ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO
LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

viernes, 8 de mayo de 2026

NORMAS, ALGUNAS

Norma de ayer encontrada

sobre mi noche presente;

resplandor adolescente

que se opone a la nevada.

No quieren darte posada

mis dos niñas de sigilo,

morenas de luna en vilo

con el corazón abierto;

pero mi amor busca el huerto

donde no muere tu estilo.

Norma de seno y cadera

bajo la rama tendida;

antigua y recién nacida

virtud de la primavera.

Ya mi desnudo quisiera

ser dalia de tu destino,

abeja. Rumor o vino

de tu número y locura;

pero mi amor busca pura

locura de brisa y trino.

(Poema de mi amigo Federico García Lorca)






Hay unas normas básicas en el Mono Rojo, como por ejemplo, si te quedas sin trabajo, en el paro, puedes comer y cenar sin pagar nada en la Taberna. Todo se apunta en la Libreta Negra, de manera que, cuando empiezas de nuevo a trabajar, vas pagando, poco a poco, tú cuenta y la del siguiente que se queda sin trabajo. Entre todos nos ayudamos, como cuando se pide el plato del día que siempre se repite a diario y que es completamente gratuito, pagando solo el vaso duralex lleno de vino tinto.  Se llama "el estofado del día después" y lleva lo que sobró el día anterior, aderezado con especias y alguna patatiña que Teresa le echa junto a un buen trozo de tocino entreverado.

Otra norma no escrita es que, cuando Vega ve que alguien no tiene un buen día, se sienta al piano tocando melodías varias que dependen del tipo de baja moral o enfado que tenga el parroquiano afectado.

En esos momentos en los que Vega interpreta su música al piano, todo el mundo guarda silencio pues si habla alguno, los ojos de la figura del Mono Rojo se le quedan mirando, brillantes y amenazadores. Nadie ha resistido esa mirada.

Son muy esperadas las grandes bandejas de torreznos recién fritos que saca Teresa de la cocina y que pasea por la barra y entre las mesas para que los parroquianos degusten esa delicatesen de la meseta que Teresa hace como nadie.

Dicen que en las noches en las que el cielo está encapotado, descienden a media noche espíritus de antiguos parroquianos a degustar los torreznos de Teresa y se vuelven a ver vestidos y trajes de otras épocas y se escucha un castellano antiguo con bastantes latinajos, que diría un castizo.

Es normal ver esas apariciones de  antiguos asiduos al Mono Rojo, incluso hay una pareja de abuelos, que suelen sentarse en una mesa los domingos, en la que él hace tiempo ya que marchó aunque regresa a la Taberna siguiendo la costumbre dominical que tenía en vida, y nadie se extraña.

Es el mundo mágico y sobrenatural de la Taberna del Mono Rojo, en la que todo el mundo es bienvenido si trae alguna historia que contar.

Y ya guardo silencio, que las notas de The Thrill Is Gone empiezan a sonar desde la guitarra de Vega y todo el mundo escucha mientras mueve rítmicamente la cabeza y uno de los pies.

Hasta luego, compañeros.

jueves, 7 de mayo de 2026

LA MESA NUMERO 7

Entre el rumor de las campanas,

bella gitana, amante y mía,

nos amamos perdidamente

y nadie, nadie, nos veía.

Olvidamos que las campanas,

asomadas al campanario,

nos vieron, ay, y noche y día

se lo cuentan al vecindario.

Mañana Pedro y Catalina,

el panadero y su mujer,

Juan y María Golondrina,

mi amiga Luz, mi prima Ester,

sonreirán, de cierta manera…

Yo no sabré dónde meterme…

Tú estarás lejos… Lloraré…

Y hasta es posible que me muera…

(Poema de mi amigo Guillaume Apollinaire)



En la mesa número siete de la Taberna del Mono Rojo no se sienta mucha gente.

En esa mesa hay un tintero lleno siempre de tinta azul, una pluma de las antiguas a la que se le cambia regularmente el plumín y unos folios en blanco.

En la pared, justo encima de la mesa, una campana clavada espera que algún cliente escriba una verdad para dar tres campanadas.

Hace unos días entró en el Mono Rojo Moira, una chica joven, vecina del barrio y que no entraba siempre a la Taberna pero si dos o tres días a la semana, y tomó asiento en la mesa número siete.

Después de un rato dando vueltas con la mano a un refresco azucarado que le había servido Adiolinda, cogiendo la pluma, la metió en el tintero y comenzó a escribir sobre uno de los folios en blanco:

"Nunca tuve nada que yo quisiera, ni trabajo, ni casa, ni marido, ni nada, todo fue por que quisieron otros y yo no tuve fuerza para oponerme y decir lo contrario"

En ese momento, y mientras Moira apretaba y retorcía con las manos un pañuelito de papel, la campana clavada en la pared dió tres agudas y resonantes campanadas haciendo que tanto Teresa cómo la Maruxaina se dirigieran a la mesa número siete sentándose con la muchacha.

Hablaron mucho Teresa y la sirena sobre renuncias y sobre hasta aquíes, sabían por experiencia demasiado sobre eso, la pena de la aceptación de la incapacidad para decidir por si misma y las consecuencias de ello. El dolor ante la ruptura de lo pasado y vivido hasta un momento dado. El sacrificio del comienzo partiendo de cero y la soledad frente a ese abismo en el que de golpe se convirtió su vida.

Hablaron mucho Teresa y la Maruxaina contándole sus experiencias, Teresa agarrando las manos de Moira y la sirena apretando el hombro de Teresa cuando ésta se emocionaba recordando.

Hablaron mucho hasta que, con un abrazo fuerte de las tres, dejaron a Moira sola en la mesa número siete.

Nadie sabrá nunca lo que la chica escribió en un folio nuevo, porque al volver a sonar las tres campanadas, Moira ya no estaba en la mesa. Tan solo vieron las puertas del Mono Rojo cerrándose tras su salida apresurada llevando con ella el nuevo folio escrito.

Pasó una semana y un día, al poco de abrir la taberna, entró un joven, con bigotito fino y recortado, pelo engominado y con un pulóver blanco y pantalón azul, que con aires poderosos y un poco chulescos preguntó si Moira, su mujer, dijo, había estado últimamente por ahí.

¿Moira? ¿Y quien es Moira? dijo Teresa, no conozco a ninguna Moira, y mirando la fotografía de la muchacha que el tipo les enseñó, Teresa se reafirmó en que no sabía quién era y que nunca la había visto por la Taberna.

El chico comenzó a gritar a la cocinera, mentirosa la llamaba mientras gritaba que Moira era suya y la encontraría, con su ayuda o sin su ayuda de falsa y mentirosa.

La Maruxaina llegó hasta el chico que gritaba, y agarrándolo de un brazo lo giró y acercando su cara a la otra, con su dentadura en sierra, dejó salir como en un silbido las palabras de "vete de aquí, presuntuoso abusador, vete antes de que haga la justicia que mereces y que Moira no supo darte. Veteeee y no vuelvas"

El creído muchacho se hizo pequeñito y tembloroso ante el silbido que al hablar exclamó la sirena, y con las marcas de la mano de la Maruxaina en su brazo, abandonó corriendo el Mono Rojo y nunca más se supo de él. Hay quien dice que hasta mudó de barrio.

Hace poco llegó una carta a la Taberna, "ya estoy bien, por fin mi vida es mía. Gracias, M"

Teresa y la Maruxaina se miraron, sonrieron y volvieron al trabajo, mientras una campana tañía tres veces sobre la mesa número siete.

miércoles, 6 de mayo de 2026

LOS MUSICOS AMBULANTES

Músico llanto en lágrimas sonoras

llora monte doblado en cueva fría,

y destilando líquida armonía,

hace las peñas cítaras canoras.

Ameno y escondido a todas horas,

en mucha sombra alberga poco día:

no admite su silencio compañía,

sólo a ti, solitario, cuando lloras.

Son tu nombre, color, y voz doliente,

señas más que de pájaro, de amante:

puede aprender dolor de ti un ausente.

Estudia en tu lamento y tu semblante

gemidos este monte y esta frente:

y tienes mi dolor por estudiante.

(Poema de mi amigo, don Francisco de Quevedo)




Me contó Adiolinda el otro día que, estando Vega y ella solas en la Taberna, este invierno pasado, al lado de la chasca bien encendida por el frío de esa noche en la que había caído la primera nevada, cuando ya la conversación entre ambas había menguado y se encontraban, mirando fijamente el lamido de las llamas alrededor de los troncos en el hogaril, tras figuras nebulosas se fueron materializando delante de ellas, abrigados con viejas chaquetas de telas ásperas y gruesas, sus gargantas protegidas por bufandas de lana descolorida y algún roto en los zapatos, pero con una faz amigable inspirando confianza.

Buenas noches, somos músicos ambulantes y traemos con nosotros la historia de lo que nos sucedió una noche como ésta, en la que la nieve nos hizo buscar refugio, camino a nuestro pueblo, y tú padre, el Cipri, que estaba cerrando el local, lo volvió a abrir para nosotros, encendiendo el hogaril de nuevo, preparándonos algo de cena y dándonos de beber hasta que se hizo de día y sin cobrarnos nada al ver nuestras apariencias.

Desde entonces, siempre que se produce la primera nevada, venimos al Mono Rojo en la fría madrugada y tocamos nuestros instrumentos hasta el primer rayo de luz del sol.

Adiolinda, mirando a Vega, se levantó y preguntándoles que cenaríais comenzó a ir hacia la cocina.

No, no, dijo el violinista, los espíritus no cenamos, no podemos. Queremos solo tocar nuestros instrumentos para vosotras como cada año en la primera nevada.

Tú, muchacha, continuó el violinista dirigiéndose a Vega, parece que también tocas, ¿Quieres tocar esta noche con nosotros?

Vega, afirmando con la cabeza y aún algo sorprendida, cogió su guitarra y "cuando queráis", dijo a los músicos.

Toda la noche estuvieron tocando melodías, y en alguna, la voz de Adiolinda dejó que se la escuchará entre risas de todos por lo que desafinaba.

Fue una bonita y divertida noche que acabó cuando el sol empezó a asomar por el horizonte anunciando un nuevo día. Entonces, el trío musical comenzó a desaparecer mientras decían adiós con sus manos.

¿Vega, no lo habremos soñado? preguntó Adiolinda, para callar acto seguido al ver que Vega recogía una vieja bufanda descolorida caída en el suelo mientras una sonrisa dibujaba su semblante y una lágrima recorría su mejilla.

martes, 5 de mayo de 2026

EL BARRIL

Bailada ya la vid, se anilla y moja

sucesiones de círculos con aros,

vientres que ordeña el puño en cubos claros

por un sexo sencillo que se afloja.

Y la inseguridad por dentro roja,

traducción apagada de los faros,

con interpretaciones serpentinas,

equivocando pies, consulta esquinas.


(Poema de mi amigo Miguel Hernández).





En el centro de la Taberna estaba firmemente anclado al suelo un viejo barril de madera que llegó, nadie sabe cómo ni cuando, desde la lejana Jerez. Posiblemente en algún naufragio contra el roqueo del litoral en alguna noche de tempestad en la que las olas golpeaban con fuerza y empujaban cualquier objeto flotante contra las agudas y pétreas rocas. 

Seguramente alguien, en días posteriores, descubriéndolo en la costa lo llevó al Mono Rojo, y ahí sigue, sirviendo de apoyo a los pocos clientes que se atreven a utilizarlo, aunque hay una norma que siempre se cumple por lo que implica las consecuencias de saltársela, nunca, bajo ningún concepto, puede apoyarse en la tapa del barril ningún vaso o recipiente con líquido, sea el que sea, alcohol, agua, lo que sea, nada puede apoyarse en el barril, por el peligro de que se derrame, ya que la barrica no puede mojarse nunca.

Una vez, un cliente borracho derramó su jarra de cerveza sobre la madera del barril. Inmediatamente la Maruxaina empezó a cantar con esos lamentos agudos con los que buscaba alejar a los barcos de su trayectoria.

Pese a la fuerza de sus quejíos, y al llanto de la Maruxaina que provocaba el conocimiento de lo que iba a pasar, no pudo evitarlo. Esa madrugada, dos pesqueros no regresaron a puerto, y en la espera, rompiendo el silencio de la Taberna, dos sombras grandes, chorreando agua y dejando las huellas mojadas de las botas en el suelo del Mono Rojo entraron y acercándose al borracho, dormido sobre el barril, lo agarraron entre los dos y se lo llevaron sin decir nada mientras se juntaban los gritos del cliente bebido y los lamentos de la Maruxaina.

Al amanecer encontraron en la playa los cuerpos de los dos capitanes de los pesqueros y entre ellos el cadáver, ahogado del borracho.

domingo, 3 de mayo de 2026

EL MOROSO

Palabras para ti. No las pronuncies.

Cierra

Como cierras el puño, abriendo el aire.

No quiero

palabras. Espuma

contra el cantil radiante

de la realidad.

Tú.

El cabello luminoso.

Roja bandera herida por el alba.

Cuando

me miras, no hay palabras.

El mundo

tiembla en un instante.

Y sé que es bello combatir unidos.

(Poema de mi amigo Blas de Otero)




Se veía que era un ejecutivo, aunque debía de trabajar en ello desde hacía poco, porque se le veía muy joven 

Bien vestido, con esa uniformidad de los ejecutivos de traje de marca nuevo, camisa y corbata, zapatos muy brillantes y esa extraña manera de hablar que parece de academia.

Pidió un vermut y al terminarlo quiso pagarlo con una tarjeta de banco.

- Aquí no aceptamos tarjetas, de ninguna clase, no nos gusta el plástico, ni aceptamos bizum ni transferencias. Si no tienes efectivo, aceptamos historias. Cuéntanos una historia y estaremos en paz, dijo Adiolinda .

¿Y si no tengo ninguna historia que contar? ¿Si creo que un vermut no se merece una historia mía? ¿Como lo hacemos entonces?

Mira, contestó la tabernera, todas esas notas en la pared son deudas de clientes que no contaron su historia, no acabaron un chiste o no quisieron pagar con lo que nosotros cobramos.

Tú nombre pasará a una nota que dirá que eres un moroso de historias, que no contastes ninguna, pese a que tomaste un vermut.

¿Y eso es todo? contestó el joven, me da igual, barato vermut entonces me he tomado. Me voy y no te contaré ninguna historia.

Tú sabrás, dijo Adiolinda, ya veremos si regresas a pagar o no.

El ejecutivo se marchó, tenía una importante comida con unos clientes para cerrar un trato, pero se estropeó la operación, los clientes no podían tratar con alguien a quien al ir a pagar con la tarjeta el datáfono la rechazó por una deuda en la Taberna del Mono Rojo.

El joven, muy enfadado quiso denunciar a la Taberna, pero al pasar el policía el carnet del denunciante para leer el chip, en el ordenador salió deudor en la Taberna del Mono Rojo de la que se fué sin pagar.

Muy enfadado, el joven ejecutivo fue a por su coche, y al meter la tarjeta que hacía de llave, no arrancó, escribiendo en el ordenador central, moroso de la Taberna del Mono Rojo.

Lleno de ira anduvo hasta la taberna. Tardó como dos horas en llegar y al entrar, gritando, contó: después de irme de aquí sin contar una historia para pagar el vermut, fuí a una comida de empresa y se anuló el trato porque mi tarjeta decía que tenía una deuda con vosotros. No sé cómo lo hicisteis, pero perdí miles de euros.

Fuí luego a comisaría a denunciaros y no pude porque el único dato de mi carnet era que me había marchado sin pagar de vuestro local.

Al coger mi coche e intentar arrancarlo, no funcionaba, solo salía una nota en el ordenador diciendo que era moroso vuestro.

Y aquí estoy, a ver cómo arreglamos esto y me dejáis ya en paz.

Adiolinda se dió la vuelta, y cogiendo la nota del joven se la entregó diciendo, he escuchado historias mejores, pero para ser la primera vez que cuentas una, no está mal. Tú deuda está pagada.

Fue decir la tabernera eso, y el ejecutivo despertó sobresaltado en una de las mesas.

¿Que pasó? La comida, la comisaría, mi coche, mi enfado...¿Cuando me quedé dormido en la mesa? ¿Todo fue un sueño?

No sé de que me hablas, dijo Adiolinda, tomaste un vermut, pagaste con una historia y no damos cambio, pero tampoco perjudicamos nunca a nadie.

En ese momento sonó el teléfono del joven, un mensaje, le estaban ya esperando los clientes para comer y cerrar un trato. Prefirió correr para llegar a tiempo y no preguntar nada.

La Maruxaina, Vega y Teresa se unieron riendo a carcajadas con Adiolinda que tiraba a la basura la nota que sacó de la pared. 

Cosas del Mono Rojo

jueves, 30 de abril de 2026

EL BAILE DE LAS SOMBRAS

Lámparas de cristal

y espejos verdes.

>Sobre el tablado oscuro,

la Parrala sostiene

una conversación

con la muerte.

La llama

no viene,

y la vuelve a llamar

Las gentes

aspiran los sollozos.

Y en los espejos verdes,

largas colas de seda

se mueven.

(Poema de mi amigo Federico García Lorca)


Entra sin que nadie nos demos cuenta. Se comenta que no abre las puertas, pero que atravesándolas, con su vestido verde ajustado y con un maquillaje perfecto se va hacia el centro del local donde las mesas y las sillas se apartan solas.

Se queda mirando fijamente a la clientela y, sonriendo, comienza a cantar mientras la música suena nadie sabe de dónde.

Son tres canciones, solo tres canciones que mientras suenan se llevan a las sombras de los clientes que en ese momento se encuentran en el Mono Rojo, y bailan. Nosotros lo llamamos el baile de las sombras.

Terminada la tercera canción, las sombras vuelven al suelo junto a su dueño, todas menos una, la del elegido, que beberá pernod con ella hasta que empiece el amanecer a dar sus primeros colores. Entonces, ella desaparece y el elegido queda con dos copas vacías y una vieja moneda de oro, pero sin recordar nada de la noche pasada.

Dicen que la mujer murió en diciembre de 1936, mientras esperaba en la Taberna la llegada de su hombre, contrabandista en la frontera, que nunca llegó.

La Taberna la ofreció refugio durante esa larga noche, sin cobrarla nada de lo consumido, hasta que la mujer se marchó del Mono Rojo para encontrarse con la muerte en un bombardeo de la ciudad durante ese periodo de guerra.

Desde entonces, las noches de tormenta que coinciden en la madrugada del jueves, la cantante regresa a la Taberna y canta sus tres canciones, quizás como pago agradecido al establecimiento por la ayuda prestada, quizás por buscar entre las sombras al contrabandista esperado.

Nunca lo sabremos, pero su llegada siempre es recibida con una mezcla de respeto, admiración y temor.

Hoy es madrugada del jueves, y anuncian tormenta...

lunes, 27 de abril de 2026

TRANSICIÓN


¡Qué costumbre tan salvaje esta de enterrar a los muertos!, ¡de matarlos, de aniquilarlos, de borrarlos de la tierra! Es tratarlos alevosamente, es negarles la posibilidad de revivir.

Yo siempre estoy esperando a que los muertos se levanten, que rompan el ataúd y digan alegremente: ¿por qué lloras?

Por eso me sobrecoge el entierro. Aseguran las tapas de la caja, la introducen, le ponen lajas encima, y luego tierra, tras, tras, tras, paletada tras paletada, terrones, polvo, piedras, apisonando, amacizando, ahí te quedas, de aquí ya no sales.

Me dan risa, luego, las coronas, las flores, el llanto, los besos derramados. Es una burla: ¿para qué lo enterraron?, ¿por qué no lo dejaron fuera hasta secarse, hasta que nos hablaran sus huesos de su muerte? ¿O por qué no quemarlo, o darlo a los animales, o tirarlo a un río?

Habría que tener una casa de reposo para los muertos, ventilada, limpia, con música y con agua corriente. Lo menos dos o tres, cada día, se levantarían a vivir.

(Poema de mi amigo y amigo de "Un Fantasma Cualquiera", Jaime Sabines)



¿ Que pasó, Teresa, cómo está todo tirado y la comida en el suelo?

Teresa estaba muy asustada, no vió a nadie, pero una fuerza desatada comenzó a golpear las ollas, que estaban al fuego, tirándolas al piso derramando todo el contenido.

Los paquetes de harina, sal, azúcar, reventados y mezclado si contenido en el suelo con las judías y las patatas que se estaban guisando 

Platos y vasos rotos, bolsa de basura rasgada y su contenido acompañando a la harina y la sal.

La cocina hecha un asco y no había nadie, tan solo todo saltó por los aires destrozando su trabajo y la habitación.

La Maruxaina, saliendo de la cocina y entrando en la sala general de la taberna, enseguida lo vió, muy enfadado, dando golpes a una mesa de la que se habían levantado horrorizados los clientes que en ella consumían.

Cogiéndole de un brazo fuertemente, pese a los intentos de soltarse del individuo, la Maruxaina le preguntó con su voz dura pero sin levantarla, ¿Que haces?¿Que crees que estás haciendo si no te hemos hecho nada nosotros?

- Tú me ves, dijo el personaje, nadie me ve, nadie me hace caso, y eso me irrita, me enfada y me hace atacarlos. No quiero estar solo, siempre lo estuve y no quiero ahora.

La Maruxaina se sentó a la mesa con él y estuvieron hablando casi una hora, en la que el extraño la fue contando, llorando ahora, gritando después, aunque la voz de la Maruxaina lo fue tranquilizando hasta que llegado un momento dijo, vámonos a verte, Mateo, que así se llamaba el hombrecillo, levántate que nos vamos.

Un momento, dijo Vega con una de sus guitarras en la mano, yo también voy, le veo y le escucho como tú, Maruxaina. Yo os acompaño, voy con vosotros

En la habitación del hospital, entre tubos y aparatos estaba Mateo entre las sábanas de una cama articulada. Con el respirador en la boca y completamente monitoreado.

La Maruxaina, cogiéndole de una mano comenzó a cantar bajito, casi un susurro, mientras Vega rasgaba en la guitarra una lenta y triste canción tipo blues.

Al poco, el ritmo del monitor, después de acelerarse un poco, comenzó a espaciar los latidos, y la mano de Mateo se aferró, increíblemente, a la de la Maruxaina, y suavemente la máquina terminó dando un pitido largo y continuado. Mateo se había marchado, no solo, sino acompañado por la Princesa renegada de las sirenas y por Vega, la niña de las estrellas.

Al llegar al Mono Rojo, el espejo labrado de la piedra de un meteorito por Vega y Maruxaina mostraba la cara de un Mateo sonriente y un mensaje, ETERNAMENTE GRACIAS.