La soledad es como la lluvia,
que sube del mar y avanza hacia la noche.
De llanuras lejanas y perdidas
sube hasta el cielo, que siempre la recoge.
Y sólo desde el cielo cae en la ciudad.
Es como una lluvia en horas indecisas
cuando todas las sendas apuntan hacia el día
y cuando los cuerpos, que no encontraron nada,
se apartan unos de otros, defraudados y tristes;
y cuando los seres que mutuamente se odian
deben dormir juntos en una misma cama.
Entonces la soledad se marcha con los ríos…
(Poema de mi amigo Rainer María Rilke, escrito en París, 21-9-1902)
Hoy os voy a contar el milagro que sucedió en la Taberna cuando la pandemia de ese traidor virus que sumió a la ciudad, al país, en la soledad más absoluta.
Cerró todo en la localidad, tan solo las tiendas de alimentación, supermercados, gasolineras y farmacias permanecieron abiertas, bueno, ellas y el Mono Rojo.
En la Taberna, cuando dieron la Orden de confinamiento, el Cipri cerró sus puertas...y abrió la trampilla del sótano que daba a la calle.
Doce escalones grandes y una pequeña rampa, separaba la realidad diaria de la ilusión y la magia del Mono Rojo.
Doce escalones de piedra para reencontrarte con el olor a madera vieja, a ron barato y al sonido continuo del motor de las neveras. Doce escalones para encontrarte en compañía, porque como decía el Cipri, si no podemos cuidar el aire de fuera, cuidaremos éste, invitando a todos, nada más entrar a un chupito de ron cubano que le traían los barcos del estraperlo y que dicen que mataba al virus.
En esos días, el Cipri no cobraba dinero, no quería por si en él estaba camuflado el traidor culpable de tanta gente enferma y tanta gente muriendo, el virus. Si no contabas una historia para compartir distrayendo al personal, te apuntaba las consumiciones en una libreta que pagarías después, cuando todo pasará, con el detalle de que si morías, el Cipri pagaba tú deuda, pues todo el mundo conoce que el Cipri nunca cobraría a un muerto.
En el Mono Rojo hubo siempre normas no escritas que con la pandemia aumentaron, por ejemplo, nunca se podía hablar de números, lo que los poetas y el Forastero Quizás aplaudieron a rabiar, ni de muertos, ni de casos, ni de estadísticas, ni de días qué llevaba el confinamiento. Nada de números, nunca.
Todos debían alguna vez traer alguna historia, como el parroquiano que no tenía ninguna y nos contaba chistes de la dictadura. O la señora Luisa, que nos contó como conoció a su marido, hace ahora cuarenta y ocho años, en el interior de un camión de mudanzas.
Hasta que una noche bajó los escalones una chica joven, temblorosa, indecisa, con guantes, mascarilla y unos ojos cansados con bolsas pronunciadas en los pápados inferiores, que dejándose caer en una silla nos dijo, soy enfermera en la residencia de al lado. Me he escapado un rato, no puedo hoy con mucho más, estoy muy cansada, arriba se mueren solos, al menos, aquí abajo, si morís, que no lo sé, lo haceis acompañados. Os he visto bajar durante varios días por la trampilla, y un vigilante me dijo que es la provisional entrada a la Taberna del Mono Rojo, que él entraba a veces y que yo lo hiciera, que en la Taberna sería bienvenida y aceptada.
Cipri no dijo nada, la sonrió y la puso delante el chupito de ron cubano.
Esa noche, catorce parroquianos escucharon la historia de un anciano, muy enfermo, que la pidió a la enfermera que le describiera el mar, que nunca lo había visto. La enfermera tampoco lo vió nunca, pero intentaba contarle como ella creía que era. Catorce voces, una tras otra, la contaron a Almudena, que así se llamaba la enfermera, cómo era el mar, sus experiencias entre sus marejadas y sus alegrías al llegar a puerto. Incluso Rosa, la vieja prostituta la dijo - cariño, y si quieres saber de los hombres de la mar, yo te pongo al día - provocando las risas de los catorce parroquianos.
Cuando se levantó el confinamiento, la Taberna volvió a abrir arriba, las puertas de siempre, y el Cipri cerró la trampilla. Nadie dijo nunca nada de la actividad a través del sótano, nunca se enteró la autoridad. Pagaron sus cuentas, dejando en la barra del sótano, unos una piedra, otros una medalla o una estampita, una fotografía, un botón, algo propio, y entre los objetos, trece marcas hechas con el filo de una pequeña navaja, trece marcas, una por cada día que la enfermera encontró como continuar su trabajo gracias al Mono Rojo y su gente.
Ninguno de los clandestinos parroquianos de la Taberna falleció durante la pandemia. Bendito sótano.






