ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO
LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

domingo, 22 de febrero de 2026

EL LAUD MÁGICO


De las manos magníficas del corazón
eres recorrido, noble instrumento,
que estás dentro de los labios del señor.
Y el toque es blanco,
como el de una cuerda que vibra,
y como mi rima,
que debería ser una palabra
y en cambio es un pensamiento,
una canción.

(Poema de mi amiga Alda Merini)


Una vez nos contó el Cipri que, hacía muchos años apareció por la taberna un personaje que, tocado con un turbante y una holgada jalabiya, acercándose a la barra, pidió al tabernero una jarra de té, con canela, clavo, cardamomo y leche.
Le dijo al Cipri, cuando éste le preguntó, que era de un pueblecito del lejano Sudán, cercano a Jartum, al que había abandonado por culpa de un sueño repetitivo en el que un Djinn le decía que tenía que recorrer mundo cargado con su laud, el mismo con el que, colgado a la espalda, apareció por la taberna, hasta encontrar un lugar lejano especial donde dejar el instrumento una vez lo hubiera tocado acompañando antiguas y místicas canciones de su tierra.
El sudanés, de nombre Ahmed, volvió durante casi un mes a la taberna, y en cada ocasión cantó y tocó su laud, convirtiendo las bebidas que en ese momento tomaban los parroquianos en el elixir que cada uno necesitaba según fuera el rasgo más representativo de su personalidad.
Después, en un día caluroso, en el que el local estaba lleno, Ahmed desapareció dejando encima de una mesa su laud, que le entregaron al tabernero colgando éste al instrumento de una de las paredes del Mono Rojo, y que nadie más volvió a tocar hasta la llegada de Vega,  que descolgándolo de la pared, comenzó a cantar, después de afinarlo, una canción de tal belleza y hermosura que hasta por las ventanas de la taberna se asomaban y veían las estrellas aunque en el exterior fuese de día.
Todos guardamos silencio mientras duró la canción, silencio y meditando en silencio, pues cada nota y cada frase cantada por Vega, nos traía recuerdos de parroquianos que ya se fueron a otros mundos espirituales.
La voz de Vega nos trasladaba a galaxias lejanas en el frío espacio, donde la curva del tiempo y el espacio se juntan y el ayer podría ser hoy.
Sin darnos cuenta, y sin saber la letra, de repente todos cantamos acompañando a Vega en la canción al conocer sin conocer esa poesía cantada de la que desconocíamos todo, pero que nos unió fraternalmente en torno a esa muchacha que, con los ojos cerrados, nos guiaba por un cosmos en el que estábamos presentes sin movernos del Mono Rojo.
Cuando Vega terminó la canción y dejó de tocar, todos permanecimos callados y quietos en nuestros sitios, pero con el corazón liberado y agradecido por la experiencia vivida.
En el suelo, hojas secas de roble.


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