ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO
LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

sábado, 15 de noviembre de 2025

CON SERRÍN EN LOS ZAPATOS

¡Te quiero!, -me dijiste,
y la flor de tu mano
puso un arpegio triste
sobre el viejo piano.

( En la ventana oscura
la lluvia sonreía...
Tamboril de dulzura.
Gong de melancolía.)

-¿Me querrías tú lo mismo?-
Y en tu voz apagada
hubo un dulce lirismo
de magnolia tronchada.

( La lluvia proseguía
llorando en los cristales...
Cortina de agonía.
Guadaña de rosales.)

-¡Para toda la vida!-,
te dije sonriente.
Y una estrella encendida
te iluminó la frente.

( La lluvia proseguía
llamando en la ventana
con una melodía
antigua de pavana.)

Después, casi llorando,
yo te dije: -¡Te quiero!-
Y me quedé mirando
tus pupilas de acero.

-¡Para toda la vida!-
dijiste sonriente,
y una duda escondida
me atravesó la frente.

( En la ventana oscura
la lluvia proseguía
rimando su amargura
con la amargura mía)

(Poema de mi amigo Rafael de León)


El serrín que parecía brotar del suelo de la taberna, y que esparcía, hoy más que nunca Adiolinda, estaba, más que húmedo, mojado y se adhería a los mismos zapatos que antes habían vertido encima de él el agua de lluvia que caía en la calle, obligando a muchas personas a refugiarse en esa tasca convertida sin quererlo en una nueva Arca, en la que todo tipo de animales de dos patas entraba sin pedir permiso al reciclado y como ausente Cipri, convertido en un actualizado Noé.
Las bachatas que tanto gustaban a la camarera llenaban el ambiente de esa azucarada música, que llegada desde el otro lado del Atlántico iba conquistando, sin guerrear, los locales como éste del Mono Rojo.
Los habituales concentrados en las últimas mesas, frente al almacén y los servicios, en los que solo faltaban canoas navegando alrededor de las tazas y urinarios ante la imposibilidad de limpiarlos por parte de la venezolana Adiolinda.
Rosa, la vieja prostituta, salpicada la corta falda de cuero ajado de serrín que destacaba sobre el negro de la prenda, intentando en el mostrador que alguien la pagara una copa y cuando lo conseguía, la muchacha no estaba en la barra atendiendo las mesas y provocando el cabreo de Rosa al ver cómo se marchaba su inesperado mecenas, provocando que, sin querer, rompiera yo en carcajadas viendo los esfuerzos no recompensados de la antigua sirena.
-No te enfades, Rosa, yo te pago una, la decía tapándome la boca con la mano para que no viera mi risa.
Día del lluvia en la taberna, joder, parece el metro en hora punta. Me marcho a mojarme, al menos me mojo solo.

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