Busca y anhela el sosiego...
mas... ¿quién le sosegará?
Con lo que sueña despierto,
dormido vuelve a soñar.
Que hoy como ayer, y mañana
cual hoy, en su eterno afán,
de hallar el bien que ambiciona
–cuando sólo encuentra el mal–,
siempre a soñar condenado,
nunca puede sosegar.
(Poema de mi amiga Rosalía de Castro).
Hace ya días que Vega y la Maruxaina trajeron otro espejo de la verdad que sustituía al que había roto Teresa de un sartenazo.
El nuevo espejo lo había fabricado Vega cortando una plancha de un asteroide que se estrelló contra la Tierra y que era especialmente rico en metales, sobre todo níquel, y que luego la Maruxaina se llevó al fondo del mar para que las corrientes lanzaran sus granos de arena desde las simas abisales más profundas y fueran puliendo la superficie del asteroide convirtiéndolo en un espejo mágico, con la profundidad del espacio y la fuerza del mar océano que lo pulió.
Al acercarte al espejo, éste parecía encenderse en la mitad más cercana a la izquierda permaneciendo la parte derecha en penumbra, y cuando la pulida lámina identificaba a quien frente a él de situaba, según fuera el interior de la persona, la parte iluminada giraba inundando toda la superficie con su luz o bien, si la negatividad o la tristeza de la persona era su carácterística más relevante, las tinieblas se apropiaban de la imagen, mostrando un rostro que se correspondía a la manera de ser interior del parroquiano que al veredicto y posterior consejo del espejo se sometía.
Hoy, día especial en mi vida, me aproximé yo, y en la superficie iluminada que dominó la luna bruñida se reflejaron unos pequeños querubines, jugueteando entre ellos y aparentemente felices en el lugar donde se encontraban, para acto seguido aparecer mi imagen en la penumbra que había sustituido a la luz.
La Maruxaina, que había visto la transformación del espejo, se me acercó y poniéndome la mano en mi hombro, me preguntó, ¿Los echas mucho de menos? y aunque no pude contestarla por la emoción, ella lo entendió perfectamente, eran mis hijos que no llegaron a nacer porque se malograron antes del día del parto, a los que nunca he olvidado.