El viento se ha llevado las nubes de tristeza;
el verdor del jardín es un fresco tesoro:
los pájaros han vuelto detrás de la belleza
y del ocaso gris surge un vergel de oro.
¡Inflámame, poniente: hazme perfume y llama;
¡que mi corazón sea igual que tú, poniente!
descubre en mí lo eterno, lo que arde, lo que ama,
1…y el viento del olvido se lleve lo doliente!
(Poema de mi amigo Juan Ramón Jiménez)
El día amaneció lloviendo. No mucho, ese calabobos que te empapa cuando parece que no te mojas mucho, y el cielo completamente encapotado, gris.
Se abrieron las puertas de la Taberna, y entró un hombre vestido con una especie de uniforme de color marfil y con muchas insignias. Se acercó a la barra preguntando que se podía beber en este año de 2026.
Adiolinda se extrañó y le dijo que lo mismo que en 2025 y seguramente lo mismo que en 2027, ¿Y a tí, que te pasa, de donde vienes que nunca te he visto por aquí?
El del uniforme con insignias, bajando la voz dijo, yo vengo del año 2056, de un futuro de 30 años por delante, para ver cómo era el que ahora es mi barrio.
Increíble, dijo Adiolinda, eres un viajero del futuro, ya vino otro anteriormente, hace algunos meses.
Dime, ¿Que cambios habrá en la Taberna dentro de treinta años? ¿Seguiré yo regentándola o ya me habré ido, o muerto, vaya usted a saber?
No, tú sigues regentando la taberna, contigo siguen la Maruxaina y Vega, los que ya no están son el Cipri y Teresa.
El Cipri murió en el 2029, de viejo y sin conocer ya a nadie. Lo sé porque se habla de él a veces en la Taberna, ya que yo no llegué a conocerlo
A Teresa si, a Teresa la conocí en las cocinas, como supongo que ahora, y vivió 20 años más. Murió en una epidemia que hubo en el 2045, permaneciendo en el hospital casi un año más, donde los parroquianos íbamos a verla a través de los cristales.
A su incineración fue todo el barrio, era muy querida, y vinieron monjas de su antiguo convento, incluso un cardenal, pese a que entre la Maruxaina y Vega no lo dejaron pasar obligándole a volver a montarse en el coche y marcharse. Teresa debió reírse mucho viendo la escena desde donde quiera que estuviera.
Sigue habiendo parroquianos, de el Forastero no se sabe nada, si se marchó, si murió y nadie nos avisó, pero hace años que no va por el Mono Rojo, aunque en cada mesa hay una poesía suya grabada con la navaja y de vez en cuando alguien recuerda alguna de las historias que contaba.
Vega continúa cantando y tocando ahora la guitarra, luego el teclado y más tarde una extraña música por el ordenador que tiene que nos acerca al espacio y al universo. A veces hasta las estrellas continúan asomándose por el espejo del meteorito para oírla cantar. Vega tiene 52 años en la actualidad de la taberna de mi época.
La Maruxaina no ha envejecido nada, y seguimos sin saber su edad. Cuando la preguntas se ríe y hace ese ruidito agudo de cuando algo la hace gracia.
El que sigue devorando almejas es Pepefel, con más de ochenta años, muy arrugadillo pero metiéndose buenos cachopos con media botella de vino, aunque ya no baja a la playa. Quizás por eso aguanta, por el cachopo, las almejas y la media botella de vino que se mete entre pecho y espalda.
Y tú, Adiolinda, que continúas llevando la Taberna auxiliada por tus mosqueteras, como os llaman a las tres una vez que Teresa marchó a su convento celestial, y a la que nunca reemplazaste, encargándote tú de la cocina al tiempo que de la barra, utilizando las recetas que dejó escritas la antigua monja.
Quiero que me pongas una jarra de esas que Pepefel me cuenta que bebía el Forastero, ya que ahora, en la Taberna del 2056 están prohibidas por la ley y no se pueden servir cervezas más grandes que esos vasos que tienes ahora y que continúas teniendo en mi época.
Tampoco se puede servir ese tocino frito que cuentan hacía Teresa y lo repartía entre todos los clientes, pero que tú te empeñas en seguir haciendo y repartiendo, saltándote la ley contra la obesidad. Todo el barrio te guarda el secreto. No me acuerdo del nombre del tocino.
Torreznos, dijo Adiolinda, torreznos con sal, buenísimos como los hace Teresa. Espera y te pongo un plato.
Así pasaron el día, Cristian, que así se llamaba el viajero del futuro y Adiolinda junto a la Maruxaina, a Vega y a Teresa, un poquito mustia al saber de su muerte, aunque muerta de risa imaginándose a la Sirena y a la Niña de las Estrellas empujando al cardenal sujetándose el bonete morado, como lo contó Cristian para montarse en el coche. Repasaron la lista de parroquianos, quien murió antes, quien seguía bebiendo en el Mono Rojo, quien marchó y no volvió, etc. Comentaron de la actual carta de tapas y comidas de la Taberna y compararon con la de 30 años más adelante. Cristian explicó la normativa y los cambios con la de ahora y así, minuto a minuto, pasaron rápidamente las horas.
Al terminar el día, el viajero del futuro regresó a su tiempo, y entonces, Adiolinda sacó una infusión con unas algas que la dió la Maruxaina y avisó, "no parece bueno conocer el futuro con antelación. En vuestras manos está el olvidar lo que nos han contado, incluso olvidar a Cristian, tomando está infusión que nos borrará todo lo aprendido hoy".
Todos, menos la Maruxaina, tomaron la bebida, y fue como si nunca nadie hubiera vuelto del futuro, aunque la mano de la Sirena guardaba una pequeña moneda con fecha de 2056 que dejó encima de la barra Cristian, el viajero del futuro.

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