y me eché a andar.
Yo mismo hacía los caminos que me llevaban
lejos, mas allá de los bosques,
por la orilla del mar, por el mar mismo.
Y en el hatillo, al lado de los días míos,
—infancia, juventud, madurez, vejez—
iba metiendo el pan de las limosnas.
Alguna vez el pan estaba aún caliente y al tocarlo
resucitaba un día mío en el que, muy joven,
vi a una mujer hermosa que cogía flores en el jardín.
En el sur me agasajaban con vasos de vino.
Pero ya es tiempo de volver. Me canso, y ya no sé soñar.
Como una colmena hendida por un rayo
ya no enjambran las abejas en verano
dentro de mí. Sueños no hay, ni inquietudes.
En la vieja casa haré lumbre y le contaré a las llamas
de qué modo muere un vagabundo.
(Poema de mi amigo Álvaro Cunqueiro).
Todas las vivencias en bolsas de plástico sucias, atadas con cuerdas de mil colores y ajustadas al contorno de mis hombros, cubiertos por una chaqueta vieja y rota en la que por el cuello se asoma la capucha de color indefinido de una ajada sudadera.
Días vistiendo igual, con el único añadido de un gran plástico, cuyo cinturón es otra cuerda, para los días de lluvia en los caminos entre pueblo y pueblo, siempre a la búsqueda de un cajero en el que dormir protegido por los cerrojos de la puerta y las cámaras del banco que delatarían cualquier agresión contra mi en la soledad de la noche y fruto del combinado entre el alcohol, alguna droga e ideas fascistas que estos críos aceptan como suyas, nadie entiende el cómo y el por qué.
Recuerdos que se acuestan conmigo al calor de unos cartones en el suelo y de unos periódicos aprendices de sábanas y mantas.
Recuerdos que me producen pesadillas al sacarme del pensamiento plano alcanzado por el constante entrenamiento de rechazo a pensar en cualquier tiempo pasado.
A veces veo, por las calles, a antiguos amores, o amistades perdidas en la lejanía de los años, o a personas que en algún tiempo se preocuparon por mi.
Me fastidia encontrarlos, a todos, y aunque tengo la suerte de no ser reconocido con el look que me gasto entre barbas crecidas, pelos largos, gorros de lana y gafas oscuras, yo si lo hago, fastidiándome el día esas vivencias que meditadamente y aposta nunca metí en las bolsas, pocas, donde guardo las experiencias de las que me acuerdo y no me sueltan el cuerpo, o lo que es lo mismo, no me cagan el día.
Mi rumbo lo marcan muchas veces mis tropiezos. Si andando doy un paso en falso y quedo hacia la izquierda de donde iba, a babor pues comienza mi nueva ruta, ya que es igual a donde me dirija, mi vida es mi cabeza hueca y vacía intencionadamente, mi cuerpo enfermo y mis bolsas usadas y sucias. No tengo más, pues los recuerdos hace tiempo que caen por un desagüe que instalé mentalmente en mi cerebro y que descarga cerca del suelo, aunque a veces, ya he dicho que debe atascarse y duermen conmigo.
Dinero no necesito. Nadie sabe la cantidad de comida que hoy se tira, y siempre hay quien que para sentirse mejor me da una barra de pan, un litro de leche o cincuenta céntimos para tomarme un café, aunque con eso no me darían ni el azucarillo.
Y sigo andando, caminando, viajando sin más rumbo que encontrar un buen sitio donde quedarme dormido y ya no despertar.
Me preguntó si nos dejarán pasar al Cielo a los vagabundos o tendré que dormir, entre cartones, a su puerta. No lo sé.
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