Tengo la convicción de que no existes
y sin embargo te oigo cada noche
te invento a veces con mi vanidad
o mi desolación o mi modorra
del infinito mar viene su asombro
lo escucho como un salmo y pese a todo
tan convencido estoy de que no existes
que te aguardo en mi sueño para luego.
(Poema de mi amigo Mario Benedetti)
La dieron a elegir. Llevaba una buena vida en el agua, en las profundidades. Se alimentaba de algas, de líquenes, hongos y algún que otro talofito.
Respetaba a los peces, a los que muchas veces rescataba de las artes marineras de los humanos. Jugaba con las estrellas de mar y los hipocampos, también conocidos por su semejanza como caballitos de mar.
Sonaba las conchas marinas vacías que depositaba después con esmero en el fondo marino para que los pulpos recién emancipados consiguieran su primera casa y competía con los leones marinos en regates y contorsiones a la carrera en una especie de "tú la llevas'.
No tenía mala vida, no. Pero la dieron a elegir, mar o tierra, y ella, curiosa por naturaleza y aventurera sin miedos, escogió tierra.
La acompañaron hasta la playa llevándola una bolsa de ropa recogida en el mar, abandonada o perdida por gente sin escrúpulos que llenaba el océano de materiales extraños al mismo, y la dejaron cuando el agua le llegaba por la cintura.
Ahí se produjo una complicada transformación, su plateada y hermosa cola con su poderosa aleta caudal fue mutándose en dos piernas modeladas, con las que dió sus primeros pasos hasta la orilla.
De eso hace ya tres años, y su vida transcurrió entre penalidades y desgracias. Ni un solo momento de felicidad.
La engañaron de mil maneras, la explotaron en infames y sucios trabajos con los que iba ajàndose, arrugando y perdiendo esa frescura con la que emergió del mar.
¡¡¡Cuántas veces se acercó a la playa observando el horizonte marino mientras las lágrimas acudían raudas a sus pálidas y escuchimizadas mejillas y el corazón se aceleraba obligándola a sentarse en la húmeda arena bañada por el ir y venir del pequeño oleaje con el que el océano acariciaba a la tierra/!!!!!
Comía poco, y aunque se mantenía sin comer animal alguno, estos no jugaban con ella como lo hacían, antaño, sus compañeros marinos.
Los perros ladraban agresivos al acercarse. Los gatos bufaban y se erizaban a su paso. No jugaba nunca, no tenía con quien.
Conoció a humanos que dañaron aún más su corazón, volviéndose desconfiada e incluso por momentos irascible.
Era asidua de la taberna, en la que el Cipri fue el único que desde el primer día en el que entró, la saludó llamándola Maruxaina y se preocupó de que comiera algo, verdura y ensalada, que la muchacha agradeció.
No bebía alcohol nunca, y se sentaba, sola, en la mesa más apartada del resto y ahí permanecía hasta que el Cipri cerraba y marchaba con él a su casa.
A nadie se le ocurría decir nada de esa extraña relación, máxime desde que el Cipri, agarrándole del cuello de la chaqueta echó a la calle a un divertido y grosero bancario que dijo algo sobre si el tabernero había encontrado concubina. Nunca más nadie dijo nada y vimos, con el paso del tiempo como se había convertido en el abuelo gruñón de Maruxaina y ella en la nieta atenta que solo con él hablaba.
En la actualidad, Adiolinda hace un gesto a Maruxaina y ella se levanta, da la mano al Cipri y lo lleva a casa a acostarlo. La taberna la cierra la camarera venezolana.
En una ocasión, el Cipri, entre sopores del no ser murmuró algo sobre una sirena en la taberna, pero enseguida volvió a guardar silencio.
Extraño mundo en el que se encuentra el Cipri que le produce raros sueños de leyenda.
No hay comentarios:
Publicar un comentario