ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO
LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

domingo, 8 de febrero de 2026

EL NIDO DEL PAJARILLO

Sólo ha quedado en la rama
un poco de paja mustia
y, en la arboleda, la angustia
de un pájaro fiel que llama.
Cielo arriba y senda abajo,
no halla tregua a su dolor,
y se para en cada gajo
preguntando por su amor.
Ya remonta con su queja,
ya pía por el camino
donde deja en el espino
su blanda lana la oveja.
Pobre pájaro afligido
que sólo sabe cantar
y, cantando, llora el nido
que ya nunca ha de encontrar.

(Poema de mi amigo Leopoldo Lugones)


A la puerta de la taberna, en la parte derecha, sobre la acera, en el centro de un alcorque un árbol, ya con muchos años, permanecía impasible ante los hechos que a su alrededor ocurrían. Lo podaban todos los años y crecía ampliando su sombra en verano debido a su gran y cerrada copa.
En una de sus ramas, también hacía tiempo que un nido habitado por una familia de pájarillos nos animaba cuando veíamos a los polluelos crecer y asomarse por los bordes midiendo la distancia mientras movían sus alas entrenando un muy próximo vuelo de despedida por la marcha en busca de su propia vivienda y familia.
Muchas veces el Cipri esparcía las migas que recogía de las mesas al limpiarlas dentro del cajete en la acera y la pareja alada bajaba a por el alimento con el que se criaba la familia entera.
Estuvieron muchos años, hasta que un día la hembra apareció caída en la acera, sin moverse, y el macho, de pie, al lado suyo, tocándola con el pico en un intento de llamada.
Fue Alguien, el Fantasma del Pasado el que los encontró de tal manera, y con tristeza recogió a la pajarilla y la enterró haciendo un hoyo profundo en la tierra del alcorque e incluso rezó una oración por ella.
El machito voló hasta el nido que ya habían abandonado los polluelos y allí se quedó todo el tiempo. Ni emigró, ni se trasladó a otro nido, ni volvió a unirse a otra compañera.
Lo veíamos cuando alguna vez bajaba al pavimento a recoger algún trocito de pan que alguno de nosotros tirábamos para él, pero nunca volvió a piar ni a mostrarse tan alegre como antaño. 
Adelgazó mucho, y gran parte del tiempo lo pasaba asomado al borde del nido, apoyando el pecho y la cabeza en el límite del hogar donde muchas veces permanecía con los ojos cerrados sin mirar a ningún lado.
Otras veces se quedaba mirando otros nidos donde parejas de avecillas revoloteaban en escandalosas fiestas, y observaba al Cipri tirando las migas en su alrededor, pero él, impávido, ni se movía.
El poeta de la taberna nos dijo que ese animalillo sufría, que de ser poeta hubiera escrito tristes poemas a la soledad, a la marcha de la compañera y a la cruel realidad.
Es posible. Sí parecía que el pajarillo sufría su soledad, que no quería sobreponerse y vivía su tristeza asumiendo que se había quedado solo en el nido familiar.
Una mañana fría de febrero, al ir Adiolinda a abrir la taberna, se encontró en el alcorque, justo donde Alguien, el Fantasma del Pasado había cavado la tumba de la hembra, a nuestro pájarillo, con los ojos cerrados, muerto, y con una de sus patas extendida hacia la fosa y con los dedos cerrados.
Hay quien dijo que habían vuelto a encontrarse la pajarilla y su fiel compañero.

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