ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO
LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

jueves, 23 de abril de 2026

LLOVÍAN...

Mi beso era una granada 

profunda y abierta;

tu boca era rosa de papel.

El fondo un campo de nieve.

Mis manos eran hierros 

para los yunques;

tu cuerpo era el ocaso

de una campanada.

El fondo un campo de nieve.

En la agujereada

calavera azul

hicieron estalactitas

mas te quiero.

El fondo un campo de nieve.

Llenáronse de moho

mis sueños infantiles,

mi dolor salomónico.

El fondo un campo de nieve.

Ahora maestro grave

a la alta escuela,

y mi amor y mis sueños

(caballito sin ojos).

Y el fondo es un campo de nieve.

(Poema de mi amigo Federico García Lorca)



Era ya madrugada y regresaba a casa después de varias horas tomando cerveza en el Mono Rojo, nuestra taberna.

En el cerrado cielo, nubes negras, a modo de telón de escenario, se fueron abriendo dejando que danzarinas luces bailaran entre los nubarrones como neblina fluorescente de cierto color rojizo.

El espectáculo era único, pero cuando me estaba diciendo que tendría que beber menos para evitar estas alucinaciones, empezó a llover. Me puse sobre la cabeza la parte trasera de la trenka subiéndola hasta ella, para cubrirme del fuerte aguacero que amenazaba con caer, aunque no se escuchaba el plof de las gotas al caer al suelo en suicido colectivo, y no, no me mojaba.

Saqué la mano fuera del refugio de la trenka y si me calleron...BESOS, ESTABAN LLOVIENDO BESOS que caían en todos los lados, en los bancos y columpios del parque, en las cabezas de los pocos y asombrados viandantes que a esas horas ya marchaban de retirada, en los coches de policía aparcados frente a la comisaría, en las puertas de las iglesias necesitadas de amores, en las... En todos los lugares caía esa lluvia de besos.

Descubrí la cabeza y, poniéndome bien la trenka, dejé que los besos me inundarán de esos besos que mi yo, carente de ellos en mucha ocasiones, aceptaba sin rechistar, cuando uno de esos besos aterrizó justo en mi boca mientras una conocida risa amable sonaba en mi cabeza.

Esa noche, decían los periódicos del día siguiente, llovieron, sorpresivamente, besos en la localidad. Se busca intensamente quien es el que ha liberado y tirado al aire tantos besos, que al caer en la iglesia, la hizo más humana, los bancos y los columpios repletos de parejas abrazadas y compartiendo esos besos, la gente en la calle se volvía a saludar, y los policías sacaban a los detenidos sin apenas empujarlos y, decía la prensa, se busca a aquel o aquellos que esparciendo besos a convertido la ciudad en una provincia más del Reino del Amor y la Humanidad.

Guardé en una cajita siete y ocho besos, para cuando me hicieran falta por no tenerlos.

Mientras, en el aíre la cancion

miércoles, 22 de abril de 2026

BAILE NOCTURNO (2)

La luna se puede tomar a cucharadas 

o como una cápsula cada dos horas. 

Es buena como hipnótico y sedante 

y también alivia 

a los que se han intoxicado de filosofía. 


Un pedazo de luna en el bolsillo 

es mejor amuleto que la pata de conejo: 

sirve para encontrar a quien se ama, 

para ser rico sin que lo sepa nadie 

y para alejar a los médicos y las clínicas. 


Se puede dar de postre a los niños 

cuando no se han dormido, 

y unas gotas de luna en los ojos de los ancianos 

ayudan a bien morir. 


Pon una hoja tierna de la luna 

debajo de tu almohada 

y mirarás lo que quieras ver. 

Lleva siempre un frasquito del aire de la luna 

para cuando te ahogues, 

y dale la llave de la luna 

a los presos y a los desencantados. 


Para los condenados a muerte 

y para los condenados a vida 

no hay mejor estimulante que la luna 

en dosis precisas y controladas.

(Poema de mi amigo Jaime Sabines)



Forastero Quizás, toma tu jarra, siéntate y empieza a contar desde donde lo dejaste ayer, nos tienes a todas en ascuas, dijo Adiolinda mientras Teresa, Vega y la Maruxaina me miraban desde los lados de la mesa que ocupaban.

Bien, después de esa noche estuve volviendo a la playa casi todos los días, y no emergían las figuras de blanco, pese a que pasé noches de luna intensa, no volvían a la arena. Estaba yo totalmente hundido y pensando solamente en la propietaria del pañuelo de encajes con el que me había dejado, de tal manera que una madrugada que no pensaba con mucha claridad, me levanté de la arena y entré vestido en el agua hasta donde me cubría un poco más de la cintura, y esperé a ver qué ocurría.

Soplaba algo de levante, quizás lo necesario para desplazar algunas nubes que cubrían solícitas a la luna, blanca, hermosa y llena, que en ese momento lanzó sus intensos rayos de luz hacia la Tierra iluminando la zona de mar en la que me encontraba sumergido.

 Me asusté, algo grande subía hacia la superficie a varios metros de mi y pensé en tiburones y otras especies que me atacaban. Nada más equivocado, a un metro mío surgió del agua una figura vestida con gasas muy blancas, de falda larga y encajes en el pecho, y lentamente se me fue aproximando juntando mi cara con la suya. Era ella, mi acompañante vaporosa de la primera playa con ellos, que riendo me invitaba a salir hacia la arena.

Al instante, otras parejas y personas de blanco fueron saliendo del mar mientras la música de violines y clavichémbalo volvió a adueñarse de la noche.

Esto mismo pasó durante varias noches más en estos casi dos meses en los que he estado fuera, y solo regresé, dejando de ir a las playas, cuando gracias a mi compañera entendí todo.

Desde pequeño, en mi casa, a través de una pequeña ventana, por las noches, un rayo de luna venía a visitarme liberándome del miedo a la oscuridad que tenía.

Durante toda mi vida, viviera donde viviera, un rayo de luna me alumbraba cada noche abrazándome con su calorcito amoroso, justo hasta hace un par de años en los que desde donde duermo la luna no se ve.

Ella, compañera de años, amiga, amante, guardiana, quiso demostrarme que no estaba solo, que ella, pese a no poder vernos durante las noches, nunca dejó de mandarme su apoyo, y aprovechando que un día, al salir de la taberna fuí hasta la costa, creó con sus rayos luminosos las figuras que yo vi salir del agua, esmerándose en una de ellas que la representaba, justo la joven que bailaba conmigo y que me dejó este pañuelo que, desde entonces, llevo siempre encima. Mi compañera de luz era la Luna, mi vieja amiga, y con la que bailo sobre la arena cada vez que aparece en el cielo hermosa, grande y llena.

La Maruxaina se puso de pié y con una sonrisa me dijo, supe siempre donde estabas, Vega, la niña de las estrellas me lo dijo, que se lo había contado Selene durante un cuarto creciente, pero no podíamos romper el embrujo, por eso callamos cuando mis hermanas del fondo del mar, las sirenas, me contaron unas extrañas escenas que ocurrían en la playa entre un humano y la Luna. La música la ponían ellas.

martes, 21 de abril de 2026

BAILE NOCTURNO

En las noches claras,

resuelvo el problema de la soledad del ser.

Invito a la luna y con mi sombra somos tres.

(Poema de mi amiga Gloria Fuertes)



Entro de nuevo en La Taberna del Mono Rojo. Enseguida se me acercaron Vega y Teresa a saludarme, contentas de verme después de tantos días.

Al poco se acercó Adiolinda, la hija del Cipri que, con ese lenguaje y acentos suyos, enseguida preguntó ¿Y tú dónde andabas sin decir nada a nadie?

La expliqué que una noche, después de salir de la Taberna cogí el coche y marché a la playa. Era una noche de luna llena, mágica, y algo me hizo irme hasta la orilla y observar con algo de inquietud que no entendía el motivo.

En ese momento de mi relato, Vega llamó a la Maruxaina, como experta en mares y playas, que tomó asiento en la mesa mientras yo continuaba hablando.

De golpe, sobre las dos de la madrugada, una figura de mujer comenzó a salir del agua, muy blanco, vaporoso y brillante su vestido. En ese momento no me chocó el que estuviera seco, ahuecado, como si no emergiera del mar, y continué mirando como la bella figura caminaba hacia la arena mientras otras personas también comenzaron a emerger, también vestidas de un blanco brillante, andando con exquisita elegancia.

Pronto la playa se llenó de risas, de voces templadas, de una música nunca escuchada de clavichémbalos y violines, mientras algunas parejas bailaban.

Sin esperarlo, y mientras observaba asombrado la escena, una dama, joven, con vestido como de gasa, blanco deslumbrante, acercándose a la arena en el lugar donde yo estaba sentado, riendo alargó la mano ofreciéndomela.

Entendí que quería bailar, y aunque yo nunca fuí ni siquiera un mediano bailarín, pensé, ¿Por qué no? y alargando la mía intenté coger su pequeña y larga mano.

Mis dedos penetraron entre su muñeca, sin agarrar nada, como si solo hubiera aire, como si no hubiera nada, mientras una suave y simpática risa brotó de su garganta.

No sentí miedo, solo curiosidad, y levantándome, al ver que ella levantó un brazo en curva y con el otro me atravesó la cintura apareciendo por mi espalda, sobrepuse mi mano derecha sobre la suya, sin apretar y sin intentar cogerla, cosa imposible, y con mi otra mano en su espalda comenzamos a girar entra las otras blancas parejas, que nos miraban sonriendo unas, riendo abiertamente otras.

Una gran paz me invadió y me dejé llevar, hasta que una negra nube se interpuso entre nosotros y la luna y todo desapareció, quedando yo solo en la playa, de pié y bailando como un tonto conmigo mismo.

Me volví a sentar en la arena esperando que volvieran todos, pero solo el ruido de las olas extendiendo sus aguas en la orilla y el susurro al hacerlo era lo único que me acompañaba.

Pasó un rato hasta darme cuenta que, en mi mano derecha, esa que había estado sobrepuesta sobre la suya, tenía agarrado firmemente un blanco pañuelo de encajes que, al acercármelo a la cara, olía exactamente al perfume dulce de la bella dama.

Ahora estoy muy cansado, pero os prometo continuar contando por qué he estado fuera tantos días y os seguiré narrando mi aventura de esa noche que intenté continuara.

Adiolinda, por favor, ponme una jarra de cerveza y dejarme con mis pensamientos, que mañana os contaré más. Ahora necesito soledad, dije mientras las cuatro mujeres se retiraban no sin antes darme un apretón en un hombro la Maruxaina, que parecía saber ya más de lo que quizás yo supiera.