Y el mar fue y le dio un nombre
y un apellido el viento
y las nubes un cuerpo
y un alma el fuego.
La tierra, nada.
Ese reino movible,
colgado de las águilas,
no la conoce.
Nunca escribió su sombra
la figura de un hombre.
(Poema de mi amigo, Rafael Alberti)
Todos sabíamos que era cuestión de tiempo el que alguno empezará a hablar contando alguna historia, inventada o no, pero propia de quien la narrara.
Para sorpresa nuestra comenzó a hablar Pepefel, un tipo que llevaba tres o cuatro meses por la taberna y que a base de no faltar ningún día se había hecho habitual.
Yo era un guaje, comenzó diciendo, de un pequeño concello gallego, en el que la naturaleza, caprichosa en esa tierra, me dotó, unos decían que con un don y otros que con el diablo. Era un sitio donde los extremos se dan mucho, por ejemplo, allí se podían dar unos pequeños pimientos, rabiosos como el fuego desatado en el bosque y otros, dulces y melosos como besos de abuela.
Yo, para unos un don, para otros el diablo, ya lo dije antes.
Tengo que deciros que el cura, el señor párroco, no me dejaba entrar siempre en la iglesia, y cuando lo hacía tenía mucho cuidado con el púlpito, que era donde yo me subía siempre al ser mi lugar favorito desde el que imitar al irritado sacerdote.
Ese día lo volví a hacer, y mi padre discutió con el curilla, que era así como lo llamaba, por culpa mía. Estaba yo algo nervioso por las broncas, y mi padre, al notarlo, me sacó de allí y llevóme al lado del mar para ver si así me tranquilizaba.
Al llegar a la playa, nos extrañó mucho el que el mar era como un espejo, ni una ola, ni un movimiento de algas, ni una gaviota, nada, todo quieto.
Mi padre, entrando en un pequeño bareto de tablas y uralita preguntando que pasaba atrajo la atención de una vieja vestida completamente de negro, con velo y faldas hasta el suelo que nos dijo, el Viento del Norte se ha quedado enganchado durante una tormenta, arriba, en la montaña.
Escuchar yo eso y salir corriendo hacia la cumbre, continuó diciendo Pepefel, fue todo uno y subí, gateé, trepé, me caí y me levanté mil veces hasta que lo ví, atrapada su poderosa cola en una grieta de la montaña.
Con la ayuda de una rama fuí haciendo hueco y finalmente, entre mis mañas y su fuerza, en cuanto quedó libre salió disparado llevándose consigo una gran nube de hojas y llegando a la playa, levantó olas de seis metros.
Desde entonces, cada vez que el viento levanta la arena y crea murallas de agua marina mientras los árboles bajan la cabeza doblando el tronco, la gente de allí, persignándose, exclama, es el viento de Pepefel que viene buscándole.
Fuera, en la calle, seguía lloviendo.
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