ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO
LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

martes, 28 de octubre de 2025

TESTIGOS

Cambia el pelaje la fiera
Cambia el cabello el anciano
Y así como todo cambia
Que yo cambie no es extraño
Cambia, todo cambia
Pero no cambia mi amor
Por más lejos que me encuentre
Ni el recuerdo ni el dolor
De mi pueblo y de mi gente

(Mercedes Sosa – Todo cambia)


Cuando estaba en parvulitos, lo que ahora llamarían, más pomposamente, “Educación Infantil”, nos hacían dormir la siesta. Si no dormíamos, al menos nos teníamos que quedar en silencio, con la cabeza apoyada sobre los brazos cruzados en la mesa. 
Uno de esos días de insomnio vespertino, observé mis manos y pensé que sólo podía saber mi edad física a través de ellas. Eran pequeñitas y regordetas, la piel tersa, las uñas mordidas y con restos de pinturas de colores. 
Hoy, muchos años después, las vuelvo a mirar. Son más grandes, más huesudas. Las venas se marcan, azules, bajo una piel que pierde elasticidad y gana arrugas. Hay alguna cicatriz blanquecina y la marca de una alianza que decoro el anular durante años. 
Pero yo no he cambiado. Son los mismos ojos los que miran. ¿Qué ha pasado entonces? Sólo el tiempo. 
Y me pregunto: ¿quién soy yo? ¿Las manos o la mirada? Tal vez ambas. Pero las manos pertenecen al mundo que pasa; la mirada, al que permanece.
La mente también viaja, crece, se pierde, se reinventa. Con los años aprende y olvida, se llena de voces y silencios. Puede confundirse, desvanecerse, romperse incluso. Si el pensamiento se apagara un día, ¿dejaría de ser yo?
No. Porque hay algo más hondo que no envejece, que no se disuelve con los recuerdos ni con las palabras. Algo que no necesita nombre, ni forma, ni memoria. Eso que tiembla, callado, en el fondo del pecho cuando todo lo demás se apaga.
El cuerpo pasa, la mente cambia, pero el espíritu permanece. Es la raíz invisible de quien fui, quien soy y quien seguiré siendo, más allá del tiempo.

(De Alguien, Fantasma del Pasado)

NORMAS

Cuando todos se vayan a otros planetas
yo quedaré en la ciudad abandonada
bebiendo un último vaso de cerveza,
y luego volveré al pueblo donde siempre regreso
como el borracho a la taberna
y el niño a cabalgar
en el balancín roto.
Y en el pueblo no tendré nada que hacer,
sino echarme luciérnagas a los bolsillos
o caminar a orillas de rieles oxidados
o sentarme en el roído mostrador de un almacén
para hablar con antiguos compañeros de escuela.

Como una araña que recorre
los mismos hilos de su red
caminaré sin prisa por las calles
invadidas de malezas
mirando los palomares
que se vienen abajo,
hasta llegar a mi casa
donde me encerraré a escuchar
discos de un cantante de 1930
sin cuidarme jamás de mirar
los caminos infinitos
trazados por los cohetes en el espacio.

(Poema de mi amigo Jorge Teillier)

Estaba todo reglado, todo calculado, medido. Cada cual conocía sus deberes, sus obligaciones. Derechos ninguno.
Faltar al sistema estaba castigado con la muerte, los soldados eran soldados, los obreros, obreros, los desocupados, parados eternos sin más cometido que el divertirse cuando les dejaban y con mucho cuidado por las penas de muerte. 
Las medidas, las justas. El orden, el establecido, férreo, cruel, desde hacía muchos siglos, sin evolución, siempre igual, la norma, la ley, el ordenamiento social, el estricto cumplimiento, la dictadura funcional y decretada en todo tiempo, pasado y futuro.
Paseando por las celdas vacías se dió cuenta de que no era nada, no era nadie, tan solo un número más a obedecer las normas obligadas y que ya nadie, salvo al parecer, ella, se cuestionaba y decidió rebelarse, no con actos guerrilleros ni violentos, que hubieran significado un suicidio, sino abandonando, marchándose desobedeciendo y quizás establecer con el tiempo una nueva comuna libre, donde la norma no fuera ley, solo consejo, donde la ambición y el deseo de cambiar de status no fuera delito condenado con la pena máxima. Donde un pueblo libre desarrollara una nueva, novísima existencia, y se fué.
Se marchó y viajó hasta encontrar una higuera, y una vez allí tomó posesión de un higo, donde fertilizó sus huevos entre las flores internas que sin tregua polinizó, y esperó la muerte cumplida ya su misión voluntariamente revolucionaria.
Su último pensamiento fue para la colmena, el sitio donde nació y creció.
Mientras, una sonrisa la dibujó el rostro al pensar que sus hijos nacerían y vivirían libres.

Han pasado dos años, del higo no queda nada, en su lugar celdas y más celdas de cera, legiones de obreras y soldados, una reina y unos cuantos zánganos reunidos en la entrada y de golpe, a una señal, los soldados y las obreras se tiraron sobre una que había incumplido las normas hasta darla muerte.
Lejos, en el suelo, sucio de humedad,un viejo cartel con el nombre de Colmena Libertad acompañaba en su abandono a una memoria rendida.
Podría decirse que las abejas no tienen memoria.

lunes, 27 de octubre de 2025

NO LO RECONOZCO

El viento del Otoño crepita frío entre los juncos secos,
envejecidos por el anochecer
aleteando, las cornejas vuelan desde el sauce, tierra adentro.

>Un viejo solitario se detiene un instante en una orilla,
siente el viento en sus cabellos, la noche y la nieve que se acercan,
desde la orilla en sombras mira la luz enfrente
donde entre nubes y lago la línea de la costa más lejana
todavía refulge en la cálida luz:
aúreo más allá, dichoso como el sueño y la poesía.

La mirada sostiene con firmeza en la fulgurante imagen,
piensa en la patria, recuerda sus buenos años,
ve palidecer el oro, lo ve extinguirse,
se vuelve y, lentamente, se dirige
tierra adentro desde aquel sauce.

(Del poema Esbozos, de mi amigo Hermann Hesse)


No le gustan los espejos, no reconoce a quien le mira fijo, interrogante, desde el otro lado del vidrio.
No sabe quién es, no lo ha visto nunca, ni en sueños. Solo ahí, por las mañanas a primera hora, imitando sus movimientos, y a lo largo del día cada vez que entra a luchar contra una próstata que, egoísta, no quiere dejar escapar ni una gota de lo bebido o ingerido.
No pregunta a los demás, familiares, amigos o conocidos sobre quién es el mimo que desde el otro lado le imita sea cual sea el movimiento o el gesto, ya no pregunta, desde que alguién, no recuerda quién, le contestó que "si no tú sabes quién es, no pidas que los demás lo sepamos", y desde entonces, nada, ni un comentario, ni una pregunta más, nada, como si ese arlequín sin traje a cuadros, no existiera.
Pero le pasa mucho también en otros aspectos, de hecho cree que debe vivir la vida de otro, porque él no se esforzó para que su existencia transcurriera así, rodeado de esa gente tan distinta a la que imaginó, viviendo en un lugar tan opuesto al anhelado desde joven, incluso hablando utilizando un lenguaje del que siempre huyó.
Le han robado la identidad, sus ilusiones, su lucha, pero "los otros" no saben que aún hay un lugar no invadido, donde se reconoce y se ve, donde la lucha continúa, en silencio, pero continúa. 
Un lugar desde el que aún prepara discursos motivadores para masas expectantes y decididas, como él, a conquistar el mundo.
Un lugar donde viven refugiados sus amores, en donde incluso hablan unos con otros, discuten y se reconcilian en su persona.
Un lugar en el que la resistencia aguanta y cada día renueva votos...
Hoy me he levantado y como cada día, lo primero, el cuarto de baño, te he visto y te he saludado. Ya se quién eres, esta noche por primera vez he soñado contigo, no con mi pasado, contigo, y he comprendido que, aún muy extrañado por no ser como ideaba, ese ser que me imita en el cristal, soy yo, finalmente derrotado por el viento de otoño que siempre gobernó el timón de mi vida, una vida diferente a la esperada, pero si, soy yo.

viernes, 24 de octubre de 2025

PEQUEÑO BROTE

¿Qué es un olivo?

Un olivo

es un viejo, viejo, viejo

y es un niño

con una rama en la frente

y colgado en la cintura

un saquito todo lleno

de aceitunas.

(De mi amigo Rafael Alberti)



Como dice mi amigo, el olivo es un niño, o fué un niño. Ahora, en el seco retorcer buscando ese agua que en secano no hay, es un viejo que además lo parece, y de vez en cuando un brote revoltoso, por el motivo que sea, no crece, permanece pequeño, con hojas verdes achinadas, pero no crece, quizás en un intento, como ella, de mantenerse en el pasado, refugiada en ese sentimiento que no acompañó su camino desolado y vacío que fue transformando su cuerpo que en solitario se desmarcó de la mente creciendo acorde a lo que la naturaleza impone.

Quizás fué un intento de no dejar que el tiempo destruyera los puentes que de joven, muy joven, se levantaron y por los que luego no cruzó nadie, salvo salteados periodos de llamadas de teléfono o de cartas sudadas de amor prohibido y negado.

Quizás el litio, o las salas de psiquiatría ayudaban a mantenerse en el silencio con el que se recluía en busca de pasados mejores que se negaba a abandonar.

Su cuerpo, con las cicatrices que el tiempo deja, crecía y se relajaba con la acumulación de edad, pero su mente, presa en una adolescencia en la que el amor era el único anhelo de vida, doblaba como extraña contorsionista y con grandes señales de años sufridos en lo considerado como abandono que no acompañaba al resto en el paso de los años.

Es adolescente en cuerpo de anciana, es brote en tronco viejo, es sufrimiento del que me culpo. Es una niña con un saquito de amor perdido.

Ella espera en su cuerpo viejo, yo...yo ya no.

PERENNE

Y la luna eras tú.
Una luna creciente, blanca, fría.
Mirabas hacia el mar y hacia las cosas
que no eran yo.
Y con cuánto silencio te gritaba
-creciente, blanco, frío yo también-:
«Mírame, mírame,
ay, mírame mirarte...»

(De mi amigo Antonio Gala)

A veces, mirando las desgastadas vigas, grandes, gordas, de madera del techo de la taberna, viene hasta mi la techumbre medio caída de la vieja estación del pueblo bajo la que tuve momentos primerizos de amor ilusionado y en otros ratillos extraños, ensoñaciones de sentidos alterados por la soledad acompañada del tenue reflejo de la luna creciente, que como hoy, parece que guarda, tímida, sin atreverse, el respeto hacia esos sentimientos de necesidad del descuadre de enfrente que, por lo que fuera, hoy no vino.
Qué compañera la luna, a media luz o de luz entera de luna llena de pasiones y mariposas revoloteando en torno a una mente atormentada necesitando de tu adolescente compañía abrazada a mí recién estrenada juventud de entonces.
La madera y la luna, o una luna de maderas hecha que, en porciones o entera, siempre, siempre, compañera recortada en las noches de mi vida desde que puedo acordarme, lo que ya es mucho acumulado en esta larga travesía llena de anhelos y esperanzas que fueron perdiendo las hojas al llegar el otoño del tiempo.
Siempre en lo alto la luna, como permanece la techumbre del recinto abandonado del ferrocarril o las gordas y grandes vigas de está taberna, perennes como las agujas del tronco del que provienen.
Luna, gracias.

miércoles, 22 de octubre de 2025

UNA MESA EN EL CANTÁBRICO

¡Ay voz secreta del amor oscuro!
¡ay balido sin lanas! ¡ay herida!
¡ay aguja de hiel, camelia hundida!
¡ay corriente sin mar, ciudad sin muro!

¡Ay noche inmensa de perfil seguro,
montaña celestial de angustia erguida!
¡Ay perro en corazón, voz perseguida,
silencio sin confín, lirio maduro!

Huye de mí, caliente voz de hielo,
no me quieras perder en la maleza
donde sin fruto gimen carne y cielo.

¡Dejo el duro marfil de mi cabeza,
apiádate de mí, rompe mi duelo!
¡que soy amor, que soy naturaleza!

(De mi amigo, Federico García Lorca)


Observando la agilidad de los jóvenes clientes que ahora visitan asiduamente la taberna, y fijándome en una de ellas sentada con los pies en alto en una de las arcadas que adornan la pared del local, mi mente viaja al norte de España, y el ruido rítmico del mar acariciando repetitivamente las arenas de la orilla llega hasta mi eliminando todo rastro de esas indigestas bachatas que pone en el equipo Adiolinda.
Hasta el olor a mar llega a mí, y mi cuerpo siente el frescor húmedo de la noche en el balcón de las blancas balaustradas que lo conforman al tiempo que una risa fresca, libre, espontánea, rivaliza rompiendo el dominio del susurro del Cantábrico finalizando viaje en la playa y el silencio estable de la noche.
Mi mente está en este momento frente a la Concha, oliendo, sintiendo, disfrutando de la oscuridad parcial del paseo alternando con las luces casi naranjas que forman parte del cuadro del que soy partícipe acelerando el corazón por el recuerdo del perfume que me invade y ante el que me rindo, más la imagen de su postura acrobática sobre la altura del edificio en el límite de la balconada.
Es la taberna la que remueve recuerdos dormidos, olvidados, recuerdos que traen sensaciones del pasado que ponen nombre y cara al fantasma que aguardaba en la frontera del ha sido a qué algo lo trajera de vuelta a mis silencios.
La mesa hoy me huele a San Sebastián, a mar, a frescura, a compañía deseada, a sentirme bien, a risa única, a tí. Y cierro los ojos y disfruto de la total invasión, aceptada desde el pasado, de mi presente y te echo de menos mientras apuro mi jarra y me pido un calimocho con el que me pierdo entre brumas de recuerdos que me abrazan y me acompañan,
Nos vemos.

martes, 21 de octubre de 2025

RETORNO

Por teu livre pensamento
Foram-te longe encerrar
Por teu livre pensamento
Foram-te longe encerrar
Tão longe que o meu lamento
Não te consegue alcançar
E apenas ouves o vento
E apenas ouves o mar
Levaram-te ao meio da noite
A treva tudo cobria
Levaram-te ao meio da noite
A treva tudo cobria
Foi de noite, numa noite
De todas a mais sombria
Foi de noite, foi de noite
E nunca mais se fez dia
Ai, dessa noite o veneno
Persiste em me envenenar
Ai, dessa noite o veneno
Persiste em me envenenar
Oiço apenas o silêncio
Que ficou em teu lugar
Ao menos ouves o vento
Ao menos ouves o mar
Ao menos ouves o vento
Ao menos ouves o mar

(Abandono do Fado de Peniche)


Escucha, bonita, pon este USB en el equipo de música, hazme el favor, y no lo quites suene lo que suene, es solo una canción, le dije a Adiolinda mientras me sentaba junto al Cipri en su mesa, ensimismado en sus laberintos, sin saber en qué lugar estaba y sin dirigirme ni una mirada, serio, como dormido, totalmente quieto.
Mientras daba un primer trago a la cerveza, empezó la melancólica música preludio del fado que vendría después, y con sorpresa observo como el Cipri, abriendo mucho los ojos apoya sus manos en la mesa y con cierto son mueve los dedos y mira alrededor. Se levanta y sale andando rápidamente hacia la barra, cogiendo un delantal de rayas horizontales negras y verdes y agarrando un trapo húmedo empieza a limpiar el viejo mostrador mientras indica a la muchacha que salga fuera que de la barra se encarga él.
Mientras, la voz de Amalia Rodrígues suena como un lamento al cantar las estrofas del fado de Peniche.
El Cipri tira cerveza apoyado en el grifo surtidor y rellena unas jarras destinadas a Dios sabe quién, para acto seguido apuntar, en pesetas, con la tiza en la madera, el importe de lo servido.
El Cipri ha regresado de donde estuviera, sonríe mientras continúa restregando la balleta contra el mostrador al tiempo que, Adiolinda, asombrada, de pie junto a mí, le mira extrañada y sin entender la extraña reacción del Cipri.
- Pero, que le ocurre, nunca le vi así, exclama descolocada mientras Amalia empieza con el final de la canción,
El Cipri se ha apagado con la última nota musical, ya no limpia el mostrador. El grifo de cerveza permanece abierto dejando caer un chorro dorado sin que nadie lo pare y mientras la espuma rebosa el contenedor, sus brazos caen a lo largo del cuerpo mientras empieza a encorvarse lentamente.
Paso al interior de la barra y agarrándole de un brazo lo llevo, sin resistencia alguna hasta la mesa y le siento suavemente en la silla.
Mientras tomo asiento en la mía, escucho un susurro profundo y tenue que sale de la garganta de mi querido amigo, ao menos ouves o vento, ao menos ouves o mar.

El poder de lo vivido, de los recuerdos que parecen perdidos pero que se mantienen almacenados en ese alma desconcertada del Cipri, le han sacado de su letargo y bien creo que, por el frenesí de la continua tirada de cerveza, el Cipri estaba años atrás y acompañado de toda la legión de fantasmas en su taberna cuando acogía a todo espíritu perdido y con tristezas varias que no hacía falta contar valiendo solo el calor que desprendíamos tanto poeta del mundo más descastado de la ciudad que hacíamos parada en el anticuado local.
Hoy, la voz de Amalia Rodrígues ha sido la conductora ferroviaria de un tren al pasado con todos los vagones llenos, y el Cipri lo ha sentido antes de volver a sus mundos escondidos con sus silencios.
Me alegro, viejo amigo.