Eh, célebre Odiseo, gloria insigne de los aqueos!
Acércate y detén la nave para que oigas nuestra voz.
Nadie ha pasado en su negro bajel sin que oyera la suave voz
que fluye de nuestra boca; sino que se van todos
después de recrearse con ella, sabiendo más que antes;
pues sabemos cuántas fatigas padecieron en la vasta Troya
argivos y teucros, por la voluntad de los dioses,
y conocemos también todo cuanto ocurre en la fértil tierra.
(Fragmento de la Odisea, atribuida a mi amigo Homero)
Era un día normal en la taberna. No podía dormir y fuí a desayunar al Mono Rojo y cuando Adiolinda me estaba poniendo el café, sucedió todo.
Dando unos estridentes gritos incomprensibles, quizás más parecidos a los del pez más pequeño pero el que más alto emite chirridos de alta frecuencia escuchados desde grandes distancias, Maruxaina subió sobre la barra de un gran salto empezando a despojarse de la ropa que llevaba puesta y que se arrancaba, desgarrándola, como si fueran prendas de papel.
Adiolinda, avisada de que algo así, algún día, podía suceder, comenzó a echar de la taberna a los pocos clientes que a esa hora desayunaban en la tasca.
Tú te quedas, que eres uno de sus amigos, por si tienes que ayudar, pero ahora quédate sentado y ni hables ni te muevas, me dijo la tabernera mientras cerraba las puertas de entrada.
La Maruxaina continuaba con esos chirridos y parecía que dos aberturas se le habían producido a ambos lados de la garganta, por donde parecía salir la aguda estridencia que lanzaba al aire mientras sus piernas, juntas, parecían fundirse en una y un extraño eccema empezaba a cubrírselas mientras se veía obligada a sentarse sobre la barra.
Al tiempo, al abrir su boca vimos como los perfectos dientes se habían transformado en dos filas de afiladas sierras puntiagudas y las pequeñas orejas que tanto le gustaban al Cipri empequeñecían más aún estando en un tris de desaparecer.
En el ambiente, un conocido olor a alta mar, a algas y cangrejos, almejas y lapas en la roca.
En ese momento, Teresa, sin perder la compostura y arriesgándose a un mordisco de la Maruxaina que le lanzó un dentellazo que, Teresa, avisada, se esperaba y pudo esquivar mientras tiraba un enorme cubo de agua al cuerpo de la Maruxaina y que luego nos enteramos,y había mezclado con bastante sal marina.
Adiolinda quitó de la barra todo con lo que la Maruxaina se hubiera podido lastimar y volvió a decirme que no me moviera viera lo que viera.
En esos momentos, los estridentes chillidos se habían convertido en una hermosa y atrayente canción que me hizo levantarme e intentar acercarme a la bella parroquiana cuando Teresa, cogiéndome de los hombros por detrás me empujó contra la silla al tiempo que Adiolinda me ataba a la misma con una gruesa y fuerte maroma que impedía mis intentos de levantarme.
En la puerta, otros parroquianos golpeaban sus hojas para que les abrieran, sin conseguirlo, dada la gran y robusta puerta de madera que Cipri había mandado construir para la Taberna del Mono Rojo, en la que hasta los cristales de colores eran blindados.
Poco a poco Maruxaina fue bajando en intensidad su desconocida pero sugerente canción hasta que cayó totalmente, pronunciando de vez en cuando algún berrido chiquito y casi inaudible.
Las orejas volvieron a crecer hasta su tamaño de diario, pequeñas, redondeadas, bonitas y en su boca se abría paso su preciosa dentadura mientras la doble sierra parecía que se metía en la mandíbula hasta desaparecer, igual que el eccema de las piernas, que ya volvían a estar separadas.
Teresa sacó una especie de albornoz, pues la Maruxaina estaba completamente desnuda y caída sobre la barra, sollozando y recibiendo el consuelo y el abrazo maternal de la exmonja, que poco después la acompañó junto con el Cipri a su casa, quedándose con ellos.
Adiolinda limpió y colocó todo lo desordenado en la taberna, abrió las puertas y dejando entrar a los clientes, no les respondió a ninguna de sus preguntas y requerimientos.
Al poner la tv en el canal local, daban la noticia de que "Una gran ola provocada por un metanero deja varios heridos graves en la ciudad al lanzarlos y chocar contra las rocas.
Adiolinda y yo nos miramos en silencio. Todo estaba explicado.