ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO
LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

lunes, 11 de mayo de 2026

LA CARTA CLAVADA

Tarjetas postales, sueños,

fragmentos de la ternura,

proyectados en el cielo,

lanzados de sangre a sangre

y de deseo a deseo.

Aunque bajo la tierra

mi amante cuerpo esté,

escríbeme a la tierra

que yo te escribiré.

(Fragmento de un poema de mi amigo Miguel Hernández)



A Pepefel nunca se le dió bien escribir, pero aún así, un día escribió una carta sin dirección ni destinatario, y se la dió al Cipri que la clavó en la viga central, de madera, con un clavo largo de hierro una vez que la selló con una cera amarilla que caía de la combustión de una vela.

Pepefel escribió la carta a su pareja, que se embarcó rumbo a América para atender a su padre en sus últimos días. Volveré junto a tí, de lo contrario es que el barco naufragó y me ahogué, le prometió.

Nunca regresó, pero Pepefel nunca creyó que se hubiera ahogado, aunque el barco si naufragó y se hundió, según dijeron en la Taberna unos marineros. Entonces el escribió la carta que permanece desde entonces clavada en la viga, y hace ya casi treinta y dos años.

Nadie la ha leído, nadie sabe que dice, salvo su autor, que no habla sobre ello, aunque todos los días, al entrar al Mono Rojo, dirige una fugaz mirada a la viga comprobando que la carta continúa allí.

Un día de frío entró en la Taberna una chica joven, que dirigiéndose a Vega la preguntó si era esa la Taberna del Cipri, y antes de que la Niña de las Estrellas pudiera responderla, el Cipri, que llevaba cerca de un año inmerso en el mundo del no ser y sin hablar con nadie, se levantó y acercándose a la joven miró su cara, y le dijo a Vega, tiene los ojos de Pepefel.

El Cipri agarró el clavo que sujetaba la carta contra la viga de madera y tirando fuerte de él liberó a la misiva que entregó a la muchacha tirándola frente a ella en la barra. En ese momento la cera que la sellaba se desprendió y el Cipri la dijo, toma, es para tí, y volvió a su mesa, junto a la Maruxaina regresando a los mundos del no ser permaneciendo ya sin moverse, ni hablar y quizás ni oír.

A la tarde llegó al Mono Rojo Pepefel, que como siempre, miró hacia la viga poniéndose inmediatamente colorado como nunca lo habíamos visto, los ojos abiertos como planetas, la mueca contraída y con la boca cerrada con fuerza, desparramando la vista por toda la Taberna.

¿Y la carta? ¿ Quién cogió la carta? No está en la viga y ella tampoco está aquí, gritaba fuerte el parroquiano. 

Vega y Adiolinda fueron hacia él y sentándolo en una silla, le pidieron primeramente tranquilidad, la carta no desapareció, llegó a su destinatario, le dijeron. ¿A Irene? No la veo, ¿donde está Irene?

Aquí, yo soy Irene, dijo la muchacha a la que el Cipri entregó la carta, y he venido a encontrarte y conocerte.

No, tú no eres Irene, exclamó Pepefel, te das un aire pero eres muy joven, mi Irene tiene mi edad, tú no eres Irene.

Si, me llamo Irene, como mi madre, que partió desde aquí para ayudar en los últimos días de mi abuelo en América, y pese a la promesa que te hizo, no pudo regresar pues perdió todo en el naufragio de su barco y tuvo que trabajar duro para sacarme a mi adelante, como hizo y consiguió que a mí no me faltara nada más que una cosa, mi padre, que ahora espero recuperar al poder venir con la poca herencia de mi madre, que falleció haciéndome jurar que cumpliría por ella su promesa, y aquí estoy, papá, soy tu hija.

¿Pero como, tú madre marchó y nunca más la vi, como iba yo a ser tú padre? Preguntó alterado Pepefel.

Mi madre marchó a América embarazada, no te lo dijo porque nunca habrías permitido que fuera, pero toma, una carta de tu Irene, mi madre, donde te cuenta todo.

Por cierto, tú carta, papá, le pedía a mi madre que regresará, como fuera, viva, muerta, como fuera, pero que regresara, y ha regresado en mi, que soy su hija. Promesa cumplida.

Esa noche, en el espejo de asteroides, la cara de la Irene madre se asomaba sonriente mirando a Pepefel y a su hija, sentados a una mesa hablando con las manos cogidas.

Hay quien dice que el Mono Rojo sonreía también, y el Cipri murmuró unas palabras que nadie, salvo la Maruxaina entendió, "Las promesas en la Taberna se quedan para cumplir en la Taberna".

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