El poniente impecable en esplendores
quebró a filo de espada las distancias.
Suave como un sauzal está la noche.
Rojos chisporrotean
los remolinos de las bruscas hogueras;
leña sacrificada
que se desangra en altas llamaradas,
bandera viva y ciega travesura.
La sombra es apacible como una lejanía;
hoy las calles recuerdan
que fueron campo un día.
Toda la santa noche la soledad rezando
su rosario de estrellas
(Poema de mi amigo, Jorge Luis Borges)
Esa noche estaban todos los parroquianos sentados juntos en una mesa, y Vega tomó la palabra como siempre hacía, hablando mientras sus dedos rasgaban suavemente las cuerdas de su guitarra, y comenzó:
Al principio de todo, el Sol estaba enamorado de la Tierra, y no hacía otra cosa que dar vueltas y vueltas a su alrededor, intentando acercarse y declarar su amor.
Todo iba bien, la Tierra se prestaba al juego ese de las vueltas y el Sol se ilusionaba cada vez más, tanto que tuvieron que intervenir los Maestros y recordarle que no podía quedarse eternamente girando sobre la Tierra, pues el peligro constante era que el Universo se rompiera.
La Tierra se quedó algo triste, pues se había acomodado a los giros de el Sol, pero éste, después de mucho pensar encontró la solución, giraría, si, por supuesto, pero haría un giro enorme de grande, tipo elipisis, durante el cual habría momentos lejanos a su amor para regresar de nuevo.
Los humanos, aquí en la Tierra, decidimos ayudar al Sol, de manera que, cuando más lejos estuviera, la Tierra recibiera sus mensajes, y estos serían en forma de hogueras para recordarla que el Sol nunca la abandonaría.
Por eso, la futura noche de san Juan, veréis en cada pueblo, en cada plaza, en cada lugar, una hoguera grande, en la que la Tierra bebe de esos fuegos y recordando a su amor, la noche se convierte en la más corta del año.
En la Taberna ninguno apagamos las llamas del hogaril. De hacerlo sería como si le dijeramos al Sol VETE YA DE UNA VEZ, y no es nuestra intención. Por eso, en el Mono Rojo se dejan consumir las hogueras, y no se sopla ni una vela, por si acaso tuvieran también algo que ver.
Mientras esperamos que se consuma la hoguera, nos gusta salir a ver al Sol acercarse a la Tierra, cada día, y sin romper las leyes astrales del Universo, decirla bajito al oído, guapa, que cada vez eres más guapa y cada día te quiero más.
La Tierra, al escuchar al Sol, se sonroja, arde de amor y vergüenza. A ese momento de cercanía íntima y coqueta entre el Sol y la Tierra, lo llamamos atardecer y muchos dicen que el Sol se pone, y es cierto, se pone, y no sabéis cómo se pone. La Tierra no se queda atrás, y entre los dos, el espectáculo es maravilloso, dijo Vega terminando su historia recordándonos que la noche del veinticuatro de junio nos espera para hacer la hoguera más grande y con más llama, la hoguera del Mono Rojo.






