Es una necedad que vivo triste
Y que el recuerdo me corroe.
Visito a la memoria pocas veces
Y siempre me confunde.
Cuando al sótano voy con la linterna,
De nuevo creo oír el sordo alud
Que retumba por la escalera estrecha.
Humea la linterna, no puedo regresar,
Y sé que voy directa al enemigo.
Y pido gracia… Pero allí
Todo está oscuro y en silencio. ¡Mi fiesta ha terminado!
Treinta años hace ya que despidieron a las damas,
El calavera aquél murió de viejo…
Pues he llegado tarde. ¡Qué más da!
No puedo aparecer en parte alguna.
Mas toco la pintura de los muros
Y me caliento junto al fuego. ¡Qué milagro!
A través de este moho, tufo y putrefacción
Han brillado dos verdes esmeraldas.
Y un gato ha maullado. ¡Vámonos a casa!
¿Mas dónde está mi casa y dónde mi razón?
(Poema de mi amiga Anna Ajmátova)
A veces, a quien lo pide, Adiolinda deja bajar al sótano oscuro cuya trampilla está detrás de la del sótano general.
Casi nadie pide bajar al sótano oscuro. Ninguno de los que regresaron contaron nada, pero por el color de su rostro, algo no muy bueno ocurría durante los diez minutos que se podía estar ahí, como máximo, menos no, más, tampoco.
Adiolinda te deja bajar, pero si al llegar al tercer escalón, el olor a humedad, a tierra mojada, a metal oxidado y a ron agrio, te agobian y quieres volver a subir, Adiolinda te lo permite. Si lo quieres hacer estando en el séptimo escalón, ya no puedes regresar, has de pasar los diez minutos en el sótano oscuro, salvo que quieras que le oscuridad del sótano te persiga eternamente.
El tiempo lo mide un viejo reloj de arena de madera, al final de la escalera y que gira solo.
Durante los dos primeros minutos de oscuridad, solo se escucha tu fuerte y asustada respiración. El olor ha cambiado y ahora huele a bodega de barco, a mar, a naufragio y la oscuridad total te mantiene alerta.
Del minuto tres al cinco vuelve lo que enterraste, el peso de esa vez que debiste decir no y no lo hiciste, el frío de la mano de una traición con la que abandonaste a quien te comprendió, el chasquido seco del cerrojo de una puerta que cerraste en vez de dejarla abierta. El ruido de las páginas de un libro que nunca escribiste y del que se conserva solo el título, y cosas así que enterraste sin morir porque dolía menos fingir que no existían.
Del minuto seis al ocho el frío es intenso, tanto que te hace sudar de miedo. La oscuridad ha engordado y metiéndose por tus poros te ha invadido y notas tristeza en el alma, tristeza y miedo al reconocerlo.
Quieres salir, golpeas la puerta fuera de tiempo, desesperado, pero nadie abre. Te sientas en un escalón y dejas, rendido, que tú parte oscura se funda con el sótano. Te ves malo y vacío de positividad, un ser oscuro que nunca volverá a ver algo de luz.
Te empiezas a tranquilizar y si te pudieras ver en ese momento verías la sonrisa torcida que cruza tu cara mientras tus ojos permanecen apagados, muertos.
De golpe, la oscuridad deja de empujarte. Estás tranquilo.
Del minuto nueve al diez, el peso de lo que cargabas disminuye. No tienes respuestas, el sótano oscuro no las da, pero si te sientes más liviano, tus muertos, aquellos que enterraste estando vivos pesan menos en la mochila, ya casi murieron, les queda el empujón final que tendrás que darlo tu en el mundo de fuera.
El reloj de arena ha parado, la puerta, en lo alto de la escalera se abre sola y tú asciendes. Nadie, ni Adiolinda, te espera. Ningún ritual, ninguna música apocalíptica, nada, solo el olor a fritanga y la luz de la Taberna. No te has vuelto loco ni has visto fantasmas. Estás incómodo porque saliste sabiendo lo que no conocías de tí. Aún no lo sabes, pero ese conocimiento será el que impida te sigas tropezando con tu propia sombra. Ya no puedes mentirte, ahora sabes, pero no es cierto que eso te haga libre. Más liviano, si, pero no libre, sigues esclavo de ti mismo, pero ahora, lo sabes.






