Caminas por el campo de Castilla
Y casi no lo ves. Un intrincado
Versículo de Juan es tu cuidado
Y apenas reparaste en la amarilla
Puesta del sol. La vaga luz delira
Y en el confín del Este se dilata
Esa luna de escarnio y de escarlata
Que es acaso el espejo de la ira.
Alzas los ojos y la miras. Una
Memoria de algo que fue tuyo empieza
Y se apaga. La pálida cabeza
Bajas y sigues caminando triste,
Sin recordar el verso que escribiste:
Y su epitafio la sangrienta luna.
(Poema de mi amigo Jorge Luis Borges).
Buenos días, dijo para acto seguido preguntar si estaba el Cipri o si le había ocurrido algo durante los años que estuvo fuera, según comentó.
Se aproximó a la mesa que le indicó la camarera y viendo al Cipri los ojos se le inundaron y alguna lágrima resbaló por una de sus mejillas.
La Maruxaina, que estaba sentada, como siempre, al lado del Cipri, levantándose le preguntó con voz dulce que ocurría y quien era.
Mi nombre es Martín, y soy poeta. Hace muchos años, en esta misma taberna, a la que yo solía venir a escribir mis poemas y mis ideas, el Cipri, entonces mucho más joven pero mayor que yo, y con el que entablé una bonita amistad , me animó a viajar por el mundo escribiendo poemas de mis vivencias por esos desconocidos caminos.
Trabajé en mil cosas, incluso vendí poemas en tabernas parecidas a ésta pero sin su magia, y según conocía mundo, mis poemas fueron fluyendo hasta tener escritos diez libros de poesía y obtener un reconocimiento dentro del mundo literario y cultural.
Todo gracias a este amigo que ahora parece que duerme perdido en una gran cantidad de años y experiencias vividas en el Mono Rojo.
- ¿Y por qué volviste? Preguntó Vega que se había acercado al escuchar hablar al anciano poeta.
Volví para cerrar el círculo, agradecer a mi amigo su gran consejo y acabar aquí, donde empezó, mi carrera literaria. Por eso estoy aquí, porque además, con todas las experiencias vividas, he llegado a la conclusión que gran parte de la magia de esta vieja taberna reside en la palabra, en lo que aquí, desde siempre, los parroquianos confiesan mientras los demás escuchan sin interrumpir. Eso solo lo viví aquí, y yo era parte de ello. Quiero volver a serlo.
Desde esa presentación, Martín volvió cada día a la taberna. Ya casi no escribía, pero se sentaba en la mesa con otros veteranos parroquianos y nos contaba historias que le ocurrieron en la India, en la misteriosa
China, en la América profunda mientras recorría la ruta 66 en compañía de una banda de moteros, en los mil sitios y lugares que visitó y en los que vivió buscándose la vida, como le había dicho el Cipri.
Un día, Martín no vino, y aunque alguno preguntó por él, no le dimos mayor importancia hasta que al día siguiente alguien, no recuerdo quién, trajo un periódico donde a media página se podía leer, el gran poeta español, Martín Preciado, premio nacional de literatura y autor de más de diez libros y ganador de varios premios internacionales de poesía, falleció ayer repentinamente en la pensión en la que residía desde que regresó a la patria después de más de cuarenta años en el extranjero.
Una fotografía suya, antigua, donde posa con el Cipri, jóvenes ambos, en una taberna del Mono Rojo no tan distinta de la de ahora, celebra su paso por la tasca desde una de las paredes del salón.
Debajo, un letrero, "gran parte de la magia del Mono Rojo reside en la palabra, (frase de Martín Preciado, parroquiano de esta Taberna.)" que Vega se empeñó en resaltar como homenaje a tan leal amigo.