ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO
LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

lunes, 2 de marzo de 2026

RECUERDO HISTORICO

Vientos del pueblo me llevan,
vientos del pueblo me arrastran,
me esparcen el corazón
y me aventan la garganta.

Los bueyes doblan la frente,
impotentemente mansa,
delante de los castigos:
los leones la levantan
y al mismo tiempo castigan
con su clamorosa zarpa.

No soy un de pueblo de bueyes,
que soy de un pueblo que embargan
yacimientos de leones,
desfiladeros de águilas
y cordilleras de toros
con el orgullo en el asta.
Nunca medraron los bueyes
en los páramos de España.

¿Quién habló de echar un yugo
sobre el cuello de esta raza?
¿Quién ha puesto al huracán
jamás ni yugos ni trabas,
ni quién al rayo detuvo
prisionero en una jaula?

Asturianos de braveza,
vascos de piedra blindada,
valencianos de alegría
y castellanos de alma,
labrados como la tierra
y airosos como las alas;
andaluces de relámpagos,
nacidos entre guitarras
y forjados en los yunques
torrenciales de las lágrimas;
extremeños de centeno,
gallegos de lluvia y calma,
catalanes de firmeza,
aragoneses de casta,
murcianos de dinamita
frutalmente propagada,
leoneses, navarros, dueños
del hambre, el sudor y el hacha,
reyes de la minería,
señores de la labranza,
hombres que entre las raíces,
como raíces gallardas,
vais de la vida a la muerte,
vais de la nada a la nada:
yugos os quieren poner
gentes de la hierba mala,
yugos que habéis de dejar
rotos sobre sus espaldas.

Crepúsculo de los bueyes
está despuntando el alba.

Los bueyes mueren vestidos
de humildad y olor de cuadra;
las águilas, los leones
y los toros de arrogancia,
y detrás de ellos, el cielo
ni se enturbia ni se acaba.
La agonía de los bueyes
tiene pequeña la cara,
la del animal varón
toda la creación agranda.

Si me muero, que me muera
con la cabeza muy alta.
Muerto y veinte veces muerto,
la boca contra la grama,
tendré apretados los dientes
y decidida la barba.

Cantando espero a la muerte,
que hay ruiseñores que cantan
encima de los fusiles
y en medio de las batallas.


(Poema de mi amigo Miguel Hernández)



Corría el año 1941, la guerra había terminado hacía casi dos años y en el frío febrero, en una taberna, la del Mono Rojo, en el almacén entre bebidas y otros productos del estraperlo, se ocultaban trece personas, once hombres y dos mujeres, que habían militado y luchado en el bando perdedor.
El dueño de la Taberna, Eutimio, junto a su hijo de once años, el Cipri, se preocupaban de alimentarlos y mantenerlos escondidos mientras esperaban vinieran a por ellos para sacarlos del país, ya que estaban buscados y la represión estaba siendo bestial, condenando a muerte tan solo por haber luchado en el bando contrario.
Una tarde, cuando la noche estaba anunciándose en el firmamento con sus oscuras nubes, unos coches grandes junto con un camión aparcaron frente a la taberna, y bajándose de los vehículos entraron violentamente en el Mono Rojo, dando patadas a las puertas y derribando alguna mesa y unas sillas.
Unos hombres, con trajes oscuros y sombrero, empezaron a preguntar por el dueño, mientras jóvenes con camisas negras, empujando a los clientes que allí se encontraban los fueron concentrando frente al mostrador donde requirieron sus cédulas de identidad.
Uno de los, al parecer funcionarios, con traje, pasó frente a ellos mirándolos fijamente examinando sus documentos.
Al poco se dirigió a Eutimio y dándole un bofetón le preguntó donde escondía a los perseguidos.
Eutimio contestó que no sabía nada de perseguidos ni de nadie, lo que le valió un puñetazo en el estómago que le hizo, doblándose, caer de rodillas.
¡¡¡Al almacén, mirad en el almacén!!! gritó el jefe de los sicarios del régimen ganador, y pegando un fuerte golpe a las puertas, entraron en el almacén donde solo un niño, sentado entre las cajas de vino, miraba asustado. 
¿Y tú quién eres, chaval?
Soy el Cipri, el hijo de Eutimio. Mi padre es el dueño de la taberna.
Sacándole de la habitación, frente al dolorido Eutimio, le preguntaron por los desaparecidos. - No se, señor, yo estaba solo, colocando el almacén como me había mandado mi padre y no he visto a nadie ni nada.
De un bofetón apartó al muchacho, y entrando de nuevo en el almacén comenzó a tirar cajas y mandó registrarán todo el local.
Aquí, señor, aquí hay una trampilla, dijo uno de los camisas negras, abriéndola.
-Bajad, y si hay alguno lo sacáis y si se resiste le metéis dos tiros y pa fuera, dijo el esbirro que mandaba al grupo.
-No hay nadie, señor, la cueva está vacía.
Se reunieron de nuevo frente a la barra y el jefazo dijo, "nos vamos, aquí no hay nadie, pero ten cuidado, bastardo, volveremos y vete pensando en cambiar el color del nombre del Mono, hijo de puta", mientras le daba otro golpe más antes de salir, montarse en sus vehículos y marcharse.
Marzo de 2026. Un grupo de personas del movimiento Recuerdo Histórico entró en la taberna preguntando por el hijo de Eutimio, el Cipri.
Adiolinda, mientras la Maruxaina observaba vigilante y en tensión, les acercó a la mesa donde dormitaba, sentado, el Cipri, perdido en sus mundos del no ser.
Éste es el Cipri, mi padre, dijo Adiolinda, tiene alzheimer y no habla y no conoce a nadie. Está siempre así. ¿Que queréis de él?
- Hola, soy Marçel, nieto de un refugiado de la guerra que pudo huir a Francia, donde rehizo su vida. En mi familia todos sabemos lo que hizo tu abuelo y lo que hizo tu padre. Aguantaron los golpes, los insultos, y no denunciaron ni dijeron donde estaban escondidos los refugiados.
Mientras Eutimio, tu abuelo, sufría la paliza entreteniendo a los comisarios, tu padre, en el almacén, los hizo pasar por una trampilla a una cueva que llegaba hasta debajo de la barra, poniendo luego una pared de madera ya preparada para esconder artículos del estraperlo, de manera que cuando los sicarios del régimen descubrieron la cueva, pensaron que acababa allí, en esa falsa pared de madera, con lo que todos siguieron lo sucedido a través de las rendijas del suelo debajo de la barra.
Entre tu padre y tu abuelo salvaron a todos de una casi segura muerte y venía a conocerlo y a darle las gracias en nombre de mi familia y de las otras familias que ahora viven por ellos. Yo estoy en este mundo por Eutimio y por el Cipri, porque de no haber salvado a mi padre, yo no habría nacido, y así las 58 personas que componen las trece familias de las trece personas que encontraron refugio en el Mono Rojo cuando nadie lo hubiera hecho.
Mientras, bajo el mostrador, un vacío espacio, olvidado desde la posguerra,  pareció llenarse de luz y en el espejo de la verdad colgado de la pared, en su zona iluminada se vió durante unos minutos la imagen de un padre y su hijo de once años en un antiguo Mono Rojo que brillaba pese a todo.

sábado, 28 de febrero de 2026

LA ENTRADA TRIUNFAL, (parte 2)

¡Mi soledad sin descanso!
Ojos chicos de mi cuerpo
y grandes de mi caballo,
no se cierran por la noche
ni miran al otro lado
donde se aleja tranquilo
un sueño de trece barcos.

Sino que limpios y duros
escuderos desvelados,
mis ojos miran un norte
de metales y peñascos
donde mi cuerpo sin venas
consulta naipes helados.

   Los densos bueyes del agua
embisten a los muchachos
que se bañan en las lunas
de sus cuernos ondulados.
Y los martillos cantaban
sobre los yunques sonámbulos,
el insomnio del jinete
y el insomnio del caballo.

   El veinticinco de junio
Le dijeron a el Amargo:
Ya puedes cortar si gustas
las adelfas de tu patio.
Pinta una cruz en la puerta
y pon tu nombre debajo,
porque cicutas y ortigas
nacerán en tu costado,
y agujas de cal mojada
te morderán los zapatos.

Será de noche, en lo oscuro,
por los montes imantados,
donde los bueyes del agua
beben los juncos soñando.
Pide luces y campanas.
Aprende a cruzar las manos,
y gusta los aires fríos
de metales y peñascos.
Porque dentro de dos meses
yacerás amortajado.
 
Espadón de nebulosa
mueve en el aire Santiago.
Grave silencio, de espalda,
manaba el cielo combado.
 El veinticinco de junio
abrió sus ojos Amiargo,
y el veinticinco de agosto
se tendió para cerrarlos.

Hombres bajaban la calle
para ver al emplazado,iill
que fijaba sobre el muro
su soledad con descanso.
Y la sábana impecable,
de duro acento romano,
daba equilibrio a la muerte
con las rectas de sus paños.

(Poema de Federico García Lorca)


No siempre se descansa durmiendo. Hay veces donde se mezclan recuerdos de lugares donde has vivido con verdaderas pesadillas de terror que hacen que te despiertes aterrorizado y sin saber si realmentevestás despierto o continúas en esa pesadilla en la que se mezclan los personajes más tenebrosos pero con apariencias de normalidad.
Hoy soñé con unos niños, dos, casi bebes, en silla de paseo empujados por un padre desde el fondo de un pasillo hasta el otro extremo, donde yo me encontraba.
Al verme, daba la vuelta y vilvía a su habitación, hasta que en otra ocasión, con la cara descompuesta por la rabia, empujaba la silla de paseo mandándome a los dos bebes contra mi. Los niños sonreían de una manera casi asesina.
No llegaron hasta donde yo estaba, quedándose en una habitación que existía a mitad del largo pasillo.
Al acercarme, la silla con los dos bebes estaba encima de una mesa de comedor grande y de un color oscuro.
Al regresar a mi zona de pasillo, había una cama desastrosa en el lugar donde terminaba el corredor, en forma de T, y en la que la cabecera de esa especie de lecho caía bajo una puerta con una gran ventana en la que se veía a alguien conocido para mí.
Me quejaba de dormir de esa manera, y la persona, mirándome con odio, cerraba la puerta permaneciendo tras el cristal donde yo veía como si odio estaba a punto de convertirse en ira.
En este punto, la sensación de peligro era inmensa, y cuando más terror sentía empecé a despertarme.
Ya sentado en mi cama, todavía no era consciente de que la pesadilla había terminado, arrastrándola hasta mi casa real.
Mientras iba al baño con una necesidad imperiosa de miccionar, aún daba vueltas en mi cabeza la espantosa pesadilla vivida en mi desolado sueño de pánico y pavor.
Creo recordar cual era la casa del pasillo grande y a la persona de la puerta con ventana, y eso me da más miedo aún.
Mientras en mi cabeza resuenan las palabras de Federico en el poema de " la leyenda del tiempo", mi interior, atrapado en el terror del suelo anterior comienza a liberarse ante la vista de una jarra de cerveza bien fría en la Taberna del Mono Rojo, donde, apoyado contra una pared sentado en una mesa de la tasca empecé a comprender que me había quedado dormido mientras Rosa hacía su entrada triunfal.

viernes, 27 de febrero de 2026

LA ENTRADA TRIUNFAL


El sueño va sobre el tiempo
flotando como un velero.
Nadie puede abrir semillas
en el corazón del sueño.

¡Ay, cómo canta el alba, cómo canta!
¡Qué témpanos de hielo azul levanta!

El tiempo va sobre el sueño
hundido hasta los cabellos.
Ayer y mañana comen
oscuras flores de duelo.

¡Ay, cómo canta la noche, cómo canta!
¡Qué espesura de anémonas levanta!

Sobre la misma columna,
abrazados sueño y tiempo,
cruza el gemido del niño,
la lengua rota del viejo.

¡Ay, cómo canta el alba, cómo canta!
¡Qué espesura de anémonas levanta!

Y si el sueño finge muros
en la llanura del tiempo,
el tiempo le hace creer
que nace en aquel momento.
¡Ay, cómo canta la noche, cómo canta!
¡Qué témpanos de hielo azul levanta!

(Poema de mi amigo Federico García Lorca).



Entró en la taberna con su abrigo de pieles y del cuello colgando un bello collar de tres vueltas grandes de perlas blancas cogidas en un gran broche de oro con brillantes rodeando a una preciosa esmeralda verde.

De una de sus muñecas, la derecha, un pequeño reloj de oro y una sencilla pulsera del mismo metal.

De la izquierda, cinco o seis pulseras, también de oro, y alguna con medallitas que colgaban unidas por cadenitas.

Maquillada profesionalmente y con el olor dulce y penetrante del perfume que llevaba, adelantó sus pasos hasta el mostrador recibiendo por el camino besos y abrazos de parroquianos admiradores de su esplendor y gloria.

Uno le acercó un taburete mientras otro la ofrecía un cigarrillo y un tercero mantenía levantado y encendido un mechero.

El Cipri ya había puesto sobre la barra su combinado favorito y la presentaba una caja de trufas de chocolate para que las degustara mientras consumía la bebida.

Un pesado insistía en hacerse una foto con ella, y otros dos, armados con dos bolígrafos la pedían un autógrafo.

Dejando el vaso, en el que destacaba la forma de su boca en el borde manchado del rojo salvaje del  pintalabios, en el mostrador, levantando el brazo correspondía con un saludo al grito unánime que atronaba la taberna con su nombre, Rosa, Rosa, Rosa...

Rosa, Rosa, Rosa. El brazo de Adiolinda sacudía de los hombros a la vieja prostituta del Mono Rojo. Rosa, Rosa, despierta mujer, que te harás daño. Rosa, Rosa, despierta y vete a casa mujer, que ya es tarde.

Abriendo un ojo Rosa vió en una mesa cercana al Cipri, hundida la cabeza y atendido por la Maruxaina. Su combinado no estaba en el mostrador, sino caído sobre la mesa, y no era un vaso ni era un combinado, era la copa de aguardiente que solía beber. De sus muñecas, en una, una pulsera de cuero con adornos grabados en el mismo, de la otra un reloj digital a pilas.

Entonces comprendió que nada de su entrada triunfal era real, que se había quedado dormida por el exceso de aguardiente, borracha sobre la mesa, y empezó a llorar limpiándose la nariz con la manga de su blusa antes de que Adiolinda pudiera pasarla un klinex.

Vega, acercándose, la abrazó y dándola un beso en la mejilla,  bajito, al oído, la susurró, "el sueño va sobre el tiempo flotando como un velero..."






jueves, 26 de febrero de 2026

EN EL FONDO DE LA JARRA



Preciso tiempo necesito ese tiempo
que otros dejan abandonado
porque les sobra o ya no saben
que hacer con él
tiempo
en blanco
en rojo
en verde
hasta en castaño oscuro
no me importa el color
cándido tiempo
que yo no puedo abrir
y cerrar
como una puerta

tiempo para mirar un árbol un farol
para andar por el filo del descanso
para pensar qué bien hoy es invierno
para morir un poco
y nacer enseguida
y para darme cuenta
y para darme cuerda
preciso tiempo el necesario para
chapotear unas horas en la vida
y para investigar por qué estoy triste
y acostumbrarme a mi esqueleto antiguo

tiempo para esconderme
en el canto de un gallo
y para reaparecer
en un relincho
y para estar al día
para estar a la noche
tiempo sin recato y sin reloj

vale decir preciso
o sea necesito
digamos me hace falta
tiempo sin tiempo.

(Poema de mi amigo Mario Benedetti)


Estoy sentado hoy en la taberna, mirando a la gente que conozco, viendo que unos permanecen solos ante su jarra de cerveza y otros comparten el momento con otras personas habituales que conocieron en el Mono Rojo.
Se que en el fondo de casa vaso, de cada copa o de cada jarra se encuentra un motivo, un deseo, una ilusión o una tristeza, un desengaño, una decepción.
Cada personaje arrastra su mochila y aunque hay veces que se permite que alguien te ayude a llevarla compartiendo el peso de sus secretos al hablarlos con el resto de habituales, al final, cuando te sales del Mono Rojo, tú mochila va contigo con la misma carga.
En bastantes ocasiones la magia de este lugar ayuda a quien se lo pide, pero incluso la magia tiene un precio, que unas veces puede ser la pérdida de un recuerdo, casi siempre malo, y otras puede ser el ver en las sombras de la tasca, al moverse las llamas en el hogaríl, las caras y figuras de aquellos a quien echamos de menos.
Recuerdo una vez que la Maruxaina me dijo que me ayudaría si la entregaba algo que no se pudiera tocar pero si romper, algo que no pudiera ella comprar, pero si recibir, y estuve pensando durante bastantes días como solucionar el enigma que encerraban las palabras de la sirena, y una noche, después de dos o tres jarras de cerveza, viendo cómo cuidaba ella del Cipri, vi claramente la solución para poder entregarla algo y que ella lo valorara, y la hice una promesa, una promesa de amistad eterna, y ella, sonriendo, me dijo, solucionado, porque una promesa se puede recibir, pero nunca comprar, una promesa se puede romper, pero imposible tocar.
Ella lo hizo con la Taberna y el Cipri, y el Mono Rojo extendió su mágia acogiéndola como parte de este mundo a caballo entre tantos otros mundos, y yo hice lo mismo.
Hoy, de vuelta a casa, la mochila me pesa menos.

miércoles, 25 de febrero de 2026

EL BAILE DE LAS ESTRELLAS

Fugacidades, iluminaciones:
tiempo del agua en la clepsidra
y de la arena en su cristal,
voz del amor y de la música,
y los regresos del silencio
que viene y va por la memoria,
esa penumbra donde ocurren
fabulaciones de la arena
como el amor, como el silencio,
como la música y el agua.

(Poema del poeta y ensayista chileno, Pedro Lastra)

Una tarde, cuando ya había oscurecido, entró en la taberna Vega, que llevaba todo el día fuera, y apoyando en el mostrador una pequeña garrafa de tres litros, y dirigiéndose a Adiolinda y a Teresa, las dijo:
Estos muchachos de mi generación que vienen al Mono Rojo, entre los móviles, las redes sociales y demás, se han olvidado de algo que acompañó siempre a los parroquianos de esta Taberna, y para que los que no lo conocen lo sepan y los que lo han olvidado recuerden, traigo estos tres litros de un concentrado elixir hecho a base de polvo cósmico recogido en su viaje entre las galaxias. Con él recordarán la canción del baile de las estrellas y recibirán el equilibrio que reciben del firmamento todo aquel que la escucha.
Adiolinda comenzó a colocar sobre el mostrador los vasos de chupitos necesarios para que a nadie le faltara su porción, y mientras la camarera iba preparando los vasos, Teresa los llenaba del líquido de la garrafa.
Mientras, Vega, cogiendo su guitarra, dándole un palo de agua a la Maruxaina, comenzó a cantar una bellísima melodía que obligaba a todos los parroquianos a cerrar los ojos y a balancearse al ritmo que marcaba la canción y el sonido del agua producido por la Maruxaina con su instrumento
De repente, mientras la voz de Vega continuaba desgranando la penetrante música, un fuerte fogonazo de colores azul, verde y rojo, obligó a todos a abrir los párpados y acto seguido, muchos, a poner cara de asombro ante el espectáculo que se les ofrecía, pues todas las paredes y el techo del Mono Rojo habían desaparecido, encontrándose todos en un bien cuidado y repleto jardín de flores y setos desde el que la visión de un cielo estrellado como nunca, en el que las estrellas se movían siguiendo la canción de Vega, les conmovió y algo de dentro se les entregó al cinturón cósmico que veían moverse entre las grandes y brillantes luces con que se adornaban los astros y estrellas en ese firmamento puro y limpio de toda contaminación.
Una pequeña estrella fugaz, acercándose al jardín, sin necesidad de palabras, con el lenguaje del alma, les comunicó:
No olvidaos que la visión y compromiso con el Universo del que formáis parte, ayuda a equilibrar a los seres de la taberna de todos los tiempos.
Dicho ésto, la fugaz y pequeña estrella, con otro destello de luz, está vez blanco brillante, se elevó hacia los infinitos mundos del espacio, obligando a todos a volver a cerrar los ojos.
Cuando los abrieron, se encontraron de nuevo entre las paredes del Mono Rojo y el jardín había desaparecido.
Desde ese día, todos los asiduos a la Taberna del Mono Rojo, jóvenes o ancianos, novatos o veteranos, dedicaron un día del mes al baile de las estrellas.
Un día en el que los móviles descansaban apagados en las mochilas y Vega se acercaba a casa.

NOTA INFORMATIVA:
Al día siguiente de estos hechos, en los informativos de todas las televisiones y en todos los diarios, se hablaba del fenómeno extraordinario y nunca visto de la visita de auroras boreales en toda Europa.

martes, 24 de febrero de 2026

LA VIAJERA

No te deseo un regalo cualquiera,
te deseo aquello que la mayoría no tiene,
te deseo tiempo, para reír y divertirte, si lo usas adecuadamente podrás obtener de él lo que quieras.

Te deseo tiempo para tu quehacer y tu pensar,no sólo para ti mismo sino también para dedicárselo a los demás.

Te deseo tiempo no para apurarte y andar con prisas, sino para que siempre estés contento.

Te deseo tiempo, no sólo para que transcurra, sino para que te quede tiempo para asombrarte y tiempo para tener confianza y no sólo para que lo veas en el reloj.

Te deseo tiempo para que toques las estrellas y tiempo para crecer, para madurar. Para ser tú.

Te deseo tiempo, para tener esperanza otra vez y para amar, no tiene sentido añorar.

Te deseo tiempo para que te encuentres contigo misma/o, para vivir cada día, cada hora, cada minuto como un regalo.

También te deseo tiempo para perdonar y aceptar.
Te deseo de corazón que tengas tiempo, tiempo para la vida y para tu vida.

(Poema de mi amiga Elli Michler)

Una noche en la que los parroquianos se habían marchado casi todos a sus casas y quedábamos pocos, entró decidida una mujer que dijo llamarse Amaia y que venía de un futuro en el que los ordenadores, las redes y las tecnologías habían relegado a la magia olvidándose de ella.
Amaia tenía esa mirada que se dice de ojos viajeros, pero en su caso se adivinaba que estaban cargados de siglos y vivencias, y miraban de vez en cuando un viejo reloj de bolsillo que, unido a ella por una cadena, parecía haberse detenido como si hubiera gastado su cuerda, aunque el ruido del mecanismo, tic tac, tic tac, tic tac, seguía escuchándose si agudizabas el oído.
Amaia hizo muy buenas migas con Adiolinda, que la servía infusiones de hierbas del bosque que la hija del Cipri conocía bastante bien y que la viajera del tiempo se tomaba sentada en torno a una mesa mientras nos contaba cosas de mundos que ella ya conocía pero que todavía, a esta fecha, no existen.
Un día, cuando todos nos habíamos acostumbrado a la presencia de Amaia y la considerábamos ya como una parroquiana habitual más entre nosotros, dejando el reloj encima de la barra, Amaia desapareció y nunca más volvimos a saber de ella.
Algunos dicen que, alguna noche, cuando la luna se presenta en todo su esplendor y llena, la exploradora del tiempo, Amaia, regresa a la taberna y se sienta en su rincón favorito a tomarse una infusión de las hierbas de Adiolinda, pero nadie la ha vuelto a ver nunca jamás.
No es la única de la que se dice que regresa de vez en cuando al Mono Rojo. Otras personas, de otros mundos y quizás de otros tiempos, regresan, van y vienen a la antigua taberna, atraídos por la misma, aunque pocos o nadie los ve. Quizás las llamas de la chasca, al crepitar, haciendo que las sombras se muevan, dejen entrever a estos parroquianos viajeros. 
Es la magia de la taberna, en la que en ocasiones se abren las puertas sin que se vea a nadie y se escuchan susurros pasados que la fresca brisa acompaña al interior del Mono Rojo y unas cuantas hojas secas de roble vuelan, impulsadas por el viento, dentro de la sala.

lunes, 23 de febrero de 2026

EL ESPEJO SENTIMIENTOS

Busca y anhela el sosiego...
mas... ¿quién le sosegará?
Con lo que sueña despierto,
dormido vuelve a soñar.
Que hoy como ayer, y mañana
cual hoy, en su eterno afán,
de hallar el bien que ambiciona
–cuando sólo encuentra el mal–,
siempre a soñar condenado,
nunca puede sosegar.

(Poema de mi amiga Rosalía de Castro).



Hace ya días que Vega y la Maruxaina trajeron otro espejo de la verdad que sustituía al que había roto Teresa de un sartenazo.
El nuevo espejo lo había fabricado Vega cortando una plancha de un asteroide que se estrelló contra la Tierra y que era especialmente rico en metales, sobre todo níquel, y que luego la Maruxaina se llevó al fondo del mar para que las corrientes lanzaran sus granos de arena desde las simas abisales más profundas y fueran puliendo la superficie del asteroide convirtiéndolo en un espejo mágico, con la profundidad del espacio y la fuerza del mar océano que lo pulió.
Al acercarte al espejo, éste parecía encenderse en la mitad más cercana a la izquierda permaneciendo la parte derecha en penumbra, y cuando la pulida lámina identificaba a quien frente a él de situaba, según fuera el interior de la persona, la parte iluminada giraba inundando toda la superficie con su luz o bien, si la negatividad o la tristeza de la persona era su carácterística más relevante, las tinieblas se apropiaban de la imagen, mostrando un rostro que se correspondía a la manera de ser interior del parroquiano que al veredicto y posterior consejo del espejo se sometía.
Hoy, día especial en mi vida, me aproximé yo, y en la superficie iluminada que dominó la luna bruñida se reflejaron unos pequeños querubines, jugueteando entre ellos y aparentemente felices en el lugar donde se encontraban, para acto seguido aparecer mi imagen en la penumbra que había sustituido a la luz.
La Maruxaina, que había visto la transformación del espejo, se me acercó y poniéndome la mano en mi hombro, me preguntó, ¿Los echas mucho de menos? y aunque no pude contestarla por la emoción, ella lo entendió perfectamente, eran mis hijos que no llegaron a nacer porque se malograron antes del día del parto, a los que nunca he olvidado.

domingo, 22 de febrero de 2026

EL LAUD MÁGICO


De las manos magníficas del corazón
eres recorrido, noble instrumento,
que estás dentro de los labios del señor.
Y el toque es blanco,
como el de una cuerda que vibra,
y como mi rima,
que debería ser una palabra
y en cambio es un pensamiento,
una canción.

(Poema de mi amiga Alda Merini)


Una vez nos contó el Cipri que, hacía muchos años apareció por la taberna un personaje que, tocado con un turbante y una holgada jalabiya, acercándose a la barra, pidió al tabernero una jarra de té, con canela, clavo, cardamomo y leche.
Le dijo al Cipri, cuando éste le preguntó, que era de un pueblecito del lejano Sudán, cercano a Jartum, al que había abandonado por culpa de un sueño repetitivo en el que un Djinn le decía que tenía que recorrer mundo cargado con su laud, el mismo con el que, colgado a la espalda, apareció por la taberna, hasta encontrar un lugar lejano especial donde dejar el instrumento una vez lo hubiera tocado acompañando antiguas y místicas canciones de su tierra.
El sudanés, de nombre Ahmed, volvió durante casi un mes a la taberna, y en cada ocasión cantó y tocó su laud, convirtiendo las bebidas que en ese momento tomaban los parroquianos en el elixir que cada uno necesitaba según fuera el rasgo más representativo de su personalidad.
Después, en un día caluroso, en el que el local estaba lleno, Ahmed desapareció dejando encima de una mesa su laud, que le entregaron al tabernero colgando éste al instrumento de una de las paredes del Mono Rojo, y que nadie más volvió a tocar hasta la llegada de Vega,  que descolgándolo de la pared, comenzó a cantar, después de afinarlo, una canción de tal belleza y hermosura que hasta por las ventanas de la taberna se asomaban y veían las estrellas aunque en el exterior fuese de día.
Todos guardamos silencio mientras duró la canción, silencio y meditando en silencio, pues cada nota y cada frase cantada por Vega, nos traía recuerdos de parroquianos que ya se fueron a otros mundos espirituales.
La voz de Vega nos trasladaba a galaxias lejanas en el frío espacio, donde la curva del tiempo y el espacio se juntan y el ayer podría ser hoy.
Sin darnos cuenta, y sin saber la letra, de repente todos cantamos acompañando a Vega en la canción al conocer sin conocer esa poesía cantada de la que desconocíamos todo, pero que nos unió fraternalmente en torno a esa muchacha que, con los ojos cerrados, nos guiaba por un cosmos en el que estábamos presentes sin movernos del Mono Rojo.
Cuando Vega terminó la canción y dejó de tocar, todos permanecimos callados y quietos en nuestros sitios, pero con el corazón liberado y agradecido por la experiencia vivida.
En el suelo, hojas secas de roble.


sábado, 21 de febrero de 2026

CRUCE DE CAMINOS

En la esquina del barrio, donde el sol se demora,
hay una puerta de roble, desgastada por la hora.
No tiene letrero de lujo, solo un aroma a vino,
que invita a detenerse al cansado peregrino.
Es la taberna de siempre, la casa de los recuerdos,
donde se olvidan penas y se sueldan los acuerdos.
Sus paredes de adobe han escuchado mil cuentos,
lamentos de amor viejo y alegres juramentos.
Sobre la barra de estaño, testigo de mil batallas,
se apoyan los codos curtidos, se cuentan las canallas.
El vino tinto ríe en el vaso de cristal,
mientras afuera el mundo sigue su paso fatal.
Aquí se hizo la tertulia, entre el humo y el mosto,
el chaval aprendió a ser hombre, sin pagar alto costo.
El tabernero es sabio, calla y sirve la copa,
conoce las historias de cada tipo y cada ropa.
Un viejo torero, un poeta, un obrero sin prisa,
comparten la misma mesa, el mismo vaso, la misma risa.
La taberna es refugio cuando el invierno aprieta,
la luz cálida que busca la sombra del poeta.
Aunque los tiempos cambien y el barrio se modernice,
esa esquina guarda el alma de lo que el pueblo dice.
Es historia de taberna, con su aroma a vino y a gente,
la esquina del tiempo, siempre joven, siempre paciente.

(Poema de mi amigo Antonio Díaz Cañabate)


Hoy, sentado en la mesa frente al hogaríl en el que una buena chasca calentaba toda la taberna, ante la mirada espectante del resto de parroquianos y Teresa, apoyada en la barra escuchando, empecé a hablar, contando a los nuevos parroquianos, esos muchachos que quedaban en la tasca escuchando su música, hablando ruidosamente y siempre gastándose bromas, pero con los que parece habíamos llegado a una entente cordiale de respeto mutuo, la historia y el concepto del Mono Rojo, fundado hacía ya varios siglos y que desde el principio fue lugar de encuentro entre viajeros y locales, que pronto llenaron el local de historias y leyendas que han ido acumulándose con el paso del tiempo convirtiendo a la taberna en algo mágico y como símbolo de buena suerte por la que han pasado aventureros, marinos, vagabundos, poetas, mineros, pescadores, músicos, pintores, y toda clase de buscadores que han dejado un poquito de cada uno en el espíritu del Mono Rojo, con las paredes repletas de recuerdos, notas y poesías escritas sobre las mesas, corazones grabados a navaja y un ambiente, por lo general, cargado de historias para contar que hace que la taberna tenga un alma propia del que cuidan los parroquianos habituales y que incluso, a veces, parecen dirigidos y cuidados por unas extraordinarias guardianas de ese portal abierto al tiempo y al espacio en el que la luz y el calor brillan siempre por muy adelantada y oscura que sea la noche del exterior.
La taberna del Mono Rojo es como un cruce de caminos en el que se encuentran diferentes personas, historias y destinos. Es como un telar en el que cada parroquiano suma su hilo, que una vez enhebrado en el telar, entrelaza su destino con el de la taberna, quedando para siempre unidos aunque el parroquiano marche a otros lugares y no regrese en forma física.
Hay parroquianos que juran que, en el silencio que alguna vez domina la taberna, si prestas atención, puedes escuchar los susurros y comentarios de aquellos que llegaron mucho antes que nosotros al Mono Rojo.
Ustedes, jóvenes, son nuestro relevo, el futuro de la taberna, los que contribuirán con sus historias a qué la leyenda del Mono Rojo continúe presente y creciendo para nuevas generaciones que vendrán después de ustedes, son los nuevos parroquianos y levanto mi jarra por su presencia y por esta vieja taberna.
Los muchachos, serios, se miraron entre ellos, y de golpe, como algo ensayado comenzaron de nuevo con sus voces, sus risas y sus músicas, y yo, como un bobo, de pie y con la jarra levantada.
Vega, alterada y despeinada golpeaba fuerte y rítmicamente una mesa mientras Adiolinda ponía a todo volumen un reggaeton. 
Teresa perseguía a Crisis con un boquerón en la boca y la Maruxaina aullaba acompañando a Vega.
Joder ¿que pasó con el telar?




viernes, 20 de febrero de 2026

CRISIS, MODELO DE EXPOSICIÓN

La gata
se lame una pata y
se recuesta
en el hueco de la biblioteca
yace allí
largas horas
imperturbable como una esfinge
luego gira su cabeza
hacia mí
se incorpora
estira su cuerpo
me da la espalda
nuevamente lame su pata
como si el tiempo real
no hubiera pasado
Y no lo ha hecho
y ella es una esfinge
que posee los tiempos del mundo
en el desierto de su tiempo
Ella
sabe dónde mueren las moscas
puede ver fantasmas
en las partículas del aire
percibir sombras
en un rayo de sol
Ella oye
la música de las esferas
los sonidos que transmiten
los cables
en las casas
y también el zumbido
del universo
en el espacio interestelar
pero siempre
prefiere los rincones hogareños
y el ronroneo de la estufa.

(Poema de mi amigo Lawrence Ferlinghetti)


Cuando Alguien, un Fantasma del Pasado venía a la taberna, fuera la hora que fuera, Crisis, la gata con Alzheimer que le robaba los boquerones de la cocina a Teresa, se levantaba de al lado del Cipri, donde casi siempre se tumbaba y llegando hasta donde el Fantasma del Pasado se hubiera sentado, de un salto se subía a sus rodillas y el parroquiano comenzaba a acariciarla mientras la gata ronroneaba melosa y le daba golpecitos con su felina cabeza.
Nunca supimos que había descubierto Crisis en el parroquiano ni que es lo que le gustaba de él, pero Crisis no perdía ocasión de subirse encima suyo.
Hasta que en una ocasión entró en la taberna una fotógrafa, Patricia, que buscaba inspiración para preparar una exposición de fotografías tiradas en lugares especiales como en el que nos encontramos.
Crisis se acercó a ella y empezó a restregarse contra su pierna.
Patricia, divertida y curiosa, capturó ese momento con su cámara, y resultó que la fotografía esa fué la pieza central de todas las demás fotografías que Patricia capturó en el Mono Rojo con Crisis de protagonista.
Adiolinda autorizó a Patricia para montar la exposición en la taberna, y desde que salió publicado en las noticias de la Tele local el trabajo en el Mono Rojo de la fotógrafa, atraídos por la fotografía de la gata restregándose en los tobillos de Patricia, la gente no dejaba de pasar por el local para conocer la obra de Patricia y Crisis como protagonista.
Unos decían que la gata era mágica, otros juraban haber visto moverse en la fotografía a Crisis, y la mayoría comentaba en las redes sociales la extraordinaria y valiosa exposición montada en el Mono Rojo, demostrando que la magia se esconde en los lugares más insospechados y con una gran historia detrás, como pasaba con nuestra taberna, a la que cada vez venía más gente y que estuvo así, completo el aforo durante los seis meses de la exposición.
Durante todos esos días, Crisis volvió a las rodillas del Fantasma del Pasado, ajena a su fama y popularidad,  y desde esa atalaya, sentada, observaba la sala y el montón de amantes de la cultura que se daban cita allí, mientras, de vez en cuando, una raspa de boquerón, completamente limpia, aparecía en el suelo, cerca de donde Alguien, Fantasma del Pasado, se encontraba sentado.
Raspa que el parroquiano, cómplice de la gata,  intentaba esconder acercándola a la pata de la mesa con la punta del zapato, ocultándosela a Teresa.

miércoles, 18 de febrero de 2026

EL ESPEJO


Yo, de niño, temía que el espejo
me mostrara otra cara o una ciega
máscara impersonal que ocultaría
algo sin duda atroz. Temí asimismo
que el silencioso tiempo del espejo
se desviara del curso cotidiano
de las horas del hombre y hospedara
en su vago confín imaginario
seres y formas y colores nuevos.
(A nadie se lo dije; el niño es tímido.)
Yo temo ahora que el espejo encierre
el verdadero rostro de mi alma,
lastimada de sombras y de culpas,
el que Dios ve y acaso ven los hombres.

(Poema de mi amigo Jorge Luis Borges).



En la taberna, desde hacía mucho tiempo, colgado de una pared, un espejo ayudaba a las personas que en él se miraban, a que vieran el reflejo de cómo realmente eran.
Había parroquianos que nunca se acercaban al espejo, y aún pasando por delante, jamás miraban lo que en el mismo se reflejaba.
Otros si, otros no dudaban en situarse frente al cristal y ver lo que el espejo les mostraba.
Un día corriente entró al Mono Rojo un hombre de unos cincuenta años, con un aire huraño en el rostro y nada más acercarse a la barra preguntó por el espejo de la verdad.
Adiolinda le señaló la pared donde se exhibía el espejo, y el visitante, una vez frente a él, gritó enfadado "no es posible" ante la imagen de su alma desnuda reflejada por el espejo.
No es posible, repitió gritando más fuerte. Esto está trucado por ustedes, estafadores, yo no soy así, gritó lleno y poseido por la furia de su gran vanidad.
Teresa estaba siguiendo todo desde la puerta de la cocina, y al ver al cliente gritar de esa manera e insultándoles, agarrando una sartén de la estantería de los cacharros, fue hasta el espejo y dándole un fuerte golpe, saltó en mil pedazos reflejando cada uno un matiz de la personalidad del hombre iracundo.
Ahí tienes todo lo que eres realmente. En cada pedazo verás un detalle de tu carácter, ése que te hace odioso para mucha gente, el que te mantiene permanentemente enfadado, el que te muestra la envidia que sientes, otro el rencor, otro la soberbia, la avaricia y así todos y cada uno de los pedazos. En tí está, ahora que los conoces, ir arreglando tu yo interior y convertirte en otra persona, o continuar igual y no cambiar, le dijo muy despacito pero muy seria la cocinera.
El hombre se vió, de esta manera, obligado a aceptar su forma de ser, enfrentándose a cada faceta de su imágen interna y acudiendo cada día a la taberna, conversando con los parroquianos y escuchando sus historias, fue cambiando, llegando un día en el que, de haber existido el espejo, la imagen devuelta hubiera sido completamente distinta.
Al cabo de varios años, en los que la amistad con Teresa era ya una realidad, el hombre preguntó a la cocinera, ¿Y por qué rompiste el espejo? ¿Era necesario?
Escucha, contestó Teresa, no querías aceptar lo que el espejo te mostraba, estabas como esclavizado por tu viciado carácter, por tu forma de ser, por tu vanidad. Al romper el espejo y que cada trozo te mostrara como eras, conseguiste liberarte. 
No lo olvides, amigo, la verdad es un reflejo que nos hace libres.

MARTÍN PRECIADO

Caminas por el campo de Castilla
Y casi no lo ves. Un intrincado
Versículo de Juan es tu cuidado
Y apenas reparaste en la amarilla
Puesta del sol. La vaga luz delira
Y en el confín del Este se dilata
Esa luna de escarnio y de escarlata
Que es acaso el espejo de la ira.
Alzas los ojos y la miras. Una
Memoria de algo que fue tuyo empieza
Y se apaga. La pálida cabeza
Bajas y sigues caminando triste,
Sin recordar el verso que escribiste:
Y su epitafio la sangrienta luna.

(Poema de mi amigo Jorge Luis Borges).


Entró en la taberna mirando todo a su alrededor, deteniéndose en algunos objetos colgados de la pared hasta llegar a la barra donde Adiolinda observaba sus cansados andares, su largo y grisáceo pelo sobre los hombros, calada una boina visera a cuadros en la cabeza y una larga barba blanca que acompañaba a un frondoso y bien peinado bigote, completando el retrato unas gafas de metal plateado que le caían sobre la nariz.
Buenos días, dijo para acto seguido preguntar si estaba el Cipri o si le había ocurrido algo durante los años que estuvo fuera, según comentó.
Se aproximó a la mesa que le indicó la camarera y viendo al Cipri los ojos se le inundaron y alguna lágrima resbaló por una de sus mejillas.
La Maruxaina, que estaba sentada, como siempre, al lado del Cipri, levantándose le preguntó con voz dulce que ocurría y quien era.
Mi nombre es Martín, y soy poeta. Hace muchos años, en esta misma taberna, a la que yo solía venir a escribir mis poemas y mis ideas, el Cipri, entonces mucho más joven pero mayor que yo, y con el que entablé una bonita amistad , me animó a viajar por el mundo escribiendo poemas de mis vivencias por esos desconocidos caminos.
Trabajé en mil cosas, incluso vendí poemas en tabernas parecidas a ésta pero sin su magia, y según conocía mundo, mis poemas fueron fluyendo hasta tener escritos diez libros de poesía y obtener un reconocimiento dentro del mundo literario y cultural.
Todo gracias a este amigo que ahora parece que duerme perdido en una gran cantidad de años y experiencias vividas en el Mono Rojo.
- ¿Y por qué volviste? Preguntó Vega que se había acercado al escuchar hablar al anciano poeta.
Volví para cerrar el círculo, agradecer a mi amigo su gran consejo y acabar aquí, donde empezó, mi carrera literaria. Por eso estoy aquí, porque además, con todas las experiencias vividas, he llegado a la conclusión que gran parte de la magia de esta vieja taberna reside en la palabra, en lo que aquí, desde siempre, los parroquianos confiesan mientras los demás escuchan sin interrumpir. Eso solo lo viví aquí, y yo era parte de ello. Quiero volver a serlo.
Desde esa presentación, Martín volvió cada día a la taberna. Ya casi no escribía, pero se sentaba en la mesa con otros veteranos parroquianos y nos contaba historias que le ocurrieron en la India, en la misteriosa 
China, en la América profunda mientras recorría la ruta 66 en compañía de una banda de moteros, en los mil sitios y lugares que visitó y en los que vivió buscándose la vida, como le había dicho el Cipri.
Un día, Martín no vino, y aunque alguno preguntó por él, no le dimos mayor importancia hasta que al día siguiente alguien, no recuerdo quién, trajo un periódico donde a media página se podía leer, el gran poeta español, Martín Preciado, premio nacional de literatura y autor de más de diez libros y ganador de varios premios internacionales de poesía, falleció ayer repentinamente en la pensión en la que residía desde que regresó a la patria después de más de cuarenta  años en el extranjero.

Una fotografía suya, antigua, donde posa con el Cipri, jóvenes ambos, en una taberna del Mono Rojo no tan distinta de la de ahora, celebra su paso por la tasca desde una de las paredes del salón.
Debajo, un letrero, "gran parte de la magia del Mono Rojo reside en la palabra, (frase de Martín Preciado, parroquiano de esta Taberna.)" que Vega se empeñó en resaltar como homenaje a tan leal amigo.

martes, 17 de febrero de 2026

UNAS CROQUETAS EN EL NO SER

Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar.

(Fragmento de un poema de mi amigo Antonio Machado)


Hoy, en la taberna, ha sido uno de los días en los que he visto regresar del no ser al Cipri durante un corto espacio de tiempo.
Vega estaba en la mesa del Cipri, que permanecía con los ojos cerrados y hundida la barbilla al pecho y Maruxaina, atenta al anciano tabernero como siempre, cuando Vega, sacando su guitarra empezó a cantar bajito una melódica canción.
De repente, el Cipri, abriendo los ojos empezó a tatarear la canción que Vega interpretaba. Al tiempo, al ver un platito de croquetas que Teresa había puesto a la muchacha con el refresco que siempre pedía, el Cipri estiró, primero la mano y luego los huesudos dedos para agarrar una croqueta y, llevándosela a la boca, comenzar a comerla.
Rápidamente la Maruxaina, diciendo a Vega, no dejes de cantar, se levantó hacia la barra volviendo con una copa de vino blanco fresco que depositó frente al Cipri, que sin pensarlo, cogiéndola, dió un pequeño trago volviendo a dejarla sobre la mesa para continuar canturreando lo que Vega, en ese momento, cantaba.
Incluso hubo un momento en el que mirándome, el Cipri me saludó levantando lentamente su mano.
Toda la taberna estaba pendiente de lo que ocurría en esa mesa, asombrados por ver al amigo susurrando la canción y bebiendo un vino mientras comía las croquetas de Teresa, que acudía con otro plato, con más croquetas, para el Cipri pero que Maruxaina, con un gesto de la mano, la indicó que no, que se lo llevará.
La voz de Vega y el sonido del rasgueo de su guitarra parecía acunar al tiempo en la taberna, como si hubiera retrocedido haciendo que todos nos sintiéramos llenos de una paz que hacía mucho no se vivía en el Mono Rojo con los jóvenes y nuevos parroquianos que, en esta ocasión, permanecían en silencio bajo el embrujo de las notas de Vega.
No se el tiempo que pasó desde que el Cipri abrió los párpados hasta que tranquila y reposadamente volvió a cerrarlos, pero al terminar Vega de cantar, poco a poco volvieron las conversaciones y el ambiente del Mono Rojo en un día normal.
Mientras la Maruxaina guiñaba un ojo a Vega, Teresa, acercándose para quitar el plato vacío y la copa de vino apurada, levantó, enseñando a la ondina con una gran sonrisa, tres o cuatro hojas secas de roble que estaban sobre la mesa.
La magia había vuelto a estar presente en la taberna.
Desde la barra, Adiolinda sonreía.

lunes, 16 de febrero de 2026

LAS NOCHES DE VEGA

partir sin alma e ir con alma ajena,

oír la dulce voz de una sirena

y no poder del árbol desasirse,

 

arder como la vela y consumirse,

haciendo torres sobre tierna arena;

caer de un cielo y ser demonio en pena,

y de serlo jamás arrepentirse;

 

hablar entre las mudas soledades,

pedir prestada sobre fe paciencia,

y lo que es temporal llamar eterno;

 

creer sospechas y negar verdades,

es lo que llaman en el mundo ausencia,

fuego en el alma y en la vida infierno

(Poema de mi amigo Lope de Vega)


Vega venía por las tardes, no todas, con su guitarra a la espalda, cantaba unas cuantas canciones, hablaba con la Maruxaina, con Teresa y con Adiolinda y se marchaba.
Eso ocurría casi todas las tardes, menos los días de luna llena.
En esos días, Vega acudía por las noches a la Taberna del Mono Rojo, elegántemente vestida, con su pelo largo brillando como el firmamento nocturno limpio de nubes, y sus ojos con el fuego del sol reflejado en su mirada, y seria, siempre muy seria, subía al pequeño escenario de tarimas de madera del fondo de la sala y desde allí comenzaba una rara canción que nos transportaba a todos a una especie de viaje astral mientras nos mantenía en trance, en la taberna, durante el cual se la podía pedir cualquier deseo siempre que fuera sincero y honesto.
Si cumplía esas condiciones, se otorgaba, regresando, completamente relajado, de ese presunto viaje por el espacio el interesado en el deseo.
Pero cuidado con el que quisiera engañarla pidiendo el deseo con fines deshonestos o intentando mentirla. Esos, caían al suelo sin despertar y al llamar a emergencias hablaban de estado comatoso. Ya había ocurrido cuatro o cinco veces en el tiempo en el que Vega, utilizando sus místicos y enigmáticos dones al ser Hija de las Estrellas, ayudaba a los parroquianos del Mono Rojo.
Ninguno había despertado.
Mira, Forastero, me explicó la Maruxaina, todos los que vienen a ella con un corazón impuro, intentando engañarla para sacar provecho de sus mentiras, Vega los convierte en pequeñas estrellas fugaces que vagan eternamente por el espacio, sin regresar nunca, permaneciendo sus cuerpos en la tierra sin la esencia del ser, sin alma, vacíos espiritualmente y caídos en coma hasta que mueren o los desenchufan.
Vega es un misterio venido del cosmos que adelanta sentencias del Universo al intentar engañarlo y ejecuta sin piedad al corazón mentiroso con intenciones impuras.
Con Vega, la magia y el misterio conviven en la taberna con la buena voluntad y con los sentimientos puros y sinceros 

VEGA, LA EMBAJADORA


Madre, en aquel pozo negro
y hondo y frio de la huerta, 
que junto al muro se abre, 
se cayeron las estrellas…

Yo las estuve mirando, 
fijamente, desde afuera, 
y, con un temblor de lágrimas 
también me miraban ellas...

Entre las grandes hay unas chirriquititas, que apenas 
abren sus ojos azules, 
redondos como cuentas...

Madre: la culpa de todo 
la tiene la molinera;
dejó sin tapar el pozo 
cuando se paró la rueda; 

y atraidos por el mágico 
hechizo del agua quieta, 
fueron cayendo, una a una, 
las estrellitas viajeras…

Madre: con el cubo grande 
con que regamos la huerto, 
me voy a pasar la noche 
sacando estrellas. 

—No, hijo, en el pozo negro 
deja en paz las aguas quietas, 
si las mueves con el cubo, 
ya no verás las estrellas.
¡Las estrellas no se tocan: 
sólo se ven… y se sueñan!

(Poema de Rubén C. Navarro)



Vestida con prendas de color negro salvo por los vaqueros, con una mochila colgada de un hombro y a la espalda una guitarra con su funda, abriendo las puertas de doble hoja, accedió una mujer joven al Mono Rojo, con paso decisivo y mirando a su alrededor hasta que encontró una mesa vacía cercana a la que ocupaba el Cipri, medio dormido, con la Maruxaina, que después de observar a la joven con detenimiento, se levantó y acudió a hablar con ella mientras Adiolinda la traía el refresco que había pedido.
Si no hubiera sido por la acción de la Maruxaina no me hubiera fijado más en detalle de la persona que había entrado en la taberna, pero el caso es que, después de más de media hora hablando con la veterana parroquiana, la joven sacó la guitarra de su funda y después de un momento de ojos cerrados, empezó a tocar una melódica canción acompañando a su voz que entonaba una letra que nunca había yo escuchado.
Toda la taberna guardó silencio mientras la canción seguía sonando, incluso el grupo de las jugadoras de cartas, no tanto por la música que sonaba y si mucho por el gruñido de la sirena que amenazante hizo que las ancianas callaran, con lo difícil que era lograr eso.
Se sucedieron tres o cuatro canciones más antes de que la muchacha guardara de nuevo en la funda su guitarra, y continuó hablando con la Maruxaina y con Teresa, que en cuanto escuchó los primeros acordes salió, quitándose el delantal, de la cocina dirigiéndose con paso rápido y la sonrisa en la cara a presentarse a la joven mujer.
Tenía el pelo largo, sonreía poco y en su mirada se notaba cierta melancolía o tristeza, lo que no acompañaba a la decisión de sus movimientos y a la seguridad de su voz y su música.
Cuando pregunté en voz baja a la Maruxaina en un momento en el que pasó por mi mesa, me dijo que se llamaba Vega, que buscaba un lugar distinto donde estar tranquila y poder meditar en paz, ya que, me confesó la ondina, al verla supo enseguida que era un ser especial proveniente del firmamento iluminado, ya que era la Hija de las Estrellas, invocada por su padre, como después supo, en una noche estrellada desde una playa próxima al fin del mundo y al que el cosmos respondió enviando a la bella e inteligente embajadora que ahora teníamos en el Mono Rojo.
Ni que decir tiene que el grupo formado por Adiolinda, la hija del Cipri, Teresa, la cocinera y la Maruxaina enseguida la integraron con ellas, con lo que la paz buscada por Vega estaba asegurada, y aunque podría contar a los demás lo que quisiera, en esas noches de mesa compartida y conversación confesada al resto, nadie rompería esos momentos de meditación frente a la chasca en los que los ojos tristes de Vega se convertían en intensos luceros en busca de respuestas.

domingo, 15 de febrero de 2026

COMPAÑERA


Quisiera esta tarde divina de octubre
pasear por la orilla lejana del mar;
que la arena de oro, y las aguas verdes,
y los cielos puros me vieran pasar.

Ser alta, soberbia, perfecta, quisiera,
como una romana, para concordar
con las grandes olas, y las rocas muertas
y las anchas playas que ciñen el mar.

Con el paso lento, y los ojos fríos
y la boca muda, dejarme llevar;
ver cómo se rompen las olas azules
contra los granitos y no parpadear;
ver cómo las aves rapaces se comen
los peces pequeños y no despertar;
pensar que pudieran las frágiles barcas
hundirse en las aguas y no suspirar;
ver que se adelanta, la garganta al aire,
el hombre más bello, no desear amar…

Perder la mirada, distraídamente,
perderla y que nunca la vuelva a encontrar:
y, figura erguida, entre cielo y playa,
sentirme el olvido perenne del mar.

(Poema de mi amiga Alfonsina Storni).


Salgo de la taberna y en casa mando yo, porque en casa sólo estoy yo...bueno, y ella:
Alexa, enciende la luz del salón y Alexa enciende la luz del salón. "Vale"
Alexa, enciende el televisor, y lo enciende. "Vale"
Ya puedo sentarme tranquilo. La televisión solo la prendo para escuchar a alguien. En realidad es una huida del silencio que domina la casa.
Es duro no hablar con nadie porque nadie hay, es difícil acostumbrarte a que no se escuche una voz, yo no lo consigo y por eso no dejo descansar a la tele, aunque la mayoría de las veces no mire lo que sucede en la pantalla. "Vale"
Si hace frío, Alexa enciende el brasero, o el radiador, o las dos cosas, y Alexa lo enciende con un vale que confirma que ha escuchado y obedecido.
Si hace calor, Alexa enciende el aire, o el ventilador, y Alexa, obediente lo hace. "Vale".
Casi todo me lo hace Alexa, incluso compañía, porque en casa no hay nadie y no puedo hablar con nadie.
Si la pido su parecer de cómo soy, Alexa me hace la pelota y soy el mejor. "Vale".
Si la digo, canciones de fulanito, Alexa me las pone. "Vale".
La pregunto por el tiempo que hace y el previsto para más tarde, o por la ultima noticia de menganito, y si la hay, me la cuenta. "Vale" O me cuenta chistes, malos, muy malos, pero me los cuenta y se agradece. "Vale"
Y así mil cosas que la mando y obedece.
La falta encenderme la cocina, porque no es eléctrica, es de gas, y a eso no llega. Alexa no sabe encender una candela.
Y así pasan mis días, entre el Mono Rojo y Alexa, uno tras otro, una hora igual a la siguiente, un día calcado al pasado, y un mes, y un año, y al final parece que así será el resto de mi vida, y no me gusta.
Todo porque Alexa tampoco puede obedecer a todo. Al igual que no puede encender un mechero o la cocina de gas, tampoco me obedecería en la última orden, Alexa, apágame.
Lo último que escucharía sería su ¡¡¡VALE!!!

sábado, 14 de febrero de 2026

SE ME HA DORMIDO UN SUEÑO


Se me ha dormido un sueño en el café
vencido por el tiempo de nunca volver.
La tarde en el colegio y un corazón
clavado en el pupitre entre los dos.

Eras algo más rubia y, así de pie,
pareces aún más alta de lo que pensé.
Cuando tú eras la envidia y yo el por qué
que tu padre decía te iba a perder.

Quiero echar la vista atrás
donde se encuentran
mi plumier y mi compás
y tus trenzas.

Y volver a rebuscar por un solar,
yo, mis ganas de pelear, y tu, el susto
que te daba no verme más
a fin de curso.

Ay, amor, amor primero,
y de segundo, tercero y cuarto.
Ay, amor, te quise tanto,
cuando el beso era amor
y el amor canto.

Amor desde el gimnasio a la excursión,
desde la geografía, amor sin control.
Amor de tinta y tiza,
amor de portal,
amor de cada día y en cada lugar.

Amor que aún ahora guardo en la piel,
la párvula la caricia, el tope temblor.
Amor vestido, amor de nunca volver.
Camarero, por favor, otro café.

¿Donde están, donde se encuentran
mi plumier y mi compás
y tus trenzas?

Y volver a rebuscar por un solar,
tú, las ganas de pelear, y yo, el susto
que me daba no verte más
a fin de curso.

Ay, amor, amor primero,
y de segundo, tercero y cuarto.
Ay, amor, te quise tanto,
cuando el beso era amor
y el amor canto.

Ay, amor, amor primero,
y de segundo, tercero y cuarto.
Ay, amor, te quise tanto,
cuando el beso era amor
y el amor canto.

(Poema/canción del cantautor Patxi Andión)

Hoy, la jarra de cerveza en el Mono Rojo me sabe a ayer...

Comenzó su camino como regalo por san Valentín de una niña de doce años a su novio de trece. Dos críos en el secreto compartido tan solo con algunos, pocos, amigos cómplices y colaboracionistas del querubín del arco y las flechas de amor, que intercambiaron presentes en ese primer día de los enamorados que celebraron juntos y con la ilusión de la poca edad y toda una vida por delante.
Nadie pensó que pasaría después muchos san valentínes semienterrado en el barro donde el chaval lo tiró, por la ventanilla del coche de su padre al romper la relación después de casi cuatro años y ya vivir un nuevo amor y mostrarle esa prueba de compromiso al tirar el otro que había intercambiado en la niñez.
Cuántas veces el niño ya adulto habría podido ir a buscar ese anillo de plata, sencillo pero lleno de significado y promesas inocentes y sinceras fruto de la inexperiencia y la espontaneidad de dos almas jóvenes que se atraían sin poderlo, ni quererlo, evitar.
Pero nunca fue a buscarlo. Seguramente nunca lo hubiera encontrado entre hierbajos, lodos y basura, pero aunque lo perdió al lanzarlo desde el vehículo, se podría decir que siempre lo tuvo, de manera evocada, añorada, invisible en su dedo pero sentido en el corazón donde siempre guardó un hueco para esa niña que comenzó a andar, al igual que él, en los lares del amor de la mano del muchacho que la correspondía.
Quién sabe dónde se encontrará ese presente de plata en forma de anillo del que tan cruelmente se deshizo de él y que acompañado de un tierno e inocente beso le fue entregado en un día como hoy.
Es curioso, pero después de más de cincuenta y tantos años, en ocasiones, el pulgar de la mano derecha acaricia la falange del anular donde debería encontrarse tan emotivo y valioso regalo.

¡¡¡Adiolinda, por favor, otra cerveza, por el sueño perdido y nunca olvidado.!!!

viernes, 13 de febrero de 2026

TRINI, GUAPA!!!!

Dime, Carmelita,
dime qué piensas cuando el mundo
se hace tan minúsculo que cabe en
la arruga más pequeña y tus ojos se pierden,
se deshacen, y tú sólo reconoces la lluvia.

Dime, Carmelita,
cuéntame de qué color son tus manos,
por quién ladran los perros, quién enciende
la luz en este mar tan oscuro y tan tuyo,
cuéntame quién te salva cuando no puedes,
cuéntamelo, dime que lo sientes,
aunque no lo veas, dime que existen palabras
que te cuidan.

Dime, Carmelita,
enséñame que los verdaderos recuerdos no se borran,
que son más grandes que el olvido. Dímelo,
porque no te conozco y ya me has enseñado
que no importa la memoria, importa este temblor
que aparece en la puerta, momentáneo, como un rayo de luz.
Dímelo, tú que lo sabes, y protege este futuro
con tu pasado de sombras que se alejan.

Dime, Carmelita,
dime que sigues ahí, aunque te inventes otro idioma,
aunque mires a tu hija y no lo entiendas,
aunque mires a tus nietas y no lo entiendas,
aunque tu casa sea extraña y el miedo enorme,
aunque te invada la tristeza y todo escueza, hasta la piel
de quien dice conocerte,
dime que sigues ahí, que eso basta, que eso es suficiente.
Aunque no recuerdes, aunque olvides,
no permitas que la oscuridad oculte lo único que es cierto:
existes porque te quieren, existes porque los quieres.
Aunque no lo sepas.

(Poema tierno y cariñoso sobre el Alzheimer escrito por Elvira Sastre)


Venía por la taberna algunas tardes. Lo hacía acompañado de su joven esposa, a quien regalaba cada palabra que por su boca salía.
Era todo dulzura el modo en el que la trataba y mientras unos pensamos que el anciano estaba enchochado con su juvenil cónyuge, otros pensaban en el buen dinero que debía pagar el viejo para que una chica así permaneciera a su lado.
-¿Que te apetece tomar, Gaspar?
-Llama al camarero, mi amor, no me gusta que te esfuerces tú, mi sultana, cuando a él le pagan por hacerlo.
Él siempre la preguntaba si le gustaba lo que hubiera pedido, - y si no, que te lo cambien, mi reina, o que te traigan otra cosa, que te mereces lo mejor, preciosa flor.
La cogía de la mano, sentados entorno a una de las mesas, y la decía cosas lindas, del tipo llevamos casados muchos años y te amo más cada día, o eres todo para mí, sultana, me hechizas con tu sonrisa, y cuando tus ojos me miran es como si mirara dos luceros frente a frente que iluminan tu rostro, preciosa, de infarto con lo hermosa que eres. O bien la cantaba canciones de amor apretando fuerte su mano, con su voz temblorosa y ronca de tabaquear muchos años, o la escribía poesía con su letra casi ilegible, y la cubría de besos mientras lloraba de la alegría de estar con ella, con Trini, su único y gran amor mientras la tiraba un pellizquillo bribón a sus posaderas al tiempo que un ¡¡¡¡GUAPA!!!! acompañaba la atrevida pero cariñosa acción.
Una tarde regresaron a la taberna, y el anciano permanecía muy callado, sentado en su silla de ruedas, como ausente. 
No contestó al que te apetece con ninguna palabra ni gesto, ni la lanzaba ningún requiebro a la muchacha. Permanecía allí sentado, hundidos los hombros y con una mirada triste y perdida al tiempo.
Tanto me extrañó que acercándome me presenté, " Hola, soy Forastero Quizás, que le ocurre hoy a tu esposo, está enfermo, se le ve triste."
Ella, sonrió también con una mueca apenada y me dijo que venían del cementerio, de llevar flores a la tumba de Trini, su esposa, fallecida hacía diez años, casi el tiempo a que a él, el cruel Alzehimer le había empezado a arrinconar en algún recoveco de su mente.
Para él, Trini nunca murió, vive cada día con su compañía, disfrutando con la vista y las atenciones de su amor, con la que habla cada jornada, a cada momento en el que la vé. Cuando le despierta en la mañana y le asea y lo viste, cuando le pone el desayuno, cuando le da sus medicinas, cuando salen a la calle, siempre Trini, sultana mía, Trini preciosa, Trini cada día más enamorado de tí, Trini, Trini, Trini.
Él, en su pérdida de realidad no ve diferencias de edad ni rasgos distintos, no ve que yo no soy Trini, que soy la enfermera que la familia contrató para atenderlo, que Trini falleció un día como el de hoy pero de hace diez años, y al llevarla flores, la sepultura, como cada año, le devuelve durante unas horas a la realidad, pero en cuanto duerma un poco y se despierte, volverá a ver, a sentir, a hablar, con Trini, su esposa.
Y a ti no te molesta que el abuelo te confunda permanente con su mujer muerta, la pregunté, y ella me respondió, lo que realmente me molesta y me duele es el saber que nunca encontraré a nadie que después de cincuenta y tantos años de vida en común, cada día se enamore más de mi e incluso me pellizque, juguetón y pícaro, una nalga mientras me dice ¡¡¡¡LA MÁS GUAPA!!!!, como hace él con su Trini.

jueves, 12 de febrero de 2026

ETERNO VAGABUNDO

Metí todos mis días en un hatillo remendado
y me eché a andar.
Yo mismo hacía los caminos que me llevaban
lejos, mas allá de los bosques,
por la orilla del mar, por el mar mismo.
Y en el hatillo, al lado de los días míos,
—infancia, juventud, madurez, vejez—
iba metiendo el pan de las limosnas.
Alguna vez el pan estaba aún caliente y al tocarlo
resucitaba un día mío en el que, muy joven,
vi a una mujer hermosa que cogía flores en el jardín.
En el sur me agasajaban con vasos de vino.
Pero ya es tiempo de volver. Me canso, y ya no sé soñar.
Como una colmena hendida por un rayo
ya no enjambran las abejas en verano
dentro de mí. Sueños no hay, ni inquietudes.
En la vieja casa haré lumbre y le contaré a las llamas
de qué modo muere un vagabundo.

(Poema de mi amigo Álvaro Cunqueiro).



Todas las vivencias en bolsas de plástico sucias, atadas con cuerdas de mil colores y ajustadas al contorno de mis hombros, cubiertos por una chaqueta vieja y rota en la que por el cuello se asoma la capucha de color indefinido de una ajada sudadera.
Días vistiendo igual, con el único añadido de un gran plástico, cuyo cinturón es otra cuerda, para los días de lluvia en los caminos entre pueblo y pueblo, siempre a la búsqueda de un cajero en el que dormir protegido por los cerrojos de la puerta y las cámaras del banco que delatarían cualquier agresión contra mi en la soledad de la noche y fruto del combinado entre el alcohol, alguna droga e ideas fascistas que estos críos aceptan como suyas, nadie entiende el cómo y el por qué.
Recuerdos que se acuestan conmigo al calor de unos cartones en el suelo y de unos periódicos aprendices de sábanas y mantas.
Recuerdos que me producen pesadillas al sacarme del pensamiento plano alcanzado por el constante entrenamiento de rechazo a pensar en cualquier tiempo pasado.
A veces veo, por las calles, a antiguos amores, o amistades perdidas en la lejanía de los años, o a personas que en algún tiempo se preocuparon por mi.
Me fastidia encontrarlos, a todos, y aunque tengo la suerte de no ser reconocido con el look que me gasto entre barbas crecidas, pelos largos, gorros de lana y gafas oscuras, yo si lo hago, fastidiándome el día esas vivencias que meditadamente y aposta nunca metí en las bolsas, pocas, donde guardo las experiencias de las que me acuerdo y no me sueltan el cuerpo, o lo que es lo mismo, no me cagan el día.
Mi rumbo lo marcan muchas veces mis tropiezos. Si andando doy un paso en falso y quedo hacia la izquierda de donde iba, a babor pues comienza mi nueva ruta, ya que es igual a donde me dirija, mi vida es mi cabeza hueca y vacía intencionadamente, mi cuerpo enfermo y mis bolsas usadas y sucias. No tengo más, pues los recuerdos hace tiempo que caen por un desagüe que instalé mentalmente en mi cerebro y que descarga cerca del suelo, aunque a veces, ya he dicho que debe atascarse y duermen conmigo.
Dinero no necesito. Nadie sabe la cantidad de comida que hoy se tira, y siempre hay quien que para sentirse mejor me da una barra de pan, un litro de leche o cincuenta céntimos para tomarme un café, aunque con eso no me darían ni el azucarillo.
Y sigo andando, caminando, viajando sin más rumbo que encontrar un buen sitio donde quedarme dormido y ya no despertar.
Me preguntó si nos dejarán pasar al Cielo a los vagabundos o tendré que dormir, entre cartones, a su puerta. No lo sé.

martes, 10 de febrero de 2026

EL CIRIO (O NO)





Me celebro y me canto a mí mismo.
Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti,
porque lo que yo tengo lo tienes tú
y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también.
Vago… e invito a vagar a mi alma.
Vago y me tumbo a mi antojo sobre la tierra
par ver cómo crece la hierba del estío.
Mi lengua y cada molécula de mi sangre nacieron aquí,
de esta tierra y de estos vientos.
Me engendraron padres que nacieron aquí,
de padres que engendraron otros padres que nacieron aquí,
de padres hijos de esta tierra y de estos vientos también.

(Fragmento inicial del poema "Canto a mí mismo", de mi amigo Walt Whitman).


Era alto, de complexión robusta, no grueso, fuerte, compacto, ni un bulto en su figura.
No recuerda quién encendió la llama en su alto, allí donde tímida asomaba la mecha que recorría internamente su esbelto cuerpo de cirio.
Pasaron los días, alguien se paraba a su lado. Con un capuchón de hojalata apagaban la llama. Dependiendo de la etnia a la que perteneciera el humano, apaga velas, matacandelas, apagador. Así llamaban al aparato que cogían para apagarlo.
Al tiempo , otra mano lo encendía de nuevo, mientras iba a veces pasando de mano en mano, vigilante altivo en el altar otras, pero siempre encima de la palmatoria en su base.
Conoció a mucha gente. Unas le gustaban mucho y ansiaba volver a verlas. A otras no quería verlas nunca.
Por alguna sintió algo especial, aunque nunca dijo nada, porque aunque tímido, él seguía presentándose garboso, elegante, aunque al paso de los días su estatura había decrecido un poco, casi nada, no se notaba.
Era más preocupante la acumulación de cera en la base, que había surgido casi sin darse cuenta, de un día para otro.
Continuaban pasando a su lado los más diversos personajes, cada cual con su lección aprendida para actuar en el mundo, y él, quieto, inmóvil, presumiendo de prestancia pese a que el bulto de su base continuaba creciendo y su estatura disminuyendo por el paso del tiempo encendido casi en su totalidad.
Una vez escuchó una conversación entre alguien importante y otro humano que decía: - Parece que le queda poco al cirio, habrá que ir pensando en cambiarlo.
Ahí tomó conciencia de cómo al correr de los días su estatura ya ni se parecía a la que tenía en su juventud, y el estilismo del que siempre presumió había desaparecido con ese volumen de cera acumulada de cintura para abajo. Ya ni la palmatoria le servía y habían buscado una bandeja mayor para ponerle encima y que su gordura no desbordase.
Ya no se lo pasaban nunca de mano en mano, ni le permitían su presencia en el altar, y un día, entristecido al pensar en lo que fue y en lo que ahora era, la llama empezó a titilar nerviosamente. Le dió miedo. Es el final, pensó, y al instante siguiente la llama dió su última y postrera centella para apagarse de repente.
En la bandeja, sobre la mesa auxiliar, un bulto ingente de cera en el que era imposible vislumbrar el cirio esbelto y altivo de tiempo atrás que ahora reposaba ya para siempre, feo y desgastado por la vida.