ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO
LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

sábado, 29 de noviembre de 2025

VOLTEADO POR EL VIENTO




Viento del Sur,
moreno, ardiente,
llegas sobre mi carne,
trayéndome semilla
de brillantes
miradas, empapado
de azahares.

Pones roja la luna
y sollozantes
los álamos cautivos, pero vienes
¡demasiado tarde!
¡Ya he enrollado la noche de mi cuento
en el estante!

Sin ningún viento,
¡hazme caso!,
gira, corazón;
gira, corazón.

Aire del Norte,
¡oso blanco del viento!
Llegas sobre mi carne
tembloroso de auroras
boreales,
con tu capa de espectros
capitanes,
y riyéndote a gritos
del Dante.
¡Oh pulidor de estrellas!
Pero vienes
demasiado tarde.
Mi almario está musgoso
y he perdido la llave.

Sin ningún viento,
¡hazme caso!,
gira, corazón;
gira, corazón.

Brisas, gnomos y vientos
de ninguna parte.
Mosquitos de la rosa
de pétalos pirámides.
Alisios destetados
entre los rudos árboles,
flautas en la tormenta,
¡dejadme!
Tiene recias cadenas
mi recuerdo,
y está cautiva el ave
que dibuja con trinos
la tarde.

Las cosas que se van no vuelven nunca,
todo el mundo lo sabe,
y entre el claro gentío de los vientos
es inútil quejarse.
¿Verdad, chopo, maestro de la brisa?
¡Es inútil quejarse!

Sin ningún viento.
¡hazme caso!
gira, corazón;
gira, corazón.

(Poema de mi amigo Federico García Lorca).




Hay que tener cuidado con el viento del sur, con sus arremetidas, con sus ofensivos arrebatos que sacuden el saco de recuerdos que la mente preserva en un intento de custodia para el presente actual de aguda lucidez.
Cuidado con sus airadas acometidas, que nos transportan a pasados donde las mariposas aún no habían desaparecido y revoloteaban por nuestro vientre acelerando los sentidos de la mente hacia personas que habíamos desterrado de nuestro sentir y vida.
Nunca, desde que ocurrió, una esquina había significado el paradigma del nerviosismo, de la desesperación del "igual no viene" y del sentirse como morir un poco estando, creo que, vivo.
Jamás me dejé llevar por la sensación de caída libre al abismo del mar de los defraudados sin causa salvo cuando un minuto me parecía unas dos horas de espera.
Por eso cabeceo y sacudo mi cuerpo en un intento de liberarme de esos grilletes y cadenas que mantiene presa la razón haciéndome sentir de nuevo el desvelo y la emoción por no volver a verla.
Adiolinda, tráete por favor otra jarra, que hoy tenemos que ahogar a todo un viento, el guerrillero viento del sur que desarbola mis defensas.
-Si, coño, si, otra jarra si es posible, guapa, ¡¡¡¡¡OTRA JARRA!!!!!

jueves, 27 de noviembre de 2025

ARIDO, FRÍO, SECO



El ciego sol se estrella
en las duras aristas de las armas,
llaga de luz los petos y espaldares
y flamea en las puntas de las lanzas.
El ciego sol, la sed y la fatiga.
Por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos
-polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga.

Cerrado está el mesón a piedra y lodo.
Nadie responde… Al pomo de la espada
y al cuento de las picas el postigo
va a ceder ¡Quema el sol, el aire abrasa!
A los terribles golpes
de eco ronco, una voz pura, de plata
y de cristal, responde… Hay una niña
muy débil y muy blanca
en el umbral. Es toda
ojos azules, y en los ojos, lágrimas.
Oro pálido nimba
su carita curiosa y asustada.

Buen Cid, pasad. El rey nos dará muerte,
arruinará la casa
y sembrará de sal el pobre campo
que mi padre trabaja…
Idos. El cielo os colme de venturas…
¡En nuestro mal, oh Cid, no ganáis nada!

Calla la niña y llora sin gemido…
Un sollozo infantil cruza la escuadra
de feroces guerreros,
y una voz inflexible grita: ¡En marcha!
El ciego sol, la sed y la fatiga…
Por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos
-polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga.

(Poema de mi amigo Manuel Machado).



Noche tabernaria introspectiva, mirando de donde mi carácter, mi fuerza interior, mi ser.
Soy duro y seco como la encina de la meseta, agarrada fuerte en la raíz y solidarias sus bellotas con los solitarios cochinos jabalíes, maestros en la supervivencia con sus largos colmillos navajeros.
Árido como ese frío seco que golpea los pulmones en el desértico altiplano castellano y duro como la madera de la chaparra anclada al sediento suelo del que sale el grano con el que se alimentó España entera y que hasta para conquistar un imperio dió, incluso allende los mares,  regado solamente con la transpiración sudorosa del esfuerzo y la fatiga de cansados cristianos viejos orgullosos de apellido.
Meseteños ellos, surcados su rostro por el ardiente astro castigando sus hombros en los desérticos páramos de la sólida Castilla.
De ahí mi ser, alimentado por el polvo árido del solitario horizonte cuna de la lengua romance descendiente del latín que se extendió por el planeta adoptando a quien lo escuchaba.
Escuchar, como el corzo entre trigales, dejando que los sonidos le vayan descifrando quien vive mientras rumia y mastica mil veces el amarillento grano precursor del pan nuestro de cada día en esta tierra en la que, a veces, migado con algún tocino es la vianda salvadora de la gazuza del día.
Solitario en la planicie de la madera apurando hasta el final la cerveza de las jarras que esa descendiente del imperio amontona en torno a mí, y callado, muy callado, como la fría noche meseteña en la que ni los pasos de la comadreja en caza se escuchan por esos campos.
Callados y escuchando, como siempre, castellanos. 

miércoles, 26 de noviembre de 2025

SALVAJE GAMBERRO

Esos rasgos de luz, esas centellas
que cobran con amagos superiores
alimentos del sol en resplandores,
aquello viven, si se duelen dellas.

Flores nocturnas son; aunque tan bellas,
efímeras padecen sus ardores;
pues si un día es el siglo de las flores,
una noche es la edad de las estrellas.

De esa, pues, primavera fugitiva,
ya nuestro mal, ya nuestro bien se infiere;
registro es nuestro, o muera el sol o viva.

¿Qué duración habrá que el hombre espere,
o qué mudanza habrá que no reciba
de astro que cada noche nace y muere.

(Poema de mi amigo Pedro Calderón De la Barca)



Cogiendo piedras del parque y arrojándolas contra el vidrio de las farolas de luz naranja fuerte que alumbraban la noche en la ciudad mientras alguna voz le gritaba desde un balcón "deja de tirar piedras, cabrón" y que él ignoraba provocando más insultos y más gritos del indignado ciudadano protector de la ciudad.
Una tras otra las luminarias fueron cerrando sus ojos provocando la oscuridad en la parte de la calle por la que el nuevo Atila había asolado con su certera puntería cuando dos coches de policía, con los rotativos azules encendidos, llegaron por ambos sentidos de la travesía, deteniendo y esposando al aprendiz de David sin honda introduciéndolo en uno de los coches patrulla camino de la comisaría en la que, en uno de los fríos y sucios calabozos que en el húmedo sótano se encontraban, pasaría la noche para por la mañana presentarse al juez.
Eso fue ayer y hoy, ya libre, nos lo contaba a los parroquianos en torno a unas cervezas en la mesa en la que nos refugiamos del color del día.
- Tuve que apagar las farolas. Yo no buscaba romper nada, pero su luz impedía la visión del maravilloso firmamento rebosante de estrellas en las que buscar temas bellos para mis poemas.
Los jueces también se perdieron alguna vez, tumbados con alguien en la cima de alguna loma, extraviados por el cosmos desde lo alto del cerro.
-Déjenle en libertad, con cargos.

martes, 25 de noviembre de 2025

LA ESPERA INFINITA

Te recuerdo AmandaLa calle mojadaCorriendo a la fábricaDonde trabajaba Manuel
La sonrisa anchaLa lluvia en el peloNo importaba nadaIbas a encontarte con él
Con él, con él, con él, con élSon cinco minutosLa vida es eterna en cinco minutosSuena la sirena, de vuelta al trabajo
Y tu caminandoLo iluminas todoLos cinco minutosTe hacen florecer
Te recuerdo AmandaLa calle mojadaCorriendo a la fábricaDonde trabajaba Manuel
La sonrisa anchaLa lluvia en el peloNo importaba nadaIbas a encontrarte con él
Con él, con él, con él, con élQue partió a la sierraQue nunca hizo dañoQue partió a la sierra
Y en cinco minutosQuedó destrozadoSuena la sirena, de vuelta al trabajoMuchos no volvieron, tampoco Manuel
Te recuerdo, AmandaLa calle mojadaCorriendo a la fábricaDonde trabajaba Manuel

(Poema y canción de mi amigo Víctor Jara)


El aire golpeaba el rostro como una rápida bofetada de mano abierta, zasssshh, y el frío se abría paso a través de la respiración inútilmente protegida por una kufiya de algodón a cuadros negros y blancos con los flecos al viento que batía las calles empujando a la gente a los refugios temporales de los alféizar de los portales y las jambas de sus puertas.
Él esperaba, como cada noche. En ésta agarrando con una de sus manos las solapas de su chaqueta en un intento de alargar el cuello levantado de la prenda escondiéndose del soplo helado del temporal mientras su mirada, nerviosa, casi no se apartaba de la solitaria y desalojada calle por la que, suponía, llegaría ella, apresurada, como siempre, alterada por el retraso y balbuceando excusas sobre el trabajo, el metro, etc.
Pero hoy no llegaba, tampoco ayer, ni antes de ayer.
No contestaba al teléfono y tampoco abría la puerta de su casa por mucho que quemara el timbre de tanto pulsarlo.
Escuchaba pasos en la oscura travesía y como un perro agudizaba las orejas mientras forzaba la vista luchando contra ese frío y gélido aire proveniente de cercanas sierras nevadas y frías.
En el interior de la taberna, el Cipri, saliendo del sopor de su no ser, y levantándose lentamente se dirigió a la puerta y abriéndola, pasó su brazo por detrás de la cabeza del hombre y, apoyando la mano en su hombro, le dijo, hoy no viene, compañero, llamó por teléfono y dijo algo de una tía de su madre, enferma o yo que sé, pero hoy no viene, camarada, pasa dentro y toma conmigo un vino que aquí hace frío.
Mientras, Adiolinda, la camarera, cogiendo un periódico sobre el que el tabernero había estado sentado, lo tiró a un montón donde papeles, bolsas de basura y botellas de plástico, esperaban su destino final en el contenedor.
Sobre la acumulación de basuras resaltaba el titular del diario, "Drama en el Mono Rojo, atropellada mujer al cruzar la calle mientras su novio la esperaba enfrente, en la acera".

lunes, 24 de noviembre de 2025

MUCHO MÁS QUE UN APRETÓN DE MANOS


Tus manos son mi caricia
mis acordes cotidianos
te quiero porque tus manos
trabajan por la justicia

si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos

tus ojos son mi conjuro
contra la mala jornada
te quiero por tu mirada
que mira y siembra futuro

tu boca que es tuya y mía
tu boca no se equivoca
te quiero porque tu boca
sabe gritar rebeldía

si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos

y por tu rostro sincero
y tu paso vagabundo
y tu llanto por el mundo
porque sos pueblo te quiero

y porque amor no es aureola
ni cándida moraleja
y porque somos pareja
que sabe que no está sola

te quiero en mi paraíso
es decir que en mi país
la gente viva feliz
aunque no tenga permiso

si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos.

(Poema de mi amigo, Mario Benedetti)


Extraña noche hoy en la taberna del Mono Rojo. No han venido los jovencitos ruidosos de otros días, y quizás por eso, en vez de la bachata que sonaba últimamente, Adiolinda ha puesto el pincho de fados que yo la dejé.
Pocos parroquianos, todos habituales, y en ese momento en el que por encima del borde de mi jarra de cerveza observaba al personal, Rosa, con su faldita de cuero negro y sus ligueros en esas dos torres que la mantenienen en pie, tomó asiento en mi mesa, al lado mío, y cogiéndome la mano, sin soltarla, me iba dando pequeños apretones que podían coincidir con los latidos que un cansado corazón oprimido por dos pechazos enormes emitía no muy rítmicamente, pero funcional.
No pude evitarlo y mi mente escapó hacia el pasado, en el que llevar cogida de la mano a mi pareja era la expresión de una conversación silenciosa mantenida simplemente por el contacto de ambas extremidades, unidas no solo en el paseo.
Ese apretón de manos significaba el amarre a puerto seguro, al abrigo de las peligrosas olas de la cotidianidad social que golpeaba en las calles a individuos conformes con el estado al que les empujaba y conducía el sistema.
Nosotros nos entendíamos de mil formas diferentes y pocas necesitadas de palabra alguna.
Era todo un lenguaje de algún ya olvidado rito en el que dos personas unían su presente en una lucha por cambiar su individualidad en algo colectivo que no solo revolucionaba su existencia sino que mejoraba al mundo en un compromiso impulsivo de lograr un futuro mejor en el que la comprensión y la empatía se daban de manera natural sobrando las palabras.
Ir caminando cogidos de la mano con la persona que amas os convierte en revolucionarios sociales en busca de una alianza para el impulso idealista de los objetivos compartidos.
La paz conquistaba mi mente mientras el cuerpo, relajado, iba dejándose llevar por la gratitud a la situación cómplice e intensa al tiempo en que ansiaba escribir una nueva constitución en la que el primer artículo sería el de todo ciudadano tiene derecho a conocer el amor y el deber de mantenerlo encendido como pilar necesario de una sociedad utópica y particular en el colectivismo necesario para que la sonrisa sea la marca y la llave identificadora del movimiento social.
A otro nivel, el estrechar tu mano con la mía era la bienvenida a mi ser, a todo yo, rendido y entregado a la persona que pegaba su piel a la mía.
Hace años de esa revolución. Desde entonces no he paseado de la mano con nadie, y Rosa, hoy, con su gesto cansado y ocasional en busca de un apoyo, y por qué no, también de una copa, despertó y trajo hasta mi mesa los fantasmas del pasado de las manos juntas, en un contacto que superaba cualquier conexión posterior por fuerte que fuera.
Palabras silenciosas, conversaciones silenciosas. El mundo contra nosotros y nosotros, armados con la fuerza de nuestras manos, convenciendo sin quererlo, venciendo.
Dejemos que Rosa apriete la mano con sus gruesos y sudorosos dedos, con toda su humanidad y todo su deseo de
 refugio puesto en la quimera de un sencillo apretón de manos.

miércoles, 19 de noviembre de 2025

insomnio


Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas).
A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo en este nicho en el que hace 45 años que me pudro,
y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los perros, o fluir blandamente la luz de la luna.
Y paso largas horas gimiendo como el huracán, ladrando como un perro enfurecido0
 ubre caliente de una gran vaca amarilla.
Y paso largas horas preguntándole a Dios, preguntándole por qué se pudre lentamente mi alma,
por qué se pudren más de un millón de cadáveres en esta ciudad de Madrid,
por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el mundo.
Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?
¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día, las tristes azucenas letales de tus noches?

(Poema de mi amigo Dámaso Alonso)

Es pronto, muy pronto para que el día despunte, o tarde, muy tarde para regresar al mundo del sueño, acompañado de tanto fantasma que en el recuerdo evita que caigan mis párpados y mi mente relaje para recarga energética.
Muy pronto para pensar, sentir, en lo que disfrutamos sin quererlo, casi usamos sin sentirlo, o en lo que nunca tuvimos y queríamos, en lo que nunca desarrollamos y notamos.
Las que se fueron después de una noche de alcohol terminada entre sábanas de algún cuarto de hotel barato para descubrir en la mañana, entre las brumas irlandesas de vidrio que olvidé, o tal vez ni quise, saber su nombre.
Y las que quedaron, las menos,  convirtiendo el sexo
 en amigos, sin necesidad alguna de recordar la pensión improvisada, el refugio del momento y que aún permanecen en la agenda en la hoja de la A, de amistad.
Las que hubieran debido que quedaran y marcharon escurriéndose como el agua en las rendijas dejando solo la impronta de lo que hubiera podido ser y no fué, quizás por mis cegueras temporales con las que no veo lo que no quiero, y luego, confundido echo de menos.
Amigos de barra y puñalada sobrándoles lo de amigos.
Conocidos de saludo, movimiento de cabeza, a los que un ehhhhh es el buenos días o noches o casi, 
y si piensas, conocidos si, de la Taberna, aunque en esta noche larga de insomnio se sientan tambien en mi mesa quizás como amigos, ignorando lo que pueden ser y no entiendo.
Es como si cada fantasma, agarrando la corona del reloj retrasara su avance regresando a un horario insular y dilatando la noche en una masterclass de indecencias fantasmales que,  levantan la copa brindando conmigo en cada bostezo huido del cajón de los bostezos reprimidos.
Larga noche, tengo sueño y estos perennes mochileros del pasado no me sueltan.
Mi pasado, mi camino, 😃 😃,
mi mochila, mi condena...mi taberna.

lunes, 17 de noviembre de 2025

AMOR DE MADRE

Mamá, yo quiero ser de plata.
Hijo, tendrás mucho frío.
Mamá, yo quiero ser de agua.
Hijo, tendrás mucho frío.
Mamá, bórdame en tu almohada.
¡Eso sí! ¡Ahora mismo!

(Poema de mi amigo Federico García Lorca)



La conocíamos desde años atrás, siempre silenciosa, calladita, tímida.
Todos pensamos que guardaba algo dentro, pero ninguno pudimos suponer que era eso.
La llamaban, desde entonces, La Eterna Viuda.
Todo empezó un día en el que el Cipri llamó a una ambulancia del 061 para doña Milagros, que así se llamaba la discreta anciana que pasaba las tardes en la Taberna dando vueltas a la escandalosa cucharilla del descafeinado al que Cipri la invitaba cada tarde desde que se quedó viuda.
A veces escuchaba los tristes lamentos de los sonetos de un poeta decadente, o escuchaba asombrada las aventuras pasadas de Rosa con sus clientes de entonces, o atendía interesada las palabras que el tabernero, sentado con ella a su mesa, mascullaba sobre juventudes portuguesas que posiblemente fueran inventadas.
Ese día de la ambulancia la trasladaron al hospital en el que estuvo ingresada muchos días, para regresar de nuevo a la taberna no sin antes decirnos que no se quiso operar y había pedido el alta.
No hubo manera de arrancarla nada más, no soltó ni motivo ni por qué alguno, y continuó cada tarde con su descafeinado invitado.
Lo único que se notó como novedad es que se abrazaba a su vientre acariciándolo como sin pensar.
Un día no vino, ni al otro, ni al siguiente, y un Cipri muy borracho, sentándose conmigo, farfulló entre dientes solo una frase, era madre y eso la mató.
No sabía de que hablaba, tal vez de doña Milagros, pero ella no tenía hijos que supiéramos y así se lo comenté al anciano tabernero, rescatado de su pozo del no ser por los acontecimientos que le habían superado.
-Estaba embarazada, coño, que pareces bobo, exclamó Cipri.
Embarazada a su edad, que cosas tiene el alzheimer, viejo, embarazada dices.
Sacándose una radiografía me enseñó un bulto fotografiado por los rayos en lo que debía ser una pelvis, y me dijo, estuvo sesenta años embarazada. Fue un embarazo desarrollado fuera del útero y que terminó sin un sangrado, sin un aborto, sin nada, simplemente desapareció.
Los médicos, con los avances de entonces, no vieron al feto y pensaron que el cuerpo lo había absorbido, pero no, la naturaleza es sabia y para evitar infecciones fue calcificando al feto de tal manera que solo ahora, después de sesenta años, comenzó a tener molestias.
No quiso que se lo sacarán mediante una operación. Doña Milagros había sido madre sin saberlo y tenía en su interior, o así lo sentía ella, a su hijo de sesenta años y no iba a consentir que los separarán.
-Cipri, me dijo una tarde mientras jugaba con la cuchara golpeando la taza, nerviosa, -me voy a marchar, moriré abrazada a mí bebé y reposaremos juntos, como hemos vivido. Es la última vez que la ví. Me avisaron los vecinos que había aparecido acostada en su cama, con las manos en su vientre y con una sonrisa en su cara. Doña Milagros se había ido con su hijo no nacido - me contó el Cipri con lágrimas en sus ojos cayendo poco a poco en ese pozo negro y oscuro del no ser.

Ese día me fui pronto a casa.