ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO
LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

lunes, 2 de febrero de 2026

LAS CANDELAS

Concedernos, Oh Dioses, Vuestra protección;
Y en la protección, la fuerza;
Y en la fuerza, el entendimiento;
Y en el entendimiento, la sabiduría;
Y en la sabiduría, el conocimiento de justicia;
Y en el conocimiento de justicia, el amor a ella;
Y en el amor a ella, el amor a todas las existencias;
Y en el amor a todas las existencias, el amor a de los Dioses.
Los Dioses y todo cuanto es bueno.

(Oración Druida)



Hoy la taberna abrió sus puertas y dió paso a un espectáculo de velas. Velas encendidas por todas partes, y Teresa, recordando el convento, con el mandil lleno de lamparones de grasa por la cantidad enorme de tortas de aceite que había horneado para celebrar este día, según ella, glorioso, el de La Candelaria, cuya imagen había colocado entre las botellas, en la estantería, custodiada por dos velas amarillentas, gordas y grandes, de cera.
La Maruxaina y Adiolinda, por su parte, llamaban la atención por su excitante forma de vestirse, a veces andando sinuosas entre las mesas y llenando la chasca de hojas de roble mientras se acercaban al fuego y susurraban palabras y frases de un pasado celta.
Ellas celebraban a Brígida, conectada con el Sol y guardiana del fuego sagrado, siendo también la diosa de la fertilidad y de cada uno de los momentos de la vida celta. El fuego del herrero, la pluma de escribir del poeta, la fuerza de la mujer en la familia, y sobre todo, transformadora del mundo en este día alumbrándolo y acercándolo al fuego perpetuo y sagrado que ella representaba, a la luz.
Clientes y parroquianos comiendo las tortas de aceite de Teresa, pero admirando la sensualidad provocada de Adiolinda y Maruxaina, que con felinos movimientos calentaban las cervezas antes de que el parroquiano las bebiese.
Teresa reía y las decía, "los estáis poniendo malos" mientras Pepefel, embobado, con un torta en cada mano miraba con la boca abierta los andares de Adiolinda, provocando las carcajadas de Teresa, que entre risas se santiguaba musitando por Dios, por Dios.
Dos maneras de celebrar la Candelaria, dos mundos encontrados en el Mono Rojo, dos tradiciones conviviendo, y sin problemas.
Mientras, Alguien, el Fantasma del Pasado, sentado y apoyado en una mesa, comía crepes de un paquete de aluminio que había traído y al que la Maruxaina y Adiolinda lanzaban pellizcos cada vez que pasaban cerca de su mesa.
Tolerancia y convivencia, las palabras de hoy.

domingo, 1 de febrero de 2026

TRANSFORMACIÓN


Eh, célebre Odiseo, gloria insigne de los aqueos!

Acércate y detén la nave para que oigas nuestra voz.

Nadie ha pasado en su negro bajel sin que oyera la suave voz

que fluye de nuestra boca; sino que se van todos

después de recrearse con ella, sabiendo más que antes;

pues sabemos cuántas fatigas padecieron en la vasta Troya

argivos y teucros, por la voluntad de los dioses,

y conocemos también todo cuanto ocurre en la fértil tierra.

(Fragmento de la Odisea, atribuida a mi amigo Homero)



Era un día normal en la taberna. No podía dormir y fuí a desayunar al Mono Rojo y cuando Adiolinda me estaba poniendo el café, sucedió todo.
Dando unos estridentes gritos incomprensibles, quizás más parecidos a los del pez más pequeño pero el que más alto emite chirridos de alta frecuencia escuchados desde grandes distancias, Maruxaina subió sobre la barra de un gran salto empezando a despojarse de la ropa que llevaba puesta y que se arrancaba, desgarrándola, como si fueran prendas de papel.
Adiolinda, avisada de que algo así, algún día, podía suceder, comenzó a echar de la taberna a los pocos clientes que a esa hora desayunaban en la tasca.
Tú te quedas, que eres uno de sus amigos, por si tienes que ayudar, pero ahora quédate sentado y ni hables ni te muevas, me dijo la tabernera mientras cerraba las puertas de entrada. 
La Maruxaina continuaba con esos chirridos y parecía que dos aberturas se le habían producido a ambos lados de la garganta, por donde parecía salir la aguda estridencia que lanzaba al aire mientras sus piernas, juntas, parecían fundirse en una y un extraño eccema empezaba a cubrírselas mientras se veía obligada a sentarse sobre la barra.
Al tiempo, al abrir su boca vimos como los perfectos dientes se habían transformado en dos filas de afiladas sierras puntiagudas y las pequeñas orejas que tanto le gustaban al Cipri empequeñecían más aún estando en un tris de desaparecer.
En el ambiente, un conocido olor a alta mar, a algas y cangrejos, almejas y lapas en la roca.
En ese momento, Teresa, sin perder la compostura y arriesgándose a un mordisco de la Maruxaina que le lanzó un dentellazo que, Teresa, avisada, se esperaba y pudo esquivar mientras tiraba un enorme cubo de agua al cuerpo de la Maruxaina y que luego nos enteramos,y había mezclado con bastante sal marina.
Adiolinda quitó de la barra todo con lo que la Maruxaina se hubiera podido lastimar y volvió a decirme que no me moviera viera lo que viera.
En esos momentos, los estridentes chillidos se habían convertido en una hermosa y atrayente canción que me hizo levantarme e intentar acercarme a la bella parroquiana cuando Teresa, cogiéndome de los hombros por detrás me empujó contra la silla al tiempo que Adiolinda me ataba a la misma con una gruesa y fuerte maroma que impedía mis intentos de levantarme.
En la puerta, otros parroquianos golpeaban sus hojas para que les abrieran, sin conseguirlo, dada la gran y robusta puerta de madera que Cipri había mandado construir para la Taberna del Mono Rojo, en la que hasta los cristales de colores eran blindados.
Poco a poco Maruxaina fue bajando en intensidad su desconocida pero sugerente canción hasta que cayó totalmente, pronunciando de vez en cuando algún berrido chiquito y casi inaudible.
Las orejas volvieron a crecer hasta su tamaño de diario, pequeñas, redondeadas, bonitas y en su boca se abría paso su preciosa dentadura mientras la doble sierra parecía que se metía en la mandíbula hasta desaparecer, igual que el eccema de las piernas, que ya volvían a estar separadas.
Teresa sacó una especie de albornoz, pues la Maruxaina estaba completamente desnuda y caída sobre la barra, sollozando y recibiendo el consuelo y el abrazo maternal de la exmonja, que poco después la acompañó junto con el Cipri a su casa, quedándose con ellos.
Adiolinda limpió y colocó todo lo desordenado en la taberna, abrió las puertas y dejando entrar a los clientes, no les respondió a ninguna de sus preguntas y requerimientos.
Al poner la tv en el canal local, daban la noticia de que "Una gran ola provocada por un metanero deja varios heridos graves en la ciudad al lanzarlos y chocar contra las rocas.
Adiolinda y yo nos miramos en silencio. Todo estaba explicado.

sábado, 31 de enero de 2026

UNA TABLA EN EL OCÉANO

Soy como un espíritu que mora
en lo más hondo del corazón.
Siento sus sentimientos,
pienso sus pensamientos
y escucho las conversaciones más íntimas del alma,
la voz que sólo se oye en el rumor de la sangre,
cuando el vaivén de los latidos
se asemeja al sosegado oleaje del océano estival.

He desatado la melodía dorada
de su alma profunda y me he zambullido en ella
y, como el águila en medio de la bruma y la tormenta,
he dejado que mis alas se adornasen
con el fulgor de los rayos.

(Poema de mi amigo Percival Bisshe Sheley)



Recuerdo haber leído un episodio en la vida del poeta y filósofo Percival Bisshe Shelley en el que en un trayecto de recreo en barca con su esposa, Mary Shelley y con Lord Byron, Sheley cayó del bote al agua y se fué hundiendo en el lago sin hacer nada para evitarlo. Cuando Byron y un tripulante del pequeño navío se tiraron y bucearon hasta el fondo para rescatarlo, encontraron a Sheley completamente quieto mientras se ahogaba.
En esta ocasión pudieron sacarlo a tiempo, porque años más tarde, murió ahogado al sufrir una fuerte tormenta mientras navegaba con su velero.
Y pienso en ello porque quizás todos, o si no todos, yo si, actuamos igual que Sheley mientras se hundía al entender que ya hemos vivido lo suficiente como para intentar movernos ante lo que la vida nos presenta ahora, sea lo que sea, dejando que todo ocurra sin inmutarnos al tener ya la mochila repleta de casos, vivencias y hechos.
Da un poco igual lo que suceda, es lo mismo que nos veamos rodeados por situaciones nuevas, la indiferencia es total y el miedo o la preocupación dejaron hace mucho de existir por la acumulación de años, no tanto quizás en número pero si en experiencias.
No importa que lo que para algunos pueden ser problemas te rodeen e intenten quitarte el aliento, es igual, tienes tanto cuidado con el aliento que te queda como por el que no te queda, es decir, ninguno.
Has nadado tanto en el transcurrir de la vida que cuando, cansado ya, paras de hacerlo, si no hay una tabla cerca a la que no cueste trabajo agarrarse, lo mejor es dejar que el agua te rodee, te abrace y te dejes llevar sin rebelarte ni luchar.
Cuando la tabla es una taberna en la que encuentras albergue, y hasta esa tabla parece que sobra, ves llegado el momento de reunir a los parroquianos habituales y despedirte de ellos.
Veremos que hago cuando llegue ese instante en el que aún no estamos, o salgo por la puerta acristalada para no volver o me recluyo en el mundo del no ser del Cipri y me quedo impávido y silencioso ante la crepitante chasca ardiendo. 
No lo sé, pero a veces me parece que voy en la barca de Mary, Percival y Byron con ellos, pero no navega el bote solo, arrastra y remolca cantidad de pequeñas embarcaciones cargadas con los pesos y añadidos recogidos en toda una vida repleta de largo y trabajado historial.

viernes, 30 de enero de 2026

VIENTO DEL SUR

¡espera! ¡no te vayas!
¿De parte de quién es? ¿Quién dijo eso?
Besos que yo esperé, tú me has dejado
en el ala dorada de mi pelo.
 
¡No te vayas! ¡alegra más mis flores!
Y sé, tú, viento amigo mensajero;
contéstale diciendo que me viste,
con el libro de siempre entre los dedos.
 
Al marcharte, enciende las estrellas,
se han llevado la luz, y apenas veo,
y sé, viento, enfermo de mi alma;
y llévale esta «cita» en raudo vuelo.
 
...Y el viento me acaricia dulcemente,
y se marcha insensible a mi deseo...

(Poema de mi amiga Gloria Fuertes)

Siempre le estaré agradecido al viento del sur, no el cálido proveniente de África, con la calima de polvo de arena del desierto, sino al otro, al frío, al de poniente, que después de cruzar el Atlántico entra por el suroeste de la península y llega hasta mí, con su fresca temperatura traiéndome noticias nuevas para prepararme.
Es el viento que, cuando estuve limpiando la costa coruñesa del sucio y maloliente chapapote con el que el Prestige ensució las bonitas rías y playas gallegas, en una noche de cielo limpio y estrellado, en el que casi diría que alzando la mano podría alcanzar alguna de esas luces con las que las estrellas nos hacen saber que continúan ahí, velando nuestros sueños, me dijo que iba a tener una hija, la hija de las estrellas.
Corría el año 2002, y dos años después las estrellas nos bendijeron con una preciosa niña con dos hermosos luceros en su cara y que el poniente celebró conmigo junto a las luces celestes que nos acompañaron en esa celebración alegre como ninguna.
Es el viento de las noticias futuras, de las buenas noticias, es el céfiro que de repente se presenta golpeando tu cara con su fría mano y te susurra al oído.
Es la brisa que arrampa con lo negativo dejando la ventana del destino abierta para que lo mejor te visite de su mano.
Es el vendaval que limpia tus desniveles, tus crisis emotivas, tus declives, y te sube a lo más alto del cosmos, allí donde solo la energía divina habita devolviéndote después a tierra completamente renovado.
Mi querido viento del sur, amado y  atlántico poniente, te debo mucho, sobre todo dos luceros que ya tienen casi veintidós años y de la que tenías razón, solo había que alzar la mano y se me agarró a ella la Niña de las Estrellas, mi hija.


jueves, 29 de enero de 2026

NEVÓ EN LA CIUDAD, AUNQUE NO SOLO



Aquí no hay viejos
Solo, nos llegó la tarde:
Una tarde cargada de experiencia
Experiencia para dar consejos.
Aquí no hay viejos
Solo nos llegó la tarde.
Viejo es el mar y se agiganta.
Viejo es el sol y nos calienta.
Vieja es la luna y nos alumbra.
Vieja es la tierra y nos da vida.
Viejo es el amor y nos alienta.
Aquí no hay viejos
Solo nos llegó la tarde.
Somos seres llenos de saber.
Graduados en la escuela.
De la vida y en el tiempo.
Que nos dio el postgrado.
Subimos al árbol de la vida.
Cortamos de sus frutos lo mejor.
Son esos frutos nuestros hijos.
Que cuidamos con paciencia.
Nos revierte esa paciencia con amor.
Fueron niños son hombres serán viejos.
La mañana vendrá y llegará la tarde.
Y ellos también darán consejos.
Aquí no hay viejos
Solo nos llegó la tarde.
Joven: si en tu caminar encuentras.
Seres de andar pausado.
De miradas serenas y cariñosas.
De piel rugosa, de manos temblorosas.
No los ignores ayúdalos.
Protégelos ampáralos.
Bríndales tu mano amiga.
Tu cariño.
Toma en cuenta que un día.
También a ti, te llegará la tarde....

*(Poema de mi amigo Mario Benedetti )



Estaba helado. Me acerqué a la chasca en la que gruesos troncos de madera se convertían en ascuas incandescentes mientras alguna llama lamía el dorso del leño ampliando el campo de la madera al rojo vivo y que tanto calor desprendía y al que accedí acercando las manos al hogaril en llamas.
Había nevado en la ciudad y un paisaje gélido totalmente blanco había convertido a la urbe en una especie de sucursal de Siberia en el que pocos osaban salir a la calle.
La nieve había cubierto la ciudad, de igual manera, pensé, de cómo la nevada del tiempo había caído sobre la barba y mis pocos cabellos en la cabeza en una intensidad de la que los telediarios hubieran dicho que con un grosor de diez a quince centrímetros, todo lo vivido y experimentado durante años de existencia, quedó cubierto por esa nevada existencial sin quedar constancia de que ocurrió.
Sólo nieve, en mi testa, al igual que en las calles, todos los vicios, los adulterios, etc. habían quedado como en una amnistía motivada por la desertización producida por la invasión de tanto copo.
La gente me mira, yo me miró, y vemos ambos un viejo de barba blanca, silencioso, solitario y que probablemente, o ya nació así o no hizo otra cosa en su vida salvo convertirse en el anciano que ahora busca la silla más cercana a la hoguera para conservar ese calor que tanto anhela para reconfortar el permanente frío que arrastra por la sala.
Atrás quedaron amores de unas horas o largos y apasionados en el tiempo, amistades proclives a actos insumisos como los que acumuló en estos años de lucha, trabajos de todo tipo, estudios varios y muchos, discursos y presentaciones ante injusticias públicas, detenciones, porrazos de la sin razón de cuerpos, dicen, que de seguridad, y todo cuanto acontenció en su vida. Borrado en su totalidad el pasado, preso de la dictadura y de la imposición, sin recurso posible, de la capa de nieve temporal que transformó la figura de este antiguo guerrero de causas pérdidas antes de nacer en la del abuelo callado que ahora dormita frente al fuego.
La nieve, la invasión de la cana, terrible y inapelable, que te convierte en alguien extraño, desconocido, sin pasado y ya casi sin futuro.
Frías nieves las dos, la copiosa de la ciudad y la carcelaria de la presencia humana. Gélidas, implacables!!!

miércoles, 21 de enero de 2026

CUALQUIERA TIEMPO PASADO...

Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando;
cuán presto se va el placer;
cómo después de acordado
da dolor;
cómo a nuestro parecer
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.

Pues si vemos lo presente
cómo en un punto se es ido
y acabado,
si juzgamos sabiamente,
daremos lo no venido
por pasado.
No se engañe nadie, no,
pensando que ha de durar
lo que espera
más que duró lo que vio,
pues que todo ha de pasar
por tal manera.

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir:
allí van los señoríos,
derechos a se acabar
y consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
y más chicos;
y llegados, son iguales
los que viven por sus manos
y los ricos.

(Fragmento de "Coplas por la muerte de mi padre", de mi amigo Jorge Manrique).

Noche larga en la taberna para Forastero Quizás. Solo, sin hablar, mirando el crepitar de las llamas en la hoguera y dando vueltas con la mano a una jarra vacía de cerveza que, al poco, Adiolinda, atenta, le cambió por otra espumante y fresca aunque Forastero, si se enteró del cambio, nada dijo ni agradeció.
La Maruxaina se acercó a la mesa en la que Forastero pensaba y sin decirle nada, tomó una de sus manos y se sentó mirándole fijamente a los ojos.
Apretaba su mano, transmitiendo un calor auxiliar al estado de ánimo del parroquiano.
La Maruxaina había adivinado los tristes pensamientos que mantenían al amigo de tantas noches tabernarias en ese estado, y le estaba transmitiendo en su cercanía el valor y la fuerza necesaria para sobreponerse, sin palabras huecas, sin gestos inútiles, tan solo una mano apretada y esperar acompañando al amigo herido en los recuerdos.
Las lágrimas empezaron a brotar de los ojos del habitual del Mono Rojo. Sudar los ojos por los claveles que le irritan hubiera dicho Forastero, pero la Maruxaina sabía que empezaba a echar fuera los malos pensamientos, los que atenazaban su corazón, y soltando la mano, la sirena le abrazó fuertemente mientras le decía, llora si quieres, pero sabes que nadie muere si alguien le recuerda, como tú a tu padre, susurró la Maruxaina mientras se levantaba soltando al Forastero y dejando en su mesa unas pequeñas hojas de roble secas.

martes, 20 de enero de 2026

EL FRUTO DE ATARDECERES

Pescadorcita mía,
Desciende a la ribera,
Y escucha placentera
Mi cántico de amor;
Sentado en su barquilla,
Te canta su cuidado,
Cual nunca enamorado
Tu tierno pescador.

La noche el cielo encubre
Y acalla manso el viento,
Y el mar sin movimiento
También en calma está:
A mi batel desciende,
Mi dulce amada hermosa:
La noche tenebrosa
Tu faz alegrará.

Aquí apartados, solos,
Sin otros pescadores,
Suavísimos amores
Felice te diré,
Y en esos dulces labios
De rosas y claveles
El ámbar y las mieles
Que vierten libaré.

La mar adentro iremos,
En mi batel cantando
Al son del viento blando
Amores y placer;
Regalarete entonces
Mil varios pececillos
Que al verte, simplecillos,
De ti se harán prender.

De conchas y corales
Y nácar a tu frente
Guirnalda reluciente,
Mi bien, te ceñiré;
Y eterno amor mil veces
Jurándote, cumplida
En ti, mi dulce vida,
Mi dicha encontraré.

No el hondo mar te espante,
Ni el viento proceloso,
Que al ver tu rostro hermoso
Sus iras calmarán;
Y sílfidas y ondinas
Por reina de los mares
Con plácidos cantares
A par te aclamarán.

Ven ¡ay! a mi barquilla,
Completa mi fortuna;
Naciente ya a la luna
Refleja el ancho mar;
Sus mansas olas bate
Süave, leve brisa;
Ven ¡ay! mi dulce Elisa,
Mi pecho a consolar.

(Poema de mi amigo José de Espronceda)

Siempre fue una persona poco habladora. Su trabajo, sus copas después de ello, su gente, y poco más, salvo un conocimiento extenso sobre el comportamiento humano, aprendido por la gran cantidad de gentes y hechos vividos.
Viajó por todo el mundo, subsistiendo a través de diversos trabajos que no siempre conocía aunque, con su empeño, los aprendió y realizó sin nunca recibir una queja.
De todos ellos, quizás el que más le marcó para su futuro fue cuando trabajó en la mar, de pescador, en la isla de Cubagua, en el municipio de Tabores, Venezuela, un núcleo urbano casi desierto, donde apenas vivían cincuenta personas y de las cincuenta, una, Margarita, fué quien retuvo al Cipri con su peñero faenando entre Punta Manglecito y Punta Arenas, arriesgando alguna vez hasta Punta La Horca y regresando a la caída del día a vender su pescado y a descansar entre los brazos de quien se adueñó de su aventurero corazón hasta que, por problemas familiares, tuvo que regresar a España para hacerse cargo de la taberna familiar que era un referente en la comarca y casi un centro social de primer orden, el Mono Rojo.
Seguramente si Cipri hubiera conocido todo lo que pasó en Tabores, nunca se hubiera venido a España y hubiera perdido la taberna, pero él era desconocedor de que esos atardeceres venezolanos donde el sol se bañaba en las aguas de ese Mar Caribe dejando a la Luna el espacio, germinaran en alguien que a la postre terminara por mantener al Mono Rojo en la familia y continuando su servicio fraterno entre los parroquianos, porque cuando el Cipri empezó a notar como ese alemán le robaba la memoria y le recluía en ocasiones en ese pozo negro del no ser, habló con Venezuela y esa niña, a la que desde que se enteró de su existencia nunca dejó de proteger económicamente, vino a España a conocer a su padre y para hacerse cargo de ese local mítico una vez que hubiera comprendido su esencia y formara parte de su espíritu colectivo.
Adiolinda llegó a la Taberna, y guardando su secreto, empezó de camarera de un Cipri cada vez más recluido en su alzehimer, y nadie supimos que era hija del Cipri hasta que la comisión judicial se presentó un día en la Taberna con el cometido de apropiarse de ella y mandar al Cipri a una residencia al estar solo en el mundo.
En ese momento un vendaval venezolano salió de detrás de la barra, con una gran carpeta llena de papeles donde quedaba claro que era hija del Cipri, al que entre ella y la Maruxaina cuidaban, ahora también con la ayuda de Teresa, y que el local estaba puesto notarialmente en el testamento que pasaba íntegramente a poder de Adiolinda, su hija, cuando éste se despidiera, obligándo a la comisión judicial a marcharse y a estudiar el caso en las dependencias del juzgado pero ya sin ninguna oportunidad de apropiarse de la taberna y de recluir al Cipri.
Nunca el juez pudo pensar que todo transcurrió en la juventud del tabernero en unas aguas transparentes y limpias como los ojos de Margarita cuando acompañaba al Cipri con su peñero entre Punta Manglecito y Punta Arenas bajo la luz celestial de un atardecer caribeño.

sábado, 17 de enero de 2026

MELODIA DE LEYENDA

El viento es un caballo:
óyelo cómo corre
por el mar, por el cielo.

Quiere llevarme: escucha
cómo recorre el mundo
para llevarme lejos.

Escóndeme en tus brazos
por esta noche sola,
mientras la lluvia rompe
contra el mar y la tierra
su boca innumerable.

Escucha como el viento
me llama galopando
para llevarme lejos.

Con tu frente en mi frente,
con tu boca en mi boca,
atados nuestros cuerpos
al amor que nos quema,
deja que el viento pase
sin que pueda llevarme.

Deja que el viento corra
coronado de espuma,
que me llame y me busque
galopando en la sombra,
mientras yo, sumergido
bajo tus grandes ojos,
por esta noche sola
descansaré, amor mío.

(Poema de  Pablo Neruda)

El pasado tres de enero fue cuando pudimos escuchar de nuevo la música del Mono Rojo.
No se sabe si es por la ubicación y como el aire, en esos y solo en esos días de luna llena, entra por las rendijas de la taberna produciendo una melodía que abre los corazones de quienes la escuchan haciendo más grupo entre los parroquianos del Mono Rojo.
Otros dicen que es el espíritu del fundador original, que en un empeño en que su obra de tener un sitio donde vecinos y visitantes encuentren al Mono Rojo como un segundo hogar en el que confiar en los demás, regresa cada luna llena y pone en marcha un oculto mecanismo guardado entre sus paredes que hace que esa melódica llamada a la amistad empiece a sonar, tímidamente al principio para ir in crescendo ocupando sentimientos ignorados a los parroquianos que la sienten como un suave susurro con el poder de limpiar y curar los corazones intoxicados por el quehacer diario.
Otros cuentan como al ser poseídos por la melodía, se encuentran conectados al espíritu de la taberna y se enfrentan a sus deseos, a sus sueños, encontrando respuesta a sus preguntas. 
Los hay que lo comparan con un susurrante regato de agua que discurre suave y tranquilo por la taberna llevándose problemas y preocupaciones hasta el mar, donde se pierden.
En cualquier caso, estar atentos a la próxima luna llena y escuchar.

ENTRE PUCHEROS

Cuando la obediencia os trajere empleadas en cosas exteriores; entended que, si es en la cocina, entre los pucheros anda el Señor ayudándoos en lo interior y exterior”. 
(Santa Teresa de Jesús, libro de las Fundaciones 5,8.)

Llegó un día a la taberna, con una maleta vieja, como de cartón, su ropas pasadas de moda, negras, y su pelo corto recogido en una pequeña melena con una goma también negra.
Habló con Adiolinda, que al poco, estrechándola en un abrazo la pasó a la cocina, para después, al cerrar, llevarla a su casa.
Nadie supimos más de sus circunstancias, pero si degustábamos los excelentes platos que de su mano salían en una cocina de la que se había hecho cargo contratada por Adiolinda, que también la facilitaba alojamiento en su hogar.
La preguntábamos y no nos contestaba, pero si la contábamos algún problema personal, se sentaba con el que la abordaba, le escuchaba y le aconsejaba como si fuera su madre.
Decía que se llamaba Teresa y se ganó el respeto y el cariño de todos los parroquianos, y no solo por el arte de su mano al cocinar, sino por su empatía y ayuda a quien lo necesitaba.
Un día la vimos llorar y esconderse en su cocina, mientras un periodista de televisión con su cámara se empeñaban en preguntarla y grabarla.
¿Como llegó hasta aquí, sor Teresa?¿Se salió del convento y ahora es cocinera en vez de monja? ¿Que dicen sus antiguas hermanas de ésto, lo conocen, saben donde está, en que trabaja? Sor, sor, sor....
Preguntas sin esperar respuestas, y Teresa llorando. Salió Adiolinda de la cocina, con un rodillo de madera de amasar y dirigiéndose a los periodistas les exigía que salieran de la Taberna, sin lograrlo.
Poco a poco empezamos a levantarnos los parroquianos, Paco, Pedro, Severiano, Rosa, el Fantasma del Pasado, Pepefel y un servidor y fuimos empujando hasta la calle a los cuervos de la prensa que alteraban a Teresa y a la taberna.
Una vez echados fuera del Mono Rojo, pasados unos minutos, salió Teresa, con unos klinex en la mano con los que se secaba los ojos y se sonaba la nariz, y acompañada de la camarera se sentó en una de las mesas y mirándonos fijamente empezó a contarnos:
- Soy Teresa, María José de nacimiento, nací en una pequeña pedanía sevillana, y desde muy jovencita sentí la llamada religiosa para terminar entrando, con 19 años, en una congregación de las clarisas que me mandaron a un convento en Burgos, en donde me dediqué durante veinte años a la oración y a la enseñanza a chiquillos de la zona.
Ya llevaba yo tiempo inmersa en una crisis de fé, y en una ocasión en la que casi toda la congregación, tras sucesivas discusiones con el obispo, se separó de la Iglesia,  aproveché y dí el  paso a mí deseo de experimentar el mundo fuera de los muros del convento , marchándome de Belorado y llegando hasta la taberna del Mono Rojo donde Adiolinda me contrató para la cocina facilitándome al mismo tiempo un lugar donde vivir, con ella.

Aquí, en la taberna, pese que al principio, acostumbrada a la disciplina y al recogimiento del convento, la costó, poco a poco se fue ganando nuestro cariño, por su especial delicadeza al aconsejarnos, por siempre tener tiempo para escucharnos, también por sus suculentos platos y raciones, de tal manera que se convirtió en un referente más del Mono Rojo.
Al ver hoy el ataque cruel de los periodistas y verla llorar, reaccionamos defendiendo a quien ya venía siendo uno de los nuestros, a la que Pepefel, con su sorna gallega la empezó a llamar Sor y Hermana. Ella sonreía.

viernes, 16 de enero de 2026

BUSCANDO A MARIO


Aunque el resplandor que
en otro tiempo fue tan brillante
hoy esté por siempre oculto a mis miradas.

Aunque mis ojos ya no
puedan ver ese puro destello
que en mi juventud me deslumbraba.

Aunque nada pueda hacer
volver la hora del esplendor en la hierba,
de la gloria en las flores,
no debemos afligirnos,
porque la belleza subsiste siempre en el recuerdo.

En aquella primera
simpatía que habiendo
sido una vez,
habrá de ser por siempre;
en los consoladores pensamientos
que brotaron del humano sufrimiento,
y en la fe que mira a través de la muerte.

Gracias al corazón humano
por el cual vivimos;
gracias a sus ternuras, a sus
alegrías y a sus temores, la flor más humilde al florecer
puede inspirarme ideas que, a menudo,
se muestran demasiado profundas
para las lágrimas.

(Poema de mi amigo William Wordsworth) 


- Hola, buenas tardes, es la primera vez que vengo a este lugar, aunque he oído hablar mucho de él.
-Buenas tardes, señora, soy Adiolinda, la camarera de la Taberna, dice que ha oído hablar mucho sobre el Mono Rojo, ¿Por alguien en concreto o ha escuchado hablar de él en general?
-Mire, me llamó Petra, y fuí la mujer de Mario, un cliente suyo que, desgraciadamente, se mató en un accidente con la moto cuando venía hacia aquí, como todas las tardes. Ya que no le tengo, voy recorriendo todos los lugares donde se sentía cómodo y a gusto, y éste era uno de ellos.Quiero comprender, entender, el por qué se sentía como en casa, aquí, en una taberna.
- Petra, la propongo que hable usted con su marido, con Mario, y que él le explique todo lo que necesite saber.
-¿Me toma el pelo? ¿Que no ha entendido de que mi marido se mató con la moto? Mi marido está muerto y enterrado, no sea usted tonta.
-Petra, siéntese a una mesa, tómese una cerveza, y espere, observé el salón, sus paredes de piedra y madera, sus lámparas, los parroquianos como Mario, y luego me cuenta si quiere, o se levanta y se va, a la jarra la invito yo.
Petra se sentó en una mesa cercana a la chasca, una mesa en la que los habituales suelen sentarse al estar cerca del calor, y hablan, y se escuchan unos a otros, y comparten.
Cuando me acerqué a la mesa y tomé asiento, esa mujer me miró con curiosidad y me dijo que si quería sentarme, bien, la mesa era grande, pero que ella ya estaba sentada y no buscaba compañía, menos de desconocidos.
Me presenté, hola, soy Forastero Quizás, parroquiano de esta Taberna desde hace muchos años.
Ella empezó a conversar, me preguntó si conocía a Mario, su marido, el que se mató con la moto, si le conocía más gente, de que hablábamos con él, que nos contaba, si hablaba de ella, si del trabajo en la empresa de su padre, de sus hijos, y bla, bla bla. Ya no dejo de hablar en toda la tarde, conmigo y con más parroquianos que desde luego habían conocido a Mario y habían compartido con él tiempo, cervezas y compañía.
Hasta que, con alguna lágrima empezando a formarse en sus ojos, dijo que tenía que irse.
Todos la dijimos hasta pronto y ella fue a despedirse de Adiolinda.
¿Habló con Mario, su marido? la pregunto de golpe la camarera.
Si, tenía usted razón, mi marido está aquí, forma parte de la Taberna. No ha muerto al estar en los recuerdos de todos los parroquianos que le conocieron, a los que contó sus cosas, sus inquietudes, sus problemas, incluso las discusiones conmigo.
En cada conversación con  los diversos parroquianos que me transmitieron sus palabras, estaba Mario hablándome a través de ellos, a veces, alguno hacía hasta sus gestos al expresarse, y si, me he dado cuenta de que Mario es parte viva de este establecimiento, de cada piedra, de cada jarra, de cada mesa. Está aquí, en el aire, en el ambiente, en las palabras que sembró y que recogieron el resto de sus amigos tabernarios.
Desde que murió, nunca he estado más cerca de él que lo que he estado esta tarde, y volveré, volveré cada vez que necesite hablar con él, exponer mis problemas o lo que me ocurra a los parroquianos que se sienten conmigo a la mesa y quieran escucharme, y yo escucharé, escucharé mucho.
Sin duda, Mario está en la Taberna, terminó,  dando un abrazo a la camarera y unas gracias que olían a promesa, "volveré".

jueves, 15 de enero de 2026

ENCUENTRO


.Aquel momento que flota
nos toca de su misterio.
Tendremos siempre el presente
roto por aquel momento.

Toca la vida sus palmas
y tañe sus instrumentos.
Acaso encienda su música
sólo para que olvidemos.

Pero hay cosas que no mueren
y otras que nunca vivieron
y las hay que llenan todo
nuestro universo.

Y no es posible librarse
de su recuerdo.

(Poema de mi amigo, José Hierro)


Se sentó a la mesa, enfrente mía, mirándome fijamente mientras una tímida sonrisa iluminaba su cara empujándome a un pasado del que casi no recuerdo detalles concretos y que tan solo un pensamiento global generalizado en nosotros es capaz de trasladarme sentimientos ya olvidados.
Su cara de niña, con trece años, no me permite invitarla a una cerveza, que incluso creo no hubiera aceptado, y me volví hacia la barra pidiendo a Adiolinda un refresco de naranja, mientras escuchaba su voz retomando esas caminatas abrazados hasta la vieja estación de tren, donde nos sentábamos en el suelo árido y seco que la rodeaba.
Al girar de nuevo la cabeza situándome frente a ella, observé con sorpresa que había cambiado. Algún granito, un toque de maquillaje en los ojos que luego tendría que quitarse para entrar sin problemas en su casa y un rictus más serio del de costumbre mientras en su pecho germinaban frases que inmediatamente su garganta expresaba. "No viniste a verme, casi no me escribías y yo te esperaba anhelando verte, tocarte, besarte, abrazarte, pero no estabas".
En ese momento tendría unos dieciséis años y seguía siendo preciosa, con ese temblor casi imperceptible del labio inferior motivado por esa permanente cortedad que no conseguía vencer.
- Gracias, Adiolinda - le dije a la camarera que nos traía el refresco, y al volver a mirarla ya tenía unos veinte años, aunque seguía siendo ella al decirme, " y viniste por fin a verme. Ya era tarde, tenía otro novio, que me quería, que aguantaba mi falta de sentimientos por él al tenerlos empeñados en tí, pero viniste y estuvimos juntos.
Te presentaste en casa de mis padres y nos saludaste a todos, incluso a mi pareja. Nos dijiste que te habías casado, que tenías un hijo y yo no entendía por qué aterrizaste en casa después de cuatro o cinco años"

Miré hacia abajo, forzado por el peso de los recuerdos y te iba a contestar cuando vi que ahora tu rostro había vuelto a cambiar, tendría unos treinta y tantos.
" Y seguiste viniendo dos o tres veces al año, y nos escribíamos, y te dije que ahora era yo la casada, aunque seguía esperando a que vinieras por mi.
No me porte bien con mi marido, no respondí a su amor como hubiera debido, pero estabas tú, el que me había abandonado y yo no podía olvidarte".
La cogí de las manos y al decirla, escucha, la miré y en ese momento su rostro volvió a cambiar, ahora tendría unos cincuenta años y aunque muy diferente, conservaba esos gestos suyos que tanto me atraían, aunque ahora sus ojos estaban algo apagados, con penas profundas de las que dejan cicatrices en el alma que terminan brotando en la faz.
"Y me ingresaron por depresión severa. No quería hablar con nadie, no quería comer, no quería más que hablar contigo y marcharnos juntos, aunque ya hacía años que no nos veíamos pese a que hablábamos por teléfono de cuando en cuando.
Hasta le dije a mi marido que me iba contigo. Me ingresaron y tú no estabas".
Cuando conseguí limpiarme de sudor los ojos empapados la miré, ya tenía sesensa y algo, " ya no sé si nos veremos alguna vez, seguramente no. No puedo llamarte por teléfono porque no me atrevo, así que he venido a despedirme", me dijo acercando sus labios a los míos, me dió un tierno beso mientras su cara volvía a los trece años.
Se levantó y marchando lentamente, sin volverse, abandonó la taberna.
-¿Para que querías el refresco, Forastero? Dejaste que se calentara y ni lo has tocado.
-Adiolinda, piénsalo bien, ¿viste a quien estaba sentada conmigo?
-Forastero, vete a casa, no bebas más. Estuviste solo todo el tiempo y ni hablabas.

No me dí cuenta de que con los dedos revolvía y daba vueltas a algo. Era un viejo anillo de plata, de mujer, de los que se llevaban en los años setenta del siglo pasado y en su interior dos palabras, ETERNAMENTE TU

miércoles, 14 de enero de 2026

UNA INFUSION CON TACONES

La belleza y la muerte son dos cosas profundas,

con tal parte de sombra y de azul que diríanse

dos hermanas terribles a la par que fecundas,

con el mismo secreto, con idéntico enigma.

Oh, mujeres, oh voces, oh miradas, cabellos,

trenzas rubias, brillad, yo me muero, tened

luz, amor, sed las perlas que el mar mezcla a sus aguas,

aves hechas de luz en los bosques sombríos.

Más cercanos, Judith, están nuestros destinos

de lo que se supone al ver nuestros dos rostros;

el abismo divino aparece en tus ojos,

y yo siento la sima estrellada en el alma;

mas del cielo los dos sé que estamos muy cerca,

tú porque eres hermosa, yo porque soy muy viejo.

(Poema de mi amigo, Víctor Hugo)


No la vi nunca en la taberna y por los comentarios, ningún otro parroquiano la había visto jamás.
Era alta, grande, muy elegante en la sobriedad de sus ropas, oscuras, negras, con velos y tules al cuello y en brazos, con grandes y puntiagudos tacones en los piés, envueltos en unas medias que parecían de fina rejilla, también negras, estilizando el paso seguro, estiloso, con garbo.
De ahí los comentarios en su avance mientras en el ambiente dominaba ya un intenso olor dulzón a perfume caro y exclusivo.
Pidió una infusión y mientras la máquina sonaba con el siseo del agua hirviendo a presión cayendo en el vaso, ella lanzó su mirada, curiosa, recorriendo toda la sala.
Ni una sonrisa en su cara, seriedad absoluta, fría, y en las mejillas se observaba falta de color que el maquillaje, de haberlo, discreto, un toque, no ayudaba a ocultar.
Un par de clientes, algo perjudicados por un exceso de alcohol, acercándose a ella recibieron el latigazo de su mirada, rigurosa, helada, dura, que les hizo a uno tras otro retirarse cortados, sin decir nada más.
Bordeando los labios discretamente con una servilleta, dió por acabada la infusión, pagó y abandonó la taberna del mismo modo con el que había entrado, dejando, eso si, en el suelo que había ocupado, tres o cuatro hojas de roble, secas y caídas nadie sabe de dónde.
Apuré mi jarra dispuesto a llegar a tiempo al funeral de cuerpo presente de la hermana de un amigo de años.
El frío de la calle era similar al que de golpe, repentinamente, se había hecho dueño del termómetro del interior, sin que la chasca encendida pudiera levantar unos grados el mercurio,
Subiéndome el cuello de la chaqueta, una vez dejada atrás la alta escalera de piedra que da paso a la gran puerta de la iglesia, paso al interior donde un catafalco levanta, frente al altar, en el centro de la nave, un ataúd abierto que mi amigo me empuja a mirar para despedirme de su hermana.
Algo en mi se alteró, cuando sorprendido y asustado veo a la alta mujer, de bellos tacones y rostro poco maquillado en el interior de la caja de madera labrada cuidadosamente con motivos religiosos,  y con las manos cruzadas sujetando  un rosario de cuentas de madreperla que resaltaban con el oscuro tono de la distinguida  ropa.
En el suelo de la iglesia, alrededor del ataúd, unas cuantas hojas de roble caídas de Dios sabe dónde.

martes, 13 de enero de 2026

LA CHASCA NUESTRA DE CADA DÍA

 Siempre habrá nieve altanera

que vista el monte de armiño

y agua humilde que trabaje

en la presa del molino.

Y siempre habrá un sol también

un sol verdugo y amigo

que trueque en llanto la nieve

y en nube el agua del río.

(Poema de mi amigo León Felipe,)



Es trece de enero y estoy en la taberna apoyando los codos en una mesa cercana a la chasca que desprende un calor que te sofoca la cara mientras la conjunción entre los leños de madera y las llamas entonan esa triste canción de invierno compuesta de chasquidos y crepitares de los troncos al verse acariciados por las ardientes y varias lenguas de fuego que les recorren la anatomía como amantes intensos y delicados.

A esa distancia ya me hizo, la hoguera,  deshacerme de la chaqueta y de la bufanda, compañeros leales durante estos fríos madrileños nacidos en el polo y que en la meseta cogen bríos y fuerzas para meterse y calar en nuestros huesos de manera seca y tan helada que ni dos carajillos seguidos entonan al suplicante cuerpo expuesto a esa temperatura invernal, que en Madrid te abraza, arrastrando a muchos a residencias eternas en los museos de lápidas y sepulturas varias, a cual más trabajada, que la capital dispone para el descanso eterno al que lleva la terrible neumonía que busca habitación en los pulmones y bronquios de confiados ciudadanos urbanitas poco acostumbrados a la resistencia que les ofrece el armamento de leches, mieles y brandis con las que, tradicionalmente, el madrileño, el castellano, se  enfrentó desde siempre a tan gélido enemigo.

Cuando alguien entra en el Mono Rojo, las batientes puertas permiten el paso del quejío del viento dominante en la calle mientras silba su inquietante melodía acompañada del rítmico golpeó de alguna uralita a punto de romper su relación con el tejado de algún edificio cercano.

Todo ayuda a ese sentimiento de vacío frío que traslada enero a nuestros sentidos después del calor amigable de las reuniones navideñas con las que diciembre despide al pasado año entre brindis y villancicos, a veces pesados, como este año en el que se multiplicaron las zambombas, palillos y panderos que, como himno generalizado, perseguían desde radios y cantantes espontáneos aficionados al resto, sufridores de un nacimiento de Dios en un mundo de gitanos buenos que le cantarán, que le cantarán entre zambombas, palillos y panderos.

Que horror, con tanta agresión musical uno ya no sabe, llegado el momento, donde termina la cabeza y donde empieza el repetido e interminable pandero. Ya "pa qué" las zambombas...

Agobio navideño vivido y pasado dando lugar a la estepa fría y vacía de enero, donde solo en la chasca se encuentra albergue y consuelo esperando la detonación primaveral que llena Madrid de tulipanes, aunque "pa eso", aún queda.

martes, 30 de diciembre de 2025

DENSA OSCURIDAD

Tuve un sueño, que no era del todo un sueño.
El brillante sol se apagaba, y los astros
Vagaban apagándose por el espacio eterno,
Sin rayos, sin rutas, y la helada tierra
Oscilaba ciega y oscureciéndose en el aire sin luna;
La mañana llegó, y se fue, y llegó, y no trajo consigo el día,
Y los hombres olvidaron sus pasiones ante el terror
De esta desolación; y todos los corazones
Se congelaron en una plegaria egoísta por luz;
Y vivieron junto a hogueras - y los tronos,
Los palacios de los reyes coronados - las chozas,
Las viviendas de todas las cosas que habitaban,
Fueron quemadas en los fogones; las ciudades se consumieron,
Y los hombres se reunieron en torno a sus ardientes casas
Para verse de nuevo las caras unos a otros;
Felices eran aquellos que vivían dentro del ojo
De los volcanes, y su antorcha montañosa:
Una temerosa esperanza era todo lo que el mundo contenía;

(Fragmento del poema Oscuridad, de mi amigo Lord Byron)

Ni entiendo donde estoy ni se como he llegado hasta aquí, pero me encuentro inmerso en un espacio oscuro, negro, denso, y debo llevar bastante, porque he perdido sentidos que no necesito en este desconocido espacio.
No se usa la vista, debido a que esta densidad oscura no deja paso ni a un rayo de luz, aunque posiblemente no exista en este plano algo capaz de emitir algo de claridad.
Tampoco se utiliza el oído, ya que en está tupida y compacta oscuridad es imposible escuchar el grito más agudo que exista.
Todo es intuición, y gracias a ella se que no estoy solo, que al menos otra persona se mueve por este universo negro.
He dicho persona, y desconozco si aún somos personas como éramos anteriormente. Desconozco si tenemos cuerpo o somos solo una idea, un alma pedaleando en la zona oscura, producto de una muerte no enterada ni programada.
No siento miedo, al contrario, necesito contactar con quien comparto zona, y así lo pienso, ya que tampoco se habla si no es con la mente, ya he dicho que inmersos en este éter nada se escucha, concentrado en las sombras más oscuras.
Pienso en eso y de nuevo siento que alguien me contesta e inmediatamente notó como se estrecha el espacio entre ambos.
¿Estaremos muertos sin saberlo? Debe ser una experiencia parecida si no lo estamos, porque salvo la paz y tranquilidad que aquí se siente, nada permite alterar la situación.
Algo me sacude los hombros y ya escucho claramente mi nombre:
"Forastero, te haces viejo, ya te duermes en cualquier sitio - me decía entre risas Adiolinda, la camarera de la taberna, mientras yo, sin todavía entender nada, con esa cara de bobo recién despertado y sin espabilar aún, me encontraba perdido y sobresaltado.
No entiendo nada, salvo que todo fuera un extraño sueño.

lunes, 29 de diciembre de 2025

CUANDO EL MACUTO PESA

Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar.

(Poema de mi amigo Antonio Machado)



Termina otro año, uno más para el morral, ya lleno de primaveras y experiencias. La mochila con las costuras estiradas, a punto de reventar del peso soportado.
Miro hacia atrás y pierdo la vista del camino. Lejos la salida si volviendo la cabeza observo la cercanía de ese letrero que anuncia la llegada, la meta al final del mismo.
Ya no importan las nieves en la barba, ni las cenizas en el pelo, ni la creciente extensión de la ausencia de cabellos, caídos igual que los días, los meses, los años. Como queráis denominarlas.
Ya no es consuelo que el tipo raro del espejo me jure y perjure que soy yo, el chaval que se comería al mundo pendiente de descubrir a base de aventuras y vivencias con el único propósito de cumplir con lo que en sus sueños se prometía.
Veo en la longitud de la vereda recorrida cada tramo en el que descansé de los pesos recogidos, cada cruz que porté voluntariamente y que fueron doblegando las fuerzas iniciales mientras en mi interior me revolvía contra la realidad que dura, golpeaba sin cesar el alma de este trovador de su propia vida, juglar en la taberna donde actualmente escribe en la soledad acompañada de una jarra de cerveza en la quietud de una mesa antigua de madera labrada a punta de navajas con fechas e iniciales y algún corazón dividido por dos letras en mayúsculas.
Cansado, recorriendo lo que queda de sendero con las piernas agonizantes, encharcadas de sangre amontonada, coloreadas como media de cardenal, moradas de penitencia.
Queda poco, pero se hace largo, como si la distancia no tuviera que ver con el tiempo, que verdad debe de ser al notar que la vida transcurrió más deprisa que las zancadas de Ulises camino de Ítaca, para llegar a este punto, de reflexión en paz, tranquilo, pero exhausto, penoso, quizás harto, pero nunca rendido. Se lo debo al joven que en algún momento fuí y que permanece oculto en los edificios de mi mente, saliendo como entonces, solo en sueños.

BORRACHERA DE RECUERDOS

Y así pasó: Mi frente adormecida
volvióse luego roja;
y trocóse el albor de mi alegría,
flor que, seca, se arroja

Calló la voz de melodía tanta
y la dicha durmió;
y al nuevo resplandor que se levanta
lo pasado murió.

Hoy sólo el llanto a mis dolores queda,
sueños de amor de corazón, dormid:
¡Dicha sin fin que a mi existir se niegan
gloria y placer y venturanza huid!

(Fragmento del poema Un Recuerdo, de mi amiga Rosalía de Castro).





En ocasiones, caminando borracho de recuerdos por el sendero de lo vivido, y cuando sobrepasado por la embriaguez intensa de los mismos me refugio en el telar en el que en mi mente laboro trenzando ropajes de sonetos y poesías con los que cubriros de retales de prosa poética surgidos directamente de sentimientos perdidos en la lejanía de los años y que amontono en el almacén de mi memoria, cada vez más reducido por el paso de los tiempos, con los que os visto acorde a vuestra belleza y encanto por magias heterogéneas procedentes de principios humanos de cavernas, me quedo luego agotado por resacas varias que me retienen sin dejarme abandonar para volver al presente.
Depende mucho de la cosecha de la evocación que la vehemencia y apasionamiento me enturbie los sentidos de manera tal que más parece haber rejuvenecido en traslados al pretérito en los que hasta los olores y sabores parecen reales en vez de reminiscentes toques de historia personal vivida.
El caso es que la marea producida por esas vivencias nunca olvidadas pero ya vividas y perdidas salvo para mí evocación del ayer, deja como resultado la alteración del corazón junto a la conciencia actual, intoxicada por exceso de consumo de andanzas fuera de calendarios del presente.
Pero me gusta ese estado modificado y trastocado porque luego sueño dormido y si hay alguien cercano, me cuenta que incluso hablo y sonrío.

domingo, 28 de diciembre de 2025

LA MESA DE LA AMISTAD

...Pero callad.

Quiero deciros algo.

Sólo quiero deciros que estamos todos juntos.

A veces, al hablar, alguno olvida

su brazo sobre el mío,

y yo aunque esté callado doy las gracias,

porque hay paz en los cuerpos y en nosotros.

Quiero deciros cómo trajimos

nuestras vidas aquí, para contarlas.

Largamente, los unos con los otros

en el rincón hablamos, tantos meses!

que nos sabemos bien, y en el recuerdo

el júbilo es igual a la tristeza.

Para nosotros el dolor es tierno.

Ay el tiempo! Ya todo se comprende...

(Fragmento de un poema de mi amigo Jaime Gil de Viedma)



Se le ocurrió al excomisario un día de esos, de frío intenso, en el que vió sentado a una mesa al poeta incomprendido con una chaquetita de pana amarilla y un jersey de cuello vuelto morado, moqueando y tomando carajillos para entrar en calor.
Fué a su casa y cuando volvió lo hizo con un abrigo, usado pero en buenas condiciones todavía, que colgó de uno de los brazos del árbol con una nota que decía, "abrigo en buenas condiciones, gratis para el que lo necesite. Que lo coja y en paz".
Adiolinda, que vió la acción y leyó la nota, sin decirle quien fue el donante le dijo al poeta lo del abrigo, y a los pocos segundos, el infeliz juglar se protegía del frío con la prenda que cogió del árbol.
A los dos días, del mismo brazo colgaba una percha con unos vaqueros y una nota que decía, " ya no me entran. Para el que le valga, gratis, que lo use".
Al poco, los tejanos habían desaparecido.
Antes de acabar la semana, aparecieron colgadas dos perchas, una con dos camisas de manga larga y otra con una gabardina. Las dos con notita explicativa. Y desaparecieron también.
Otro día colgaba sujeto con una pinza un paquete de pan de sándwich familiar con una nota, " vendían una oferta de dos paquetes y yo solo necesito uno"
La misma tarde del pan, una explicación pegada con celo anunciaba que la afeitadora la había cambiado por otra, pero que está funcionaba muy bien, para quien la necesitara.
Un bote grande de Colacao les acompañaba por si hacía el apaño a alguien.
Todo desapareció cogido por parroquianos del Mono Rojo, y uno de ellos dejó la nota vuelta del revés con un GRACIAS, LO NECESITABA, grande y con letra temblorosa.
Viendo lo que ocurría, la camarera venezolana corrió el árbol a un rincón del fondo y pegada a él empujó una mesa contra la pared con un folio que dejaba leer, mesa de la amistadñ. Si necesitas algo, lo coges y en paz.
Al poco, sobre la mesa, una caja de bolígrafos Bic, de esos que llamaban de cristal y de tinta negra. Un paquete de pilas medianas, una bolsa de magdalenas, tres pares de calcetines, un paquete de compresas, unos rollos de papel higiénico, un bote de detergente y una guitarra vieja pero como nueva.
Del brazo del árbol colgaba una chaqueta a cuadros y un jersey.
Los necesitados cogían lo que precisaban, y el que podía, dejaba algo que otro podría aprovechar.
La mesa del amigo, la llamaban.
Nunca faltaron cosas y objetos sobre la mesa, y curioso, el trato entre nosotros se suavizó, las discusiones sin sentido y las peleas, desaparecieron y la sonrisa en la cara se convirtió en normalidad en la Taberna del Mono Rojo.
Los lazos se iban estrechando.
Por cierto, bonita bufanda llevo, ¿Verdad? No siempre fué mía.

miércoles, 17 de diciembre de 2025

DE INQUISIDORES

Pero tú, sacra encina del celta,
y tú, roble de ramas añosas,
sois más bellos con vuestro follaje
que si mayo las cumbres festona
salpicadas de fresco rocío
donde quiebra sus rayos la aurora,
y convierte los sotos profundos
en mansión de gloria.

Más tarde, en otoño,
cuando caen marchitas tus hojas,
¡oh roble!, y con ellas
generoso los musgos alfombras,
¡qué hermoso está el campo;
la selva, qué hermosa!

(Fragmento del poema Los Robles, de mi amiga Rosalía de Castro)



En estos días fríos de diciembre, cuando según llegábamos a la taberna nos sentábamos juntos algunos habituales, cerca de la chasca que siempre permanecía encendida en este tiempo, era raro el que nadie hablara a los demás, que guardaban silencio y escuchaban lo que algún parroquiano explicara.

Yo quise hoy contarles algo de la magia del lugar y de donde viene. Para ello no me importó encerrarme durante horas en el registro municipal en busca de algún dato o alguna historia con la que distraer a los colegas del Mono Rojo, y comencé poniéndoles en situación:
Hace más de trescientos años, hacía 1690, la primera Taberna del Mono Rojo era apenas una posada de madera enclavada en la loma que dominaba al grupo de viviendas, chabolas muchas de ellas, que formaban la pequeña comunidad vecinal.
 Cuando la Inquisición llegó a la región, enviada por varias denuncias de brujería contra unas mujeres asustadas y presas desde entonces, la taberna se convirtió en el escenario de un auto de fé improvisado: bajo la luz temblorosa de las velas y las luminarias, los inquisidores juzgaron a tres mujeres acusadas de brujería. El veredicto fue rápido, apoyado por declaraciones falsas forzadas por la dura tortura que rompía la resistencia de las investigadas, que eran capaces de acusarse de hechos nunca pensados por ellas y mucho menos llevados a cabo por su mano, pero antes de que la sentencia se ejecutara, el mono rojo, un pequeño cachorro de mono traído en algunos de los viajes que con América España mantenía, que vivía en el techo, saltó al altar, robó la cruz de hierro y la lanzó al fuego, provocando una chispa que, prendiendo en la celulosa, hizo que el pergamino de la sentencia se incendiara. 
Los presentes  en el acto de fé, entre el humo y la confusión, interpretaron el acto como el de  una señal divina, y las condenadas como brujas fueron liberadas, quedando para siempre la taberna señalada como el lugar donde el Mono Rojo salvó la vida a tres inocentes mujeres, injustamente denunciadas por la envidia y el egoísmo de algunos.
Hay ocasiones que, en el aniversario de esos hechos ya contados, una pequeña lluvia de hojas de roble, presente del pasado, cae en el interior de la taberna, despertando la amplitud de pensamiento a todo aquel que recoge una hoja del carballo o roble.

martes, 16 de diciembre de 2025

PEPEFEL



Y el mar fue y le dio un nombre
y un apellido el viento
y las nubes un cuerpo
y un alma el fuego.

La tierra, nada.

Ese reino movible,
colgado de las águilas,
no la conoce.

Nunca escribió su sombra
la figura de un hombre.

(Poema de mi amigo, Rafael Alberti)


Llevaba todo el día lloviendo. El olor a serrín húmedo invadía la taberna que se encontraba en aforo más que completo, y los parroquianos de siempre, los habituales, nos apretábamos en un par de mesas juntas cerca de la chasca con los maderos de encina ardiendo.
Todos sabíamos que era cuestión de tiempo el que alguno empezará a hablar contando alguna historia, inventada o no, pero propia de quien la narrara.
Para sorpresa nuestra comenzó a hablar Pepefel, un tipo que llevaba tres o cuatro meses por la taberna y que a base de no faltar ningún día se había hecho habitual.
Yo era un guaje, comenzó diciendo, de un pequeño concello gallego, en el que la naturaleza, caprichosa en esa tierra, me dotó, unos decían que con un don y otros que con el diablo. Era un sitio donde los extremos se dan mucho, por ejemplo, allí se podían dar unos pequeños pimientos, rabiosos como el fuego desatado en el bosque y otros, dulces y melosos como besos de abuela.
Yo, para unos un don, para otros el diablo, ya lo dije antes.
Tengo que deciros que el cura, el señor párroco, no me dejaba entrar siempre en la iglesia, y cuando lo hacía tenía mucho cuidado con el púlpito, que era donde yo me subía siempre al ser mi lugar favorito desde el que imitar al irritado sacerdote.
Ese día lo volví a hacer, y mi padre discutió con el curilla, que era así como lo llamaba, por culpa mía. Estaba yo algo nervioso por las broncas, y mi padre, al notarlo, me sacó de allí y llevóme al lado del mar para ver si así me tranquilizaba.
Al llegar a la playa, nos extrañó mucho el que el mar era como un espejo, ni una ola, ni un movimiento de algas, ni una gaviota, nada, todo quieto.
Mi padre, entrando en un pequeño bareto de tablas y uralita preguntando que pasaba atrajo la atención de una vieja vestida completamente de negro, con velo y faldas hasta el suelo que nos dijo, el Viento del Norte se ha quedado enganchado durante una tormenta, arriba, en la montaña.
Escuchar yo eso y salir corriendo hacia la cumbre, continuó diciendo Pepefel, fue todo uno y subí, gateé, trepé, me caí y me levanté mil veces hasta que lo ví, atrapada su poderosa cola en una grieta de la montaña.
Con la ayuda de una rama fuí haciendo hueco y finalmente, entre mis mañas y su fuerza, en cuanto quedó libre salió disparado llevándose consigo una gran nube de hojas y llegando a la playa, levantó olas de seis metros.
Desde entonces, cada vez que el viento levanta la arena y crea murallas de agua marina mientras los árboles bajan la cabeza doblando el tronco, la gente de allí, persignándose, exclama, es el viento de Pepefel que viene buscándole.
Fuera, en la calle, seguía lloviendo.

lunes, 15 de diciembre de 2025

INSOMNIO

   Si por un instante Dios se olvidara de que soy una marioneta de trapo y me regalara un trozo de vida, posiblemente no diría todo lo que pienso, pero en definitiva pensaría todo lo que digo.

     Daría valor a las cosas, no por lo que valen, sino por lo que significan. Dormiría poco, soñaría más, entiendo que por cada minuto que cerramos los ojos, perdemos sesenta segundos de luz.

     Andaría cuando los demás se detienen, Despertaría cuando los demás duermen. Escucharía cuando los demás hablan, y cómo disfrutaría de un buen helado de chocolate.

(Fragmento del poema La Marioneta, de Johnny Welch, aunque atribuido, falsamente, a García Marquez)



El reloj marca las cuatro y cuarto de la madrugada. No puedo dormir. Otra noche más en la que la mente no descansa y me obliga a levantarme, cansado de estar tumbado y doloridas las piernas por la incómoda postura a la que me obliga la forma grotesca de mi cuerpo.
Me visto y salgo a la calle. Sin darme cuenta llegó a la puerta de la Taberna del Mono Rojo. Cerrada, como no podía ser de otro modo a estas horas, pero recordé el secreto del Cipri para los insomnes, un poyete de hormigón cubierto en la parte superior por unas baldosas y que permitía sentarse a descansar un poco si, como ahora, el parroquiano se encontraba cerrada la tasca.
Al lado dormía una argolla, una anilla grande, para encadenar bicicletas, y el Cipri me confió que girando la argolla en el sentido contrario a las agujas del reloj, permitía que la baldosa donde reposaba la anilla, se pudiera extraer y en el pequeño hueco interior construido en la la pared, siempre había dos latas de cerveza para aliviar el tiempo que el visitante permaneciera sentado en el poyete, a la entrada de la taberna.
En verano no se dejaban las cervezas, por cuestiones de temperatura, pero en invierno, con la bajada de las mismas, estaba asegurada la perfecta para poder tomar una cerveza fría, casi helada, y eso hice, abriendo una de las dos latas.
No pasaba nadie por la calle, y pensé en mi soledad y las vueltas que se tuvieron que dar para terminar así. 
Quizás fue el karma, como me dice mi amigo Pepefel, o quizás no, quizás fuera ese guionista que desde lo alto maneja nuestros presentes jugando con los personajes que nos rodean, en un entretenido rol en el que aparecen y desaparecen por un tiempo de nuestras vidas y en el que todo está conectado, o lo parece.
Pero es triste el saber que personas que te importan, o al menos te importaron, y a las que tú también provocas un interés y aún significas algo, en este momento de desvelo intenso y solitario ellas están seguramente, dormidas en sus respectivas camas y ajenas a la situación en la que me muevo.
También he pensado a veces si mi papel en la taberna no es otro, al escribir los hechos ocurridos en la misma, que la de ese personaje desconocido, el guionista del universo, y los parroquianos se mueven y viven de acuerdo a como yo les detallo y escribo.
Si ésto fuera así, creo que posiblemente mis personajes, porque en ese momento pasarían a ser mis personajes, se rebelarían contra mi, déspota fabulador de encrucijadas y situaciones complicadas en las que se ven involucrados por mi pluma al escribir.
¿Seré un solitario castigado por el karma, o seré un ser de fuera, etéreo y en un estatus incomprensible para la mente humana, dedicado a crear mundos irreales en los que las personas son elementos de la narración en la que mi propia existencia no es más que una licencia de escritor para evitar sospecha de mi presencia casi mágica y sobrenatural desde la que me convierto en regidor de vidas e ilusiones?
Pobres parroquianos, esclavos de mis pensamientos y elucubraciones, de las ideas que para ellos crea mi mente sin dejarles tan siquiera la opción de negarse enfrentándose conmigo al desconocer mi existencia fuera de mi papel del Forastero Quizás.
Y si eso fuera así, terrible castigo el mío del que solo podría liberarme asesinando a todos mis personajes ideando alguna epidemia, accidente o atentado, cosas que no puedo fácilmente hacer al haber construido con la mayoría una amistad cercana a algo familiar que me une a ellos.


Espero que ande equivocado y no sea así la realidad de lo que sería una taberna literaria en la que no podría vivir sabiendo eso.
Me he tomado ya las dos latas vuelvo a cerrar la argolla dejando de nuevo las cervezas en su interior, pero está vez vacías, y levantándo mi cuerpo del poyete y de la chaqueta el cuello, con las manos en los bolsillos emprendo el camino de vuelta a casa pensando en lo que os he comentado.
Espero poder dormir algo