Cuéntame un cuento de números
háblame del dos y el tres
—del ocho que es al revés
igual que yo del derecho—.
Cuéntame tú qué te han hecho
el nueve, el cinco y el cuatro
para que los quieras tanto;
anda pronto, cuéntame.
Dime ese tres que parece
los senos de cualquier foca;
dime, ¿de quién se enamora
ese tonto que es el tres?
Ese pato que es el dos,
está navegando siempre;
pero a mí me gusta el siete,
porque es un roto en la vida,
y como estoy descosida,
le digo a lo triste: Vete.
Cuéntame el cuento y muy lenta,
que aunque aborrezco el guarismo,
espero gozar lo mismo
si eres tú quien me lo cuenta.
(Poema de mi amiga Gloria Fuertes)
Así se pasaba el día, observando y anotando todo, las jarras que ponía Adiolinda, las que cobraba y a las que invitaba. Las que se caían y las que se perdían por la espuma en exceso al terminarse el barril, así como las que se escapaban por el sumidero del grifo al empezarlo de nuevo.
Apuntaba las veces que se abría la puerta y el número de parroquianos que se encontraban en un momento dado en el interior de la taberna.
Tomaba nota de quien iba al servicio, del tiempo que tardaba y si salía con las manos mojadas o secándose con una toallita de papel.
Calculaba, sabiendo la fecha de mi cumpleaños, lo que me quedaba por vivir usando unas tablas de probabilidades que solo conocía él y que calculaba mientras en sus ojos calzaba una gruesas gafas de concha desde las que, levantando la vista, observaba todo lo que le interesara por encima de la ancha y oscura montura.
De esa manera nos enteramos de que la taberna perdía dinero vendiendo cerveza, sumando los gastos del sueldo de Adiolinda, la paguita que recibía el Guaje, el Niño de la Guerra, el dispendio en servilletas, detergente para el lavavajillas y el agua, la luz y la calefacción, nunca parada por el termostato al abrirse cada dos por tres la puerta, así como el exagerado gasto en serrín.
Así mismo nos enteramos, gracias a sus números y cuentas de que yo, no es que ya hubiera tenido que estar muerto, sino que según esa ciencia exacta de sus matemáticas, no había llegado a nacer, mientras busca soluciones en fórmulas complicadas algebraicas para explicar mi presencia en la taberna.
Según sus operaciones, el embalse del Atazar no era suficiente para abastecer el gasto desproporcionado del precioso líquido en la Taberna dada la continua utilización de los servicios por parte de los parroquianos.
Y así pasaba sus días, calculando todo, operando con sus números sobre su libreta, utilizando a veces servilletas si está ya estaba llena. Servilletas de las que llevaba la cuenta para luego ver a qué precio debería el Cipri vender sus jarras de cerveza.
Un mes de diciembre nos llegó a decir que el día 25 de diciembre que venía como tal en los calendarios, no era él veinticinco, sino el veintisiete, por unos cálculos que había hecho sumando y controlando unos segundos convertidos en minutos durante todo el año.
Era un espectáculo verle sumar, restar, dividir, multiplicar sobre todo, y no se le podía hablar, su concentración era casi vital pues un simple y sencillo error podía dar lugar a que realmente la luna se colocara a una distancia de más del triple del que se sabía.
En ocasiones no saludaba, solo te explicaba una fórmula que tú nunca utilizarías, pero te lo explicaba para luego razonarte la cantidad de tiempo perdido que acumulabas al año por conversaciones sin sentido.
Aún así, era agradable y a mí me apetecía invitarlo a una jarra de vez en cuando, jarra que apuntaba raudo en "las hojas de cervezas tomadas y no pagadas por mi".
Entrañable parroquiano matemático, de los de todos los días, apuntados en la libreta, claro.
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