ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO
LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

sábado, 14 de febrero de 2026

SE ME HA DORMIDO UN SUEÑO


Se me ha dormido un sueño en el café
vencido por el tiempo de nunca volver.
La tarde en el colegio y un corazón
clavado en el pupitre entre los dos.

Eras algo más rubia y, así de pie,
pareces aún más alta de lo que pensé.
Cuando tú eras la envidia y yo el por qué
que tu padre decía te iba a perder.

Quiero echar la vista atrás
donde se encuentran
mi plumier y mi compás
y tus trenzas.

Y volver a rebuscar por un solar,
yo, mis ganas de pelear, y tu, el susto
que te daba no verme más
a fin de curso.

Ay, amor, amor primero,
y de segundo, tercero y cuarto.
Ay, amor, te quise tanto,
cuando el beso era amor
y el amor canto.

Amor desde el gimnasio a la excursión,
desde la geografía, amor sin control.
Amor de tinta y tiza,
amor de portal,
amor de cada día y en cada lugar.

Amor que aún ahora guardo en la piel,
la párvula la caricia, el tope temblor.
Amor vestido, amor de nunca volver.
Camarero, por favor, otro café.

¿Donde están, donde se encuentran
mi plumier y mi compás
y tus trenzas?

Y volver a rebuscar por un solar,
tú, las ganas de pelear, y yo, el susto
que me daba no verte más
a fin de curso.

Ay, amor, amor primero,
y de segundo, tercero y cuarto.
Ay, amor, te quise tanto,
cuando el beso era amor
y el amor canto.

Ay, amor, amor primero,
y de segundo, tercero y cuarto.
Ay, amor, te quise tanto,
cuando el beso era amor
y el amor canto.

(Poema/canción del cantautor Patxi Andión)

Hoy, la jarra de cerveza en el Mono Rojo me sabe a ayer...

Comenzó su camino como regalo por san Valentín de una niña de doce años a su novio de trece. Dos críos en el secreto compartido tan solo con algunos, pocos, amigos cómplices y colaboracionistas del querubín del arco y las flechas de amor, que intercambiaron presentes en ese primer día de los enamorados que celebraron juntos y con la ilusión de la poca edad y toda una vida por delante.
Nadie pensó que pasaría después muchos san valentínes semienterrado en el barro donde el chaval lo tiró, por la ventanilla del coche de su padre al romper la relación después de casi cuatro años y ya vivir un nuevo amor y mostrarle esa prueba de compromiso al tirar el otro que había intercambiado en la niñez.
Cuántas veces el niño ya adulto habría podido ir a buscar ese anillo de plata, sencillo pero lleno de significado y promesas inocentes y sinceras fruto de la inexperiencia y la espontaneidad de dos almas jóvenes que se atraían sin poderlo, ni quererlo, evitar.
Pero nunca fue a buscarlo. Seguramente nunca lo hubiera encontrado entre hierbajos, lodos y basura, pero aunque lo perdió al lanzarlo desde el vehículo, se podría decir que siempre lo tuvo, de manera evocada, añorada, invisible en su dedo pero sentido en el corazón donde siempre guardó un hueco para esa niña que comenzó a andar, al igual que él, en los lares del amor de la mano del muchacho que la correspondía.
Quién sabe dónde se encontrará ese presente de plata en forma de anillo del que tan cruelmente se deshizo de él y que acompañado de un tierno e inocente beso le fue entregado en un día como hoy.
Es curioso, pero después de más de cincuenta y tantos años, en ocasiones, el pulgar de la mano derecha acaricia la falange del anular donde debería encontrarse tan emotivo y valioso regalo.

¡¡¡Adiolinda, por favor, otra cerveza, por el sueño perdido y nunca olvidado.!!!

viernes, 13 de febrero de 2026

TRINI, GUAPA!!!!

Dime, Carmelita,
dime qué piensas cuando el mundo
se hace tan minúsculo que cabe en
la arruga más pequeña y tus ojos se pierden,
se deshacen, y tú sólo reconoces la lluvia.

Dime, Carmelita,
cuéntame de qué color son tus manos,
por quién ladran los perros, quién enciende
la luz en este mar tan oscuro y tan tuyo,
cuéntame quién te salva cuando no puedes,
cuéntamelo, dime que lo sientes,
aunque no lo veas, dime que existen palabras
que te cuidan.

Dime, Carmelita,
enséñame que los verdaderos recuerdos no se borran,
que son más grandes que el olvido. Dímelo,
porque no te conozco y ya me has enseñado
que no importa la memoria, importa este temblor
que aparece en la puerta, momentáneo, como un rayo de luz.
Dímelo, tú que lo sabes, y protege este futuro
con tu pasado de sombras que se alejan.

Dime, Carmelita,
dime que sigues ahí, aunque te inventes otro idioma,
aunque mires a tu hija y no lo entiendas,
aunque mires a tus nietas y no lo entiendas,
aunque tu casa sea extraña y el miedo enorme,
aunque te invada la tristeza y todo escueza, hasta la piel
de quien dice conocerte,
dime que sigues ahí, que eso basta, que eso es suficiente.
Aunque no recuerdes, aunque olvides,
no permitas que la oscuridad oculte lo único que es cierto:
existes porque te quieren, existes porque los quieres.
Aunque no lo sepas.

(Poema tierno y cariñoso sobre el Alzheimer escrito por Elvira Sastre)


Venía por la taberna algunas tardes. Lo hacía acompañado de su joven esposa, a quien regalaba cada palabra que por su boca salía.
Era todo dulzura el modo en el que la trataba y mientras unos pensamos que el anciano estaba enchochado con su juvenil cónyuge, otros pensaban en el buen dinero que debía pagar el viejo para que una chica así permaneciera a su lado.
-¿Que te apetece tomar, Gaspar?
-Llama al camarero, mi amor, no me gusta que te esfuerces tú, mi sultana, cuando a él le pagan por hacerlo.
Él siempre la preguntaba si le gustaba lo que hubiera pedido, - y si no, que te lo cambien, mi reina, o que te traigan otra cosa, que te mereces lo mejor, preciosa flor.
La cogía de la mano, sentados entorno a una de las mesas, y la decía cosas lindas, del tipo llevamos casados muchos años y te amo más cada día, o eres todo para mí, sultana, me hechizas con tu sonrisa, y cuando tus ojos me miran es como si mirara dos luceros frente a frente que iluminan tu rostro, preciosa, de infarto con lo hermosa que eres. O bien la cantaba canciones de amor apretando fuerte su mano, con su voz temblorosa y ronca de tabaquear muchos años, o la escribía poesía con su letra casi ilegible, y la cubría de besos mientras lloraba de la alegría de estar con ella, con Trini, su único y gran amor mientras la tiraba un pellizquillo bribón a sus posaderas al tiempo que un ¡¡¡¡GUAPA!!!! acompañaba la atrevida pero cariñosa acción.
Una tarde regresaron a la taberna, y el anciano permanecía muy callado, sentado en su silla de ruedas, como ausente. 
No contestó al que te apetece con ninguna palabra ni gesto, ni la lanzaba ningún requiebro a la muchacha. Permanecía allí sentado, hundidos los hombros y con una mirada triste y perdida al tiempo.
Tanto me extrañó que acercándome me presenté, " Hola, soy Forastero Quizás, que le ocurre hoy a tu esposo, está enfermo, se le ve triste."
Ella, sonrió también con una mueca apenada y me dijo que venían del cementerio, de llevar flores a la tumba de Trini, su esposa, fallecida hacía diez años, casi el tiempo a que a él, el cruel Alzehimer le había empezado a arrinconar en algún recoveco de su mente.
Para él, Trini nunca murió, vive cada día con su compañía, disfrutando con la vista y las atenciones de su amor, con la que habla cada jornada, a cada momento en el que la vé. Cuando le despierta en la mañana y le asea y lo viste, cuando le pone el desayuno, cuando le da sus medicinas, cuando salen a la calle, siempre Trini, sultana mía, Trini preciosa, Trini cada día más enamorado de tí, Trini, Trini, Trini.
Él, en su pérdida de realidad no ve diferencias de edad ni rasgos distintos, no ve que yo no soy Trini, que soy la enfermera que la familia contrató para atenderlo, que Trini falleció un día como el de hoy pero de hace diez años, y al llevarla flores, la sepultura, como cada año, le devuelve durante unas horas a la realidad, pero en cuanto duerma un poco y se despierte, volverá a ver, a sentir, a hablar, con Trini, su esposa.
Y a ti no te molesta que el abuelo te confunda permanente con su mujer muerta, la pregunté, y ella me respondió, lo que realmente me molesta y me duele es el saber que nunca encontraré a nadie que después de cincuenta y tantos años de vida en común, cada día se enamore más de mi e incluso me pellizque, juguetón y pícaro, una nalga mientras me dice ¡¡¡¡LA MÁS GUAPA!!!!, como hace él con su Trini.

jueves, 12 de febrero de 2026

ETERNO VAGABUNDO

Metí todos mis días en un hatillo remendado
y me eché a andar.
Yo mismo hacía los caminos que me llevaban
lejos, mas allá de los bosques,
por la orilla del mar, por el mar mismo.
Y en el hatillo, al lado de los días míos,
—infancia, juventud, madurez, vejez—
iba metiendo el pan de las limosnas.
Alguna vez el pan estaba aún caliente y al tocarlo
resucitaba un día mío en el que, muy joven,
vi a una mujer hermosa que cogía flores en el jardín.
En el sur me agasajaban con vasos de vino.
Pero ya es tiempo de volver. Me canso, y ya no sé soñar.
Como una colmena hendida por un rayo
ya no enjambran las abejas en verano
dentro de mí. Sueños no hay, ni inquietudes.
En la vieja casa haré lumbre y le contaré a las llamas
de qué modo muere un vagabundo.

(Poema de mi amigo Álvaro Cunqueiro).



Todas las vivencias en bolsas de plástico sucias, atadas con cuerdas de mil colores y ajustadas al contorno de mis hombros, cubiertos por una chaqueta vieja y rota en la que por el cuello se asoma la capucha de color indefinido de una ajada sudadera.
Días vistiendo igual, con el único añadido de un gran plástico, cuyo cinturón es otra cuerda, para los días de lluvia en los caminos entre pueblo y pueblo, siempre a la búsqueda de un cajero en el que dormir protegido por los cerrojos de la puerta y las cámaras del banco que delatarían cualquier agresión contra mi en la soledad de la noche y fruto del combinado entre el alcohol, alguna droga e ideas fascistas que estos críos aceptan como suyas, nadie entiende el cómo y el por qué.
Recuerdos que se acuestan conmigo al calor de unos cartones en el suelo y de unos periódicos aprendices de sábanas y mantas.
Recuerdos que me producen pesadillas al sacarme del pensamiento plano alcanzado por el constante entrenamiento de rechazo a pensar en cualquier tiempo pasado.
A veces veo, por las calles, a antiguos amores, o amistades perdidas en la lejanía de los años, o a personas que en algún tiempo se preocuparon por mi.
Me fastidia encontrarlos, a todos, y aunque tengo la suerte de no ser reconocido con el look que me gasto entre barbas crecidas, pelos largos, gorros de lana y gafas oscuras, yo si lo hago, fastidiándome el día esas vivencias que meditadamente y aposta nunca metí en las bolsas, pocas, donde guardo las experiencias de las que me acuerdo y no me sueltan el cuerpo, o lo que es lo mismo, no me cagan el día.
Mi rumbo lo marcan muchas veces mis tropiezos. Si andando doy un paso en falso y quedo hacia la izquierda de donde iba, a babor pues comienza mi nueva ruta, ya que es igual a donde me dirija, mi vida es mi cabeza hueca y vacía intencionadamente, mi cuerpo enfermo y mis bolsas usadas y sucias. No tengo más, pues los recuerdos hace tiempo que caen por un desagüe que instalé mentalmente en mi cerebro y que descarga cerca del suelo, aunque a veces, ya he dicho que debe atascarse y duermen conmigo.
Dinero no necesito. Nadie sabe la cantidad de comida que hoy se tira, y siempre hay quien que para sentirse mejor me da una barra de pan, un litro de leche o cincuenta céntimos para tomarme un café, aunque con eso no me darían ni el azucarillo.
Y sigo andando, caminando, viajando sin más rumbo que encontrar un buen sitio donde quedarme dormido y ya no despertar.
Me preguntó si nos dejarán pasar al Cielo a los vagabundos o tendré que dormir, entre cartones, a su puerta. No lo sé.

martes, 10 de febrero de 2026

EL CIRIO (O NO)





Me celebro y me canto a mí mismo.
Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti,
porque lo que yo tengo lo tienes tú
y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también.
Vago… e invito a vagar a mi alma.
Vago y me tumbo a mi antojo sobre la tierra
par ver cómo crece la hierba del estío.
Mi lengua y cada molécula de mi sangre nacieron aquí,
de esta tierra y de estos vientos.
Me engendraron padres que nacieron aquí,
de padres que engendraron otros padres que nacieron aquí,
de padres hijos de esta tierra y de estos vientos también.

(Fragmento inicial del poema "Canto a mí mismo", de mi amigo Walt Whitman).


Era alto, de complexión robusta, no grueso, fuerte, compacto, ni un bulto en su figura.
No recuerda quién encendió la llama en su alto, allí donde tímida asomaba la mecha que recorría internamente su esbelto cuerpo de cirio.
Pasaron los días, alguien se paraba a su lado. Con un capuchón de hojalata apagaban la llama. Dependiendo de la etnia a la que perteneciera el humano, apaga velas, matacandelas, apagador. Así llamaban al aparato que cogían para apagarlo.
Al tiempo , otra mano lo encendía de nuevo, mientras iba a veces pasando de mano en mano, vigilante altivo en el altar otras, pero siempre encima de la palmatoria en su base.
Conoció a mucha gente. Unas le gustaban mucho y ansiaba volver a verlas. A otras no quería verlas nunca.
Por alguna sintió algo especial, aunque nunca dijo nada, porque aunque tímido, él seguía presentándose garboso, elegante, aunque al paso de los días su estatura había decrecido un poco, casi nada, no se notaba.
Era más preocupante la acumulación de cera en la base, que había surgido casi sin darse cuenta, de un día para otro.
Continuaban pasando a su lado los más diversos personajes, cada cual con su lección aprendida para actuar en el mundo, y él, quieto, inmóvil, presumiendo de prestancia pese a que el bulto de su base continuaba creciendo y su estatura disminuyendo por el paso del tiempo encendido casi en su totalidad.
Una vez escuchó una conversación entre alguien importante y otro humano que decía: - Parece que le queda poco al cirio, habrá que ir pensando en cambiarlo.
Ahí tomó conciencia de cómo al correr de los días su estatura ya ni se parecía a la que tenía en su juventud, y el estilismo del que siempre presumió había desaparecido con ese volumen de cera acumulada de cintura para abajo. Ya ni la palmatoria le servía y habían buscado una bandeja mayor para ponerle encima y que su gordura no desbordase.
Ya no se lo pasaban nunca de mano en mano, ni le permitían su presencia en el altar, y un día, entristecido al pensar en lo que fue y en lo que ahora era, la llama empezó a titilar nerviosamente. Le dió miedo. Es el final, pensó, y al instante siguiente la llama dió su última y postrera centella para apagarse de repente.
En la bandeja, sobre la mesa auxiliar, un bulto ingente de cera en el que era imposible vislumbrar el cirio esbelto y altivo de tiempo atrás que ahora reposaba ya para siempre, feo y desgastado por la vida.

lunes, 9 de febrero de 2026

LA MEMORIA ANEGADA

Recuerdo en mi recuerdo
tus cabellos de niebla,
tus muslos transparentes,
tus pechos de agua fresca,
tu ombligo de nenúfar,
tu clítoris de yerba,
tu sexo de sonido
a molino violeta.

Hoy he vuelto a tu lado
y tu cuerpo de agua
tiene la piel reseca.
Tu cuerpo de aire azul
viste de arenas negras.
La sangre de tus peces
se muere en tus venas
y las algas se pudren
cubriendo tu cabeza.

Hoy he vuelto a tu lado
a besar tu tristeza.

(Poema de mi amigo Manuel Pacheco Conejo,  "Para besar la tristeza del Guadiana" )



Había estado lloviendo fuerte durante cuatro días. El asfalto que llevaba hasta la vieja estación ahora parecía un pequeño río de aguas bravas que golpeaba fuertemente contra los aliviaderos de las cunetas completamente anegadas por el agua y el barro que bajaba empujado por la corriente.
En uno de los tramos de la antigua carretera, atrapado entre unos sacos de tierra y el agua que le empujaba, el tronco del árbol, antaño notario caminero de tantas tardes y parejas, flotaba dando golpes contra su trampa en un intento de librarla y continuar su viaje donde el torrente quisiera llevarlo.
En el costado que daba al aire se veían corazones entrelazados unos, atravesados por flechas de Cupido otros, con iniciales unos cuantos y con fecha casi todos.
Cuántas manos grabaron su corteza mientras ojos enamorados seguían los trazos de la navaja que, como bisturí en mano de inexperto cirujano, dibujaba torpemente el contorno de unos sentimientos así expresados.
Cuántos dedos repasarían más tarde los trazos del corazón y las iniciales mientras alguna lágrima brotaba de un par de ojos bonitos al recordar tiempos perdidos y pasados en los que tan solo uno de la pareja se encontraba aún sintiendo por el amante ausente, por el que pudo ser y no fue, por el amor perdido.
Y ahora, ahí está, con su carga testimonial, con la memoria que conserva su corteza, empapada de agua y arrancado por los temporales del lugar más visitado por los enamorados de todo el pueblo.
Cuántas vueltas, cuerpo sobre cuerpo, bajo su copa en tardes de verano calurosas, en las que la calima y la compañía animaban a quitarse la ropa bajo su sombra.
Cuántas promesas sinceras en cuanto se dijeron y limitada su veracidad al final del verano y la vuelta a clase.
Cuántas manos enlazaron dedos compartiendo vibraciones y deseos únicos y especiales en esos momentos.
Y ahí, náufrago, rendido, muerto, ahogado, el testigo leal y silencioso de tantos sueños.
Quizás el agua se lleve ese libro vegetal anciano, repleto de signos, señales, vivencias.
Quizás sea el agua el que traiga la semilla de un nuevo notario que crezca en la cuneta, camino de la estación , quizás, pero ya no será nuestro amigo, nuestro testigo, nuestro árbol. Ese, querido nuestro, baja empujado por la corriente a Dios sabe dónde, y con él, flotando, nuestros recuerdos.
El tiempo corre.

domingo, 8 de febrero de 2026

EL NIDO DEL PAJARILLO

Sólo ha quedado en la rama
un poco de paja mustia
y, en la arboleda, la angustia
de un pájaro fiel que llama.
Cielo arriba y senda abajo,
no halla tregua a su dolor,
y se para en cada gajo
preguntando por su amor.
Ya remonta con su queja,
ya pía por el camino
donde deja en el espino
su blanda lana la oveja.
Pobre pájaro afligido
que sólo sabe cantar
y, cantando, llora el nido
que ya nunca ha de encontrar.

(Poema de mi amigo Leopoldo Lugones)


A la puerta de la taberna, en la parte derecha, sobre la acera, en el centro de un alcorque un árbol, ya con muchos años, permanecía impasible ante los hechos que a su alrededor ocurrían. Lo podaban todos los años y crecía ampliando su sombra en verano debido a su gran y cerrada copa.
En una de sus ramas, también hacía tiempo que un nido habitado por una familia de pájarillos nos animaba cuando veíamos a los polluelos crecer y asomarse por los bordes midiendo la distancia mientras movían sus alas entrenando un muy próximo vuelo de despedida por la marcha en busca de su propia vivienda y familia.
Muchas veces el Cipri esparcía las migas que recogía de las mesas al limpiarlas dentro del cajete en la acera y la pareja alada bajaba a por el alimento con el que se criaba la familia entera.
Estuvieron muchos años, hasta que un día la hembra apareció caída en la acera, sin moverse, y el macho, de pie, al lado suyo, tocándola con el pico en un intento de llamada.
Fue Alguien, el Fantasma del Pasado el que los encontró de tal manera, y con tristeza recogió a la pajarilla y la enterró haciendo un hoyo profundo en la tierra del alcorque e incluso rezó una oración por ella.
El machito voló hasta el nido que ya habían abandonado los polluelos y allí se quedó todo el tiempo. Ni emigró, ni se trasladó a otro nido, ni volvió a unirse a otra compañera.
Lo veíamos cuando alguna vez bajaba al pavimento a recoger algún trocito de pan que alguno de nosotros tirábamos para él, pero nunca volvió a piar ni a mostrarse tan alegre como antaño. 
Adelgazó mucho, y gran parte del tiempo lo pasaba asomado al borde del nido, apoyando el pecho y la cabeza en el límite del hogar donde muchas veces permanecía con los ojos cerrados sin mirar a ningún lado.
Otras veces se quedaba mirando otros nidos donde parejas de avecillas revoloteaban en escandalosas fiestas, y observaba al Cipri tirando las migas en su alrededor, pero él, impávido, ni se movía.
El poeta de la taberna nos dijo que ese animalillo sufría, que de ser poeta hubiera escrito tristes poemas a la soledad, a la marcha de la compañera y a la cruel realidad.
Es posible. Sí parecía que el pajarillo sufría su soledad, que no quería sobreponerse y vivía su tristeza asumiendo que se había quedado solo en el nido familiar.
Una mañana fría de febrero, al ir Adiolinda a abrir la taberna, se encontró en el alcorque, justo donde Alguien, el Fantasma del Pasado había cavado la tumba de la hembra, a nuestro pájarillo, con los ojos cerrados, muerto, y con una de sus patas extendida hacia la fosa y con los dedos cerrados.
Hay quien dijo que habían vuelto a encontrarse la pajarilla y su fiel compañero.

sábado, 7 de febrero de 2026

VOZ DE MONJA

Silencio de cal y mirto.
Malvas en las hierbas finas.
La monja borda alhelíes
sobre una tela pajiza.

Vuelan en la araña gris
siete pájaros del prisma.
La iglesia gruñe a lo lejos
como un oso panza arriba.

¡Qué bien borda! ¡Con qué gracia!
Sobre la tela pajiza
ella quisiera bordar
flores de su fantasía.

¡Qué girasol! ¡Qué magnolia
de lentejuelas y cintas!
¡Qué azafranes y qué lunas
en el mantel de la misa!

Cinco toronjas se endulzan
en la cercana cocina.
Las cinco llagas de Cristo
cortadas en Almería.

Por los ojos de la monja
galopan dos caballistas.
Un rumor último y sordo
le despega la camisa,

y al mirar nubes y montes
en las yertas lejanías,
se quiebra su corazón
de azúcar y yerbaluisa.

¡Oh, qué llanura empinada
con veinte soles arriba!
¡Qué ríos puestos de pie
vislumbra su fantasía!

Pero sigue con sus flores,
mientras que de pie, en la brisa,
la luz juega el ajedrez
alto de la celosía.

(Poema de mi amigo, Federico García Lorca)




En la taberna, Teresa, la cocinera, antigua monja, a veces mientras cocinaba y al resguardo de las paredes de la cocina, cantaba, y cantaba como solo una voz educada en un convento podía sonar haciendo que los parroquianos del Mono Rojo callaran y escucharan, algunos con los ojos cerrados y se dejaran transportar a otros mundos a través de la preciosa voz de Teresa.
Había clientes que iban cuando sabían que Teresa empezaba a cocinar y esperaban en la barra tomando algo a qué la voz de ángel, como alguno la llamaba, empezará a lanzar notas al aire.
Uno de estos clientes era don Pedro, mayor, casi un anciano pero bien conservado, elegante, vestido con ropa que denotaba cierto poder adquisitivo y silencioso, de manera que nunca hablaba con ningún parroquiano, dedicando sus palabras solo para Teresa, a la que cubría de halagos, por su voz, por sus platos, por su belleza, que siendo normal a don Pedro le debía parecer tan angelical como el tono de sus motetes y canciones.
El tal don Pedro debía llevar acudiendo a la taberna cerca de tres meses, siempre tranquilo, esperando que la cocinera saliera con alguna de las fuentes preparadas con sus viandas y escuchando las canciones que de la cocina salían, pero ese día parecía más nervioso e inquieto de lo general. La misma Adiolinda, al ponerle el desayuno y no recibir ni un gracias pensó, mal día tiene hoy don Pedro, aunque como nunca dió problemas, continuó con su trabajo sin darle más importancia.
De repente, un aullido agudo y frío sobresaltó a todos los que estábamos en el Mono Rojo, y vimos como la Maruxaina, enseñando su dentadura en forma de sierra afilada, con las uñas de las manos convertidas en garras, saltó por encima de la barra agilmente derribando la puerta del almacén de un fuerte empujón de su hombro, entrando al interior gruñendo como nunca la habíamos visto, para sacar a un don Pedro completamente aterrado y sangrando por su cuello al que se aferraba con las dos manos antes de ser lanzado por encima del mostrador por una Maruxaina completamente transformada y que brincó tras él agarrándolo de nuevo entre sus garras cuando la voz de una Teresa con la ropa rota y llorosa se dejó oír, - ya está, niña, suéltalo, estoy bien, gracias a ti no me ha podido hacer nada, mientras llegaba al lado de la Maruxaina y la acariciaba su alterada cabeza.
Por un instante parecía que la sirena iba a rematar al desgraciado don Pedro, pero volviendo la cabeza hacia Teresa, y soltando al malherido cliente, levantándose se abrazó a la cocinera que la acariciaba tranquilizándola cantándola bajito.
Adiolinda llamó a la policía, que primero llamó a emergencias viendo la hemorragia que presentaba el caído cliente, que después de interrogar a Teresa, se supo que entró detrás de ella por sorpresa en el almacén y abalanzándose sobre  la antigua monja, la rompió la ropa intentando besarla y toquetearla antes de intentar violarla.
Teresa declaró que ella había mordido en el cuello a don Pedro defendiéndose de la agresión y que él, ante la hemorragia, salió corriendo cayendo al otro lado del mostrador, cerca de la salida en un intento de huir del lugar donde había cometido el delito.
Mientras, en el baño, Adiolinda limpiaba la sangre en su rostro a una Maruxaina todavía algo alterada.
Todos los parroquianos declaramos que lo dicho por Teresa era tal y como habían ocurrido la parte de los hechos que nosotros pudimos ver.
Teresa nunca volvió a cantar en la cocina.