al poco de abrir la taberna, entró un joven, con bigotito fino y recortado, pelo engominado y con un pulóver blanco y pantalón azul, que con aires poderosos y un poco chulescos preguntó si Moira, su mujer, dijo, había estado últimamente por ahí.

¿Moira? ¿Y quien es Moira? dijo Teresa, no conozco a ninguna Moira, y mirando la fotografía de la muchacha que el tipo les enseñó, Teresa se reafirmó en que no sabía quién era y que nunca la había visto por la Taberna.

El chico comenzó a gritar a la cocinera, mentirosa la llamaba mientras gritaba que Moira era suya y la encontraría, con su ayuda o sin su ayuda de falsa y mentirosa.

La Maruxaina llegó hasta el chico que gritaba, y agarrándolo de un brazo lo giró y acercando su cara a la otra, con su dentadura en sierra, dejó salir como en un silbido las palabras de "vete de aquí, presuntuoso abusador, vete antes de que haga la justicia que mereces y que Moira no supo darte. Veteeee y no vuelvas"

El creído muchacho se hizo pequeñito y tembloroso ante el silbido que al hablar exclamó la sirena, y con las marcas de la mano de la Maruxaina en su brazo, abandonó corriendo el Mono Rojo y nunca más se supo de él. Hay quien dice que hasta mudó de barrio.

Hace poco llegó una carta a la Taberna, "ya estoy bien, por fin mi vida es mía. Gracias, M"

Teresa y la Maruxaina se miraron, sonrieron y volvieron al trabajo, mientras una campana tañía tres veces sobre la mesa número siete.

miércoles, 6 de mayo de 2026

LOS MUSICOS AMBULANTES

Músico llanto en lágrimas sonoras

llora monte doblado en cueva fría,

y destilando líquida armonía,

hace las peñas cítaras canoras.

Ameno y escondido a todas horas,

en mucha sombra alberga poco día:

no admite su silencio compañía,

sólo a ti, solitario, cuando lloras.

Son tu nombre, color, y voz doliente,

señas más que de pájaro, de amante:

puede aprender dolor de ti un ausente.

Estudia en tu lamento y tu semblante

gemidos este monte y esta frente:

y tienes mi dolor por estudiante.

(Poema de mi amigo, don Francisco de Quevedo)




Me contó Adiolinda el otro día que, estando Vega y ella solas en la Taberna, este invierno pasado, al lado de la chasca bien encendida por el frío de esa noche en la que había caído la primera nevada, cuando ya la conversación entre ambas había menguado y se encontraban, mirando fijamente el lamido de las llamas alrededor de los troncos en el hogaril, tras figuras nebulosas se fueron materializando delante de ellas, abrigados con viejas chaquetas de telas ásperas y gruesas, sus gargantas protegidas por bufandas de lana descolorida y algún roto en los zapatos, pero con una faz amigable inspirando confianza.

Buenas noches, somos músicos ambulantes y traemos con nosotros la historia de lo que nos sucedió una noche como ésta, en la que la nieve nos hizo buscar refugio, camino a nuestro pueblo, y tú padre, el Cipri, que estaba cerrando el local, lo volvió a abrir para nosotros, encendiendo el hogaril de nuevo, preparándonos algo de cena y dándonos de beber hasta que se hizo de día y sin cobrarnos nada al ver nuestras apariencias.

Desde entonces, siempre que se produce la primera nevada, venimos al Mono Rojo en la fría madrugada y tocamos nuestros instrumentos hasta el primer rayo de luz del sol.

Adiolinda, mirando a Vega, se levantó y preguntándoles que cenaríais comenzó a ir hacia la cocina.

No, no, dijo el violinista, los espíritus no cenamos, no podemos. Queremos solo tocar nuestros instrumentos para vosotras como cada año en la primera nevada.

Tú, muchacha, continuó el violinista dirigiéndose a Vega, parece que también tocas, ¿Quieres tocar esta noche con nosotros?

Vega, afirmando con la cabeza y aún algo sorprendida, cogió su guitarra y "cuando queráis", dijo a los músicos.

Toda la noche estuvieron tocando melodías, y en alguna, la voz de Adiolinda dejó que se la escuchará entre risas de todos por lo que desafinaba.

Fue una bonita y divertida noche que acabó cuando el sol empezó a asomar por el horizonte anunciando un nuevo día. Entonces, el trío musical comenzó a desaparecer mientras decían adiós con sus manos.

¿Vega, no lo habremos soñado? preguntó Adiolinda, para callar acto seguido al ver que Vega recogía una vieja bufanda descolorida caída en el suelo mientras una sonrisa dibujaba su semblante y una lágrima recorría su mejilla.

martes, 5 de mayo de 2026

EL BARRIL

Bailada ya la vid, se anilla y moja

sucesiones de círculos con aros,

vientres que ordeña el puño en cubos claros

por un sexo sencillo que se afloja.

Y la inseguridad por dentro roja,

traducción apagada de los faros,

con interpretaciones serpentinas,

equivocando pies, consulta esquinas.


(Poema de mi amigo Miguel Hernández).





En el centro de la Taberna estaba firmemente anclado al suelo un viejo barril de madera que llegó, nadie sabe cómo ni cuando, desde la lejana Jerez. Posiblemente en algún naufragio contra el roqueo del litoral en alguna noche de tempestad en la que las olas golpeaban con fuerza y empujaban cualquier objeto flotante contra las agudas y pétreas rocas. 

Seguramente alguien, en días posteriores, descubriéndolo en la costa lo llevó al Mono Rojo, y ahí sigue, sirviendo de apoyo a los pocos clientes que se atreven a utilizarlo, aunque hay una norma que siempre se cumple por lo que implica las consecuencias de saltársela, nunca, bajo ningún concepto, puede apoyarse en la tapa del barril ningún vaso o recipiente con líquido, sea el que sea, alcohol, agua, lo que sea, nada puede apoyarse en el barril, por el peligro de que se derrame, ya que la barrica no puede mojarse nunca.

Una vez, un cliente borracho derramó su jarra de cerveza sobre la madera del barril. Inmediatamente la Maruxaina empezó a cantar con esos lamentos agudos con los que buscaba alejar a los barcos de su trayectoria.

Pese a la fuerza de sus quejíos, y al llanto de la Maruxaina que provocaba el conocimiento de lo que iba a pasar, no pudo evitarlo. Esa madrugada, dos pesqueros no regresaron a puerto, y en la espera, rompiendo el silencio de la Taberna, dos sombras grandes, chorreando agua y dejando las huellas mojadas de las botas en el suelo del Mono Rojo entraron y acercándose al borracho, dormido sobre el barril, lo agarraron entre los dos y se lo llevaron sin decir nada mientras se juntaban los gritos del cliente bebido y los lamentos de la Maruxaina.

Al amanecer encontraron en la playa los cuerpos de los dos capitanes de los pesqueros y entre ellos el cadáver, ahogado del borracho.

domingo, 3 de mayo de 2026

EL MOROSO

Palabras para ti. No las pronuncies.

Cierra

Como cierras el puño, abriendo el aire.

No quiero

palabras. Espuma

contra el cantil radiante

de la realidad.

Tú.

El cabello luminoso.

Roja bandera herida por el alba.

Cuando

me miras, no hay palabras.

El mundo

tiembla en un instante.

Y sé que es bello combatir unidos.

(Poema de mi amigo Blas de Otero)




Se veía que era un ejecutivo, aunque debía de trabajar en ello desde hacía poco, porque se le veía muy joven 

Bien vestido, con esa uniformidad de los ejecutivos de traje de marca nuevo, camisa y corbata, zapatos muy brillantes y esa extraña manera de hablar que parece de academia.

Pidió un vermut y al terminarlo quiso pagarlo con una tarjeta de banco.

- Aquí no aceptamos tarjetas, de ninguna clase, no nos gusta el plástico, ni aceptamos bizum ni transferencias. Si no tienes efectivo, aceptamos historias. Cuéntanos una historia y estaremos en paz, dijo Adiolinda .

¿Y si no tengo ninguna historia que contar? ¿Si creo que un vermut no se merece una historia mía? ¿Como lo hacemos entonces?

Mira, contestó la tabernera, todas esas notas en la pared son deudas de clientes que no contaron su historia, no acabaron un chiste o no quisieron pagar con lo que nosotros cobramos.

Tú nombre pasará a una nota que dirá que eres un moroso de historias, que no contastes ninguna, pese a que tomaste un vermut.

¿Y eso es todo? contestó el joven, me da igual, barato vermut entonces me he tomado. Me voy y no te contaré ninguna historia.

Tú sabrás, dijo Adiolinda, ya veremos si regresas a pagar o no.

El ejecutivo se marchó, tenía una importante comida con unos clientes para cerrar un trato, pero se estropeó la operación, los clientes no podían tratar con alguien a quien al ir a pagar con la tarjeta el datáfono la rechazó por una deuda en la Taberna del Mono Rojo.

El joven, muy enfadado quiso denunciar a la Taberna, pero al pasar el policía el carnet del denunciante para leer el chip, en el ordenador salió deudor en la Taberna del Mono Rojo de la que se fué sin pagar.

Muy enfadado, el joven ejecutivo fue a por su coche, y al meter la tarjeta que hacía de llave, no arrancó, escribiendo en el ordenador central, moroso de la Taberna del Mono Rojo.

Lleno de ira anduvo hasta la taberna. Tardó como dos horas en llegar y al entrar, gritando, contó: después de irme de aquí sin contar una historia para pagar el vermut, fuí a una comida de empresa y se anuló el trato porque mi tarjeta decía que tenía una deuda con vosotros. No sé cómo lo hicisteis, pero perdí miles de euros.

Fuí luego a comisaría a denunciaros y no pude porque el único dato de mi carnet era que me había marchado sin pagar de vuestro local.

Al coger mi coche e intentar arrancarlo, no funcionaba, solo salía una nota en el ordenador diciendo que era moroso vuestro.

Y aquí estoy, a ver cómo arreglamos esto y me dejáis ya en paz.

Adiolinda se dió la vuelta, y cogiendo la nota del joven se la entregó diciendo, he escuchado historias mejores, pero para ser la primera vez que cuentas una, no está mal. Tú deuda está pagada.

Fue decir la tabernera eso, y el ejecutivo despertó sobresaltado en una de las mesas.

¿Que pasó? La comida, la comisaría, mi coche, mi enfado...¿Cuando me quedé dormido en la mesa? ¿Todo fue un sueño?

No sé de que me hablas, dijo Adiolinda, tomaste un vermut, pagaste con una historia y no damos cambio, pero tampoco perjudicamos nunca a nadie.

En ese momento sonó el teléfono del joven, un mensaje, le estaban ya esperando los clientes para comer y cerrar un trato. Prefirió correr para llegar a tiempo y no preguntar nada.

La Maruxaina, Vega y Teresa se unieron riendo a carcajadas con Adiolinda que tiraba a la basura la nota que sacó de la pared. 

Cosas del Mono Rojo

jueves, 30 de abril de 2026

EL BAILE DE LAS SOMBRAS

Lámparas de cristal

y espejos verdes.

>Sobre el tablado oscuro,

la Parrala sostiene

una conversación

con la muerte.

La llama

no viene,

y la vuelve a llamar

Las gentes

aspiran los sollozos.

Y en los espejos verdes,

largas colas de seda

se mueven.

(Poema de mi amigo Federico García Lorca)


Entra sin que nadie nos demos cuenta. Se comenta que no abre las puertas, pero que atravesándolas, con su vestido verde ajustado y con un maquillaje perfecto se va hacia el centro del local donde las mesas y las sillas se apartan solas.

Se queda mirando fijamente a la clientela y, sonriendo, comienza a cantar mientras la música suena nadie sabe de dónde.

Son tres canciones, solo tres canciones que mientras suenan se llevan a las sombras de los clientes que en ese momento se encuentran en el Mono Rojo, y bailan. Nosotros lo llamamos el baile de las sombras.

Terminada la tercera canción, las sombras vuelven al suelo junto a su dueño, todas menos una, la del elegido, que beberá pernod con ella hasta que empiece el amanecer a dar sus primeros colores. Entonces, ella desaparece y el elegido queda con dos copas vacías y una vieja moneda de oro, pero sin recordar nada de la noche pasada.

Dicen que la mujer murió en diciembre de 1936, mientras esperaba en la Taberna la llegada de su hombre, contrabandista en la frontera, que nunca llegó.

La Taberna la ofreció refugio durante esa larga noche, sin cobrarla nada de lo consumido, hasta que la mujer se marchó del Mono Rojo para encontrarse con la muerte en un bombardeo de la ciudad durante ese periodo de guerra.

Desde entonces, las noches de tormenta que coinciden en la madrugada del jueves, la cantante regresa a la Taberna y canta sus tres canciones, quizás como pago agradecido al establecimiento por la ayuda prestada, quizás por buscar entre las sombras al contrabandista esperado.

Nunca lo sabremos, pero su llegada siempre es recibida con una mezcla de respeto, admiración y temor.

Hoy es madrugada del jueves, y anuncian tormenta...

lunes, 27 de abril de 2026

TRANSICIÓN


¡Qué costumbre tan salvaje esta de enterrar a los muertos!, ¡de matarlos, de aniquilarlos, de borrarlos de la tierra! Es tratarlos alevosamente, es negarles la posibilidad de revivir.

Yo siempre estoy esperando a que los muertos se levanten, que rompan el ataúd y digan alegremente: ¿por qué lloras?

Por eso me sobrecoge el entierro. Aseguran las tapas de la caja, la introducen, le ponen lajas encima, y luego tierra, tras, tras, tras, paletada tras paletada, terrones, polvo, piedras, apisonando, amacizando, ahí te quedas, de aquí ya no sales.

Me dan risa, luego, las coronas, las flores, el llanto, los besos derramados. Es una burla: ¿para qué lo enterraron?, ¿por qué no lo dejaron fuera hasta secarse, hasta que nos hablaran sus huesos de su muerte? ¿O por qué no quemarlo, o darlo a los animales, o tirarlo a un río?

Habría que tener una casa de reposo para los muertos, ventilada, limpia, con música y con agua corriente. Lo menos dos o tres, cada día, se levantarían a vivir.

(Poema de mi amigo y amigo de "Un Fantasma Cualquiera", Jaime Sabines)



¿ Que pasó, Teresa, cómo está todo tirado y la comida en el suelo?

Teresa estaba muy asustada, no vió a nadie, pero una fuerza desatada comenzó a golpear las ollas, que estaban al fuego, tirándolas al piso derramando todo el contenido.

Los paquetes de harina, sal, azúcar, reventados y mezclado si contenido en el suelo con las judías y las patatas que se estaban guisando 

Platos y vasos rotos, bolsa de basura rasgada y su contenido acompañando a la harina y la sal.

La cocina hecha un asco y no había nadie, tan solo todo saltó por los aires destrozando su trabajo y la habitación.

La Maruxaina, saliendo de la cocina y entrando en la sala general de la taberna, enseguida lo vió, muy enfadado, dando golpes a una mesa de la que se habían levantado horrorizados los clientes que en ella consumían.

Cogiéndole de un brazo fuertemente, pese a los intentos de soltarse del individuo, la Maruxaina le preguntó con su voz dura pero sin levantarla, ¿Que haces?¿Que crees que estás haciendo si no te hemos hecho nada nosotros?

- Tú me ves, dijo el personaje, nadie me ve, nadie me hace caso, y eso me irrita, me enfada y me hace atacarlos. No quiero estar solo, siempre lo estuve y no quiero ahora.

La Maruxaina se sentó a la mesa con él y estuvieron hablando casi una hora, en la que el extraño la fue contando, llorando ahora, gritando después, aunque la voz de la Maruxaina lo fue tranquilizando hasta que llegado un momento dijo, vámonos a verte, Mateo, que así se llamaba el hombrecillo, levántate que nos vamos.

Un momento, dijo Vega con una de sus guitarras en la mano, yo también voy, le veo y le escucho como tú, Maruxaina. Yo os acompaño, voy con vosotros

En la habitación del hospital, entre tubos y aparatos estaba Mateo entre las sábanas de una cama articulada. Con el respirador en la boca y completamente monitoreado.

La Maruxaina, cogiéndole de una mano comenzó a cantar bajito, casi un susurro, mientras Vega rasgaba en la guitarra una lenta y triste canción tipo blues.

Al poco, el ritmo del monitor, después de acelerarse un poco, comenzó a espaciar los latidos, y la mano de Mateo se aferró, increíblemente, a la de la Maruxaina, y suavemente la máquina terminó dando un pitido largo y continuado. Mateo se había marchado, no solo, sino acompañado por la Princesa renegada de las sirenas y por Vega, la niña de las estrellas.

Al llegar al Mono Rojo, el espejo labrado de la piedra de un meteorito por Vega y Maruxaina mostraba la cara de un Mateo sonriente y un mensaje, ETERNAMENTE GRACIAS.

jueves, 23 de abril de 2026

LLOVÍAN...

Mi beso era una granada 

profunda y abierta;

tu boca era rosa de papel.

El fondo un campo de nieve.

Mis manos eran hierros 

para los yunques;

tu cuerpo era el ocaso

de una campanada.

El fondo un campo de nieve.

En la agujereada

calavera azul

hicieron estalactitas

mas te quiero.

El fondo un campo de nieve.

Llenáronse de moho

mis sueños infantiles,

mi dolor salomónico.

El fondo un campo de nieve.

Ahora maestro grave

a la alta escuela,

y mi amor y mis sueños

(caballito sin ojos).

Y el fondo es un campo de nieve.

(Poema de mi amigo Federico García Lorca)



Era ya madrugada y regresaba a casa después de varias horas tomando cerveza en el Mono Rojo, nuestra taberna.

En el cerrado cielo, nubes negras, a modo de telón de escenario, se fueron abriendo dejando que danzarinas luces bailaran entre los nubarrones como neblina fluorescente de cierto color rojizo.

El espectáculo era único, pero cuando me estaba diciendo que tendría que beber menos para evitar estas alucinaciones, empezó a llover. Me puse sobre la cabeza la parte trasera de la trenka subiéndola hasta ella, para cubrirme del fuerte aguacero que amenazaba con caer, aunque no se escuchaba el plof de las gotas al caer al suelo en suicido colectivo, y no, no me mojaba.

Saqué la mano fuera del refugio de la trenka y si me calleron...BESOS, ESTABAN LLOVIENDO BESOS que caían en todos los lados, en los bancos y columpios del parque, en las cabezas de los pocos y asombrados viandantes que a esas horas ya marchaban de retirada, en los coches de policía aparcados frente a la comisaría, en las puertas de las iglesias necesitadas de amores, en las... En todos los lugares caía esa lluvia de besos.

Descubrí la cabeza y, poniéndome bien la trenka, dejé que los besos me inundarán de esos besos que mi yo, carente de ellos en mucha ocasiones, aceptaba sin rechistar, cuando uno de esos besos aterrizó justo en mi boca mientras una conocida risa amable sonaba en mi cabeza.

Esa noche, decían los periódicos del día siguiente, llovieron, sorpresivamente, besos en la localidad. Se busca intensamente quien es el que ha liberado y tirado al aire tantos besos, que al caer en la iglesia, la hizo más humana, los bancos y los columpios repletos de parejas abrazadas y compartiendo esos besos, la gente en la calle se volvía a saludar, y los policías sacaban a los detenidos sin apenas empujarlos y, decía la prensa, se busca a aquel o aquellos que esparciendo besos a convertido la ciudad en una provincia más del Reino del Amor y la Humanidad.

Guardé en una cajita siete y ocho besos, para cuando me hicieran falta por no tenerlos.

Mientras, en el aíre la cancion

miércoles, 22 de abril de 2026

BAILE NOCTURNO (2)

La luna se puede tomar a cucharadas 

o como una cápsula cada dos horas. 

Es buena como hipnótico y sedante 

y también alivia 

a los que se han intoxicado de filosofía. 


Un pedazo de luna en el bolsillo 

es mejor amuleto que la pata de conejo: 

sirve para encontrar a quien se ama, 

para ser rico sin que lo sepa nadie 

y para alejar a los médicos y las clínicas. 


Se puede dar de postre a los niños 

cuando no se han dormido, 

y unas gotas de luna en los ojos de los ancianos 

ayudan a bien morir. 


Pon una hoja tierna de la luna 

debajo de tu almohada 

y mirarás lo que quieras ver. 

Lleva siempre un frasquito del aire de la luna 

para cuando te ahogues, 

y dale la llave de la luna 

a los presos y a los desencantados. 


Para los condenados a muerte 

y para los condenados a vida 

no hay mejor estimulante que la luna 

en dosis precisas y controladas.

(Poema de mi amigo Jaime Sabines)



Forastero Quizás, toma tu jarra, siéntate y empieza a contar desde donde lo dejaste ayer, nos tienes a todas en ascuas, dijo Adiolinda mientras Teresa, Vega y la Maruxaina me miraban desde los lados de la mesa que ocupaban.

Bien, después de esa noche estuve volviendo a la playa casi todos los días, y no emergían las figuras de blanco, pese a que pasé noches de luna intensa, no volvían a la arena. Estaba yo totalmente hundido y pensando solamente en la propietaria del pañuelo de encajes con el que me había dejado, de tal manera que una madrugada que no pensaba con mucha claridad, me levanté de la arena y entré vestido en el agua hasta donde me cubría un poco más de la cintura, y esperé a ver qué ocurría.

Soplaba algo de levante, quizás lo necesario para desplazar algunas nubes que cubrían solícitas a la luna, blanca, hermosa y llena, que en ese momento lanzó sus intensos rayos de luz hacia la Tierra iluminando la zona de mar en la que me encontraba sumergido.

 Me asusté, algo grande subía hacia la superficie a varios metros de mi y pensé en tiburones y otras especies que me atacaban. Nada más equivocado, a un metro mío surgió del agua una figura vestida con gasas muy blancas, de falda larga y encajes en el pecho, y lentamente se me fue aproximando juntando mi cara con la suya. Era ella, mi acompañante vaporosa de la primera playa con ellos, que riendo me invitaba a salir hacia la arena.

Al instante, otras parejas y personas de blanco fueron saliendo del mar mientras la música de violines y clavichémbalo volvió a adueñarse de la noche.

Esto mismo pasó durante varias noches más en estos casi dos meses en los que he estado fuera, y solo regresé, dejando de ir a las playas, cuando gracias a mi compañera entendí todo.

Desde pequeño, en mi casa, a través de una pequeña ventana, por las noches, un rayo de luna venía a visitarme liberándome del miedo a la oscuridad que tenía.

Durante toda mi vida, viviera donde viviera, un rayo de luna me alumbraba cada noche abrazándome con su calorcito amoroso, justo hasta hace un par de años en los que desde donde duermo la luna no se ve.

Ella, compañera de años, amiga, amante, guardiana, quiso demostrarme que no estaba solo, que ella, pese a no poder vernos durante las noches, nunca dejó de mandarme su apoyo, y aprovechando que un día, al salir de la taberna fuí hasta la costa, creó con sus rayos luminosos las figuras que yo vi salir del agua, esmerándose en una de ellas que la representaba, justo la joven que bailaba conmigo y que me dejó este pañuelo que, desde entonces, llevo siempre encima. Mi compañera de luz era la Luna, mi vieja amiga, y con la que bailo sobre la arena cada vez que aparece en el cielo hermosa, grande y llena.

La Maruxaina se puso de pié y con una sonrisa me dijo, supe siempre donde estabas, Vega, la niña de las estrellas me lo dijo, que se lo había contado Selene durante un cuarto creciente, pero no podíamos romper el embrujo, por eso callamos cuando mis hermanas del fondo del mar, las sirenas, me contaron unas extrañas escenas que ocurrían en la playa entre un humano y la Luna. La música la ponían ellas.

martes, 21 de abril de 2026

BAILE NOCTURNO

En las noches claras,

resuelvo el problema de la soledad del ser.

Invito a la luna y con mi sombra somos tres.

(Poema de mi amiga Gloria Fuertes)



Entro de nuevo en La Taberna del Mono Rojo. Enseguida se me acercaron Vega y Teresa a saludarme, contentas de verme después de tantos días.

Al poco se acercó Adiolinda, la hija del Cipri que, con ese lenguaje y acentos suyos, enseguida preguntó ¿Y tú dónde andabas sin decir nada a nadie?

La expliqué que una noche, después de salir de la Taberna cogí el coche y marché a la playa. Era una noche de luna llena, mágica, y algo me hizo irme hasta la orilla y observar con algo de inquietud que no entendía el motivo.

En ese momento de mi relato, Vega llamó a la Maruxaina, como experta en mares y playas, que tomó asiento en la mesa mientras yo continuaba hablando.

De golpe, sobre las dos de la madrugada, una figura de mujer comenzó a salir del agua, muy blanco, vaporoso y brillante su vestido. En ese momento no me chocó el que estuviera seco, ahuecado, como si no emergiera del mar, y continué mirando como la bella figura caminaba hacia la arena mientras otras personas también comenzaron a emerger, también vestidas de un blanco brillante, andando con exquisita elegancia.

Pronto la playa se llenó de risas, de voces templadas, de una música nunca escuchada de clavichémbalos y violines, mientras algunas parejas bailaban.

Sin esperarlo, y mientras observaba asombrado la escena, una dama, joven, con vestido como de gasa, blanco deslumbrante, acercándose a la arena en el lugar donde yo estaba sentado, riendo alargó la mano ofreciéndomela.

Entendí que quería bailar, y aunque yo nunca fuí ni siquiera un mediano bailarín, pensé, ¿Por qué no? y alargando la mía intenté coger su pequeña y larga mano.

Mis dedos penetraron entre su muñeca, sin agarrar nada, como si solo hubiera aire, como si no hubiera nada, mientras una suave y simpática risa brotó de su garganta.

No sentí miedo, solo curiosidad, y levantándome, al ver que ella levantó un brazo en curva y con el otro me atravesó la cintura apareciendo por mi espalda, sobrepuse mi mano derecha sobre la suya, sin apretar y sin intentar cogerla, cosa imposible, y con mi otra mano en su espalda comenzamos a girar entra las otras blancas parejas, que nos miraban sonriendo unas, riendo abiertamente otras.

Una gran paz me invadió y me dejé llevar, hasta que una negra nube se interpuso entre nosotros y la luna y todo desapareció, quedando yo solo en la playa, de pié y bailando como un tonto conmigo mismo.

Me volví a sentar en la arena esperando que volvieran todos, pero solo el ruido de las olas extendiendo sus aguas en la orilla y el susurro al hacerlo era lo único que me acompañaba.

Pasó un rato hasta darme cuenta que, en mi mano derecha, esa que había estado sobrepuesta sobre la suya, tenía agarrado firmemente un blanco pañuelo de encajes que, al acercármelo a la cara, olía exactamente al perfume dulce de la bella dama.

Ahora estoy muy cansado, pero os prometo continuar contando por qué he estado fuera tantos días y os seguiré narrando mi aventura de esa noche que intenté continuara.

Adiolinda, por favor, ponme una jarra de cerveza y dejarme con mis pensamientos, que mañana os contaré más. Ahora necesito soledad, dije mientras las cuatro mujeres se retiraban no sin antes darme un apretón en un hombro la Maruxaina, que parecía saber ya más de lo que quizás yo supiera.

lunes, 2 de marzo de 2026

RECUERDO HISTORICO

Vientos del pueblo me llevan,
vientos del pueblo me arrastran,
me esparcen el corazón
y me aventan la garganta.

Los bueyes doblan la frente,
impotentemente mansa,
delante de los castigos:
los leones la levantan
y al mismo tiempo castigan
con su clamorosa zarpa.

No soy un de pueblo de bueyes,
que soy de un pueblo que embargan
yacimientos de leones,
desfiladeros de águilas
y cordilleras de toros
con el orgullo en el asta.
Nunca medraron los bueyes
en los páramos de España.

¿Quién habló de echar un yugo
sobre el cuello de esta raza?
¿Quién ha puesto al huracán
jamás ni yugos ni trabas,
ni quién al rayo detuvo
prisionero en una jaula?

Asturianos de braveza,
vascos de piedra blindada,
valencianos de alegría
y castellanos de alma,
labrados como la tierra
y airosos como las alas;
andaluces de relámpagos,
nacidos entre guitarras
y forjados en los yunques
torrenciales de las lágrimas;
extremeños de centeno,
gallegos de lluvia y calma,
catalanes de firmeza,
aragoneses de casta,
murcianos de dinamita
frutalmente propagada,
leoneses, navarros, dueños
del hambre, el sudor y el hacha,
reyes de la minería,
señores de la labranza,
hombres que entre las raíces,
como raíces gallardas,
vais de la vida a la muerte,
vais de la nada a la nada:
yugos os quieren poner
gentes de la hierba mala,
yugos que habéis de dejar
rotos sobre sus espaldas.

Crepúsculo de los bueyes
está despuntando el alba.

Los bueyes mueren vestidos
de humildad y olor de cuadra;
las águilas, los leones
y los toros de arrogancia,
y detrás de ellos, el cielo
ni se enturbia ni se acaba.
La agonía de los bueyes
tiene pequeña la cara,
la del animal varón
toda la creación agranda.

Si me muero, que me muera
con la cabeza muy alta.
Muerto y veinte veces muerto,
la boca contra la grama,
tendré apretados los dientes
y decidida la barba.

Cantando espero a la muerte,
que hay ruiseñores que cantan
encima de los fusiles
y en medio de las batallas.


(Poema de mi amigo Miguel Hernández)



Corría el año 1941, la guerra había terminado hacía casi dos años y en el frío febrero, en una taberna, la del Mono Rojo, en el almacén entre bebidas y otros productos del estraperlo, se ocultaban trece personas, once hombres y dos mujeres, que habían militado y luchado en el bando perdedor.
El dueño de la Taberna, Eutimio, junto a su hijo de once años, el Cipri, se preocupaban de alimentarlos y mantenerlos escondidos mientras esperaban vinieran a por ellos para sacarlos del país, ya que estaban buscados y la represión estaba siendo bestial, condenando a muerte tan solo por haber luchado en el bando contrario.
Una tarde, cuando la noche estaba anunciándose en el firmamento con sus oscuras nubes, unos coches grandes junto con un camión aparcaron frente a la taberna, y bajándose de los vehículos entraron violentamente en el Mono Rojo, dando patadas a las puertas y derribando alguna mesa y unas sillas.
Unos hombres, con trajes oscuros y sombrero, empezaron a preguntar por el dueño, mientras jóvenes con camisas negras, empujando a los clientes que allí se encontraban los fueron concentrando frente al mostrador donde requirieron sus cédulas de identidad.
Uno de los, al parecer funcionarios, con traje, pasó frente a ellos mirándolos fijamente examinando sus documentos.
Al poco se dirigió a Eutimio y dándole un bofetón le preguntó donde escondía a los perseguidos.
Eutimio contestó que no sabía nada de perseguidos ni de nadie, lo que le valió un puñetazo en el estómago que le hizo, doblándose, caer de rodillas.
¡¡¡Al almacén, mirad en el almacén!!! gritó el jefe de los sicarios del régimen ganador, y pegando un fuerte golpe a las puertas, entraron en el almacén donde solo un niño, sentado entre las cajas de vino, miraba asustado. 
¿Y tú quién eres, chaval?
Soy el Cipri, el hijo de Eutimio. Mi padre es el dueño de la taberna.
Sacándole de la habitación, frente al dolorido Eutimio, le preguntaron por los desaparecidos. - No se, señor, yo estaba solo, colocando el almacén como me había mandado mi padre y no he visto a nadie ni nada.
De un bofetón apartó al muchacho, y entrando de nuevo en el almacén comenzó a tirar cajas y mandó registrarán todo el local.
Aquí, señor, aquí hay una trampilla, dijo uno de los camisas negras, abriéndola.
-Bajad, y si hay alguno lo sacáis y si se resiste le metéis dos tiros y pa fuera, dijo el esbirro que mandaba al grupo.
-No hay nadie, señor, la cueva está vacía.
Se reunieron de nuevo frente a la barra y el jefazo dijo, "nos vamos, aquí no hay nadie, pero ten cuidado, bastardo, volveremos y vete pensando en cambiar el color del nombre del Mono, hijo de puta", mientras le daba otro golpe más antes de salir, montarse en sus vehículos y marcharse.
Marzo de 2026. Un grupo de personas del movimiento Recuerdo Histórico entró en la taberna preguntando por el hijo de Eutimio, el Cipri.
Adiolinda, mientras la Maruxaina observaba vigilante y en tensión, les acercó a la mesa donde dormitaba, sentado, el Cipri, perdido en sus mundos del no ser.
Éste es el Cipri, mi padre, dijo Adiolinda, tiene alzheimer y no habla y no conoce a nadie. Está siempre así. ¿Que queréis de él?
- Hola, soy Marçel, nieto de un refugiado de la guerra que pudo huir a Francia, donde rehizo su vida. En mi familia todos sabemos lo que hizo tu abuelo y lo que hizo tu padre. Aguantaron los golpes, los insultos, y no denunciaron ni dijeron donde estaban escondidos los refugiados.
Mientras Eutimio, tu abuelo, sufría la paliza entreteniendo a los comisarios, tu padre, en el almacén, los hizo pasar por una trampilla a una cueva que llegaba hasta debajo de la barra, poniendo luego una pared de madera ya preparada para esconder artículos del estraperlo, de manera que cuando los sicarios del régimen descubrieron la cueva, pensaron que acababa allí, en esa falsa pared de madera, con lo que todos siguieron lo sucedido a través de las rendijas del suelo debajo de la barra.
Entre tu padre y tu abuelo salvaron a todos de una casi segura muerte y venía a conocerlo y a darle las gracias en nombre de mi familia y de las otras familias que ahora viven por ellos. Yo estoy en este mundo por Eutimio y por el Cipri, porque de no haber salvado a mi padre, yo no habría nacido, y así las 58 personas que componen las trece familias de las trece personas que encontraron refugio en el Mono Rojo cuando nadie lo hubiera hecho.
Mientras, bajo el mostrador, un vacío espacio, olvidado desde la posguerra,  pareció llenarse de luz y en el espejo de la verdad colgado de la pared, en su zona iluminada se vió durante unos minutos la imagen de un padre y su hijo de once años en un antiguo Mono Rojo que brillaba pese a todo.

sábado, 28 de febrero de 2026

LA ENTRADA TRIUNFAL, (parte 2)

¡Mi soledad sin descanso!
Ojos chicos de mi cuerpo
y grandes de mi caballo,
no se cierran por la noche
ni miran al otro lado
donde se aleja tranquilo
un sueño de trece barcos.

Sino que limpios y duros
escuderos desvelados,
mis ojos miran un norte
de metales y peñascos
donde mi cuerpo sin venas
consulta naipes helados.

   Los densos bueyes del agua
embisten a los muchachos
que se bañan en las lunas
de sus cuernos ondulados.
Y los martillos cantaban
sobre los yunques sonámbulos,
el insomnio del jinete
y el insomnio del caballo.

   El veinticinco de junio
Le dijeron a el Amargo:
Ya puedes cortar si gustas
las adelfas de tu patio.
Pinta una cruz en la puerta
y pon tu nombre debajo,
porque cicutas y ortigas
nacerán en tu costado,
y agujas de cal mojada
te morderán los zapatos.

Será de noche, en lo oscuro,
por los montes imantados,
donde los bueyes del agua
beben los juncos soñando.
Pide luces y campanas.
Aprende a cruzar las manos,
y gusta los aires fríos
de metales y peñascos.
Porque dentro de dos meses
yacerás amortajado.
 
Espadón de nebulosa
mueve en el aire Santiago.
Grave silencio, de espalda,
manaba el cielo combado.
 El veinticinco de junio
abrió sus ojos Amiargo,
y el veinticinco de agosto
se tendió para cerrarlos.

Hombres bajaban la calle
para ver al emplazado,iill
que fijaba sobre el muro
su soledad con descanso.
Y la sábana impecable,
de duro acento romano,
daba equilibrio a la muerte
con las rectas de sus paños.

(Poema de Federico García Lorca)


No siempre se descansa durmiendo. Hay veces donde se mezclan recuerdos de lugares donde has vivido con verdaderas pesadillas de terror que hacen que te despiertes aterrorizado y sin saber si realmentevestás despierto o continúas en esa pesadilla en la que se mezclan los personajes más tenebrosos pero con apariencias de normalidad.
Hoy soñé con unos niños, dos, casi bebes, en silla de paseo empujados por un padre desde el fondo de un pasillo hasta el otro extremo, donde yo me encontraba.
Al verme, daba la vuelta y vilvía a su habitación, hasta que en otra ocasión, con la cara descompuesta por la rabia, empujaba la silla de paseo mandándome a los dos bebes contra mi. Los niños sonreían de una manera casi asesina.
No llegaron hasta donde yo estaba, quedándose en una habitación que existía a mitad del largo pasillo.
Al acercarme, la silla con los dos bebes estaba encima de una mesa de comedor grande y de un color oscuro.
Al regresar a mi zona de pasillo, había una cama desastrosa en el lugar donde terminaba el corredor, en forma de T, y en la que la cabecera de esa especie de lecho caía bajo una puerta con una gran ventana en la que se veía a alguien conocido para mí.
Me quejaba de dormir de esa manera, y la persona, mirándome con odio, cerraba la puerta permaneciendo tras el cristal donde yo veía como si odio estaba a punto de convertirse en ira.
En este punto, la sensación de peligro era inmensa, y cuando más terror sentía empecé a despertarme.
Ya sentado en mi cama, todavía no era consciente de que la pesadilla había terminado, arrastrándola hasta mi casa real.
Mientras iba al baño con una necesidad imperiosa de miccionar, aún daba vueltas en mi cabeza la espantosa pesadilla vivida en mi desolado sueño de pánico y pavor.
Creo recordar cual era la casa del pasillo grande y a la persona de la puerta con ventana, y eso me da más miedo aún.
Mientras en mi cabeza resuenan las palabras de Federico en el poema de " la leyenda del tiempo", mi interior, atrapado en el terror del suelo anterior comienza a liberarse ante la vista de una jarra de cerveza bien fría en la Taberna del Mono Rojo, donde, apoyado contra una pared sentado en una mesa de la tasca empecé a comprender que me había quedado dormido mientras Rosa hacía su entrada triunfal.

viernes, 27 de febrero de 2026

LA ENTRADA TRIUNFAL


El sueño va sobre el tiempo
flotando como un velero.
Nadie puede abrir semillas
en el corazón del sueño.

¡Ay, cómo canta el alba, cómo canta!
¡Qué témpanos de hielo azul levanta!

El tiempo va sobre el sueño
hundido hasta los cabellos.
Ayer y mañana comen
oscuras flores de duelo.

¡Ay, cómo canta la noche, cómo canta!
¡Qué espesura de anémonas levanta!

Sobre la misma columna,
abrazados sueño y tiempo,
cruza el gemido del niño,
la lengua rota del viejo.

¡Ay, cómo canta el alba, cómo canta!
¡Qué espesura de anémonas levanta!

Y si el sueño finge muros
en la llanura del tiempo,
el tiempo le hace creer
que nace en aquel momento.
¡Ay, cómo canta la noche, cómo canta!
¡Qué témpanos de hielo azul levanta!

(Poema de mi amigo Federico García Lorca).



Entró en la taberna con su abrigo de pieles y del cuello colgando un bello collar de tres vueltas grandes de perlas blancas cogidas en un gran broche de oro con brillantes rodeando a una preciosa esmeralda verde.

De una de sus muñecas, la derecha, un pequeño reloj de oro y una sencilla pulsera del mismo metal.

De la izquierda, cinco o seis pulseras, también de oro, y alguna con medallitas que colgaban unidas por cadenitas.

Maquillada profesionalmente y con el olor dulce y penetrante del perfume que llevaba, adelantó sus pasos hasta el mostrador recibiendo por el camino besos y abrazos de parroquianos admiradores de su esplendor y gloria.

Uno le acercó un taburete mientras otro la ofrecía un cigarrillo y un tercero mantenía levantado y encendido un mechero.

El Cipri ya había puesto sobre la barra su combinado favorito y la presentaba una caja de trufas de chocolate para que las degustara mientras consumía la bebida.

Un pesado insistía en hacerse una foto con ella, y otros dos, armados con dos bolígrafos la pedían un autógrafo.

Dejando el vaso, en el que destacaba la forma de su boca en el borde manchado del rojo salvaje del  pintalabios, en el mostrador, levantando el brazo correspondía con un saludo al grito unánime que atronaba la taberna con su nombre, Rosa, Rosa, Rosa...

Rosa, Rosa, Rosa. El brazo de Adiolinda sacudía de los hombros a la vieja prostituta del Mono Rojo. Rosa, Rosa, despierta mujer, que te harás daño. Rosa, Rosa, despierta y vete a casa mujer, que ya es tarde.

Abriendo un ojo Rosa vió en una mesa cercana al Cipri, hundida la cabeza y atendido por la Maruxaina. Su combinado no estaba en el mostrador, sino caído sobre la mesa, y no era un vaso ni era un combinado, era la copa de aguardiente que solía beber. De sus muñecas, en una, una pulsera de cuero con adornos grabados en el mismo, de la otra un reloj digital a pilas.

Entonces comprendió que nada de su entrada triunfal era real, que se había quedado dormida por el exceso de aguardiente, borracha sobre la mesa, y empezó a llorar limpiándose la nariz con la manga de su blusa antes de que Adiolinda pudiera pasarla un klinex.

Vega, acercándose, la abrazó y dándola un beso en la mejilla,  bajito, al oído, la susurró, "el sueño va sobre el tiempo flotando como un velero..."






jueves, 26 de febrero de 2026

EN EL FONDO DE LA JARRA



Preciso tiempo necesito ese tiempo
que otros dejan abandonado
porque les sobra o ya no saben
que hacer con él
tiempo
en blanco
en rojo
en verde
hasta en castaño oscuro
no me importa el color
cándido tiempo
que yo no puedo abrir
y cerrar
como una puerta

tiempo para mirar un árbol un farol
para andar por el filo del descanso
para pensar qué bien hoy es invierno
para morir un poco
y nacer enseguida
y para darme cuenta
y para darme cuerda
preciso tiempo el necesario para
chapotear unas horas en la vida
y para investigar por qué estoy triste
y acostumbrarme a mi esqueleto antiguo

tiempo para esconderme
en el canto de un gallo
y para reaparecer
en un relincho
y para estar al día
para estar a la noche
tiempo sin recato y sin reloj

vale decir preciso
o sea necesito
digamos me hace falta
tiempo sin tiempo.

(Poema de mi amigo Mario Benedetti)


Estoy sentado hoy en la taberna, mirando a la gente que conozco, viendo que unos permanecen solos ante su jarra de cerveza y otros comparten el momento con otras personas habituales que conocieron en el Mono Rojo.
Se que en el fondo de casa vaso, de cada copa o de cada jarra se encuentra un motivo, un deseo, una ilusión o una tristeza, un desengaño, una decepción.
Cada personaje arrastra su mochila y aunque hay veces que se permite que alguien te ayude a llevarla compartiendo el peso de sus secretos al hablarlos con el resto de habituales, al final, cuando te sales del Mono Rojo, tú mochila va contigo con la misma carga.
En bastantes ocasiones la magia de este lugar ayuda a quien se lo pide, pero incluso la magia tiene un precio, que unas veces puede ser la pérdida de un recuerdo, casi siempre malo, y otras puede ser el ver en las sombras de la tasca, al moverse las llamas en el hogaríl, las caras y figuras de aquellos a quien echamos de menos.
Recuerdo una vez que la Maruxaina me dijo que me ayudaría si la entregaba algo que no se pudiera tocar pero si romper, algo que no pudiera ella comprar, pero si recibir, y estuve pensando durante bastantes días como solucionar el enigma que encerraban las palabras de la sirena, y una noche, después de dos o tres jarras de cerveza, viendo cómo cuidaba ella del Cipri, vi claramente la solución para poder entregarla algo y que ella lo valorara, y la hice una promesa, una promesa de amistad eterna, y ella, sonriendo, me dijo, solucionado, porque una promesa se puede recibir, pero nunca comprar, una promesa se puede romper, pero imposible tocar.
Ella lo hizo con la Taberna y el Cipri, y el Mono Rojo extendió su mágia acogiéndola como parte de este mundo a caballo entre tantos otros mundos, y yo hice lo mismo.
Hoy, de vuelta a casa, la mochila me pesa menos.

miércoles, 25 de febrero de 2026

EL BAILE DE LAS ESTRELLAS

Fugacidades, iluminaciones:
tiempo del agua en la clepsidra
y de la arena en su cristal,
voz del amor y de la música,
y los regresos del silencio
que viene y va por la memoria,
esa penumbra donde ocurren
fabulaciones de la arena
como el amor, como el silencio,
como la música y el agua.

(Poema del poeta y ensayista chileno, Pedro Lastra)

Una tarde, cuando ya había oscurecido, entró en la taberna Vega, que llevaba todo el día fuera, y apoyando en el mostrador una pequeña garrafa de tres litros, y dirigiéndose a Adiolinda y a Teresa, las dijo:
Estos muchachos de mi generación que vienen al Mono Rojo, entre los móviles, las redes sociales y demás, se han olvidado de algo que acompañó siempre a los parroquianos de esta Taberna, y para que los que no lo conocen lo sepan y los que lo han olvidado recuerden, traigo estos tres litros de un concentrado elixir hecho a base de polvo cósmico recogido en su viaje entre las galaxias. Con él recordarán la canción del baile de las estrellas y recibirán el equilibrio que reciben del firmamento todo aquel que la escucha.
Adiolinda comenzó a colocar sobre el mostrador los vasos de chupitos necesarios para que a nadie le faltara su porción, y mientras la camarera iba preparando los vasos, Teresa los llenaba del líquido de la garrafa.
Mientras, Vega, cogiendo su guitarra, dándole un palo de agua a la Maruxaina, comenzó a cantar una bellísima melodía que obligaba a todos los parroquianos a cerrar los ojos y a balancearse al ritmo que marcaba la canción y el sonido del agua producido por la Maruxaina con su instrumento
De repente, mientras la voz de Vega continuaba desgranando la penetrante música, un fuerte fogonazo de colores azul, verde y rojo, obligó a todos a abrir los párpados y acto seguido, muchos, a poner cara de asombro ante el espectáculo que se les ofrecía, pues todas las paredes y el techo del Mono Rojo habían desaparecido, encontrándose todos en un bien cuidado y repleto jardín de flores y setos desde el que la visión de un cielo estrellado como nunca, en el que las estrellas se movían siguiendo la canción de Vega, les conmovió y algo de dentro se les entregó al cinturón cósmico que veían moverse entre las grandes y brillantes luces con que se adornaban los astros y estrellas en ese firmamento puro y limpio de toda contaminación.
Una pequeña estrella fugaz, acercándose al jardín, sin necesidad de palabras, con el lenguaje del alma, les comunicó:
No olvidaos que la visión y compromiso con el Universo del que formáis parte, ayuda a equilibrar a los seres de la taberna de todos los tiempos.
Dicho ésto, la fugaz y pequeña estrella, con otro destello de luz, está vez blanco brillante, se elevó hacia los infinitos mundos del espacio, obligando a todos a volver a cerrar los ojos.
Cuando los abrieron, se encontraron de nuevo entre las paredes del Mono Rojo y el jardín había desaparecido.
Desde ese día, todos los asiduos a la Taberna del Mono Rojo, jóvenes o ancianos, novatos o veteranos, dedicaron un día del mes al baile de las estrellas.
Un día en el que los móviles descansaban apagados en las mochilas y Vega se acercaba a casa.

NOTA INFORMATIVA:
Al día siguiente de estos hechos, en los informativos de todas las televisiones y en todos los diarios, se hablaba del fenómeno extraordinario y nunca visto de la visita de auroras boreales en toda Europa.

martes, 24 de febrero de 2026

LA VIAJERA

No te deseo un regalo cualquiera,
te deseo aquello que la mayoría no tiene,
te deseo tiempo, para reír y divertirte, si lo usas adecuadamente podrás obtener de él lo que quieras.

Te deseo tiempo para tu quehacer y tu pensar,no sólo para ti mismo sino también para dedicárselo a los demás.

Te deseo tiempo no para apurarte y andar con prisas, sino para que siempre estés contento.

Te deseo tiempo, no sólo para que transcurra, sino para que te quede tiempo para asombrarte y tiempo para tener confianza y no sólo para que lo veas en el reloj.

Te deseo tiempo para que toques las estrellas y tiempo para crecer, para madurar. Para ser tú.

Te deseo tiempo, para tener esperanza otra vez y para amar, no tiene sentido añorar.

Te deseo tiempo para que te encuentres contigo misma/o, para vivir cada día, cada hora, cada minuto como un regalo.

También te deseo tiempo para perdonar y aceptar.
Te deseo de corazón que tengas tiempo, tiempo para la vida y para tu vida.

(Poema de mi amiga Elli Michler)

Una noche en la que los parroquianos se habían marchado casi todos a sus casas y quedábamos pocos, entró decidida una mujer que dijo llamarse Amaia y que venía de un futuro en el que los ordenadores, las redes y las tecnologías habían relegado a la magia olvidándose de ella.
Amaia tenía esa mirada que se dice de ojos viajeros, pero en su caso se adivinaba que estaban cargados de siglos y vivencias, y miraban de vez en cuando un viejo reloj de bolsillo que, unido a ella por una cadena, parecía haberse detenido como si hubiera gastado su cuerda, aunque el ruido del mecanismo, tic tac, tic tac, tic tac, seguía escuchándose si agudizabas el oído.
Amaia hizo muy buenas migas con Adiolinda, que la servía infusiones de hierbas del bosque que la hija del Cipri conocía bastante bien y que la viajera del tiempo se tomaba sentada en torno a una mesa mientras nos contaba cosas de mundos que ella ya conocía pero que todavía, a esta fecha, no existen.
Un día, cuando todos nos habíamos acostumbrado a la presencia de Amaia y la considerábamos ya como una parroquiana habitual más entre nosotros, dejando el reloj encima de la barra, Amaia desapareció y nunca más volvimos a saber de ella.
Algunos dicen que, alguna noche, cuando la luna se presenta en todo su esplendor y llena, la exploradora del tiempo, Amaia, regresa a la taberna y se sienta en su rincón favorito a tomarse una infusión de las hierbas de Adiolinda, pero nadie la ha vuelto a ver nunca jamás.
No es la única de la que se dice que regresa de vez en cuando al Mono Rojo. Otras personas, de otros mundos y quizás de otros tiempos, regresan, van y vienen a la antigua taberna, atraídos por la misma, aunque pocos o nadie los ve. Quizás las llamas de la chasca, al crepitar, haciendo que las sombras se muevan, dejen entrever a estos parroquianos viajeros. 
Es la magia de la taberna, en la que en ocasiones se abren las puertas sin que se vea a nadie y se escuchan susurros pasados que la fresca brisa acompaña al interior del Mono Rojo y unas cuantas hojas secas de roble vuelan, impulsadas por el viento, dentro de la sala.

lunes, 23 de febrero de 2026

EL ESPEJO SENTIMIENTOS

Busca y anhela el sosiego...
mas... ¿quién le sosegará?
Con lo que sueña despierto,
dormido vuelve a soñar.
Que hoy como ayer, y mañana
cual hoy, en su eterno afán,
de hallar el bien que ambiciona
–cuando sólo encuentra el mal–,
siempre a soñar condenado,
nunca puede sosegar.

(Poema de mi amiga Rosalía de Castro).



Hace ya días que Vega y la Maruxaina trajeron otro espejo de la verdad que sustituía al que había roto Teresa de un sartenazo.
El nuevo espejo lo había fabricado Vega cortando una plancha de un asteroide que se estrelló contra la Tierra y que era especialmente rico en metales, sobre todo níquel, y que luego la Maruxaina se llevó al fondo del mar para que las corrientes lanzaran sus granos de arena desde las simas abisales más profundas y fueran puliendo la superficie del asteroide convirtiéndolo en un espejo mágico, con la profundidad del espacio y la fuerza del mar océano que lo pulió.
Al acercarte al espejo, éste parecía encenderse en la mitad más cercana a la izquierda permaneciendo la parte derecha en penumbra, y cuando la pulida lámina identificaba a quien frente a él de situaba, según fuera el interior de la persona, la parte iluminada giraba inundando toda la superficie con su luz o bien, si la negatividad o la tristeza de la persona era su carácterística más relevante, las tinieblas se apropiaban de la imagen, mostrando un rostro que se correspondía a la manera de ser interior del parroquiano que al veredicto y posterior consejo del espejo se sometía.
Hoy, día especial en mi vida, me aproximé yo, y en la superficie iluminada que dominó la luna bruñida se reflejaron unos pequeños querubines, jugueteando entre ellos y aparentemente felices en el lugar donde se encontraban, para acto seguido aparecer mi imagen en la penumbra que había sustituido a la luz.
La Maruxaina, que había visto la transformación del espejo, se me acercó y poniéndome la mano en mi hombro, me preguntó, ¿Los echas mucho de menos? y aunque no pude contestarla por la emoción, ella lo entendió perfectamente, eran mis hijos que no llegaron a nacer porque se malograron antes del día del parto, a los que nunca he olvidado.

domingo, 22 de febrero de 2026

EL LAUD MÁGICO


De las manos magníficas del corazón
eres recorrido, noble instrumento,
que estás dentro de los labios del señor.
Y el toque es blanco,
como el de una cuerda que vibra,
y como mi rima,
que debería ser una palabra
y en cambio es un pensamiento,
una canción.

(Poema de mi amiga Alda Merini)


Una vez nos contó el Cipri que, hacía muchos años apareció por la taberna un personaje que, tocado con un turbante y una holgada jalabiya, acercándose a la barra, pidió al tabernero una jarra de té, con canela, clavo, cardamomo y leche.
Le dijo al Cipri, cuando éste le preguntó, que era de un pueblecito del lejano Sudán, cercano a Jartum, al que había abandonado por culpa de un sueño repetitivo en el que un Djinn le decía que tenía que recorrer mundo cargado con su laud, el mismo con el que, colgado a la espalda, apareció por la taberna, hasta encontrar un lugar lejano especial donde dejar el instrumento una vez lo hubiera tocado acompañando antiguas y místicas canciones de su tierra.
El sudanés, de nombre Ahmed, volvió durante casi un mes a la taberna, y en cada ocasión cantó y tocó su laud, convirtiendo las bebidas que en ese momento tomaban los parroquianos en el elixir que cada uno necesitaba según fuera el rasgo más representativo de su personalidad.
Después, en un día caluroso, en el que el local estaba lleno, Ahmed desapareció dejando encima de una mesa su laud, que le entregaron al tabernero colgando éste al instrumento de una de las paredes del Mono Rojo, y que nadie más volvió a tocar hasta la llegada de Vega,  que descolgándolo de la pared, comenzó a cantar, después de afinarlo, una canción de tal belleza y hermosura que hasta por las ventanas de la taberna se asomaban y veían las estrellas aunque en el exterior fuese de día.
Todos guardamos silencio mientras duró la canción, silencio y meditando en silencio, pues cada nota y cada frase cantada por Vega, nos traía recuerdos de parroquianos que ya se fueron a otros mundos espirituales.
La voz de Vega nos trasladaba a galaxias lejanas en el frío espacio, donde la curva del tiempo y el espacio se juntan y el ayer podría ser hoy.
Sin darnos cuenta, y sin saber la letra, de repente todos cantamos acompañando a Vega en la canción al conocer sin conocer esa poesía cantada de la que desconocíamos todo, pero que nos unió fraternalmente en torno a esa muchacha que, con los ojos cerrados, nos guiaba por un cosmos en el que estábamos presentes sin movernos del Mono Rojo.
Cuando Vega terminó la canción y dejó de tocar, todos permanecimos callados y quietos en nuestros sitios, pero con el corazón liberado y agradecido por la experiencia vivida.
En el suelo, hojas secas de roble.


sábado, 21 de febrero de 2026

CRUCE DE CAMINOS

En la esquina del barrio, donde el sol se demora,
hay una puerta de roble, desgastada por la hora.
No tiene letrero de lujo, solo un aroma a vino,
que invita a detenerse al cansado peregrino.
Es la taberna de siempre, la casa de los recuerdos,
donde se olvidan penas y se sueldan los acuerdos.
Sus paredes de adobe han escuchado mil cuentos,
lamentos de amor viejo y alegres juramentos.
Sobre la barra de estaño, testigo de mil batallas,
se apoyan los codos curtidos, se cuentan las canallas.
El vino tinto ríe en el vaso de cristal,
mientras afuera el mundo sigue su paso fatal.
Aquí se hizo la tertulia, entre el humo y el mosto,
el chaval aprendió a ser hombre, sin pagar alto costo.
El tabernero es sabio, calla y sirve la copa,
conoce las historias de cada tipo y cada ropa.
Un viejo torero, un poeta, un obrero sin prisa,
comparten la misma mesa, el mismo vaso, la misma risa.
La taberna es refugio cuando el invierno aprieta,
la luz cálida que busca la sombra del poeta.
Aunque los tiempos cambien y el barrio se modernice,
esa esquina guarda el alma de lo que el pueblo dice.
Es historia de taberna, con su aroma a vino y a gente,
la esquina del tiempo, siempre joven, siempre paciente.

(Poema de mi amigo Antonio Díaz Cañabate)


Hoy, sentado en la mesa frente al hogaríl en el que una buena chasca calentaba toda la taberna, ante la mirada espectante del resto de parroquianos y Teresa, apoyada en la barra escuchando, empecé a hablar, contando a los nuevos parroquianos, esos muchachos que quedaban en la tasca escuchando su música, hablando ruidosamente y siempre gastándose bromas, pero con los que parece habíamos llegado a una entente cordiale de respeto mutuo, la historia y el concepto del Mono Rojo, fundado hacía ya varios siglos y que desde el principio fue lugar de encuentro entre viajeros y locales, que pronto llenaron el local de historias y leyendas que han ido acumulándose con el paso del tiempo convirtiendo a la taberna en algo mágico y como símbolo de buena suerte por la que han pasado aventureros, marinos, vagabundos, poetas, mineros, pescadores, músicos, pintores, y toda clase de buscadores que han dejado un poquito de cada uno en el espíritu del Mono Rojo, con las paredes repletas de recuerdos, notas y poesías escritas sobre las mesas, corazones grabados a navaja y un ambiente, por lo general, cargado de historias para contar que hace que la taberna tenga un alma propia del que cuidan los parroquianos habituales y que incluso, a veces, parecen dirigidos y cuidados por unas extraordinarias guardianas de ese portal abierto al tiempo y al espacio en el que la luz y el calor brillan siempre por muy adelantada y oscura que sea la noche del exterior.
La taberna del Mono Rojo es como un cruce de caminos en el que se encuentran diferentes personas, historias y destinos. Es como un telar en el que cada parroquiano suma su hilo, que una vez enhebrado en el telar, entrelaza su destino con el de la taberna, quedando para siempre unidos aunque el parroquiano marche a otros lugares y no regrese en forma física.
Hay parroquianos que juran que, en el silencio que alguna vez domina la taberna, si prestas atención, puedes escuchar los susurros y comentarios de aquellos que llegaron mucho antes que nosotros al Mono Rojo.
Ustedes, jóvenes, son nuestro relevo, el futuro de la taberna, los que contribuirán con sus historias a qué la leyenda del Mono Rojo continúe presente y creciendo para nuevas generaciones que vendrán después de ustedes, son los nuevos parroquianos y levanto mi jarra por su presencia y por esta vieja taberna.
Los muchachos, serios, se miraron entre ellos, y de golpe, como algo ensayado comenzaron de nuevo con sus voces, sus risas y sus músicas, y yo, como un bobo, de pie y con la jarra levantada.
Vega, alterada y despeinada golpeaba fuerte y rítmicamente una mesa mientras Adiolinda ponía a todo volumen un reggaeton. 
Teresa perseguía a Crisis con un boquerón en la boca y la Maruxaina aullaba acompañando a Vega.
Joder ¿que pasó con el telar?




viernes, 20 de febrero de 2026

CRISIS, MODELO DE EXPOSICIÓN

La gata
se lame una pata y
se recuesta
en el hueco de la biblioteca
yace allí
largas horas
imperturbable como una esfinge
luego gira su cabeza
hacia mí
se incorpora
estira su cuerpo
me da la espalda
nuevamente lame su pata
como si el tiempo real
no hubiera pasado
Y no lo ha hecho
y ella es una esfinge
que posee los tiempos del mundo
en el desierto de su tiempo
Ella
sabe dónde mueren las moscas
puede ver fantasmas
en las partículas del aire
percibir sombras
en un rayo de sol
Ella oye
la música de las esferas
los sonidos que transmiten
los cables
en las casas
y también el zumbido
del universo
en el espacio interestelar
pero siempre
prefiere los rincones hogareños
y el ronroneo de la estufa.

(Poema de mi amigo Lawrence Ferlinghetti)


Cuando Alguien, un Fantasma del Pasado venía a la taberna, fuera la hora que fuera, Crisis, la gata con Alzheimer que le robaba los boquerones de la cocina a Teresa, se levantaba de al lado del Cipri, donde casi siempre se tumbaba y llegando hasta donde el Fantasma del Pasado se hubiera sentado, de un salto se subía a sus rodillas y el parroquiano comenzaba a acariciarla mientras la gata ronroneaba melosa y le daba golpecitos con su felina cabeza.
Nunca supimos que había descubierto Crisis en el parroquiano ni que es lo que le gustaba de él, pero Crisis no perdía ocasión de subirse encima suyo.
Hasta que en una ocasión entró en la taberna una fotógrafa, Patricia, que buscaba inspiración para preparar una exposición de fotografías tiradas en lugares especiales como en el que nos encontramos.
Crisis se acercó a ella y empezó a restregarse contra su pierna.
Patricia, divertida y curiosa, capturó ese momento con su cámara, y resultó que la fotografía esa fué la pieza central de todas las demás fotografías que Patricia capturó en el Mono Rojo con Crisis de protagonista.
Adiolinda autorizó a Patricia para montar la exposición en la taberna, y desde que salió publicado en las noticias de la Tele local el trabajo en el Mono Rojo de la fotógrafa, atraídos por la fotografía de la gata restregándose en los tobillos de Patricia, la gente no dejaba de pasar por el local para conocer la obra de Patricia y Crisis como protagonista.
Unos decían que la gata era mágica, otros juraban haber visto moverse en la fotografía a Crisis, y la mayoría comentaba en las redes sociales la extraordinaria y valiosa exposición montada en el Mono Rojo, demostrando que la magia se esconde en los lugares más insospechados y con una gran historia detrás, como pasaba con nuestra taberna, a la que cada vez venía más gente y que estuvo así, completo el aforo durante los seis meses de la exposición.
Durante todos esos días, Crisis volvió a las rodillas del Fantasma del Pasado, ajena a su fama y popularidad,  y desde esa atalaya, sentada, observaba la sala y el montón de amantes de la cultura que se daban cita allí, mientras, de vez en cuando, una raspa de boquerón, completamente limpia, aparecía en el suelo, cerca de donde Alguien, Fantasma del Pasado, se encontraba sentado.
Raspa que el parroquiano, cómplice de la gata,  intentaba esconder acercándola a la pata de la mesa con la punta del zapato, ocultándosela a Teresa.

miércoles, 18 de febrero de 2026

EL ESPEJO


Yo, de niño, temía que el espejo
me mostrara otra cara o una ciega
máscara impersonal que ocultaría
algo sin duda atroz. Temí asimismo
que el silencioso tiempo del espejo
se desviara del curso cotidiano
de las horas del hombre y hospedara
en su vago confín imaginario
seres y formas y colores nuevos.
(A nadie se lo dije; el niño es tímido.)
Yo temo ahora que el espejo encierre
el verdadero rostro de mi alma,
lastimada de sombras y de culpas,
el que Dios ve y acaso ven los hombres.

(Poema de mi amigo Jorge Luis Borges).



En la taberna, desde hacía mucho tiempo, colgado de una pared, un espejo ayudaba a las personas que en él se miraban, a que vieran el reflejo de cómo realmente eran.
Había parroquianos que nunca se acercaban al espejo, y aún pasando por delante, jamás miraban lo que en el mismo se reflejaba.
Otros si, otros no dudaban en situarse frente al cristal y ver lo que el espejo les mostraba.
Un día corriente entró al Mono Rojo un hombre de unos cincuenta años, con un aire huraño en el rostro y nada más acercarse a la barra preguntó por el espejo de la verdad.
Adiolinda le señaló la pared donde se exhibía el espejo, y el visitante, una vez frente a él, gritó enfadado "no es posible" ante la imagen de su alma desnuda reflejada por el espejo.
No es posible, repitió gritando más fuerte. Esto está trucado por ustedes, estafadores, yo no soy así, gritó lleno y poseido por la furia de su gran vanidad.
Teresa estaba siguiendo todo desde la puerta de la cocina, y al ver al cliente gritar de esa manera e insultándoles, agarrando una sartén de la estantería de los cacharros, fue hasta el espejo y dándole un fuerte golpe, saltó en mil pedazos reflejando cada uno un matiz de la personalidad del hombre iracundo.
Ahí tienes todo lo que eres realmente. En cada pedazo verás un detalle de tu carácter, ése que te hace odioso para mucha gente, el que te mantiene permanentemente enfadado, el que te muestra la envidia que sientes, otro el rencor, otro la soberbia, la avaricia y así todos y cada uno de los pedazos. En tí está, ahora que los conoces, ir arreglando tu yo interior y convertirte en otra persona, o continuar igual y no cambiar, le dijo muy despacito pero muy seria la cocinera.
El hombre se vió, de esta manera, obligado a aceptar su forma de ser, enfrentándose a cada faceta de su imágen interna y acudiendo cada día a la taberna, conversando con los parroquianos y escuchando sus historias, fue cambiando, llegando un día en el que, de haber existido el espejo, la imagen devuelta hubiera sido completamente distinta.
Al cabo de varios años, en los que la amistad con Teresa era ya una realidad, el hombre preguntó a la cocinera, ¿Y por qué rompiste el espejo? ¿Era necesario?
Escucha, contestó Teresa, no querías aceptar lo que el espejo te mostraba, estabas como esclavizado por tu viciado carácter, por tu forma de ser, por tu vanidad. Al romper el espejo y que cada trozo te mostrara como eras, conseguiste liberarte. 
No lo olvides, amigo, la verdad es un reflejo que nos hace libres.

MARTÍN PRECIADO

Caminas por el campo de Castilla
Y casi no lo ves. Un intrincado
Versículo de Juan es tu cuidado
Y apenas reparaste en la amarilla
Puesta del sol. La vaga luz delira
Y en el confín del Este se dilata
Esa luna de escarnio y de escarlata
Que es acaso el espejo de la ira.
Alzas los ojos y la miras. Una
Memoria de algo que fue tuyo empieza
Y se apaga. La pálida cabeza
Bajas y sigues caminando triste,
Sin recordar el verso que escribiste:
Y su epitafio la sangrienta luna.

(Poema de mi amigo Jorge Luis Borges).


Entró en la taberna mirando todo a su alrededor, deteniéndose en algunos objetos colgados de la pared hasta llegar a la barra donde Adiolinda observaba sus cansados andares, su largo y grisáceo pelo sobre los hombros, calada una boina visera a cuadros en la cabeza y una larga barba blanca que acompañaba a un frondoso y bien peinado bigote, completando el retrato unas gafas de metal plateado que le caían sobre la nariz.
Buenos días, dijo para acto seguido preguntar si estaba el Cipri o si le había ocurrido algo durante los años que estuvo fuera, según comentó.
Se aproximó a la mesa que le indicó la camarera y viendo al Cipri los ojos se le inundaron y alguna lágrima resbaló por una de sus mejillas.
La Maruxaina, que estaba sentada, como siempre, al lado del Cipri, levantándose le preguntó con voz dulce que ocurría y quien era.
Mi nombre es Martín, y soy poeta. Hace muchos años, en esta misma taberna, a la que yo solía venir a escribir mis poemas y mis ideas, el Cipri, entonces mucho más joven pero mayor que yo, y con el que entablé una bonita amistad , me animó a viajar por el mundo escribiendo poemas de mis vivencias por esos desconocidos caminos.
Trabajé en mil cosas, incluso vendí poemas en tabernas parecidas a ésta pero sin su magia, y según conocía mundo, mis poemas fueron fluyendo hasta tener escritos diez libros de poesía y obtener un reconocimiento dentro del mundo literario y cultural.
Todo gracias a este amigo que ahora parece que duerme perdido en una gran cantidad de años y experiencias vividas en el Mono Rojo.
- ¿Y por qué volviste? Preguntó Vega que se había acercado al escuchar hablar al anciano poeta.
Volví para cerrar el círculo, agradecer a mi amigo su gran consejo y acabar aquí, donde empezó, mi carrera literaria. Por eso estoy aquí, porque además, con todas las experiencias vividas, he llegado a la conclusión que gran parte de la magia de esta vieja taberna reside en la palabra, en lo que aquí, desde siempre, los parroquianos confiesan mientras los demás escuchan sin interrumpir. Eso solo lo viví aquí, y yo era parte de ello. Quiero volver a serlo.
Desde esa presentación, Martín volvió cada día a la taberna. Ya casi no escribía, pero se sentaba en la mesa con otros veteranos parroquianos y nos contaba historias que le ocurrieron en la India, en la misteriosa 
China, en la América profunda mientras recorría la ruta 66 en compañía de una banda de moteros, en los mil sitios y lugares que visitó y en los que vivió buscándose la vida, como le había dicho el Cipri.
Un día, Martín no vino, y aunque alguno preguntó por él, no le dimos mayor importancia hasta que al día siguiente alguien, no recuerdo quién, trajo un periódico donde a media página se podía leer, el gran poeta español, Martín Preciado, premio nacional de literatura y autor de más de diez libros y ganador de varios premios internacionales de poesía, falleció ayer repentinamente en la pensión en la que residía desde que regresó a la patria después de más de cuarenta  años en el extranjero.

Una fotografía suya, antigua, donde posa con el Cipri, jóvenes ambos, en una taberna del Mono Rojo no tan distinta de la de ahora, celebra su paso por la tasca desde una de las paredes del salón.
Debajo, un letrero, "gran parte de la magia del Mono Rojo reside en la palabra, (frase de Martín Preciado, parroquiano de esta Taberna.)" que Vega se empeñó en resaltar como homenaje a tan leal amigo.

martes, 17 de febrero de 2026

UNAS CROQUETAS EN EL NO SER

Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar.

(Fragmento de un poema de mi amigo Antonio Machado)


Hoy, en la taberna, ha sido uno de los días en los que he visto regresar del no ser al Cipri durante un corto espacio de tiempo.
Vega estaba en la mesa del Cipri, que permanecía con los ojos cerrados y hundida la barbilla al pecho y Maruxaina, atenta al anciano tabernero como siempre, cuando Vega, sacando su guitarra empezó a cantar bajito una melódica canción.
De repente, el Cipri, abriendo los ojos empezó a tatarear la canción que Vega interpretaba. Al tiempo, al ver un platito de croquetas que Teresa había puesto a la muchacha con el refresco que siempre pedía, el Cipri estiró, primero la mano y luego los huesudos dedos para agarrar una croqueta y, llevándosela a la boca, comenzar a comerla.
Rápidamente la Maruxaina, diciendo a Vega, no dejes de cantar, se levantó hacia la barra volviendo con una copa de vino blanco fresco que depositó frente al Cipri, que sin pensarlo, cogiéndola, dió un pequeño trago volviendo a dejarla sobre la mesa para continuar canturreando lo que Vega, en ese momento, cantaba.
Incluso hubo un momento en el que mirándome, el Cipri me saludó levantando lentamente su mano.
Toda la taberna estaba pendiente de lo que ocurría en esa mesa, asombrados por ver al amigo susurrando la canción y bebiendo un vino mientras comía las croquetas de Teresa, que acudía con otro plato, con más croquetas, para el Cipri pero que Maruxaina, con un gesto de la mano, la indicó que no, que se lo llevará.
La voz de Vega y el sonido del rasgueo de su guitarra parecía acunar al tiempo en la taberna, como si hubiera retrocedido haciendo que todos nos sintiéramos llenos de una paz que hacía mucho no se vivía en el Mono Rojo con los jóvenes y nuevos parroquianos que, en esta ocasión, permanecían en silencio bajo el embrujo de las notas de Vega.
No se el tiempo que pasó desde que el Cipri abrió los párpados hasta que tranquila y reposadamente volvió a cerrarlos, pero al terminar Vega de cantar, poco a poco volvieron las conversaciones y el ambiente del Mono Rojo en un día normal.
Mientras la Maruxaina guiñaba un ojo a Vega, Teresa, acercándose para quitar el plato vacío y la copa de vino apurada, levantó, enseñando a la ondina con una gran sonrisa, tres o cuatro hojas secas de roble que estaban sobre la mesa.
La magia había vuelto a estar presente en la taberna.
Desde la barra, Adiolinda sonreía.

lunes, 16 de febrero de 2026

LAS NOCHES DE VEGA

partir sin alma e ir con alma ajena,

oír la dulce voz de una sirena

y no poder del árbol desasirse,

 

arder como la vela y consumirse,

haciendo torres sobre tierna arena;

caer de un cielo y ser demonio en pena,

y de serlo jamás arrepentirse;

 

hablar entre las mudas soledades,

pedir prestada sobre fe paciencia,

y lo que es temporal llamar eterno;

 

creer sospechas y negar verdades,

es lo que llaman en el mundo ausencia,

fuego en el alma y en la vida infierno

(Poema de mi amigo Lope de Vega)


Vega venía por las tardes, no todas, con su guitarra a la espalda, cantaba unas cuantas canciones, hablaba con la Maruxaina, con Teresa y con Adiolinda y se marchaba.
Eso ocurría casi todas las tardes, menos los días de luna llena.
En esos días, Vega acudía por las noches a la Taberna del Mono Rojo, elegántemente vestida, con su pelo largo brillando como el firmamento nocturno limpio de nubes, y sus ojos con el fuego del sol reflejado en su mirada, y seria, siempre muy seria, subía al pequeño escenario de tarimas de madera del fondo de la sala y desde allí comenzaba una rara canción que nos transportaba a todos a una especie de viaje astral mientras nos mantenía en trance, en la taberna, durante el cual se la podía pedir cualquier deseo siempre que fuera sincero y honesto.
Si cumplía esas condiciones, se otorgaba, regresando, completamente relajado, de ese presunto viaje por el espacio el interesado en el deseo.
Pero cuidado con el que quisiera engañarla pidiendo el deseo con fines deshonestos o intentando mentirla. Esos, caían al suelo sin despertar y al llamar a emergencias hablaban de estado comatoso. Ya había ocurrido cuatro o cinco veces en el tiempo en el que Vega, utilizando sus místicos y enigmáticos dones al ser Hija de las Estrellas, ayudaba a los parroquianos del Mono Rojo.
Ninguno había despertado.
Mira, Forastero, me explicó la Maruxaina, todos los que vienen a ella con un corazón impuro, intentando engañarla para sacar provecho de sus mentiras, Vega los convierte en pequeñas estrellas fugaces que vagan eternamente por el espacio, sin regresar nunca, permaneciendo sus cuerpos en la tierra sin la esencia del ser, sin alma, vacíos espiritualmente y caídos en coma hasta que mueren o los desenchufan.
Vega es un misterio venido del cosmos que adelanta sentencias del Universo al intentar engañarlo y ejecuta sin piedad al corazón mentiroso con intenciones impuras.
Con Vega, la magia y el misterio conviven en la taberna con la buena voluntad y con los sentimientos puros y sinceros