ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO
LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

lunes, 29 de diciembre de 2025

CUANDO EL MACUTO PESA

Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar.

(Poema de mi amigo Antonio Machado)



Termina otro año, uno más para el morral, ya lleno de primaveras y experiencias. La mochila con las costuras estiradas, a punto de reventar del peso soportado.
Miro hacia atrás y pierdo la vista del camino. Lejos la salida si volviendo la cabeza observo la cercanía de ese letrero que anuncia la llegada, la meta al final del mismo.
Ya no importan las nieves en la barba, ni las cenizas en el pelo, ni la creciente extensión de la ausencia de cabellos, caídos igual que los días, los meses, los años. Como queráis denominarlas.
Ya no es consuelo que el tipo raro del espejo me jure y perjure que soy yo, el chaval que se comería al mundo pendiente de descubrir a base de aventuras y vivencias con el único propósito de cumplir con lo que en sus sueños se prometía.
Veo en la longitud de la vereda recorrida cada tramo en el que descansé de los pesos recogidos, cada cruz que porté voluntariamente y que fueron doblegando las fuerzas iniciales mientras en mi interior me revolvía contra la realidad que dura, golpeaba sin cesar el alma de este trovador de su propia vida, juglar en la taberna donde actualmente escribe en la soledad acompañada de una jarra de cerveza en la quietud de una mesa antigua de madera labrada a punta de navajas con fechas e iniciales y algún corazón dividido por dos letras en mayúsculas.
Cansado, recorriendo lo que queda de sendero con las piernas agonizantes, encharcadas de sangre amontonada, coloreadas como media de cardenal, moradas de penitencia.
Queda poco, pero se hace largo, como si la distancia no tuviera que ver con el tiempo, que verdad debe de ser al notar que la vida transcurrió más deprisa que las zancadas de Ulises camino de Ítaca, para llegar a este punto, de reflexión en paz, tranquilo, pero exhausto, penoso, quizás harto, pero nunca rendido. Se lo debo al joven que en algún momento fuí y que permanece oculto en los edificios de mi mente, saliendo como entonces, solo en sueños.

BORRACHERA DE RECUERDOS

Y así pasó: Mi frente adormecida
volvióse luego roja;
y trocóse el albor de mi alegría,
flor que, seca, se arroja

Calló la voz de melodía tanta
y la dicha durmió;
y al nuevo resplandor que se levanta
lo pasado murió.

Hoy sólo el llanto a mis dolores queda,
sueños de amor de corazón, dormid:
¡Dicha sin fin que a mi existir se niegan
gloria y placer y venturanza huid!

(Fragmento del poema Un Recuerdo, de mi amiga Rosalía de Castro).





En ocasiones, caminando borracho de recuerdos por el sendero de lo vivido, y cuando sobrepasado por la embriaguez intensa de los mismos me refugio en el telar en el que en mi mente laboro trenzando ropajes de sonetos y poesías con los que cubriros de retales de prosa poética surgidos directamente de sentimientos perdidos en la lejanía de los años y que amontono en el almacén de mi memoria, cada vez más reducido por el paso de los tiempos, con los que os visto acorde a vuestra belleza y encanto por magias heterogéneas procedentes de principios humanos de cavernas, me quedo luego agotado por resacas varias que me retienen sin dejarme abandonar para volver al presente.
Depende mucho de la cosecha de la evocación que la vehemencia y apasionamiento me enturbie los sentidos de manera tal que más parece haber rejuvenecido en traslados al pretérito en los que hasta los olores y sabores parecen reales en vez de reminiscentes toques de historia personal vivida.
El caso es que la marea producida por esas vivencias nunca olvidadas pero ya vividas y perdidas salvo para mí evocación del ayer, deja como resultado la alteración del corazón junto a la conciencia actual, intoxicada por exceso de consumo de andanzas fuera de calendarios del presente.
Pero me gusta ese estado modificado y trastocado porque luego sueño dormido y si hay alguien cercano, me cuenta que incluso hablo y sonrío.

domingo, 28 de diciembre de 2025

LA MESA DE LA AMISTAD

...Pero callad.

Quiero deciros algo.

Sólo quiero deciros que estamos todos juntos.

A veces, al hablar, alguno olvida

su brazo sobre el mío,

y yo aunque esté callado doy las gracias,

porque hay paz en los cuerpos y en nosotros.

Quiero deciros cómo trajimos

nuestras vidas aquí, para contarlas.

Largamente, los unos con los otros

en el rincón hablamos, tantos meses!

que nos sabemos bien, y en el recuerdo

el júbilo es igual a la tristeza.

Para nosotros el dolor es tierno.

Ay el tiempo! Ya todo se comprende...

(Fragmento de un poema de mi amigo Jaime Gil de Viedma)



Se le ocurrió al excomisario un día de esos, de frío intenso, en el que vió sentado a una mesa al poeta incomprendido con una chaquetita de pana amarilla y un jersey de cuello vuelto morado, moqueando y tomando carajillos para entrar en calor.
Fué a su casa y cuando volvió lo hizo con un abrigo, usado pero en buenas condiciones todavía, que colgó de uno de los brazos del árbol con una nota que decía, "abrigo en buenas condiciones, gratis para el que lo necesite. Que lo coja y en paz".
Adiolinda, que vió la acción y leyó la nota, sin decirle quien fue el donante le dijo al poeta lo del abrigo, y a los pocos segundos, el infeliz juglar se protegía del frío con la prenda que cogió del árbol.
A los dos días, del mismo brazo colgaba una percha con unos vaqueros y una nota que decía, " ya no me entran. Para el que le valga, gratis, que lo use".
Al poco, los tejanos habían desaparecido.
Antes de acabar la semana, aparecieron colgadas dos perchas, una con dos camisas de manga larga y otra con una gabardina. Las dos con notita explicativa. Y desaparecieron también.
Otro día colgaba sujeto con una pinza un paquete de pan de sándwich familiar con una nota, " vendían una oferta de dos paquetes y yo solo necesito uno"
La misma tarde del pan, una explicación pegada con celo anunciaba que la afeitadora la había cambiado por otra, pero que está funcionaba muy bien, para quien la necesitara.
Un bote grande de Colacao les acompañaba por si hacía el apaño a alguien.
Todo desapareció cogido por parroquianos del Mono Rojo, y uno de ellos dejó la nota vuelta del revés con un GRACIAS, LO NECESITABA, grande y con letra temblorosa.
Viendo lo que ocurría, la camarera venezolana corrió el árbol a un rincón del fondo y pegada a él empujó una mesa contra la pared con un folio que dejaba leer, mesa de la amistadñ. Si necesitas algo, lo coges y en paz.
Al poco, sobre la mesa, una caja de bolígrafos Bic, de esos que llamaban de cristal y de tinta negra. Un paquete de pilas medianas, una bolsa de magdalenas, tres pares de calcetines, un paquete de compresas, unos rollos de papel higiénico, un bote de detergente y una guitarra vieja pero como nueva.
Del brazo del árbol colgaba una chaqueta a cuadros y un jersey.
Los necesitados cogían lo que precisaban, y el que podía, dejaba algo que otro podría aprovechar.
La mesa del amigo, la llamaban.
Nunca faltaron cosas y objetos sobre la mesa, y curioso, el trato entre nosotros se suavizó, las discusiones sin sentido y las peleas, desaparecieron y la sonrisa en la cara se convirtió en normalidad en la Taberna del Mono Rojo.
Los lazos se iban estrechando.
Por cierto, bonita bufanda llevo, ¿Verdad? No siempre fué mía.

miércoles, 17 de diciembre de 2025

DE INQUISIDORES

Pero tú, sacra encina del celta,
y tú, roble de ramas añosas,
sois más bellos con vuestro follaje
que si mayo las cumbres festona
salpicadas de fresco rocío
donde quiebra sus rayos la aurora,
y convierte los sotos profundos
en mansión de gloria.

Más tarde, en otoño,
cuando caen marchitas tus hojas,
¡oh roble!, y con ellas
generoso los musgos alfombras,
¡qué hermoso está el campo;
la selva, qué hermosa!

(Fragmento del poema Los Robles, de mi amiga Rosalía de Castro)



En estos días fríos de diciembre, cuando según llegábamos a la taberna nos sentábamos juntos algunos habituales, cerca de la chasca que siempre permanecía encendida en este tiempo, era raro el que nadie hablara a los demás, que guardaban silencio y escuchaban lo que algún parroquiano explicara.

Yo quise hoy contarles algo de la magia del lugar y de donde viene. Para ello no me importó encerrarme durante horas en el registro municipal en busca de algún dato o alguna historia con la que distraer a los colegas del Mono Rojo, y comencé poniéndoles en situación:
Hace más de trescientos años, hacía 1690, la primera Taberna del Mono Rojo era apenas una posada de madera enclavada en la loma que dominaba al grupo de viviendas, chabolas muchas de ellas, que formaban la pequeña comunidad vecinal.
 Cuando la Inquisición llegó a la región, enviada por varias denuncias de brujería contra unas mujeres asustadas y presas desde entonces, la taberna se convirtió en el escenario de un auto de fé improvisado: bajo la luz temblorosa de las velas y las luminarias, los inquisidores juzgaron a tres mujeres acusadas de brujería. El veredicto fue rápido, apoyado por declaraciones falsas forzadas por la dura tortura que rompía la resistencia de las investigadas, que eran capaces de acusarse de hechos nunca pensados por ellas y mucho menos llevados a cabo por su mano, pero antes de que la sentencia se ejecutara, el mono rojo, un pequeño cachorro de mono traído en algunos de los viajes que con América España mantenía, que vivía en el techo, saltó al altar, robó la cruz de hierro y la lanzó al fuego, provocando una chispa que, prendiendo en la celulosa, hizo que el pergamino de la sentencia se incendiara. 
Los presentes  en el acto de fé, entre el humo y la confusión, interpretaron el acto como el de  una señal divina, y las condenadas como brujas fueron liberadas, quedando para siempre la taberna señalada como el lugar donde el Mono Rojo salvó la vida a tres inocentes mujeres, injustamente denunciadas por la envidia y el egoísmo de algunos.
Hay ocasiones que, en el aniversario de esos hechos ya contados, una pequeña lluvia de hojas de roble, presente del pasado, cae en el interior de la taberna, despertando la amplitud de pensamiento a todo aquel que recoge una hoja del carballo o roble.

martes, 16 de diciembre de 2025

PEPEFEL



Y el mar fue y le dio un nombre
y un apellido el viento
y las nubes un cuerpo
y un alma el fuego.

La tierra, nada.

Ese reino movible,
colgado de las águilas,
no la conoce.

Nunca escribió su sombra
la figura de un hombre.

(Poema de mi amigo, Rafael Alberti)


Llevaba todo el día lloviendo. El olor a serrín húmedo invadía la taberna que se encontraba en aforo más que completo, y los parroquianos de siempre, los habituales, nos apretábamos en un par de mesas juntas cerca de la chasca con los maderos de encina ardiendo.
Todos sabíamos que era cuestión de tiempo el que alguno empezará a hablar contando alguna historia, inventada o no, pero propia de quien la narrara.
Para sorpresa nuestra comenzó a hablar Pepefel, un tipo que llevaba tres o cuatro meses por la taberna y que a base de no faltar ningún día se había hecho habitual.
Yo era un guaje, comenzó diciendo, de un pequeño concello gallego, en el que la naturaleza, caprichosa en esa tierra, me dotó, unos decían que con un don y otros que con el diablo. Era un sitio donde los extremos se dan mucho, por ejemplo, allí se podían dar unos pequeños pimientos, rabiosos como el fuego desatado en el bosque y otros, dulces y melosos como besos de abuela.
Yo, para unos un don, para otros el diablo, ya lo dije antes.
Tengo que deciros que el cura, el señor párroco, no me dejaba entrar siempre en la iglesia, y cuando lo hacía tenía mucho cuidado con el púlpito, que era donde yo me subía siempre al ser mi lugar favorito desde el que imitar al irritado sacerdote.
Ese día lo volví a hacer, y mi padre discutió con el curilla, que era así como lo llamaba, por culpa mía. Estaba yo algo nervioso por las broncas, y mi padre, al notarlo, me sacó de allí y llevóme al lado del mar para ver si así me tranquilizaba.
Al llegar a la playa, nos extrañó mucho el que el mar era como un espejo, ni una ola, ni un movimiento de algas, ni una gaviota, nada, todo quieto.
Mi padre, entrando en un pequeño bareto de tablas y uralita preguntando que pasaba atrajo la atención de una vieja vestida completamente de negro, con velo y faldas hasta el suelo que nos dijo, el Viento del Norte se ha quedado enganchado durante una tormenta, arriba, en la montaña.
Escuchar yo eso y salir corriendo hacia la cumbre, continuó diciendo Pepefel, fue todo uno y subí, gateé, trepé, me caí y me levanté mil veces hasta que lo ví, atrapada su poderosa cola en una grieta de la montaña.
Con la ayuda de una rama fuí haciendo hueco y finalmente, entre mis mañas y su fuerza, en cuanto quedó libre salió disparado llevándose consigo una gran nube de hojas y llegando a la playa, levantó olas de seis metros.
Desde entonces, cada vez que el viento levanta la arena y crea murallas de agua marina mientras los árboles bajan la cabeza doblando el tronco, la gente de allí, persignándose, exclama, es el viento de Pepefel que viene buscándole.
Fuera, en la calle, seguía lloviendo.

lunes, 15 de diciembre de 2025

INSOMNIO

   Si por un instante Dios se olvidara de que soy una marioneta de trapo y me regalara un trozo de vida, posiblemente no diría todo lo que pienso, pero en definitiva pensaría todo lo que digo.

     Daría valor a las cosas, no por lo que valen, sino por lo que significan. Dormiría poco, soñaría más, entiendo que por cada minuto que cerramos los ojos, perdemos sesenta segundos de luz.

     Andaría cuando los demás se detienen, Despertaría cuando los demás duermen. Escucharía cuando los demás hablan, y cómo disfrutaría de un buen helado de chocolate.

(Fragmento del poema La Marioneta, de Johnny Welch, aunque atribuido, falsamente, a García Marquez)



El reloj marca las cuatro y cuarto de la madrugada. No puedo dormir. Otra noche más en la que la mente no descansa y me obliga a levantarme, cansado de estar tumbado y doloridas las piernas por la incómoda postura a la que me obliga la forma grotesca de mi cuerpo.
Me visto y salgo a la calle. Sin darme cuenta llegó a la puerta de la Taberna del Mono Rojo. Cerrada, como no podía ser de otro modo a estas horas, pero recordé el secreto del Cipri para los insomnes, un poyete de hormigón cubierto en la parte superior por unas baldosas y que permitía sentarse a descansar un poco si, como ahora, el parroquiano se encontraba cerrada la tasca.
Al lado dormía una argolla, una anilla grande, para encadenar bicicletas, y el Cipri me confió que girando la argolla en el sentido contrario a las agujas del reloj, permitía que la baldosa donde reposaba la anilla, se pudiera extraer y en el pequeño hueco interior construido en la la pared, siempre había dos latas de cerveza para aliviar el tiempo que el visitante permaneciera sentado en el poyete, a la entrada de la taberna.
En verano no se dejaban las cervezas, por cuestiones de temperatura, pero en invierno, con la bajada de las mismas, estaba asegurada la perfecta para poder tomar una cerveza fría, casi helada, y eso hice, abriendo una de las dos latas.
No pasaba nadie por la calle, y pensé en mi soledad y las vueltas que se tuvieron que dar para terminar así. 
Quizás fue el karma, como me dice mi amigo Pepefel, o quizás no, quizás fuera ese guionista que desde lo alto maneja nuestros presentes jugando con los personajes que nos rodean, en un entretenido rol en el que aparecen y desaparecen por un tiempo de nuestras vidas y en el que todo está conectado, o lo parece.
Pero es triste el saber que personas que te importan, o al menos te importaron, y a las que tú también provocas un interés y aún significas algo, en este momento de desvelo intenso y solitario ellas están seguramente, dormidas en sus respectivas camas y ajenas a la situación en la que me muevo.
También he pensado a veces si mi papel en la taberna no es otro, al escribir los hechos ocurridos en la misma, que la de ese personaje desconocido, el guionista del universo, y los parroquianos se mueven y viven de acuerdo a como yo les detallo y escribo.
Si ésto fuera así, creo que posiblemente mis personajes, porque en ese momento pasarían a ser mis personajes, se rebelarían contra mi, déspota fabulador de encrucijadas y situaciones complicadas en las que se ven involucrados por mi pluma al escribir.
¿Seré un solitario castigado por el karma, o seré un ser de fuera, etéreo y en un estatus incomprensible para la mente humana, dedicado a crear mundos irreales en los que las personas son elementos de la narración en la que mi propia existencia no es más que una licencia de escritor para evitar sospecha de mi presencia casi mágica y sobrenatural desde la que me convierto en regidor de vidas e ilusiones?
Pobres parroquianos, esclavos de mis pensamientos y elucubraciones, de las ideas que para ellos crea mi mente sin dejarles tan siquiera la opción de negarse enfrentándose conmigo al desconocer mi existencia fuera de mi papel del Forastero Quizás.
Y si eso fuera así, terrible castigo el mío del que solo podría liberarme asesinando a todos mis personajes ideando alguna epidemia, accidente o atentado, cosas que no puedo fácilmente hacer al haber construido con la mayoría una amistad cercana a algo familiar que me une a ellos.


Espero que ande equivocado y no sea así la realidad de lo que sería una taberna literaria en la que no podría vivir sabiendo eso.
Me he tomado ya las dos latas vuelvo a cerrar la argolla dejando de nuevo las cervezas en su interior, pero está vez vacías, y levantándo mi cuerpo del poyete y de la chaqueta el cuello, con las manos en los bolsillos emprendo el camino de vuelta a casa pensando en lo que os he comentado.
Espero poder dormir algo

domingo, 14 de diciembre de 2025

EL MATEMÁTICO

Cuéntame tú qué te han hecho
el nueve, el cinco y el cuatro
para que los quieras tanto;
anda pronto, cuéntame.
Dime ese tres que parece
los senos de cualquier foca;
dime, ¿de quién se enamora
ese tonto que es el tres?
Ese pato que es el dos,
está navegando siempre;
pero a mí me gusta el siete,
porque es un roto en la vida,
y como estoy descosida,
le digo a lo triste: Vete.
Cuéntame el cuento y muy lenta,
que aunque aborrezco el guarismo,
espero gozar lo mismo
si eres tú quien me lo cuenta.

(Poema de mi amiga Gloria Fuertes)



Allí estaba, en la última mesa, siempre con su libreta llena de números, hasta en las tapas.
Así se pasaba el día, observando y anotando todo, las jarras que ponía Adiolinda, las que cobraba y a las que invitaba. Las que se caían y las que se perdían por la espuma en exceso al terminarse el barril, así como las que se escapaban por el sumidero del grifo al empezarlo de nuevo.
Apuntaba las veces que se abría la puerta y el número de parroquianos que se encontraban en un momento dado en el interior de la taberna.
Tomaba nota de quien iba al servicio, del tiempo que tardaba y si salía con las manos mojadas o secándose con una toallita de papel.
Calculaba, sabiendo la fecha de mi cumpleaños, lo que me quedaba por vivir usando unas tablas de probabilidades que solo conocía él y que calculaba mientras en sus ojos calzaba una gruesas gafas de concha desde las que, levantando la vista, observaba todo lo que le interesara por encima de la ancha y oscura montura.
De esa manera nos enteramos de que la taberna perdía dinero vendiendo cerveza, sumando los gastos del sueldo de Adiolinda, la paguita que recibía el Guaje, el Niño de la Guerra, el dispendio en servilletas, detergente para el lavavajillas y el agua, la luz y la calefacción, nunca parada por el termostato al abrirse cada dos por tres la puerta, así como el exagerado gasto en serrín.
Así mismo nos enteramos, gracias a sus números y cuentas de que yo, no es que ya hubiera tenido que estar muerto, sino que según esa ciencia exacta de sus matemáticas, no había llegado a nacer, mientras busca soluciones en fórmulas complicadas algebraicas para explicar mi presencia en la taberna.
Según sus operaciones, el embalse del Atazar no era suficiente para abastecer el gasto desproporcionado del precioso líquido en la Taberna dada la continua utilización de los servicios por parte de los parroquianos.
Y así pasaba sus días, calculando todo, operando con sus números sobre su libreta, utilizando a veces servilletas si está ya estaba llena. Servilletas de las que llevaba la cuenta para luego ver a qué precio debería el Cipri vender sus jarras de cerveza.
Un mes de diciembre nos llegó a decir que el día 25 de diciembre que venía como tal en los calendarios, no era él veinticinco, sino el veintisiete, por unos cálculos que había hecho sumando y controlando unos segundos convertidos en minutos durante todo el año.
Era un espectáculo verle sumar, restar, dividir, multiplicar sobre todo, y no se le podía hablar, su concentración era casi vital pues un simple y sencillo error podía dar lugar a que realmente la luna se colocara a una distancia de más del triple del que se sabía.
En ocasiones no saludaba, solo te explicaba una fórmula que tú nunca utilizarías, pero te lo explicaba para luego razonarte la cantidad de tiempo perdido que acumulabas al año por conversaciones sin sentido.
Aún así, era agradable y a mí me apetecía invitarlo a una jarra de vez en cuando, jarra que apuntaba raudo en "las hojas de cervezas tomadas y no pagadas por mi".
Entrañable parroquiano matemático, de los de todos los días, apuntados en la libreta, claro.