ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO
LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

sábado, 13 de junio de 2026

EL FARO DE MEDIANOCHE

¿Qué voz viene sobre el sonido de las olas

que no es la voz del mar?

¿Será la voz de alguien que nos habla,

pero que, si escuchamos, calla,

precisamente por habernos puesto a escuchar?

Y sólo si, medio adormecidos,

oímos sin saber que oímos,

ella nos habla de la esperanza

hacia la que, como un niño

que duerme, durmiendo sonreímos.

Son islas afortunadas,

son tierras que no tienen lugar,

donde el Rey vive esperando.

Pero si andamos despertando,

calla la voz, y sólo es el mar.

(Poema de mi amigo Fernando Pessoa).



Vega no esperaba nada esa noche. Estaba, como siempre, tocando su guitarra para los parroquianos, sacándoles ahora una sonrisa, luego una lágrima, después un aplauso.

No esperaba nada nuevo, pero las noches del Mono Rojo es lo que tienen, que suceden y llegan situaciones que nadie espera, pero que llegan.

Esa noche, un hombre de mediana edad, vestido de gris robado en algún mes de abril, dejó al lado de Vega una nota doblada que decía: "te hemos escuchado desde la calle. Mañana casting a las diez de la noche con la Orquesta Nacional en el Gran Teatro Municipal. No faltes y trae solo tu guitarra y lo que nadie puede enseñarte."

La joven enseñó, riéndose, la nota a la Maruxaina, diciéndola, yo no tengo estudios de conservatorio, ni dinero, ni siquiera un buen vestido o unos bonitos zapatos. ¿Como voy a ir con la Orquesta Nacional de esa manera?

Niña, dijo la sirena, tú tienes algo que ninguna orquesta nacional tiene, tú tienes el alma de la que brota tú música, cuentas con el vértigo de la inmensidad del cosmos entre seis cuerdas, y en tus dedos tienes el silencio musical de las estrellas y planetas al recorrer el firmamento según cada estación. Tú tienes mucho, Vega, y para eso no hace falta tener buenos y caros vestidos y zapatos, hace falta ser de la sensibilidad de Vega. Ve mañana al casting, sin complejos, sin vergüenza, tal y como eres, tal y como vistes. Yo te acompaño.

Vega se presentó al día siguiente en el Gran Teatro Municipal, y cuando la pidieron, "toca algo clásico", la joven comenzó a rasgar su guitarra con algo que no era de Chopin, ni de Brahms, ni siquiera de Beethoven, era el lamento  de la profundidad del universo rebotando en las mareas del océano creando olas y corrientes submarinas golpeando al malecón rítmicamente.

Eso no se estudia, dijo el director de la Orquesta, eso nace en uno y no muere antes de recorrer bastas distancias y elementos trayendo brisas y aires frescos, al tiempo que ponía una silla más al frente de la Orquesta y requiriéndola cada jueves, "para que aprendas tu y para que aprendamos nosotros".

En el primer ensayo, Vega empezó a tocar "El faro de medianoche", ésa que representaba al farero conduciendo barcos hasta el buen puerto con la ayuda de su luz, esa tonadilla que hacía que tanto la Taberna del Mono Rojo como sus alrededores quedaran en silencio mientras sonaba, pero que con la Orquesta sonaba distinto, al ser los timbales las olas contra las rocas, los violines el viento, las tubas el agua subiendo por las oquedades de las rocas, y Vega, Vega seguía siendo el esforzado farero guiando a perdidos y viajeros navegantes con su luz. Vega tocaba para aquellos que, aún no sabiendo escuchar, con las vibraciones sonoras de sus cuerdas escuchaban.

Todo iba bien hasta que apareció don Alberto, un famoso crítico musical, por la Taberna del Mono Rojo. Se sentó en una mesa y mientras tomaba una copa de vino a temperatura ambiente, escribía en su cuaderno, esta joven no toca, esta joven testifica, pues esa noche el puerto estaba embravecido,  violento, haciendo temblar la Taberna, y Vega cambió el final, haciéndolo rudo, áspero, real.

Al terminar, don Alberto propuso un duelo a Vega, que hizo reír a la joven, ¿un duelo? Yo no tengo espada, ni pistola, jajajaja.

Niña, un duelo de silencios, un concierto, sin partituras, sin batuta que dirija, con todo apagado, a oscuras, empezando tu cuando quieras y siguiendo ellos si así lo sienten, o callando si no les transmites nada.

Vega aceptó con la única condición de que el evento duelístico fuera en la Taberna del Mono Rojo, no en el Gan Teatro Municipal, y que los parroquianos y la gente del barrio entrarán gratis al concierto, y don Alberto aceptó complaciente la condición.

La noche del duelo, con toda la Taberna a oscuras, con tan solo el resplandor de la luz de la luna entrando por las ventanas abiertas para que el sonido llegaran a los de fuera, Vega, después de unos diez segundos de silencio comenzó tocando con su guitarra el grito agudo de su abuelo llamando a las gaviotas, provocando temblores y miedos en los violines, a los que el grito agudo recordó el primer día, siendo niños, ante el instrumento por primera vez, y se fueron sumando, tímidos, como pidiendo permiso, uno al principio, después dos o tres más, para continuar todos acompañando a la música de Vega, para terminar todos llorando de verdad, no por tristeza sino por esa nostalgia que entra cuando después de mucho tiempo te encuentras en casa 

Pasaron los cuarenta minutos de concierto. Nadie aplaudía, solo suspiraban mientras Vega y la Orquesta Nacional se miraba, sonrientes. No hubo vencedor del duelo y todos ganaron, las dos partes perdiendo el miedo eran solo una.

Al fondo, la Maruxaina, abrazada a Teresa miraban como Pepefel escondía la cara para limpiarse unas lágrimas que corrían por su cara, "joder, me entró polvo en los ojos, sucia taberna" mintió.




 

jueves, 11 de junio de 2026

NOTICIA EN TIRADA NACIONAL

Siempre recién peinados

y tosiendo

hacen su entrada

cada mañana increíblemente

en punto, y se atrincheran

al fondo de la barra, en su rincón

donde los dardos

no llegan ni borrachos.

Echan una mirada. Piden. Le vacilan

al camarero igual que ayer

y entre tembleques

llevan el venenoso vino

hasta los labios

como una maldición.

luego pagan. Adiós. Que no

te pille un coche. Y se encaminan

hacia la próxima farmacia.

(Poema de Karmelo Iribarren)



Todo empezó cuando al entrar en la Taberna por casualidad, para ir al servicio, una reportera de un periódico de tirada nacional, mientras se tomaba una Cocacola sin azúcar, escuchó como un parroquiano contaba una historia mientras los demás, en silencio, escuchaban.

Luego vinieron las bandejas de torreznos recién fritos por Teresa y que pasaban de mesa en mesa cogiendo cada cliente uno o dos trozos, las pintas de cerveza fría y espumante, los platos de guiso de cochino jabalí con crema de nabos y castañas con un toque de trufa del norte, las canciones de Vega, la intensidad de la mirada y la risa penetrante de la Maruxaina y la paciencia tabernera de Adiolinda hasta que descubriéndo a la periodista la dijo que ya estaba bien de preguntas.

Aún así, la joven reportera salió con el cuaderno lleno de apuntes y con un dibujo del Mono Rojo hecho en una servilleta.

Todo el mundo en la Taberna olvidó el suceso de la reportera, hasta que al domingo siguiente, a nivel nacional, salió un reportaje diciendo, "El Mono Rojo, donde el tiempo se detiene y la palabra encadenada a una historia es moneda. El wifi no existe, existen las historias de los parroquianos, inventadas o no pero que todos escuchan en respetuoso silencio, no hay menú degustación, hay lo que haya, es decir, lo que Teresa, una antigua monja retirada, guisa en su cocina, y Adiolinda, la tabernera, que te mira y escucha como si te conociera de siempre".

El mundo se volvió loco. Adiolinda abrió como siempre, a las seis de la mañana. A las seis y cinco, cuatro vehículos de Madrid esperaban, aparcados en la puerta.

A las once ya no se podía pedir en la barra, completamente colapsada por una multitud de personas que pedían torreznos, morcilla, jabalí, etc.  y cerveza fría, mucha cerveza fría.

A las seis de la tarde, Adiolinda se había quedado sin pan, sin torreznos, sin morcillas, sin estofado, sin patatas ni salsa de bravas, casi sin cerveza, y estaba muy cansada de contestar a las preguntas, las mismas, que cada visitante de fuera hacía.

Vega, cansada de tocar y cantar para todos, miraba a una Maruxaina erizada, a punto de saltar contra la multitud que la tocaba, la asediaba y preguntaba mientras un niño estaba empeñado en quitarle la parpusa al Cipri.

Ante todo eso, Adiolinda tuvo que cerrar a las ocho, aunque abrió en secreto la barra del sótano para los parroquianos habituales, como cuando la pandemia, aunque en esta ocasión solo podía servirles bebida que no les cobraba al no tener nada de comida.

La gente, fuera del local, en la calle, continuaba haciéndose fotos y selfies en la puerta, bajo el letrero del Mono Rojo, y así durante meses, de tal manera que mientras los visitantes estaban en el local principal de la Taberna, los habituales entraban a la barra del sótano, atendidos por Vega y la Maruxaina, para continuar su tradicional modo de estar en el Mono Rojo.

Pasó la moda y ya no había tantas avalanchas de personajes necesitados de descubrimientos, pero aún así, bastante gente continuó visitando la Taberna y rompiendo la paz y tradición que la leyenda contaba a quien quería escuchar de la magia del local.

Aún ahora, hay domingos, después del artículo nacional del periódico, que sería necesaria la reserva de mesas, si eso fuera posible en el Mono Rojo, que no lo es.

Los habituales se alegraban del crecimiento de la Taberna, pero luchaban porque la tradición perdurará pese a los turistas, tradición de siglos a la que ninguno estaba dispuesto a renunciar. La primera, Adiolinda.

miércoles, 10 de junio de 2026

PUDO SER. NO FUE

¿Qué decía, Ulises, el canto de las sirenas que tu pobre astucia
no se atrevió a escuchar?¿Qué fue de la armoniosa perfección
que tus naves esquivaron?
¿De qué sirvieron tus viajes, para qué las arenas de Troya,
la victoria a traición,
la embriaguez de Polifemo?
¿Para qué la gloria de los siglos, insensato,
si, hombre al fin, tuviste el milagro al alcance
de tu mano
--más importante que la gloria
más efímero que la fama, y por eso
sólo por eso, eterno--
y te negaste, cobarde, a descifrarlo?

Pero las sirenas, Ulises, son eternas.
Otros son los que escuchan ahora nuestros cantos.

(Poema de Michelle Najils)




Hacía mucho tiempo que, según narran los rumores, las puertas de la Taberna se abrieron de par en par provocando una corriente de aire que apagó tres o cuatro velas encendidas encima de unos manteles a cuadros rojos y blancos que cubrían unas mesas para el turno de cena.

En ese momento, la Maruxaina, fingiendo secar el pelo con una servilleta de tela del mismo tejido con el que estaban hechos los manteles, lanzó una interesada mirada al ser que bajo una capa húmeda y un sombrero de ala ancha azul, respondía al nombre de Forastero Quizás y que acababa de acceder al local.

Dicen las leyendas que, cuando una sirena se ve atraída por un humano, el mar se pone celoso, y actúa.

Pero sin adelantarnos a los acontecimientos, Forastero, dándose cuenta de la muchacha esa, la pasó por debajo de la mesa un chato de aguardiente como el que se estaba tomando él.

La Maruxaina lo cogió con esos dedos finos y delgados que la goteaban agua marina allí por donde pasara y llevándoselo a la boca lo fue tragando de poquitos a poquitos.

La Maruxaina y el Forastero lo hicieron sin casi pensarlo, chocando los vasos de chupito mientras el mar avanzó en forma de un hilillo frío de mar profundo, que subió por las piernas del Forastero.

El Cipri, moviendo la cabeza dijo, el trato ya está hecho, subiros a algo que os aguante.

Forastero, dejando el vaso vacío, acercando su cara a la de la sirena, la robó un beso frío y salado, que goteaba por cada poro de la Maruxaina .

Las tablas del sótano se abrieron. Debajo de ellos solo había mar, al que les quiso tirar, ya que el Forastero nunca opuso resistencia estando enganchado a la sirena.

Él se dejó, de la mano de ella aguantó cuando el agua les llegó primero a la cintura, después cuando les llegó al pecho y más tarde cuando ella tiró de su mano sumergiéndose ambos en el celoso mar que les reclamaba.

En ese momento, la Maruxaina le dijo, por fin eres mío y yo soy de alguien.

El mar no le mató,  convirtió su nombre terreno en un nombre de espuma de olas, permitiéndole respirar, aunque al Forastero el agua le sabía a vino salado, y cuando la sirena unió su pecho al suyo, allí en la profundidad oscura del océano, sintió que estaba atado.

Forastero ya no envejece, aunque cada vez más se acuerda de arriba, de tierra, de la Taberna, y la Maruxaina llora porque sabe que lo pierde.

Un día, hizo el intento. Subió hasta la superficie. Las olas se pararon al detenerse el viento, todo quedó quieto, nada tenía movimiento salvo la sirena, que le dijo, me pierdes, volverás a tierra, pero sin memoria de ésto, sin recuerdos, sin sentir. Me verás en la Taberna y será como si vieras a otra persona, no podrás revivir los momentos pasados conmigo.

Forastero asintió, la besó por última vez y empezó a sentirse pesado, a hundirse, a no poder respirar, y nadó, nadó fuerte, hasta la orilla, seguido por las lágrimas de la Maruxaina convertidas en perlas blancas, y llegó a tierra.

No se volvió, ya que en ese instante perdió todos los recuerdos y no sabía que ella estaba detrás.

¡¡¡Forastero, viniste aquí a dormir nada más!!! Le gritó una Maruxaina con una jarra en la mano, ¡¡¡bebe hombre, y despierta!!! dijo la sirena aguantando una lágrima rebelde mientras él la explicaba que no sabía lo que había pasado.

El Cipri, en silencio, acarició el dorso de una mano de la Maruxaina y la dijo, sigue siendo amigo, quédate con eso.

Forastero mientras, bebía, no recordaba nada.



martes, 9 de junio de 2026

LINEA SIN RETORNO

El silencio de tu padre, no es de miedo,

Es un lenguaje que le enseñó la vida,

En el que protestar no está presente

Ante la necesidad de hacerse fuerte.



El hijo llegó tarde, como de costumbre, y como de costumbre enfadado y con el nombre de su padre en la punta de la lengua.

El padre estaba ahí, donde siempre, sentado a su mesa viendo la vida escurrirse entre días y semanas iguales, idénticos meses y años, unos de otros.

El hijo le tiró encima años de rencor. Los hijo de puta, los vete a tomar por culo, cayeron sobre otros insultos como mierda, subnormal, payaso. A gritos, fuertes y elevados gritos.

Cada insulto era un golpe seco, doliendo más que un puñetazo y sin saber el por qué de tan desproporcionado ataque.

El padre dijo, no me grites, no me insultes, y ante la continuidad de la agresión verbal, el padre expresó en voz alta, tú eres el payaso, el mierda, el hijo de puta. Tú eres un borracho, que a ver cuándo se marcha y me deja en paz.

Entonces el hijo le amenazó con quemar la Taberna con él dentro, de pegarle puñetazos hasta tirarlo al suelo, acompañado de más insultos.

El padre, sin decir nada, se levantó y se fué. Todos en la Taberna entendieron que el hijo había cruzado una linea imborrable, que el silencio del padre al marcharse no era miedo, era una sentencia que pesaba más que las amenazas, más que los graves insultos.

El padre regresó a casa sin nada en las manos pero con algo muy profundo roto, destrozado, y aunque los parroquianos dijeron que lo denunciará, ël no lo hizo. Un padre no denuncia nunca las vergüenzas de su hijo, carga con ellas como si fueran suyas.

Cuando el padre volvió, lo hizo con la barba más cana y los ojos más viejos, mientras en la Taberna dicen que murió un poco esa noche, que el hijo lo mató sin tocarlo.

Y el castigo no fueron denuncias ni venganzas, un padre no se venga nunca de un hijo, el castigo fué vivir sabiendo que traspasó una linea en la que el único que le podía perdonar era el hombre al que había insultado y amenazado, pero ese hombre, el padre,  lo miraba con lástima y no hablaba.

lunes, 8 de junio de 2026

EL ENFADO DE TERESA, (PARTE DOS)

La tarde entra pronto en la cocina:

a eso se reduce el misterio

cada día.

También hay razones suficientes

Para pensar en la inútil existencia

del párpado que cae

y ensombrece las pupilas.

Hay sueños que se olvidan.

Otros se insinúan solamente.

Algunos apenas se perciben.

Casi todos se terminan.

Los más se derrumban sin fortuna,

-inútilmente-.

Al final del día descansa la noche,

soberbia,

pero herida de muerte.

(Poema de Jorge Braga)


Al poco entró en la cocina Adiolinda, diciendo, "modernizar no es quitar lo de siempre, es mejorarlo", sacando de una cajita un par de trufas del norte que había comprado a unos buscadores amigos suyos.

Mientras Teresa negaba con la cabeza, Adiolinda empezó a rallar las trufas encima de un puré de castañas y nabos de su huerta, cuidados y recolectados por la Maruxaina, que hablaba suavemente con ellos mientras los recogía, y que acompañaría al guiso del cochino jabalí de Teresa.

La cocinera probó el puré con desconfianza, hasta que al paladar le llegó un cierto tono de petricor, por la trufa unida a la cremosidad de los nabos convencidos por la sirena de dejarse extraer de la tierra más el toque dulzón de la castañas acompañando al fuerte sabor a carne de caza del cochino jabalí, que la convenció e hizo que la antigua monja cogiera una trufa de las manos de la tabernera y rallara un poco más sobre el puré.

Acababan de inventar el estofado de jabalí del Mono Rojo nevado con trufa del norte, un plato que pronto se convirtió en el favorito de la Taberna, de tal manera que a la semana ya no las quedaban trufas del norte teniendo que encargar más, urgentemente, pues todo el mundo prefería el estofado con ese blanquecino puré con motas negras de trufa.

Ni Adiolinda ni Teresa se dijeron nada la una a la otra, pero desde el primer día en el que sacaron el estofado modernizado, al finalizar la jornada, cuando la Taberna del Mono Rojo cerraba las puertas, la tabernera y la cocinera se sentaban juntas en una mesa en el vacío local y compartían la cena, sin discutir, tan solo dos amigas, un gato, el fuego y unos reconfortantes platos. 

La vida en la Taberna retomaba tranquilidad en los fogones, Teresa manda en la cocina, Adiolinda en el mostrador.

Discuten el menú del día siguiente, los precios, el género, pero al acabar el día, una buena cena, unas jarras y la compañía de la lealtad y la amistad las acompañaba en esos últimos momentos antes de marchar a casa.

El Mono Rojo, en silencio, esperando un nuevo día.

domingo, 7 de junio de 2026

EL ENFADO DE TERESA, (PARTE UNO)

"Pues ¡ea, hijas mías!, no haya desconsuelo cuando la obediencia os trajere empleadas en cosas exteriores; entended que, si es en la cocina, entre los pucheros anda el Señor ayudándoos en lo interior y exterior."

(frases de Fundaciones, 5, 8. De mi amiga Santa Teresa de Jesús)



Teresa llevaba casi ocho años al frente de la cocina de la Taberna del Mono Rojo. Cerca de nueve que había abandonado el convento.

Revolucionó los platos del legendario local. Nadie como ella para sacar partido a un cochino jabalí haciendo un estofado con fama más allá de la comarca. Era la reina de los fogones, y eso no dejaba que nadie lo discutiera, por eso, cuando Adiolinda quiso cambiar los platos del menú, Teresa montó en cólera, dijo que eso bajo su mano, no se haría y amenazó, quitándose el delantal, con marcharse para no volver.

Adiolinda, muy enfadada, la recordó que la Taberna era suya y podría cambiar lo que quisiera, y si no respetaba, ¡¡¡¡a la calle, que aquí sobras!!!!

Teresa dobló despacito su delantal, dejándolo sobre la esquina de una mesa, y comenzó a recoger sus cosas personales. Se marchaba, y le daba igual si la mitad de los clientes también se fueran con ella, que abrió la puerta muy despacio, oliendo los vapores de su guiso de cochino que terminaba de hacerse al fuego lento de la cocina.

Terminó de abrir la puerta, fuera llovía fuerte, pero salió al exterior. Todavía esperó un momento, para ver si Adiolinda reaccionaba, pero Adiolinda, cruzada de brazos, quieta fuera del mostrador, la miraba fijamente sin decir nada, sin hacer nada.

Finalmente, Teresa, con lágrimas en los ojos, que hubiera dicho que eran gotas de la lluvia que caía, comenzó a andar pisando el barrizal en que el camino se había convertido. "No hay marcha atrás", pensó Teresa, siguiendo hacia delante, un paso tras otro.

Teresa se había marchado del Mono Rojo.

Caminó tres días, en los que durmió en graneros solitarios, comió pan duro que quitó a unas gallinas y alguna vez cocinó para algún cortijo a cambió del techo de una noche. Pero nada como el Mono Rojo.

La tercera noche, en una taberna de la ruta le pusieron un plato de estofado. Le falta un poco de tiempo y le falta también Amor, mucho Amor, dijo Teresa recogiendo su mesa, para más tarde meter las pocas cosas que había sacado en su bolsa de viaje, aunque esta vez para realizar el camino de vuelta.

Teresa llegó al Mono Rojo, empujando sus puertas. Adiolinda limpiando el mostrador. La gata, Crisis,  solitaria y dormida en su sitio, fuera de la cocina.

"El caldo se estropeó", dijo Adiolinda, señalando la cocina con el fuego apagado.

Teresa, sin decir nada, encendió de nuevo el fogón, empezando de nuevo a cocinar ese caldo que tanta fama la dió.

Crisis se restregaba por una de las piernas de Teresa, asegurándose que era real, para después volverse de un dalto al sitio donde  dormía casi durante todo el día.

Empecemos pues, dijo Teresa, poniéndose de nuevo el delantal.

Al poco, entró en la cocina Adiolinda, que diciendo...


sábado, 6 de junio de 2026

LA MADRE DE DON TOMÁS

Mereces un amor que te quiera despeinada,

incluso con las razones que te levantan de prisa

y con todo y los demonios que no te dejan dormir.

Mereces un amor que te haga sentir segura,

que pueda comerse al mundo si camina de tu mano,

que sienta que tus abrazos van perfectos con su piel.

Mereces un amor que quiera bailar contigo,

que visite el paraíso cada vez que ve tus ojos

y que no se aburra nunca de leer tus expresiones.

Mereces un amor que te escuche cuando cantas,

que te apoye en tus ridículos,

que respete que eres libre,

que te acompañe en tu vuelo,

que no le asuste caer.

Mereces un amor que se lleve las mentiras,

que te traiga la ilusión,

y la poesía.

(Poema de mi amiga Frida Kahlo)



La Taberna estaba aquella mañana como siempre, olor a ron barato, a madera y a la ginebra con la que limpiaba la barra Adiolinda para desinfectarla y sacarla ese brillo que la madera tenía en el usado mostrador.

Las puertas de Mono Rojo se abrieron como dubitativas, sin decisión, como si el que entraba no supiera si hacerlo o no. 

Entró un joven de unos cuarenta años, moreno de pelo y bien presentado. Vestido correctamente, zapatos brillantes y una indecisión en su mirada que hizo que Adiolinda dejara lo que estaba haciendo para dirigirse a él, aunque sin hacer caso de la tabernera, desparramó la vista por todo el local deteniéndola en la mesa donde Rosa, la vieja prostituta, estaba sentada esperando tomarse la primera jarra del día.

¿Eres Rosa?, preguntó el elegante visitante. Rosa le miró como con miedo, y pensó antes de contestar, cuarenta años vendiendo noches para poder pagar el pan de lejos que habrá comido y ahora viene ese pan hasta donde estoy preguntando por mi.

Quizás sea Rosa, contestó la mujer manteniendo una indiferencia que era solo fachada para ocultar la zozobra que por dentro sentía como la iba amenazando, o no lo sea, depende para lo que se la busque, aunque esos ojos y esos rictus en el rostro ya la dijeron a quien tenía delante 

¿Vienes a juzgarme, a verme y a comer, o a qué vienes hasta aquí?

Quiero conocer a la mujer que me abandonó, que nunca fue a verme y a la que no conozco más que por unas fotografías que me enseñó hace tiempo la abuela, dijo sentándose enfrente de ella, a su mesa, desde donde pidió dos platos de estofado y un par de jarras de cerveza.

No hubo abrazos, ni un te quiero, nada, solo dos personas mirándose mientras comían y el resto de la Taberna haciendo como que no miraban.

Crecí sabiendo de tu existencia, dijo Tomás, que así se llamaba el visitante, y he venido a conocerte y preguntar si te dolió abandonarme y no verme nunca.

Dolió, y mucho, contestó Rosa, que agarrando su mano y apretándola, dijo, ahora que estás aquí, duele menos.

No fueron a ningún lado, siguieron sentados a la mesa hasta que el Mono Rojo cerró, y luego Tomás volvió al día siguiente, y al otro, y al otro.

La historia se fue tejiendo entre ambos. Tomás tardó cuarenta años en decidirse, y solo cuando abrió su bufete y estaba todo en orden le tocó el tiempo de ordenar también su vida y conocer a su madre, de quien la abuela dijo que había muerto en el parto, incluso la enterraron, en un ataúd vacío y una sepultura hueca, donde cada año la abuela le llevaba a poner flores aunque él sabía de su madre al haber encontrado la caja donde la Abu guardaba esas cartas mal escritas que cada cierto tiempo Rosa escribía, en la última, recibida ya hacía diez años, justo cuando murió la abuela, la vieja prostituta escribía: " si algún día decides venir, ven a un lugar único, donde la gente es leyenda y el ron barato y malo, pero sus parroquianos cuentan historias mientras los demás escuchan en silencio y cierran hombros acogiendo a los suyos. Pregunta por la Taberna del Mono Rojo".

No borraron ningún pasado, no lo necesitaban, solo decidieron que el futuro trataba de dos sillas entorno a una mesa, Tomás, el abogado y Rosa, su madre, la vieja prostituta.

Casi toda la localidad pasó por la Taberna, picados por la curiosidad de ver al hijo de la Rosa, y un día, un viejo buhonero jubilado le gritó al abogado, ¿ Y ahora que la conoces no te da vergüenza al ver de quién eres hijo?

Rosa fue a saltar, pero Tomás la sujetó suavemente de la mano mientras Vega y la Maruxaina ya se habían puesto de pié para actuar si hacía falta, pero no lo hizo. Tomás sacó unos billetes y dirigiéndose a Adiolinda la dijo, cóbrame todo, lo nuestro y lo que dijo ése de mi madre, yo pago lo que digan de ella.

Nadie más volvió nunca a dirigirse así a Tomás, ayudado encima porque Adiolinda echó de la Taberna al viejo liante.

Nunca más volvieron a decir "la vieja prostituta", todo el mundo decía ahora, la madre de don Tomás, que había dejado sobre la barra unas tarjetas de su bufete por si algún parroquiano necesitaba defensa gratuita.

En la tarjeta se podía leer:

Tomás De la Rosa

Abogado

(Algunos apellidos se eligen, no se heredan, y Tomás eligió)