Se bebe el desayuno… Húmeda tierra
de cementerio huele a sangre amada.
Ciudad de invierno… La mordaz cruzada
de una carreta que arrastrar parece
una emoción de ayuno encadenada!
Se quisiera tocar todas las puertas,
y preguntar por no sé quién; y luego
ver a los pobres, y, llorando quedos,
dar pedacitos de pan fresco a todos.
Y saquear a los ricos sus viñedos
con las dos manos santas
que a un golpe de luz
volaron desclavadas de la Cruz!
Pestaña matinal, no os levantéis!
¡El pan nuestro de cada día dánoslo,
Señor…!
Todos mis huesos son ajenos;
yo tal vez los robé!
Yo vine a darme lo que acaso estuvo
asignado para otro;
y pienso que, si no hubiera nacido,
otro pobre tomara este café!
Yo soy un mal ladrón… A dónde iré!
Y en esta hora fría, en que la tierra
trasciende a polvo humano y es tan triste,
quisiera yo tocar todas las puertas,
y suplicar a no sé quién, perdón,
y hacerle pedacitos de pan fresco
aquí, en el horno de mi corazón…!
(Poema de mi amigo César Vallejo)
El viento, fuerte, golpeaba al viejo letrero de hierro del Mono Rojo colgando de una barra clavada a la fachada, y la lluvia jugaba a tocar melodías intensas con las piezas del tejado.
Una hora después, dejaron de pasar los autobuses por el agua acumulada, y Adiolinda tomó la decisión de hacer más sopa para pasar la noche con los parroquianos refugiados en la Taberna.
Vega saca su guitarra y acompaña a la Maruxaina en esas canciones extrañas que solo ella conoce, y el resto empiezan a poner las mesas corridas haciendo solo una en la que sentarse todos, uno al lado del otro.
Se va la luz y se encienden las velas. Ahora la intimidad invita a contar historias y a escucharlas.
Empieza Lucía, una estudiante tardía que cuenta que estudia filosofía porque su abuela quería que fuera la primera de la familia en tener un título universitario, pero que lo que a ella la gustaría sería abrir su propia panadería, amasar la harina y poner las barras crudas en el horno hasta que estuvieran hechas y disfrutar del olor a pan recién horneado durante toda la mañana.
Adiolinda, poniéndola otro vaso de vino, la dijo, los sueños no cumplidos saben a poco. Aquí tienes los domingos el horno a tu disposición y puedes amasar la harina con el Cipri. Y Lucía aceptó.
Al siguiente domingo, cuando llegó Lucía a las seis de la mañana, el Cipri ya estaba amasando lo que luego sería pan. La Maruxaina lo había llevado pronto y se estaba tomando su tercer café después de haber cargado el horno de leña y haberlo encendido. Con el calor, el horno crujía como protestando por el madrugón.
Lucía comenzó con Cipri a estrujar con sus manos la espesa y suave masa de harina, y cuando ella dudaba de si la masa estaba en su punto, el Cipri, en silencio, la mira y la hace un gesto de todo está bien, la masa a punto. Gesto que Lucía premia con una sonrisa al anciano.
A las diez sale la primera hornada. Pan con la corteza crujiente, una miga esponjosa y un olor que atraviesa las puertas del Mono Rojo haciendo que entren vecinos a por barras de pan.
Teresa coge una barra, la abre por la mitad y vierte en ella un chorro de aceite de oliva al que acompaña con un pellizco de sal y se lo tiende a Lucía, que lo muerde mientras unas lágrimas escapan de sus ojos. Sabe a casa, a la de la abuela, y está hecho por mi. Lucía se da cuenta en ese momento que cumplir una promesa y cumplir un sueño, puede ser lo mismo, solo cambia el nombre.
Desde entonces, en la pared exterior del Mono Rojo, cada domingo hay un cartel que anuncia, "Hoy domingo tenemos el pan de Lucía", y Adiolinda se siente feliz.






