ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO
LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

lunes, 15 de diciembre de 2025

INSOMNIO

   Si por un instante Dios se olvidara de que soy una marioneta de trapo y me regalara un trozo de vida, posiblemente no diría todo lo que pienso, pero en definitiva pensaría todo lo que digo.

     Daría valor a las cosas, no por lo que valen, sino por lo que significan. Dormiría poco, soñaría más, entiendo que por cada minuto que cerramos los ojos, perdemos sesenta segundos de luz.

     Andaría cuando los demás se detienen, Despertaría cuando los demás duermen. Escucharía cuando los demás hablan, y cómo disfrutaría de un buen helado de chocolate.

(Fragmento del poema La Marioneta, de Johnny Welch, aunque atribuido, falsamente, a García Marquez)



El reloj marca las cuatro y cuarto de la madrugada. No puedo dormir. Otra noche más en la que la mente no descansa y me obliga a levantarme, cansado de estar tumbado y doloridas las piernas por la incómoda postura a la que me obliga la forma grotesca de mi cuerpo.
Me visto y salgo a la calle. Sin darme cuenta llegó a la puerta de la Taberna del Mono Rojo. Cerrada, como no podía ser de otro modo a estas horas, pero recordé el secreto del Cipri para los insomnes, un poyete de hormigón cubierto en la parte superior por unas baldosas y que permitía sentarse a descansar un poco si, como ahora, el parroquiano se encontraba cerrada la tasca.
Al lado dormía una argolla, una anilla grande, para encadenar bicicletas, y el Cipri me confió que girando la argolla en el sentido contrario a las agujas del reloj, permitía que la baldosa donde reposaba la anilla, se pudiera extraer y en el pequeño hueco interior construido en la la pared, siempre había dos latas de cerveza para aliviar el tiempo que el visitante permaneciera sentado en el poyete, a la entrada de la taberna.
En verano no se dejaban las cervezas, por cuestiones de temperatura, pero en invierno, con la bajada de las mismas, estaba asegurada la perfecta para poder tomar una cerveza fría, casi helada, y eso hice, abriendo una de las dos latas.
No pasaba nadie por la calle, y pensé en mi soledad y las vueltas que se tuvieron que dar para terminar así. 
Quizás fue el karma, como me dice mi amigo Pepefel, o quizás no, quizás fuera ese guionista que desde lo alto maneja nuestros presentes jugando con los personajes que nos rodean, en un entretenido rol en el que aparecen y desaparecen por un tiempo de nuestras vidas y en el que todo está conectado, o lo parece.
Pero es triste el saber que personas que te importan, o al menos te importaron, y a las que tú también provocas un interés y aún significas algo, en este momento de desvelo intenso y solitario ellas están seguramente, dormidas en sus respectivas camas y ajenas a la situación en la que me muevo.
También he pensado a veces si mi papel en la taberna no es otro, al escribir los hechos ocurridos en la misma, que la de ese personaje desconocido, el guionista del universo, y los parroquianos se mueven y viven de acuerdo a como yo les detallo y escribo.
Si ésto fuera así, creo que posiblemente mis personajes, porque en ese momento pasarían a ser mis personajes, se rebelarían contra mi, déspota fabulador de encrucijadas y situaciones complicadas en las que se ven involucrados por mi pluma al escribir.
¿Seré un solitario castigado por el karma, o seré un ser de fuera, etéreo y en un estatus incomprensible para la mente humana, dedicado a crear mundos irreales en los que las personas son elementos de la narración en la que mi propia existencia no es más que una licencia de escritor para evitar sospecha de mi presencia casi mágica y sobrenatural desde la que me convierto en regidor de vidas e ilusiones?
Pobres parroquianos, esclavos de mis pensamientos y elucubraciones, de las ideas que para ellos crea mi mente sin dejarles tan siquiera la opción de negarse enfrentándose conmigo al desconocer mi existencia fuera de mi papel del Forastero Quizás.
Y si eso fuera así, terrible castigo el mío del que solo podría liberarme asesinando a todos mis personajes ideando alguna epidemia, accidente o atentado, cosas que no puedo fácilmente hacer al haber construido con la mayoría una amistad cercana a algo familiar que me une a ellos.


Espero que ande equivocado y no sea así la realidad de lo que sería una taberna literaria en la que no podría vivir sabiendo eso.
Me he tomado ya las dos latas vuelvo a cerrar la argolla dejando de nuevo las cervezas en su interior, pero está vez vacías, y levantándo mi cuerpo del poyete y de la chaqueta el cuello, con las manos en los bolsillos emprendo el camino de vuelta a casa pensando en lo que os he comentado.
Espero poder dormir algo

domingo, 14 de diciembre de 2025

EL MATEMÁTICO

Cuéntame tú qué te han hecho
el nueve, el cinco y el cuatro
para que los quieras tanto;
anda pronto, cuéntame.
Dime ese tres que parece
los senos de cualquier foca;
dime, ¿de quién se enamora
ese tonto que es el tres?
Ese pato que es el dos,
está navegando siempre;
pero a mí me gusta el siete,
porque es un roto en la vida,
y como estoy descosida,
le digo a lo triste: Vete.
Cuéntame el cuento y muy lenta,
que aunque aborrezco el guarismo,
espero gozar lo mismo
si eres tú quien me lo cuenta.

(Poema de mi amiga Gloria Fuertes)



Allí estaba, en la última mesa, siempre con su libreta llena de números, hasta en las tapas.
Así se pasaba el día, observando y anotando todo, las jarras que ponía Adiolinda, las que cobraba y a las que invitaba. Las que se caían y las que se perdían por la espuma en exceso al terminarse el barril, así como las que se escapaban por el sumidero del grifo al empezarlo de nuevo.
Apuntaba las veces que se abría la puerta y el número de parroquianos que se encontraban en un momento dado en el interior de la taberna.
Tomaba nota de quien iba al servicio, del tiempo que tardaba y si salía con las manos mojadas o secándose con una toallita de papel.
Calculaba, sabiendo la fecha de mi cumpleaños, lo que me quedaba por vivir usando unas tablas de probabilidades que solo conocía él y que calculaba mientras en sus ojos calzaba una gruesas gafas de concha desde las que, levantando la vista, observaba todo lo que le interesara por encima de la ancha y oscura montura.
De esa manera nos enteramos de que la taberna perdía dinero vendiendo cerveza, sumando los gastos del sueldo de Adiolinda, la paguita que recibía el Guaje, el Niño de la Guerra, el dispendio en servilletas, detergente para el lavavajillas y el agua, la luz y la calefacción, nunca parada por el termostato al abrirse cada dos por tres la puerta, así como el exagerado gasto en serrín.
Así mismo nos enteramos, gracias a sus números y cuentas de que yo, no es que ya hubiera tenido que estar muerto, sino que según esa ciencia exacta de sus matemáticas, no había llegado a nacer, mientras busca soluciones en fórmulas complicadas algebraicas para explicar mi presencia en la taberna.
Según sus operaciones, el embalse del Atazar no era suficiente para abastecer el gasto desproporcionado del precioso líquido en la Taberna dada la continua utilización de los servicios por parte de los parroquianos.
Y así pasaba sus días, calculando todo, operando con sus números sobre su libreta, utilizando a veces servilletas si está ya estaba llena. Servilletas de las que llevaba la cuenta para luego ver a qué precio debería el Cipri vender sus jarras de cerveza.
Un mes de diciembre nos llegó a decir que el día 25 de diciembre que venía como tal en los calendarios, no era él veinticinco, sino el veintisiete, por unos cálculos que había hecho sumando y controlando unos segundos convertidos en minutos durante todo el año.
Era un espectáculo verle sumar, restar, dividir, multiplicar sobre todo, y no se le podía hablar, su concentración era casi vital pues un simple y sencillo error podía dar lugar a que realmente la luna se colocara a una distancia de más del triple del que se sabía.
En ocasiones no saludaba, solo te explicaba una fórmula que tú nunca utilizarías, pero te lo explicaba para luego razonarte la cantidad de tiempo perdido que acumulabas al año por conversaciones sin sentido.
Aún así, era agradable y a mí me apetecía invitarlo a una jarra de vez en cuando, jarra que apuntaba raudo en "las hojas de cervezas tomadas y no pagadas por mi".
Entrañable parroquiano matemático, de los de todos los días, apuntados en la libreta, claro.

sábado, 13 de diciembre de 2025

VINO DEL PASADO, FINAL

Al beber, gota a gota, los pétalos flotantes
me rozarán los labios, como labios de amante;
y, en su llama o su nieve de idéntico destino,
serán como fantasmas de besos en el vino.

(Poema de mi amigo, José Ángel Buesa)


Esa noche que ocurrió lo de la extraña botella de vino de 1893 que nos dejó sobre el mostrador ese misterioso personaje antes de desaparecer en la profundidad de la noche, al llegar a casa algo irresistible me impulsó a volver a la taberna y hacía allí me encaminé sin saber muy bien por qué regresaba.
Al llegar a la calle donde se sitúa el Mono Rojo, me sorprendió no ver coches aparcados, ni farolas eléctricas en las aceras, y en su lugar unas pequeñas luminarias de gas a cada lado de la puerta de la taberna y a ésta completamente cubierta de hiedra que moldeaba el contorno de puertas y ventanas mientras un letrero, colgado de una barra de hierro, con el nombre de la taberna pintado en la chapa ondeaba al viento que suavemente le golpeaba.
Era la taberna cuando empezó a funcionar como tal, hacía ya más de trescientos años.
Para mayor estupefacción me vinieron a saludar el resto de parroquianos que habíamos degustado el vino anteriormente y que habían experimentado el mismo impulso de volver a la taberna, que en ese momento abrió sus puertas como invitándonos a pasar.
Dentro ya descubrimos unos personajes, muy parecidos a nosotros, a Rosa, a Santiaguillo, al comisario, a todos nosotros, como copias vestidas de otros tiempos pasados en los que el ambiente del Mono Rojo debía ser igual al de este presente nuestro.
Muy asombrados comprobamos como los personajes actuaban como si nosotros no estuviéramos, con sus conversaciones, sus risas, sus canciones, sus pintas de cerveza, sus licores y vinos y todo a la luz amarillenta alimentada por gas.
En ese momento, uno de los personajes, yo juraría que era el misterioso ser que apareció en la taberna y si no era él era muy parecido, abriendo las puertas de salida e invitándonos a salir nos dijo: "Cada cien años la botella de hoy aparece y se trae a la taberna, pero solo los que permanecen con el corazón abierto al resto de parroquianos y entienden la manera de estar y comportarse con la tradición del Mono Rojo, pueden beber de ese vino y se les mostrará que son continuidad de una herencia arraigada en la historia.
Vosotros sois la taberna.

VINO DEL PASADO


Brindo por los aparecidos 
y los desaparecidos 
brindo por el amor que se desnuda 
por el invierno y sus bufandas 
por las remotas infancias de los viejos 
y las futuras vejeces de los niños 
brindo por los peñascos de la angustia 
y el archipiélago de la alegría 
brindo por los jóvenes poetas 
que cuentan las monedas y las sílabas 
y finalmente brindo por el brindis 
y el vino que nos brindan.

(Poema de mi amigo, Mario Benedetti)


Era ya tarde y en la taberna quedábamos solo los parroquianos habituales. Los chavales jóvenes que mantenían sus quedadas en la tasca ya hacía rato que, entre risas y bromas, se habían marchado hacia sus casas, cuando un fuerte aire abrió violentamente las puertas dejando pasar a un extraño personaje, vestido con casaca hasta las rodillas, de color marrón oscuro, muy sucia, y un sombrero de ala ancha, igual de sucio que la casaca y en la cara una pequeña perilla puntiaguda negra que acentuaba su cara dándole un aspecto aguileño.
Rápidamente un olor a montaña, a tierra húmeda, impregnó el ambiente enrarecido de la taberna y una de las lámparas tintineó parpadeando hasta que la bombilla se apagaba para encenderse poco después en un juego de luz y oscuridad en el rincón opuesto a la entrada, donde normalmente se sentaba Alguien, el Fantasma del Pasado.
Ninguno tuvimos oportunidad para decir nada, salvo el excomisario de policía que, soltando un sonoro ¡¡¡coñoooo!!! se acercó al grotesco personaje aunque no lo suficientemente rápido, pues dando un giro de ciento ochenta grados, la extravagante figura encaró las puertas del local y desapareció en la noche oscura.
En su lugar quedó, sobre la barra, una botella de aceitunado vidrio verde con una muy deteriorada etiqueta en la que malamente se vislumbraba "Germany 1893, Mosela".
Adiolinda no sabía que hacer, pero la presión de la mayoría de los parroquianos la forzó a descorchar el vino, y un intenso olor a cerezas y especias, unido a un tono de hojas de roble secas nos sedujo desde el momento en el que el corcho abandonó la boca del vidrio y fue escanciado en pequeños vasos de chato para que hubiera para todos.
Jurariamos la taberna entera que, al tiempo de llevar los vasos a la boca para padalear el previsiblemente estupendo brebaje, un susurro lento y candencioso de voz grave nos invitaba a "beber, beber, el tiempo apremia", mientras el gran reloj de la pared central de la taberna detenía su segundero produciendo un tac, tac, tac, rítmico al no poder avanzar en el tiempo, volviendo a ponerse en marcha cuando el último vaso vacío encontró la madera como soporte.
La bombilla amarilla de la lámpara del rincón opuesto reanudó su labor de alumbrar de nuevo en cuanto el segundero dió la orden de salida.

viernes, 12 de diciembre de 2025

QUIZÁS FUÉ UN SUEÑO


La muerte
entra y sale
de la taberna.

Pasan caballos negros
y gente siniestra
por los hondos caminos
de la guitarra.

Y hay un olor a sal
y a sangre de hembra,
en los nardos febriles
de la marina.

La muerte
entra y sale,
y sale y entra
la muerte
de la taberna

(Poema de mi amigo, Federico García Lorca).


Estaba cansado y tenía sueño. No quería marcharme a casa porque repetiría jugada, no podría dormir, como cada noche desde hacía una semana, y la cabeza dándome vueltas y más vueltas manteniéndome inquieto y nervioso, seguramente con la tensión por las nubes.
Me había tomado tres jarras de cerveza e iba por la cuarta cuando, apoyando la cabeza en una de las columnas de la taberna se me fueron cerrando los ojos.
De repente, una voz reconocible del pasado me sobresaltó. Hacia mucho que no la escuchaba, ¡¡¡años!!!, "no tocarme los cojones, mirad cómo tenéis la barra de pegajosa, se quedan pegadas hasta las moscas", gritaba un rejuvenecido Cipri, con su mandil a rayas negras y verdes y su eterna visera tipo inglés, según él, fregando el mostrador con una bayeta empapada de agua y salpicando a todo el que estaba apoyado en el tablero. 
La luz era más fuerte, el amarillo de las bombillas había crecido en intensidad pareciendo que la taberna resplandecía por no se que motivo, y el Cipri, ya lo he dicho, rejuvenecido, muy activo, atendiendo él solo a todos los parroquianos que en la taberna se encontraban a esas horas, que eran muchos.
Pero coño, pensé, si Pacita había fallecido hacía tiempo, ¿que hacía aquí?, y Roberto, el estafador del Amor, si fuí yo al entierro.
No entiendo nada.
Forastero, te pongo otra o vas a estar aquí sin tomar nada, coño - me dijo el Cipri entre risotadas de las suyas - que estás pasmao, hombre, espabila!!!!
La actividad en la taberna era frenética, conversaciones cruzándose unas con otras, risas de la gente y los de la mesa del final cantando a pleno pulmón mientras el Cipri no dejaba de ponerles bebidas.
Las abuelas del cinquillo, con un brillo especial en sus miradas, hoy jugaban al poker, y mientras una miraba fijamente a otra, con un cigarrillo encendido en la comisura de la boca, la otra doblaba apuesta, veo y doblo, dijo muy seria.
La taberna estaba como en sus mejores momentos, y cuando iba a pedir otra jarra, una mano me sacudió con fuerza los hombros mientras la voz de Adiolinda me decía, "Forastero, tengo que cerrar, te quedaste dormido hace dos horas, pero, lo siento, tengo que cerrar".
Juraría que al adelantar al Cipri de la mano de la Maruxaina, éste, levantando la cabeza de su permanente sopor, me guiñaba un ojo, pero que va, no, no podía ser...¿o sí?

jueves, 11 de diciembre de 2025

LA ELECCIÓN

Tengo la convicción de que no existes
y sin embargo te oigo cada noche
te invento a veces con mi vanidad
o mi desolación o mi modorra
del infinito mar viene su asombro
lo escucho como un salmo y pese a todo
tan convencido estoy de que no existes
que te aguardo en mi sueño para luego.

(Poema de mi amigo Mario Benedetti)

La dieron a elegir. Llevaba una buena vida en el agua, en las profundidades. Se alimentaba de algas, de líquenes, hongos y algún que otro talofito.
Respetaba a los peces, a los que muchas veces rescataba de las artes marineras de los humanos. Jugaba con las estrellas de mar y los hipocampos, también conocidos por su semejanza como caballitos de mar.
Sonaba las conchas marinas vacías que depositaba después con esmero en el fondo marino para que los pulpos recién emancipados consiguieran su primera casa y competía con los leones marinos en regates y contorsiones a la carrera en una especie de "tú la llevas'.
No tenía mala vida, no. Pero la dieron a elegir, mar o tierra, y ella, curiosa por naturaleza y aventurera sin miedos, escogió tierra.
La acompañaron hasta la playa llevándola una bolsa de ropa recogida en el mar, abandonada o perdida por gente sin escrúpulos que llenaba el océano de materiales extraños al mismo, y la dejaron cuando el agua le llegaba por la cintura.
Ahí se produjo una complicada transformación, su plateada y hermosa cola con su poderosa aleta caudal fue mutándose en dos piernas modeladas, con las que dió sus primeros pasos hasta la orilla.
De eso hace ya tres años, y su vida transcurrió entre penalidades y desgracias. Ni un solo momento de felicidad.
La engañaron de mil maneras, la explotaron en infames y sucios trabajos con los que iba ajàndose, arrugando y perdiendo esa frescura con la que emergió del mar.
¡¡¡Cuántas veces se acercó a la playa observando el horizonte marino mientras las lágrimas acudían raudas a sus pálidas y escuchimizadas mejillas y el corazón se aceleraba obligándola a sentarse en la húmeda arena bañada por el ir y venir del pequeño oleaje con el que el océano acariciaba a la tierra/!!!!!
Comía poco, y aunque se mantenía sin comer animal alguno, estos no jugaban con ella como lo hacían, antaño, sus compañeros marinos.
Los perros ladraban agresivos al acercarse. Los gatos bufaban y se erizaban a su paso. No jugaba nunca, no tenía con quien.
Conoció a humanos que dañaron aún más su corazón, volviéndose desconfiada e incluso por momentos irascible.
Era asidua de la taberna, en la que el Cipri fue el único que desde el primer día en el que entró, la saludó llamándola Maruxaina y se preocupó de que comiera algo, verdura y ensalada, que la muchacha agradeció.
No bebía alcohol nunca, y se sentaba, sola, en la mesa más apartada del resto y ahí permanecía hasta que el Cipri cerraba y marchaba con él a su casa.
A nadie se le ocurría decir nada de esa extraña relación, máxime desde que el Cipri, agarrándole del cuello de la chaqueta echó a la calle a un divertido y grosero  bancario que dijo algo sobre si el tabernero había encontrado concubina. Nunca más nadie dijo nada y vimos, con el paso del tiempo como se había convertido en el abuelo gruñón de Maruxaina y ella en la nieta atenta que solo con él hablaba.
En la actualidad, Adiolinda hace un gesto a Maruxaina y ella se levanta, da la mano al Cipri y lo lleva a casa a acostarlo. La taberna la cierra la camarera venezolana.
En una ocasión, el Cipri, entre sopores del no ser murmuró algo sobre una sirena en la taberna, pero enseguida volvió a guardar silencio.
Extraño mundo en el que se encuentra el Cipri que le produce raros sueños de leyenda.

martes, 9 de diciembre de 2025

LA MESA DEL SOLITARIO

Jesús, el dulce, viene…
Las noches huelen a romero…
¡Oh, qué pureza tiene
la luna en el sendero!


Jesús, el dulce, viene…
Las noches huelen a romero…
¡Oh, qué pureza tiene
la luna en el sendero!

Palacios, catedrales,
tienden la luz de sus cristales
insomnes en la sombra dura y fría…
Mas la celeste melodía
suena fuera…
Celeste primavera
que la nieve, al pasar, blanda, deshace,
y deja atrás eterna calma…

¡Señor del cielo, nace
esta vez en mi alma!

(Poema de mi amigo, Juan Ramón Jiménez)


Lo publicó una pequeña revista semanal de barrio, "LA MESA DEL SOLITARIO ESPERA EN NOCHEBUENA", sacó en portada el semanario añadiendo "una idea de Adiolinda, la camarera inmigrante".
Ni ella había pensado que el comentario al que el Cipri ni contestó, inmerso en su pozo del no ser, sería portada de la revista del Barrio, y ahí estaba, con la fotografía de la pizarra donde había dibujado el rectángulo de una mesa con dos sillas y dos nombres, Cipri y Adiolinda, mientras en la parte superior exhibía el letrero de la mesa del solitario.
La taberna abriría por primera vez en Nochebuena, y todo el que quisiera y se encontrara solo podía acercarse a ella y, llevando su comida, cenar en compañía de ella y del Cipri, y si no tenía nada que llevar de alimentos, el Cipri y ella compartirían la cena entre todos.
Nadie pensó la velocidad que cogería la idea.
Primero fue Rosa, la vieja prostituta, quien pondría una silla más en la pizarra poniendo su nombre.
Después, José, el niño de la guerra el que hizo lo mismo.
El poeta de los cafés a continuación.
Después se inscribió Raul, el vagabundo que se bebía los culillos de las copas, apurandolas antes de que Adiolinda las retirará.
Así, uno a uno se fueron sumando la mayoría de los parroquianos, las abuelas del cinquillo, Manuela, Marepi, el Fantasma del Pasado, todos, o casi todos fueron pasando por la pizarra que ya tenía cerca de treinta sillas y treinta nombres.
Para entonces, un diario de tirada nacional había visto la noticia del semanario local y desplazando a un reportero y a un fotógrafo, publicó una entrevista con Adiolinda, Rosa y José en su edición matutina.
A partir de ahí, el tornado se acentuó. Llamaba o se pasaba gente de toda la ciudad, y todos agregaban su silla y su nombre.
Un grupo de monjas francesas de un afamado colegio cercano dijeron que ellas servirían la comida y se harían cargo de las cocinas para calentar las diferentes viandas.
Una tuna de ingenieros, todos con los cuarenta ya cumplidos, se ofrecieron a amenizar la noche con sus canciones y un grupo de mariachis mexicanos, mecánicos durante el día, hicieron lo mismo.
Una importante empresa de catering prometió la cena, ellos se encargaban de todos los alimentos, nadie tenía que llevar nada, todo lo ponían ellos de manera gratuita.
Finalmente, el Padre Ángel prometió su asistencia a cenar con todos, y el alcalde de la ciudad, por no perder la oportunidad, dijo que a cenar no, pero tomarse una copa y brindar con los solitarios estaba hecho.
Protección Civil desplazaría voluntarios a la taberna, por si hacían falta y el cuerpo de bomberos mandó tres cajas de cava y su felicitación.
Cerca de trescientas personas ocuparían toda la sala del Mono Rojo en una gran mesa realizada con todas las mesas juntas y agrupadas en el espacio central, y el Cipri, serio, callado, ensimismado Dios sabe en qué mundos creados por el alzheimer, sin enterarse de nada, o eso pensamos.
- La que has liado, bonita, le dije a Adiolinda soltando una carcajada, tú no conocías la magia de este lugar.
Medio llorosa me contestó que ella, sola en España, solo buscaba cenar con el Cipri y con algún parroquiano que también cenara solo.
Juraría que desde esa noche, días antes de Nochebuena, en lo alto del firmamento, una estrella grande y brillante se mantenía fija señalando el sitio que ocupaba la Taberna del Mono Rojo.
Yo ya puse mi nombre y la silla sobre el dibujo de la mesa.