Músico llanto en lágrimas sonoras
llora monte doblado en cueva fría,
y destilando líquida armonía,
hace las peñas cítaras canoras.Ameno y escondido a todas horas,
en mucha sombra alberga poco día:
no admite su silencio compañía,
sólo a ti, solitario, cuando lloras.Son tu nombre, color, y voz doliente,
señas más que de pájaro, de amante:
puede aprender dolor de ti un ausente.
Estudia en tu lamento y tu semblante
gemidos este monte y esta frente:y tienes mi dolor por estudiante.
(Poema de mi amigo, don Francisco de Quevedo)
Me contó Adiolinda el otro día que, estando Vega y ella solas en la Taberna, este invierno pasado, al lado de la chasca bien encendida por el frío de esa noche en la que había caído la primera nevada, cuando ya la conversación entre ambas había menguado y se encontraban, mirando fijamente el lamido de las llamas alrededor de los troncos en el hogaril, tras figuras nebulosas se fueron materializando delante de ellas, abrigados con viejas chaquetas de telas ásperas y gruesas, sus gargantas protegidas por bufandas de lana descolorida y algún roto en los zapatos, pero con una faz amigable inspirando confianza.
Buenas noches, somos músicos ambulantes y traemos con nosotros la historia de lo que nos sucedió una noche como ésta, en la que la nieve nos hizo buscar refugio, camino a nuestro pueblo, y tú padre, el Cipri, que estaba cerrando el local, lo volvió a abrir para nosotros, encendiendo el hogaril de nuevo, preparándonos algo de cena y dándonos de beber hasta que se hizo de día y sin cobrarnos nada al ver nuestras apariencias.
Desde entonces, siempre que se produce la primera nevada, venimos al Mono Rojo en la fría madrugada y tocamos nuestros instrumentos hasta el primer rayo de luz del sol.
Adiolinda, mirando a Vega, se levantó y preguntándoles que cenaríais comenzó a ir hacia la cocina.
No, no, dijo el violinista, los espíritus no cenamos, no podemos. Queremos solo tocar nuestros instrumentos para vosotras como cada año en la primera nevada.
Tú, muchacha, continuó el violinista dirigiéndose a Vega, parece que también tocas, ¿Quieres tocar esta noche con nosotros?
Vega, afirmando con la cabeza y aún algo sorprendida, cogió su guitarra y "cuando queráis", dijo a los músicos.
Toda la noche estuvieron tocando melodías, y en alguna, la voz de Adiolinda dejó que se la escuchará entre risas de todos por lo que desafinaba.
Fue una bonita y divertida noche que acabó cuando el sol empezó a asomar por el horizonte anunciando un nuevo día. Entonces, el trío musical comenzó a desaparecer mientras decían adiós con sus manos.
¿Vega, no lo habremos soñado? preguntó Adiolinda, para callar acto seguido al ver que Vega recogía una vieja bufanda descolorida caída en el suelo mientras una sonrisa dibujaba su semblante y una lágrima recorría su mejilla.

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