ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO
LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

lunes, 24 de noviembre de 2025

MUCHO MÁS QUE UN APRETÓN DE MANOS


Tus manos son mi caricia
mis acordes cotidianos
te quiero porque tus manos
trabajan por la justicia

si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos

tus ojos son mi conjuro
contra la mala jornada
te quiero por tu mirada
que mira y siembra futuro

tu boca que es tuya y mía
tu boca no se equivoca
te quiero porque tu boca
sabe gritar rebeldía

si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos

y por tu rostro sincero
y tu paso vagabundo
y tu llanto por el mundo
porque sos pueblo te quiero

y porque amor no es aureola
ni cándida moraleja
y porque somos pareja
que sabe que no está sola

te quiero en mi paraíso
es decir que en mi país
la gente viva feliz
aunque no tenga permiso

si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos.

(Poema de mi amigo, Mario Benedetti)


Extraña noche hoy en la taberna del Mono Rojo. No han venido los jovencitos ruidosos de otros días, y quizás por eso, en vez de la bachata que sonaba últimamente, Adiolinda ha puesto el pincho de fados que yo la dejé.
Pocos parroquianos, todos habituales, y en ese momento en el que por encima del borde de mi jarra de cerveza observaba al personal, Rosa, con su faldita de cuero negro y sus ligueros en esas dos torres que la mantenienen en pie, tomó asiento en mi mesa, al lado mío, y cogiéndome la mano, sin soltarla, me iba dando pequeños apretones que podían coincidir con los latidos que un cansado corazón oprimido por dos pechazos enormes emitía no muy rítmicamente, pero funcional.
No pude evitarlo y mi mente escapó hacia el pasado, en el que llevar cogida de la mano a mi pareja era la expresión de una conversación silenciosa mantenida simplemente por el contacto de ambas extremidades, unidas no solo en el paseo.
Ese apretón de manos significaba el amarre a puerto seguro, al abrigo de las peligrosas olas de la cotidianidad social que golpeaba en las calles a individuos conformes con el estado al que les empujaba y conducía el sistema.
Nosotros nos entendíamos de mil formas diferentes y pocas necesitadas de palabra alguna.
Era todo un lenguaje de algún ya olvidado rito en el que dos personas unían su presente en una lucha por cambiar su individualidad en algo colectivo que no solo revolucionaba su existencia sino que mejoraba al mundo en un compromiso impulsivo de lograr un futuro mejor en el que la comprensión y la empatía se daban de manera natural sobrando las palabras.
Ir caminando cogidos de la mano con la persona que amas os convierte en revolucionarios sociales en busca de una alianza para el impulso idealista de los objetivos compartidos.
La paz conquistaba mi mente mientras el cuerpo, relajado, iba dejándose llevar por la gratitud a la situación cómplice e intensa al tiempo en que ansiaba escribir una nueva constitución en la que el primer artículo sería el de todo ciudadano tiene derecho a conocer el amor y el deber de mantenerlo encendido como pilar necesario de una sociedad utópica y particular en el colectivismo necesario para que la sonrisa sea la marca y la llave identificadora del movimiento social.
A otro nivel, el estrechar tu mano con la mía era la bienvenida a mi ser, a todo yo, rendido y entregado a la persona que pegaba su piel a la mía.
Hace años de esa revolución. Desde entonces no he paseado de la mano con nadie, y Rosa, hoy, con su gesto cansado y ocasional en busca de un apoyo, y por qué no, también de una copa, despertó y trajo hasta mi mesa los fantasmas del pasado de las manos juntas, en un contacto que superaba cualquier conexión posterior por fuerte que fuera.
Palabras silenciosas, conversaciones silenciosas. El mundo contra nosotros y nosotros, armados con la fuerza de nuestras manos, convenciendo sin quererlo, venciendo.
Dejemos que Rosa apriete la mano con sus gruesos y sudorosos dedos, con toda su humanidad y todo su deseo de
 refugio puesto en la quimera de un sencillo apretón de manos.

miércoles, 19 de noviembre de 2025

insomnio


Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas).
A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo en este nicho en el que hace 45 años que me pudro,
y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los perros, o fluir blandamente la luz de la luna.
Y paso largas horas gimiendo como el huracán, ladrando como un perro enfurecido0
 ubre caliente de una gran vaca amarilla.
Y paso largas horas preguntándole a Dios, preguntándole por qué se pudre lentamente mi alma,
por qué se pudren más de un millón de cadáveres en esta ciudad de Madrid,
por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el mundo.
Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?
¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día, las tristes azucenas letales de tus noches?

(Poema de mi amigo Dámaso Alonso)

Es pronto, muy pronto para que el día despunte, o tarde, muy tarde para regresar al mundo del sueño, acompañado de tanto fantasma que en el recuerdo evita que caigan mis párpados y mi mente relaje para recarga energética.
Muy pronto para pensar, sentir, en lo que disfrutamos sin quererlo, casi usamos sin sentirlo, o en lo que nunca tuvimos y queríamos, en lo que nunca desarrollamos y notamos.
Las que se fueron después de una noche de alcohol terminada entre sábanas de algún cuarto de hotel barato para descubrir en la mañana, entre las brumas irlandesas de vidrio que olvidé, o tal vez ni quise, saber su nombre.
Y las que quedaron, las menos,  convirtiendo el sexo
 en amigos, sin necesidad alguna de recordar la pensión improvisada, el refugio del momento y que aún permanecen en la agenda en la hoja de la A, de amistad.
Las que hubieran debido que quedaran y marcharon escurriéndose como el agua en las rendijas dejando solo la impronta de lo que hubiera podido ser y no fué, quizás por mis cegueras temporales con las que no veo lo que no quiero, y luego, confundido echo de menos.
Amigos de barra y puñalada sobrándoles lo de amigos.
Conocidos de saludo, movimiento de cabeza, a los que un ehhhhh es el buenos días o noches o casi, 
y si piensas, conocidos si, de la Taberna, aunque en esta noche larga de insomnio se sientan tambien en mi mesa quizás como amigos, ignorando lo que pueden ser y no entiendo.
Es como si cada fantasma, agarrando la corona del reloj retrasara su avance regresando a un horario insular y dilatando la noche en una masterclass de indecencias fantasmales que,  levantan la copa brindando conmigo en cada bostezo huido del cajón de los bostezos reprimidos.
Larga noche, tengo sueño y estos perennes mochileros del pasado no me sueltan.
Mi pasado, mi camino, 😃 😃,
mi mochila, mi condena...mi taberna.

lunes, 17 de noviembre de 2025

AMOR DE MADRE

Mamá, yo quiero ser de plata.
Hijo, tendrás mucho frío.
Mamá, yo quiero ser de agua.
Hijo, tendrás mucho frío.
Mamá, bórdame en tu almohada.
¡Eso sí! ¡Ahora mismo!

(Poema de mi amigo Federico García Lorca)



La conocíamos desde años atrás, siempre silenciosa, calladita, tímida.
Todos pensamos que guardaba algo dentro, pero ninguno pudimos suponer que era eso.
La llamaban, desde entonces, La Eterna Viuda.
Todo empezó un día en el que el Cipri llamó a una ambulancia del 061 para doña Milagros, que así se llamaba la discreta anciana que pasaba las tardes en la Taberna dando vueltas a la escandalosa cucharilla del descafeinado al que Cipri la invitaba cada tarde desde que se quedó viuda.
A veces escuchaba los tristes lamentos de los sonetos de un poeta decadente, o escuchaba asombrada las aventuras pasadas de Rosa con sus clientes de entonces, o atendía interesada las palabras que el tabernero, sentado con ella a su mesa, mascullaba sobre juventudes portuguesas que posiblemente fueran inventadas.
Ese día de la ambulancia la trasladaron al hospital en el que estuvo ingresada muchos días, para regresar de nuevo a la taberna no sin antes decirnos que no se quiso operar y había pedido el alta.
No hubo manera de arrancarla nada más, no soltó ni motivo ni por qué alguno, y continuó cada tarde con su descafeinado invitado.
Lo único que se notó como novedad es que se abrazaba a su vientre acariciándolo como sin pensar.
Un día no vino, ni al otro, ni al siguiente, y un Cipri muy borracho, sentándose conmigo, farfulló entre dientes solo una frase, era madre y eso la mató.
No sabía de que hablaba, tal vez de doña Milagros, pero ella no tenía hijos que supiéramos y así se lo comenté al anciano tabernero, rescatado de su pozo del no ser por los acontecimientos que le habían superado.
-Estaba embarazada, coño, que pareces bobo, exclamó Cipri.
Embarazada a su edad, que cosas tiene el alzheimer, viejo, embarazada dices.
Sacándose una radiografía me enseñó un bulto fotografiado por los rayos en lo que debía ser una pelvis, y me dijo, estuvo sesenta años embarazada. Fue un embarazo desarrollado fuera del útero y que terminó sin un sangrado, sin un aborto, sin nada, simplemente desapareció.
Los médicos, con los avances de entonces, no vieron al feto y pensaron que el cuerpo lo había absorbido, pero no, la naturaleza es sabia y para evitar infecciones fue calcificando al feto de tal manera que solo ahora, después de sesenta años, comenzó a tener molestias.
No quiso que se lo sacarán mediante una operación. Doña Milagros había sido madre sin saberlo y tenía en su interior, o así lo sentía ella, a su hijo de sesenta años y no iba a consentir que los separarán.
-Cipri, me dijo una tarde mientras jugaba con la cuchara golpeando la taza, nerviosa, -me voy a marchar, moriré abrazada a mí bebé y reposaremos juntos, como hemos vivido. Es la última vez que la ví. Me avisaron los vecinos que había aparecido acostada en su cama, con las manos en su vientre y con una sonrisa en su cara. Doña Milagros se había ido con su hijo no nacido - me contó el Cipri con lágrimas en sus ojos cayendo poco a poco en ese pozo negro y oscuro del no ser.

Ese día me fui pronto a casa.

sábado, 15 de noviembre de 2025

CON SERRÍN EN LOS ZAPATOS

¡Te quiero!, -me dijiste,
y la flor de tu mano
puso un arpegio triste
sobre el viejo piano.

( En la ventana oscura
la lluvia sonreía...
Tamboril de dulzura.
Gong de melancolía.)

-¿Me querrías tú lo mismo?-
Y en tu voz apagada
hubo un dulce lirismo
de magnolia tronchada.

( La lluvia proseguía
llorando en los cristales...
Cortina de agonía.
Guadaña de rosales.)

-¡Para toda la vida!-,
te dije sonriente.
Y una estrella encendida
te iluminó la frente.

( La lluvia proseguía
llamando en la ventana
con una melodía
antigua de pavana.)

Después, casi llorando,
yo te dije: -¡Te quiero!-
Y me quedé mirando
tus pupilas de acero.

-¡Para toda la vida!-
dijiste sonriente,
y una duda escondida
me atravesó la frente.

( En la ventana oscura
la lluvia proseguía
rimando su amargura
con la amargura mía)

(Poema de mi amigo Rafael de León)


El serrín que parecía brotar del suelo de la taberna, y que esparcía, hoy más que nunca Adiolinda, estaba, más que húmedo, mojado y se adhería a los mismos zapatos que antes habían vertido encima de él el agua de lluvia que caía en la calle, obligando a muchas personas a refugiarse en esa tasca convertida sin quererlo en una nueva Arca, en la que todo tipo de animales de dos patas entraba sin pedir permiso al reciclado y como ausente Cipri, convertido en un actualizado Noé.
Las bachatas que tanto gustaban a la camarera llenaban el ambiente de esa azucarada música, que llegada desde el otro lado del Atlántico iba conquistando, sin guerrear, los locales como éste del Mono Rojo.
Los habituales concentrados en las últimas mesas, frente al almacén y los servicios, en los que solo faltaban canoas navegando alrededor de las tazas y urinarios ante la imposibilidad de limpiarlos por parte de la venezolana Adiolinda.
Rosa, la vieja prostituta, salpicada la corta falda de cuero ajado de serrín que destacaba sobre el negro de la prenda, intentando en el mostrador que alguien la pagara una copa y cuando lo conseguía, la muchacha no estaba en la barra atendiendo las mesas y provocando el cabreo de Rosa al ver cómo se marchaba su inesperado mecenas, provocando que, sin querer, rompiera yo en carcajadas viendo los esfuerzos no recompensados de la antigua sirena.
-No te enfades, Rosa, yo te pago una, la decía tapándome la boca con la mano para que no viera mi risa.
Día del lluvia en la taberna, joder, parece el metro en hora punta. Me marcho a mojarme, al menos me mojo solo.

jueves, 13 de noviembre de 2025

MIEL Y CUCHILLO

“Es el orden de las cosas; a todos nos dan a probar primero la miel y luego el cuchillo.”

(Poema de Charles Bukowski)


Siempre borracho. Muchos días dormido sobre la mesa, apoyando la cabeza en los brazos, con la jarra tumbada sobre el tablero y murmurando palabras inconexas mezcladas entre rudos ronquidos.
Dicen que fue policía y que lo dejó, que abandonó. 
Comentan que era un jefecillo de comisaría de barrio, con muchos años en el cuerpo y un presente que auguraba un futuro tranquilo y bien remunerado.
No era joven, ni tampoco viejo, bien cuidado de gimnasios y pesas y nunca se comentó nada irregular de él. De su trabajo a la casa, la familia, el descanso, y de nuevo al trabajo al día siguiente. Ni una infidelidad, ni una juerga de amigos con final en la extensa y concurrida finca de Baco, nada extraordinario en su vida.
Quizás por eso extrañó a todos el que, nada más dejar la policía, de golpe, de un día para otro, su hijo marchara de casa, no se sabe paradero, y su mujer se divorciara.
Le debió cambiar la vida. La soledad le acompañó hasta la taberna del Mono Rojo y desde esa primera vez, habitual de la misma a borrachera diaria.
Una mujer, un amor que vuela, te puede cambiar la vida, y pasar de un carril al contrario no es difícil si encuentras en la copa el abrazo que te falta.
Hoy todavía no estaba muy borracho, y seguramente, al levantarse a por una jarra, se equivocó de mesa y se sentó conmigo.
Le saludé y empezamos a hablar. Yo pregunté como pudo dejar un trabajo en el que era respetado y que formaba parte de su ser ¡¡¡nada menos que policía!!!

Me miró con esos ojos enrojecidos, de beodo crónico y empezó a contarme cómo llamaron por un atraco a un banco, y como al llegar apuntó con su arma a un atracador que llevaba a un rehén cogido del cuello.
No respondió al ¡¡¡alto policía!!! que le gritó desde su distancia.
El atracador le miraba desde detrás de su pasamontañas, hubiera podido decir que con miedo y algo de sorpresa, entonces se movió y él pensó que el delincuente le iba a disparar y apretando el gatillo atravesó al salteador el pecho derrumbándolo con su rehén intacto.
Mientras lo veía caer, escuchó claramente la última palabra del asaltante antes de quedar tendido en el suelo...¡¡¡¡¡PAPÁ!!!!!

El resto, ya lo conocéis vosotros.

UN NIÑO DE LA GUERRA, CUALQUIERA DE ELLOS.

Yo voy soñando caminos
de la tarde. ¡Las colinas
doradas, los verdes pinos,
las polvorientas encinas!...
¿Adónde el camino irá?
Yo voy cantando, viajero
a lo largo del sendero...
-la tarde cayendo está-.
"En el corazón tenía
"la espina de una pasión;
"logré arrancármela un día:
"ya no siento el corazón".

Y todo el campo un momento
se queda, mudo y sombrío,
meditando. Suena el viento
en los álamos del río.

La tarde más se oscurece;
y el camino que serpea
y débilmente blanquea
se enturbia y desaparece.

Mi cantar vuelve a plañir:
"Aguda espina dorada,
"quién te pudiera sentir
"en el corazón clavada".

(Poema de mi amigo, Antonio Machado)



- ¿Me puedo sentar contigo? Necesito contar algo.

Le miré, levantando mi cara del fondo de una jarra y lo vi por primera vez de cerca. Con una vieja y descolorida chaqueta azul, con dos medallas en la solapa. Su cabeza tocada por una boina ladeada y con una estrella roja en su frontal.
- Siéntate si quieres, claro, y cuenta lo que quieras, lo que necesites, aquí todos, viejas cotillas sin reformar, escuchamos continuamente, quizás sea lo que mejor se nos da.
Ardía Gijón, comenzó, yo era un guaje de cinco o seis años, no se muy bien. Mi padre en el frente, mi madre batallando para conseguir comida, al menos para mí, y volaron la escuela; un avión alemán de los que aterrorizaban la ciudad, la bombardeó, igual que al hospital o a unas casas de al lado, y mi madre decidió que ya era suficiente, que al menos yo me salvaría me dijo mientras íbamos al Comité del partido para apuntarme y sacarme de España en un barco, mientras yo lloraba sin consuelo, asustado.
Y así fué. Mi último recuerdo de Gijón fue ver a mi madre corriendo a lo largo del malecón del puerto diciéndome adiós con un pañuelo que alguna vez fue blanco.
Soy uno de los casi tres mil niños de la guerra que salieron embarcados rumbo a Rusia.
Me trataron bien, sobre todo al principio, ropa limpia, comida, y de vez en cuando un abrazo por las personas encargadas de cuidarnos.
Luego fue peor, los nazis invadieron Rusia y de nuevo nos trasladaron, está vez en un antiguo tren, que andaba a golpes de un oscuro humo que nos ponía la cara y la camisa negra, pareciendo mayores de lo que éramos.
Ahí ya empezó a escasear un poco la comida, y el tiempo era peor, mucho frío que demostraba la escasez de leña.
A mí me daba igual, yo lloraba cuando todo iba bien y cuando iba mal seguía llorando. Yo quería volver a Gijón, con mi madre, y con esa esperanza pasó un año, y otro, y otro. Franco había ganado la guerra en España y no podíamos volver, o eso nos decían.
Aprendí ruso con su cirílica escritura. Estudié una ingeniería, me casé y no tuve hijos, pero seguía pensando que mi meta era volver a España, a ese Gijón mío tan añorado.
Siempre lleve a gala ser español. No quise, como otros compañeros, convertirme en ruso, yo no era ruso aunque es mucho lo que les debo, pero yo quería volver a mí Cantábrico, a mí mar en esas playas donde en ocasiones, pocas, mi madre jugaba conmigo.
Mi mujer, mi compañera, falleció y ya me prometí volver, nada que me dijeran podía aferrarme a esa tierra, y volví.
Una España rara, donde me miraban como un ser extraño por haber estado,con los comunistas", donde nadie me dío trabajo, por rojo, por haber pasado casi toda mi vida en Rusia...peor, en la Unión Soviética.
Hice todos los trabajos esporádicos que me salieron, chapuzas los llamáis vosotros, y sumando eso a una pequeña ayuda estatal, fuí tirando, y una noche, imaginando estar frente a mí mar, a mí Cantábrico, pensé, mamá me voy contigo, cuando al empezar a andar escuché una melosa canción cantada en algo parecido al castellano pero que no lo era, y un vozarrón me gritó si quería una cerveza, que me invitaba.
Dije que no, pero el hombre vino, con un delantal a rayas negras y verdes, y poniéndome la mano en el hombro me dijo, "¿pa'que la prisa? Lo que vas a hacer lo puedes hacer más tarde. Tómate una cerveza conmigo, coño, y luego haz lo que quieras.
Y casi obligándome a andar me metió en esta taberna, la del Mono Rojo. Así conocí al Cipri, y me tomé una cerveza con él, y otra, y otra; durante muchos años he estado tomando una cerveza tras otra con el Cipri.
A veces le ayudaba limpiando la tasca, los servicios, o si había mucha gente quitaba los vidrios de las mesas, y el Cipri me pagaba siempre algo, no mucho, pero siempre me pagaba, aunque yo no lo habría cobrado nunca. Cipri me dió un motivo, una amistad de verdad. Nunca supe, porque nunca me lo dijo, como vió esa noche que quería terminar con todo, y así pasó este tiempo, hasta que un día pensé, "mamá, tendrás que esperar aún más".

miércoles, 12 de noviembre de 2025

SOLEDAD ACOMPAÑADA

Lágrima triste en mi dolor vertida,

perla del corazón que entre tormentas

fue en largas horas de pesar nacida,

en fúnebre memoria convertida

la flor será que a tu corona enlace;

las horas de la vida turbulentas

ajan las flores y el laurel marchitan


(Poema de mi admirada amiga, Rosalía de Castro)




Pasa la noche, transcurren las horas y en la mesa el tiempo está detenido entretanto fantasmas pasados vuelven a visitarme mientras apuro frías  jarras de cerveza.

Los recuerdos se amontonan y se manifiestan de manera que la impresión es de no haber transcurrido ni un solo minuto en el que la soledad del frío tablero marcado dejara de impulsarme a marchar y el pasado, presente en esta noche triste se empeñara en mantenerme como memoria de la tasca del Cipri.

Con la yema de un dedo recorro los surcos labrados en la tabla, formando nombres, corazones, fechas con el eterno estuvo aqui y siento en cada estela, en cada rastro, el sabor amargo de lágrimas alcohólicas, ilusiones dañadas y risas ocultando un llanto eterno incrustado en el alma del novel e improvisado grabador.

Hoy, pocos parroquianos, callados, silenciosos, meditabundos e inmersos en sus océanos personales de inseguridades y fracasos.

Una jarra más y me marcho. Quizás conmigo venga esa procesión fantasmal de tiempos pretéritos, o quizás tan solo vaya acompañado de situaciones provocadas en los ayer de muchos días, o tal vez camine solo, echando de menos tan quimérica compañía.

No se, pero apuro la jarra y salgo.