Naranjas que caían
al corral de mi casa
de una casa vecina,
rodando por las tapias...
Encendidas naranjas
que trae, en su canasta,
una niña que viene
cantando desde el alba
“Naranjitas de China
¿no me compra naranjas?...”
¡Ay, cómo me recuerdan
el solar de mi casa
con el color alegre
de sus hojas amargas!
¡Cuántas cosas me dice
de mi vida lejana,
esa niña que viene
vendiendo unas naranjas.
(Poema de mi amigo Jaime Torres Bodet)
Fue culpa de las tormentas, que vaciaron el cielo vertiendo agua a raudales, de tal manera y forma que el almacén subterráneo de la Taberna se inundó completamente, con barriles y botellas flotando en el agua sucia que alcanzó los dos metros y algo dentro del almacén. Por vez primera, el Mono Rojo se quedó sin alcohol.
Teresa propuso no abrir, pero la Maruxaina le dijo a Adiolinda que la gente venía no solo por el alcohol. No podía cerrar, y Adiolinda abrió las puertas.
Fue raro, nadie bebía, pero venían los parroquianos y se quedaban contando sus historias.
Uno de ellos vino con un saco de naranjas amargas, cogidas en la Calle Grande de la ciudad, donde los naranjos adornaban la calle plantados cada dos metros. Viendo eso Adiolinda, decidió pelar las naranjas, poniendo las cáscaras a cocer con un poco de miel que tenía en la cocina y sacando de la bolsa de las hierbas el susurro del condenado, una hierba que había que recoger de noche, antes de que sobre ella reposara el rocío del amanecer que la quemaba.
El mejunje que resultó de la coción no tenía alcohol, pero hizo hablar a una joven viuda que no lo hacía desde que murió el marido, y lo primero que dijo es que la vida no la odiaba, pero que se olvidó de ella y por eso no hablaba.
Un muchacho de unos veinte años, Toni, que siempre andaba sujetando una pesa en la cabeza debajo del gorro y tapando con la ropa las vendas con las que aprisionaba su cuerpo, confesó su miedo a crecer.
Otro parroquiano contó el amor por la hija que nunca tuvo pero que en las noches de navegación le hacía compañía en el castillo de proa, y así, cada parroquiano fue contando historias propias con las que pagar el caldito que Adiolinda había cocido para sustituir al alcohol.
La misma Adiolinda contó como desde Venezuela ella regresaba a la Taberna que nunca había conocido anteriormente pero que la atraía sin prudencia alguna.
Y Teresa, la cocinera, después de beber una taza del brebaje, nos contó sobre un amor que tuvo casi en la niñez con un chico del pueblito de Burgos en el que nació, poniéndose muy colorada según lo iba contando mientras en el espejo del asteroide la imagen de un muchacho corriendo por las calles de un pueblo persiguiendo a una muchacha que reía a carcajadas.
Noche rara, que al terminar dejó sobre la barra tres hojas secas de roble que Vega echó al tarro de cristal de las limosnas para los que ya nunca están.

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