Yo voy soñando caminos
de la tarde. ¡Las colinas
doradas, los verdes pinos,
las polvorientas encinas!...
¿Adónde el camino irá?
Yo voy cantando, viajero
a lo largo del sendero...
-la tarde cayendo está-.
"En el corazón tenía
"la espina de una pasión;
"logré arrancármela un día:
"ya no siento el corazón".
Y todo el campo un momento
se queda, mudo y sombrío,
meditando. Suena el viento
en los álamos del río.
La tarde más se oscurece;
y el camino que serpea
y débilmente blanquea
se enturbia y desaparece.
Mi cantar vuelve a plañir:
"Aguda espina dorada,
"quién te pudiera sentir
"en el corazón clavada".
(Poema de mi amigo, Antonio Machado)
- ¿Me puedo sentar contigo? Necesito contar algo.
Le miré, levantando mi cara del fondo de una jarra y lo vi por primera vez de cerca. Con una vieja y descolorida chaqueta azul, con dos medallas en la solapa. Su cabeza tocada por una boina ladeada y con una estrella roja en su frontal.
- Siéntate si quieres, claro, y cuenta lo que quieras, lo que necesites, aquí todos, viejas cotillas sin reformar, escuchamos continuamente, quizás sea lo que mejor se nos da.
Ardía Gijón, comenzó, yo era un guaje de cinco o seis años, no se muy bien. Mi padre en el frente, mi madre batallando para conseguir comida, al menos para mí, y volaron la escuela; un avión alemán de los que aterrorizaban la ciudad, la bombardeó, igual que al hospital o a unas casas de al lado, y mi madre decidió que ya era suficiente, que al menos yo me salvaría me dijo mientras íbamos al Comité del partido para apuntarme y sacarme de España en un barco, mientras yo lloraba sin consuelo, asustado.
Y así fué. Mi último recuerdo de Gijón fue ver a mi madre corriendo a lo largo del malecón del puerto diciéndome adiós con un pañuelo que alguna vez fue blanco.
Soy uno de los casi tres mil niños de la guerra que salieron embarcados rumbo a Rusia.
Me trataron bien, sobre todo al principio, ropa limpia, comida, y de vez en cuando un abrazo por las personas encargadas de cuidarnos.
Luego fue peor, los nazis invadieron Rusia y de nuevo nos trasladaron, está vez en un antiguo tren, que andaba a golpes de un oscuro humo que nos ponía la cara y la camisa negra, pareciendo mayores de lo que éramos.
Ahí ya empezó a escasear un poco la comida, y el tiempo era peor, mucho frío que demostraba la escasez de leña.
A mí me daba igual, yo lloraba cuando todo iba bien y cuando iba mal seguía llorando. Yo quería volver a Gijón, con mi madre, y con esa esperanza pasó un año, y otro, y otro. Franco había ganado la guerra en España y no podíamos volver, o eso nos decían.
Aprendí ruso con su cirílica escritura. Estudié una ingeniería, me casé y no tuve hijos, pero seguía pensando que mi meta era volver a España, a ese Gijón mío tan añorado.
Siempre lleve a gala ser español. No quise, como otros compañeros, convertirme en ruso, yo no era ruso aunque es mucho lo que les debo, pero yo quería volver a mí Cantábrico, a mí mar en esas playas donde en ocasiones, pocas, mi madre jugaba conmigo.
Mi mujer, mi compañera, falleció y ya me prometí volver, nada que me dijeran podía aferrarme a esa tierra, y volví.
Una España rara, donde me miraban como un ser extraño por haber estado,con los comunistas", donde nadie me dío trabajo, por rojo, por haber pasado casi toda mi vida en Rusia...peor, en la Unión Soviética.
Hice todos los trabajos esporádicos que me salieron, chapuzas los llamáis vosotros, y sumando eso a una pequeña ayuda estatal, fuí tirando, y una noche, imaginando estar frente a mí mar, a mí Cantábrico, pensé, mamá me voy contigo, cuando al empezar a andar escuché una melosa canción cantada en algo parecido al castellano pero que no lo era, y un vozarrón me gritó si quería una cerveza, que me invitaba.
Dije que no, pero el hombre vino, con un delantal a rayas negras y verdes, y poniéndome la mano en el hombro me dijo, "¿pa'que la prisa? Lo que vas a hacer lo puedes hacer más tarde. Tómate una cerveza conmigo, coño, y luego haz lo que quieras.
Y casi obligándome a andar me metió en esta taberna, la del Mono Rojo. Así conocí al Cipri, y me tomé una cerveza con él, y otra, y otra; durante muchos años he estado tomando una cerveza tras otra con el Cipri.
A veces le ayudaba limpiando la tasca, los servicios, o si había mucha gente quitaba los vidrios de las mesas, y el Cipri me pagaba siempre algo, no mucho, pero siempre me pagaba, aunque yo no lo habría cobrado nunca. Cipri me dió un motivo, una amistad de verdad. Nunca supe, porque nunca me lo dijo, como vió esa noche que quería terminar con todo, y así pasó este tiempo, hasta que un día pensé, "mamá, tendrás que esperar aún más".