ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO
LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

lunes, 22 de junio de 2026

EL BAILE DEL PASADO

Musa, la máscara apresta,
ensaya un aire jovial
y goza y ríe en la fiesta
del Carnaval.

Ríe en la danza que gira,
muestra la pierna rosada,
y suene, como una lira,
tu carcajada.

Para volar más ligera
ponte dos hojas de rosa,
como hace tu compañera
la mariposa.

Y que en tu boca risueña,
que se une al alegre coro,
deje la abeja porteña
su miel de oro.

(Fragmento de un poema de mi amigo Rubén Darío)



 

Vega, que se lee, estudia y busca cuanto documento antiguo encuentra sobre la Taberna del Mono Rojo, hace meses dió con uno, muy antiguo, en el que se documentaba como la Taberna entera celebraba, bailando, una especie de antiguo rito de cuando entraba en puerto el último ballenero poniendo fin a la temporada. Bailaban ballenato y la Taberna toda era una fiesta en la que participaba la totalidad el barrio.

Con la ayuda de Adiolinda, Teresa y la Maruxaina pusieron manos a la obra y con la colaboración de todos, unos disfrazados, otros bailando, otros, los más, cantando, trajeron hasta la actualidad a este Baile del Pasado que tan gran fiesta creó entre todos.

Todos agarrados por la cintura, unos tras otros, encabezando esa especie de conga el que representaba al Mono Rojo con un látigo en la mano, que usaba suavemente contra ti si te salías de la fila. Era la manera de representar  el ritual de sacar y limpiar los pecadillos cometidos.

Finalmente Vega consiguió recuperar, por un día, esa costumbre antigua en las tabernas de entonces de acabar la jornada con un baile integrador y colectivo que todos esperaban con alegría.

Con las luces amarillentas, tenues, el tipo del acordeón, los disfraces del que quiso, y el corazón unido de todos los parroquianos y habitantes del barrio, consiguieron un regreso al pasado, que no quedó solo en la Taberna al salir por la puerta el primero, el del látigo, seguido por todos los demás, que recorrieron todas las calles del barrio al son de la música haciendo la conga más larga al irse sumando más vecinos a la fila.

De regreso a la Taberna, la canchanchara de Lidia, el ron, la cerveza, todo se acabó en esa fiesta general. La Taberna quedó sucia, con vasos caídos y botellas vacías, pero las caras de los participantes volviendo a casa eran de ilusión y con ganas de repetirlo en otras ocasiones, mientras Teresa, derrumbada en una silla, con una pierna estirada a cada lado, los brazos caídos, entre sonrisa y sonrisa suspiraba fuerte, y Adiolinda, derrumbada en la barra se preguntaba como limpiar todo eso, mientras Vega, abrazada a su guitarra dormía agotada en los sacos de café del almacén y la Maruxaina emitía grititos de sirena satisfecha.


domingo, 21 de junio de 2026

LADRONAS

Tened presente el hambre: recordad su pasado

turbio de capataces que pagaban en plomo.

Aquel jornal al precio de la sangre cobrado,

con yugos en el alma, con golpes en el lomo.


El hambre paseaba sus vacas exprimidas,

sus mujeres resecas, sus devoradas ubres,

sus ávidas quijadas, sus miserables vidas

frente a los comedores y los cuerpos salubres.


Los años de abundancia, la saciedad, la hartura,

eran sólo de aquellos que se llamaban amos.

Para que venga el pan justo a la dentadura

del hambre de los pobres aquí estoy, aquí estamos.


(Fragmento de un poema de mi amigo Miguel Hernández)





Teresa, la cocinera del Mono Rojo se dió cuenta de que esa mañana, las fuentes pinchos de torreznos, croquetas y empanadillas, igual que las tortillas de patata se acababan enseguida, casi nada más ponerlos.

La ex monja, escondida tras la puerta de la cocina vió como dos mujeres, de unos treinta y pocos años, agarraban las tortillas y las fuentes de pinchos y los vertían en un tupper que llevaban escondido dentro de un gigantesco bolso que mantenían entre las piernas,  encima de las rodillas.

Teresa se lo dijo corriendo a Adiolinda, la hija del Cipri y dueña de la Taberna, que acercándose a las dos mujeres, sacó del gran bolso el tupper con la comida robada.

Perdone, dijo una de ellas, llevamos más de  tres días comiendo un arroz blanco, cocido solo con sal, entre nosotras y nuestros hijos. No tenemos dinero y necesitamos llevar algo a casa.

Adiolinda miró a la Maruxaina que se había acercado alarmada, y la sirena solo señaló con la vista dos platos de jamón que Teresa acababa de sacar a la barra, y Adiolinda la entendió, cogiendo los dos platos, los virtió en el viejo tupper de plástico y dijo: " este tupper es muy pequeño, y el hambre parece mucha. Mañana os quiero ver aquí a eso de las ocho de la mañana, en el Mono Rojo siempre sobra pan y algo.

Al día siguiente, ocho de la mañana en la Taberna, Teresa abrió las puertas a las dos mujeres con los niños.

Pasad, poneros estos mandiles , y a pelar patatas hasta que acabéis con el saco, las indicó mientras sentaba a los niños en una de las mesas donde Adiolinda acababa de poner unos tazones de cacao con leche, unas tostadas de pan con tomate y un poco de fruta.

Mientras pelaban las patatas ellas contaron que el padre de los niños salió corriendo de casa y no volvió.

El subsidio mensual, desapareció por no saben que infracción cometida, y el hambre entró en la casa sin poderlo evitar.

Cuando acabaron, Adiolinda les entregó unos tupper nuevos y grandes, llenos del estofado del que Teresa presumía, unos bocadillos de tortilla y en un sobre, unos cuantos billetes de euros.

Si queréis, podéis venir cada tres días para ayudarnos, y mientras, los niños desayunan, luego al colegio.

Y no es caridad. En esta casa nadie come tres días arroz sin nada y el Mono calla. Aquí, os agradecemos esa ayuda que nos prestáis y que tanto necesitamos, dijo por no avergonzarlas.

Los niños, ahora, ayudan a la Maruxaina a poner servilletas en las mesas, y si se cruzan con Teresa, la abrazan. Ya no pasan hambre.


sábado, 20 de junio de 2026

EL CRISTAL GRUESO DE ADIOLINDA

Quizá fue una hecatombe de esperanzas
un derrumbe de algún modo previsto,
ah, pero mi tristeza sólo tuvo un sentido,
todas mis intuiciones se asomaron
para verme sufrir y por cierto me vieron [...]

(Fragmento del poema de Mario Benedetti "La culpa es de uno" )




 
Adiolinda tenía todo lo que dicen hace falta para ser feliz, un padre que, pese al alzheimer la adoraba en los momentos lúcidos, y a veces la joven pensaba que incluso en los otros, por la manera de darla golpecitos cariñosos en su mano; tres buenas amigas, las mosqueteras, que cada día, a su manera, la ayudaban con la Taberna; un trabajo que la ocupaba todo el día; parroquianos que por ella harían cualquier cosa, y se reía bastante, aunque pareciera que cada vez menos.

Pero está noche de junio, Adiolinda se dió cuenta, la risa, las risas, rebotaban en las paredes, en el techo, en el suelo, pero nunca, o muy pocas veces, llegaban a su pecho.

A veces le parecía que iría a encontrarse con su padre, el Cipri, a esos mundos del no ser, ya que la hablaban y ella respondía como ausente, escanciaba sidra y se perdía en el chorro que caía de la botella, la Maruxaina imitaba ruidos para hacerla reír y solo conseguía una triste sonrisa. Teresa inventaba nombres a los parroquianos, algo que siempre divirtió a Adiolinda, pero ahora no le hacía gracia, y Vega intentaba probarla pendientes y anillos que ya no le gustaban. Ella estaba ahí, contestaba, pero sus ganas de vivir habían quedado encerrados entre losas pesadas de cristal que evitaban que nadie entrará y ella pudiera salir. Se sentía sola aún rodeada de gente, de amigos, que no llegaban a ver el agujero porque la mayoría la veía bien.

Curiosamente, su padre, desde el alzheimer, en un momento lúcido, fue el primero en darse cuenta, cuando, poniéndola una mano sobre la suya la dijo, "Princesa, estar solo no es estar sin gente, es estar sin tí. Eso necesita tiempo, se cura despacito".

Todo se desató una noche en la que había estado más de diez minutos limpiando con una balleta el mismo sitio de la barra, hasta que sin darse cuenta, al girarse, con la otra mano tumbó un vaso que rodando cayó al suelo sin romperse.

Chicas, dijo a la Maruxaina, a Vega y a Teresa, no es que no note que ustedes están ahí, las noto y lo sé, es que yo estoy como dentro del vaso este, encerrada por su grueso cristal, y las veo, me río con ustedes, pero enseguida la risa abandona mi pecho. Las oigo hablar, cantar, contar chistes, pero sus palabras me llegan muy bajito, casi no las oigo. Las quiero, pero me supera el grueso cristal.

Vega no dijo nada, tan solo se levantó y se sentó en el suelo apoyando la cabeza en las piernas de Adiolinda mientras con su brazo libre abrazaba sus extremidades inferiores.

Teresa se sentó frente a la tabernera, en una silla frente a ellos, y dándola la mano, dijo, el cristal es frío, muy frío, como el hielo en el parabrisas del coche en invierno.

La Maruxaina, mirando fijamente a Adiolinda, dijo, vale, tú estás encerrada en el vaso. Nosotras no vamos a entrar, el vaso es para tí hasta que quieras romperlo, pero no te dejaremos. Nosotras estamos al otro lado, hablándote, cantándote, y si no te llegan nuestras canciones, te llegarán nuestros intentos.

Adiolinda lloró sorprendida de que la entendieran, que no tuviera que dar más explicaciones. Lloró de alivio, solo tuvo que decir estoy como dentro de este vaso, y las mosqueteras lo entendieron, sin juicios, sin intentar convencerla de nada, ella estaba allí y fuera, al otro lado del cristal, sus amigas, sin preguntas, sin comentarios, solo estaban.

Pasaron meses, y un día, de mañana, entró un abuelo pidiendo un vino como el que le ponía su mujer, que ya no estaba. Adiolinda se lo sirvió y el anciano la dijo, sabe a ella, gracias muchacha.

Algo saltó dentro de ella, un impulso, una chispa, yo que se..., pero algo saltó en su interior...fue quizás  el calor sincero de la frase del abuelo, "sabe a ella, gracias, muchacha".

El calor de esas palabras la llegó al pecho antes de que el cristal lo enfriara, y mirando como el anciano se iba por la puerta, ella se sorprendió repitiendo, sabe a ella, gracias muchacha.abs

Teresa lo oyó sin decir nada, pero al pasar por su lado, la dió en el hombro con la esquina de la bandeja.

Ese golpe rajó el cristal que la secuestraba, sin saberlo.

Hará unos días entró en la Taberna una chica muy joven, que solo dijo, no quiero tomar nada, solo un sitio donde no molestar.

Adiolinda lo reconoció. El terrible y grueso cristal que condena a la soledad, y sin decir nada, sentó a la chica cerca de la chasca y la puso una manta al lado, mientras ella se retiraba unos metros y empezó a barrer despacito, para no molestar. La chica lloró un buen rato, sin hacer ruido. Luego dijo, gracias...por no preguntar!!!

Adiolinda la contestó, no tienes que explicar nada, aquí solo se pide si se quiere hablar. Si no también tienes sitio.

Esa noche, la joven durmió en la Taberna y por la mañana se puso a barrer con Adiolinda, sin hablar, y al tercer día, sin dejar de barrer, dijo muy bajito a Adiolinda, vivo como en un cristal encerrada...

Adiolinda la miró fijamente y dijo, lo sé, yo tambien viví ahí. Se llama soledad, aunque estés rodeada de gente. Se cura despacito.

Hoy, en la Taberna hay un letrero:

AQUÍ NADIE TIENE QUE ESTAR BIEN PARA MERECER UNA SILLA 

viernes, 19 de junio de 2026

LIDIA, LA DE LA CANCHANCHARA

Ay, negra,

si tú supiera!

Anoche te bi pasá

y no quise que me biera.

A é tú le hará como a mí,

que cuando no tube plata

te corrite de bachata,

sin acoddadte de mí.

Sóngoro cosongo, songo bé;

sóngoro cosongo, de mamey;

sóngoro, la negra baila bien;

sóngoro de uno

sóngoro de tre.

Aé,

bengan a be;

aé,

bamo pa be;

bengan, sóngoro cosongo,

sóngoro cosongo de mamey!»

(Poema de Nicolás Guillén)



Las puertas de la Taberna del Mono Rojo se abrieron, dando paso a una sonriente joven, negra, con una jarra grande de barro y un olor a ron, caña, miel y limón que la precedía.

Luego nos enteramos que era cubana, del mismo Santiago, y con su acento meloso casi gritó en la barra frente a Adiolinda, "canchanchara pa remover las almas", depositando la gran jarra de barro cocido en el mostrador.

Todo el mundo calló, pendiente de cómo la cubana llenaba un vaso que Adiolinda le había dejado con esa mezcla de ron, miel y limón al que acompañaron unos hielos cantarines al caer al vidrio.

Ésto no es bebida, dijo Adiolinda, ésto es dos hombres matándose en el interior del vaso.

Inmediatamente todos en la Taberna quisieron probar la canchanchara de la muchacha, que según ella inventaron y tomaban los mambises en el monte y que hizo el milagro, en el Mono Rojo, de que hasta los más reacios a contar sus historias, hablarán en esta ocasión.

Una semana después, las puertas del Mono Rojo volvieron a abrirse, dando paso de nuevo a Lidia, que así se llamaba la santiaguera cubana.

Me han dicho, dijo muy seria, que uno de ustedes, el otro día, uso mi canchanchara para ligar. ¿Quien fue el atrevido, que salga y de la cara?

Lentamente, muy colorado, Pepefel se levantó exclamando, fuí yo, pero no para ligar, sino para conocerte a ti un poco más.

La carcajada de la cubana retumbó por el local diciendo, conocerme más a través de una canchanchara hecha siguiendo la receta de mi abuela allí en Santiago. ¿Y tú, cómo que te llamas tú?

Pepefel, para servirte, morena, en lo que surja y quieras.

De nuevo la carcajada rompió defensas entre ambos y acercándose a Pepefel le dijo, "Ay, pero usted es atrevido, mi amol, muy atrevido, pero bueno, por valiente le enseñaré como hago la bebida, a cambio usted me ayuda"

Y así acabó la noche, Pepefel partiendo limones, los dos bebiendo buenos tragos de canchanchara y al final, Adiolinda cerrando la Taberna con ellos dentro, durmiendo uno apoyado en la otra y viceversa, pringados de miel y limón pero con unas caras sonrientes y felices. Pepefel roncaba.

Así entró, al día siguiente, Lidia a trabajar en el Mono Rojo. Adiolinda la dió un delantal azul, un pañuelo de cabeza rojo para sujetar el intenso pelo de la cubana, y una esquina de la Taberna donde un letrero anunciaba que allí se vendía canchanchara y guarapo para quien no bebiera alcohol.

Desde entonces, si buscabas a Pepefel, lo tenías sentado en un taburete, en la esquina de Lidia la santiaguera, hablando animadamente con ella, saliendo siempre juntos del local cuando éste cerraba puertas, pero eso, eso es otra historia.



jueves, 18 de junio de 2026

SAN JUAN

El poniente impecable en esplendores

quebró a filo de espada las distancias.

Suave como un sauzal está la noche.

Rojos chisporrotean

los remolinos de las bruscas hogueras;

leña sacrificada

que se desangra en altas llamaradas,

bandera viva y ciega travesura.

La sombra es apacible como una lejanía;

hoy las calles recuerdan

que fueron campo un día.

Toda la santa noche la soledad rezando

su rosario de estrellas 

(Poema de mi amigo, Jorge Luis Borges)




Esa noche estaban todos los parroquianos sentados juntos en una mesa, y Vega tomó la palabra como siempre hacía, hablando mientras sus dedos rasgaban suavemente las cuerdas de su guitarra, y comenzó:

Al principio de todo, el Sol estaba enamorado de la Tierra, y no hacía otra cosa que dar vueltas y vueltas a su alrededor, intentando acercarse y declarar su amor.

Todo iba bien, la Tierra se prestaba al juego ese de las vueltas y el Sol se ilusionaba cada vez más, tanto que tuvieron que intervenir los Maestros y recordarle que no podía quedarse eternamente girando sobre la Tierra, pues el peligro constante era que el Universo se rompiera.

La Tierra se quedó algo triste, pues se había acomodado a los giros de el Sol, pero éste, después de mucho pensar encontró la solución, giraría, si, por supuesto, pero haría un giro enorme de grande, tipo elipisis, durante el cual habría momentos lejanos a su amor para regresar de nuevo.

Los humanos, aquí en la Tierra, decidimos ayudar al Sol, de manera que, cuando más lejos estuviera, la Tierra recibiera sus mensajes, y estos serían en forma de hogueras para recordarla que el Sol nunca la abandonaría.

Por eso, la futura noche de san Juan, veréis en cada pueblo, en cada plaza, en cada lugar, una hoguera grande, en la que la Tierra bebe de esos fuegos y recordando a su amor, la noche se convierte en la más corta del año.

En la Taberna ninguno apagamos las llamas del hogaril. De hacerlo sería como si le dijeramos al Sol VETE YA DE UNA VEZ, y no es nuestra intención. Por eso, en el Mono Rojo se dejan consumir las hogueras, y no se sopla ni una vela, por si acaso tuvieran también algo que ver.

Mientras esperamos que se consuma la hoguera, nos gusta salir a ver al Sol acercarse a la Tierra, cada día, y sin romper las leyes astrales del Universo, decirla bajito al oído, guapa, que cada vez eres más guapa y cada día te quiero más.

La Tierra, al escuchar al Sol, se sonroja,  arde de amor y vergüenza. A ese momento de cercanía íntima y coqueta entre el Sol y la Tierra, lo llamamos atardecer y muchos dicen que el Sol se pone, y es cierto, se pone, y no sabéis cómo se pone. La Tierra no se queda atrás, y entre los dos, el espectáculo es maravilloso, dijo Vega terminando su historia recordándonos que la noche del veinticuatro de junio nos espera para hacer la hoguera más grande y con más llama, la hoguera del Mono Rojo.


miércoles, 17 de junio de 2026

RESIGNACIÓN OBLIGADA

No me pidas que recuerde, 

no intentes hacerme entender,

déjame descansar y déjame saber que estás conmigo. 

Besa mi mejilla y toma mi mano. 

Estoy confundido según tu concepto, estoy triste, enfermo y perdido, 

lo único que se es que te necesito, 

que quiero que estés a mi lado. 

No pierdas la paciencia conmigo, 

no reniegues ni maldigas ni llores, 

no puedo hacer nada para cambiar,

no puedo ser diferente aunque llores. Solo recuerda que te necesito,

que lo mejor de mi se ha ido,

no te alejes de mi lado. 

ÁMAME HASTA QUE MI VIDA ACABE

(Poema de Olinda)




El Cipri pide la llave sin hablar, tan solo extiende la mano y la mujer que va con él, dirá sea. No recuerdo su nombre ni quien es, le pone encima la llave de la puerta de la Taberna. Es un ritual que no sabe cuando empezó, pero la puerta la abre él, eso no lo olvida, y al tiempo que la llave encaja entre los dientes de la cerradura, el mundo vuelve a encajar, durante unos segundos, después de desvanece.

No sabe si es domingo o miércoles, ni la hora, por la que pregunta a una mujer que entra a su lado en el local y que no conoce aunque ella le hable, ni sabe cómo se llamaba este sitio que huele a ron barato, ni los años que tiene, que tiene él, claro, y por eso pregunta de nuevo la hora a, debe ser una cliente, mujer que está a su lado, cogiéndolo de un brazo.

Ahora ya se le olvidó leer, ya no sabe que tiene cada botella al no comprender lo escrito en las etiquetas, pero el peso no engaña, sabe que el ron pesa más que el aguardiente pero menos que el orujo. ¿Para que cogí está botella? Se pregunta mientras la vuelve a dejar en la estantería, en otro lugar distinto a donde estaba.

¿Señora, que quiere tomar? ¿Sabe que hora es? Y la Maruxaina, paciente, le contesta que las ocho y pide un café con leche, ante lo que el Cipri se queda quieto, mirándola. ¿Quien será esta señora que viene tan pronto a la Taberna? ¿Pronto? ¿que hora es, señora?

Esa mujer le lleva hasta una mesa y le sienta a su lado.¿Que querrá de mi está señora que no conozco? Y le pone las manos sobre una masa de harina. Eso sí lo reconozco, piensa, mientras una mano presiona la masa y otra la empuja, alternándose. Esto lo sé hacer, aunque no recuerde su nombre ni para que es, pero amasar lo tranquiliza mientras pregunta por la hora a la que se sienta a su lado. ¿ Quien será esta morena alta que se sienta conmigo?

A veces, cuando no amasa, hay un corte, en negro, como si durmiera. Ve pasar gente, ve vasos llenos y otros vacíos, y no sabe dónde está. Me da igual, decide, cerrando los ojos intentando controlar el temblor de sus manos. ¿Como me llamó? No lo recuerdo, es igual, no hablaré nada con nadie, no conozco a nadie. Oiga, señora, ¿Que hora es?

Ve a la gente beber, y en un destello le vuelven las palabras de su padre, "la gente viene a la Taberna no a beber, viene para no olvidar que están vivos".

¿Estaré yo vivo? No lo sé. Cerraré los ojos un rato, y se queda dormido mientras la Maruxaina le prepara el desayuno y las pastillas.

Será la hora del desayuno, pensó después del micro sueño, y que señora más...se me olvidó la palabra...que señora más...nada, no se que decir, quiero dormir pero está mujer se empeña en que me tome ese café. ¿Será mi hija, mi mujer, mi hermana? Ni idea, no sé quién es, mejor no digo nada, tomo el café y duermo un rato que será tarde. Señora, ¿Que hora es?

Abro los ojos. Las paredes me hablan, las mesas me hablan, las sillas me hablan, hasta el bicho ese rojo del letrero me habla, y esta mujer de al lado me mira. ¿Quien será? Su cara me suena, pero mejor no digo nada, ¿Que hora tenemos, oiga?

La mujer me habla, se ríe, ¿Será un chiste nuevo? Me río... no, no me sale, olvidé reirme, ¿Que hago? Cierro los ojos y dejo que el gris o el negro me abracen. Ya no oigo, ya no veo, pero intento pensar y no puedo. Estoy encerrado por dentro. Muros en mi cabeza no me dejan salir. Me siento, me resigno, me duermo.

Adiolinda, tú padre ya se durmió. Hoy está algo alterado. Cuando despierte lo llevo a casa, dijo la Maruxaina, tapándole con la chaqueta.

"Se cree esta señora que no la he oído. Me lleva a casa, ¿que casa? ¿Quien es ésta? Mejor me duermo"


martes, 16 de junio de 2026

NOSTALGIA

Recuérdame cuando haya marchado lejos,

muy lejos, hacia la tierra silenciosa;

cuando mi mano ya no puedas sostener,

ni yo, dudando en partir, quiera todavía permanecer.

Recuérdame cuando no haya más lo cotidiano,

donde me revelabas nuestro futuro planeado:

solo recuérdame, bien lo sabes,

cuando sea tarde para los consuelos, las plegarias.

Y aunque debas olvidarme por un momento

para luego recordarme, no lo lamentes:

pues la oscuridad y la corrupción dejan

un vestigio de los pensamientos que tuve:

es mejor que me olvides y sonrías

a que debas recordarme en la tristeza.

(Poema de mi amiga Christina Rossetti)





Cada vez que alguien abría la puerta del Mono Rojo y el viento del norte empujaba olores a salitres y algas, la mirada de la Maruxaina se iba hacia la calle mientras la mente evocaba recuerdos de otros tiempos en el silencio del fondo. No un silencio vacío y desprovisto de vida, sino un silencio lleno con los cánticos de las ballenas en la lejanía, la fuerza de las corrientes marinas, el baile estático de las anémonas y el color de la luna dispersándose en el gran azul marino.

Echa de menos la presión de millones de litros de agua salada a su espalda, el no dar explicaciones sobre las escamas detrás de las orejas, el no tener que explicar quién era. Echa de menos al océano y sus profundidades. Su casa.

A veces, cuando deja al Cipri profundamente dormido en casa, baja hasta el puerto, desciende los escalones del muelle de pescadores y en el más cercano al agua se sienta metiendo los pies hasta que nota que se empieza a transformar. Entonces, puesta en pie regresa a la casa llorando su cobardía.

Una noche sin luna, con el cielo cubierto de nubes, bajó los escalones del malecón y metió los pies hasta los tobillos. Al poco, se dejó resbalar introduciéndo las piernas completamente, para después dejarse caer y sumergirse toda.

Las piernas la empezaron a doler según se iban juntando, y al tiempo, las escamas y aletas de detrás de las orejas volvieron a resurgir entre dolores, porque duele volver a ser quien eras.

Nadó hasta la salida del puerto, por la bocana, y allí bajó hasta el fondo, disfrutando de la soledad del inmenso azul, dejando abrazarse por el silencio de las corrientes y la visión de un banco de peces que salían también del puerto.

Cuando regresó al muelle y comenzó a subir los escalones, tenía los ojos llenos de agua salada. No sabía si del mar o de ella misma, pero esperó a que de nuevo las piernas se separaran y al hacerlo, calzó de nuevo los zapatos y regresó a casa.

Esa noche entendió que la nostalgia es una forma de vivir, que no tendría que elegir entre tierra y mar, que podría ser de los dos mundos y nadie saberlo.

Bueno, nadie no. Algunas noches, cuando el ánimo caía se sinceraba con Vega, a la que contaba sus inquietudes y ansiedades. Ésta, con su guitarra, tocaba canciones melódicas para que la sirena cantara la letra que compuso Vega diciendo que la nostalgia no es una cuerda para retenerla, sino para que no se pierda y pueda, de vez en cuando, volver por unas horas al otro lado.

Amigas las dos, conjunción de aire y agua, cómplices en el secreto.