¡Mi soledad sin descanso!
Ojos chicos de mi cuerpo
y grandes de mi caballo,
no se cierran por la noche
ni miran al otro lado
donde se aleja tranquilo
un sueño de trece barcos.
Sino que limpios y duros
escuderos desvelados,
mis ojos miran un norte
de metales y peñascos
donde mi cuerpo sin venas
consulta naipes helados.
Los densos bueyes del agua
embisten a los muchachos
que se bañan en las lunas
de sus cuernos ondulados.
Y los martillos cantaban
sobre los yunques sonámbulos,
el insomnio del jinete
y el insomnio del caballo.
El veinticinco de junio
Le dijeron a el Amargo:
Ya puedes cortar si gustas
las adelfas de tu patio.
Pinta una cruz en la puerta
y pon tu nombre debajo,
porque cicutas y ortigas
nacerán en tu costado,
y agujas de cal mojada
te morderán los zapatos.
Será de noche, en lo oscuro,
por los montes imantados,
donde los bueyes del agua
beben los juncos soñando.
Pide luces y campanas.
Aprende a cruzar las manos,
y gusta los aires fríos
de metales y peñascos.
Porque dentro de dos meses
yacerás amortajado.
Espadón de nebulosa
mueve en el aire Santiago.
Grave silencio, de espalda,
manaba el cielo combado.
El veinticinco de junio
abrió sus ojos Amiargo,
y el veinticinco de agosto
se tendió para cerrarlos.
Hombres bajaban la calle
para ver al emplazado,iill
que fijaba sobre el muro
su soledad con descanso.
Y la sábana impecable,
de duro acento romano,
daba equilibrio a la muerte
con las rectas de sus paños.
(Poema de Federico García Lorca)
Hoy soñé con unos niños, dos, casi bebes, en silla de paseo empujados por un padre desde el fondo de un pasillo hasta el otro extremo, donde yo me encontraba.
Al verme, daba la vuelta y vilvía a su habitación, hasta que en otra ocasión, con la cara descompuesta por la rabia, empujaba la silla de paseo mandándome a los dos bebes contra mi. Los niños sonreían de una manera casi asesina.
No llegaron hasta donde yo estaba, quedándose en una habitación que existía a mitad del largo pasillo.
Al acercarme, la silla con los dos bebes estaba encima de una mesa de comedor grande y de un color oscuro.
Al regresar a mi zona de pasillo, había una cama desastrosa en el lugar donde terminaba el corredor, en forma de T, y en la que la cabecera de esa especie de lecho caía bajo una puerta con una gran ventana en la que se veía a alguien conocido para mí.
Me quejaba de dormir de esa manera, y la persona, mirándome con odio, cerraba la puerta permaneciendo tras el cristal donde yo veía como si odio estaba a punto de convertirse en ira.
En este punto, la sensación de peligro era inmensa, y cuando más terror sentía empecé a despertarme.
Ya sentado en mi cama, todavía no era consciente de que la pesadilla había terminado, arrastrándola hasta mi casa real.
Mientras iba al baño con una necesidad imperiosa de miccionar, aún daba vueltas en mi cabeza la espantosa pesadilla vivida en mi desolado sueño de pánico y pavor.
Creo recordar cual era la casa del pasillo grande y a la persona de la puerta con ventana, y eso me da más miedo aún.
Mientras en mi cabeza resuenan las palabras de Federico en el poema de " la leyenda del tiempo", mi interior, atrapado en el terror del suelo anterior comienza a liberarse ante la vista de una jarra de cerveza bien fría en la Taberna del Mono Rojo, donde, apoyado contra una pared sentado en una mesa de la tasca empecé a comprender que me había quedado dormido mientras Rosa hacía su entrada triunfal.
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