Tus hijos no son tus hijos.
Son los hijos e hijas del anhelo de la vida por sí misma.
Vienen a través de ti pero no de ti,
Y aunque están contigo, no te pertenecen.
Puedes darles tu amor pero no tus pensamientos,
Porque tienen sus propios pensamientos.
Puedes hospedar sus cuerpos pero no sus almas,
Porque sus almas habitan en la casa del mañana, que no puedes visitar, ni siquiera en tus sueños.
Puedes esforzarte en ser como ellos,
pero no procures hacerles semejantes a ti,
no retrocede ni se detiene en el ayer.
Tú eres el arco del cual tus hijos,
como flechas vivas,
son lanzados.
El arquero ve el blanco en la senda del infinito
y él, con su poder, os tensará,
para que sus flechas puedan volar rápido y lejos.
Deja que la inclinación,
en tu mano de arquero
sea para la felicidad
Pues aunque él ama
la flecha que vuela,
ama de igual modo el arco que es estable.
(Poema de mi amigo Khalil Gibran)
En la página 57 del cuaderno negro, un cuaderno donde el Cipri escribía las mejores historias contadas por los clientes y parroquianos, costumbres que continúa su hija Adiolinda, se puede leer con la letra del Cipri:
Era un martes después del mediodía. En la Taberna entró una chica vestida de novia, vestido de encajes y velos blancos y de las rodillas para abajo, barro pegado del camino.
Su rostro, lloroso, con el maquillaje corrido, y pidiendo a gritos un vaso de ron.
Se tomó tres antes de ponerse a cantar desde la barra. Al principio, los parroquianos presentes no hicieron caso, pero según avanzaba la canción fueron callando y escuchando una letra, recién inventada que salía directamente del alma.
Así nos enteramos que Elena, que así se llamaba la chica, estando en el altar con el novio, se le quedó mirando con miedo en sus ojos. Rogelio, el novio, no contestó al sacerdote, que tosiendo le urgía la respuesta.
Pálido, con las manos sudorosas, la cara desencajada, miró a su madre, sentada en el sitio de la madrina, que miraba a su hijo y a Elena con cara de decir, ya lo decía yo, esa chica es poco para él.
No puedo, dijo Rogelio, mamá no puedo casarme. Ni tan siquiera faltó a la boda, lo que hubiera facilitado las cosas. Fue para decir que no podía. Era el miedo de toda su vida a la madre.
Elena, quitándose el velo de la cabeza, si decir nada a nadie, salió corriendo de la pequeña iglesia y llegó hasta la Taberna del Mono Rojo por casualidad.
El Cipri la vió y no dijo nada, tan solo limpió el mostrador con una bayeta y puso delante de la chica un vaso de ron que ésta apuró. Así hasta tres vasos, y al apurar el tercero, empezó a cantar. No era tanto una canción sino un desahogo del alma, un llanto musical que nacía de la vergüenza y el dolor sentido.
Al acabar, la Taberna estaba totalmente en silencio y todos los parroquianos mirando a la novia abandonada, pero ahora no eran miradas interrogatorias, y el silencio, diferente al de la iglesia, no era un silencio de vergüenza, era un silencio de reconocimiento.
El Cipri le acercó el cuaderno negro en el que todavía solo había escrito un título, "Me llamó Elena y nunca más voy a pedir permiso para irme"
El Cipri solo la dijo, aquí, en este cuaderno quedan las cosas que no cargas. Si vuelves alguna vez, no vengas más con ese vestido de novia.
Elena cerró el cuaderno devolviéndolo, se quitó los zapatos de tacones tirándolos a una papelera de las que había en el suelo, pegadas a la barra, y salió descalza al exterior.
Al mes, volvió a la Taberna, con una camisa verde y unos pantalones vaqueros rotos, riéndose mucho, como nunca antes se había reído.
El cuaderno funciona, Cipri, dijo entre carcajadas, aquí se quedó lo que no cargué.
Me he enterado que Rogelio va a casarse dentro de unos meses con otra, y me sentí feliz, sin poder dejar de reír. No me importa lo más mínimo. Ahora, Cipri, deja que yo te invite. Pon unos vasos y una botella de ron, y brindemos por el miedo de un cobarde que nunca será libre, mientras para mí, la vida sigue.






