ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO
LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

lunes, 2 de marzo de 2026

RECUERDO HISTORICO

Vientos del pueblo me llevan,
vientos del pueblo me arrastran,
me esparcen el corazón
y me aventan la garganta.

Los bueyes doblan la frente,
impotentemente mansa,
delante de los castigos:
los leones la levantan
y al mismo tiempo castigan
con su clamorosa zarpa.

No soy un de pueblo de bueyes,
que soy de un pueblo que embargan
yacimientos de leones,
desfiladeros de águilas
y cordilleras de toros
con el orgullo en el asta.
Nunca medraron los bueyes
en los páramos de España.

¿Quién habló de echar un yugo
sobre el cuello de esta raza?
¿Quién ha puesto al huracán
jamás ni yugos ni trabas,
ni quién al rayo detuvo
prisionero en una jaula?

Asturianos de braveza,
vascos de piedra blindada,
valencianos de alegría
y castellanos de alma,
labrados como la tierra
y airosos como las alas;
andaluces de relámpagos,
nacidos entre guitarras
y forjados en los yunques
torrenciales de las lágrimas;
extremeños de centeno,
gallegos de lluvia y calma,
catalanes de firmeza,
aragoneses de casta,
murcianos de dinamita
frutalmente propagada,
leoneses, navarros, dueños
del hambre, el sudor y el hacha,
reyes de la minería,
señores de la labranza,
hombres que entre las raíces,
como raíces gallardas,
vais de la vida a la muerte,
vais de la nada a la nada:
yugos os quieren poner
gentes de la hierba mala,
yugos que habéis de dejar
rotos sobre sus espaldas.

Crepúsculo de los bueyes
está despuntando el alba.

Los bueyes mueren vestidos
de humildad y olor de cuadra;
las águilas, los leones
y los toros de arrogancia,
y detrás de ellos, el cielo
ni se enturbia ni se acaba.
La agonía de los bueyes
tiene pequeña la cara,
la del animal varón
toda la creación agranda.

Si me muero, que me muera
con la cabeza muy alta.
Muerto y veinte veces muerto,
la boca contra la grama,
tendré apretados los dientes
y decidida la barba.

Cantando espero a la muerte,
que hay ruiseñores que cantan
encima de los fusiles
y en medio de las batallas.


(Poema de mi amigo Miguel Hernández)



Corría el año 1941, la guerra había terminado hacía casi dos años y en el frío febrero, en una taberna, la del Mono Rojo, en el almacén entre bebidas y otros productos del estraperlo, se ocultaban trece personas, once hombres y dos mujeres, que habían militado y luchado en el bando perdedor.
El dueño de la Taberna, Eutimio, junto a su hijo de once años, el Cipri, se preocupaban de alimentarlos y mantenerlos escondidos mientras esperaban vinieran a por ellos para sacarlos del país, ya que estaban buscados y la represión estaba siendo bestial, condenando a muerte tan solo por haber luchado en el bando contrario.
Una tarde, cuando la noche estaba anunciándose en el firmamento con sus oscuras nubes, unos coches grandes junto con un camión aparcaron frente a la taberna, y bajándose de los vehículos entraron violentamente en el Mono Rojo, dando patadas a las puertas y derribando alguna mesa y unas sillas.
Unos hombres, con trajes oscuros y sombrero, empezaron a preguntar por el dueño, mientras jóvenes con camisas negras, empujando a los clientes que allí se encontraban los fueron concentrando frente al mostrador donde requirieron sus cédulas de identidad.
Uno de los, al parecer funcionarios, con traje, pasó frente a ellos mirándolos fijamente examinando sus documentos.
Al poco se dirigió a Eutimio y dándole un bofetón le preguntó donde escondía a los perseguidos.
Eutimio contestó que no sabía nada de perseguidos ni de nadie, lo que le valió un puñetazo en el estómago que le hizo, doblándose, caer de rodillas.
¡¡¡Al almacén, mirad en el almacén!!! gritó el jefe de los sicarios del régimen ganador, y pegando un fuerte golpe a las puertas, entraron en el almacén donde solo un niño, sentado entre las cajas de vino, miraba asustado. 
¿Y tú quién eres, chaval?
Soy el Cipri, el hijo de Eutimio. Mi padre es el dueño de la taberna.
Sacándole de la habitación, frente al dolorido Eutimio, le preguntaron por los desaparecidos. - No se, señor, yo estaba solo, colocando el almacén como me había mandado mi padre y no he visto a nadie ni nada.
De un bofetón apartó al muchacho, y entrando de nuevo en el almacén comenzó a tirar cajas y mandó registrarán todo el local.
Aquí, señor, aquí hay una trampilla, dijo uno de los camisas negras, abriéndola.
-Bajad, y si hay alguno lo sacáis y si se resiste le metéis dos tiros y pa fuera, dijo el esbirro que mandaba al grupo.
-No hay nadie, señor, la cueva está vacía.
Se reunieron de nuevo frente a la barra y el jefazo dijo, "nos vamos, aquí no hay nadie, pero ten cuidado, bastardo, volveremos y vete pensando en cambiar el color del nombre del Mono, hijo de puta", mientras le daba otro golpe más antes de salir, montarse en sus vehículos y marcharse.
Marzo de 2026. Un grupo de personas del movimiento Recuerdo Histórico entró en la taberna preguntando por el hijo de Eutimio, el Cipri.
Adiolinda, mientras la Maruxaina observaba vigilante y en tensión, les acercó a la mesa donde dormitaba, sentado, el Cipri, perdido en sus mundos del no ser.
Éste es el Cipri, mi padre, dijo Adiolinda, tiene alzheimer y no habla y no conoce a nadie. Está siempre así. ¿Que queréis de él?
- Hola, soy Marçel, nieto de un refugiado de la guerra que pudo huir a Francia, donde rehizo su vida. En mi familia todos sabemos lo que hizo tu abuelo y lo que hizo tu padre. Aguantaron los golpes, los insultos, y no denunciaron ni dijeron donde estaban escondidos los refugiados.
Mientras Eutimio, tu abuelo, sufría la paliza entreteniendo a los comisarios, tu padre, en el almacén, los hizo pasar por una trampilla a una cueva que llegaba hasta debajo de la barra, poniendo luego una pared de madera ya preparada para esconder artículos del estraperlo, de manera que cuando los sicarios del régimen descubrieron la cueva, pensaron que acababa allí, en esa falsa pared de madera, con lo que todos siguieron lo sucedido a través de las rendijas del suelo debajo de la barra.
Entre tu padre y tu abuelo salvaron a todos de una casi segura muerte y venía a conocerlo y a darle las gracias en nombre de mi familia y de las otras familias que ahora viven por ellos. Yo estoy en este mundo por Eutimio y por el Cipri, porque de no haber salvado a mi padre, yo no habría nacido, y así las 58 personas que componen las trece familias de las trece personas que encontraron refugio en el Mono Rojo cuando nadie lo hubiera hecho.
Mientras, bajo el mostrador, un vacío espacio, olvidado desde la posguerra,  pareció llenarse de luz y en el espejo de la verdad colgado de la pared, en su zona iluminada se vió durante unos minutos la imagen de un padre y su hijo de once años en un antiguo Mono Rojo que brillaba pese a todo.

sábado, 28 de febrero de 2026

LA ENTRADA TRIUNFAL, (parte 2)

¡Mi soledad sin descanso!
Ojos chicos de mi cuerpo
y grandes de mi caballo,
no se cierran por la noche
ni miran al otro lado
donde se aleja tranquilo
un sueño de trece barcos.

Sino que limpios y duros
escuderos desvelados,
mis ojos miran un norte
de metales y peñascos
donde mi cuerpo sin venas
consulta naipes helados.

   Los densos bueyes del agua
embisten a los muchachos
que se bañan en las lunas
de sus cuernos ondulados.
Y los martillos cantaban
sobre los yunques sonámbulos,
el insomnio del jinete
y el insomnio del caballo.

   El veinticinco de junio
Le dijeron a el Amargo:
Ya puedes cortar si gustas
las adelfas de tu patio.
Pinta una cruz en la puerta
y pon tu nombre debajo,
porque cicutas y ortigas
nacerán en tu costado,
y agujas de cal mojada
te morderán los zapatos.

Será de noche, en lo oscuro,
por los montes imantados,
donde los bueyes del agua
beben los juncos soñando.
Pide luces y campanas.
Aprende a cruzar las manos,
y gusta los aires fríos
de metales y peñascos.
Porque dentro de dos meses
yacerás amortajado.
 
Espadón de nebulosa
mueve en el aire Santiago.
Grave silencio, de espalda,
manaba el cielo combado.
 El veinticinco de junio
abrió sus ojos Amiargo,
y el veinticinco de agosto
se tendió para cerrarlos.

Hombres bajaban la calle
para ver al emplazado,iill
que fijaba sobre el muro
su soledad con descanso.
Y la sábana impecable,
de duro acento romano,
daba equilibrio a la muerte
con las rectas de sus paños.

(Poema de Federico García Lorca)


No siempre se descansa durmiendo. Hay veces donde se mezclan recuerdos de lugares donde has vivido con verdaderas pesadillas de terror que hacen que te despiertes aterrorizado y sin saber si realmentevestás despierto o continúas en esa pesadilla en la que se mezclan los personajes más tenebrosos pero con apariencias de normalidad.
Hoy soñé con unos niños, dos, casi bebes, en silla de paseo empujados por un padre desde el fondo de un pasillo hasta el otro extremo, donde yo me encontraba.
Al verme, daba la vuelta y vilvía a su habitación, hasta que en otra ocasión, con la cara descompuesta por la rabia, empujaba la silla de paseo mandándome a los dos bebes contra mi. Los niños sonreían de una manera casi asesina.
No llegaron hasta donde yo estaba, quedándose en una habitación que existía a mitad del largo pasillo.
Al acercarme, la silla con los dos bebes estaba encima de una mesa de comedor grande y de un color oscuro.
Al regresar a mi zona de pasillo, había una cama desastrosa en el lugar donde terminaba el corredor, en forma de T, y en la que la cabecera de esa especie de lecho caía bajo una puerta con una gran ventana en la que se veía a alguien conocido para mí.
Me quejaba de dormir de esa manera, y la persona, mirándome con odio, cerraba la puerta permaneciendo tras el cristal donde yo veía como si odio estaba a punto de convertirse en ira.
En este punto, la sensación de peligro era inmensa, y cuando más terror sentía empecé a despertarme.
Ya sentado en mi cama, todavía no era consciente de que la pesadilla había terminado, arrastrándola hasta mi casa real.
Mientras iba al baño con una necesidad imperiosa de miccionar, aún daba vueltas en mi cabeza la espantosa pesadilla vivida en mi desolado sueño de pánico y pavor.
Creo recordar cual era la casa del pasillo grande y a la persona de la puerta con ventana, y eso me da más miedo aún.
Mientras en mi cabeza resuenan las palabras de Federico en el poema de " la leyenda del tiempo", mi interior, atrapado en el terror del suelo anterior comienza a liberarse ante la vista de una jarra de cerveza bien fría en la Taberna del Mono Rojo, donde, apoyado contra una pared sentado en una mesa de la tasca empecé a comprender que me había quedado dormido mientras Rosa hacía su entrada triunfal.

viernes, 27 de febrero de 2026

LA ENTRADA TRIUNFAL


El sueño va sobre el tiempo
flotando como un velero.
Nadie puede abrir semillas
en el corazón del sueño.

¡Ay, cómo canta el alba, cómo canta!
¡Qué témpanos de hielo azul levanta!

El tiempo va sobre el sueño
hundido hasta los cabellos.
Ayer y mañana comen
oscuras flores de duelo.

¡Ay, cómo canta la noche, cómo canta!
¡Qué espesura de anémonas levanta!

Sobre la misma columna,
abrazados sueño y tiempo,
cruza el gemido del niño,
la lengua rota del viejo.

¡Ay, cómo canta el alba, cómo canta!
¡Qué espesura de anémonas levanta!

Y si el sueño finge muros
en la llanura del tiempo,
el tiempo le hace creer
que nace en aquel momento.
¡Ay, cómo canta la noche, cómo canta!
¡Qué témpanos de hielo azul levanta!

(Poema de mi amigo Federico García Lorca).



Entró en la taberna con su abrigo de pieles y del cuello colgando un bello collar de tres vueltas grandes de perlas blancas cogidas en un gran broche de oro con brillantes rodeando a una preciosa esmeralda verde.

De una de sus muñecas, la derecha, un pequeño reloj de oro y una sencilla pulsera del mismo metal.

De la izquierda, cinco o seis pulseras, también de oro, y alguna con medallitas que colgaban unidas por cadenitas.

Maquillada profesionalmente y con el olor dulce y penetrante del perfume que llevaba, adelantó sus pasos hasta el mostrador recibiendo por el camino besos y abrazos de parroquianos admiradores de su esplendor y gloria.

Uno le acercó un taburete mientras otro la ofrecía un cigarrillo y un tercero mantenía levantado y encendido un mechero.

El Cipri ya había puesto sobre la barra su combinado favorito y la presentaba una caja de trufas de chocolate para que las degustara mientras consumía la bebida.

Un pesado insistía en hacerse una foto con ella, y otros dos, armados con dos bolígrafos la pedían un autógrafo.

Dejando el vaso, en el que destacaba la forma de su boca en el borde manchado del rojo salvaje del  pintalabios, en el mostrador, levantando el brazo correspondía con un saludo al grito unánime que atronaba la taberna con su nombre, Rosa, Rosa, Rosa...

Rosa, Rosa, Rosa. El brazo de Adiolinda sacudía de los hombros a la vieja prostituta del Mono Rojo. Rosa, Rosa, despierta mujer, que te harás daño. Rosa, Rosa, despierta y vete a casa mujer, que ya es tarde.

Abriendo un ojo Rosa vió en una mesa cercana al Cipri, hundida la cabeza y atendido por la Maruxaina. Su combinado no estaba en el mostrador, sino caído sobre la mesa, y no era un vaso ni era un combinado, era la copa de aguardiente que solía beber. De sus muñecas, en una, una pulsera de cuero con adornos grabados en el mismo, de la otra un reloj digital a pilas.

Entonces comprendió que nada de su entrada triunfal era real, que se había quedado dormida por el exceso de aguardiente, borracha sobre la mesa, y empezó a llorar limpiándose la nariz con la manga de su blusa antes de que Adiolinda pudiera pasarla un klinex.

Vega, acercándose, la abrazó y dándola un beso en la mejilla,  bajito, al oído, la susurró, "el sueño va sobre el tiempo flotando como un velero..."






jueves, 26 de febrero de 2026

EN EL FONDO DE LA JARRA



Preciso tiempo necesito ese tiempo
que otros dejan abandonado
porque les sobra o ya no saben
que hacer con él
tiempo
en blanco
en rojo
en verde
hasta en castaño oscuro
no me importa el color
cándido tiempo
que yo no puedo abrir
y cerrar
como una puerta

tiempo para mirar un árbol un farol
para andar por el filo del descanso
para pensar qué bien hoy es invierno
para morir un poco
y nacer enseguida
y para darme cuenta
y para darme cuerda
preciso tiempo el necesario para
chapotear unas horas en la vida
y para investigar por qué estoy triste
y acostumbrarme a mi esqueleto antiguo

tiempo para esconderme
en el canto de un gallo
y para reaparecer
en un relincho
y para estar al día
para estar a la noche
tiempo sin recato y sin reloj

vale decir preciso
o sea necesito
digamos me hace falta
tiempo sin tiempo.

(Poema de mi amigo Mario Benedetti)


Estoy sentado hoy en la taberna, mirando a la gente que conozco, viendo que unos permanecen solos ante su jarra de cerveza y otros comparten el momento con otras personas habituales que conocieron en el Mono Rojo.
Se que en el fondo de casa vaso, de cada copa o de cada jarra se encuentra un motivo, un deseo, una ilusión o una tristeza, un desengaño, una decepción.
Cada personaje arrastra su mochila y aunque hay veces que se permite que alguien te ayude a llevarla compartiendo el peso de sus secretos al hablarlos con el resto de habituales, al final, cuando te sales del Mono Rojo, tú mochila va contigo con la misma carga.
En bastantes ocasiones la magia de este lugar ayuda a quien se lo pide, pero incluso la magia tiene un precio, que unas veces puede ser la pérdida de un recuerdo, casi siempre malo, y otras puede ser el ver en las sombras de la tasca, al moverse las llamas en el hogaríl, las caras y figuras de aquellos a quien echamos de menos.
Recuerdo una vez que la Maruxaina me dijo que me ayudaría si la entregaba algo que no se pudiera tocar pero si romper, algo que no pudiera ella comprar, pero si recibir, y estuve pensando durante bastantes días como solucionar el enigma que encerraban las palabras de la sirena, y una noche, después de dos o tres jarras de cerveza, viendo cómo cuidaba ella del Cipri, vi claramente la solución para poder entregarla algo y que ella lo valorara, y la hice una promesa, una promesa de amistad eterna, y ella, sonriendo, me dijo, solucionado, porque una promesa se puede recibir, pero nunca comprar, una promesa se puede romper, pero imposible tocar.
Ella lo hizo con la Taberna y el Cipri, y el Mono Rojo extendió su mágia acogiéndola como parte de este mundo a caballo entre tantos otros mundos, y yo hice lo mismo.
Hoy, de vuelta a casa, la mochila me pesa menos.

miércoles, 25 de febrero de 2026

EL BAILE DE LAS ESTRELLAS

Fugacidades, iluminaciones:
tiempo del agua en la clepsidra
y de la arena en su cristal,
voz del amor y de la música,
y los regresos del silencio
que viene y va por la memoria,
esa penumbra donde ocurren
fabulaciones de la arena
como el amor, como el silencio,
como la música y el agua.

(Poema del poeta y ensayista chileno, Pedro Lastra)

Una tarde, cuando ya había oscurecido, entró en la taberna Vega, que llevaba todo el día fuera, y apoyando en el mostrador una pequeña garrafa de tres litros, y dirigiéndose a Adiolinda y a Teresa, las dijo:
Estos muchachos de mi generación que vienen al Mono Rojo, entre los móviles, las redes sociales y demás, se han olvidado de algo que acompañó siempre a los parroquianos de esta Taberna, y para que los que no lo conocen lo sepan y los que lo han olvidado recuerden, traigo estos tres litros de un concentrado elixir hecho a base de polvo cósmico recogido en su viaje entre las galaxias. Con él recordarán la canción del baile de las estrellas y recibirán el equilibrio que reciben del firmamento todo aquel que la escucha.
Adiolinda comenzó a colocar sobre el mostrador los vasos de chupitos necesarios para que a nadie le faltara su porción, y mientras la camarera iba preparando los vasos, Teresa los llenaba del líquido de la garrafa.
Mientras, Vega, cogiendo su guitarra, dándole un palo de agua a la Maruxaina, comenzó a cantar una bellísima melodía que obligaba a todos los parroquianos a cerrar los ojos y a balancearse al ritmo que marcaba la canción y el sonido del agua producido por la Maruxaina con su instrumento
De repente, mientras la voz de Vega continuaba desgranando la penetrante música, un fuerte fogonazo de colores azul, verde y rojo, obligó a todos a abrir los párpados y acto seguido, muchos, a poner cara de asombro ante el espectáculo que se les ofrecía, pues todas las paredes y el techo del Mono Rojo habían desaparecido, encontrándose todos en un bien cuidado y repleto jardín de flores y setos desde el que la visión de un cielo estrellado como nunca, en el que las estrellas se movían siguiendo la canción de Vega, les conmovió y algo de dentro se les entregó al cinturón cósmico que veían moverse entre las grandes y brillantes luces con que se adornaban los astros y estrellas en ese firmamento puro y limpio de toda contaminación.
Una pequeña estrella fugaz, acercándose al jardín, sin necesidad de palabras, con el lenguaje del alma, les comunicó:
No olvidaos que la visión y compromiso con el Universo del que formáis parte, ayuda a equilibrar a los seres de la taberna de todos los tiempos.
Dicho ésto, la fugaz y pequeña estrella, con otro destello de luz, está vez blanco brillante, se elevó hacia los infinitos mundos del espacio, obligando a todos a volver a cerrar los ojos.
Cuando los abrieron, se encontraron de nuevo entre las paredes del Mono Rojo y el jardín había desaparecido.
Desde ese día, todos los asiduos a la Taberna del Mono Rojo, jóvenes o ancianos, novatos o veteranos, dedicaron un día del mes al baile de las estrellas.
Un día en el que los móviles descansaban apagados en las mochilas y Vega se acercaba a casa.

NOTA INFORMATIVA:
Al día siguiente de estos hechos, en los informativos de todas las televisiones y en todos los diarios, se hablaba del fenómeno extraordinario y nunca visto de la visita de auroras boreales en toda Europa.

martes, 24 de febrero de 2026

LA VIAJERA

No te deseo un regalo cualquiera,
te deseo aquello que la mayoría no tiene,
te deseo tiempo, para reír y divertirte, si lo usas adecuadamente podrás obtener de él lo que quieras.

Te deseo tiempo para tu quehacer y tu pensar,no sólo para ti mismo sino también para dedicárselo a los demás.

Te deseo tiempo no para apurarte y andar con prisas, sino para que siempre estés contento.

Te deseo tiempo, no sólo para que transcurra, sino para que te quede tiempo para asombrarte y tiempo para tener confianza y no sólo para que lo veas en el reloj.

Te deseo tiempo para que toques las estrellas y tiempo para crecer, para madurar. Para ser tú.

Te deseo tiempo, para tener esperanza otra vez y para amar, no tiene sentido añorar.

Te deseo tiempo para que te encuentres contigo misma/o, para vivir cada día, cada hora, cada minuto como un regalo.

También te deseo tiempo para perdonar y aceptar.
Te deseo de corazón que tengas tiempo, tiempo para la vida y para tu vida.

(Poema de mi amiga Elli Michler)

Una noche en la que los parroquianos se habían marchado casi todos a sus casas y quedábamos pocos, entró decidida una mujer que dijo llamarse Amaia y que venía de un futuro en el que los ordenadores, las redes y las tecnologías habían relegado a la magia olvidándose de ella.
Amaia tenía esa mirada que se dice de ojos viajeros, pero en su caso se adivinaba que estaban cargados de siglos y vivencias, y miraban de vez en cuando un viejo reloj de bolsillo que, unido a ella por una cadena, parecía haberse detenido como si hubiera gastado su cuerda, aunque el ruido del mecanismo, tic tac, tic tac, tic tac, seguía escuchándose si agudizabas el oído.
Amaia hizo muy buenas migas con Adiolinda, que la servía infusiones de hierbas del bosque que la hija del Cipri conocía bastante bien y que la viajera del tiempo se tomaba sentada en torno a una mesa mientras nos contaba cosas de mundos que ella ya conocía pero que todavía, a esta fecha, no existen.
Un día, cuando todos nos habíamos acostumbrado a la presencia de Amaia y la considerábamos ya como una parroquiana habitual más entre nosotros, dejando el reloj encima de la barra, Amaia desapareció y nunca más volvimos a saber de ella.
Algunos dicen que, alguna noche, cuando la luna se presenta en todo su esplendor y llena, la exploradora del tiempo, Amaia, regresa a la taberna y se sienta en su rincón favorito a tomarse una infusión de las hierbas de Adiolinda, pero nadie la ha vuelto a ver nunca jamás.
No es la única de la que se dice que regresa de vez en cuando al Mono Rojo. Otras personas, de otros mundos y quizás de otros tiempos, regresan, van y vienen a la antigua taberna, atraídos por la misma, aunque pocos o nadie los ve. Quizás las llamas de la chasca, al crepitar, haciendo que las sombras se muevan, dejen entrever a estos parroquianos viajeros. 
Es la magia de la taberna, en la que en ocasiones se abren las puertas sin que se vea a nadie y se escuchan susurros pasados que la fresca brisa acompaña al interior del Mono Rojo y unas cuantas hojas secas de roble vuelan, impulsadas por el viento, dentro de la sala.

lunes, 23 de febrero de 2026

EL ESPEJO SENTIMIENTOS

Busca y anhela el sosiego...
mas... ¿quién le sosegará?
Con lo que sueña despierto,
dormido vuelve a soñar.
Que hoy como ayer, y mañana
cual hoy, en su eterno afán,
de hallar el bien que ambiciona
–cuando sólo encuentra el mal–,
siempre a soñar condenado,
nunca puede sosegar.

(Poema de mi amiga Rosalía de Castro).



Hace ya días que Vega y la Maruxaina trajeron otro espejo de la verdad que sustituía al que había roto Teresa de un sartenazo.
El nuevo espejo lo había fabricado Vega cortando una plancha de un asteroide que se estrelló contra la Tierra y que era especialmente rico en metales, sobre todo níquel, y que luego la Maruxaina se llevó al fondo del mar para que las corrientes lanzaran sus granos de arena desde las simas abisales más profundas y fueran puliendo la superficie del asteroide convirtiéndolo en un espejo mágico, con la profundidad del espacio y la fuerza del mar océano que lo pulió.
Al acercarte al espejo, éste parecía encenderse en la mitad más cercana a la izquierda permaneciendo la parte derecha en penumbra, y cuando la pulida lámina identificaba a quien frente a él de situaba, según fuera el interior de la persona, la parte iluminada giraba inundando toda la superficie con su luz o bien, si la negatividad o la tristeza de la persona era su carácterística más relevante, las tinieblas se apropiaban de la imagen, mostrando un rostro que se correspondía a la manera de ser interior del parroquiano que al veredicto y posterior consejo del espejo se sometía.
Hoy, día especial en mi vida, me aproximé yo, y en la superficie iluminada que dominó la luna bruñida se reflejaron unos pequeños querubines, jugueteando entre ellos y aparentemente felices en el lugar donde se encontraban, para acto seguido aparecer mi imagen en la penumbra que había sustituido a la luz.
La Maruxaina, que había visto la transformación del espejo, se me acercó y poniéndome la mano en mi hombro, me preguntó, ¿Los echas mucho de menos? y aunque no pude contestarla por la emoción, ella lo entendió perfectamente, eran mis hijos que no llegaron a nacer porque se malograron antes del día del parto, a los que nunca he olvidado.