ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO
LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

miércoles, 17 de junio de 2026

RESIGNACIÓN OBLIGADA

No me pidas que recuerde, 

no intentes hacerme entender,

déjame descansar y déjame saber que estás conmigo. 

Besa mi mejilla y toma mi mano. 

Estoy confundido según tu concepto, estoy triste, enfermo y perdido, 

lo único que se es que te necesito, 

que quiero que estés a mi lado. 

No pierdas la paciencia conmigo, 

no reniegues ni maldigas ni llores, 

no puedo hacer nada para cambiar,

no puedo ser diferente aunque llores. Solo recuerda que te necesito,

que lo mejor de mi se ha ido,

no te alejes de mi lado. 

ÁMAME HASTA QUE MI VIDA ACABE

(Poema de Olinda)




El Cipri pide la llave sin hablar, tan solo extiende la mano y la mujer que va con él, dirá sea. No recuerdo su nombre ni quien es, le pone encima la llave de la puerta de la Taberna. Es un ritual que no sabe cuando empezó, pero la puerta la abre él, eso no lo olvida, y al tiempo que la llave encaja entre los dientes de la cerradura, el mundo vuelve a encajar, durante unos segundos, después de desvanece.

No sabe si es domingo o miércoles, ni la hora, por la que pregunta a una mujer que entra a su lado en el local y que no conoce aunque ella le hable, ni sabe cómo se llamaba este sitio que huele a ron barato, ni los años que tiene, que tiene él, claro, y por eso pregunta de nuevo la hora a, debe ser una cliente, mujer que está a su lado, cogiéndolo de un brazo.

Ahora ya se le olvidó leer, ya no sabe que tiene cada botella al no comprender lo escrito en las etiquetas, pero el peso no engaña, sabe que el ron pesa más que el aguardiente pero menos que el orujo. ¿Para que cogí está botella? Se pregunta mientras la vuelve a dejar en la estantería, en otro lugar distinto a donde estaba.

¿Señora, que quiere tomar? ¿Sabe que hora es? Y la Maruxaina, paciente, le contesta que las ocho y pide un café con leche, ante lo que el Cipri se queda quieto, mirándola. ¿Quien será esta señora que viene tan pronto a la Taberna? ¿Pronto? ¿que hora es, señora?

Esa mujer le lleva hasta una mesa y le sienta a su lado.¿Que querrá de mi está señora que no conozco? Y le pone las manos sobre una masa de harina. Eso sí lo reconozco, piensa, mientras una mano presiona la masa y otra la empuja, alternándose. Esto lo sé hacer, aunque no recuerde su nombre ni para que es, pero amasar lo tranquiliza mientras pregunta por la hora a la que se sienta a su lado. ¿ Quien será esta morena alta que se sienta conmigo?

A veces, cuando no amasa, hay un corte, en negro, como si durmiera. Ve pasar gente, ve vasos llenos y otros vacíos, y no sabe dónde está. Me da igual, decide, cerrando los ojos intentando controlar el temblor de sus manos. ¿Como me llamó? No lo recuerdo, es igual, no hablaré nada con nadie, no conozco a nadie. Oiga, señora, ¿Que hora es?

Ve a la gente beber, y en un destello le vuelven las palabras de su padre, "la gente viene a la Taberna no a beber, viene para no olvidar que están vivos".

¿Estaré yo vivo? No lo sé. Cerraré los ojos un rato, y se queda dormido mientras la Maruxaina le prepara el desayuno y las pastillas.

Será la hora del desayuno, pensó después del micro sueño, y que señora más...se me olvidó la palabra...que señora más...nada, no se que decir, quiero dormir pero está mujer se empeña en que me tome ese café. ¿Será mi hija, mi mujer, mi hermana? Ni idea, no sé quién es, mejor no digo nada, tomo el café y duermo un rato que será tarde. Señora, ¿Que hora es?

Abro los ojos. Las paredes me hablan, las mesas me hablan, las sillas me hablan, hasta el bicho ese rojo del letrero me habla, y esta mujer de al lado me mira. ¿Quien será? Su cara me suena, pero mejor no digo nada, ¿Que hora tenemos, oiga?

La mujer me habla, se ríe, ¿Será un chiste nuevo? Me río... no, no me sale, olvidé reirme, ¿Que hago? Cierro los ojos y dejo que el gris o el negro me abracen. Ya no oigo, ya no veo, pero intento pensar y no puedo. Estoy encerrado por dentro. Muros en mi cabeza no me dejan salir. Me siento, me resigno, me duermo.

Adiolinda, tú padre ya se durmió. Hoy está algo alterado. Cuando despierte lo llevo a casa, dijo la Maruxaina, tapándole con la chaqueta.

"Se cree esta señora que no la he oído. Me lleva a casa, ¿que casa? ¿Quien es ésta? Mejor me duermo"


martes, 16 de junio de 2026

NOSTALGIA

Recuérdame cuando haya marchado lejos,

muy lejos, hacia la tierra silenciosa;

cuando mi mano ya no puedas sostener,

ni yo, dudando en partir, quiera todavía permanecer.

Recuérdame cuando no haya más lo cotidiano,

donde me revelabas nuestro futuro planeado:

solo recuérdame, bien lo sabes,

cuando sea tarde para los consuelos, las plegarias.

Y aunque debas olvidarme por un momento

para luego recordarme, no lo lamentes:

pues la oscuridad y la corrupción dejan

un vestigio de los pensamientos que tuve:

es mejor que me olvides y sonrías

a que debas recordarme en la tristeza.

(Poema de mi amiga Christina Rossetti)





Cada vez que alguien abría la puerta del Mono Rojo y el viento del norte empujaba olores a salitres y algas, la mirada de la Maruxaina se iba hacia la calle mientras la mente evocaba recuerdos de otros tiempos en el silencio del fondo. No un silencio vacío y desprovisto de vida, sino un silencio lleno con los cánticos de las ballenas en la lejanía, la fuerza de las corrientes marinas, el baile estático de las anémonas y el color de la luna dispersándose en el gran azul marino.

Echa de menos la presión de millones de litros de agua salada a su espalda, el no dar explicaciones sobre las escamas detrás de las orejas, el no tener que explicar quién era. Echa de menos al océano y sus profundidades. Su casa.

A veces, cuando deja al Cipri profundamente dormido en casa, baja hasta el puerto, desciende los escalones del muelle de pescadores y en el más cercano al agua se sienta metiendo los pies hasta que nota que se empieza a transformar. Entonces, puesta en pie regresa a la casa llorando su cobardía.

Una noche sin luna, con el cielo cubierto de nubes, bajó los escalones del malecón y metió los pies hasta los tobillos. Al poco, se dejó resbalar introduciéndo las piernas completamente, para después dejarse caer y sumergirse toda.

Las piernas la empezaron a doler según se iban juntando, y al tiempo, las escamas y aletas de detrás de las orejas volvieron a resurgir entre dolores, porque duele volver a ser quien eras.

Nadó hasta la salida del puerto, por la bocana, y allí bajó hasta el fondo, disfrutando de la soledad del inmenso azul, dejando abrazarse por el silencio de las corrientes y la visión de un banco de peces que salían también del puerto.

Cuando regresó al muelle y comenzó a subir los escalones, tenía los ojos llenos de agua salada. No sabía si del mar o de ella misma, pero esperó a que de nuevo las piernas se separaran y al hacerlo, calzó de nuevo los zapatos y regresó a casa.

Esa noche entendió que la nostalgia es una forma de vivir, que no tendría que elegir entre tierra y mar, que podría ser de los dos mundos y nadie saberlo.

Bueno, nadie no. Algunas noches, cuando el ánimo caía se sinceraba con Vega, a la que contaba sus inquietudes y ansiedades. Ésta, con su guitarra, tocaba canciones melódicas para que la sirena cantara la letra que compuso Vega diciendo que la nostalgia no es una cuerda para retenerla, sino para que no se pierda y pueda, de vez en cuando, volver por unas horas al otro lado.

Amigas las dos, conjunción de aire y agua, cómplices en el secreto.


lunes, 15 de junio de 2026

EL SUEÑO DE FORASTERO

Ir y quedarse, y con quedar partirse,

partir sin alma, y ir con alma ajena,

oír la dulce voz de una sirena

y no poder del árbol desasirse;

arder como la vela y consumirse,

haciendo torres sobre tierna arena;

caer de un cielo, y ser demonio en pena,

y de serlo jamás arrepentirse;

hablar entre las mudas soledades,

pedir prestada sobre fe paciencia,

y lo que es temporal llamar eterno;

creer sospechas y negar verdades,

es lo que llaman en el mundo ausencia,

fuego en el alma, y en la vida infierno.

(Poema de mi amigo Lope de Vega)



Está noche estoy solo en la Taberna. Adiolinda y Teresa haciendo inventario en el sótano, la Maruxaina se retiró a casa con el Cipri y Vega tocaba en un garito del Centro, mientras Pepefel salió a pescar al puerto. La Taberna cerrada y yo, frente al hogaril, con una hoja en blanco, la pluma preparada pero la inspiración no llegó hoy hasta el Mono Rojo.

Hace días soñé que la Maruxaina me borró todos los recuerdos, y no sé si es un sueño sin más o algo real que sucedió y yo ya no tengo en la memoria. Quizás eso explicaría el por qué, algunas veces, cuando es la sirena quién me sirve una jarra de cerveza porque Adiolinda está muy liada, la mano me tiembla y la pluma se detiene mientras ella deja la jarra.

Quizás sea que yo no recuerdo ese amor, pero ese amor si me recuerda a mí, y por eso ella, desde su mirada, aparentemente sin sentimiento, tarda unos segundos de más en retirarla. Quizás porque perder los recuerdos no borra la historia y la convierte en un poema que surge en solitario una y otra vez, sin poderlo evitar.

Igual la mente olvida pero el alma no pierde la costumbre de esos días de intenso silencio azul, la gravedad del agua sobre los hombros y la especial manera en la que la luz se reparte allí abajo.

A lo mejor, o a lo peor, soy un poeta sin memoria pero acompañado de la impronta de los cinco sentidos de manera que cuando el viento me acerca olores a salitre y madera húmeda, sea el eco de ella esperando donde mi mente y el ruido no llegan y sean mis palabras tan solo anclas para volver al fondo que no recuerdo, aunque sea un instante en cada noche y demuestre que al no morir la marea, regreso a la esquina de siempre, pluma en mano intentando descubrir el por qué el pecho duele ante la hoja de papel, en blanco como la mente.

Si no fue un sueño y fue real, explicaría por qué la razón de mi cuaderno es el silencio, el mismo del fondo marino que tan solo veo dormido.




domingo, 14 de junio de 2026

EL SUEÑO DE LUCÍA

Se bebe el desayuno… Húmeda tierra

de cementerio huele a sangre amada.

Ciudad de invierno… La mordaz cruzada

de una carreta que arrastrar parece

una emoción de ayuno encadenada!

Se quisiera tocar todas las puertas,

y preguntar por no sé quién; y luego

ver a los pobres, y, llorando quedos,

dar pedacitos de pan fresco a todos.

Y saquear a los ricos sus viñedos

con las dos manos santas

que a un golpe de luz

volaron desclavadas de la Cruz!

Pestaña matinal, no os levantéis!

¡El pan nuestro de cada día dánoslo,

Señor…!

Todos mis huesos son ajenos;

yo tal vez los robé!

Yo vine a darme lo que acaso estuvo

asignado para otro;

y pienso que, si no hubiera nacido,

otro pobre tomara este café!

Yo soy un mal ladrón… A dónde iré!

Y en esta hora fría, en que la tierra

trasciende a polvo humano y es tan triste,

quisiera yo tocar todas las puertas,

y suplicar a no sé quién, perdón,

y hacerle pedacitos de pan fresco

aquí, en el horno de mi corazón…!

(Poema de mi amigo César Vallejo)





El viento, fuerte, golpeaba al viejo letrero de hierro del Mono Rojo colgando de una barra clavada a la fachada, y la lluvia jugaba a tocar melodías intensas con las piezas del tejado.

Una hora después, dejaron de pasar los autobuses por el agua acumulada, y Adiolinda tomó la decisión de hacer más sopa para pasar la noche con los parroquianos refugiados en la Taberna.

Vega saca su guitarra y acompaña a la Maruxaina en esas canciones extrañas que solo ella conoce, y el resto empiezan a poner las mesas corridas haciendo solo una en la que sentarse todos, uno al lado del otro.

Se va la luz y se encienden las velas. Ahora la intimidad invita a contar historias y a escucharlas.

Empieza Lucía, una estudiante tardía que cuenta que estudia filosofía porque su abuela quería que fuera la primera de la familia en tener un título universitario, pero que lo que a ella la gustaría sería abrir su propia panadería, amasar la harina y poner las barras crudas en el horno hasta que estuvieran hechas y disfrutar del olor a pan recién horneado durante toda la mañana.

Adiolinda, poniéndola otro vaso de vino,  la dijo, los sueños no cumplidos saben a poco. Aquí tienes los domingos el horno a tu disposición y puedes amasar la harina con el Cipri. Y Lucía aceptó.

Al siguiente domingo, cuando llegó Lucía a las seis de la mañana, el Cipri ya estaba amasando lo que luego sería pan. La Maruxaina lo había llevado pronto y se estaba tomando su tercer café después de haber cargado el horno de leña y haberlo encendido. Con el calor, el horno crujía como protestando por el madrugón.

Lucía comenzó con Cipri a estrujar con sus manos la espesa y suave masa de harina, y cuando ella dudaba de si la masa estaba en su punto, el Cipri, en silencio, la mira y la hace un gesto de todo está bien, la masa a punto. Gesto que Lucía premia con una sonrisa al anciano.

A las diez sale la primera hornada. Pan con la corteza crujiente, una miga esponjosa y un olor que atraviesa las puertas del Mono Rojo haciendo que entren vecinos a por barras de pan.

Teresa coge una barra, la abre por la mitad y vierte en ella un chorro de aceite de oliva al que acompaña con un pellizco de sal y se lo tiende a Lucía, que lo muerde mientras unas lágrimas escapan de sus ojos. Sabe a casa, a la de la abuela, y está hecho por mi. Lucía se da cuenta en ese momento que cumplir una promesa y cumplir un sueño, puede ser lo mismo, solo cambia el nombre.

Desde entonces, en la pared exterior del Mono Rojo, cada domingo hay un cartel que anuncia, "Hoy domingo tenemos el pan de Lucía", y Adiolinda se siente feliz.

sábado, 13 de junio de 2026

EL FARO DE MEDIANOCHE

¿Qué voz viene sobre el sonido de las olas

que no es la voz del mar?

¿Será la voz de alguien que nos habla,

pero que, si escuchamos, calla,

precisamente por habernos puesto a escuchar?

Y sólo si, medio adormecidos,

oímos sin saber que oímos,

ella nos habla de la esperanza

hacia la que, como un niño

que duerme, durmiendo sonreímos.

Son islas afortunadas,

son tierras que no tienen lugar,

donde el Rey vive esperando.

Pero si andamos despertando,

calla la voz, y sólo es el mar.

(Poema de mi amigo Fernando Pessoa).



Vega no esperaba nada esa noche. Estaba, como siempre, tocando su guitarra para los parroquianos, sacándoles ahora una sonrisa, luego una lágrima, después un aplauso.

No esperaba nada nuevo, pero las noches del Mono Rojo es lo que tienen, que suceden y llegan situaciones que nadie espera, pero que llegan.

Esa noche, un hombre de mediana edad, vestido de gris robado en algún mes de abril, dejó al lado de Vega una nota doblada que decía: "te hemos escuchado desde la calle. Mañana casting a las diez de la noche con la Orquesta Nacional en el Gran Teatro Municipal. No faltes y trae solo tu guitarra y lo que nadie puede enseñarte."

La joven enseñó, riéndose, la nota a la Maruxaina, diciéndola, yo no tengo estudios de conservatorio, ni dinero, ni siquiera un buen vestido o unos bonitos zapatos. ¿Como voy a ir con la Orquesta Nacional de esa manera?

Niña, dijo la sirena, tú tienes algo que ninguna orquesta nacional tiene, tú tienes el alma de la que brota tú música, cuentas con el vértigo de la inmensidad del cosmos entre seis cuerdas, y en tus dedos tienes el silencio musical de las estrellas y planetas al recorrer el firmamento según cada estación. Tú tienes mucho, Vega, y para eso no hace falta tener buenos y caros vestidos y zapatos, hace falta ser de la sensibilidad de Vega. Ve mañana al casting, sin complejos, sin vergüenza, tal y como eres, tal y como vistes. Yo te acompaño.

Vega se presentó al día siguiente en el Gran Teatro Municipal, y cuando la pidieron, "toca algo clásico", la joven comenzó a rasgar su guitarra con algo que no era de Chopin, ni de Brahms, ni siquiera de Beethoven, era el lamento  de la profundidad del universo rebotando en las mareas del océano creando olas y corrientes submarinas golpeando al malecón rítmicamente.

Eso no se estudia, dijo el director de la Orquesta, eso nace en uno y no muere antes de recorrer bastas distancias y elementos trayendo brisas y aires frescos, al tiempo que ponía una silla más al frente de la Orquesta y requiriéndola cada jueves, "para que aprendas tu y para que aprendamos nosotros".

En el primer ensayo, Vega empezó a tocar "El faro de medianoche", ésa que representaba al farero conduciendo barcos hasta el buen puerto con la ayuda de su luz, esa tonadilla que hacía que tanto la Taberna del Mono Rojo como sus alrededores quedaran en silencio mientras sonaba, pero que con la Orquesta sonaba distinto, al ser los timbales las olas contra las rocas, los violines el viento, las tubas el agua subiendo por las oquedades de las rocas, y Vega, Vega seguía siendo el esforzado farero guiando a perdidos y viajeros navegantes con su luz. Vega tocaba para aquellos que, aún no sabiendo escuchar, con las vibraciones sonoras de sus cuerdas escuchaban.

Todo iba bien hasta que apareció don Alberto, un famoso crítico musical, por la Taberna del Mono Rojo. Se sentó en una mesa y mientras tomaba una copa de vino a temperatura ambiente, escribía en su cuaderno, esta joven no toca, esta joven testifica, pues esa noche el puerto estaba embravecido,  violento, haciendo temblar la Taberna, y Vega cambió el final, haciéndolo rudo, áspero, real.

Al terminar, don Alberto propuso un duelo a Vega, que hizo reír a la joven, ¿un duelo? Yo no tengo espada, ni pistola, jajajaja.

Niña, un duelo de silencios, un concierto, sin partituras, sin batuta que dirija, con todo apagado, a oscuras, empezando tu cuando quieras y siguiendo ellos si así lo sienten, o callando si no les transmites nada.

Vega aceptó con la única condición de que el evento duelístico fuera en la Taberna del Mono Rojo, no en el Gan Teatro Municipal, y que los parroquianos y la gente del barrio entrarán gratis al concierto, y don Alberto aceptó complaciente la condición.

La noche del duelo, con toda la Taberna a oscuras, con tan solo el resplandor de la luz de la luna entrando por las ventanas abiertas para que el sonido llegaran a los de fuera, Vega, después de unos diez segundos de silencio comenzó tocando con su guitarra el grito agudo de su abuelo llamando a las gaviotas, provocando temblores y miedos en los violines, a los que el grito agudo recordó el primer día, siendo niños, ante el instrumento por primera vez, y se fueron sumando, tímidos, como pidiendo permiso, uno al principio, después dos o tres más, para continuar todos acompañando a la música de Vega, para terminar todos llorando de verdad, no por tristeza sino por esa nostalgia que entra cuando después de mucho tiempo te encuentras en casa 

Pasaron los cuarenta minutos de concierto. Nadie aplaudía, solo suspiraban mientras Vega y la Orquesta Nacional se miraba, sonrientes. No hubo vencedor del duelo y todos ganaron, las dos partes perdiendo el miedo eran solo una.

Al fondo, la Maruxaina, abrazada a Teresa miraban como Pepefel escondía la cara para limpiarse unas lágrimas que corrían por su cara, "joder, me entró polvo en los ojos, sucia taberna" mintió.




 

jueves, 11 de junio de 2026

NOTICIA EN TIRADA NACIONAL

Siempre recién peinados

y tosiendo

hacen su entrada

cada mañana increíblemente

en punto, y se atrincheran

al fondo de la barra, en su rincón

donde los dardos

no llegan ni borrachos.

Echan una mirada. Piden. Le vacilan

al camarero igual que ayer

y entre tembleques

llevan el venenoso vino

hasta los labios

como una maldición.

luego pagan. Adiós. Que no

te pille un coche. Y se encaminan

hacia la próxima farmacia.

(Poema de Karmelo Iribarren)



Todo empezó cuando al entrar en la Taberna por casualidad, para ir al servicio, una reportera de un periódico de tirada nacional, mientras se tomaba una Cocacola sin azúcar, escuchó como un parroquiano contaba una historia mientras los demás, en silencio, escuchaban.

Luego vinieron las bandejas de torreznos recién fritos por Teresa y que pasaban de mesa en mesa cogiendo cada cliente uno o dos trozos, las pintas de cerveza fría y espumante, los platos de guiso de cochino jabalí con crema de nabos y castañas con un toque de trufa del norte, las canciones de Vega, la intensidad de la mirada y la risa penetrante de la Maruxaina y la paciencia tabernera de Adiolinda hasta que descubriéndo a la periodista la dijo que ya estaba bien de preguntas.

Aún así, la joven reportera salió con el cuaderno lleno de apuntes y con un dibujo del Mono Rojo hecho en una servilleta.

Todo el mundo en la Taberna olvidó el suceso de la reportera, hasta que al domingo siguiente, a nivel nacional, salió un reportaje diciendo, "El Mono Rojo, donde el tiempo se detiene y la palabra encadenada a una historia es moneda. El wifi no existe, existen las historias de los parroquianos, inventadas o no pero que todos escuchan en respetuoso silencio, no hay menú degustación, hay lo que haya, es decir, lo que Teresa, una antigua monja retirada, guisa en su cocina, y Adiolinda, la tabernera, que te mira y escucha como si te conociera de siempre".

El mundo se volvió loco. Adiolinda abrió como siempre, a las seis de la mañana. A las seis y cinco, cuatro vehículos de Madrid esperaban, aparcados en la puerta.

A las once ya no se podía pedir en la barra, completamente colapsada por una multitud de personas que pedían torreznos, morcilla, jabalí, etc.  y cerveza fría, mucha cerveza fría.

A las seis de la tarde, Adiolinda se había quedado sin pan, sin torreznos, sin morcillas, sin estofado, sin patatas ni salsa de bravas, casi sin cerveza, y estaba muy cansada de contestar a las preguntas, las mismas, que cada visitante de fuera hacía.

Vega, cansada de tocar y cantar para todos, miraba a una Maruxaina erizada, a punto de saltar contra la multitud que la tocaba, la asediaba y preguntaba mientras un niño estaba empeñado en quitarle la parpusa al Cipri.

Ante todo eso, Adiolinda tuvo que cerrar a las ocho, aunque abrió en secreto la barra del sótano para los parroquianos habituales, como cuando la pandemia, aunque en esta ocasión solo podía servirles bebida que no les cobraba al no tener nada de comida.

La gente, fuera del local, en la calle, continuaba haciéndose fotos y selfies en la puerta, bajo el letrero del Mono Rojo, y así durante meses, de tal manera que mientras los visitantes estaban en el local principal de la Taberna, los habituales entraban a la barra del sótano, atendidos por Vega y la Maruxaina, para continuar su tradicional modo de estar en el Mono Rojo.

Pasó la moda y ya no había tantas avalanchas de personajes necesitados de descubrimientos, pero aún así, bastante gente continuó visitando la Taberna y rompiendo la paz y tradición que la leyenda contaba a quien quería escuchar de la magia del local.

Aún ahora, hay domingos, después del artículo nacional del periódico, que sería necesaria la reserva de mesas, si eso fuera posible en el Mono Rojo, que no lo es.

Los habituales se alegraban del crecimiento de la Taberna, pero luchaban porque la tradición perdurará pese a los turistas, tradición de siglos a la que ninguno estaba dispuesto a renunciar. La primera, Adiolinda.

miércoles, 10 de junio de 2026

PUDO SER. NO FUE

¿Qué decía, Ulises, el canto de las sirenas que tu pobre astucia
no se atrevió a escuchar?¿Qué fue de la armoniosa perfección
que tus naves esquivaron?
¿De qué sirvieron tus viajes, para qué las arenas de Troya,
la victoria a traición,
la embriaguez de Polifemo?
¿Para qué la gloria de los siglos, insensato,
si, hombre al fin, tuviste el milagro al alcance
de tu mano
--más importante que la gloria
más efímero que la fama, y por eso
sólo por eso, eterno--
y te negaste, cobarde, a descifrarlo?

Pero las sirenas, Ulises, son eternas.
Otros son los que escuchan ahora nuestros cantos.

(Poema de Michelle Najils)




Hacía mucho tiempo que, según narran los rumores, las puertas de la Taberna se abrieron de par en par provocando una corriente de aire que apagó tres o cuatro velas encendidas encima de unos manteles a cuadros rojos y blancos que cubrían unas mesas para el turno de cena.

En ese momento, la Maruxaina, fingiendo secar el pelo con una servilleta de tela del mismo tejido con el que estaban hechos los manteles, lanzó una interesada mirada al ser que bajo una capa húmeda y un sombrero de ala ancha azul, respondía al nombre de Forastero Quizás y que acababa de acceder al local.

Dicen las leyendas que, cuando una sirena se ve atraída por un humano, el mar se pone celoso, y actúa.

Pero sin adelantarnos a los acontecimientos, Forastero, dándose cuenta de la muchacha esa, la pasó por debajo de la mesa un chato de aguardiente como el que se estaba tomando él.

La Maruxaina lo cogió con esos dedos finos y delgados que la goteaban agua marina allí por donde pasara y llevándoselo a la boca lo fue tragando de poquitos a poquitos.

La Maruxaina y el Forastero lo hicieron sin casi pensarlo, chocando los vasos de chupito mientras el mar avanzó en forma de un hilillo frío de mar profundo, que subió por las piernas del Forastero.

El Cipri, moviendo la cabeza dijo, el trato ya está hecho, subiros a algo que os aguante.

Forastero, dejando el vaso vacío, acercando su cara a la de la sirena, la robó un beso frío y salado, que goteaba por cada poro de la Maruxaina .

Las tablas del sótano se abrieron. Debajo de ellos solo había mar, al que les quiso tirar, ya que el Forastero nunca opuso resistencia estando enganchado a la sirena.

Él se dejó, de la mano de ella aguantó cuando el agua les llegó primero a la cintura, después cuando les llegó al pecho y más tarde cuando ella tiró de su mano sumergiéndose ambos en el celoso mar que les reclamaba.

En ese momento, la Maruxaina le dijo, por fin eres mío y yo soy de alguien.

El mar no le mató,  convirtió su nombre terreno en un nombre de espuma de olas, permitiéndole respirar, aunque al Forastero el agua le sabía a vino salado, y cuando la sirena unió su pecho al suyo, allí en la profundidad oscura del océano, sintió que estaba atado.

Forastero ya no envejece, aunque cada vez más se acuerda de arriba, de tierra, de la Taberna, y la Maruxaina llora porque sabe que lo pierde.

Un día, hizo el intento. Subió hasta la superficie. Las olas se pararon al detenerse el viento, todo quedó quieto, nada tenía movimiento salvo la sirena, que le dijo, me pierdes, volverás a tierra, pero sin memoria de ésto, sin recuerdos, sin sentir. Me verás en la Taberna y será como si vieras a otra persona, no podrás revivir los momentos pasados conmigo.

Forastero asintió, la besó por última vez y empezó a sentirse pesado, a hundirse, a no poder respirar, y nadó, nadó fuerte, hasta la orilla, seguido por las lágrimas de la Maruxaina convertidas en perlas blancas, y llegó a tierra.

No se volvió, ya que en ese instante perdió todos los recuerdos y no sabía que ella estaba detrás.

¡¡¡Forastero, viniste aquí a dormir nada más!!! Le gritó una Maruxaina con una jarra en la mano, ¡¡¡bebe hombre, y despierta!!! dijo la sirena aguantando una lágrima rebelde mientras él la explicaba que no sabía lo que había pasado.

El Cipri, en silencio, acarició el dorso de una mano de la Maruxaina y la dijo, sigue siendo amigo, quédate con eso.

Forastero mientras, bebía, no recordaba nada.