Señor inspector, dígame por que
cuando me hizo falta no le encontré
y ahora que me va, un poco mejor
me lo encuentro siempre alrededor.
Me sigue como espía contumaz
con una hucha para recaudar
me da buenos consejos y después
me vuelve los bolsillos del revés.
Apiádate de mi señor.
Apiádese inspector, por favor.
Le gusta jugar con su ordenador
al ratón y al gato, ya me pillo!
no sabe sumar o acaso entender
cuatro y dos que debes
son dieciséis.
Terror de faraonas y guardián,
del cofre del tesoro nacional
si lanza sus hechizos sobre ti
no le defraudes o te hará sufrir
su hacienda somos todos ya
contrólese, inspector, por favor.
El problema es adivinar,
donde va ese oro a parar
lo verás, no lo catarás
es cuestión de magia.
Es un truco especial
de habilidad del mago Merlín!
Sentimos una inmensa gratitud/p>
no queda ya motivos de inquietud
es un placer poder contribuir
a un próspero y glorioso porvenir
Y todo gracias al tesón
de su patrón, inspector, si señor
Ya funciona la sanidad
y está en calma la sociedad
y se encuentra al fin solución
contra el paro y la polución.
Ya funciona la educación
y está en calma la polución
y se encuentra la sanidad
solución a la sociedad
Ya funciona la polución
y está en calma la educación
y se encuentra la sociedad
contra el paro y la sanidad.
Ya no hay baches en los hospitales
solo camas en la carretera.
(Letra de canción de Barón Rojo)
Llevaba seis meses detrás de Adiolinda pidiéndola facturas, cajas, impuestos pagados, estadillos de bancos, etc.
Era don Ernesto, un inspector de hacienda de unos cincuenta años, serio, seco, inflexible aunque en el Mono Rojo tenía su talón de Aquilés, la Maruxaina.
Cada vez que llegaba a la Taberna se sentaba a la mesa en la que se sentaban el Cipri y la sirena, y aprovechando que el Cipri andaba por sus mundos del no ser, al oído la susurraba a la Maruxaina cosas que la marina rechazaba con gestos amenazadores.
Adiolinda, mañana vengo, dijo don Ernesto mientras daba un trago al vaso de vermouth que la tabernera le había servido junto a un plato de callos, con el acta. Tenme preparadas las servilletas esas donde apuntas las cajas diarias. Tienes un desfase de catorce mil ochocientos sesenta y tres euros que no justificas de ninguna manera.
Mañana, a las once de la mañana estoy aquí, te impongo una sanción de seis mil euros y te abro el acta, no puedo hacer otra cosa, Hacienda somos todos, dijo levantándose preparado para marchar sin pagar, como siempre, el vermouth y los callos, despidiéndose muy cariñoso de la Maruxaina que le respondió con un gruñido de los que hielan la sangre.
Adiolinda, cuando salió el inspector, cayó en la silla que él había utilizado, de golpe y llevándose las manos a la cara comenzó a llorar. Cierro, Maruxaina, tendré que cerrar. No puedo pagar eso, no lo tengo
La Maruxaina la miró muy seria y la dijo, Dios proveerá, tranquila, Dios proveerá, dándose la media vuelta y llamando con el móvil de Cipri, que ya no utilizaba, escuchándola decir a alguien, mañana, a las once. No podemos desaprovechar la ocasión, viene a sancionar y firmar el acta, es el momento. No podemos fallar.
Eran las once menos cinco de la mañana del día siguiente, y don Ernesto entró en la Taberna marchando directamente a la mesa de la Maruxaina que hoy no estaba con el Cipri. Adelaida, un café con leche y una barrita con aceite y tomate, gritó hacia la barra.
Comenzó, como siempre, a susurrarle piropos y deseos a la sirena, que en esta ocasión no gruñó e incluso aguantó la mano del inspector sobre su muslo y las caricias que la iba, suavemente, haciendo.
Teresa, desde la barra tiraba fotografías de la pareja con su móvil, retratando besitos en el cuello de la Maruxaina, una mano de don Ernesto en su pecho, y la cara del inspector, roja de excitación y babeando, cuando a las once y diez minutos entra por la puerta Vega con una señora mayor, muy bien vestida y que desde allí mismo gritó, !!!!!ERNESTO, QUE HACES!!!!!
Cuquita, dijo tartamudeando don Ernesto, pero tú, tú, tú vienes a esta Taberna?
-Si, vengo acompañando a mi amiga Vega, música, que va a tocar en la puesta de largo del club de campo y se ha empeñado hoy en venir aquí porque no se que tenía que firmar una amiga suya y necesitaba estar presente.
Teresa llamó al inspector, -¿Tiene usted un momento, señor inspector? Le quiero enseñar unos apuntes contables, poniéndole delante el móvil con las fotografías tomadas del abuso a la Maruxaina.
- ¿Cree usted que le gustarán a su señora? ¿Merece la pena que las vea por un acta más un acta menos?
Silencio, delincuente, contestó don Ernesto sacando unos impresos y rompiéndolos en pedazos. Adiolinda, hemos terminado la inspección, todo está correcto, cerraremos el acta sin sanción alguna, lo firmamos y ya nos veremos, dijo mientras Teresa alzó el móvil en dirección a "Cuquita", para tomar esos maravillosos callos que sirven ustedes, continuó hablando, para acto seguido coger del brazo a Cuquita y salir con ella por la puerta de la Taberna.
Adelaida no entendía nada, y Vega la explicó, llevo dos meses ganándome la confianza de la esposa del inspector y tocaré en esa puesta de largo, pero todo fue una estratagema utilizando que el vicioso inspector se sentía atraído por la Maruxaina, que ayer me llamó diciéndome que hoy era el día en el que tenía que traer a Cuquita, a las once, dando tiempo a que Teresa tomara fotografías de cómo abusaba de la sirena. Ese ya no vuelve.
Tres meses después, en una calle secundaria de la ciudad, ¡¡¡¡¡Ehhhhh, guapo!!!!!, dijo una voz, y cuando don Ernesto, flamante inspector de hacienda, se volvió, una mano grande, con uñas afiladas, le pegó una tremenda bofetada que le hizo caer al suelo.
Cuando se pudo levantar, un intenso olor a mar impregnaba el ambiente, y calle abajo, una Maruxaina muy estirada y digna bajaba caminando moviendo intencionadamente las caderas, y una fuerte carcajada seguida de una especie de aullido resonó en toda la calle.






