ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO
LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

viernes, 13 de febrero de 2026

TRINI, GUAPA!!!!

Dime, Carmelita,
dime qué piensas cuando el mundo
se hace tan minúsculo que cabe en
la arruga más pequeña y tus ojos se pierden,
se deshacen, y tú sólo reconoces la lluvia.

Dime, Carmelita,
cuéntame de qué color son tus manos,
por quién ladran los perros, quién enciende
la luz en este mar tan oscuro y tan tuyo,
cuéntame quién te salva cuando no puedes,
cuéntamelo, dime que lo sientes,
aunque no lo veas, dime que existen palabras
que te cuidan.

Dime, Carmelita,
enséñame que los verdaderos recuerdos no se borran,
que son más grandes que el olvido. Dímelo,
porque no te conozco y ya me has enseñado
que no importa la memoria, importa este temblor
que aparece en la puerta, momentáneo, como un rayo de luz.
Dímelo, tú que lo sabes, y protege este futuro
con tu pasado de sombras que se alejan.

Dime, Carmelita,
dime que sigues ahí, aunque te inventes otro idioma,
aunque mires a tu hija y no lo entiendas,
aunque mires a tus nietas y no lo entiendas,
aunque tu casa sea extraña y el miedo enorme,
aunque te invada la tristeza y todo escueza, hasta la piel
de quien dice conocerte,
dime que sigues ahí, que eso basta, que eso es suficiente.
Aunque no recuerdes, aunque olvides,
no permitas que la oscuridad oculte lo único que es cierto:
existes porque te quieren, existes porque los quieres.
Aunque no lo sepas.

(Poema tierno y cariñoso sobre el Alzheimer escrito por Elvira Sastre)


Venía por la taberna algunas tardes. Lo hacía acompañado de su joven esposa, a quien regalaba cada palabra que por su boca salía.
Era todo dulzura el modo en el que la trataba y mientras unos pensamos que el anciano estaba enchochado con su juvenil cónyuge, otros pensaban en el buen dinero que debía pagar el viejo para que una chica así permaneciera a su lado.
-¿Que te apetece tomar, Gaspar?
-Llama al camarero, mi amor, no me gusta que te esfuerces tú, mi sultana, cuando a él le pagan por hacerlo.
Él siempre la preguntaba si le gustaba lo que hubiera pedido, - y si no, que te lo cambien, mi reina, o que te traigan otra cosa, que te mereces lo mejor, preciosa flor.
La cogía de la mano, sentados entorno a una de las mesas, y la decía cosas lindas, del tipo llevamos casados muchos años y te amo más cada día, o eres todo para mí, sultana, me hechizas con tu sonrisa, y cuando tus ojos me miran es como si mirara dos luceros frente a frente que iluminan tu rostro, preciosa, de infarto con lo hermosa que eres. O bien la cantaba canciones de amor apretando fuerte su mano, con su voz temblorosa y ronca de tabaquear muchos años, o la escribía poesía con su letra casi ilegible, y la cubría de besos mientras lloraba de la alegría de estar con ella, con Trini, su único y gran amor mientras la tiraba un pellizquillo bribón a sus posaderas al tiempo que un ¡¡¡¡GUAPA!!!! acompañaba la atrevida pero cariñosa acción.
Una tarde regresaron a la taberna, y el anciano permanecía muy callado, sentado en su silla de ruedas, como ausente. 
No contestó al que te apetece con ninguna palabra ni gesto, ni la lanzaba ningún requiebro a la muchacha. Permanecía allí sentado, hundidos los hombros y con una mirada triste y perdida al tiempo.
Tanto me extrañó que acercándome me presenté, " Hola, soy Forastero Quizás, que le ocurre hoy a tu esposo, está enfermo, se le ve triste."
Ella, sonrió también con una mueca apenada y me dijo que venían del cementerio, de llevar flores a la tumba de Trini, su esposa, fallecida hacía diez años, casi el tiempo a que a él, el cruel Alzehimer le había empezado a arrinconar en algún recoveco de su mente.
Para él, Trini nunca murió, vive cada día con su compañía, disfrutando con la vista y las atenciones de su amor, con la que habla cada jornada, a cada momento en el que la vé. Cuando le despierta en la mañana y le asea y lo viste, cuando le pone el desayuno, cuando le da sus medicinas, cuando salen a la calle, siempre Trini, sultana mía, Trini preciosa, Trini cada día más enamorado de tí, Trini, Trini, Trini.
Él, en su pérdida de realidad no ve diferencias de edad ni rasgos distintos, no ve que yo no soy Trini, que soy la enfermera que la familia contrató para atenderlo, que Trini falleció un día como el de hoy pero de hace diez años, y al llevarla flores, la sepultura, como cada año, le devuelve durante unas horas a la realidad, pero en cuanto duerma un poco y se despierte, volverá a ver, a sentir, a hablar, con Trini, su esposa.
Y a ti no te molesta que el abuelo te confunda permanente con su mujer muerta, la pregunté, y ella me respondió, lo que realmente me molesta y me duele es el saber que nunca encontraré a nadie que después de cincuenta y tantos años de vida en común, cada día se enamore más de mi e incluso me pellizque, juguetón y pícaro, una nalga mientras me dice ¡¡¡¡LA MÁS GUAPA!!!!, como hace él con su Trini.

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