(…) Tu juventud llamaba a las ciudades del mundo,
a los vientos que soplan contra viejas murallas,
a la gente que vive en las oscuras minas,
a marinos que yacen bajo cruces del mar.
Tú, el viajero, el insomne, el descontento,
el que levantaba las manos hacia los relámpagos,
el que veía pasar las bahías
como la orilla serena y brumosa de la tristeza.
Sabías soportar las lejanías, siempre tan del corazón.
Sabías llegar.
Y eras ahí el anónimo, el oscuro, el devorado,
tendido en las noches calientes,
como los sacos, como los barriles,
a la orilla de los grandes navíos (…)
(Fragmento de un poema del poeta venezolano Vicente Gerbassi)
Genaro tenía 18 años cuando con una maleta de cartón y una fotografía de su madre marchó hacia Buenos Aires en un viejo mercante transoceánico.
Trabajó allí de mozo de almacén, en una imprenta, de camarero en un bar, de ayudante de calderas en los ferrocarriles y terminó abriendo una posada que llamó como lo último que había visto al partir de España, El Mono Rojo Argentino.
Pasó 48 años fuera, en Argentina. Había vivido más en Buenos Aires que en su país natal, y ahora, con 66 años, y víctima de una incurable enfermedad, regresaba a sus orígenes.
Abrió las puertas del Mono Rojo y olores familiares a ron, a vino, a fritanga, a humanidad, le vinieron a saludar. La Taberna estaba tal y como la recordaba, algo más vieja, pero como la tenía almacenada en sus recuerdos.
¿Tú quién eres? Preguntó Adiolinda, nunca te vi por aquí.
- Soy aquel que marchó y al que se le olvidó volver durante años.
Adiolinda no preguntó más, sabía lo que necesitaba, lo había visto en otros casos y poniéndole un vino y un plato de aceitunas si le indicó que si quería podría dormir durante unos días en un pequeño cuarto que tenía la Taberna por no dejar dormir a quien lo necesitará en la calle.
Genaro rechazó la invitación y se sentó en la misma mesa donde la noche antes de su partida tuvo una gran discusión con su padre porque el progenitor no quería que emigrara rogándole que se quedara.
Estuvo unas horas, escuchando historias de parroquianos, y oyendo las conversaciones de los jóvenes que acudían cada tarde a la Taberna, pero de esas conversaciones de los muchachos entendió poco, o nada.
Más tarde, al marcharse, quiso despedirse de Adiolinda, que le dijo, te vas pero no te olvides de volver.
En el autobús, Genaro pensó que esta vez no huía de la miseria, del paro, del no tener, que marchaba pero en cualquier momento podría volver, la Taberna, sus historias, sus olores, sus mesas, definitivamente sintió en su interior haber vuelto a casa.
Ha pasado un mes. Adiolinda clava en la pared una nota recibida de Genaro: me fuí y no he olvidado volver, pero regresé tarde, quizás en otro plano nos vemos.
La nota estaba escrita en una hoja con membrete del Hospital General.
Esa noche las cuatro mosqueteras brindaron por el que se fue regresando.






