Pongo estos seis versos en mi botella al mar
con el secreto designio de que algún día
llegue a una playa casi desierta
y un niño la encuentre y la destape
y en lugar de versos extraiga piedritas
y socorros y alertas y caracoles.
(Poema de mi amigo, Mario Benedetti).
Estoy convencido que no todos los ángeles son bellos, esbeltos, rubios y con buena presencia.
Estoy convencido que no todos tienen un par de lindas y hermosas alas, blancas, radiantes, limpias.
Aquí, en la Taberna del Cipri, he conocido a ángeles de alas rotas por largos y cansados vuelos por la vida, feos por los años de dolores y angustias esculpidos en el rostro, de cicatrices profundas creadas por decepciones y desencantos en las aguas bravas de existencias duras prolongadas en el tiempo.
Silencios muchos y a veces, no siempre, cantos broncos, de ásperas gargantas acompañadas de sonrisas sinceras entre dientes amarillos.
Son ángeles también, que esperando la vuelta a casa aterrizaron en este aeródromo del Mono Rojo donde aguardan la llamada de alguien necesitado de ser escuchado y demandando, aunque mugriento, un hombro en el que apoyarse y regar con alguna lágrima.
Un ángel la vieja prostituta, que continúa atendiendo, ya por una copa en la barra, los lamentos del borracho al que han echado de casa.
Un ángel el poeta, que prolonga la amargura profunda de su alma al observar un enfermo de amor no correspondido y prorroga sus sonetos que tan solo otros ángeles tabernarios escucharán declamar en esas noches de alcohol colectivo.
Un ángel la anciana que, ya viuda, descubrió el oscuro mundo del Mono Rojo y, todavía sorprendida, se alistó para aprender escuchando percibiendo la existencia de otras vidas.
Ángeles de ropas sin marca y cuerpos marcados, ángeles sin parecerlo, ángeles, ángeles fuera del Paraíso, pero ángeles, de los que nunca hablarán en las iglesia, pero que en templos como éste, brillan con su propia y peculiar luz.
Ángeles.
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