ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO
LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

lunes, 8 de junio de 2026

EL ENFADO DE TERESA, (PARTE DOS)

La tarde entra pronto en la cocina:

a eso se reduce el misterio

cada día.

También hay razones suficientes

Para pensar en la inútil existencia

del párpado que cae

y ensombrece las pupilas.

Hay sueños que se olvidan.

Otros se insinúan solamente.

Algunos apenas se perciben.

Casi todos se terminan.

Los más se derrumban sin fortuna,

-inútilmente-.

Al final del día descansa la noche,

soberbia,

pero herida de muerte.

(Poema de Jorge Braga)


Al poco entró en la cocina Adiolinda, diciendo, "modernizar no es quitar lo de siempre, es mejorarlo", sacando de una cajita un par de trufas del norte que había comprado a unos buscadores amigos suyos.

Mientras Teresa negaba con la cabeza, Adiolinda empezó a rallar las trufas encima de un puré de castañas y nabos de su huerta, cuidados y recolectados por la Maruxaina, que hablaba suavemente con ellos mientras los recogía, y que acompañaría al guiso del cochino jabalí de Teresa.

La cocinera probó el puré con desconfianza, hasta que al paladar le llegó un cierto tono de petricor, por la trufa unida a la cremosidad de los nabos convencidos por la sirena de dejarse extraer de la tierra más el toque dulzón de la castañas acompañando al fuerte sabor a carne de caza del cochino jabalí, que la convenció e hizo que la antigua monja cogiera una trufa de las manos de la tabernera y rallara un poco más sobre el puré.

Acababan de inventar el estofado de jabalí del Mono Rojo nevado con trufa del norte, un plato que pronto se convirtió en el favorito de la Taberna, de tal manera que a la semana ya no las quedaban trufas del norte teniendo que encargar más, urgentemente, pues todo el mundo prefería el estofado con ese blanquecino puré con motas negras de trufa.

Ni Adiolinda ni Teresa se dijeron nada la una a la otra, pero desde el primer día en el que sacaron el estofado modernizado, al finalizar la jornada, cuando la Taberna del Mono Rojo cerraba las puertas, la tabernera y la cocinera se sentaban juntas en una mesa en el vacío local y compartían la cena, sin discutir, tan solo dos amigas, un gato, el fuego y unos reconfortantes platos. 

La vida en la Taberna retomaba tranquilidad en los fogones, Teresa manda en la cocina, Adiolinda en el mostrador.

Discuten el menú del día siguiente, los precios, el género, pero al acabar el día, una buena cena, unas jarras y la compañía de la lealtad y la amistad las acompañaba en esos últimos momentos antes de marchar a casa.

El Mono Rojo, en silencio, esperando un nuevo día.

domingo, 7 de junio de 2026

EL ENFADO DE TERESA, (PARTE UNO)

"Pues ¡ea, hijas mías!, no haya desconsuelo cuando la obediencia os trajere empleadas en cosas exteriores; entended que, si es en la cocina, entre los pucheros anda el Señor ayudándoos en lo interior y exterior."

(frases de Fundaciones, 5, 8. De mi amiga Santa Teresa de Jesús)



Teresa llevaba casi ocho años al frente de la cocina de la Taberna del Mono Rojo. Cerca de nueve que había abandonado el convento.

Revolucionó los platos del legendario local. Nadie como ella para sacar partido a un cochino jabalí haciendo un estofado con fama más allá de la comarca. Era la reina de los fogones, y eso no dejaba que nadie lo discutiera, por eso, cuando Adiolinda quiso cambiar los platos del menú, Teresa montó en cólera, dijo que eso bajo su mano, no se haría y amenazó, quitándose el delantal, con marcharse para no volver.

Adiolinda, muy enfadada, la recordó que la Taberna era suya y podría cambiar lo que quisiera, y si no respetaba, ¡¡¡¡a la calle, que aquí sobras!!!!

Teresa dobló despacito su delantal, dejándolo sobre la esquina de una mesa, y comenzó a recoger sus cosas personales. Se marchaba, y le daba igual si la mitad de los clientes también se fueran con ella, que abrió la puerta muy despacio, oliendo los vapores de su guiso de cochino que terminaba de hacerse al fuego lento de la cocina.

Terminó de abrir la puerta, fuera llovía fuerte, pero salió al exterior. Todavía esperó un momento, para ver si Adiolinda reaccionaba, pero Adiolinda, cruzada de brazos, quieta fuera del mostrador, la miraba fijamente sin decir nada, sin hacer nada.

Finalmente, Teresa, con lágrimas en los ojos, que hubiera dicho que eran gotas de la lluvia que caía, comenzó a andar pisando el barrizal en que el camino se había convertido. "No hay marcha atrás", pensó Teresa, siguiendo hacia delante, un paso tras otro.

Teresa se había marchado del Mono Rojo.

Caminó tres días, en los que durmió en graneros solitarios, comió pan duro que quitó a unas gallinas y alguna vez cocinó para algún cortijo a cambió del techo de una noche. Pero nada como el Mono Rojo.

La tercera noche, en una taberna de la ruta le pusieron un plato de estofado. Le falta un poco de tiempo y le falta también Amor, mucho Amor, dijo Teresa recogiendo su mesa, para más tarde meter las pocas cosas que había sacado en su bolsa de viaje, aunque esta vez para realizar el camino de vuelta.

Teresa llegó al Mono Rojo, empujando sus puertas. Adiolinda limpiando el mostrador. La gata, Crisis,  solitaria y dormida en su sitio, fuera de la cocina.

"El caldo se estropeó", dijo Adiolinda, señalando la cocina con el fuego apagado.

Teresa, sin decir nada, encendió de nuevo el fogón, empezando de nuevo a cocinar ese caldo que tanta fama la dió.

Crisis se restregaba por una de las piernas de Teresa, asegurándose que era real, para después volverse de un dalto al sitio donde  dormía casi durante todo el día.

Empecemos pues, dijo Teresa, poniéndose de nuevo el delantal.

Al poco, entró en la cocina Adiolinda, que diciendo...


sábado, 6 de junio de 2026

LA MADRE DE DON TOMÁS

Mereces un amor que te quiera despeinada,

incluso con las razones que te levantan de prisa

y con todo y los demonios que no te dejan dormir.

Mereces un amor que te haga sentir segura,

que pueda comerse al mundo si camina de tu mano,

que sienta que tus abrazos van perfectos con su piel.

Mereces un amor que quiera bailar contigo,

que visite el paraíso cada vez que ve tus ojos

y que no se aburra nunca de leer tus expresiones.

Mereces un amor que te escuche cuando cantas,

que te apoye en tus ridículos,

que respete que eres libre,

que te acompañe en tu vuelo,

que no le asuste caer.

Mereces un amor que se lleve las mentiras,

que te traiga la ilusión,

y la poesía.

(Poema de mi amiga Frida Kahlo)



La Taberna estaba aquella mañana como siempre, olor a ron barato, a madera y a la ginebra con la que limpiaba la barra Adiolinda para desinfectarla y sacarla ese brillo que la madera tenía en el usado mostrador.

Las puertas de Mono Rojo se abrieron como dubitativas, sin decisión, como si el que entraba no supiera si hacerlo o no. 

Entró un joven de unos cuarenta años, moreno de pelo y bien presentado. Vestido correctamente, zapatos brillantes y una indecisión en su mirada que hizo que Adiolinda dejara lo que estaba haciendo para dirigirse a él, aunque sin hacer caso de la tabernera, desparramó la vista por todo el local deteniéndola en la mesa donde Rosa, la vieja prostituta, estaba sentada esperando tomarse la primera jarra del día.

¿Eres Rosa?, preguntó el elegante visitante. Rosa le miró como con miedo, y pensó antes de contestar, cuarenta años vendiendo noches para poder pagar el pan de lejos que habrá comido y ahora viene ese pan hasta donde estoy preguntando por mi.

Quizás sea Rosa, contestó la mujer manteniendo una indiferencia que era solo fachada para ocultar la zozobra que por dentro sentía como la iba amenazando, o no lo sea, depende para lo que se la busque, aunque esos ojos y esos rictus en el rostro ya la dijeron a quien tenía delante 

¿Vienes a juzgarme, a verme y a comer, o a qué vienes hasta aquí?

Quiero conocer a la mujer que me abandonó, que nunca fue a verme y a la que no conozco más que por unas fotografías que me enseñó hace tiempo la abuela, dijo sentándose enfrente de ella, a su mesa, desde donde pidió dos platos de estofado y un par de jarras de cerveza.

No hubo abrazos, ni un te quiero, nada, solo dos personas mirándose mientras comían y el resto de la Taberna haciendo como que no miraban.

Crecí sabiendo de tu existencia, dijo Tomás, que así se llamaba el visitante, y he venido a conocerte y preguntar si te dolió abandonarme y no verme nunca.

Dolió, y mucho, contestó Rosa, que agarrando su mano y apretándola, dijo, ahora que estás aquí, duele menos.

No fueron a ningún lado, siguieron sentados a la mesa hasta que el Mono Rojo cerró, y luego Tomás volvió al día siguiente, y al otro, y al otro.

La historia se fue tejiendo entre ambos. Tomás tardó cuarenta años en decidirse, y solo cuando abrió su bufete y estaba todo en orden le tocó el tiempo de ordenar también su vida y conocer a su madre, de quien la abuela dijo que había muerto en el parto, incluso la enterraron, en un ataúd vacío y una sepultura hueca, donde cada año la abuela le llevaba a poner flores aunque él sabía de su madre al haber encontrado la caja donde la Abu guardaba esas cartas mal escritas que cada cierto tiempo Rosa escribía, en la última, recibida ya hacía diez años, justo cuando murió la abuela, la vieja prostituta escribía: " si algún día decides venir, ven a un lugar único, donde la gente es leyenda y el ron barato y malo, pero sus parroquianos cuentan historias mientras los demás escuchan en silencio y cierran hombros acogiendo a los suyos. Pregunta por la Taberna del Mono Rojo".

No borraron ningún pasado, no lo necesitaban, solo decidieron que el futuro trataba de dos sillas entorno a una mesa, Tomás, el abogado y Rosa, su madre, la vieja prostituta.

Casi toda la localidad pasó por la Taberna, picados por la curiosidad de ver al hijo de la Rosa, y un día, un viejo buhonero jubilado le gritó al abogado, ¿ Y ahora que la conoces no te da vergüenza al ver de quién eres hijo?

Rosa fue a saltar, pero Tomás la sujetó suavemente de la mano mientras Vega y la Maruxaina ya se habían puesto de pié para actuar si hacía falta, pero no lo hizo. Tomás sacó unos billetes y dirigiéndose a Adiolinda la dijo, cóbrame todo, lo nuestro y lo que dijo ése de mi madre, yo pago lo que digan de ella.

Nadie más volvió nunca a dirigirse así a Tomás, ayudado encima porque Adiolinda echó de la Taberna al viejo liante.

Nunca más volvieron a decir "la vieja prostituta", todo el mundo decía ahora, la madre de don Tomás, que había dejado sobre la barra unas tarjetas de su bufete por si algún parroquiano necesitaba defensa gratuita.

En la tarjeta se podía leer:

Tomás De la Rosa

Abogado

(Algunos apellidos se eligen, no se heredan, y Tomás eligió)


viernes, 5 de junio de 2026

CAZADORES DE SIRENAS

Tengo la convicción de que no existes

y sin embargo te oigo cada noche

te invento a veces con mi vanidad

o mi desolación o mi modorra

del infinito mar viene su asombro

lo escucho como un salmo y pese a todo

tan convencido estoy de que no existes

que te aguardo en mi sueño para luego.

(Poema de mi amigo Mario Benedetti )


Era casi la hora de cerrar. Teresa estaba terminando de limpiar la cocina. Vega guardaba en sus fundas los diversos instrumentos que había tocado esa noche. Adiolinda hacía caja y la Maruxaina se preparaba para llevar al Cipri a casa.

Entonces se abrieron las puertas violentamente. Entraron tres individuos, vestidos con capas negras, sombreros del mismo color y de ala ancha portando arpones afilados con dibujos de runas celtas.

Tiraron con desdén un fajo de billetes a la barra, y el que se suponía el jefe, avisó, venimos en busca de la Maruxaina, que al parecer para por aquí muy a menudo.

Los pocos parroquianos que quedaban, apurando sus consumiciones para marcharse, callaron inmediatamente, aunque ninguno miró hacia donde la sirena debiera estar con el Cipri. La Maruxaina no era una más, era una de las mosqueteras y en numerosas ocasiones había salido en defensa de los habituales de la Taberna y de sus compañeras. Nadie la descubriría mirando hacia ella, es más, la mayoría miraron a la puerta de entrada como diciendo, ya se fué.

Adiolinda dejó de hacer caja y acercándose a los tres cazadores de sirenas les distrajo lo suficiente para que, la Maruxaina cambiara su aspecto presentándose como una mujer alta, de pelo canoso, largo, de uñas cuidadas, bien vestida y tacones.

Bajó así la escalera a la que nadie la había visto subir, y dirigiéndose a los cazadores, les espetó un ¿Que pasa, muchachos, a quien buscan?

Al verla, los cazadores se armaron con los arpones pero inmediatamente la luz se apagó completamente en el local, quedando todo a oscuras y siendo imposible ver nada ni a nadie. Si hubiera sido posible, se hubiera visto a Vega junto a los automáticos de la red eléctrica bajando el interruptor general, pero nadie pensó en eso.

Acto seguido, con todo a oscuras, un alarido agudo, unas notas muy altas, resonaron en un Mono Rojo donde los parroquianos sabían, se apaga la luz completamente, tápate enseguida los oídos.

Al volver la luz, la Maruxaina y el Cipri ya no estaban, y los tres cazadores de capas negras dejaron de oír cualquier ruido, cualquier palabra, estaban sordos, o como dijo después una Teresa aliviada, sordos pero vivos.

En la barra, escrito con sal, volveré a la próxima luna llena.

Como pudieron, sin oír nada, los tres cazadores de sirenas abandonaron la Taberna prometiendo volver a la siguiente luna llena, promesa que cumplieron, aunque ya sin arpones, aunque si con una jaula, labrada sus hierros con una serie de nudos de sirena que no dejaría escapar a quien desgraciadamente entrara en dicha jaula.

Venimos a por Maruxaina, no para llevárnosla, sino para hacer un trato. Ella nos devuelve el sonido y nosotros nos vamos.

De nuevo, la alta sirena de cabellos canosos llegó hasta ellos, y tocando a uno, todos, los tres, volvieron a escuchar el ruido de las olas, el murmullo de la Taberna y la intención de los cazadores de que, a la primera oportunidad, cogerían a la Maruxaina y ya no la soltarían.

La sirena sospechaba eso, y les dijo muy cerquita del oído del Jefe, si no os vais, el regreso del sonido se marchará, volviendo vosotros a la sordera total, así que, en marcha, fuera.

Se despidieron de ella, de Adiolinda y de Teresa mirando luego mucho a Vega, aunque ella, cerrando las fundas de las guitarras se hacía la inocente chavala que no se entera de nada, aunque en voz muy baja dijo, las deudas a una sirena siempre se pagan con un alto interés, y efectivamente, al llegar a sus casas los cazadores, el hechizo de la Maruxaina, caducó, dejando a los cazadores sin oído para siempre.

Ahora, los tres piden limosnas para subsistir y recuerdan el día que quisieron engañar a la Princesa de todas las sirenas. Dita sea!!!


jueves, 4 de junio de 2026

LAS BROMAS DE PEPEFEL


Pasamos por el mundo sin darnos cuenta,

sin verlo,

como si no estuviera allí o no fuéramos parte

infinitesimal de todo esto.

No sabemos los nombres de las flores,

ignoramos los puntos cardinales

y las constelaciones que allá arriba

ven con pena o con burla lo que nos pasa.


Por esa misma causa nos reímos del arte

que no es a fin de cuentas sino atención enfocada.

No deseo ver el mundo, le contestamos.

Quiero gozar la vida sin enterarme,

pasarla bien como la pasan las ostras,

antes de que las guarden en su sepulcro de hielo.


(Poema de mi amigo José Emilio Pacheco)


Era un día a mediados del mes de mayo. El calor era sofocante y Adiolinda no paraba de tirar jarras de cerveza en la Taberna, que estaba a rebosar de parroquianos y clientes.

Pepefel abrió de una patada las puertas de entrada. No pudo de otra manera, pues cargaba un saco de arpillera grande, chorreando agua de mar y que tiró enmedio del Mono Rojo, abriéndose y saliendo centollas que empezaron a moverse por el local.

La Maruxaina, enfadada, le grita a Pepefel, ¿Tú estás tonto?, estamos en mayo, donde está la R en mayo. Centollas en mayo, cuando están con las puestas, definitivamente estás tonto!!!

Las cogí al lado del puerto, había muchas, dijo Pepefel.

Pues ya las estás cogiendo y te las llevas donde las has cogido y las sueltas, criminal, que están cargaditas de huevas. Vamos, vamos, recógelas!!!!! Dijo la sirena mientras Teresa y Adiolinda se reían a carcajadas.

A los pocos días, Pepefel volvió cargado a la Taberna, está vez con una nevera de camping de color azul.

La Maruxaina nada más verle se levantó y le dijo, seguimos sin R, como sea marisco te lo comes, Pepefel, te lo comes crudo y con cáscara.

No es marisco, es un pulpo, dijo el parroquiano, un pulpo de septiembre, que tiene R, pero lo cogí ahora porque es prematuro y nació antes de su fecha, provocando las risas de Vega.

Mientras, el pulpo decide que la nevera no le gusta, y sacando primero una pata y detrás de ella todo él, se escapa de la nevera tirando una fila de vasos de caña, y continúa desplazándose por la barra, hasta llegar al borde, de donde se tira al suelo y empieza a reptar hacia la puerta.

El pulpo tiene más inteligencia que tu, Pepefel, el pulpo sin R sabe a suela de zapatilla vieja.

Coge a tu mascota y llévatela de aquí.

Pepefel recoge el pulpo, lo vuelve a meter en la neverita y se marcha gruñendo por lo bajo. Esta Merlucita de la Maruxaina la tiene tomada conmigo, joder.

A los dos días, Pepefel entra en la taberna con una caja grande isotérmica. La Maruxaina se levanta de golpe y abre la caja: ¿OSTRAS, OSTRAS EN MAYO. Y LA R?

Pepefel dice, estás están buenas, porque son ostras que me tendrían que haber traído los Reyes Magos, son tres, tres R y encima vienen de Oriente, otra R.

Si, dijo la sirena, R de retrasado. Vega ya se sujetaba la tripa de la risa, que acompañaba a la de Adiolinda y Teresa, mientras el enfado de la Maruxaina subía en grados ante las carcajadas de la Taberna.

No puedes coger ostras en mayo, Pepefel, ni ostras, ni centollas, ni pulpo, NI NAAADAAAAA!!! gritó la Maruxaina, ¡¡¡NADAAAAA!!! 

En ese momento entra un inspector de sanidad, que viendo las ostras dice, en mayo, ostras en mayo, tres mil euros de multa, dijo mirando a la Maruxaina y a Pepefel, pero...pero un momento...si es un plato de vuestra boda no hay multa.

Maruxaina, cásate conmigo, son tres mil euros de multa, suplicó Pepefel.

La Maruxaina se le quedó mirando y dijo muy seria, ¿Que me case contigo para evitarte una multa? tirándole una ostra a la cabeza, cásate con tu pulpo prematuro y déjame en paz, coño, DE JA ME EN PAAAAZ!!!!

El inspector, que conocía lo buenazo y bromista que era Pepefel, dejó una multa de cincuenta euros, requisó todas las ostras, incluida la que la sirena tiró a la cabeza de Pepefel e invitó a ostras a toda la Taberna del Mono Rojo, donde la risas y carcajadas de Pepefel, Vega y Teresa al recordar las caras de la Maruxaina enfadada contagiaban hasta a la misma sirena que terminó uniéndose a ellos.


martes, 2 de junio de 2026

NUDO MARINERO (PARTE DOS)

Dicen que hay toros azules

en la primavera del mar.

El sol es el caporal

y las mantillas las nubes,

que las mueve el temporal.

Dicen que hay toros azules

en la primavera del mar.

Háblame del mar, marinero.

Dime lo que dicen de él.

Desde mi ventana

no puedo yo verlo.

p>Desde mi ventana

el mar no se ve.

Háblame del mar, marinero.

Cuéntame que sientes

allí, junto a él.

Desde mi ventana

no puedo saberlo,

desde mi ventana

el mar no se ve.

Dicen que el barco navega

enamorado del mar.

Buscando sierenas va,

buscando sirenas nuevas

que le canten al pasar/p>

Dicen que el barco navega

enamorado del mar.

Háblame del mar, marinero,

háblame del mar, háblame.

(Poema de amigo Rafael Albertí)


Teresa tardó ese día en dar de comer a los parroquianos que esperaban hacerlo, y estuvo aún un buen rato mirando como y que hacía Mojilinsky al ver la cancela de hierro, a la que abrió utilizando la llave que le había entregado Adiolinda por encargo del Forastero Quizás.

La puerta lloró al abrirse, quejándose todos los goznes sedientos de alguna gota de grasa que aliviara la aridez de sus bisagras oxidadas por el paso del tiempo.

Entró en el sótano oculto y un fuerte olor a cerrado y a humedad le invadió sus papilas olfativas, mientras, al tiempo, el ambiente se llenó de voces, de gritos y risas infantiles, de llantos, de enfados grandes, de promesas que nunca se cumplieron, de amores susurrados y despedidas dolorosas. Todos los recuerdos por los que alguien pagó por no cargarlo más en su mochila y dejaron dentro de un frasco taponado y con un hilo de niebla en su interior.

Había miles de frascos de vidrio conservados en el sótano oculto de la Taberna, miles de recuerdos conservados. Los miraba asombrado cuando, a su espalda una voz, " Te dije que no vinieras, Mojilinsky" sonó con la voz del Forastero Quizás, pero al girarse no vió al poeta del Mono Rojo, solo un frasco roto a sus pies y del hilo de nieve, ese recuerdo del Forastero, que no quiso cargar, se liberó buscando a quien unirse.

También vió un frasco que enseguida reconoció por lo negro que estaba, era su frasco, en el que había guardado el recuerdo del que quiso olvidarse años atrás, 

Lo abrió y una voz de mujer le decía, Mojilinsky, vuelve a casa. Entonces recordó, su mujer, su llanto queriendo impedir su marcha, y él, mucho más joven, diciendo yo regresaré, en cuanto haya visto lo que hay que ver, yo regresaré.

De nuevo escuchó la voz del Forastero Quizás, pero está vez no un recuerdo, el verdadero y real Forastero, desde las afueras del sótano, de pié, le decía, llegas tarde, Mojilinsky.

No se había marchado definitivamente, había regresado, no a la Taberna, si a los alrededores, donde esperó al anticuario.

¿Ahora, regresarás a casa, Mojilinsky, o seguiremos de taberna en taberna, viajando sin recuerdos?

Teresa, escondida en unos arbustos, les vió abrazarse y como Mojilinsky tiraba camino del Sur mientras el Forastero Quizás reemprendía el del Norte, pero justo hasta la puerta de la Taberna, de donde salió Adiolinda dándole un fuerte abrazo.

En la mesa, el nudo marinero se empezó a deshacer. Promesa cumplida.

lunes, 1 de junio de 2026

NUDO MARINERO (PARTE UNO)

Es mediodía. Un parque.

Invierno. Blancas sendas;

simétricos montículos

y ramas esqueléticas.

Bajo el invernadero,

naranjos en maceta,

y en su tonel, pintado

de verde, la palmera.

Un viejecillo dice,

para su capa vieja:

«¡El sol, esta hermosura

de sol!…» Los niños juegan.

El agua de la fuente

resbala, corre y sueña

lamiendo, casi muda,

la verdinosa piedra.

(Poema de mi amigo Antonio Machado)



Mojilinsky, el viejo anticuario peregrino, empujó las puertas de la Taberna cuando los pasos de Forastero Quizás igual se escuchaban todavía  calle abajo.

El Mono Rojo quedó en silencio. Adiolinda y el resto de parroquianos reconocieron los pantalones vaqueros a media pierna, el chaleco sobre la camisa negra y la gorra marinera con la que siempre cubría su cabeza el anticuario.

Dando un golpe con el bastón de madera negra al suelo, preguntó, ¿Una silla que no haga demasiadas preguntas y un tazón de caldo habrá para este viejo y cansado peregrino? dejando un billete sobre la barra, que enseguida recogió y guardó Adiolinda para empujar después un humeante tazón de caldo espeso hecho esa mañana por Teresa.

El anticuario comió en silencio en la mesa donde antes había estado Forastero, mirando fijamente su silla, donde encontró, dentro de una de las estacas que la adornaban un antiguo anillo de madera labrada, que cogió guardándoselo en un bolsillo del chaleco, dejando a su vez un nudo marinero hecho en un trozo pequeño de cuerda que simbolizaba una promesa rota y no cumplida en el argot internacional de los puertos de mar.

Salió Mojilinsky del Mono Rojo pero no marchó lejos, se sentó en unos escalones de piedra que bordean una pequeña placita enfrente de la legendaria Taberna, donde se puso a mirar el anillo de madera que encontró en la silla donde Forastero habitualmente se sentaba cuando iba al Mono Rojo.

Al poco salió a la calle Adiolinda, la tabernera, que dirigiéndose con una vieja llave de hierro a donde se sentaba Mojilinsky, tendiéndosela y diciendo,  "Forastero me dijo que si venías es que ya sabrías y que te diera está llave. Abre la puerta de hierro del sótano oculto a la espalda de la Taberna. Tú sabrás que hacer, dijo Forastero".

Guardándose la llave, Mojilinsky la preguntó, ¿Forastero, fue hacia el norte o hacia el sur?

- No lo sé, pero Forastero siempre apuntaba al sur.

El anticuario, levantándose se puso la gorra sobre la cabeza y guardando el anillo y la llave, comenzó a caminar hacia la parte trasera del edificio de la Taberna, hacia la vieja y oxidada cancela de hierro de la parte oculta del sótano.

¡¡¡Teresa!!!  ¡¡¡Deja de cotillear, coño, hay gente esperando para comer!!!

- ¡¡¡Voy, Adiolinda, voy. Ni descansar puede una, jolines!!!