Kyrie eleison
Kyrie eleison
Christe eleison
Christe eleison
Nadie supo quién lo llevó hasta la puerta del Mono Rojo, pero ahí estaba una mañana en la que Adiolinda llegó hasta la Taberna para abrir sus puertas. Era un viejo piano de cola, negro aunque el polvo que acumulaba le hacía parecer gris y con un teclado amarillento, de ese color que solo el marfil auténtico adoptaba con el tiempo.
Adiolinda tuvo que esperar a que llegara algún parroquiano al local para que la ayudaran a meter el enorme instrumento musical dentro de la Taberna.
A eso del mediodía llegó Vega, que asombrada por el presente limpió primero el piano para luego sentarse frente a él y empezar a tocar una composición aprendida hacía tiempo.
Las notas invadieron la sala emocionando a casi todos. Diego lloraba de emoción abrazado a la figura del Mono Rojo, mientras Pedro disimulaba pasándose la mano como peinando un flequillo casi inexistente.
Las velas que había sobre las mesas se encendieron solas mientras las lámparas apagaron sus bombillas, dejando al Mono Rojo a media luz. (Luego nos enteramos que las luces las apagó la Maruxaina al ver cómo las velas se prendieron sin ayuda de nadie).
El ambiente del local era íntimo, muy íntimo, cuando de golpe una voz casi de niña empezó a entonar el "Missa de Angelis, Kirie" que ya abrió los lagrimales de todos los que en la Taberna se encontraban, mientras el tono de Teresa, que era la dueña de esa especial voz, aprendida la melodía en su tiempo en el convento que se adueñaba de los corazones trasladándolos a esa tierra normanda donde se creó la canción, en el siglo XV antes de que el rito romano la adoptara con el nombre que tanto Teresa cómo Vega la conocían. La emoción que embargó a todos no respetó ni al Cipri, que comenzó a mover las manos y balancearse suavemente de lado a lado con los ojos cerrados por los que se escapaban pequeñas lágrimas.
Teresa había llegado hasta el piano, y la cocinera, la antigua hermana de clausura, no pudo reprimir el impulso de abrazarse a la espalda de Vega mientras ésta tocaba y sin dejar de cantar darla unas silenciosas gracias por haber escogido precisamente esta melodía que sabía que Teresa iba a reconocer cómo para ella.
Pepefel permanecía sentado en su silla, con las manos cogidas en el pecho, como si rezará y manteniendo la cabeza baja, sin abrir los ojos, aunque algún puchero de su boca delatara que lloraba
Mientras, Adiolinda limpiaba la barra con una bayeta naranja disimulando que los ojos la sudaban y la Maruxaina acariciaba suavemente la espalda a un Cipri poseído por la música y la voz de Teresa.
Vega, sonreía.

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