ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO
LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

martes, 10 de febrero de 2026

EL CIRIO (O NO)





Me celebro y me canto a mí mismo.
Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti,
porque lo que yo tengo lo tienes tú
y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también.
Vago… e invito a vagar a mi alma.
Vago y me tumbo a mi antojo sobre la tierra
par ver cómo crece la hierba del estío.
Mi lengua y cada molécula de mi sangre nacieron aquí,
de esta tierra y de estos vientos.
Me engendraron padres que nacieron aquí,
de padres que engendraron otros padres que nacieron aquí,
de padres hijos de esta tierra y de estos vientos también.

(Fragmento inicial del poema "Canto a mí mismo", de mi amigo Walt Whitman).


Era alto, de complexión robusta, no grueso, fuerte, compacto, ni un bulto en su figura.
No recuerda quién encendió la llama en su alto, allí donde tímida asomaba la mecha que recorría internamente su esbelto cuerpo de cirio.
Pasaron los días, alguien se paraba a su lado. Con un capuchón de hojalata apagaban la llama. Dependiendo de la etnia a la que perteneciera el humano, apaga velas, matacandelas, apagador. Así llamaban al aparato que cogían para apagarlo.
Al tiempo , otra mano lo encendía de nuevo, mientras iba a veces pasando de mano en mano, vigilante altivo en el altar otras, pero siempre encima de la palmatoria en su base.
Conoció a mucha gente. Unas le gustaban mucho y ansiaba volver a verlas. A otras no quería verlas nunca.
Por alguna sintió algo especial, aunque nunca dijo nada, porque aunque tímido, él seguía presentándose garboso, elegante, aunque al paso de los días su estatura había decrecido un poco, casi nada, no se notaba.
Era más preocupante la acumulación de cera en la base, que había surgido casi sin darse cuenta, de un día para otro.
Continuaban pasando a su lado los más diversos personajes, cada cual con su lección aprendida para actuar en el mundo, y él, quieto, inmóvil, presumiendo de prestancia pese a que el bulto de su base continuaba creciendo y su estatura disminuyendo por el paso del tiempo encendido casi en su totalidad.
Una vez escuchó una conversación entre alguien importante y otro humano que decía: - Parece que le queda poco al cirio, habrá que ir pensando en cambiarlo.
Ahí tomó conciencia de cómo al correr de los días su estatura ya ni se parecía a la que tenía en su juventud, y el estilismo del que siempre presumió había desaparecido con ese volumen de cera acumulada de cintura para abajo. Ya ni la palmatoria le servía y habían buscado una bandeja mayor para ponerle encima y que su gordura no desbordase.
Ya no se lo pasaban nunca de mano en mano, ni le permitían su presencia en el altar, y un día, entristecido al pensar en lo que fue y en lo que ahora era, la llama empezó a titilar nerviosamente. Le dió miedo. Es el final, pensó, y al instante siguiente la llama dió su última y postrera centella para apagarse de repente.
En la bandeja, sobre la mesa auxiliar, un bulto ingente de cera en el que era imposible vislumbrar el cirio esbelto y altivo de tiempo atrás que ahora reposaba ya para siempre, feo y desgastado por la vida.

lunes, 9 de febrero de 2026

LA MEMORIA ANEGADA

Recuerdo en mi recuerdo
tus cabellos de niebla,
tus muslos transparentes,
tus pechos de agua fresca,
tu ombligo de nenúfar,
tu clítoris de yerba,
tu sexo de sonido
a molino violeta.

Hoy he vuelto a tu lado
y tu cuerpo de agua
tiene la piel reseca.
Tu cuerpo de aire azul
viste de arenas negras.
La sangre de tus peces
se muere en tus venas
y las algas se pudren
cubriendo tu cabeza.

Hoy he vuelto a tu lado
a besar tu tristeza.

(Poema de mi amigo Manuel Pacheco Conejo,  "Para besar la tristeza del Guadiana" )



Había estado lloviendo fuerte durante cuatro días. El asfalto que llevaba hasta la vieja estación ahora parecía un pequeño río de aguas bravas que golpeaba fuertemente contra los aliviaderos de las cunetas completamente anegadas por el agua y el barro que bajaba empujado por la corriente.
En uno de los tramos de la antigua carretera, atrapado entre unos sacos de tierra y el agua que le empujaba, el tronco del árbol, antaño notario caminero de tantas tardes y parejas, flotaba dando golpes contra su trampa en un intento de librarla y continuar su viaje donde el torrente quisiera llevarlo.
En el costado que daba al aire se veían corazones entrelazados unos, atravesados por flechas de Cupido otros, con iniciales unos cuantos y con fecha casi todos.
Cuántas manos grabaron su corteza mientras ojos enamorados seguían los trazos de la navaja que, como bisturí en mano de inexperto cirujano, dibujaba torpemente el contorno de unos sentimientos así expresados.
Cuántos dedos repasarían más tarde los trazos del corazón y las iniciales mientras alguna lágrima brotaba de un par de ojos bonitos al recordar tiempos perdidos y pasados en los que tan solo uno de la pareja se encontraba aún sintiendo por el amante ausente, por el que pudo ser y no fue, por el amor perdido.
Y ahora, ahí está, con su carga testimonial, con la memoria que conserva su corteza, empapada de agua y arrancado por los temporales del lugar más visitado por los enamorados de todo el pueblo.
Cuántas vueltas, cuerpo sobre cuerpo, bajo su copa en tardes de verano calurosas, en las que la calima y la compañía animaban a quitarse la ropa bajo su sombra.
Cuántas promesas sinceras en cuanto se dijeron y limitada su veracidad al final del verano y la vuelta a clase.
Cuántas manos enlazaron dedos compartiendo vibraciones y deseos únicos y especiales en esos momentos.
Y ahí, náufrago, rendido, muerto, ahogado, el testigo leal y silencioso de tantos sueños.
Quizás el agua se lleve ese libro vegetal anciano, repleto de signos, señales, vivencias.
Quizás sea el agua el que traiga la semilla de un nuevo notario que crezca en la cuneta, camino de la estación , quizás, pero ya no será nuestro amigo, nuestro testigo, nuestro árbol. Ese, querido nuestro, baja empujado por la corriente a Dios sabe dónde, y con él, flotando, nuestros recuerdos.
El tiempo corre.

domingo, 8 de febrero de 2026

EL NIDO DEL PAJARILLO

Sólo ha quedado en la rama
un poco de paja mustia
y, en la arboleda, la angustia
de un pájaro fiel que llama.
Cielo arriba y senda abajo,
no halla tregua a su dolor,
y se para en cada gajo
preguntando por su amor.
Ya remonta con su queja,
ya pía por el camino
donde deja en el espino
su blanda lana la oveja.
Pobre pájaro afligido
que sólo sabe cantar
y, cantando, llora el nido
que ya nunca ha de encontrar.

(Poema de mi amigo Leopoldo Lugones)


A la puerta de la taberna, en la parte derecha, sobre la acera, en el centro de un alcorque un árbol, ya con muchos años, permanecía impasible ante los hechos que a su alrededor ocurrían. Lo podaban todos los años y crecía ampliando su sombra en verano debido a su gran y cerrada copa.
En una de sus ramas, también hacía tiempo que un nido habitado por una familia de pájarillos nos animaba cuando veíamos a los polluelos crecer y asomarse por los bordes midiendo la distancia mientras movían sus alas entrenando un muy próximo vuelo de despedida por la marcha en busca de su propia vivienda y familia.
Muchas veces el Cipri esparcía las migas que recogía de las mesas al limpiarlas dentro del cajete en la acera y la pareja alada bajaba a por el alimento con el que se criaba la familia entera.
Estuvieron muchos años, hasta que un día la hembra apareció caída en la acera, sin moverse, y el macho, de pie, al lado suyo, tocándola con el pico en un intento de llamada.
Fue Alguien, el Fantasma del Pasado el que los encontró de tal manera, y con tristeza recogió a la pajarilla y la enterró haciendo un hoyo profundo en la tierra del alcorque e incluso rezó una oración por ella.
El machito voló hasta el nido que ya habían abandonado los polluelos y allí se quedó todo el tiempo. Ni emigró, ni se trasladó a otro nido, ni volvió a unirse a otra compañera.
Lo veíamos cuando alguna vez bajaba al pavimento a recoger algún trocito de pan que alguno de nosotros tirábamos para él, pero nunca volvió a piar ni a mostrarse tan alegre como antaño. 
Adelgazó mucho, y gran parte del tiempo lo pasaba asomado al borde del nido, apoyando el pecho y la cabeza en el límite del hogar donde muchas veces permanecía con los ojos cerrados sin mirar a ningún lado.
Otras veces se quedaba mirando otros nidos donde parejas de avecillas revoloteaban en escandalosas fiestas, y observaba al Cipri tirando las migas en su alrededor, pero él, impávido, ni se movía.
El poeta de la taberna nos dijo que ese animalillo sufría, que de ser poeta hubiera escrito tristes poemas a la soledad, a la marcha de la compañera y a la cruel realidad.
Es posible. Sí parecía que el pajarillo sufría su soledad, que no quería sobreponerse y vivía su tristeza asumiendo que se había quedado solo en el nido familiar.
Una mañana fría de febrero, al ir Adiolinda a abrir la taberna, se encontró en el alcorque, justo donde Alguien, el Fantasma del Pasado había cavado la tumba de la hembra, a nuestro pájarillo, con los ojos cerrados, muerto, y con una de sus patas extendida hacia la fosa y con los dedos cerrados.
Hay quien dijo que habían vuelto a encontrarse la pajarilla y su fiel compañero.

sábado, 7 de febrero de 2026

VOZ DE MONJA

Silencio de cal y mirto.
Malvas en las hierbas finas.
La monja borda alhelíes
sobre una tela pajiza.

Vuelan en la araña gris
siete pájaros del prisma.
La iglesia gruñe a lo lejos
como un oso panza arriba.

¡Qué bien borda! ¡Con qué gracia!
Sobre la tela pajiza
ella quisiera bordar
flores de su fantasía.

¡Qué girasol! ¡Qué magnolia
de lentejuelas y cintas!
¡Qué azafranes y qué lunas
en el mantel de la misa!

Cinco toronjas se endulzan
en la cercana cocina.
Las cinco llagas de Cristo
cortadas en Almería.

Por los ojos de la monja
galopan dos caballistas.
Un rumor último y sordo
le despega la camisa,

y al mirar nubes y montes
en las yertas lejanías,
se quiebra su corazón
de azúcar y yerbaluisa.

¡Oh, qué llanura empinada
con veinte soles arriba!
¡Qué ríos puestos de pie
vislumbra su fantasía!

Pero sigue con sus flores,
mientras que de pie, en la brisa,
la luz juega el ajedrez
alto de la celosía.

(Poema de mi amigo, Federico García Lorca)




En la taberna, Teresa, la cocinera, antigua monja, a veces mientras cocinaba y al resguardo de las paredes de la cocina, cantaba, y cantaba como solo una voz educada en un convento podía sonar haciendo que los parroquianos del Mono Rojo callaran y escucharan, algunos con los ojos cerrados y se dejaran transportar a otros mundos a través de la preciosa voz de Teresa.
Había clientes que iban cuando sabían que Teresa empezaba a cocinar y esperaban en la barra tomando algo a qué la voz de ángel, como alguno la llamaba, empezará a lanzar notas al aire.
Uno de estos clientes era don Pedro, mayor, casi un anciano pero bien conservado, elegante, vestido con ropa que denotaba cierto poder adquisitivo y silencioso, de manera que nunca hablaba con ningún parroquiano, dedicando sus palabras solo para Teresa, a la que cubría de halagos, por su voz, por sus platos, por su belleza, que siendo normal a don Pedro le debía parecer tan angelical como el tono de sus motetes y canciones.
El tal don Pedro debía llevar acudiendo a la taberna cerca de tres meses, siempre tranquilo, esperando que la cocinera saliera con alguna de las fuentes preparadas con sus viandas y escuchando las canciones que de la cocina salían, pero ese día parecía más nervioso e inquieto de lo general. La misma Adiolinda, al ponerle el desayuno y no recibir ni un gracias pensó, mal día tiene hoy don Pedro, aunque como nunca dió problemas, continuó con su trabajo sin darle más importancia.
De repente, un aullido agudo y frío sobresaltó a todos los que estábamos en el Mono Rojo, y vimos como la Maruxaina, enseñando su dentadura en forma de sierra afilada, con las uñas de las manos convertidas en garras, saltó por encima de la barra agilmente derribando la puerta del almacén de un fuerte empujón de su hombro, entrando al interior gruñendo como nunca la habíamos visto, para sacar a un don Pedro completamente aterrado y sangrando por su cuello al que se aferraba con las dos manos antes de ser lanzado por encima del mostrador por una Maruxaina completamente transformada y que brincó tras él agarrándolo de nuevo entre sus garras cuando la voz de una Teresa con la ropa rota y llorosa se dejó oír, - ya está, niña, suéltalo, estoy bien, gracias a ti no me ha podido hacer nada, mientras llegaba al lado de la Maruxaina y la acariciaba su alterada cabeza.
Por un instante parecía que la sirena iba a rematar al desgraciado don Pedro, pero volviendo la cabeza hacia Teresa, y soltando al malherido cliente, levantándose se abrazó a la cocinera que la acariciaba tranquilizándola cantándola bajito.
Adiolinda llamó a la policía, que primero llamó a emergencias viendo la hemorragia que presentaba el caído cliente, que después de interrogar a Teresa, se supo que entró detrás de ella por sorpresa en el almacén y abalanzándose sobre  la antigua monja, la rompió la ropa intentando besarla y toquetearla antes de intentar violarla.
Teresa declaró que ella había mordido en el cuello a don Pedro defendiéndose de la agresión y que él, ante la hemorragia, salió corriendo cayendo al otro lado del mostrador, cerca de la salida en un intento de huir del lugar donde había cometido el delito.
Mientras, en el baño, Adiolinda limpiaba la sangre en su rostro a una Maruxaina todavía algo alterada.
Todos los parroquianos declaramos que lo dicho por Teresa era tal y como habían ocurrido la parte de los hechos que nosotros pudimos ver.
Teresa nunca volvió a cantar en la cocina.

viernes, 6 de febrero de 2026

METAFORA DEL PULPO Y PEPEFEL

La mar adentro iremos,
En mi batel cantando
Al son del viento blando
Amores y placer;
Regalarete entonces
Mil varios pececillos
Que al verte, simplecillos,
De ti se harán prender.

De conchas y corales
Y nácar a tu frente
Guirnalda reluciente,
Mi bien, te ceñiré;
Y eterno amor mil veces
Jurándote, cumplida
En ti, mi dulce vida,
Mi dicha encontraré.

(Fragmento del poema El Pescador, de mi amigo José de Espronceda)



Hacía mucho frío en el exterior de la taberna, quizás por eso estábamos todos sentados en torno a la mesa frente a la chasca, bien alimentada y crepitando mientras despedía un intenso calor emitido por la cantidad de la enorme y ardiente brasa al rojo vivo.
De repente, Pepefel, un antiguo marinero con más agallas que un tiburón blanco, empezó a contarnos cómo, en aguas de Cuba, se hizo a la mar con su bote de pesca en busca de alguno de los buenos habitantes marinos que desde la cristalina superficie del agua se veían saltar en cortos vuelos jugando con las olas que provocaban las hélices de la pequeña embarcación al moverse, recordaba un Pepefel entusiasmado por las imágenes que su mente evocaba mientras jugueteaba con su jarra, medio llena, de cerveza.
Un fuerte golpe en el costado de babor de la pequeña embarcación, sobresaltó al experimentado marinero mientras sentía como un brazo fuerte, extremadamente fuerte, le abrazaba contra las maderas, inmovilizándole un brazo y parte del cuerpo que, bajo la presión del tremendo animal en contacto con su algo obesa humanidad empezaba a no dejarle respirar.
Un pulpo, un pulpo gigantesco, del tamaño de dos botes como el suyo, había abordado el bajel y le estaba atacando mientras a Pepefel solo le dió tiempo de sacar su machete antes de tener semejante monstruo marino encima suyo y comenzando a arrastrarle al abismo del océano, justo enfrente de Bahía Cochinos.
Hundiendo el arma una y otra vez en el musculado brazo del pulpo, logró, en un ultimo esfuerzo, alcanzarle en la cabeza, donde se hundió el cuchillo provocando un gran chorro de tinta y la retirada, soltándole, del tremendo pulpo, gigante e increíble habitante del fondo de ese mar cubano al que Pepefel prometió, solemnemente de pie en la embarcación, no volver a introducirse nunca.
Al poco, continuó Pepefel, hice las maletas y conseguí salir de la isla en el último avión que lo hacía.
Corría, según el veterano marino, el mes de abril de 1961.
Aquí hubiera quedado la historia de como Pepefel venció al gigantesco monstruo cubano que le axfisiaba en las libres aguas cubanas., pero algo en la mirada del viejo pescador me hizo pensar que quizás fuera una metáfora referente a los hechos ocurridos en la Playa Girón de Cuba y como el monstruo yankee quiso dominar y asaltar, en compañía de un denominado Frente Revolucionario Democrático Cubano, a un joven gobierno de Fidel Castro, que con apenas dos años en el poder hizo fracasar el ataque del enorme EEUU, como Pepefel el ataque del pulpo en esa isla que representaba su pequeño bote de pesca.
Pepefel no volvió jamás a Cuba. No quiso.

lunes, 2 de febrero de 2026

LAS CANDELAS

Concedernos, Oh Dioses, Vuestra protección;
Y en la protección, la fuerza;
Y en la fuerza, el entendimiento;
Y en el entendimiento, la sabiduría;
Y en la sabiduría, el conocimiento de justicia;
Y en el conocimiento de justicia, el amor a ella;
Y en el amor a ella, el amor a todas las existencias;
Y en el amor a todas las existencias, el amor a de los Dioses.
Los Dioses y todo cuanto es bueno.

(Oración Druida)



Hoy la taberna abrió sus puertas y dió paso a un espectáculo de velas. Velas encendidas por todas partes, y Teresa, recordando el convento, con el mandil lleno de lamparones de grasa por la cantidad enorme de tortas de aceite que había horneado para celebrar este día, según ella, glorioso, el de La Candelaria, cuya imagen había colocado entre las botellas, en la estantería, custodiada por dos velas amarillentas, gordas y grandes, de cera.
La Maruxaina y Adiolinda, por su parte, llamaban la atención por su excitante forma de vestirse, a veces andando sinuosas entre las mesas y llenando la chasca de hojas de roble mientras se acercaban al fuego y susurraban palabras y frases de un pasado celta.
Ellas celebraban a Brígida, conectada con el Sol y guardiana del fuego sagrado, siendo también la diosa de la fertilidad y de cada uno de los momentos de la vida celta. El fuego del herrero, la pluma de escribir del poeta, la fuerza de la mujer en la familia, y sobre todo, transformadora del mundo en este día alumbrándolo y acercándolo al fuego perpetuo y sagrado que ella representaba, a la luz.
Clientes y parroquianos comiendo las tortas de aceite de Teresa, pero admirando la sensualidad provocada de Adiolinda y Maruxaina, que con felinos movimientos calentaban las cervezas antes de que el parroquiano las bebiese.
Teresa reía y las decía, "los estáis poniendo malos" mientras Pepefel, embobado, con un torta en cada mano miraba con la boca abierta los andares de Adiolinda, provocando las carcajadas de Teresa, que entre risas se santiguaba musitando por Dios, por Dios.
Dos maneras de celebrar la Candelaria, dos mundos encontrados en el Mono Rojo, dos tradiciones conviviendo, y sin problemas.
Mientras, Alguien, el Fantasma del Pasado, sentado y apoyado en una mesa, comía crepes de un paquete de aluminio que había traído y al que la Maruxaina y Adiolinda lanzaban pellizcos cada vez que pasaban cerca de su mesa.
Tolerancia y convivencia, las palabras de hoy.

domingo, 1 de febrero de 2026

TRANSFORMACIÓN


Eh, célebre Odiseo, gloria insigne de los aqueos!

Acércate y detén la nave para que oigas nuestra voz.

Nadie ha pasado en su negro bajel sin que oyera la suave voz

que fluye de nuestra boca; sino que se van todos

después de recrearse con ella, sabiendo más que antes;

pues sabemos cuántas fatigas padecieron en la vasta Troya

argivos y teucros, por la voluntad de los dioses,

y conocemos también todo cuanto ocurre en la fértil tierra.

(Fragmento de la Odisea, atribuida a mi amigo Homero)



Era un día normal en la taberna. No podía dormir y fuí a desayunar al Mono Rojo y cuando Adiolinda me estaba poniendo el café, sucedió todo.
Dando unos estridentes gritos incomprensibles, quizás más parecidos a los del pez más pequeño pero el que más alto emite chirridos de alta frecuencia escuchados desde grandes distancias, Maruxaina subió sobre la barra de un gran salto empezando a despojarse de la ropa que llevaba puesta y que se arrancaba, desgarrándola, como si fueran prendas de papel.
Adiolinda, avisada de que algo así, algún día, podía suceder, comenzó a echar de la taberna a los pocos clientes que a esa hora desayunaban en la tasca.
Tú te quedas, que eres uno de sus amigos, por si tienes que ayudar, pero ahora quédate sentado y ni hables ni te muevas, me dijo la tabernera mientras cerraba las puertas de entrada. 
La Maruxaina continuaba con esos chirridos y parecía que dos aberturas se le habían producido a ambos lados de la garganta, por donde parecía salir la aguda estridencia que lanzaba al aire mientras sus piernas, juntas, parecían fundirse en una y un extraño eccema empezaba a cubrírselas mientras se veía obligada a sentarse sobre la barra.
Al tiempo, al abrir su boca vimos como los perfectos dientes se habían transformado en dos filas de afiladas sierras puntiagudas y las pequeñas orejas que tanto le gustaban al Cipri empequeñecían más aún estando en un tris de desaparecer.
En el ambiente, un conocido olor a alta mar, a algas y cangrejos, almejas y lapas en la roca.
En ese momento, Teresa, sin perder la compostura y arriesgándose a un mordisco de la Maruxaina que le lanzó un dentellazo que, Teresa, avisada, se esperaba y pudo esquivar mientras tiraba un enorme cubo de agua al cuerpo de la Maruxaina y que luego nos enteramos,y había mezclado con bastante sal marina.
Adiolinda quitó de la barra todo con lo que la Maruxaina se hubiera podido lastimar y volvió a decirme que no me moviera viera lo que viera.
En esos momentos, los estridentes chillidos se habían convertido en una hermosa y atrayente canción que me hizo levantarme e intentar acercarme a la bella parroquiana cuando Teresa, cogiéndome de los hombros por detrás me empujó contra la silla al tiempo que Adiolinda me ataba a la misma con una gruesa y fuerte maroma que impedía mis intentos de levantarme.
En la puerta, otros parroquianos golpeaban sus hojas para que les abrieran, sin conseguirlo, dada la gran y robusta puerta de madera que Cipri había mandado construir para la Taberna del Mono Rojo, en la que hasta los cristales de colores eran blindados.
Poco a poco Maruxaina fue bajando en intensidad su desconocida pero sugerente canción hasta que cayó totalmente, pronunciando de vez en cuando algún berrido chiquito y casi inaudible.
Las orejas volvieron a crecer hasta su tamaño de diario, pequeñas, redondeadas, bonitas y en su boca se abría paso su preciosa dentadura mientras la doble sierra parecía que se metía en la mandíbula hasta desaparecer, igual que el eccema de las piernas, que ya volvían a estar separadas.
Teresa sacó una especie de albornoz, pues la Maruxaina estaba completamente desnuda y caída sobre la barra, sollozando y recibiendo el consuelo y el abrazo maternal de la exmonja, que poco después la acompañó junto con el Cipri a su casa, quedándose con ellos.
Adiolinda limpió y colocó todo lo desordenado en la taberna, abrió las puertas y dejando entrar a los clientes, no les respondió a ninguna de sus preguntas y requerimientos.
Al poner la tv en el canal local, daban la noticia de que "Una gran ola provocada por un metanero deja varios heridos graves en la ciudad al lanzarlos y chocar contra las rocas.
Adiolinda y yo nos miramos en silencio. Todo estaba explicado.