ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO
LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

miércoles, 20 de mayo de 2026

EL JEQUE Y VEGA

En el lienzo de la noche oscura,
danzan notas de plata pura.
Cada estrella es una corchea,
que el viento canta y bambolea.
La luna dirige la orquesta infinita,
y el cosmos canta en su órbita.
Una melodía de luz y misterio,
que viaja a través del hemisferio.
Son arpegios de polvo brillante,
que suenan en el firmamento distante.
Si escuchas atento en el hondo silencio,
la música del cielo es el más bello aprecio.
(Poema de algún amigo anónimo)



Llegó una tarde rodeado de guardaespaldas. Entró en la Taberna y preguntó por Vega, que aún no había llegado al Mono Rojo, le dijo Adiolinda al árabe que con su séquito había tomado la Taberna.

Háblame de ella, como llegó aquí, de donde vino, quien es realmente Vega?

Adiolinda, un poco impresionada empezó a contarle al jeque que, un día, sin esperarlo, entró en la Taberna una joven que, al parecer, no venía de ningún sitio conocido, unos la llaman la hija de las estrellas, otros comentan que es una nota que se cansó de vivir en la constelación de Lira y bajó aquí, a conocer como suena el aire contaminado y con olor a ron.

Llegó pidiendo un agua con dos hielos, para que no se le secara la garganta, dijo, y me pidió esa vieja guitarra que entonces solo tenía una cuerda, la agarró, empezó a tocar esa cuerda, con los ojos cerrados y fue como un milagro. El humo de los cigarrillos y puros se fijó en el aire, formando unas espirales, mientras los borrachos callaron, embebidos por las notas que de la guitarra salían, y veían cosas, recuerdos, la novia que salió corriendo hacía diez años, el mar que nunca visitaron, unos, mientras otros el barco en el que navegaban antes de naufragar, los más, el sonido que hace una decisión antes de tomarla, etc.

Nos traía la música del cosmos, sin letra, solo podías tatarearla mientras sonaba, pues al acabar no la recordabas, era como esos sueños preciosos y vitales en los que te sumerges a veces al dormir y que al despertar no recuerdas pero sabes que algo bueno pasó y por eso te encuentras bien.

Desde entonces está con nosotros, cada día alguien la espera, un carpintero que de tanto ayudar a los demás y proclamar el amor mientras de sus virutas salen de vez en cuando panes y peces al ritmo de alguna nota de Vega, o esa joven perdida que empieza a tatarear una música que no sabe dónde escuchó o como se la metió en la cabeza. Siempre alguien recargando energía con las notas de Vega.

Una Vega que por ahí entra ahora, le dijo Adiolinda al Jeque señalando con la barbilla hacia la puerta.

Hola, Vega, soy un Jeque de la Arabia más profunda que escuché a viajeros hablando de tu música y he venido a por tí. Si me acompañas te cubriré de monedas de oro, vivirás en un palacio y nunca te faltará ningún deseo por cubrir, a cambio, tocarás siempre para mí y mis invitados cuando te lo indique.

- Te lo agradezco, Jeque, pero si quieres escuchar mis notas, vente aquí, a la Taberna del Mono Rojo. Dicen que mi música es la música de las estrellas, y éstas no tocan para una sola casa, lo hago aquí porque aquí llega hasta quien necesita escuchar que no está perdido.

Escucha, Jeque, las tabernas también son constelaciones, solo que de gente, de personas rotas que aún suenan bien juntas.

No, no acepto tu oferta, que agradezco, pero no puedo, si acepto me desharé en motas de luz que volverán a Lira, y aquí me necesitan y yo les necesito. No, no iré contigo.

A un gesto del Jeque, el ejército de escoltas rodeó a Vega, pero nadie se había dado cuenta de que mientras conversaban, la Maruxaina se había colocado detrás del Jeque, al que ahora tenía fuertemente agarrado mientras unas peligrosas garras rodeaban su garganta y un silbante gruñido sonaba amenazador.

Vega sacó su guitarra y comenzó a teñir las cuerdas, saliendo de sus manos unas notas que fueron relajando a los presentes, logrando que el Jeque recordara su niñez, con su madre, amorosa, acariciándole el rostro, peinándole, mientras su abuela cantaba y daba palmas rítmicas acompañadas de otras mujeres de su padre, y comprendió que cada cual está donde se le necesita.

El Jeque abandonó la Taberna, dejando un montón de billetes en la barra y la promesa de regresar a escuchar a Vega en el Mono Rojo, mientras la mirada vigilante y amenazadora de la Maruxaina le acompañó hasta la puerta.

Dicen, siempre dicen, que en las noches luminosas del desierto, en la soledad de sus dunas, el Jeque, mirando al cielo, escucha las notas de una guitarra enviándole lo que él necesita.

Nunca más regresó a la Taberna.

martes, 19 de mayo de 2026

DON ERNESTO

Señor inspector, dígame por que

cuando me hizo falta no le encontré

y ahora que me va, un poco mejor

me lo encuentro siempre alrededor.

Me sigue como espía contumaz

con una hucha para recaudar

me da buenos consejos y después

me vuelve los bolsillos del revés.

Apiádate de mi señor.

Apiádese inspector, por favor.

Le gusta jugar con su ordenador

al ratón y al gato, ya me pillo!

no sabe sumar o acaso entender

cuatro y dos que debes

son dieciséis.

Terror de faraonas y guardián,

del cofre del tesoro nacional

si lanza sus hechizos sobre ti

no le defraudes o te hará sufrir

su hacienda somos todos ya

contrólese, inspector, por favor.

El problema es adivinar,

donde va ese oro a parar

lo verás, no lo catarás

es cuestión de magia.

Es un truco especial

de habilidad del mago Merlín!

Sentimos una inmensa gratitud/p>

no queda ya motivos de inquietud

es un placer poder contribuir

a un próspero y glorioso porvenir

Y todo gracias al tesón

de su patrón, inspector, si señor

Ya funciona la sanidad

y está en calma la sociedad

y se encuentra al fin solución

contra el paro y la polución.

Ya funciona la educación

y está en calma la polución

y se encuentra la sanidad

solución a la sociedad

Ya funciona la polución

y está en calma la educación

y se encuentra la sociedad

contra el paro y la sanidad.

Ya no hay baches en los hospitales

solo camas en la carretera.

(Letra de canción de Barón Rojo)



Llevaba seis meses detrás de Adiolinda pidiéndola facturas, cajas, impuestos pagados, estadillos de bancos, etc.

Era don Ernesto, un inspector de hacienda de unos cincuenta años, serio, seco, inflexible aunque en el Mono Rojo tenía su talón de Aquilés, la Maruxaina.

Cada vez que llegaba a la Taberna se sentaba a la mesa en la que se sentaban el Cipri y la sirena, y aprovechando que el Cipri andaba por sus mundos del no ser, al oído la susurraba a la Maruxaina cosas que la marina rechazaba con gestos amenazadores.

Adiolinda, mañana vengo, dijo don Ernesto mientras daba un trago al vaso de vermouth que la tabernera le había servido junto a un plato de callos, con el acta. Tenme preparadas las servilletas esas donde apuntas las cajas diarias. Tienes un desfase de catorce mil ochocientos sesenta y tres euros que no justificas de ninguna manera.

Mañana, a las once de la mañana estoy aquí, te impongo una sanción de seis mil euros y te abro el acta, no puedo hacer otra cosa, Hacienda somos todos, dijo levantándose preparado para marchar sin pagar, como siempre, el vermouth y los callos, despidiéndose muy cariñoso de la Maruxaina que le respondió con un gruñido de los que hielan la sangre.

Adiolinda, cuando salió el inspector, cayó en la silla que él había utilizado, de golpe y llevándose las manos a la cara comenzó a llorar. Cierro, Maruxaina, tendré que cerrar. No puedo pagar eso, no lo tengo 

La Maruxaina la miró muy seria y la dijo, Dios proveerá, tranquila, Dios proveerá, dándose la media vuelta y llamando con el móvil de Cipri, que ya no utilizaba, escuchándola decir a alguien, mañana, a las once. No podemos desaprovechar la ocasión, viene a sancionar y firmar el acta, es el momento. No podemos fallar.

Eran las once menos cinco de la mañana del día siguiente, y don Ernesto entró en la Taberna marchando directamente a la mesa de la Maruxaina que hoy no estaba con el Cipri. Adiolinda, un café con leche y una barrita con aceite y tomate, gritó hacia la barra.

Comenzó, como siempre, a susurrarle piropos y deseos a la sirena, que en esta ocasión no gruñó e incluso aguantó la mano del inspector sobre su muslo y las caricias que la iba, suavemente, haciendo.

Teresa, desde la barra tiraba fotografías de la pareja con su móvil, retratando besitos en el cuello de la Maruxaina, una mano de don Ernesto en su pecho, y la cara del inspector, roja de excitación y babeando, cuando a las once y diez minutos entra por la puerta Vega con una señora mayor, muy bien vestida y que desde allí mismo gritó, !!!!!ERNESTO, QUE HACES!!!!!

Cuquita, dijo tartamudeando don Ernesto, pero tú, tú, tú vienes a esta Taberna?

-Si, vengo acompañando a mi amiga Vega, música, que va a tocar en la puesta de largo del club de campo y se ha empeñado hoy en venir aquí porque no se que tenía que firmar una amiga suya y necesitaba estar presente.

Teresa llamó al inspector, -¿Tiene usted un momento, señor inspector? Le quiero enseñar unos apuntes contables, poniéndole delante el móvil con las fotografías tomadas del abuso a la Maruxaina.

- ¿Cree usted que le gustarán a su señora? ¿Merece la pena que las vea por un acta más un acta menos?

Silencio, delincuente, contestó don Ernesto sacando unos impresos y rompiéndolos en pedazos. Adiolinda, hemos terminado la inspección, todo está correcto, cerraremos el acta sin sanción alguna, lo firmamos y ya nos veremos, dijo mientras Teresa alzó el móvil en dirección a "Cuquita", para tomar esos maravillosos callos que sirven ustedes, continuó hablando, para acto seguido coger del brazo a Cuquita y salir con ella por la puerta de la Taberna.

Adiolinda no entendía nada, y Vega la explicó, llevo dos meses ganándome la confianza de la esposa del inspector y tocaré en esa puesta de largo, pero todo fue una estratagema utilizando que el vicioso inspector se sentía atraído por la Maruxaina, que ayer me llamó diciéndome que hoy era el día en el que tenía que traer a Cuquita, a las once, dando tiempo a que Teresa tomara fotografías de cómo abusaba de la sirena. Ese ya no vuelve.

Tres meses después, en una calle secundaria de la ciudad, ¡¡¡¡¡Ehhhhh, guapo!!!!!, dijo una voz, y cuando don Ernesto, flamante inspector de hacienda, se volvió, una mano grande, con uñas afiladas, le pegó una tremenda bofetada que le hizo caer al suelo. 

Cuando se pudo levantar, un intenso olor a mar impregnaba el ambiente, y calle abajo, una Maruxaina muy estirada y digna bajaba caminando moviendo intencionadamente las caderas, y una fuerte carcajada seguida de una especie de aullido resonó en toda la calle.

lunes, 18 de mayo de 2026

PANDEMIA

La soledad es como la lluvia,

que sube del mar y avanza hacia la noche.

De llanuras lejanas y perdidas

sube hasta el cielo, que siempre la recoge.

Y sólo desde el cielo cae en la ciudad.

Es como una lluvia en horas indecisas

cuando todas las sendas apuntan hacia el día

y cuando los cuerpos, que no encontraron nada,

se apartan unos de otros, defraudados y tristes;

y cuando los seres que mutuamente se odian

deben dormir juntos en una misma cama.

Entonces la soledad se marcha con los ríos…

(Poema de mi amigo Rainer María Rilke, escrito en París, 21-9-1902)



Hoy os voy a contar el milagro que sucedió en la Taberna cuando la pandemia de ese traidor virus que sumió a la ciudad, al país, en la soledad más absoluta.

Cerró todo en la localidad, tan solo las tiendas de alimentación, supermercados, gasolineras y farmacias permanecieron abiertas, bueno, ellas y el Mono Rojo.

En la Taberna, cuando dieron la Orden de confinamiento, el Cipri cerró sus puertas...y abrió la trampilla del sótano que daba a la calle.

Doce escalones grandes y una pequeña rampa, separaba la realidad diaria de la ilusión y la magia del Mono Rojo.

Doce escalones de piedra para reencontrarte con el olor a madera vieja, a ron barato y al sonido continuo del motor de las neveras. Doce escalones para encontrarte en compañía, porque como decía el Cipri, si no podemos cuidar el aire de fuera, cuidaremos éste, invitando a todos, nada más entrar a un chupito de ron cubano que le traían los barcos del estraperlo y que dicen que mataba al virus.

En esos días, el Cipri no cobraba dinero, no quería por si en él estaba camuflado el traidor culpable de tanta gente enferma y tanta gente muriendo, el virus. Si no contabas una historia para compartir distrayendo al personal, te apuntaba las consumiciones en una libreta que pagarías después, cuando todo pasará, con el detalle de que si morías, el Cipri pagaba tú deuda, pues todo el mundo conoce que el Cipri nunca cobraría a un muerto.

En el Mono Rojo hubo siempre normas no escritas que con la pandemia aumentaron, por ejemplo, nunca se podía hablar de números, lo que los poetas y el Forastero Quizás aplaudieron a rabiar, ni de muertos, ni de casos, ni de estadísticas, ni de días qué llevaba el confinamiento. Nada de números, nunca.

Todos debían alguna vez traer alguna historia, como el parroquiano que no tenía ninguna y nos contaba chistes de la dictadura. O la señora Luisa, que nos contó como conoció a su marido, hace ahora cuarenta y ocho años, en el interior de un camión de mudanzas.

Hasta que una noche bajó los escalones una chica joven, temblorosa, indecisa, con guantes, mascarilla y unos ojos cansados con bolsas pronunciadas en los pápados inferiores, que dejándose caer en una silla nos dijo, soy enfermera en la residencia de al lado. Me he escapado un rato, no puedo hoy con mucho más, estoy muy cansada, arriba se mueren solos, al menos, aquí abajo, si morís, que no lo sé, lo haceis acompañados. Os he visto bajar durante varios días por la trampilla, y un vigilante me dijo que es la provisional entrada a la Taberna del Mono Rojo, que él entraba a veces y que yo lo hiciera, que en la Taberna sería bienvenida y aceptada.

Cipri no dijo nada, la sonrió y la puso delante el chupito de ron cubano.

Esa noche, catorce parroquianos escucharon la historia de un anciano, muy enfermo, que la pidió a la enfermera que le describiera el mar, que nunca lo había visto. La enfermera tampoco lo vió nunca, pero intentaba contarle como ella creía que era. Catorce voces, una tras otra, la contaron a Almudena, que así se llamaba la enfermera, cómo era el mar, sus experiencias entre sus marejadas y sus alegrías al llegar a puerto. Incluso Rosa, la vieja prostituta la dijo - cariño, y si quieres saber de los hombres de la mar, yo te pongo al día - provocando las risas de los catorce parroquianos.

Cuando se levantó el confinamiento, la Taberna volvió a abrir arriba, las puertas de siempre, y el Cipri cerró la trampilla. Nadie dijo nunca nada de la actividad a través del sótano, nunca se enteró la autoridad. Pagaron sus cuentas, dejando en la barra del sótano, unos una piedra, otros una medalla o una estampita, una fotografía, un botón, algo propio, y entre los objetos, trece marcas hechas con el filo de una pequeña navaja, trece marcas, una por cada día que la enfermera encontró como continuar su trabajo gracias al Mono Rojo y su gente.

Ninguno de los clandestinos parroquianos de la Taberna falleció durante la pandemia. Bendito sótano.

domingo, 17 de mayo de 2026

AMARRA, BURRO

Mal oficio es mentir, pero abrigado:

eso tiene de sastre la mentira,

que viste al que la dice; y aun si aspira

a puesto el mentiroso, es bien premiado.

Pues la verdad amarga, tal bocado

mi boca espuma con enojo y ira;

y ayuno, el verdadero, que suspira,

envidie mi pellejo bien curado.

Yo trocaré mentiras a dineros,

que las mentiras ya quebrantan peñas;

y pidiendo andaré en los mentideros,

prestadas las mentiras a las dueñas:

que me las den a censo caballeros,

que me las vendan Lamias halagüeñas.

(Poema de mi amigo Francisco de Quevedo)



Una tarde grisácea, amenazadora de lluvia, entró en la Taberna, bajo una chaqueta de pana ocre y un pantalón marrón con buen calzado un vendedor de enciclopedias, biblias y algún otro libro de cocina.

En la barra estaba Teresa, que enseguida, al escuchar que vendía biblias entabló conversación con el agradable joven, de mucha labia, simpático, atento y que rápido encandiló a la cocinera con sus buenas palabras. Que si familia, que si el matrimonio, que sus hijos, todo era primordial y por delante de todo. Él nunca fallaría a esos que consideraba sus más importantes compromisos, sus prioritarias responsabilidades.

La Maruxaina estaba sentada con el Cipri y con Vega, con la que hablaba señalando al vendedor y preguntando a Vega si le daba un escarmiento por su hipocresía.

-Vega, coge la guitarra, por favor, y toca mi canción favorita, la que atrae a quien la escucha, dijo la Maruxaina soltándose el pelo largo que la caía sobre el pecho y rejuveneciendo por momentos.

Vega comenzó con el sereno rasgueo de las cuerdas al tiempo que una voz hechizante, cálida, cercana. Una voz que te libera del frío de los huesos y se te mete hasta las entrañas con su sugerente tono de marcado acento, unida a una belleza enmarcada en el moreno de su largo cabello vertiendo sensualidad sobre las curvas sugerentes de su cuerpo.

El vendedor de biblias se olvidó de Teresa, de su familia, de su mujer y sus hijos, teniendo nada más que miradas de deseo hacia la Maruxaina, a la que se acercó aproximando su rostro al de la sirena sin poder evitar la pasión que en él provocaba la sensual criatura.

Cuando el joven acercaba sus labios a la boca de la Maruxaina, una voz cascada y rota gritó "Amarra, burro, que viene el diablo", provocando que el vendedor abriera los ojos, encontrándose frente a él a una anciana arrugada, con el pelo blanco, despeinada, curtida de sal que no dejaba de gritar "¿Y tus hijos? ¿Que pasa con tu mujer? ¿Eso es lo que te importa tú familia? ¿Que pretendes? para volver a dar un espeluznante grito repitiendo "Amarra, burro, que viene el Diablo"

Con el miedo en su alma, el joven echó a correr olvidando la cartera con los muestrarios, saliendo a la calle cerrando de golpe la puerta de salida.

A los dos minutos regresó, temeroso, y acercándose a la barra pidió su maletín a Teresa, que riéndose le dijo que se sentara, que tomara una cerveza ya que nadie le haría daño y que se tranquilizara.

-Mira, joven, esa chica y esa vieja que has visto son la misma persona, es la Maruxaina, y no es mala, no hace daño a nadie si se comporta con normalidad y respeto. A veces la gusta jugar, como ha hecho contigo, pero no es mala. La Maruxaina es como la mar, que no te odia pero que tampoco te debe nada. A quien va con respeto, le avisa, que amarre, que vuelva a puerto, pero a quien va con soberbia, lo atrae, lo llama, lo seduce y lo destruye haciendo que naufrague.

Pregúntate tú, vendedor de biblias, como viniste a hablar conmigo, si con respeto o soberbio con lo de tu mujer, tus hijos, tú familia. Tú sabrás cómo llegaste, y entenderás a la Maruxaina.

Ahora, vete, le dijo Teresa mientras se volvía hacia la mesa donde Vega y la Maruxaina tenían un ataque de risa que se le contagió a toda la Taberna.

sábado, 16 de mayo de 2026

CUMPLEAÑOS DE TERESA

Aunque hoy cumplas

trescientos treinta y seis meses

la matusalénica edad no se te nota cuando

en el instante que vencen los crueles

entrás a averiguar la alegría del mundo

y mucho menos todavía se te nota

cuando volás gaviotamente sobre las fobias

o desarbolás los nudosos rencores.

buena edad para cambiar estatutos y horóscopos

para que tu manantial mane amor sin miseria

para que te enfrentes al espejo que exige

y pienses que estás linda

casi no vale la pena desearte júbilos

ya que te van a rodear como ángeles o veleros.

es obvio y comprensible

que las manzanas y los jazmines

y los cuidadores de autos y ciclistas

y las hijas de los villeros

y los cachorros extraviados

y los bichitos de san antonio

y las cajas de fósforos

te consideren una de los suyos

de modo que desearte un feliz cumpleaños

podría ser injusto con tus felices

cumpledías

acordáte de esta ley de tu vida

si hace algún tiempo fuiste desgraciada

eso también ayuda a que hoy se afirme

tu bienaventuranza

de todos modos para vos no es novedad

que el mundo

y yo

te queremos de veras

pero yo siempre un poquito más que el mundo.

(Poema de mi amigo Mario Benedetti)



Mañana, bueno, a estas horas ya hoy, queremos dar a Teresa una sorpresa por ser su cumpleaños, y nos hemos comprometido todos los parroquianos habituales a participar activamente en un menú típico del Mono Rojo que Adiolinda ya está cocinando para que cuando llegué la hora, todo esté preparado y las mesas, corridas y esperando a los comensales invitados.

El menú se compone de varios platos acompañados de una especial bebida. El menú para el cumpleaños de Teresa se denomina en general,  "Suspiro de Luna en Cama de Roble" y es una especie de sopa que solo se sirve en los grandes y señalados momentos, presentado en un cuenco de barro negro, humeando pese a no estar caliente.

Sus ingredientes son, generalmente, "Suspiros de luna" un merengue secado al aire nocturno, tan ligero que se deshace antes de tocar la lengua. Sabe a leche tibia, sal marina y nostalgia.

"Susurros de roble": Virutas de la madera de roble ahumada en una hoguera de ramas del mismo árbol infusionadas en miel de encina, que le da un crujido amaderado y con sabor a bosque después de la lluvia, casi un petricor salvaje.

Todo ello acompañado de el "secreto del Mono Rojo", compuesto por unas gotas de sidra fermentada bajo la luz de las estrellas, hecho por Vega a la luz de la Estrella Polar.

Todo el conjunto se come con una cuchara de plata y necesario no pensar, abandonándose a la experiencia. La primera cucharada sabe a anhelo, la segunda a recuerdo de un lugar donde nunca estuviste, quedando al final algo parecido a un retrogusto a madera vieja y risa nerviosa como la de la Maruxaina.

Todo esté menú debe ir acompañado exclusivamente, de la siguiente bebida, llamada "Eco de Estrella Quebrada", también preparado por Vega en una copa de vidrio, fría al tacto pero sin hielo, y con el brebaje cambiando de color según lo que se escuche en la Taberna, cuando nadie habla, azul profundo como la mar adentro, siendo de plata pálida cuando alguien ríe en el local.

Se compone de "Lágrimas de meteorito", que es agua de lluvia recogida por Vega la noche que cae una estrella. Sabe a mineral limpio y a aire alto, acompañado de "silencio fermentado" en el interior de un barril de roble que nunca fue curado a fuego. Le da ese toque seco, como madera vieja y calma, mucha calma, bautizado al final por una pizca de flor de saúco y unas piezas de canela que nunca se disuelven del todo, dando ese sabor exótico de una noche de tormenta bajo los rayos poderosos.

Este cóctel hay que tomarlo sin revolverlo y en tres sorbos, de los cuales, el primero sabe a noche despejada, profunda y limpia de luces. 

El segundo trago te transmite una fuerza poderosa traducida en un cosquilleo en los dientes, como si hubieras mordido un rayo de luz de una estrella fugaz, mientras que con el tercer sorbo conectas tu entendimiento con el cinturón cósmico, viendo, en unos minutos, toda tu vida hasta el día de hoy.

Al final, cuando se sirva la tarta de la eterna juventud, hecha con porciones de los mejores postres de la antigua monja, Vega tocará al piano el cumpleaños feliz mientras la Maruxaina y Adiolinda la entregan un pequeño espejo que hicieron con lo que sobró del meteorito con el que hicieron el espejo grande.

A este espejito, tipo bolsillo, Teresa le  puede formular cualquier pregunta sobre su pasado, exclusivamente desde su niñez hasta la salida del convento, y podrá disfrutar de imágenes de sus familiares ya muertos, de sus correrías con el muchacho que la gustaba, su entrada al convento, etc.

Sobre la barra de la Taberna, un gran letrero de tela con el texto de "muchas felicidades, Teresa" y la ilusión de los parroquianos esperando sorprender a la cocinera de la magia. 

Feliz cumpleaños, Teresa.

viernes, 15 de mayo de 2026

LA INUNDACIÓN

Naranjas que caían

al corral de mi casa

de una casa vecina,

rodando por las tapias...

Encendidas naranjas

que trae, en su canasta,

una niña que viene

cantando desde el alba

“Naranjitas de China

¿no me compra naranjas?...”

¡Ay, cómo me recuerdan

el solar de mi casa

con el color alegre

de sus hojas amargas!

¡Cuántas cosas me dice

de mi vida lejana,

esa niña que viene

vendiendo unas naranjas.

(Poema de mi amigo Jaime Torres Bodet)




Fue culpa de las tormentas, que vaciaron el cielo vertiendo agua a raudales, de tal manera y forma que el almacén subterráneo de la Taberna se inundó completamente, con barriles y botellas flotando en el agua sucia que alcanzó los dos metros y algo dentro del almacén. Por vez primera, el Mono Rojo se quedó sin alcohol.

Teresa propuso no abrir, pero la Maruxaina le dijo a Adiolinda que la gente venía no solo por el alcohol. No podía cerrar, y Adiolinda abrió las puertas. 

Fue raro, nadie bebía, pero venían los parroquianos y se quedaban contando sus historias.

Uno de ellos vino con un saco de naranjas amargas, cogidas en la Calle Grande de la ciudad, donde los naranjos adornaban la calle plantados cada dos metros. Viendo eso Adiolinda, decidió pelar las naranjas, poniendo las cáscaras a cocer con un poco de miel que tenía en la cocina y sacando de la bolsa de las hierbas el susurro del condenado, una hierba que había que recoger de noche, antes de que sobre ella reposara el rocío del amanecer que la quemaba.

El mejunje que resultó de la coción no tenía alcohol, pero hizo hablar a una joven viuda que no lo hacía desde que murió el marido, y lo primero que dijo es que la vida no la odiaba, pero que se olvidó de ella y por eso no hablaba.

Un muchacho de unos veinte años, Toni, que siempre andaba sujetando una pesa en la cabeza debajo del gorro y tapando con la ropa las vendas con las que aprisionaba su cuerpo, confesó su miedo a crecer.

Otro parroquiano contó el amor por la hija que nunca tuvo pero que en las noches de navegación le hacía compañía en el castillo de proa, y así, cada parroquiano fue contando historias propias con las que pagar el caldito que Adiolinda había cocido para sustituir al alcohol.

La misma Adiolinda contó como desde Venezuela ella regresaba a la Taberna que nunca había conocido anteriormente pero que la atraía sin prudencia alguna.

Y Teresa, la cocinera, después de beber una taza del brebaje, nos contó sobre un amor que tuvo casi en la niñez con un chico del pueblito de Burgos en el que nació, poniéndose muy colorada según lo iba contando mientras en el espejo del asteroide la imagen de un muchacho corriendo por las calles de un pueblo persiguiendo a una muchacha que reía a carcajadas.

Noche rara, que al terminar dejó sobre la barra tres hojas secas de roble que Vega echó al tarro de cristal de las limosnas para los que ya nunca están.

miércoles, 13 de mayo de 2026

EL EMIGRANTE

(…) Tu juventud llamaba a las ciudades del mundo,

a los vientos que soplan contra viejas murallas,

a la gente que vive en las oscuras minas,

a marinos que yacen bajo cruces del mar. 

Tú, el viajero, el insomne, el descontento,

el que levantaba las manos hacia los relámpagos,

el que veía pasar las bahías

como la orilla serena y brumosa de la tristeza.

Sabías soportar las lejanías, siempre tan del corazón. 

Sabías llegar.

Y eras ahí el anónimo, el oscuro, el devorado,

tendido en las noches calientes,

como los sacos, como los barriles,

a la orilla de los grandes navíos (…)

(Fragmento de un poema del poeta venezolano Vicente Gerbassi)





Genaro tenía 18 años cuando con una maleta de cartón y una fotografía de su madre marchó hacia Buenos Aires en un viejo mercante transoceánico.

Trabajó allí de mozo de almacén, en una imprenta, de camarero en un bar, de ayudante de calderas en los ferrocarriles y terminó abriendo una posada que llamó como lo último que había visto al partir de España, El Mono Rojo Argentino.

Pasó 48 años fuera, en Argentina. Había vivido más en Buenos Aires que en su país natal, y ahora, con 66 años, y víctima de una incurable enfermedad, regresaba a sus orígenes.

Abrió las puertas del Mono Rojo y olores familiares a ron, a vino, a fritanga, a humanidad, le vinieron a saludar. La Taberna estaba tal y como la recordaba, algo más vieja, pero como la tenía almacenada en sus recuerdos.

¿Tú quién eres? Preguntó Adiolinda, nunca te vi por aquí.

- Soy aquel que marchó y al que se le olvidó volver durante años. 

Adiolinda no preguntó más, sabía lo que necesitaba, lo había visto en otros casos y poniéndole un vino y un plato de aceitunas si le indicó que si quería podría dormir durante unos días en un pequeño cuarto que tenía la Taberna por no dejar dormir a quien lo necesitará en la calle.

Genaro rechazó la invitación y se sentó en la misma mesa donde la noche antes de su partida tuvo una gran discusión con su padre porque el progenitor no quería que emigrara rogándole que se quedara.

Estuvo unas horas, escuchando historias de parroquianos, y oyendo las conversaciones de los jóvenes que acudían cada tarde a la Taberna, pero de esas conversaciones de los muchachos entendió poco, o nada.

Más tarde, al marcharse, quiso despedirse de Adiolinda, que le dijo, te vas pero no te olvides de volver.

En el autobús, Genaro pensó que esta vez no huía de la miseria, del paro, del no tener, que marchaba pero en cualquier momento podría volver, la Taberna, sus historias, sus olores, sus mesas, definitivamente sintió en su interior haber vuelto a casa.

Ha pasado un mes. Adiolinda clava en la pared una nota recibida de Genaro: me fuí y no he olvidado volver, pero regresé tarde, quizás en otro plano nos vemos.

La nota estaba escrita en una hoja con membrete del Hospital General.

Esa noche las cuatro mosqueteras brindaron por el que se fue regresando.