Y así pasó: Mi frente adormecida
volvióse luego roja;
y trocóse el albor de mi alegría,
flor que, seca, se arroja
Calló la voz de melodía tanta
y la dicha durmió;
y al nuevo resplandor que se levanta
lo pasado murió.
Hoy sólo el llanto a mis dolores queda,
sueños de amor de corazón, dormid:
¡Dicha sin fin que a mi existir se niegan
gloria y placer y venturanza huid!
(Fragmento del poema Un Recuerdo, de mi amiga Rosalía de Castro).
Depende mucho de la cosecha de la evocación que la vehemencia y apasionamiento me enturbie los sentidos de manera tal que más parece haber rejuvenecido en traslados al pretérito en los que hasta los olores y sabores parecen reales en vez de reminiscentes toques de historia personal vivida.
El caso es que la marea producida por esas vivencias nunca olvidadas pero ya vividas y perdidas salvo para mí evocación del ayer, deja como resultado la alteración del corazón junto a la conciencia actual, intoxicada por exceso de consumo de andanzas fuera de calendarios del presente.
Pero me gusta ese estado modificado y trastocado porque luego sueño dormido y si hay alguien cercano, me cuenta que incluso hablo y sonrío.
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