ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO
LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

martes, 10 de febrero de 2026

EL CIRIO (O NO)





Me celebro y me canto a mí mismo.
Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti,
porque lo que yo tengo lo tienes tú
y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también.
Vago… e invito a vagar a mi alma.
Vago y me tumbo a mi antojo sobre la tierra
par ver cómo crece la hierba del estío.
Mi lengua y cada molécula de mi sangre nacieron aquí,
de esta tierra y de estos vientos.
Me engendraron padres que nacieron aquí,
de padres que engendraron otros padres que nacieron aquí,
de padres hijos de esta tierra y de estos vientos también.

(Fragmento inicial del poema "Canto a mí mismo", de mi amigo Walt Whitman).


Era alto, de complexión robusta, no grueso, fuerte, compacto, ni un bulto en su figura.
No recuerda quién encendió la llama en su alto, allí donde tímida asomaba la mecha que recorría internamente su esbelto cuerpo de cirio.
Pasaron los días, alguien se paraba a su lado. Con un capuchón de hojalata apagaban la llama. Dependiendo de la etnia a la que perteneciera el humano, apaga velas, matacandelas, apagador. Así llamaban al aparato que cogían para apagarlo.
Al tiempo , otra mano lo encendía de nuevo, mientras iba a veces pasando de mano en mano, vigilante altivo en el altar otras, pero siempre encima de la palmatoria en su base.
Conoció a mucha gente. Unas le gustaban mucho y ansiaba volver a verlas. A otras no quería verlas nunca.
Por alguna sintió algo especial, aunque nunca dijo nada, porque aunque tímido, él seguía presentándose garboso, elegante, aunque al paso de los días su estatura había decrecido un poco, casi nada, no se notaba.
Era más preocupante la acumulación de cera en la base, que había surgido casi sin darse cuenta, de un día para otro.
Continuaban pasando a su lado los más diversos personajes, cada cual con su lección aprendida para actuar en el mundo, y él, quieto, inmóvil, presumiendo de prestancia pese a que el bulto de su base continuaba creciendo y su estatura disminuyendo por el paso del tiempo encendido casi en su totalidad.
Una vez escuchó una conversación entre alguien importante y otro humano que decía: - Parece que le queda poco al cirio, habrá que ir pensando en cambiarlo.
Ahí tomó conciencia de cómo al correr de los días su estatura ya ni se parecía a la que tenía en su juventud, y el estilismo del que siempre presumió había desaparecido con ese volumen de cera acumulada de cintura para abajo. Ya ni la palmatoria le servía y habían buscado una bandeja mayor para ponerle encima y que su gordura no desbordase.
Ya no se lo pasaban nunca de mano en mano, ni le permitían su presencia en el altar, y un día, entristecido al pensar en lo que fue y en lo que ahora era, la llama empezó a titilar nerviosamente. Le dió miedo. Es el final, pensó, y al instante siguiente la llama dió su última y postrera centella para apagarse de repente.
En la bandeja, sobre la mesa auxiliar, un bulto ingente de cera en el que era imposible vislumbrar el cirio esbelto y altivo de tiempo atrás que ahora reposaba ya para siempre, feo y desgastado por la vida.

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