ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO
LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

sábado, 29 de noviembre de 2025

VOLTEADO POR EL VIENTO




Viento del Sur,
moreno, ardiente,
llegas sobre mi carne,
trayéndome semilla
de brillantes
miradas, empapado
de azahares.

Pones roja la luna
y sollozantes
los álamos cautivos, pero vienes
¡demasiado tarde!
¡Ya he enrollado la noche de mi cuento
en el estante!

Sin ningún viento,
¡hazme caso!,
gira, corazón;
gira, corazón.

Aire del Norte,
¡oso blanco del viento!
Llegas sobre mi carne
tembloroso de auroras
boreales,
con tu capa de espectros
capitanes,
y riyéndote a gritos
del Dante.
¡Oh pulidor de estrellas!
Pero vienes
demasiado tarde.
Mi almario está musgoso
y he perdido la llave.

Sin ningún viento,
¡hazme caso!,
gira, corazón;
gira, corazón.

Brisas, gnomos y vientos
de ninguna parte.
Mosquitos de la rosa
de pétalos pirámides.
Alisios destetados
entre los rudos árboles,
flautas en la tormenta,
¡dejadme!
Tiene recias cadenas
mi recuerdo,
y está cautiva el ave
que dibuja con trinos
la tarde.

Las cosas que se van no vuelven nunca,
todo el mundo lo sabe,
y entre el claro gentío de los vientos
es inútil quejarse.
¿Verdad, chopo, maestro de la brisa?
¡Es inútil quejarse!

Sin ningún viento.
¡hazme caso!
gira, corazón;
gira, corazón.

(Poema de mi amigo Federico García Lorca).




Hay que tener cuidado con el viento del sur, con sus arremetidas, con sus ofensivos arrebatos que sacuden el saco de recuerdos que la mente preserva en un intento de custodia para el presente actual de aguda lucidez.
Cuidado con sus airadas acometidas, que nos transportan a pasados donde las mariposas aún no habían desaparecido y revoloteaban por nuestro vientre acelerando los sentidos de la mente hacia personas que habíamos desterrado de nuestro sentir y vida.
Nunca, desde que ocurrió, una esquina había significado el paradigma del nerviosismo, de la desesperación del "igual no viene" y del sentirse como morir un poco estando, creo que, vivo.
Jamás me dejé llevar por la sensación de caída libre al abismo del mar de los defraudados sin causa salvo cuando un minuto me parecía unas dos horas de espera.
Por eso cabeceo y sacudo mi cuerpo en un intento de liberarme de esos grilletes y cadenas que mantiene presa la razón haciéndome sentir de nuevo el desvelo y la emoción por no volver a verla.
Adiolinda, tráete por favor otra jarra, que hoy tenemos que ahogar a todo un viento, el guerrillero viento del sur que desarbola mis defensas.
-Si, coño, si, otra jarra si es posible, guapa, ¡¡¡¡¡OTRA JARRA!!!!!

jueves, 27 de noviembre de 2025

ARIDO, FRÍO, SECO



El ciego sol se estrella
en las duras aristas de las armas,
llaga de luz los petos y espaldares
y flamea en las puntas de las lanzas.
El ciego sol, la sed y la fatiga.
Por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos
-polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga.

Cerrado está el mesón a piedra y lodo.
Nadie responde… Al pomo de la espada
y al cuento de las picas el postigo
va a ceder ¡Quema el sol, el aire abrasa!
A los terribles golpes
de eco ronco, una voz pura, de plata
y de cristal, responde… Hay una niña
muy débil y muy blanca
en el umbral. Es toda
ojos azules, y en los ojos, lágrimas.
Oro pálido nimba
su carita curiosa y asustada.

Buen Cid, pasad. El rey nos dará muerte,
arruinará la casa
y sembrará de sal el pobre campo
que mi padre trabaja…
Idos. El cielo os colme de venturas…
¡En nuestro mal, oh Cid, no ganáis nada!

Calla la niña y llora sin gemido…
Un sollozo infantil cruza la escuadra
de feroces guerreros,
y una voz inflexible grita: ¡En marcha!
El ciego sol, la sed y la fatiga…
Por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos
-polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga.

(Poema de mi amigo Manuel Machado).



Noche tabernaria introspectiva, mirando de donde mi carácter, mi fuerza interior, mi ser.
Soy duro y seco como la encina de la meseta, agarrada fuerte en la raíz y solidarias sus bellotas con los solitarios cochinos jabalíes, maestros en la supervivencia con sus largos colmillos navajeros.
Árido como ese frío seco que golpea los pulmones en el desértico altiplano castellano y duro como la madera de la chaparra anclada al sediento suelo del que sale el grano con el que se alimentó España entera y que hasta para conquistar un imperio dió, incluso allende los mares,  regado solamente con la transpiración sudorosa del esfuerzo y la fatiga de cansados cristianos viejos orgullosos de apellido.
Meseteños ellos, surcados su rostro por el ardiente astro castigando sus hombros en los desérticos páramos de la sólida Castilla.
De ahí mi ser, alimentado por el polvo árido del solitario horizonte cuna de la lengua romance descendiente del latín que se extendió por el planeta adoptando a quien lo escuchaba.
Escuchar, como el corzo entre trigales, dejando que los sonidos le vayan descifrando quien vive mientras rumia y mastica mil veces el amarillento grano precursor del pan nuestro de cada día en esta tierra en la que, a veces, migado con algún tocino es la vianda salvadora de la gazuza del día.
Solitario en la planicie de la madera apurando hasta el final la cerveza de las jarras que esa descendiente del imperio amontona en torno a mí, y callado, muy callado, como la fría noche meseteña en la que ni los pasos de la comadreja en caza se escuchan por esos campos.
Callados y escuchando, como siempre, castellanos. 

miércoles, 26 de noviembre de 2025

SALVAJE GAMBERRO

Esos rasgos de luz, esas centellas
que cobran con amagos superiores
alimentos del sol en resplandores,
aquello viven, si se duelen dellas.

Flores nocturnas son; aunque tan bellas,
efímeras padecen sus ardores;
pues si un día es el siglo de las flores,
una noche es la edad de las estrellas.

De esa, pues, primavera fugitiva,
ya nuestro mal, ya nuestro bien se infiere;
registro es nuestro, o muera el sol o viva.

¿Qué duración habrá que el hombre espere,
o qué mudanza habrá que no reciba
de astro que cada noche nace y muere.

(Poema de mi amigo Pedro Calderón De la Barca)



Cogiendo piedras del parque y arrojándolas contra el vidrio de las farolas de luz naranja fuerte que alumbraban la noche en la ciudad mientras alguna voz le gritaba desde un balcón "deja de tirar piedras, cabrón" y que él ignoraba provocando más insultos y más gritos del indignado ciudadano protector de la ciudad.
Una tras otra las luminarias fueron cerrando sus ojos provocando la oscuridad en la parte de la calle por la que el nuevo Atila había asolado con su certera puntería cuando dos coches de policía, con los rotativos azules encendidos, llegaron por ambos sentidos de la travesía, deteniendo y esposando al aprendiz de David sin honda introduciéndolo en uno de los coches patrulla camino de la comisaría en la que, en uno de los fríos y sucios calabozos que en el húmedo sótano se encontraban, pasaría la noche para por la mañana presentarse al juez.
Eso fue ayer y hoy, ya libre, nos lo contaba a los parroquianos en torno a unas cervezas en la mesa en la que nos refugiamos del color del día.
- Tuve que apagar las farolas. Yo no buscaba romper nada, pero su luz impedía la visión del maravilloso firmamento rebosante de estrellas en las que buscar temas bellos para mis poemas.
Los jueces también se perdieron alguna vez, tumbados con alguien en la cima de alguna loma, extraviados por el cosmos desde lo alto del cerro.
-Déjenle en libertad, con cargos.

martes, 25 de noviembre de 2025

LA ESPERA INFINITA

Te recuerdo AmandaLa calle mojadaCorriendo a la fábricaDonde trabajaba Manuel
La sonrisa anchaLa lluvia en el peloNo importaba nadaIbas a encontarte con él
Con él, con él, con él, con élSon cinco minutosLa vida es eterna en cinco minutosSuena la sirena, de vuelta al trabajo
Y tu caminandoLo iluminas todoLos cinco minutosTe hacen florecer
Te recuerdo AmandaLa calle mojadaCorriendo a la fábricaDonde trabajaba Manuel
La sonrisa anchaLa lluvia en el peloNo importaba nadaIbas a encontrarte con él
Con él, con él, con él, con élQue partió a la sierraQue nunca hizo dañoQue partió a la sierra
Y en cinco minutosQuedó destrozadoSuena la sirena, de vuelta al trabajoMuchos no volvieron, tampoco Manuel
Te recuerdo, AmandaLa calle mojadaCorriendo a la fábricaDonde trabajaba Manuel

(Poema y canción de mi amigo Víctor Jara)


El aire golpeaba el rostro como una rápida bofetada de mano abierta, zasssshh, y el frío se abría paso a través de la respiración inútilmente protegida por una kufiya de algodón a cuadros negros y blancos con los flecos al viento que batía las calles empujando a la gente a los refugios temporales de los alféizar de los portales y las jambas de sus puertas.
Él esperaba, como cada noche. En ésta agarrando con una de sus manos las solapas de su chaqueta en un intento de alargar el cuello levantado de la prenda escondiéndose del soplo helado del temporal mientras su mirada, nerviosa, casi no se apartaba de la solitaria y desalojada calle por la que, suponía, llegaría ella, apresurada, como siempre, alterada por el retraso y balbuceando excusas sobre el trabajo, el metro, etc.
Pero hoy no llegaba, tampoco ayer, ni antes de ayer.
No contestaba al teléfono y tampoco abría la puerta de su casa por mucho que quemara el timbre de tanto pulsarlo.
Escuchaba pasos en la oscura travesía y como un perro agudizaba las orejas mientras forzaba la vista luchando contra ese frío y gélido aire proveniente de cercanas sierras nevadas y frías.
En el interior de la taberna, el Cipri, saliendo del sopor de su no ser, y levantándose lentamente se dirigió a la puerta y abriéndola, pasó su brazo por detrás de la cabeza del hombre y, apoyando la mano en su hombro, le dijo, hoy no viene, compañero, llamó por teléfono y dijo algo de una tía de su madre, enferma o yo que sé, pero hoy no viene, camarada, pasa dentro y toma conmigo un vino que aquí hace frío.
Mientras, Adiolinda, la camarera, cogiendo un periódico sobre el que el tabernero había estado sentado, lo tiró a un montón donde papeles, bolsas de basura y botellas de plástico, esperaban su destino final en el contenedor.
Sobre la acumulación de basuras resaltaba el titular del diario, "Drama en el Mono Rojo, atropellada mujer al cruzar la calle mientras su novio la esperaba enfrente, en la acera".

lunes, 24 de noviembre de 2025

MUCHO MÁS QUE UN APRETÓN DE MANOS


Tus manos son mi caricia
mis acordes cotidianos
te quiero porque tus manos
trabajan por la justicia

si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos

tus ojos son mi conjuro
contra la mala jornada
te quiero por tu mirada
que mira y siembra futuro

tu boca que es tuya y mía
tu boca no se equivoca
te quiero porque tu boca
sabe gritar rebeldía

si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos

y por tu rostro sincero
y tu paso vagabundo
y tu llanto por el mundo
porque sos pueblo te quiero

y porque amor no es aureola
ni cándida moraleja
y porque somos pareja
que sabe que no está sola

te quiero en mi paraíso
es decir que en mi país
la gente viva feliz
aunque no tenga permiso

si te quiero es porque sos
mi amor mi cómplice y todo
y en la calle codo a codo
somos mucho más que dos.

(Poema de mi amigo, Mario Benedetti)


Extraña noche hoy en la taberna del Mono Rojo. No han venido los jovencitos ruidosos de otros días, y quizás por eso, en vez de la bachata que sonaba últimamente, Adiolinda ha puesto el pincho de fados que yo la dejé.
Pocos parroquianos, todos habituales, y en ese momento en el que por encima del borde de mi jarra de cerveza observaba al personal, Rosa, con su faldita de cuero negro y sus ligueros en esas dos torres que la mantenienen en pie, tomó asiento en mi mesa, al lado mío, y cogiéndome la mano, sin soltarla, me iba dando pequeños apretones que podían coincidir con los latidos que un cansado corazón oprimido por dos pechazos enormes emitía no muy rítmicamente, pero funcional.
No pude evitarlo y mi mente escapó hacia el pasado, en el que llevar cogida de la mano a mi pareja era la expresión de una conversación silenciosa mantenida simplemente por el contacto de ambas extremidades, unidas no solo en el paseo.
Ese apretón de manos significaba el amarre a puerto seguro, al abrigo de las peligrosas olas de la cotidianidad social que golpeaba en las calles a individuos conformes con el estado al que les empujaba y conducía el sistema.
Nosotros nos entendíamos de mil formas diferentes y pocas necesitadas de palabra alguna.
Era todo un lenguaje de algún ya olvidado rito en el que dos personas unían su presente en una lucha por cambiar su individualidad en algo colectivo que no solo revolucionaba su existencia sino que mejoraba al mundo en un compromiso impulsivo de lograr un futuro mejor en el que la comprensión y la empatía se daban de manera natural sobrando las palabras.
Ir caminando cogidos de la mano con la persona que amas os convierte en revolucionarios sociales en busca de una alianza para el impulso idealista de los objetivos compartidos.
La paz conquistaba mi mente mientras el cuerpo, relajado, iba dejándose llevar por la gratitud a la situación cómplice e intensa al tiempo en que ansiaba escribir una nueva constitución en la que el primer artículo sería el de todo ciudadano tiene derecho a conocer el amor y el deber de mantenerlo encendido como pilar necesario de una sociedad utópica y particular en el colectivismo necesario para que la sonrisa sea la marca y la llave identificadora del movimiento social.
A otro nivel, el estrechar tu mano con la mía era la bienvenida a mi ser, a todo yo, rendido y entregado a la persona que pegaba su piel a la mía.
Hace años de esa revolución. Desde entonces no he paseado de la mano con nadie, y Rosa, hoy, con su gesto cansado y ocasional en busca de un apoyo, y por qué no, también de una copa, despertó y trajo hasta mi mesa los fantasmas del pasado de las manos juntas, en un contacto que superaba cualquier conexión posterior por fuerte que fuera.
Palabras silenciosas, conversaciones silenciosas. El mundo contra nosotros y nosotros, armados con la fuerza de nuestras manos, convenciendo sin quererlo, venciendo.
Dejemos que Rosa apriete la mano con sus gruesos y sudorosos dedos, con toda su humanidad y todo su deseo de
 refugio puesto en la quimera de un sencillo apretón de manos.

miércoles, 19 de noviembre de 2025

insomnio


Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas).
A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo en este nicho en el que hace 45 años que me pudro,
y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los perros, o fluir blandamente la luz de la luna.
Y paso largas horas gimiendo como el huracán, ladrando como un perro enfurecido0
 ubre caliente de una gran vaca amarilla.
Y paso largas horas preguntándole a Dios, preguntándole por qué se pudre lentamente mi alma,
por qué se pudren más de un millón de cadáveres en esta ciudad de Madrid,
por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el mundo.
Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?
¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día, las tristes azucenas letales de tus noches?

(Poema de mi amigo Dámaso Alonso)

Es pronto, muy pronto para que el día despunte, o tarde, muy tarde para regresar al mundo del sueño, acompañado de tanto fantasma que en el recuerdo evita que caigan mis párpados y mi mente relaje para recarga energética.
Muy pronto para pensar, sentir, en lo que disfrutamos sin quererlo, casi usamos sin sentirlo, o en lo que nunca tuvimos y queríamos, en lo que nunca desarrollamos y notamos.
Las que se fueron después de una noche de alcohol terminada entre sábanas de algún cuarto de hotel barato para descubrir en la mañana, entre las brumas irlandesas de vidrio que olvidé, o tal vez ni quise, saber su nombre.
Y las que quedaron, las menos,  convirtiendo el sexo
 en amigos, sin necesidad alguna de recordar la pensión improvisada, el refugio del momento y que aún permanecen en la agenda en la hoja de la A, de amistad.
Las que hubieran debido que quedaran y marcharon escurriéndose como el agua en las rendijas dejando solo la impronta de lo que hubiera podido ser y no fué, quizás por mis cegueras temporales con las que no veo lo que no quiero, y luego, confundido echo de menos.
Amigos de barra y puñalada sobrándoles lo de amigos.
Conocidos de saludo, movimiento de cabeza, a los que un ehhhhh es el buenos días o noches o casi, 
y si piensas, conocidos si, de la Taberna, aunque en esta noche larga de insomnio se sientan tambien en mi mesa quizás como amigos, ignorando lo que pueden ser y no entiendo.
Es como si cada fantasma, agarrando la corona del reloj retrasara su avance regresando a un horario insular y dilatando la noche en una masterclass de indecencias fantasmales que,  levantan la copa brindando conmigo en cada bostezo huido del cajón de los bostezos reprimidos.
Larga noche, tengo sueño y estos perennes mochileros del pasado no me sueltan.
Mi pasado, mi camino, 😃 😃,
mi mochila, mi condena...mi taberna.

lunes, 17 de noviembre de 2025

AMOR DE MADRE

Mamá, yo quiero ser de plata.
Hijo, tendrás mucho frío.
Mamá, yo quiero ser de agua.
Hijo, tendrás mucho frío.
Mamá, bórdame en tu almohada.
¡Eso sí! ¡Ahora mismo!

(Poema de mi amigo Federico García Lorca)



La conocíamos desde años atrás, siempre silenciosa, calladita, tímida.
Todos pensamos que guardaba algo dentro, pero ninguno pudimos suponer que era eso.
La llamaban, desde entonces, La Eterna Viuda.
Todo empezó un día en el que el Cipri llamó a una ambulancia del 061 para doña Milagros, que así se llamaba la discreta anciana que pasaba las tardes en la Taberna dando vueltas a la escandalosa cucharilla del descafeinado al que Cipri la invitaba cada tarde desde que se quedó viuda.
A veces escuchaba los tristes lamentos de los sonetos de un poeta decadente, o escuchaba asombrada las aventuras pasadas de Rosa con sus clientes de entonces, o atendía interesada las palabras que el tabernero, sentado con ella a su mesa, mascullaba sobre juventudes portuguesas que posiblemente fueran inventadas.
Ese día de la ambulancia la trasladaron al hospital en el que estuvo ingresada muchos días, para regresar de nuevo a la taberna no sin antes decirnos que no se quiso operar y había pedido el alta.
No hubo manera de arrancarla nada más, no soltó ni motivo ni por qué alguno, y continuó cada tarde con su descafeinado invitado.
Lo único que se notó como novedad es que se abrazaba a su vientre acariciándolo como sin pensar.
Un día no vino, ni al otro, ni al siguiente, y un Cipri muy borracho, sentándose conmigo, farfulló entre dientes solo una frase, era madre y eso la mató.
No sabía de que hablaba, tal vez de doña Milagros, pero ella no tenía hijos que supiéramos y así se lo comenté al anciano tabernero, rescatado de su pozo del no ser por los acontecimientos que le habían superado.
-Estaba embarazada, coño, que pareces bobo, exclamó Cipri.
Embarazada a su edad, que cosas tiene el alzheimer, viejo, embarazada dices.
Sacándose una radiografía me enseñó un bulto fotografiado por los rayos en lo que debía ser una pelvis, y me dijo, estuvo sesenta años embarazada. Fue un embarazo desarrollado fuera del útero y que terminó sin un sangrado, sin un aborto, sin nada, simplemente desapareció.
Los médicos, con los avances de entonces, no vieron al feto y pensaron que el cuerpo lo había absorbido, pero no, la naturaleza es sabia y para evitar infecciones fue calcificando al feto de tal manera que solo ahora, después de sesenta años, comenzó a tener molestias.
No quiso que se lo sacarán mediante una operación. Doña Milagros había sido madre sin saberlo y tenía en su interior, o así lo sentía ella, a su hijo de sesenta años y no iba a consentir que los separarán.
-Cipri, me dijo una tarde mientras jugaba con la cuchara golpeando la taza, nerviosa, -me voy a marchar, moriré abrazada a mí bebé y reposaremos juntos, como hemos vivido. Es la última vez que la ví. Me avisaron los vecinos que había aparecido acostada en su cama, con las manos en su vientre y con una sonrisa en su cara. Doña Milagros se había ido con su hijo no nacido - me contó el Cipri con lágrimas en sus ojos cayendo poco a poco en ese pozo negro y oscuro del no ser.

Ese día me fui pronto a casa.

sábado, 15 de noviembre de 2025

CON SERRÍN EN LOS ZAPATOS

¡Te quiero!, -me dijiste,
y la flor de tu mano
puso un arpegio triste
sobre el viejo piano.

( En la ventana oscura
la lluvia sonreía...
Tamboril de dulzura.
Gong de melancolía.)

-¿Me querrías tú lo mismo?-
Y en tu voz apagada
hubo un dulce lirismo
de magnolia tronchada.

( La lluvia proseguía
llorando en los cristales...
Cortina de agonía.
Guadaña de rosales.)

-¡Para toda la vida!-,
te dije sonriente.
Y una estrella encendida
te iluminó la frente.

( La lluvia proseguía
llamando en la ventana
con una melodía
antigua de pavana.)

Después, casi llorando,
yo te dije: -¡Te quiero!-
Y me quedé mirando
tus pupilas de acero.

-¡Para toda la vida!-
dijiste sonriente,
y una duda escondida
me atravesó la frente.

( En la ventana oscura
la lluvia proseguía
rimando su amargura
con la amargura mía)

(Poema de mi amigo Rafael de León)


El serrín que parecía brotar del suelo de la taberna, y que esparcía, hoy más que nunca Adiolinda, estaba, más que húmedo, mojado y se adhería a los mismos zapatos que antes habían vertido encima de él el agua de lluvia que caía en la calle, obligando a muchas personas a refugiarse en esa tasca convertida sin quererlo en una nueva Arca, en la que todo tipo de animales de dos patas entraba sin pedir permiso al reciclado y como ausente Cipri, convertido en un actualizado Noé.
Las bachatas que tanto gustaban a la camarera llenaban el ambiente de esa azucarada música, que llegada desde el otro lado del Atlántico iba conquistando, sin guerrear, los locales como éste del Mono Rojo.
Los habituales concentrados en las últimas mesas, frente al almacén y los servicios, en los que solo faltaban canoas navegando alrededor de las tazas y urinarios ante la imposibilidad de limpiarlos por parte de la venezolana Adiolinda.
Rosa, la vieja prostituta, salpicada la corta falda de cuero ajado de serrín que destacaba sobre el negro de la prenda, intentando en el mostrador que alguien la pagara una copa y cuando lo conseguía, la muchacha no estaba en la barra atendiendo las mesas y provocando el cabreo de Rosa al ver cómo se marchaba su inesperado mecenas, provocando que, sin querer, rompiera yo en carcajadas viendo los esfuerzos no recompensados de la antigua sirena.
-No te enfades, Rosa, yo te pago una, la decía tapándome la boca con la mano para que no viera mi risa.
Día del lluvia en la taberna, joder, parece el metro en hora punta. Me marcho a mojarme, al menos me mojo solo.

jueves, 13 de noviembre de 2025

MIEL Y CUCHILLO

“Es el orden de las cosas; a todos nos dan a probar primero la miel y luego el cuchillo.”

(Poema de Charles Bukowski)


Siempre borracho. Muchos días dormido sobre la mesa, apoyando la cabeza en los brazos, con la jarra tumbada sobre el tablero y murmurando palabras inconexas mezcladas entre rudos ronquidos.
Dicen que fue policía y que lo dejó, que abandonó. 
Comentan que era un jefecillo de comisaría de barrio, con muchos años en el cuerpo y un presente que auguraba un futuro tranquilo y bien remunerado.
No era joven, ni tampoco viejo, bien cuidado de gimnasios y pesas y nunca se comentó nada irregular de él. De su trabajo a la casa, la familia, el descanso, y de nuevo al trabajo al día siguiente. Ni una infidelidad, ni una juerga de amigos con final en la extensa y concurrida finca de Baco, nada extraordinario en su vida.
Quizás por eso extrañó a todos el que, nada más dejar la policía, de golpe, de un día para otro, su hijo marchara de casa, no se sabe paradero, y su mujer se divorciara.
Le debió cambiar la vida. La soledad le acompañó hasta la taberna del Mono Rojo y desde esa primera vez, habitual de la misma a borrachera diaria.
Una mujer, un amor que vuela, te puede cambiar la vida, y pasar de un carril al contrario no es difícil si encuentras en la copa el abrazo que te falta.
Hoy todavía no estaba muy borracho, y seguramente, al levantarse a por una jarra, se equivocó de mesa y se sentó conmigo.
Le saludé y empezamos a hablar. Yo pregunté como pudo dejar un trabajo en el que era respetado y que formaba parte de su ser ¡¡¡nada menos que policía!!!

Me miró con esos ojos enrojecidos, de beodo crónico y empezó a contarme cómo llamaron por un atraco a un banco, y como al llegar apuntó con su arma a un atracador que llevaba a un rehén cogido del cuello.
No respondió al ¡¡¡alto policía!!! que le gritó desde su distancia.
El atracador le miraba desde detrás de su pasamontañas, hubiera podido decir que con miedo y algo de sorpresa, entonces se movió y él pensó que el delincuente le iba a disparar y apretando el gatillo atravesó al salteador el pecho derrumbándolo con su rehén intacto.
Mientras lo veía caer, escuchó claramente la última palabra del asaltante antes de quedar tendido en el suelo...¡¡¡¡¡PAPÁ!!!!!

El resto, ya lo conocéis vosotros.

UN NIÑO DE LA GUERRA, CUALQUIERA DE ELLOS.

Yo voy soñando caminos
de la tarde. ¡Las colinas
doradas, los verdes pinos,
las polvorientas encinas!...
¿Adónde el camino irá?
Yo voy cantando, viajero
a lo largo del sendero...
-la tarde cayendo está-.
"En el corazón tenía
"la espina de una pasión;
"logré arrancármela un día:
"ya no siento el corazón".

Y todo el campo un momento
se queda, mudo y sombrío,
meditando. Suena el viento
en los álamos del río.

La tarde más se oscurece;
y el camino que serpea
y débilmente blanquea
se enturbia y desaparece.

Mi cantar vuelve a plañir:
"Aguda espina dorada,
"quién te pudiera sentir
"en el corazón clavada".

(Poema de mi amigo, Antonio Machado)



- ¿Me puedo sentar contigo? Necesito contar algo.

Le miré, levantando mi cara del fondo de una jarra y lo vi por primera vez de cerca. Con una vieja y descolorida chaqueta azul, con dos medallas en la solapa. Su cabeza tocada por una boina ladeada y con una estrella roja en su frontal.
- Siéntate si quieres, claro, y cuenta lo que quieras, lo que necesites, aquí todos, viejas cotillas sin reformar, escuchamos continuamente, quizás sea lo que mejor se nos da.
Ardía Gijón, comenzó, yo era un guaje de cinco o seis años, no se muy bien. Mi padre en el frente, mi madre batallando para conseguir comida, al menos para mí, y volaron la escuela; un avión alemán de los que aterrorizaban la ciudad, la bombardeó, igual que al hospital o a unas casas de al lado, y mi madre decidió que ya era suficiente, que al menos yo me salvaría me dijo mientras íbamos al Comité del partido para apuntarme y sacarme de España en un barco, mientras yo lloraba sin consuelo, asustado.
Y así fué. Mi último recuerdo de Gijón fue ver a mi madre corriendo a lo largo del malecón del puerto diciéndome adiós con un pañuelo que alguna vez fue blanco.
Soy uno de los casi tres mil niños de la guerra que salieron embarcados rumbo a Rusia.
Me trataron bien, sobre todo al principio, ropa limpia, comida, y de vez en cuando un abrazo por las personas encargadas de cuidarnos.
Luego fue peor, los nazis invadieron Rusia y de nuevo nos trasladaron, está vez en un antiguo tren, que andaba a golpes de un oscuro humo que nos ponía la cara y la camisa negra, pareciendo mayores de lo que éramos.
Ahí ya empezó a escasear un poco la comida, y el tiempo era peor, mucho frío que demostraba la escasez de leña.
A mí me daba igual, yo lloraba cuando todo iba bien y cuando iba mal seguía llorando. Yo quería volver a Gijón, con mi madre, y con esa esperanza pasó un año, y otro, y otro. Franco había ganado la guerra en España y no podíamos volver, o eso nos decían.
Aprendí ruso con su cirílica escritura. Estudié una ingeniería, me casé y no tuve hijos, pero seguía pensando que mi meta era volver a España, a ese Gijón mío tan añorado.
Siempre lleve a gala ser español. No quise, como otros compañeros, convertirme en ruso, yo no era ruso aunque es mucho lo que les debo, pero yo quería volver a mí Cantábrico, a mí mar en esas playas donde en ocasiones, pocas, mi madre jugaba conmigo.
Mi mujer, mi compañera, falleció y ya me prometí volver, nada que me dijeran podía aferrarme a esa tierra, y volví.
Una España rara, donde me miraban como un ser extraño por haber estado,con los comunistas", donde nadie me dío trabajo, por rojo, por haber pasado casi toda mi vida en Rusia...peor, en la Unión Soviética.
Hice todos los trabajos esporádicos que me salieron, chapuzas los llamáis vosotros, y sumando eso a una pequeña ayuda estatal, fuí tirando, y una noche, imaginando estar frente a mí mar, a mí Cantábrico, pensé, mamá me voy contigo, cuando al empezar a andar escuché una melosa canción cantada en algo parecido al castellano pero que no lo era, y un vozarrón me gritó si quería una cerveza, que me invitaba.
Dije que no, pero el hombre vino, con un delantal a rayas negras y verdes, y poniéndome la mano en el hombro me dijo, "¿pa'que la prisa? Lo que vas a hacer lo puedes hacer más tarde. Tómate una cerveza conmigo, coño, y luego haz lo que quieras.
Y casi obligándome a andar me metió en esta taberna, la del Mono Rojo. Así conocí al Cipri, y me tomé una cerveza con él, y otra, y otra; durante muchos años he estado tomando una cerveza tras otra con el Cipri.
A veces le ayudaba limpiando la tasca, los servicios, o si había mucha gente quitaba los vidrios de las mesas, y el Cipri me pagaba siempre algo, no mucho, pero siempre me pagaba, aunque yo no lo habría cobrado nunca. Cipri me dió un motivo, una amistad de verdad. Nunca supe, porque nunca me lo dijo, como vió esa noche que quería terminar con todo, y así pasó este tiempo, hasta que un día pensé, "mamá, tendrás que esperar aún más".

miércoles, 12 de noviembre de 2025

SOLEDAD ACOMPAÑADA

Lágrima triste en mi dolor vertida,

perla del corazón que entre tormentas

fue en largas horas de pesar nacida,

en fúnebre memoria convertida

la flor será que a tu corona enlace;

las horas de la vida turbulentas

ajan las flores y el laurel marchitan


(Poema de mi admirada amiga, Rosalía de Castro)




Pasa la noche, transcurren las horas y en la mesa el tiempo está detenido entretanto fantasmas pasados vuelven a visitarme mientras apuro frías  jarras de cerveza.

Los recuerdos se amontonan y se manifiestan de manera que la impresión es de no haber transcurrido ni un solo minuto en el que la soledad del frío tablero marcado dejara de impulsarme a marchar y el pasado, presente en esta noche triste se empeñara en mantenerme como memoria de la tasca del Cipri.

Con la yema de un dedo recorro los surcos labrados en la tabla, formando nombres, corazones, fechas con el eterno estuvo aqui y siento en cada estela, en cada rastro, el sabor amargo de lágrimas alcohólicas, ilusiones dañadas y risas ocultando un llanto eterno incrustado en el alma del novel e improvisado grabador.

Hoy, pocos parroquianos, callados, silenciosos, meditabundos e inmersos en sus océanos personales de inseguridades y fracasos.

Una jarra más y me marcho. Quizás conmigo venga esa procesión fantasmal de tiempos pretéritos, o quizás tan solo vaya acompañado de situaciones provocadas en los ayer de muchos días, o tal vez camine solo, echando de menos tan quimérica compañía.

No se, pero apuro la jarra y salgo.

martes, 11 de noviembre de 2025

MÁS TABERNA, MÁS NOSOTROS.

Hoy como ayer, mañana como hoy,
¡y siempre igual!
Un cielo gris, un horizonte eterno
y andar... andar.

Moviéndose a compás, como una estúpida
máquina, el corazón.
La torpe inteligencia del cerebro,
dormida en un rincón.

El alma, que ambiciona un paraíso,
buscándole sin fe,
fatiga sin objeto, ola que rueda
ignorando por qué.

Voz que, incesante, con el mismo tono,
canta el mismo cantar,
gota de agua monótona que cae
y cae, sin cesar.

Así van deslizándose los días,
unos de otros en pos;
hoy lo mismo que ayer...; y todos ellos,
sin gozo ni dolor.

¡Ay, a veces me acuerdo suspirando
del antiguo sufrir!
Amargo es el dolor, ¡pero siquiera
padecer es vivir!

(Poema de mi amigo, Gustavo Adolfo Bécquer)


Hoy estuvo Manuela en la taberna. Al principio no la reconocí, vuelta de espaldas a mí y con una cascada de pelo de invierno, blanco entre grises, que me llamó la atención al sentir que era alguien de antes y que encontraría de nuevo.
Se dió la vuelta y era Manuela, la misma Manuela de siempre, con una copa en la mano y hablando con un Cipri al que parecía rescatar de su fondo del no ser y que el viejo tabernero reconocía al ver la viveza, casi nunca encendida, de sus ojos.
Manuela y el Cipri. Cuántas noches de mostrador y taburetes hasta madrugadas altas, cuantas conversaciones y cuantos poemas.
Hoy ha vuelto ese brillo de la taberna matando las sombras llenas de bachatas y gente nueva sin sentido ante el refugio de los inadaptados de la calle.
Manuela, poemas sentidos y duros, como ella, poemas de whiskys y lágrimas, poemas fotográficos en palabras retratando ese mundo personal de Manuela, que ha vuelto hoy a dejar una marca en el tablero de la mesa mientras el Cipri hablaba animado.
Hoy, como siempre que regresa alguien veterano en mil batallas asociales , ha sido más taberna, más nosotros.


sábado, 8 de noviembre de 2025

OLVIDO

Donde habite el olvido,
En los vastos jardines sin aurora;
Donde yo sólo sea
Memoria de una piedra sepultada entre ortigas
Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.

Donde mi nombre deje
Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,
Donde el deseo no exista.

En esa gran región donde el amor, ángel terrible,
No esconda como acero
En mi pecho su ala,
Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.

Allí donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya,
Sometiendo a otra vida su vida,
Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.

Donde penas y dichas no sean más que nombres,
Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
Disuelto en niebla, ausencia,
Ausencia leve como carne de niño.

Allá, allá lejos;
Donde habite el olvido.

(Poema de mi amigo Luis Cernuda).


Miles, millones de banderas abandonadas y tiradas una tras otra en montón de telas descoloridas y raidas, que en su día representaron anhelos e ilusiones, provocando revoluciones y exterminios dictatoriales, aplastando movimientos.
Palabras esparcidas por el viento y alicatando el suelo ennegrecido y pateado por oscuras botas militares que las reprimieron marcialmente.
Amores adolescentes, amores primeros, segundos, terceros y cuartos, cuernos retorcidos que fueron necesarios para unos y tortura y desencantos para todos.
Estudios, discursos y teorías amontonadas sin proceso alguno. 
Sacrificios, hipotecas, atracos y premios de lotería, deudas de préstamos usureros y en algún lado, ingresos clandestinos de polvos comerciales escondidos.
Poemas, canciones, y ternura, abrazos y besos sin mesura, virginidades perdidas media docena de veces, mentiras caseras a lo bestia disfrazadas de piadosas falsedades y patrañas.
Excusas que no existieron, partes de baja viajeros, mezclados con dañinos sentimientos que nadie sabe por qué surgieron.
Pozos de años perdidos, agujeros negros de historias reales inventadas y al final nada, preguntar la hora cada segundo militando en el oscuro dejar de ser, afortunadamente sin saberlo.
Triste paraje, triste almacén de pasados...no se que escribo, no recuerdo, por esos almacenes, me pierdo, ignorante del lugar donde me encuentro 
Arriba una luz pequeña, inalcanzable, no llego.
Palabras del Cipri.


jueves, 6 de noviembre de 2025

El sueño

Si el sueño fuera (como dicen) una
tregua, un puro reposo de la mente,
¿por qué, si te despiertan bruscamente,
sientes que te han robado una fortuna?

¿Por qué es tan triste madrugar? La hora
nos despoja de un don inconcebible,
tan íntimo que sólo es traducible
en un sopor que la vigilia dora

de sueños, que bien pueden ser reflejos
truncos de los tesoros de la sombra,
de un orbe intemporal que no se nombra

y que el día deforma en sus espejos.
¿Quién serás esta noche en el oscuro
sueño, del otro lado de su muro?

(De mi amigo, Jorge Luis Borges)


Está noche pasada soñé conmigo, les dije a los parroquianos que, sentados a mí mesa, escuchaban callados y expectantes mis palabras.
Me vi joven, con el pelo caído sobre los hombros, como solía llevarlo, con mi cazadora de segunda o tercera mano, azul descolorido, de aviación militar, comprada en una tienda de lo viejo en la calle De la Ruda, del Rastro de Madrid. Con mis queridos pantalones campana y calzado con unas alpargatas segarra que eran las que más duraban.
Estaba al lado del mar, sobre unas rocas que mientras aguantaban el envite de las olas, servían a la vez de posada a una cantidad indefinida de pequeños y rápidos cangrejos, que de golpe se paraban para luego correr de lado hacia otro agujero de la corpulenta masa pétrea con múltiples puertas para esos graciosos seres, siempre andando marcha atrás.
Recuerdo del sueño que miraba como el sol se bajaba de su trono celeste y poco a poco, primero un pie y luego el otro, (hermosos y lindos pinreles, nada de linfedemas), se iba sumergiendo en la animada mole de agua en la que las olas divertían a delfines en la alegre y  distraída jarana creada entre el viento y el mar para deleite de seres submarinos correteando entre corrientes.
Siempre pensé que volvería a encontrarme con la hermosa marejada marítima, que mi despedida del barco cuando marché de Rosas no fue definitiva, y que al final de mis días, cuando uno, cansado de caminar, volvería a su seno hasta el momento en que Dios me llame y mi cuerpo vague navegando donde quiera que el agua me arrastre mientras el viento del sur, cálido compañero unido al salitre pegajoso de Ponto, hijo de Gea, me acarician el rostro ya frío del  Forastero dormido para siempre.
Marcharme así, entre susurros de olas, con paleta de colores inimaginables, maravillosos, con el olor a mar en mis sentidos y de fondo, como ya dije, tu risa.
Ni faraones soñaron nunca con una despedida tan magna, tan preciosa
En cambio, lejos de mis sueños e ilusiones, permanezco amarrado por lazos invisibles a un tabla de madera que navega entre humos de cigarros y vapores de cerveza, mientras el resto de tripulantes escucha, callados, y una mano de Rosa, la vieja prostituta me aprieta la pierna y con la otra se quita una rebelde lágrima que demuestra su sensible borrachera.
Ya veremos.

lunes, 3 de noviembre de 2025

Con las alas rotas


Pongo estos seis versos en mi botella al mar
con el secreto designio de que algún día
llegue a una playa casi desierta
y un niño la encuentre y la destape
y en lugar de versos extraiga piedritas
y socorros y alertas y caracoles.

(Poema de mi amigo, Mario Benedetti).

Estoy convencido que no todos los ángeles son bellos, esbeltos, rubios y con buena presencia.
Estoy convencido que no todos tienen un par de lindas y hermosas alas, blancas, radiantes, limpias.
Aquí, en la Taberna del Cipri, he conocido a ángeles de alas rotas por largos y cansados vuelos por la vida, feos por los años de dolores y angustias esculpidos en el rostro, de cicatrices profundas creadas por decepciones y desencantos en las aguas bravas de existencias duras prolongadas en el tiempo.
Silencios muchos y a veces, no siempre, cantos broncos, de ásperas gargantas acompañadas de sonrisas sinceras entre dientes amarillos.
Son ángeles también, que esperando la vuelta a casa aterrizaron en este aeródromo del Mono Rojo donde aguardan la llamada de alguien necesitado de ser escuchado y demandando, aunque mugriento, un hombro en el que apoyarse y regar con alguna lágrima.
Un ángel la vieja prostituta, que continúa atendiendo, ya por una copa en la barra, los lamentos del borracho al que han echado de casa.
Un ángel el poeta, que prolonga la amargura profunda de su alma al observar un enfermo de amor no correspondido y prorroga sus sonetos que tan solo otros ángeles tabernarios escucharán declamar en esas noches de alcohol colectivo.
Un ángel la anciana que, ya viuda, descubrió el oscuro mundo del Mono Rojo y, todavía sorprendida, se alistó para aprender escuchando percibiendo la existencia de otras vidas.
Ángeles de ropas sin marca y cuerpos marcados, ángeles sin parecerlo, ángeles, ángeles fuera del Paraíso, pero ángeles, de los que nunca hablarán en las iglesia, pero que en templos como éste, brillan con su propia y peculiar luz. 
Ángeles.