| Pero si ya pagamos nuestros pasajes en este mundo por qué, por qué no nos dejan sentarnos y comer? Queremos mirar las nubes, queremos tomar el sol y oler la sal, francamente no se trata de molestar a nadie, es tan sencillo: somos pasajeros. Todos vamos pasando y el tiempo con nosotros: Entonces, qué les pasa? Nosotros no sabíamos Ahora resulta Todos llegábamos del mismo sitio. Y ahora nos salen con que no podemos, Por qué tantas ventajas para ustedes? Aquí no están contentos, No me gusta en el viaje No hay ropa para este creciente otoño Sin mesa dónde vamos a comer, Después el mar es duro. Y llueve sangre. (Poema de Pablo Neruda) |
Se ha vuelto a repetir. Una noche, hace muchos años, en el Mono Rojo, un Cipri más joven colocó sobre la barra, en fila, diez vasos de ron, dejando la botella medio llena frente a los vasos.
Aunque el Cipri no contestó a ninguna de las preguntas que le hicieron los parroquianos, intrigados, nadie se atrevió a tocar ni uno solo de los vasos, que aparecieron al día siguiente completamente vacíos, así como la botella, apurada hasta sus últimas gotas.
Hace poco volvió a pasar. Un Cipri muy delgado, sin hablar, regresó de los mundos del no ser y dirigiéndose al interior de la barra volvió a colocar diez vasos llenos de ron y a dejar una botella de lo mismo frente a ellos, para acto seguido volver a la silla donde estaba sentado junto a la Maruxaina que como siempre atendía a sus necesidades y cuidados.
Pero está vez, se comenta en la Taberna que, Vega y Adiolinda se quedaron escondidas en el almacén con la puerta entreabierta, desde donde observaban directamente a la zona donde los vasos esperaban llenos de ron que alguien se los tomara.
A eso de las tres de la madrugada, Adiolinda despertó a Vega que se había quedado traspuesta, y la señaló a la barra llevándose un dedo a los labios indicándola que guardara silencio.
Un grupo de marinos apareció junto a la barra, entre risotadas y abrazos. Se los veía mojados aunque en nada de lo que tocaban o pisaban dejaban huellas de agua.
De golpe, uno de ellos, con gorra de capitán, hizo una seña y todos, levantando un brazo con un vaso en la mano, gritaron, por el Lancaster, que se hundió en la mar impidiendo que llegáramos a la Taberna donde tendríamos que haber entregado un importante cargamento a su dueño, el Cipri, que desde entonces espera su llegada.
Vaciaron sus vasos, volviendo a llenarlos, y repitiendo la ceremonia, volvieron a alzar los vasos y el capitán gritó, por nuestra nueva singladura al fondo del mar donde reposamos hasta que alguien nos encuentre e intente que reposamos en tierra santa.
¡¡¡Por ello!!! gritaron todos apurando los vasos y dejándolos con un fuerte golpe en el mostrador de madera, para acto seguido diluirse en el aire y desaparecer.
Sobre la barra, un dibujo, unas coordenadas y unas cuantas monedas de oro.
Hoy estamos los parroquianos en el funeral de los marineros del Lancaster. Vega y Adiolinda fueron con el mapa y las coordenadas a la autoridad marítima, mientras la Maruxaina buscaba en el mismo lugar restos del Lancaster en el fondo marino.
Entre las tres consiguieron que la marina buscara y rescatará lo poco que quedaba del naufragió, sin encontrar restos humanos aunque si ropas rotas y casi podridas que podrían haber llevado los tripulantes, dándoles oficialmente por fallecidos y celebrando este funeral por su alma hasta ahora errante.
En la puerta de la Taberna, pero por dentro, una campana de bronce cuelga de uno de los lados de las jambas. En su Centro, un nombre, Lancaster y la fecha de su botadura.
El Cipri, hundido en el mundo del no ser, guarda en su mano una de las monedas de oro del capitán, y en su cara, con los ojos cerrados, una leve sonrisa y un semblante de paz interior.






