ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO
LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

lunes, 2 de febrero de 2026

LAS CANDELAS

Concedernos, Oh Dioses, Vuestra protección;
Y en la protección, la fuerza;
Y en la fuerza, el entendimiento;
Y en el entendimiento, la sabiduría;
Y en la sabiduría, el conocimiento de justicia;
Y en el conocimiento de justicia, el amor a ella;
Y en el amor a ella, el amor a todas las existencias;
Y en el amor a todas las existencias, el amor a de los Dioses.
Los Dioses y todo cuanto es bueno.

(Oración Druida)



Hoy la taberna abrió sus puertas y dió paso a un espectáculo de velas. Velas encendidas por todas partes, y Teresa, recordando el convento, con el mandil lleno de lamparones de grasa por la cantidad enorme de tortas de aceite que había horneado para celebrar este día, según ella, glorioso, el de La Candelaria, cuya imagen había colocado entre las botellas, en la estantería, custodiada por dos velas amarillentas, gordas y grandes, de cera.
La Maruxaina y Adiolinda, por su parte, llamaban la atención por su excitante forma de vestirse, a veces andando sinuosas entre las mesas y llenando la chasca de hojas de roble mientras se acercaban al fuego y susurraban palabras y frases de un pasado celta.
Ellas celebraban a Brígida, conectada con el Sol y guardiana del fuego sagrado, siendo también la diosa de la fertilidad y de cada uno de los momentos de la vida celta. El fuego del herrero, la pluma de escribir del poeta, la fuerza de la mujer en la familia, y sobre todo, transformadora del mundo en este día alumbrándolo y acercándolo al fuego perpetuo y sagrado que ella representaba, a la luz.
Clientes y parroquianos comiendo las tortas de aceite de Teresa, pero admirando la sensualidad provocada de Adiolinda y Maruxaina, que con felinos movimientos calentaban las cervezas antes de que el parroquiano las bebiese.
Teresa reía y las decía, "los estáis poniendo malos" mientras Pepefel, embobado, con un torta en cada mano miraba con la boca abierta los andares de Adiolinda, provocando las carcajadas de Teresa, que entre risas se santiguaba musitando por Dios, por Dios.
Dos maneras de celebrar la Candelaria, dos mundos encontrados en el Mono Rojo, dos tradiciones conviviendo, y sin problemas.
Mientras, Alguien, el Fantasma del Pasado, sentado y apoyado en una mesa, comía crepes de un paquete de aluminio que había traído y al que la Maruxaina y Adiolinda lanzaban pellizcos cada vez que pasaban cerca de su mesa.
Tolerancia y convivencia, las palabras de hoy.

domingo, 1 de febrero de 2026

TRANSFORMACIÓN


Eh, célebre Odiseo, gloria insigne de los aqueos!

Acércate y detén la nave para que oigas nuestra voz.

Nadie ha pasado en su negro bajel sin que oyera la suave voz

que fluye de nuestra boca; sino que se van todos

después de recrearse con ella, sabiendo más que antes;

pues sabemos cuántas fatigas padecieron en la vasta Troya

argivos y teucros, por la voluntad de los dioses,

y conocemos también todo cuanto ocurre en la fértil tierra.

(Fragmento de la Odisea, atribuida a mi amigo Homero)



Era un día normal en la taberna. No podía dormir y fuí a desayunar al Mono Rojo y cuando Adiolinda me estaba poniendo el café, sucedió todo.
Dando unos estridentes gritos incomprensibles, quizás más parecidos a los del pez más pequeño pero el que más alto emite chirridos de alta frecuencia escuchados desde grandes distancias, Maruxaina subió sobre la barra de un gran salto empezando a despojarse de la ropa que llevaba puesta y que se arrancaba, desgarrándola, como si fueran prendas de papel.
Adiolinda, avisada de que algo así, algún día, podía suceder, comenzó a echar de la taberna a los pocos clientes que a esa hora desayunaban en la tasca.
Tú te quedas, que eres uno de sus amigos, por si tienes que ayudar, pero ahora quédate sentado y ni hables ni te muevas, me dijo la tabernera mientras cerraba las puertas de entrada. 
La Maruxaina continuaba con esos chirridos y parecía que dos aberturas se le habían producido a ambos lados de la garganta, por donde parecía salir la aguda estridencia que lanzaba al aire mientras sus piernas, juntas, parecían fundirse en una y un extraño eccema empezaba a cubrírselas mientras se veía obligada a sentarse sobre la barra.
Al tiempo, al abrir su boca vimos como los perfectos dientes se habían transformado en dos filas de afiladas sierras puntiagudas y las pequeñas orejas que tanto le gustaban al Cipri empequeñecían más aún estando en un tris de desaparecer.
En el ambiente, un conocido olor a alta mar, a algas y cangrejos, almejas y lapas en la roca.
En ese momento, Teresa, sin perder la compostura y arriesgándose a un mordisco de la Maruxaina que le lanzó un dentellazo que, Teresa, avisada, se esperaba y pudo esquivar mientras tiraba un enorme cubo de agua al cuerpo de la Maruxaina y que luego nos enteramos,y había mezclado con bastante sal marina.
Adiolinda quitó de la barra todo con lo que la Maruxaina se hubiera podido lastimar y volvió a decirme que no me moviera viera lo que viera.
En esos momentos, los estridentes chillidos se habían convertido en una hermosa y atrayente canción que me hizo levantarme e intentar acercarme a la bella parroquiana cuando Teresa, cogiéndome de los hombros por detrás me empujó contra la silla al tiempo que Adiolinda me ataba a la misma con una gruesa y fuerte maroma que impedía mis intentos de levantarme.
En la puerta, otros parroquianos golpeaban sus hojas para que les abrieran, sin conseguirlo, dada la gran y robusta puerta de madera que Cipri había mandado construir para la Taberna del Mono Rojo, en la que hasta los cristales de colores eran blindados.
Poco a poco Maruxaina fue bajando en intensidad su desconocida pero sugerente canción hasta que cayó totalmente, pronunciando de vez en cuando algún berrido chiquito y casi inaudible.
Las orejas volvieron a crecer hasta su tamaño de diario, pequeñas, redondeadas, bonitas y en su boca se abría paso su preciosa dentadura mientras la doble sierra parecía que se metía en la mandíbula hasta desaparecer, igual que el eccema de las piernas, que ya volvían a estar separadas.
Teresa sacó una especie de albornoz, pues la Maruxaina estaba completamente desnuda y caída sobre la barra, sollozando y recibiendo el consuelo y el abrazo maternal de la exmonja, que poco después la acompañó junto con el Cipri a su casa, quedándose con ellos.
Adiolinda limpió y colocó todo lo desordenado en la taberna, abrió las puertas y dejando entrar a los clientes, no les respondió a ninguna de sus preguntas y requerimientos.
Al poner la tv en el canal local, daban la noticia de que "Una gran ola provocada por un metanero deja varios heridos graves en la ciudad al lanzarlos y chocar contra las rocas.
Adiolinda y yo nos miramos en silencio. Todo estaba explicado.

sábado, 31 de enero de 2026

UNA TABLA EN EL OCÉANO

Soy como un espíritu que mora
en lo más hondo del corazón.
Siento sus sentimientos,
pienso sus pensamientos
y escucho las conversaciones más íntimas del alma,
la voz que sólo se oye en el rumor de la sangre,
cuando el vaivén de los latidos
se asemeja al sosegado oleaje del océano estival.

He desatado la melodía dorada
de su alma profunda y me he zambullido en ella
y, como el águila en medio de la bruma y la tormenta,
he dejado que mis alas se adornasen
con el fulgor de los rayos.

(Poema de mi amigo Percival Bisshe Sheley)



Recuerdo haber leído un episodio en la vida del poeta y filósofo Percival Bisshe Shelley en el que en un trayecto de recreo en barca con su esposa, Mary Shelley y con Lord Byron, Sheley cayó del bote al agua y se fué hundiendo en el lago sin hacer nada para evitarlo. Cuando Byron y un tripulante del pequeño navío se tiraron y bucearon hasta el fondo para rescatarlo, encontraron a Sheley completamente quieto mientras se ahogaba.
En esta ocasión pudieron sacarlo a tiempo, porque años más tarde, murió ahogado al sufrir una fuerte tormenta mientras navegaba con su velero.
Y pienso en ello porque quizás todos, o si no todos, yo si, actuamos igual que Sheley mientras se hundía al entender que ya hemos vivido lo suficiente como para intentar movernos ante lo que la vida nos presenta ahora, sea lo que sea, dejando que todo ocurra sin inmutarnos al tener ya la mochila repleta de casos, vivencias y hechos.
Da un poco igual lo que suceda, es lo mismo que nos veamos rodeados por situaciones nuevas, la indiferencia es total y el miedo o la preocupación dejaron hace mucho de existir por la acumulación de años, no tanto quizás en número pero si en experiencias.
No importa que lo que para algunos pueden ser problemas te rodeen e intenten quitarte el aliento, es igual, tienes tanto cuidado con el aliento que te queda como por el que no te queda, es decir, ninguno.
Has nadado tanto en el transcurrir de la vida que cuando, cansado ya, paras de hacerlo, si no hay una tabla cerca a la que no cueste trabajo agarrarse, lo mejor es dejar que el agua te rodee, te abrace y te dejes llevar sin rebelarte ni luchar.
Cuando la tabla es una taberna en la que encuentras albergue, y hasta esa tabla parece que sobra, ves llegado el momento de reunir a los parroquianos habituales y despedirte de ellos.
Veremos que hago cuando llegue ese instante en el que aún no estamos, o salgo por la puerta acristalada para no volver o me recluyo en el mundo del no ser del Cipri y me quedo impávido y silencioso ante la crepitante chasca ardiendo. 
No lo sé, pero a veces me parece que voy en la barca de Mary, Percival y Byron con ellos, pero no navega el bote solo, arrastra y remolca cantidad de pequeñas embarcaciones cargadas con los pesos y añadidos recogidos en toda una vida repleta de largo y trabajado historial.

viernes, 30 de enero de 2026

VIENTO DEL SUR

¡espera! ¡no te vayas!
¿De parte de quién es? ¿Quién dijo eso?
Besos que yo esperé, tú me has dejado
en el ala dorada de mi pelo.
 
¡No te vayas! ¡alegra más mis flores!
Y sé, tú, viento amigo mensajero;
contéstale diciendo que me viste,
con el libro de siempre entre los dedos.
 
Al marcharte, enciende las estrellas,
se han llevado la luz, y apenas veo,
y sé, viento, enfermo de mi alma;
y llévale esta «cita» en raudo vuelo.
 
...Y el viento me acaricia dulcemente,
y se marcha insensible a mi deseo...

(Poema de mi amiga Gloria Fuertes)

Siempre le estaré agradecido al viento del sur, no el cálido proveniente de África, con la calima de polvo de arena del desierto, sino al otro, al frío, al de poniente, que después de cruzar el Atlántico entra por el suroeste de la península y llega hasta mí, con su fresca temperatura traiéndome noticias nuevas para prepararme.
Es el viento que, cuando estuve limpiando la costa coruñesa del sucio y maloliente chapapote con el que el Prestige ensució las bonitas rías y playas gallegas, en una noche de cielo limpio y estrellado, en el que casi diría que alzando la mano podría alcanzar alguna de esas luces con las que las estrellas nos hacen saber que continúan ahí, velando nuestros sueños, me dijo que iba a tener una hija, la hija de las estrellas.
Corría el año 2002, y dos años después las estrellas nos bendijeron con una preciosa niña con dos hermosos luceros en su cara y que el poniente celebró conmigo junto a las luces celestes que nos acompañaron en esa celebración alegre como ninguna.
Es el viento de las noticias futuras, de las buenas noticias, es el céfiro que de repente se presenta golpeando tu cara con su fría mano y te susurra al oído.
Es la brisa que arrampa con lo negativo dejando la ventana del destino abierta para que lo mejor te visite de su mano.
Es el vendaval que limpia tus desniveles, tus crisis emotivas, tus declives, y te sube a lo más alto del cosmos, allí donde solo la energía divina habita devolviéndote después a tierra completamente renovado.
Mi querido viento del sur, amado y  atlántico poniente, te debo mucho, sobre todo dos luceros que ya tienen casi veintidós años y de la que tenías razón, solo había que alzar la mano y se me agarró a ella la Niña de las Estrellas, mi hija.


jueves, 29 de enero de 2026

NEVÓ EN LA CIUDAD, AUNQUE NO SOLO



Aquí no hay viejos
Solo, nos llegó la tarde:
Una tarde cargada de experiencia
Experiencia para dar consejos.
Aquí no hay viejos
Solo nos llegó la tarde.
Viejo es el mar y se agiganta.
Viejo es el sol y nos calienta.
Vieja es la luna y nos alumbra.
Vieja es la tierra y nos da vida.
Viejo es el amor y nos alienta.
Aquí no hay viejos
Solo nos llegó la tarde.
Somos seres llenos de saber.
Graduados en la escuela.
De la vida y en el tiempo.
Que nos dio el postgrado.
Subimos al árbol de la vida.
Cortamos de sus frutos lo mejor.
Son esos frutos nuestros hijos.
Que cuidamos con paciencia.
Nos revierte esa paciencia con amor.
Fueron niños son hombres serán viejos.
La mañana vendrá y llegará la tarde.
Y ellos también darán consejos.
Aquí no hay viejos
Solo nos llegó la tarde.
Joven: si en tu caminar encuentras.
Seres de andar pausado.
De miradas serenas y cariñosas.
De piel rugosa, de manos temblorosas.
No los ignores ayúdalos.
Protégelos ampáralos.
Bríndales tu mano amiga.
Tu cariño.
Toma en cuenta que un día.
También a ti, te llegará la tarde....

*(Poema de mi amigo Mario Benedetti )



Estaba helado. Me acerqué a la chasca en la que gruesos troncos de madera se convertían en ascuas incandescentes mientras alguna llama lamía el dorso del leño ampliando el campo de la madera al rojo vivo y que tanto calor desprendía y al que accedí acercando las manos al hogaril en llamas.
Había nevado en la ciudad y un paisaje gélido totalmente blanco había convertido a la urbe en una especie de sucursal de Siberia en el que pocos osaban salir a la calle.
La nieve había cubierto la ciudad, de igual manera, pensé, de cómo la nevada del tiempo había caído sobre la barba y mis pocos cabellos en la cabeza en una intensidad de la que los telediarios hubieran dicho que con un grosor de diez a quince centrímetros, todo lo vivido y experimentado durante años de existencia, quedó cubierto por esa nevada existencial sin quedar constancia de que ocurrió.
Sólo nieve, en mi testa, al igual que en las calles, todos los vicios, los adulterios, etc. habían quedado como en una amnistía motivada por la desertización producida por la invasión de tanto copo.
La gente me mira, yo me miró, y vemos ambos un viejo de barba blanca, silencioso, solitario y que probablemente, o ya nació así o no hizo otra cosa en su vida salvo convertirse en el anciano que ahora busca la silla más cercana a la hoguera para conservar ese calor que tanto anhela para reconfortar el permanente frío que arrastra por la sala.
Atrás quedaron amores de unas horas o largos y apasionados en el tiempo, amistades proclives a actos insumisos como los que acumuló en estos años de lucha, trabajos de todo tipo, estudios varios y muchos, discursos y presentaciones ante injusticias públicas, detenciones, porrazos de la sin razón de cuerpos, dicen, que de seguridad, y todo cuanto acontenció en su vida. Borrado en su totalidad el pasado, preso de la dictadura y de la imposición, sin recurso posible, de la capa de nieve temporal que transformó la figura de este antiguo guerrero de causas pérdidas antes de nacer en la del abuelo callado que ahora dormita frente al fuego.
La nieve, la invasión de la cana, terrible y inapelable, que te convierte en alguien extraño, desconocido, sin pasado y ya casi sin futuro.
Frías nieves las dos, la copiosa de la ciudad y la carcelaria de la presencia humana. Gélidas, implacables!!!

miércoles, 21 de enero de 2026

CUALQUIERA TIEMPO PASADO...

Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando;
cuán presto se va el placer;
cómo después de acordado
da dolor;
cómo a nuestro parecer
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.

Pues si vemos lo presente
cómo en un punto se es ido
y acabado,
si juzgamos sabiamente,
daremos lo no venido
por pasado.
No se engañe nadie, no,
pensando que ha de durar
lo que espera
más que duró lo que vio,
pues que todo ha de pasar
por tal manera.

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir:
allí van los señoríos,
derechos a se acabar
y consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
y más chicos;
y llegados, son iguales
los que viven por sus manos
y los ricos.

(Fragmento de "Coplas por la muerte de mi padre", de mi amigo Jorge Manrique).

Noche larga en la taberna para Forastero Quizás. Solo, sin hablar, mirando el crepitar de las llamas en la hoguera y dando vueltas con la mano a una jarra vacía de cerveza que, al poco, Adiolinda, atenta, le cambió por otra espumante y fresca aunque Forastero, si se enteró del cambio, nada dijo ni agradeció.
La Maruxaina se acercó a la mesa en la que Forastero pensaba y sin decirle nada, tomó una de sus manos y se sentó mirándole fijamente a los ojos.
Apretaba su mano, transmitiendo un calor auxiliar al estado de ánimo del parroquiano.
La Maruxaina había adivinado los tristes pensamientos que mantenían al amigo de tantas noches tabernarias en ese estado, y le estaba transmitiendo en su cercanía el valor y la fuerza necesaria para sobreponerse, sin palabras huecas, sin gestos inútiles, tan solo una mano apretada y esperar acompañando al amigo herido en los recuerdos.
Las lágrimas empezaron a brotar de los ojos del habitual del Mono Rojo. Sudar los ojos por los claveles que le irritan hubiera dicho Forastero, pero la Maruxaina sabía que empezaba a echar fuera los malos pensamientos, los que atenazaban su corazón, y soltando la mano, la sirena le abrazó fuertemente mientras le decía, llora si quieres, pero sabes que nadie muere si alguien le recuerda, como tú a tu padre, susurró la Maruxaina mientras se levantaba soltando al Forastero y dejando en su mesa unas pequeñas hojas de roble secas.

martes, 20 de enero de 2026

EL FRUTO DE ATARDECERES

Pescadorcita mía,
Desciende a la ribera,
Y escucha placentera
Mi cántico de amor;
Sentado en su barquilla,
Te canta su cuidado,
Cual nunca enamorado
Tu tierno pescador.

La noche el cielo encubre
Y acalla manso el viento,
Y el mar sin movimiento
También en calma está:
A mi batel desciende,
Mi dulce amada hermosa:
La noche tenebrosa
Tu faz alegrará.

Aquí apartados, solos,
Sin otros pescadores,
Suavísimos amores
Felice te diré,
Y en esos dulces labios
De rosas y claveles
El ámbar y las mieles
Que vierten libaré.

La mar adentro iremos,
En mi batel cantando
Al son del viento blando
Amores y placer;
Regalarete entonces
Mil varios pececillos
Que al verte, simplecillos,
De ti se harán prender.

De conchas y corales
Y nácar a tu frente
Guirnalda reluciente,
Mi bien, te ceñiré;
Y eterno amor mil veces
Jurándote, cumplida
En ti, mi dulce vida,
Mi dicha encontraré.

No el hondo mar te espante,
Ni el viento proceloso,
Que al ver tu rostro hermoso
Sus iras calmarán;
Y sílfidas y ondinas
Por reina de los mares
Con plácidos cantares
A par te aclamarán.

Ven ¡ay! a mi barquilla,
Completa mi fortuna;
Naciente ya a la luna
Refleja el ancho mar;
Sus mansas olas bate
Süave, leve brisa;
Ven ¡ay! mi dulce Elisa,
Mi pecho a consolar.

(Poema de mi amigo José de Espronceda)

Siempre fue una persona poco habladora. Su trabajo, sus copas después de ello, su gente, y poco más, salvo un conocimiento extenso sobre el comportamiento humano, aprendido por la gran cantidad de gentes y hechos vividos.
Viajó por todo el mundo, subsistiendo a través de diversos trabajos que no siempre conocía aunque, con su empeño, los aprendió y realizó sin nunca recibir una queja.
De todos ellos, quizás el que más le marcó para su futuro fue cuando trabajó en la mar, de pescador, en la isla de Cubagua, en el municipio de Tabores, Venezuela, un núcleo urbano casi desierto, donde apenas vivían cincuenta personas y de las cincuenta, una, Margarita, fué quien retuvo al Cipri con su peñero faenando entre Punta Manglecito y Punta Arenas, arriesgando alguna vez hasta Punta La Horca y regresando a la caída del día a vender su pescado y a descansar entre los brazos de quien se adueñó de su aventurero corazón hasta que, por problemas familiares, tuvo que regresar a España para hacerse cargo de la taberna familiar que era un referente en la comarca y casi un centro social de primer orden, el Mono Rojo.
Seguramente si Cipri hubiera conocido todo lo que pasó en Tabores, nunca se hubiera venido a España y hubiera perdido la taberna, pero él era desconocedor de que esos atardeceres venezolanos donde el sol se bañaba en las aguas de ese Mar Caribe dejando a la Luna el espacio, germinaran en alguien que a la postre terminara por mantener al Mono Rojo en la familia y continuando su servicio fraterno entre los parroquianos, porque cuando el Cipri empezó a notar como ese alemán le robaba la memoria y le recluía en ocasiones en ese pozo negro del no ser, habló con Venezuela y esa niña, a la que desde que se enteró de su existencia nunca dejó de proteger económicamente, vino a España a conocer a su padre y para hacerse cargo de ese local mítico una vez que hubiera comprendido su esencia y formara parte de su espíritu colectivo.
Adiolinda llegó a la Taberna, y guardando su secreto, empezó de camarera de un Cipri cada vez más recluido en su alzehimer, y nadie supimos que era hija del Cipri hasta que la comisión judicial se presentó un día en la Taberna con el cometido de apropiarse de ella y mandar al Cipri a una residencia al estar solo en el mundo.
En ese momento un vendaval venezolano salió de detrás de la barra, con una gran carpeta llena de papeles donde quedaba claro que era hija del Cipri, al que entre ella y la Maruxaina cuidaban, ahora también con la ayuda de Teresa, y que el local estaba puesto notarialmente en el testamento que pasaba íntegramente a poder de Adiolinda, su hija, cuando éste se despidiera, obligándo a la comisión judicial a marcharse y a estudiar el caso en las dependencias del juzgado pero ya sin ninguna oportunidad de apropiarse de la taberna y de recluir al Cipri.
Nunca el juez pudo pensar que todo transcurrió en la juventud del tabernero en unas aguas transparentes y limpias como los ojos de Margarita cuando acompañaba al Cipri con su peñero entre Punta Manglecito y Punta Arenas bajo la luz celestial de un atardecer caribeño.