ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO
LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

lunes, 11 de mayo de 2026

LA CARTA CLAVADA

Tarjetas postales, sueños,

fragmentos de la ternura,

proyectados en el cielo,

lanzados de sangre a sangre

y de deseo a deseo.

Aunque bajo la tierra

mi amante cuerpo esté,

escríbeme a la tierra

que yo te escribiré.

(Fragmento de un poema de mi amigo Miguel Hernández)



A Pepefel nunca se le dió bien escribir, pero aún así, un día escribió una carta sin dirección ni destinatario, y se la dió al Cipri que la clavó en la viga central, de madera, con un clavo largo de hierro una vez que la selló con una cera amarilla que caía de la combustión de una vela.

Pepefel escribió la carta a su pareja, que se embarcó rumbo a América para atender a su padre en sus últimos días. Volveré junto a tí, de lo contrario es que el barco naufragó y me ahogué, le prometió.

Nunca regresó, pero Pepefel nunca creyó que se hubiera ahogado, aunque el barco si naufragó y se hundió, según dijeron en la Taberna unos marineros. Entonces el escribió la carta que permanece desde entonces clavada en la viga, y hace ya casi treinta y dos años.

Nadie la ha leído, nadie sabe que dice, salvo su autor, que no habla sobre ello, aunque todos los días, al entrar al Mono Rojo, dirige una fugaz mirada a la viga comprobando que la carta continúa allí.

Un día de frío entró en la Taberna una chica joven, que dirigiéndose a Vega la preguntó si era esa la Taberna del Cipri, y antes de que la Niña de las Estrellas pudiera responderla, el Cipri, que llevaba cerca de un año inmerso en el mundo del no ser y sin hablar con nadie, se levantó y acercándose a la joven miró su cara, y le dijo a Vega, tiene los ojos de Pepefel.

El Cipri agarró el clavo que sujetaba la carta contra la viga de madera y tirando fuerte de él liberó a la misiva que entregó a la muchacha tirándola frente a ella en la barra. En ese momento la cera que la sellaba se desprendió y el Cipri la dijo, toma, es para tí, y volvió a su mesa, junto a la Maruxaina regresando a los mundos del no ser permaneciendo ya sin moverse, ni hablar y quizás ni oír.

A la tarde llegó al Mono Rojo Pepefel, que como siempre, miró hacia la viga poniéndose inmediatamente colorado como nunca lo habíamos visto, los ojos abiertos como planetas, la mueca contraída y con la boca cerrada con fuerza, desparramando la vista por toda la Taberna.

¿Y la carta? ¿ Quién cogió la carta? No está en la viga y ella tampoco está aquí, gritaba fuerte el parroquiano. 

Vega y Adiolinda fueron hacia él y sentándolo en una silla, le pidieron primeramente tranquilidad, la carta no desapareció, llegó a su destinatario, le dijeron. ¿A Irene? No la veo, ¿donde está Irene?

Aquí, yo soy Irene, dijo la muchacha a la que el Cipri entregó la carta, y he venido a encontrarte y conocerte.

No, tú no eres Irene, exclamó Pepefel, te das un aire pero eres muy joven, mi Irene tiene mi edad, tú no eres Irene.

Si, me llamo Irene, como mi madre, que partió desde aquí para ayudar en los últimos días de mi abuelo en América, y pese a la promesa que te hizo, no pudo regresar pues perdió todo en el naufragio de su barco y tuvo que trabajar duro para sacarme a mi adelante, como hizo y consiguió que a mí no me faltara nada más que una cosa, mi padre, que ahora espero recuperar al poder venir con la poca herencia de mi madre, que falleció haciéndome jurar que cumpliría por ella su promesa, y aquí estoy, papá, soy tu hija.

¿Pero como, tú madre marchó y nunca más la vi, como iba yo a ser tú padre? Preguntó alterado Pepefel.

Mi madre marchó a América embarazada, no te lo dijo porque nunca habrías permitido que fuera, pero toma, una carta de tu Irene, mi madre, donde te cuenta todo.

Por cierto, tú carta, papá, le pedía a mi madre que regresará, como fuera, viva, muerta, como fuera, pero que regresara, y ha regresado en mi, que soy su hija. Promesa cumplida.

Esa noche, en el espejo de asteroides, la cara de la Irene madre se asomaba sonriente mirando a Pepefel y a su hija, sentados a una mesa hablando con las manos cogidas.

Hay quien dice que el Mono Rojo sonreía también, y el Cipri murmuró unas palabras que nadie, salvo la Maruxaina entendió, "Las promesas en la Taberna se quedan para cumplir en la Taberna".

LA DEUDA

Tiempo presente y tiempo pasado

se hallan quizá presentes en el tiempo futuro

y el tiempo futuro dentro del tiempo pasado.

Si todo tiempo es eternamente presente

todo tiempo es irredimible.

Lo que pudo haber sido es mera abstracción

quedando como eterna posibilidad

solamente en el mundo de la especulación.

Lo que pudo haber sido y lo que fue

apuntan a un solo fin, que está siempre presente.

(Poema de mi amigo T. S. Eliot)




Recuerdo un día en el que la Taberna estaba cerrada por inventario.

Fue extraño, porque la Taberna era raro que cerrará, y menos por inventario. Arriesgándome un poco a que Adiolinda me echara a gritos del local, entré con la llave que siempre estaba debajo de una maceta grande a la entrada por si algún parroquiano se quedaba sin lugar donde dormir y encontré a la hija del Cipri con una libreta que ponía "todo esto debo".

Me explicó que eran las rondas, los guisados y menús, las raciones que había servido a clientes sin dinero a cambio de sus historias.

Resulta que, para no cerrar, cada invitación la pagaba Adiolinda de su dinero, pero la cuenta iba en aumento y la era imposible ponerse al día.

Yo la dije, dos soluciones tienes, la primera, no invitar más, la segunda, intentar cobrar algo de la deuda a los invitados, explicándoles el problema y pidiendo a los parroquianos que cuando pidan una cerveza o un vino, paguen dos 

Imposible, me contestó Adiolinda, si no invito a esa clientela sin dinero, los cimientos de la Taberna se revolverían cayendo sus muros, el Mono Rojo dejaría de existir y mi razón de ser desaparecería.

Y no puedo pedir dinero a quien ya me pagó con su historia. El cemento, la ligazón de la Taberna son las historias de sus clientes, sin ellas también caerían las paredes y la Taberna desaparecería.

Y tampoco puedo pedir a un poeta con esfuerzos para pagar su vino que me pague dos, terminaría contándome una historia para pagarme y la deuda crecería más.

En ese momento entró la Maruxaina con Vega y Teresa, y detrás de ellas avanzaron decenas de clientes del pasado, de esos que después de las tres de la madrugada aparecían en la Taberna y celebraban sus reencuentros en esta vida viniendo desde la otra.

Fueron pasando unos por uno por la barra donde estaba Adiolinda con la libreta, y uno ponía un escudo de oro, otro tres maravedís de plata, otro una moneda de cien pesetas, y así fue pasando el desfile del más allá, cada cual con monedas de su época y el montón de piezas de oro y plata continuó subiendo hasta que pasó el último, vestido con chaleco y camiseta a rallas, un sombrero de tres picos y un parche en el ojo, era un corsario que dejando un collar de perlas sobre las monedas dijo, nos ha convocado la Maruxaina, conocida nuestra de siempre, y nos ha contado lo que ocurría. Todos nosotros hemos contribuido con nuestra vida y nuestras historias a qué el Mono Rojo estuviera presente hasta ahora, en el que solo somos sombras, pero la Taberna continúa siendo nuestro hogar y es un hogar al que debemos mucho. Ha llegado el momento de pagar. Vende este tesoro y liquida esa libreta de lo que debes.

Un momento, gritó la Maruxaina, éste es mi refugio, donde me abrazaron y recogieron cuando abandoné esos fondos y a mí gente del mar. Nunca me pidieron nada, yo también soy parte de esta Taberna y por eso, - cogiendo y rompiendo la libreta - deuda pagada, a partir de ahora, las invitaciones a los que menos tienen las paga la Taberna, y la Taberna somos todos, tú ya no debes nada, cada cerveza, cada vino, cada menú, cada ración invitada saldrá de la esencia misma del Mono Rojo, de nuestras vidas y muertes, de nuestras historias, de nuestras presencias, pues esos invitados son también parte de estas paredes, la Taberna ayuda a la Taberna. ¡¡¡¡¡Deuda pagada!!!!!

Mientras, Vega y Teresa abrazaban, en la barra, a una emocionada Adiolinda.

domingo, 10 de mayo de 2026

EL VIAJERO DEL FUTURO

El viento se ha llevado las nubes de tristeza;

el verdor del jardín es un fresco tesoro:

los pájaros han vuelto detrás de la belleza

y del ocaso gris surge un vergel de oro.

¡Inflámame, poniente: hazme perfume y llama;

¡que mi corazón sea igual que tú, poniente!

descubre en mí lo eterno, lo que arde, lo que ama,

1…y el viento del olvido se lleve lo doliente!

(Poema de mi amigo Juan Ramón Jiménez)




El día amaneció lloviendo. No mucho, ese calabobos que te empapa cuando parece que no te mojas mucho, y el cielo completamente encapotado, gris.

Se abrieron las puertas de la Taberna, y entró un hombre vestido con una especie de uniforme de color marfil y con muchas insignias. Se acercó a la barra preguntando que se podía beber en este año de 2026.

Adiolinda se extrañó y le dijo que lo mismo que en 2025 y seguramente lo mismo que en 2027, ¿Y a tí, que te pasa, de donde vienes que nunca te he visto por aquí?

El del uniforme con insignias, bajando la voz dijo, yo vengo del año 2056, de un futuro de 30 años por delante, para ver cómo era el que ahora es mi barrio.

Increíble, dijo Adiolinda, eres un viajero del futuro, ya vino otro anteriormente, hace algunos meses.

Dime, ¿Que cambios habrá en la Taberna dentro de treinta años? ¿Seguiré yo regentándola o ya me habré ido, o muerto, vaya usted a saber?

No, tú sigues regentando la taberna, contigo siguen la Maruxaina y Vega, los que ya no están son el Cipri y Teresa.

El Cipri murió en el 2029, de viejo y sin conocer ya a nadie. Lo sé porque se habla de él a veces en la Taberna, ya que yo no llegué a conocerlo 

A Teresa si, a Teresa la conocí en las cocinas, como supongo que ahora, y vivió 20 años más. Murió en una epidemia que hubo en el 2045, permaneciendo en el hospital casi un año más, donde los parroquianos íbamos a verla a través de los cristales.

A su incineración fue todo el barrio, era muy querida, y vinieron monjas de su antiguo convento, incluso un cardenal, pese a que entre la Maruxaina y Vega no lo dejaron pasar obligándole a volver a montarse en el coche y marcharse. Teresa debió reírse mucho viendo la escena desde donde quiera que estuviera.

Sigue habiendo parroquianos, de el Forastero no se sabe nada, si se marchó, si murió y nadie nos avisó, pero hace años que no va por el Mono Rojo, aunque en cada mesa hay una poesía suya grabada con la navaja y de vez en cuando alguien recuerda alguna de las historias que contaba.

Vega continúa cantando y tocando ahora la guitarra, luego el teclado y más tarde una extraña música por el ordenador que tiene que nos acerca al espacio y al universo. A veces hasta las estrellas continúan asomándose por el espejo del meteorito para oírla cantar. Vega tiene 52 años en la actualidad de la taberna de mi época.

La Maruxaina no ha envejecido nada, y seguimos sin saber su edad. Cuando la preguntas se ríe y hace ese ruidito agudo de cuando algo la hace gracia.

El que sigue devorando almejas es Pepefel, con más de ochenta años, muy arrugadillo pero metiéndose buenos cachopos con media botella de vino, aunque ya no baja a la playa. Quizás por eso aguanta, por el cachopo, las almejas y la media botella de vino que se mete entre pecho y espalda.

Y tú, Adiolinda, que continúas llevando la Taberna auxiliada por tus mosqueteras, como os llaman a las tres una vez que Teresa marchó a su convento celestial, y a la que nunca reemplazaste, encargándote tú de la cocina al tiempo que de la barra, utilizando las recetas que dejó escritas la antigua monja.

Quiero que me pongas una jarra de esas que Pepefel me cuenta que bebía el Forastero, ya que ahora, en la Taberna del 2056 están prohibidas por la ley y no se pueden servir cervezas más grandes que esos vasos que tienes ahora y que continúas teniendo en mi época.

Tampoco se puede servir ese tocino frito que cuentan hacía Teresa y lo repartía entre todos los clientes, pero que tú te empeñas en seguir haciendo y repartiendo, saltándote la ley contra la obesidad. Todo el barrio te guarda el secreto. No me acuerdo del nombre del tocino.

Torreznos, dijo Adiolinda, torreznos con sal, buenísimos como los hace Teresa. Espera y te pongo un plato.

Así pasaron el día, Cristian, que así se llamaba el viajero del futuro y Adiolinda junto a la Maruxaina, a Vega y a Teresa, un poquito mustia al saber de su muerte, aunque muerta de risa imaginándose a la Sirena y a la Niña de las Estrellas empujando al cardenal sujetándose el bonete morado, como lo contó Cristian para montarse en el coche. Repasaron la lista de parroquianos, quien murió antes, quien seguía bebiendo en el Mono Rojo, quien marchó y no volvió, etc. Comentaron de la actual carta de tapas y comidas de la Taberna y compararon con la de 30 años más adelante. Cristian explicó la normativa y los cambios con la de ahora y así, minuto a minuto, pasaron rápidamente las horas.

Al terminar el día, el viajero del futuro regresó a su tiempo, y entonces, Adiolinda sacó una infusión con unas algas que la dió la Maruxaina y avisó, "no parece bueno conocer el futuro con antelación. En vuestras manos está el olvidar lo que nos han contado, incluso olvidar a Cristian, tomando está infusión que nos borrará todo lo aprendido hoy".

Todos, menos la Maruxaina, tomaron la bebida, y fue como si nunca nadie hubiera vuelto del futuro, aunque la mano de la Sirena guardaba una pequeña moneda con fecha de 2056 que dejó encima de la barra Cristian, el viajero del futuro.

sábado, 9 de mayo de 2026

LA BORRASCA

Podrá nublarse el sol eternamente;

Podrá secarse en un instante el mar;

Podrá romperse el eje de la tierra

Como un débil cristal.

¡todo sucederá! Podrá la muerte

Cubrirme con su fúnebre crespón;

Pero jamás en mí podrá apagarse

La llama de tu amor.

(Poema de mi amigo Gustavo Adolfo Bécquer)





A Vega no le gustaba tocar My way, no porque no le gustará la canción, que le parecía preciosa, sino por lo que ocurría cada vez que por sus dedos la guitarra entonaba A mí manera.

De primeras, la Maruxaina se sentaba al lado de Vega, escuchando y llorando a lágrima viva, porque al sonar la canción, dentro de la Taberna empezaba a caer agua salada, que entrando por el techo, golpeaba contra la barra, las mesas, las sillas, empapando a los clientes, y parecía que el local se movía de lado a lado.

Algún parroquiano salió a la calle y abriendo las puertas vió un sol radiante brillando en un limpio y azul cielo, sin nubes que provocaran el agua que invadía la Taberna.

Una vez, Simón, un marinero superviviente del Santa Cruz, un pesquero que se hundió antes de llegar a puerto con él como el único tripulante que salvó la vida, al llegar a la Taberna en una ocasión en la que la tormenta arreciaba en el interior, les dijo que era una copia exacta del naufragió del navío, en el que sonaba por la radio de la cabina la canción de My Way cuando una tromba de agua les abordó hundiendo el barco.

La Maruxaina explicó entonces, entre lágrimas, que ella cantó esa noche para alejar al pesquero de la zona, pero que entre el viento y la canción su voz no fue escuchada por los marineros del barco, con el resultado que todos conocemos y que desde entonces, cada vez que escucha tocar a Vega esa canción, le vienen los tristes recuerdos de esa fatídica noche causándola una insoportable pena y congoja.

Lo que no sabíamos es que en la zona de los servicios, en una grieta de la pared, se escondía una nota del contramaestre a su novia y un anillo enrollando al papel, que encontró la Maruxaina siguiendo el rastro del dolor causado por el hundimiento del Santa Cruz. Desde entonces trata de encontrar a la mujer para entregarla la misiva y el anillo prometido.

En la nota había escrito un "pase lo que pase volveré y te daré el anillo"

Hay quien piensa que si, que cuando encuentren a la novia del contramaestre, a la que están buscando, y la den su anillo dejará de reproducirse la tormenta cada vez que Vega intérprete con su guitarra las notas de "My Way", ya que puede ser el espíritu del contramaestre el que provoque esos extraños y molestos efectos paranormales que asustan a tantos parroquianos del local.

Pero nada se sabe a ciencia cierta, son las cosas del Mono Rojo y su legendaria magia.

viernes, 8 de mayo de 2026

NORMAS, ALGUNAS

Norma de ayer encontrada

sobre mi noche presente;

resplandor adolescente

que se opone a la nevada.

No quieren darte posada

mis dos niñas de sigilo,

morenas de luna en vilo

con el corazón abierto;

pero mi amor busca el huerto

donde no muere tu estilo.

Norma de seno y cadera

bajo la rama tendida;

antigua y recién nacida

virtud de la primavera.

Ya mi desnudo quisiera

ser dalia de tu destino,

abeja. Rumor o vino

de tu número y locura;

pero mi amor busca pura

locura de brisa y trino.

(Poema de mi amigo Federico García Lorca)






Hay unas normas básicas en el Mono Rojo, como por ejemplo, si te quedas sin trabajo, en el paro, puedes comer y cenar sin pagar nada en la Taberna. Todo se apunta en la Libreta Negra, de manera que, cuando empiezas de nuevo a trabajar, vas pagando, poco a poco, tú cuenta y la del siguiente que se queda sin trabajo. Entre todos nos ayudamos, como cuando se pide el plato del día que siempre se repite a diario y que es completamente gratuito, pagando solo el vaso duralex lleno de vino tinto.  Se llama "el estofado del día después" y lleva lo que sobró el día anterior, aderezado con especias y alguna patatiña que Teresa le echa junto a un buen trozo de tocino entreverado.

Otra norma no escrita es que, cuando Vega ve que alguien no tiene un buen día, se sienta al piano tocando melodías varias que dependen del tipo de baja moral o enfado que tenga el parroquiano afectado.

En esos momentos en los que Vega interpreta su música al piano, todo el mundo guarda silencio pues si habla alguno, los ojos de la figura del Mono Rojo se le quedan mirando, brillantes y amenazadores. Nadie ha resistido esa mirada.

Son muy esperadas las grandes bandejas de torreznos recién fritos que saca Teresa de la cocina y que pasea por la barra y entre las mesas para que los parroquianos degusten esa delicatesen de la meseta que Teresa hace como nadie.

Dicen que en las noches en las que el cielo está encapotado, descienden a media noche espíritus de antiguos parroquianos a degustar los torreznos de Teresa y se vuelven a ver vestidos y trajes de otras épocas y se escucha un castellano antiguo con bastantes latinajos, que diría un castizo.

Es normal ver esas apariciones de  antiguos asiduos al Mono Rojo, incluso hay una pareja de abuelos, que suelen sentarse en una mesa los domingos, en la que él hace tiempo ya que marchó aunque regresa a la Taberna siguiendo la costumbre dominical que tenía en vida, y nadie se extraña.

Es el mundo mágico y sobrenatural de la Taberna del Mono Rojo, en la que todo el mundo es bienvenido si trae alguna historia que contar.

Y ya guardo silencio, que las notas de The Thrill Is Gone empiezan a sonar desde la guitarra de Vega y todo el mundo escucha mientras mueve rítmicamente la cabeza y uno de los pies.

Hasta luego, compañeros.

jueves, 7 de mayo de 2026

LA MESA NUMERO 7

Entre el rumor de las campanas,

bella gitana, amante y mía,

nos amamos perdidamente

y nadie, nadie, nos veía.

Olvidamos que las campanas,

asomadas al campanario,

nos vieron, ay, y noche y día

se lo cuentan al vecindario.

Mañana Pedro y Catalina,

el panadero y su mujer,

Juan y María Golondrina,

mi amiga Luz, mi prima Ester,

sonreirán, de cierta manera…

Yo no sabré dónde meterme…

Tú estarás lejos… Lloraré…

Y hasta es posible que me muera…

(Poema de mi amigo Guillaume Apollinaire)



En la mesa número siete de la Taberna del Mono Rojo no se sienta mucha gente.

En esa mesa hay un tintero lleno siempre de tinta azul, una pluma de las antiguas a la que se le cambia regularmente el plumín y unos folios en blanco.

En la pared, justo encima de la mesa, una campana clavada espera que algún cliente escriba una verdad para dar tres campanadas.

Hace unos días entró en el Mono Rojo Moira, una chica joven, vecina del barrio y que no entraba siempre a la Taberna pero si dos o tres días a la semana, y tomó asiento en la mesa número siete.

Después de un rato dando vueltas con la mano a un refresco azucarado que le había servido Adiolinda, cogiendo la pluma, la metió en el tintero y comenzó a escribir sobre uno de los folios en blanco:

"Nunca tuve nada que yo quisiera, ni trabajo, ni casa, ni marido, ni nada, todo fue por que quisieron otros y yo no tuve fuerza para oponerme y decir lo contrario"

En ese momento, y mientras Moira apretaba y retorcía con las manos un pañuelito de papel, la campana clavada en la pared dió tres agudas y resonantes campanadas haciendo que tanto Teresa cómo la Maruxaina se dirigieran a la mesa número siete sentándose con la muchacha.

Hablaron mucho Teresa y la sirena sobre renuncias y sobre hasta aquíes, sabían por experiencia demasiado sobre eso, la pena de la aceptación de la incapacidad para decidir por si misma y las consecuencias de ello. El dolor ante la ruptura de lo pasado y vivido hasta un momento dado. El sacrificio del comienzo partiendo de cero y la soledad frente a ese abismo en el que de golpe se convirtió su vida.

Hablaron mucho Teresa y la Maruxaina contándole sus experiencias, Teresa agarrando las manos de Moira y la sirena apretando el hombro de Teresa cuando ésta se emocionaba recordando.

Hablaron mucho hasta que, con un abrazo fuerte de las tres, dejaron a Moira sola en la mesa número siete.

Nadie sabrá nunca lo que la chica escribió en un folio nuevo, porque al volver a sonar las tres campanadas, Moira ya no estaba en la mesa. Tan solo vieron las puertas del Mono Rojo cerrándose tras su salida apresurada llevando con ella el nuevo folio escrito.

Pasó una semana y un día, al poco de abrir la taberna, entró un joven, con bigotito fino y recortado, pelo engominado y con un pulóver blanco y pantalón azul, que con aires poderosos y un poco chulescos preguntó si Moira, su mujer, dijo, había estado últimamente por ahí.

¿Moira? ¿Y quien es Moira? dijo Teresa, no conozco a ninguna Moira, y mirando la fotografía de la muchacha que el tipo les enseñó, Teresa se reafirmó en que no sabía quién era y que nunca la había visto por la Taberna.

El chico comenzó a gritar a la cocinera, mentirosa la llamaba mientras gritaba que Moira era suya y la encontraría, con su ayuda o sin su ayuda de falsa y mentirosa.

La Maruxaina llegó hasta el chico que gritaba, y agarrándolo de un brazo lo giró y acercando su cara a la otra, con su dentadura en sierra, dejó salir como en un silbido las palabras de "vete de aquí, presuntuoso abusador, vete antes de que haga la justicia que mereces y que Moira no supo darte. Veteeee y no vuelvas"

El creído muchacho se hizo pequeñito y tembloroso ante el silbido que al hablar exclamó la sirena, y con las marcas de la mano de la Maruxaina en su brazo, abandonó corriendo el Mono Rojo y nunca más se supo de él. Hay quien dice que hasta mudó de barrio.

Hace poco llegó una carta a la Taberna, "ya estoy bien, por fin mi vida es mía. Gracias, M"

Teresa y la Maruxaina se miraron, sonrieron y volvieron al trabajo, mientras una campana tañía tres veces sobre la mesa número siete.

miércoles, 6 de mayo de 2026

LOS MUSICOS AMBULANTES

Músico llanto en lágrimas sonoras

llora monte doblado en cueva fría,

y destilando líquida armonía,

hace las peñas cítaras canoras.

Ameno y escondido a todas horas,

en mucha sombra alberga poco día:

no admite su silencio compañía,

sólo a ti, solitario, cuando lloras.

Son tu nombre, color, y voz doliente,

señas más que de pájaro, de amante:

puede aprender dolor de ti un ausente.

Estudia en tu lamento y tu semblante

gemidos este monte y esta frente:

y tienes mi dolor por estudiante.

(Poema de mi amigo, don Francisco de Quevedo)




Me contó Adiolinda el otro día que, estando Vega y ella solas en la Taberna, este invierno pasado, al lado de la chasca bien encendida por el frío de esa noche en la que había caído la primera nevada, cuando ya la conversación entre ambas había menguado y se encontraban, mirando fijamente el lamido de las llamas alrededor de los troncos en el hogaril, tras figuras nebulosas se fueron materializando delante de ellas, abrigados con viejas chaquetas de telas ásperas y gruesas, sus gargantas protegidas por bufandas de lana descolorida y algún roto en los zapatos, pero con una faz amigable inspirando confianza.

Buenas noches, somos músicos ambulantes y traemos con nosotros la historia de lo que nos sucedió una noche como ésta, en la que la nieve nos hizo buscar refugio, camino a nuestro pueblo, y tú padre, el Cipri, que estaba cerrando el local, lo volvió a abrir para nosotros, encendiendo el hogaril de nuevo, preparándonos algo de cena y dándonos de beber hasta que se hizo de día y sin cobrarnos nada al ver nuestras apariencias.

Desde entonces, siempre que se produce la primera nevada, venimos al Mono Rojo en la fría madrugada y tocamos nuestros instrumentos hasta el primer rayo de luz del sol.

Adiolinda, mirando a Vega, se levantó y preguntándoles que cenaríais comenzó a ir hacia la cocina.

No, no, dijo el violinista, los espíritus no cenamos, no podemos. Queremos solo tocar nuestros instrumentos para vosotras como cada año en la primera nevada.

Tú, muchacha, continuó el violinista dirigiéndose a Vega, parece que también tocas, ¿Quieres tocar esta noche con nosotros?

Vega, afirmando con la cabeza y aún algo sorprendida, cogió su guitarra y "cuando queráis", dijo a los músicos.

Toda la noche estuvieron tocando melodías, y en alguna, la voz de Adiolinda dejó que se la escuchará entre risas de todos por lo que desafinaba.

Fue una bonita y divertida noche que acabó cuando el sol empezó a asomar por el horizonte anunciando un nuevo día. Entonces, el trío musical comenzó a desaparecer mientras decían adiós con sus manos.

¿Vega, no lo habremos soñado? preguntó Adiolinda, para callar acto seguido al ver que Vega recogía una vieja bufanda descolorida caída en el suelo mientras una sonrisa dibujaba su semblante y una lágrima recorría su mejilla.