Cambia el pelaje la fiera
Cambia el cabello el anciano
Y así como todo cambia
Que yo cambie no es extraño
Cambia, todo cambia
Pero no cambia mi amor
Por más lejos que me encuentre
Ni el recuerdo ni el dolor
De mi pueblo y de mi gente
(Mercedes Sosa – Todo cambia)
Cuando estaba en parvulitos, lo que ahora llamarían, más pomposamente, “Educación Infantil”, nos hacían dormir la siesta. Si no dormíamos, al menos nos teníamos que quedar en silencio, con la cabeza apoyada sobre los brazos cruzados en la mesa.
Uno de esos días de insomnio vespertino, observé mis manos y pensé que sólo podía saber mi edad física a través de ellas. Eran pequeñitas y regordetas, la piel tersa, las uñas mordidas y con restos de pinturas de colores.
Hoy, muchos años después, las vuelvo a mirar. Son más grandes, más huesudas. Las venas se marcan, azules, bajo una piel que pierde elasticidad y gana arrugas. Hay alguna cicatriz blanquecina y la marca de una alianza que decoro el anular durante años.
Pero yo no he cambiado. Son los mismos ojos los que miran. ¿Qué ha pasado entonces? Sólo el tiempo.
Y me pregunto: ¿quién soy yo? ¿Las manos o la mirada? Tal vez ambas. Pero las manos pertenecen al mundo que pasa; la mirada, al que permanece.
La mente también viaja, crece, se pierde, se reinventa. Con los años aprende y olvida, se llena de voces y silencios. Puede confundirse, desvanecerse, romperse incluso. Si el pensamiento se apagara un día, ¿dejaría de ser yo?
No. Porque hay algo más hondo que no envejece, que no se disuelve con los recuerdos ni con las palabras. Algo que no necesita nombre, ni forma, ni memoria. Eso que tiembla, callado, en el fondo del pecho cuando todo lo demás se apaga.
El cuerpo pasa, la mente cambia, pero el espíritu permanece. Es la raíz invisible de quien fui, quien soy y quien seguiré siendo, más allá del tiempo.
(De Alguien, Fantasma del Pasado)
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