ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO
LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

lunes, 2 de marzo de 2026

RECUERDO HISTORICO

Vientos del pueblo me llevan,
vientos del pueblo me arrastran,
me esparcen el corazón
y me aventan la garganta.

Los bueyes doblan la frente,
impotentemente mansa,
delante de los castigos:
los leones la levantan
y al mismo tiempo castigan
con su clamorosa zarpa.

No soy un de pueblo de bueyes,
que soy de un pueblo que embargan
yacimientos de leones,
desfiladeros de águilas
y cordilleras de toros
con el orgullo en el asta.
Nunca medraron los bueyes
en los páramos de España.

¿Quién habló de echar un yugo
sobre el cuello de esta raza?
¿Quién ha puesto al huracán
jamás ni yugos ni trabas,
ni quién al rayo detuvo
prisionero en una jaula?

Asturianos de braveza,
vascos de piedra blindada,
valencianos de alegría
y castellanos de alma,
labrados como la tierra
y airosos como las alas;
andaluces de relámpagos,
nacidos entre guitarras
y forjados en los yunques
torrenciales de las lágrimas;
extremeños de centeno,
gallegos de lluvia y calma,
catalanes de firmeza,
aragoneses de casta,
murcianos de dinamita
frutalmente propagada,
leoneses, navarros, dueños
del hambre, el sudor y el hacha,
reyes de la minería,
señores de la labranza,
hombres que entre las raíces,
como raíces gallardas,
vais de la vida a la muerte,
vais de la nada a la nada:
yugos os quieren poner
gentes de la hierba mala,
yugos que habéis de dejar
rotos sobre sus espaldas.

Crepúsculo de los bueyes
está despuntando el alba.

Los bueyes mueren vestidos
de humildad y olor de cuadra;
las águilas, los leones
y los toros de arrogancia,
y detrás de ellos, el cielo
ni se enturbia ni se acaba.
La agonía de los bueyes
tiene pequeña la cara,
la del animal varón
toda la creación agranda.

Si me muero, que me muera
con la cabeza muy alta.
Muerto y veinte veces muerto,
la boca contra la grama,
tendré apretados los dientes
y decidida la barba.

Cantando espero a la muerte,
que hay ruiseñores que cantan
encima de los fusiles
y en medio de las batallas.


(Poema de mi amigo Miguel Hernández)



Corría el año 1941, la guerra había terminado hacía casi dos años y en el frío febrero, en una taberna, la del Mono Rojo, en el almacén entre bebidas y otros productos del estraperlo, se ocultaban trece personas, once hombres y dos mujeres, que habían militado y luchado en el bando perdedor.
El dueño de la Taberna, Eutimio, junto a su hijo de once años, el Cipri, se preocupaban de alimentarlos y mantenerlos escondidos mientras esperaban vinieran a por ellos para sacarlos del país, ya que estaban buscados y la represión estaba siendo bestial, condenando a muerte tan solo por haber luchado en el bando contrario.
Una tarde, cuando la noche estaba anunciándose en el firmamento con sus oscuras nubes, unos coches grandes junto con un camión aparcaron frente a la taberna, y bajándose de los vehículos entraron violentamente en el Mono Rojo, dando patadas a las puertas y derribando alguna mesa y unas sillas.
Unos hombres, con trajes oscuros y sombrero, empezaron a preguntar por el dueño, mientras jóvenes con camisas negras, empujando a los clientes que allí se encontraban los fueron concentrando frente al mostrador donde requirieron sus cédulas de identidad.
Uno de los, al parecer funcionarios, con traje, pasó frente a ellos mirándolos fijamente examinando sus documentos.
Al poco se dirigió a Eutimio y dándole un bofetón le preguntó donde escondía a los perseguidos.
Eutimio contestó que no sabía nada de perseguidos ni de nadie, lo que le valió un puñetazo en el estómago que le hizo, doblándose, caer de rodillas.
¡¡¡Al almacén, mirad en el almacén!!! gritó el jefe de los sicarios del régimen ganador, y pegando un fuerte golpe a las puertas, entraron en el almacén donde solo un niño, sentado entre las cajas de vino, miraba asustado. 
¿Y tú quién eres, chaval?
Soy el Cipri, el hijo de Eutimio. Mi padre es el dueño de la taberna.
Sacándole de la habitación, frente al dolorido Eutimio, le preguntaron por los desaparecidos. - No se, señor, yo estaba solo, colocando el almacén como me había mandado mi padre y no he visto a nadie ni nada.
De un bofetón apartó al muchacho, y entrando de nuevo en el almacén comenzó a tirar cajas y mandó registrarán todo el local.
Aquí, señor, aquí hay una trampilla, dijo uno de los camisas negras, abriéndola.
-Bajad, y si hay alguno lo sacáis y si se resiste le metéis dos tiros y pa fuera, dijo el esbirro que mandaba al grupo.
-No hay nadie, señor, la cueva está vacía.
Se reunieron de nuevo frente a la barra y el jefazo dijo, "nos vamos, aquí no hay nadie, pero ten cuidado, bastardo, volveremos y vete pensando en cambiar el color del nombre del Mono, hijo de puta", mientras le daba otro golpe más antes de salir, montarse en sus vehículos y marcharse.
Marzo de 2026. Un grupo de personas del movimiento Recuerdo Histórico entró en la taberna preguntando por el hijo de Eutimio, el Cipri.
Adiolinda, mientras la Maruxaina observaba vigilante y en tensión, les acercó a la mesa donde dormitaba, sentado, el Cipri, perdido en sus mundos del no ser.
Éste es el Cipri, mi padre, dijo Adiolinda, tiene alzheimer y no habla y no conoce a nadie. Está siempre así. ¿Que queréis de él?
- Hola, soy Marçel, nieto de un refugiado de la guerra que pudo huir a Francia, donde rehizo su vida. En mi familia todos sabemos lo que hizo tu abuelo y lo que hizo tu padre. Aguantaron los golpes, los insultos, y no denunciaron ni dijeron donde estaban escondidos los refugiados.
Mientras Eutimio, tu abuelo, sufría la paliza entreteniendo a los comisarios, tu padre, en el almacén, los hizo pasar por una trampilla a una cueva que llegaba hasta debajo de la barra, poniendo luego una pared de madera ya preparada para esconder artículos del estraperlo, de manera que cuando los sicarios del régimen descubrieron la cueva, pensaron que acababa allí, en esa falsa pared de madera, con lo que todos siguieron lo sucedido a través de las rendijas del suelo debajo de la barra.
Entre tu padre y tu abuelo salvaron a todos de una casi segura muerte y venía a conocerlo y a darle las gracias en nombre de mi familia y de las otras familias que ahora viven por ellos. Yo estoy en este mundo por Eutimio y por el Cipri, porque de no haber salvado a mi padre, yo no habría nacido, y así las 58 personas que componen las trece familias de las trece personas que encontraron refugio en el Mono Rojo cuando nadie lo hubiera hecho.
Mientras, bajo el mostrador, un vacío espacio, olvidado desde la posguerra,  pareció llenarse de luz y en el espejo de la verdad colgado de la pared, en su zona iluminada se vió durante unos minutos la imagen de un padre y su hijo de once años en un antiguo Mono Rojo que brillaba pese a todo.

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