¿Qué voz viene sobre el sonido de las olas
que no es la voz del mar?
¿Será la voz de alguien que nos habla,
pero que, si escuchamos, calla,
precisamente por habernos puesto a escuchar?
Y sólo si, medio adormecidos,
oímos sin saber que oímos,
ella nos habla de la esperanza
hacia la que, como un niño
que duerme, durmiendo sonreímos.
Son islas afortunadas,
son tierras que no tienen lugar,
donde el Rey vive esperando.
Pero si andamos despertando,
calla la voz, y sólo es el mar.
(Poema de mi amigo Fernando Pessoa).
Vega no esperaba nada esa noche. Estaba, como siempre, tocando su guitarra para los parroquianos, sacándoles ahora una sonrisa, luego una lágrima, después un aplauso.
No esperaba nada nuevo, pero las noches del Mono Rojo es lo que tienen, que suceden y llegan situaciones que nadie espera, pero que llegan.
Esa noche, un hombre de mediana edad, vestido de gris robado en algún mes de abril, dejó al lado de Vega una nota doblada que decía: "te hemos escuchado desde la calle. Mañana casting a las diez de la noche con la Orquesta Nacional en el Gran Teatro Municipal. No faltes y trae solo tu guitarra y lo que nadie puede enseñarte."
La joven enseñó, riéndose, la nota a la Maruxaina, diciéndola, yo no tengo estudios de conservatorio, ni dinero, ni siquiera un buen vestido o unos bonitos zapatos. ¿Como voy a ir con la Orquesta Nacional de esa manera?
Niña, dijo la sirena, tú tienes algo que ninguna orquesta nacional tiene, tú tienes el alma de la que brota tú música, cuentas con el vértigo de la inmensidad del cosmos entre seis cuerdas, y en tus dedos tienes el silencio musical de las estrellas y planetas al recorrer el firmamento según cada estación. Tú tienes mucho, Vega, y para eso no hace falta tener buenos y caros vestidos y zapatos, hace falta ser de la sensibilidad de Vega. Ve mañana al casting, sin complejos, sin vergüenza, tal y como eres, tal y como vistes. Yo te acompaño.
Vega se presentó al día siguiente en el Gran Teatro Municipal, y cuando la pidieron, "toca algo clásico", la joven comenzó a rasgar su guitarra con algo que no era de Chopin, ni de Brahms, ni siquiera de Beethoven, era el lamento de la profundidad del universo rebotando en las mareas del océano creando olas y corrientes submarinas golpeando al malecón rítmicamente.
Eso no se estudia, dijo el director de la Orquesta, eso nace en uno y no muere antes de recorrer bastas distancias y elementos trayendo brisas y aires frescos, al tiempo que ponía una silla más al frente de la Orquesta y requiriéndola cada jueves, "para que aprendas tu y para que aprendamos nosotros".
En el primer ensayo, Vega empezó a tocar "El faro de medianoche", ésa que representaba al farero conduciendo barcos hasta el buen puerto con la ayuda de su luz, esa tonadilla que hacía que tanto la Taberna del Mono Rojo como sus alrededores quedaran en silencio mientras sonaba, pero que con la Orquesta sonaba distinto, al ser los timbales las olas contra las rocas, los violines el viento, las tubas el agua subiendo por las oquedades de las rocas, y Vega, Vega seguía siendo el esforzado farero guiando a perdidos y viajeros navegantes con su luz. Vega tocaba para aquellos que, aún no sabiendo escuchar, con las vibraciones sonoras de sus cuerdas escuchaban.
Todo iba bien hasta que apareció don Alberto, un famoso crítico musical, por la Taberna del Mono Rojo. Se sentó en una mesa y mientras tomaba una copa de vino a temperatura ambiente, escribía en su cuaderno, esta joven no toca, esta joven testifica, pues esa noche el puerto estaba embravecido, violento, haciendo temblar la Taberna, y Vega cambió el final, haciéndolo rudo, áspero, real.
Al terminar, don Alberto propuso un duelo a Vega, que hizo reír a la joven, ¿un duelo? Yo no tengo espada, ni pistola, jajajaja.
Niña, un duelo de silencios, un concierto, sin partituras, sin batuta que dirija, con todo apagado, a oscuras, empezando tu cuando quieras y siguiendo ellos si así lo sienten, o callando si no les transmites nada.
Vega aceptó con la única condición de que el evento duelístico fuera en la Taberna del Mono Rojo, no en el Gan Teatro Municipal, y que los parroquianos y la gente del barrio entrarán gratis al concierto, y don Alberto aceptó complaciente la condición.
La noche del duelo, con toda la Taberna a oscuras, con tan solo el resplandor de la luz de la luna entrando por las ventanas abiertas para que el sonido llegaran a los de fuera, Vega, después de unos diez segundos de silencio comenzó tocando con su guitarra el grito agudo de su abuelo llamando a las gaviotas, provocando temblores y miedos en los violines, a los que el grito agudo recordó el primer día, siendo niños, ante el instrumento por primera vez, y se fueron sumando, tímidos, como pidiendo permiso, uno al principio, después dos o tres más, para continuar todos acompañando a la música de Vega, para terminar todos llorando de verdad, no por tristeza sino por esa nostalgia que entra cuando después de mucho tiempo te encuentras en casa
Pasaron los cuarenta minutos de concierto. Nadie aplaudía, solo suspiraban mientras Vega y la Orquesta Nacional se miraba, sonrientes. No hubo vencedor del duelo y todos ganaron, las dos partes perdiendo el miedo eran solo una.
Al fondo, la Maruxaina, abrazada a Teresa miraban como Pepefel escondía la cara para limpiarse unas lágrimas que corrían por su cara, "joder, me entró polvo en los ojos, sucia taberna" mintió.






