Brindo por los aparecidos
y los desaparecidos
brindo por el amor que se desnuda
por el invierno y sus bufandas
por las remotas infancias de los viejos
y las futuras vejeces de los niños
brindo por los peñascos de la angustia
y el archipiélago de la alegría
brindo por los jóvenes poetas
que cuentan las monedas y las sílabas
y finalmente brindo por el brindis
y el vino que nos brindan.
(Poema de mi amigo, Mario Benedetti)
Era ya tarde y en la taberna quedábamos solo los parroquianos habituales. Los chavales jóvenes que mantenían sus quedadas en la tasca ya hacía rato que, entre risas y bromas, se habían marchado hacia sus casas, cuando un fuerte aire abrió violentamente las puertas dejando pasar a un extraño personaje, vestido con casaca hasta las rodillas, de color marrón oscuro, muy sucia, y un sombrero de ala ancha, igual de sucio que la casaca y en la cara una pequeña perilla puntiaguda negra que acentuaba su cara dándole un aspecto aguileño.
Rápidamente un olor a montaña, a tierra húmeda, impregnó el ambiente enrarecido de la taberna y una de las lámparas tintineó parpadeando hasta que la bombilla se apagaba para encenderse poco después en un juego de luz y oscuridad en el rincón opuesto a la entrada, donde normalmente se sentaba Alguien, el Fantasma del Pasado.
Ninguno tuvimos oportunidad para decir nada, salvo el excomisario de policía que, soltando un sonoro ¡¡¡coñoooo!!! se acercó al grotesco personaje aunque no lo suficientemente rápido, pues dando un giro de ciento ochenta grados, la extravagante figura encaró las puertas del local y desapareció en la noche oscura.
En su lugar quedó, sobre la barra, una botella de aceitunado vidrio verde con una muy deteriorada etiqueta en la que malamente se vislumbraba "Germany 1893, Mosela".
Adiolinda no sabía que hacer, pero la presión de la mayoría de los parroquianos la forzó a descorchar el vino, y un intenso olor a cerezas y especias, unido a un tono de hojas de roble secas nos sedujo desde el momento en el que el corcho abandonó la boca del vidrio y fue escanciado en pequeños vasos de chato para que hubiera para todos.
Jurariamos la taberna entera que, al tiempo de llevar los vasos a la boca para padalear el previsiblemente estupendo brebaje, un susurro lento y candencioso de voz grave nos invitaba a "beber, beber, el tiempo apremia", mientras el gran reloj de la pared central de la taberna detenía su segundero produciendo un tac, tac, tac, rítmico al no poder avanzar en el tiempo, volviendo a ponerse en marcha cuando el último vaso vacío encontró la madera como soporte.
La bombilla amarilla de la lámpara del rincón opuesto reanudó su labor de alumbrar de nuevo en cuanto el segundero dió la orden de salida.
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