La tarde entra pronto en la cocina:
a eso se reduce el misterio
cada día.
También hay razones suficientes
Para pensar en la inútil existencia
del párpado que cae
y ensombrece las pupilas.
Hay sueños que se olvidan.
Otros se insinúan solamente.
Algunos apenas se perciben.
Casi todos se terminan.
Los más se derrumban sin fortuna,
-inútilmente-.
Al final del día descansa la noche,
soberbia,
pero herida de muerte.
(Poema de Jorge Braga)
Al poco entró en la cocina Adiolinda, diciendo, "modernizar no es quitar lo de siempre, es mejorarlo", sacando de una cajita un par de trufas del norte que había comprado a unos buscadores amigos suyos.
Mientras Teresa negaba con la cabeza, Adiolinda empezó a rallar las trufas encima de un puré de castañas y nabos de su huerta, cuidados y recolectados por la Maruxaina, que hablaba suavemente con ellos mientras los recogía, y que acompañaría al guiso del cochino jabalí de Teresa.
La cocinera probó el puré con desconfianza, hasta que al paladar le llegó un cierto tono de petricor, por la trufa unida a la cremosidad de los nabos convencidos por la sirena de dejarse extraer de la tierra más el toque dulzón de la castañas acompañando al fuerte sabor a carne de caza del cochino jabalí, que la convenció e hizo que la antigua monja cogiera una trufa de las manos de la tabernera y rallara un poco más sobre el puré.
Acababan de inventar el estofado de jabalí del Mono Rojo nevado con trufa del norte, un plato que pronto se convirtió en el favorito de la Taberna, de tal manera que a la semana ya no las quedaban trufas del norte teniendo que encargar más, urgentemente, pues todo el mundo prefería el estofado con ese blanquecino puré con motas negras de trufa.
Ni Adiolinda ni Teresa se dijeron nada la una a la otra, pero desde el primer día en el que sacaron el estofado modernizado, al finalizar la jornada, cuando la Taberna del Mono Rojo cerraba las puertas, la tabernera y la cocinera se sentaban juntas en una mesa en el vacío local y compartían la cena, sin discutir, tan solo dos amigas, un gato, el fuego y unos reconfortantes platos.
La vida en la Taberna retomaba tranquilidad en los fogones, Teresa manda en la cocina, Adiolinda en el mostrador.
Discuten el menú del día siguiente, los precios, el género, pero al acabar el día, una buena cena, unas jarras y la compañía de la lealtad y la amistad las acompañaba en esos últimos momentos antes de marchar a casa.
El Mono Rojo, en silencio, esperando un nuevo día.






