Recuerdo en mi recuerdo
tus cabellos de niebla,
tus muslos transparentes,
tus pechos de agua fresca,
tu ombligo de nenúfar,
tu clítoris de yerba,
tu sexo de sonido
a molino violeta.
Hoy he vuelto a tu lado
y tu cuerpo de agua
tiene la piel reseca.
Tu cuerpo de aire azul
viste de arenas negras.
La sangre de tus peces
se muere en tus venas
y las algas se pudren
cubriendo tu cabeza.
Hoy he vuelto a tu lado
a besar tu tristeza.
(Poema de mi amigo Manuel Pacheco Conejo, "Para besar la tristeza del Guadiana" )
En uno de los tramos de la antigua carretera, atrapado entre unos sacos de tierra y el agua que le empujaba, el tronco del árbol, antaño notario caminero de tantas tardes y parejas, flotaba dando golpes contra su trampa en un intento de librarla y continuar su viaje donde el torrente quisiera llevarlo.
En el costado que daba al aire se veían corazones entrelazados unos, atravesados por flechas de Cupido otros, con iniciales unos cuantos y con fecha casi todos.
Cuántas manos grabaron su corteza mientras ojos enamorados seguían los trazos de la navaja que, como bisturí en mano de inexperto cirujano, dibujaba torpemente el contorno de unos sentimientos así expresados.
Cuántos dedos repasarían más tarde los trazos del corazón y las iniciales mientras alguna lágrima brotaba de un par de ojos bonitos al recordar tiempos perdidos y pasados en los que tan solo uno de la pareja se encontraba aún sintiendo por el amante ausente, por el que pudo ser y no fue, por el amor perdido.
Y ahora, ahí está, con su carga testimonial, con la memoria que conserva su corteza, empapada de agua y arrancado por los temporales del lugar más visitado por los enamorados de todo el pueblo.
Cuántas vueltas, cuerpo sobre cuerpo, bajo su copa en tardes de verano calurosas, en las que la calima y la compañía animaban a quitarse la ropa bajo su sombra.
Cuántas promesas sinceras en cuanto se dijeron y limitada su veracidad al final del verano y la vuelta a clase.
Cuántas manos enlazaron dedos compartiendo vibraciones y deseos únicos y especiales en esos momentos.
Y ahí, náufrago, rendido, muerto, ahogado, el testigo leal y silencioso de tantos sueños.
Quizás el agua se lleve ese libro vegetal anciano, repleto de signos, señales, vivencias.
Quizás sea el agua el que traiga la semilla de un nuevo notario que crezca en la cuneta, camino de la estación , quizás, pero ya no será nuestro amigo, nuestro testigo, nuestro árbol. Ese, querido nuestro, baja empujado por la corriente a Dios sabe dónde, y con él, flotando, nuestros recuerdos.
El tiempo corre.
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