Foram-te longe encerrar
Por teu livre pensamento
Foram-te longe encerrar
Tão longe que o meu lamento
Não te consegue alcançar
E apenas ouves o vento
E apenas ouves o mar
Levaram-te ao meio da noite
A treva tudo cobria
Levaram-te ao meio da noite
A treva tudo cobria
Foi de noite, numa noite
De todas a mais sombria
Foi de noite, foi de noite
E nunca mais se fez dia
Ai, dessa noite o veneno
Persiste em me envenenar
Ai, dessa noite o veneno
Persiste em me envenenar
Oiço apenas o silêncio
Que ficou em teu lugar
Ao menos ouves o vento
Ao menos ouves o mar
Ao menos ouves o vento
Ao menos ouves o mar
(Abandono do Fado de Peniche)
Escucha, bonita, pon este USB en el equipo de música, hazme el favor, y no lo quites suene lo que suene, es solo una canción, le dije a Adiolinda mientras me sentaba junto al Cipri en su mesa, ensimismado en sus laberintos, sin saber en qué lugar estaba y sin dirigirme ni una mirada, serio, como dormido, totalmente quieto.
Mientras daba un primer trago a la cerveza, empezó la melancólica música preludio del fado que vendría después, y con sorpresa observo como el Cipri, abriendo mucho los ojos apoya sus manos en la mesa y con cierto son mueve los dedos y mira alrededor. Se levanta y sale andando rápidamente hacia la barra, cogiendo un delantal de rayas horizontales negras y verdes y agarrando un trapo húmedo empieza a limpiar el viejo mostrador mientras indica a la muchacha que salga fuera que de la barra se encarga él.
Mientras, la voz de Amalia Rodrígues suena como un lamento al cantar las estrofas del fado de Peniche.
El Cipri tira cerveza apoyado en el grifo surtidor y rellena unas jarras destinadas a Dios sabe quién, para acto seguido apuntar, en pesetas, con la tiza en la madera, el importe de lo servido.
El Cipri ha regresado de donde estuviera, sonríe mientras continúa restregando la balleta contra el mostrador al tiempo que, Adiolinda, asombrada, de pie junto a mí, le mira extrañada y sin entender la extraña reacción del Cipri.
- Pero, que le ocurre, nunca le vi así, exclama descolocada mientras Amalia empieza con el final de la canción,
El Cipri se ha apagado con la última nota musical, ya no limpia el mostrador. El grifo de cerveza permanece abierto dejando caer un chorro dorado sin que nadie lo pare y mientras la espuma rebosa el contenedor, sus brazos caen a lo largo del cuerpo mientras empieza a encorvarse lentamente.
Paso al interior de la barra y agarrándole de un brazo lo llevo, sin resistencia alguna hasta la mesa y le siento suavemente en la silla.
Mientras tomo asiento en la mía, escucho un susurro profundo y tenue que sale de la garganta de mi querido amigo, ao menos ouves o vento, ao menos ouves o mar.
El poder de lo vivido, de los recuerdos que parecen perdidos pero que se mantienen almacenados en ese alma desconcertada del Cipri, le han sacado de su letargo y bien creo que, por el frenesí de la continua tirada de cerveza, el Cipri estaba años atrás y acompañado de toda la legión de fantasmas en su taberna cuando acogía a todo espíritu perdido y con tristezas varias que no hacía falta contar valiendo solo el calor que desprendíamos tanto poeta del mundo más descastado de la ciudad que hacíamos parada en el anticuado local.
Hoy, la voz de Amalia Rodrígues ha sido la conductora ferroviaria de un tren al pasado con todos los vagones llenos, y el Cipri lo ha sentido antes de volver a sus mundos escondidos con sus silencios.
Me alegro, viejo amigo.
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