Mal oficio es mentir, pero abrigado:
eso tiene de sastre la mentira,
que viste al que la dice; y aun si aspira
a puesto el mentiroso, es bien premiado.
Pues la verdad amarga, tal bocado
mi boca espuma con enojo y ira;
y ayuno, el verdadero, que suspira,
envidie mi pellejo bien curado.
Yo trocaré mentiras a dineros,
que las mentiras ya quebrantan peñas;
y pidiendo andaré en los mentideros,
prestadas las mentiras a las dueñas:
que me las den a censo caballeros,
que me las vendan Lamias halagüeñas.
(Poema de mi amigo Francisco de Quevedo)
Una tarde grisácea, amenazadora de lluvia, entró en la Taberna, bajo una chaqueta de pana ocre y un pantalón marrón con buen calzado un vendedor de enciclopedias, biblias y algún otro libro de cocina.
En la barra estaba Teresa, que enseguida, al escuchar que vendía biblias entabló conversación con el agradable joven, de mucha labia, simpático, atento y que rápido encandiló a la cocinera con sus buenas palabras. Que si familia, que si el matrimonio, que sus hijos, todo era primordial y por delante de todo. Él nunca fallaría a esos que consideraba sus más importantes compromisos, sus prioritarias responsabilidades.
La Maruxaina estaba sentada con el Cipri y con Vega, con la que hablaba señalando al vendedor y preguntando a Vega si le daba un escarmiento por su hipocresía.
-Vega, coge la guitarra, por favor, y toca mi canción favorita, la que atrae a quien la escucha, dijo la Maruxaina soltándose el pelo largo que la caía sobre el pecho y rejuveneciendo por momentos.
Vega comenzó con el sereno rasgueo de las cuerdas al tiempo que una voz hechizante, cálida, cercana. Una voz que te libera del frío de los huesos y se te mete hasta las entrañas con su sugerente tono de marcado acento, unida a una belleza enmarcada en el moreno de su largo cabello vertiendo sensualidad sobre las curvas sugerentes de su cuerpo.
El vendedor de biblias se olvidó de Teresa, de su familia, de su mujer y sus hijos, teniendo nada más que miradas de deseo hacia la Maruxaina, a la que se acercó aproximando su rostro al de la sirena sin poder evitar la pasión que en él provocaba la sensual criatura.
Cuando el joven acercaba sus labios a la boca de la Maruxaina, una voz cascada y rota gritó "Amarra, burro, que viene el diablo", provocando que el vendedor abriera los ojos, encontrándose frente a él a una anciana arrugada, con el pelo blanco, despeinada, curtida de sal que no dejaba de gritar "¿Y tus hijos? ¿Que pasa con tu mujer? ¿Eso es lo que te importa tú familia? ¿Que pretendes? para volver a dar un espeluznante grito repitiendo "Amarra, burro, que viene el Diablo"
Con el miedo en su alma, el joven echó a correr olvidando la cartera con los muestrarios, saliendo a la calle cerrando de golpe la puerta de salida.
A los dos minutos regresó, temeroso, y acercándose a la barra pidió su maletín a Teresa, que riéndose le dijo que se sentara, que tomara una cerveza ya que nadie le haría daño y que se tranquilizara.
-Mira, joven, esa chica y esa vieja que has visto son la misma persona, es la Maruxaina, y no es mala, no hace daño a nadie si se comporta con normalidad y respeto. A veces la gusta jugar, como ha hecho contigo, pero no es mala. La Maruxaina es como la mar, que no te odia pero que tampoco te debe nada. A quien va con respeto, le avisa, que amarre, que vuelva a puerto, pero a quien va con soberbia, lo atrae, lo llama, lo seduce y lo destruye haciendo que naufrague.
Pregúntate tú, vendedor de biblias, como viniste a hablar conmigo, si con respeto o soberbio con lo de tu mujer, tus hijos, tú familia. Tú sabrás cómo llegaste, y entenderás a la Maruxaina.
Ahora, vete, le dijo Teresa mientras se volvía hacia la mesa donde Vega y la Maruxaina tenían un ataque de risa que se le contagió a toda la Taberna.






