danzan notas de plata pura.
Cada estrella es una corchea,
que el viento canta y bambolea.
y el cosmos canta en su órbita.
Una melodía de luz y misterio,
que viaja a través del hemisferio.
que suenan en el firmamento distante.
Si escuchas atento en el hondo silencio,
la música del cielo es el más bello aprecio.
Llegó una tarde rodeado de guardaespaldas. Entró en la Taberna y preguntó por Vega, que aún no había llegado al Mono Rojo, le dijo Adiolinda al árabe que con su séquito había tomado la Taberna.
Háblame de ella, como llegó aquí, de donde vino, quien es realmente Vega?
Adiolinda, un poco impresionada empezó a contarle al jeque que, un día, sin esperarlo, entró en la Taberna una joven que, al parecer, no venía de ningún sitio conocido, unos la llaman la hija de las estrellas, otros comentan que es una nota que se cansó de vivir en la constelación de Lira y bajó aquí, a conocer como suena el aire contaminado y con olor a ron.
Llegó pidiendo un agua con dos hielos, para que no se le secara la garganta, dijo, y me pidió esa vieja guitarra que entonces solo tenía una cuerda, la agarró, empezó a tocar esa cuerda, con los ojos cerrados y fue como un milagro. El humo de los cigarrillos y puros se fijó en el aire, formando unas espirales, mientras los borrachos callaron, embebidos por las notas que de la guitarra salían, y veían cosas, recuerdos, la novia que salió corriendo hacía diez años, el mar que nunca visitaron, unos, mientras otros el barco en el que navegaban antes de naufragar, los más, el sonido que hace una decisión antes de tomarla, etc.
Nos traía la música del cosmos, sin letra, solo podías tatarearla mientras sonaba, pues al acabar no la recordabas, era como esos sueños preciosos y vitales en los que te sumerges a veces al dormir y que al despertar no recuerdas pero sabes que algo bueno pasó y por eso te encuentras bien.
Desde entonces está con nosotros, cada día alguien la espera, un carpintero que de tanto ayudar a los demás y proclamar el amor mientras de sus virutas salen de vez en cuando panes y peces al ritmo de alguna nota de Vega, o esa joven perdida que empieza a tatarear una música que no sabe dónde escuchó o como se la metió en la cabeza. Siempre alguien recargando energía con las notas de Vega.
Una Vega que por ahí entra ahora, le dijo Adiolinda al Jeque señalando con la barbilla hacia la puerta.
Hola, Vega, soy un Jeque de la Arabia más profunda que escuché a viajeros hablando de tu música y he venido a por tí. Si me acompañas te cubriré de monedas de oro, vivirás en un palacio y nunca te faltará ningún deseo por cubrir, a cambio, tocarás siempre para mí y mis invitados cuando te lo indique.
- Te lo agradezco, Jeque, pero si quieres escuchar mis notas, vente aquí, a la Taberna del Mono Rojo. Dicen que mi música es la música de las estrellas, y éstas no tocan para una sola casa, lo hago aquí porque aquí llega hasta quien necesita escuchar que no está perdido.
Escucha, Jeque, las tabernas también son constelaciones, solo que de gente, de personas rotas que aún suenan bien juntas.
No, no acepto tu oferta, que agradezco, pero no puedo, si acepto me desharé en motas de luz que volverán a Lira, y aquí me necesitan y yo les necesito. No, no iré contigo.
A un gesto del Jeque, el ejército de escoltas rodeó a Vega, pero nadie se había dado cuenta de que mientras conversaban, la Maruxaina se había colocado detrás del Jeque, al que ahora tenía fuertemente agarrado mientras unas peligrosas garras rodeaban su garganta y un silbante gruñido sonaba amenazador.
Vega sacó su guitarra y comenzó a teñir las cuerdas, saliendo de sus manos unas notas que fueron relajando a los presentes, logrando que el Jeque recordara su niñez, con su madre, amorosa, acariciándole el rostro, peinándole, mientras su abuela cantaba y daba palmas rítmicas acompañadas de otras mujeres de su padre, y comprendió que cada cual está donde se le necesita.
El Jeque abandonó la Taberna, dejando un montón de billetes en la barra y la promesa de regresar a escuchar a Vega en el Mono Rojo, mientras la mirada vigilante y amenazadora de la Maruxaina le acompañó hasta la puerta.
Dicen, siempre dicen, que en las noches luminosas del desierto, en la soledad de sus dunas, el Jeque, mirando al cielo, escucha las notas de una guitarra enviándole lo que él necesita.
Nunca más regresó a la Taberna.






