ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO
LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

martes, 2 de junio de 2026

NUDO MARINERO (PARTE DOS)

Dicen que hay toros azules

en la primavera del mar.

El sol es el caporal

y las mantillas las nubes,

que las mueve el temporal.

Dicen que hay toros azules

en la primavera del mar.

Háblame del mar, marinero.

Dime lo que dicen de él.

Desde mi ventana

no puedo yo verlo.

p>Desde mi ventana

el mar no se ve.

Háblame del mar, marinero.

Cuéntame que sientes

allí, junto a él.

Desde mi ventana

no puedo saberlo,

desde mi ventana

el mar no se ve.

Dicen que el barco navega

enamorado del mar.

Buscando sierenas va,

buscando sirenas nuevas

que le canten al pasar/p>

Dicen que el barco navega

enamorado del mar.

Háblame del mar, marinero,

háblame del mar, háblame.

(Poema de amigo Rafael Albertí)


Teresa tardó ese día en dar de comer a los parroquianos que esperaban hacerlo, y estuvo aún un buen rato mirando como y que hacía Mojilinsky al ver la cancela de hierro, a la que abrió utilizando la llave que le había entregado Adiolinda por encargo del Forastero Quizás.

La puerta lloró al abrirse, quejándose todos los goznes sedientos de alguna gota de grasa que aliviara la aridez de sus bisagras oxidadas por el paso del tiempo.

Entró en el sótano oculto y un fuerte olor a cerrado y a humedad le invadió sus papilas olfativas, mientras, al tiempo, el ambiente se llenó de voces, de gritos y risas infantiles, de llantos, de enfados grandes, de promesas que nunca se cumplieron, de amores susurrados y despedidas dolorosas. Todos los recuerdos por los que alguien pagó por no cargarlo más en su mochila y dejaron dentro de un frasco taponado y con un hilo de niebla en su interior.

Había miles de frascos de vidrio conservados en el sótano oculto de la Taberna, miles de recuerdos conservados. Los miraba asombrado cuando, a su espalda una voz, " Te dije que no vinieras, Mojilinsky" sonó con la voz del Forastero Quizás, pero al girarse no vió al poeta del Mono Rojo, solo un frasco roto a sus pies y del hilo de nieve, ese recuerdo del Forastero, que no quiso cargar, se liberó buscando a quien unirse.

También vió un frasco que enseguida reconoció por lo negro que estaba, era su frasco, en el que había guardado el recuerdo del que quiso olvidarse años atrás, 

Lo abrió y una voz de mujer le decía, Mojilinsky, vuelve a casa. Entonces recordó, su mujer, su llanto queriendo impedir su marcha, y él, mucho más joven, diciendo yo regresaré, en cuanto haya visto lo que hay que ver, yo regresaré.

De nuevo escuchó la voz del Forastero Quizás, pero está vez no un recuerdo, el verdadero y real Forastero, desde las afueras del sótano, de pié, le decía, llegas tarde, Mojilinsky.

No se había marchado definitivamente, había regresado, no a la Taberna, si a los alrededores, donde esperó al anticuario.

¿Ahora, regresarás a casa, Mojilinsky, o seguiremos de taberna en taberna, viajando sin recuerdos?

Teresa, escondida en unos arbustos, les vió abrazarse y como Mojilinsky tiraba camino del Sur mientras el Forastero Quizás reemprendía el del Norte, pero justo hasta la puerta de la Taberna, de donde salió Adiolinda dándole un fuerte abrazo.

En la mesa, el nudo marinero se empezó a deshacer. Promesa cumplida.

lunes, 1 de junio de 2026

NUDO MARINERO (PARTE UNO)

Es mediodía. Un parque.

Invierno. Blancas sendas;

simétricos montículos

y ramas esqueléticas.

Bajo el invernadero,

naranjos en maceta,

y en su tonel, pintado

de verde, la palmera.

Un viejecillo dice,

para su capa vieja:

«¡El sol, esta hermosura

de sol!…» Los niños juegan.

El agua de la fuente

resbala, corre y sueña

lamiendo, casi muda,

la verdinosa piedra.

(Poema de mi amigo Antonio Machado)



Mojilinsky, el viejo anticuario peregrino, empujó las puertas de la Taberna cuando los pasos de Forastero Quizás igual se escuchaban todavía  calle abajo.

El Mono Rojo quedó en silencio. Adiolinda y el resto de parroquianos reconocieron los pantalones vaqueros a media pierna, el chaleco sobre la camisa negra y la gorra marinera con la que siempre cubría su cabeza el anticuario.

Dando un golpe con el bastón de madera negra al suelo, preguntó, ¿Una silla que no haga demasiadas preguntas y un tazón de caldo habrá para este viejo y cansado peregrino? dejando un billete sobre la barra, que enseguida recogió y guardó Adiolinda para empujar después un humeante tazón de caldo espeso hecho esa mañana por Teresa.

El anticuario comió en silencio en la mesa donde antes había estado Forastero, mirando fijamente su silla, donde encontró, dentro de una de las estacas que la adornaban un antiguo anillo de madera labrada, que cogió guardándoselo en un bolsillo del chaleco, dejando a su vez un nudo marinero hecho en un trozo pequeño de cuerda que simbolizaba una promesa rota y no cumplida en el argot internacional de los puertos de mar.

Salió Mojilinsky del Mono Rojo pero no marchó lejos, se sentó en unos escalones de piedra que bordean una pequeña placita enfrente de la legendaria Taberna, donde se puso a mirar el anillo de madera que encontró en la silla donde Forastero habitualmente se sentaba cuando iba al Mono Rojo.

Al poco salió a la calle Adiolinda, la tabernera, que dirigiéndose con una vieja llave de hierro a donde se sentaba Mojilinsky, tendiéndosela y diciendo,  "Forastero me dijo que si venías es que ya sabrías y que te diera está llave. Abre la puerta de hierro del sótano oculto a la espalda de la Taberna. Tú sabrás que hacer, dijo Forastero".

Guardándose la llave, Mojilinsky la preguntó, ¿Forastero, fue hacia el norte o hacia el sur?

- No lo sé, pero Forastero siempre apuntaba al sur.

El anticuario, levantándose se puso la gorra sobre la cabeza y guardando el anillo y la llave, comenzó a caminar hacia la parte trasera del edificio de la Taberna, hacia la vieja y oxidada cancela de hierro de la parte oculta del sótano.

¡¡¡Teresa!!!  ¡¡¡Deja de cotillear, coño, hay gente esperando para comer!!!

- ¡¡¡Voy, Adiolinda, voy. Ni descansar puede una, jolines!!!