Cuando contemplo el mar desde mi arena
y llegan olas con el infinito
no tengo más remedio que quedarme perplejo
hablo conmigo mismo y con las cosas
me siento mínimo / insignificante
recurro a mi energía y no la encuentro
la habré dejado en casa
en el mar caben todos los enigmas
cuando el viento lo peina
es una maravilla
los pájaros se acercan y lo besan
porque saben que el mar es universo
mirarlo es a veces suficiente
por eso lo contemplo hasta el cansancio
piélago a piélago y acantilados
aquí está el mar / allí está el mar
la historia universal nos lo regala
y yo me ahogo sólo de mirarlo
(Poema de mi amigo Mario Benedetti)
Entró en la Taberna del Mono Rojo sin dinero, casi sin razón, y al sentarse en la barra, Adiolinda le puso delante una jarra de cerveza y un platito de aceitunas.
Él dijo, dame agua, no tengo dinero para pagarte esta cerveza. La tabernera le explicó que agua o cerveza era igual, que si no había dinero tendría que pagar con una historia. Ley de la Taberna, le explicó.
Y el nuevo cliente, empezó su relato:
Me llamó Luis, aunque cuando estaba por esos mundos donde empieza mi historia, no me llamaba igual.
Trabajaba enrolado en el "Rayo del Sur", un carguero que hacía la travesía por los mares que el Indicó nutre, y no era de marinería mi trabajo. Yo era el encargado de la bodega invisible, aquella en la que se almacenaban los productos caídos de camiones durante las cargas y descargas de avituallamiento y donde viajaban silenciosas y ocultas las gentes con las que se nutrían los burdeles asiáticos de medio mundo.
Esa noche especial, bajé a la bodega porque me dijeron que había un encargo especial. No era un fardo, era una niña de ojos rasgados, con coletas, y unos ocho años de edad con una muñeca rota en su regazo y que, llorando, llamaba a su madre contínuamente.
En cuanto la vi supe que significaba problemas para mí, porque no podía dejarla en el barco. La travesía acababa en un puerto del mar de Bering, y de ahí, nadie vuelve, menos una niña.
Esperé a una parada del barco, varado y esperando en alta mar una mercancía que nos traían desde la cercana Birmania, y cogiendo a la niña, envolviéndola con mi chaqueta de pana azul, la metí en un bote que arrié hasta el agua y comenzando a bogar, después de dos horas llegué a la costa, donde, amarrando la pequeña barca, me dirigí a un convento de las Hijas de la Caridad, que conocía, dejando a la niña en manos de la Hermana María, que sin preguntas, me dijo: "gracias por devolverla a la vida".
Regresé al "Rayo del Sur", izando de nuevo el bote, en el que me acurruqué, haciéndome el dormido, para que el resto pensara que había dormido en cubierta.
Nadie se enteró de mi aventura, siguió el barco su trayecto, pero cuando estábamos cerca de atracar en un pequeño puerto, el capitán, dándome un sobre son doce mil euros, me dijo, bájate en el siguiente puerto, aquí ya no nos vales". Así, sin más
Cuando acabé mi relato, toda la Taberna estaba en silencio, mirándome, escuchando.
Adiolinda dijo poniendo otra jarra de cerveza, no está mal, tiene especias, mar, sal, miedo, riesgo, valor. No está mal, tú deuda está pagada.
Una vieja prostituta que andaba por el local me preguntó, ¿Es real tú historia, es cierta?
Me encogí de hombros y la dije, es igual, es mi pago de hoy por las cervezas.






