ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO
LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

sábado, 31 de enero de 2026

UNA TABLA EN EL OCÉANO

Soy como un espíritu que mora
en lo más hondo del corazón.
Siento sus sentimientos,
pienso sus pensamientos
y escucho las conversaciones más íntimas del alma,
la voz que sólo se oye en el rumor de la sangre,
cuando el vaivén de los latidos
se asemeja al sosegado oleaje del océano estival.

He desatado la melodía dorada
de su alma profunda y me he zambullido en ella
y, como el águila en medio de la bruma y la tormenta,
he dejado que mis alas se adornasen
con el fulgor de los rayos.

(Poema de mi amigo Percival Bisshe Sheley)



Recuerdo haber leído un episodio en la vida del poeta y filósofo Percival Bisshe Shelley en el que en un trayecto de recreo en barca con su esposa, Mary Shelley y con Lord Byron, Sheley cayó del bote al agua y se fué hundiendo en el lago sin hacer nada para evitarlo. Cuando Byron y un tripulante del pequeño navío se tiraron y bucearon hasta el fondo para rescatarlo, encontraron a Sheley completamente quieto mientras se ahogaba.
En esta ocasión pudieron sacarlo a tiempo, porque años más tarde, murió ahogado al sufrir una fuerte tormenta mientras navegaba con su velero.
Y pienso en ello porque quizás todos, o si no todos, yo si, actuamos igual que Sheley mientras se hundía al entender que ya hemos vivido lo suficiente como para intentar movernos ante lo que la vida nos presenta ahora, sea lo que sea, dejando que todo ocurra sin inmutarnos al tener ya la mochila repleta de casos, vivencias y hechos.
Da un poco igual lo que suceda, es lo mismo que nos veamos rodeados por situaciones nuevas, la indiferencia es total y el miedo o la preocupación dejaron hace mucho de existir por la acumulación de años, no tanto quizás en número pero si en experiencias.
No importa que lo que para algunos pueden ser problemas te rodeen e intenten quitarte el aliento, es igual, tienes tanto cuidado con el aliento que te queda como por el que no te queda, es decir, ninguno.
Has nadado tanto en el transcurrir de la vida que cuando, cansado ya, paras de hacerlo, si no hay una tabla cerca a la que no cueste trabajo agarrarse, lo mejor es dejar que el agua te rodee, te abrace y te dejes llevar sin rebelarte ni luchar.
Cuando la tabla es una taberna en la que encuentras albergue, y hasta esa tabla parece que sobra, ves llegado el momento de reunir a los parroquianos habituales y despedirte de ellos.
Veremos que hago cuando llegue ese instante en el que aún no estamos, o salgo por la puerta acristalada para no volver o me recluyo en el mundo del no ser del Cipri y me quedo impávido y silencioso ante la crepitante chasca ardiendo. 
No lo sé, pero a veces me parece que voy en la barca de Mary, Percival y Byron con ellos, pero no navega el bote solo, arrastra y remolca cantidad de pequeñas embarcaciones cargadas con los pesos y añadidos recogidos en toda una vida repleta de largo y trabajado historial.

viernes, 30 de enero de 2026

VIENTO DEL SUR

¡espera! ¡no te vayas!
¿De parte de quién es? ¿Quién dijo eso?
Besos que yo esperé, tú me has dejado
en el ala dorada de mi pelo.
 
¡No te vayas! ¡alegra más mis flores!
Y sé, tú, viento amigo mensajero;
contéstale diciendo que me viste,
con el libro de siempre entre los dedos.
 
Al marcharte, enciende las estrellas,
se han llevado la luz, y apenas veo,
y sé, viento, enfermo de mi alma;
y llévale esta «cita» en raudo vuelo.
 
...Y el viento me acaricia dulcemente,
y se marcha insensible a mi deseo...

(Poema de mi amiga Gloria Fuertes)

Siempre le estaré agradecido al viento del sur, no el cálido proveniente de África, con la calima de polvo de arena del desierto, sino al otro, al frío, al de poniente, que después de cruzar el Atlántico entra por el suroeste de la península y llega hasta mí, con su fresca temperatura traiéndome noticias nuevas para prepararme.
Es el viento que, cuando estuve limpiando la costa coruñesa del sucio y maloliente chapapote con el que el Prestige ensució las bonitas rías y playas gallegas, en una noche de cielo limpio y estrellado, en el que casi diría que alzando la mano podría alcanzar alguna de esas luces con las que las estrellas nos hacen saber que continúan ahí, velando nuestros sueños, me dijo que iba a tener una hija, la hija de las estrellas.
Corría el año 2002, y dos años después las estrellas nos bendijeron con una preciosa niña con dos hermosos luceros en su cara y que el poniente celebró conmigo junto a las luces celestes que nos acompañaron en esa celebración alegre como ninguna.
Es el viento de las noticias futuras, de las buenas noticias, es el céfiro que de repente se presenta golpeando tu cara con su fría mano y te susurra al oído.
Es la brisa que arrampa con lo negativo dejando la ventana del destino abierta para que lo mejor te visite de su mano.
Es el vendaval que limpia tus desniveles, tus crisis emotivas, tus declives, y te sube a lo más alto del cosmos, allí donde solo la energía divina habita devolviéndote después a tierra completamente renovado.
Mi querido viento del sur, amado y  atlántico poniente, te debo mucho, sobre todo dos luceros que ya tienen casi veintidós años y de la que tenías razón, solo había que alzar la mano y se me agarró a ella la Niña de las Estrellas, mi hija.


jueves, 29 de enero de 2026

NEVÓ EN LA CIUDAD, AUNQUE NO SOLO



Aquí no hay viejos
Solo, nos llegó la tarde:
Una tarde cargada de experiencia
Experiencia para dar consejos.
Aquí no hay viejos
Solo nos llegó la tarde.
Viejo es el mar y se agiganta.
Viejo es el sol y nos calienta.
Vieja es la luna y nos alumbra.
Vieja es la tierra y nos da vida.
Viejo es el amor y nos alienta.
Aquí no hay viejos
Solo nos llegó la tarde.
Somos seres llenos de saber.
Graduados en la escuela.
De la vida y en el tiempo.
Que nos dio el postgrado.
Subimos al árbol de la vida.
Cortamos de sus frutos lo mejor.
Son esos frutos nuestros hijos.
Que cuidamos con paciencia.
Nos revierte esa paciencia con amor.
Fueron niños son hombres serán viejos.
La mañana vendrá y llegará la tarde.
Y ellos también darán consejos.
Aquí no hay viejos
Solo nos llegó la tarde.
Joven: si en tu caminar encuentras.
Seres de andar pausado.
De miradas serenas y cariñosas.
De piel rugosa, de manos temblorosas.
No los ignores ayúdalos.
Protégelos ampáralos.
Bríndales tu mano amiga.
Tu cariño.
Toma en cuenta que un día.
También a ti, te llegará la tarde....

*(Poema de mi amigo Mario Benedetti )



Estaba helado. Me acerqué a la chasca en la que gruesos troncos de madera se convertían en ascuas incandescentes mientras alguna llama lamía el dorso del leño ampliando el campo de la madera al rojo vivo y que tanto calor desprendía y al que accedí acercando las manos al hogaril en llamas.
Había nevado en la ciudad y un paisaje gélido totalmente blanco había convertido a la urbe en una especie de sucursal de Siberia en el que pocos osaban salir a la calle.
La nieve había cubierto la ciudad, de igual manera, pensé, de cómo la nevada del tiempo había caído sobre la barba y mis pocos cabellos en la cabeza en una intensidad de la que los telediarios hubieran dicho que con un grosor de diez a quince centrímetros, todo lo vivido y experimentado durante años de existencia, quedó cubierto por esa nevada existencial sin quedar constancia de que ocurrió.
Sólo nieve, en mi testa, al igual que en las calles, todos los vicios, los adulterios, etc. habían quedado como en una amnistía motivada por la desertización producida por la invasión de tanto copo.
La gente me mira, yo me miró, y vemos ambos un viejo de barba blanca, silencioso, solitario y que probablemente, o ya nació así o no hizo otra cosa en su vida salvo convertirse en el anciano que ahora busca la silla más cercana a la hoguera para conservar ese calor que tanto anhela para reconfortar el permanente frío que arrastra por la sala.
Atrás quedaron amores de unas horas o largos y apasionados en el tiempo, amistades proclives a actos insumisos como los que acumuló en estos años de lucha, trabajos de todo tipo, estudios varios y muchos, discursos y presentaciones ante injusticias públicas, detenciones, porrazos de la sin razón de cuerpos, dicen, que de seguridad, y todo cuanto acontenció en su vida. Borrado en su totalidad el pasado, preso de la dictadura y de la imposición, sin recurso posible, de la capa de nieve temporal que transformó la figura de este antiguo guerrero de causas pérdidas antes de nacer en la del abuelo callado que ahora dormita frente al fuego.
La nieve, la invasión de la cana, terrible y inapelable, que te convierte en alguien extraño, desconocido, sin pasado y ya casi sin futuro.
Frías nieves las dos, la copiosa de la ciudad y la carcelaria de la presencia humana. Gélidas, implacables!!!

miércoles, 21 de enero de 2026

CUALQUIERA TIEMPO PASADO...

Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando;
cuán presto se va el placer;
cómo después de acordado
da dolor;
cómo a nuestro parecer
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.

Pues si vemos lo presente
cómo en un punto se es ido
y acabado,
si juzgamos sabiamente,
daremos lo no venido
por pasado.
No se engañe nadie, no,
pensando que ha de durar
lo que espera
más que duró lo que vio,
pues que todo ha de pasar
por tal manera.

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir:
allí van los señoríos,
derechos a se acabar
y consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
y más chicos;
y llegados, son iguales
los que viven por sus manos
y los ricos.

(Fragmento de "Coplas por la muerte de mi padre", de mi amigo Jorge Manrique).

Noche larga en la taberna para Forastero Quizás. Solo, sin hablar, mirando el crepitar de las llamas en la hoguera y dando vueltas con la mano a una jarra vacía de cerveza que, al poco, Adiolinda, atenta, le cambió por otra espumante y fresca aunque Forastero, si se enteró del cambio, nada dijo ni agradeció.
La Maruxaina se acercó a la mesa en la que Forastero pensaba y sin decirle nada, tomó una de sus manos y se sentó mirándole fijamente a los ojos.
Apretaba su mano, transmitiendo un calor auxiliar al estado de ánimo del parroquiano.
La Maruxaina había adivinado los tristes pensamientos que mantenían al amigo de tantas noches tabernarias en ese estado, y le estaba transmitiendo en su cercanía el valor y la fuerza necesaria para sobreponerse, sin palabras huecas, sin gestos inútiles, tan solo una mano apretada y esperar acompañando al amigo herido en los recuerdos.
Las lágrimas empezaron a brotar de los ojos del habitual del Mono Rojo. Sudar los ojos por los claveles que le irritan hubiera dicho Forastero, pero la Maruxaina sabía que empezaba a echar fuera los malos pensamientos, los que atenazaban su corazón, y soltando la mano, la sirena le abrazó fuertemente mientras le decía, llora si quieres, pero sabes que nadie muere si alguien le recuerda, como tú a tu padre, susurró la Maruxaina mientras se levantaba soltando al Forastero y dejando en su mesa unas pequeñas hojas de roble secas.

martes, 20 de enero de 2026

EL FRUTO DE ATARDECERES

Pescadorcita mía,
Desciende a la ribera,
Y escucha placentera
Mi cántico de amor;
Sentado en su barquilla,
Te canta su cuidado,
Cual nunca enamorado
Tu tierno pescador.

La noche el cielo encubre
Y acalla manso el viento,
Y el mar sin movimiento
También en calma está:
A mi batel desciende,
Mi dulce amada hermosa:
La noche tenebrosa
Tu faz alegrará.

Aquí apartados, solos,
Sin otros pescadores,
Suavísimos amores
Felice te diré,
Y en esos dulces labios
De rosas y claveles
El ámbar y las mieles
Que vierten libaré.

La mar adentro iremos,
En mi batel cantando
Al son del viento blando
Amores y placer;
Regalarete entonces
Mil varios pececillos
Que al verte, simplecillos,
De ti se harán prender.

De conchas y corales
Y nácar a tu frente
Guirnalda reluciente,
Mi bien, te ceñiré;
Y eterno amor mil veces
Jurándote, cumplida
En ti, mi dulce vida,
Mi dicha encontraré.

No el hondo mar te espante,
Ni el viento proceloso,
Que al ver tu rostro hermoso
Sus iras calmarán;
Y sílfidas y ondinas
Por reina de los mares
Con plácidos cantares
A par te aclamarán.

Ven ¡ay! a mi barquilla,
Completa mi fortuna;
Naciente ya a la luna
Refleja el ancho mar;
Sus mansas olas bate
Süave, leve brisa;
Ven ¡ay! mi dulce Elisa,
Mi pecho a consolar.

(Poema de mi amigo José de Espronceda)

Siempre fue una persona poco habladora. Su trabajo, sus copas después de ello, su gente, y poco más, salvo un conocimiento extenso sobre el comportamiento humano, aprendido por la gran cantidad de gentes y hechos vividos.
Viajó por todo el mundo, subsistiendo a través de diversos trabajos que no siempre conocía aunque, con su empeño, los aprendió y realizó sin nunca recibir una queja.
De todos ellos, quizás el que más le marcó para su futuro fue cuando trabajó en la mar, de pescador, en la isla de Cubagua, en el municipio de Tabores, Venezuela, un núcleo urbano casi desierto, donde apenas vivían cincuenta personas y de las cincuenta, una, Margarita, fué quien retuvo al Cipri con su peñero faenando entre Punta Manglecito y Punta Arenas, arriesgando alguna vez hasta Punta La Horca y regresando a la caída del día a vender su pescado y a descansar entre los brazos de quien se adueñó de su aventurero corazón hasta que, por problemas familiares, tuvo que regresar a España para hacerse cargo de la taberna familiar que era un referente en la comarca y casi un centro social de primer orden, el Mono Rojo.
Seguramente si Cipri hubiera conocido todo lo que pasó en Tabores, nunca se hubiera venido a España y hubiera perdido la taberna, pero él era desconocedor de que esos atardeceres venezolanos donde el sol se bañaba en las aguas de ese Mar Caribe dejando a la Luna el espacio, germinaran en alguien que a la postre terminara por mantener al Mono Rojo en la familia y continuando su servicio fraterno entre los parroquianos, porque cuando el Cipri empezó a notar como ese alemán le robaba la memoria y le recluía en ocasiones en ese pozo negro del no ser, habló con Venezuela y esa niña, a la que desde que se enteró de su existencia nunca dejó de proteger económicamente, vino a España a conocer a su padre y para hacerse cargo de ese local mítico una vez que hubiera comprendido su esencia y formara parte de su espíritu colectivo.
Adiolinda llegó a la Taberna, y guardando su secreto, empezó de camarera de un Cipri cada vez más recluido en su alzehimer, y nadie supimos que era hija del Cipri hasta que la comisión judicial se presentó un día en la Taberna con el cometido de apropiarse de ella y mandar al Cipri a una residencia al estar solo en el mundo.
En ese momento un vendaval venezolano salió de detrás de la barra, con una gran carpeta llena de papeles donde quedaba claro que era hija del Cipri, al que entre ella y la Maruxaina cuidaban, ahora también con la ayuda de Teresa, y que el local estaba puesto notarialmente en el testamento que pasaba íntegramente a poder de Adiolinda, su hija, cuando éste se despidiera, obligándo a la comisión judicial a marcharse y a estudiar el caso en las dependencias del juzgado pero ya sin ninguna oportunidad de apropiarse de la taberna y de recluir al Cipri.
Nunca el juez pudo pensar que todo transcurrió en la juventud del tabernero en unas aguas transparentes y limpias como los ojos de Margarita cuando acompañaba al Cipri con su peñero entre Punta Manglecito y Punta Arenas bajo la luz celestial de un atardecer caribeño.

sábado, 17 de enero de 2026

MELODIA DE LEYENDA

El viento es un caballo:
óyelo cómo corre
por el mar, por el cielo.

Quiere llevarme: escucha
cómo recorre el mundo
para llevarme lejos.

Escóndeme en tus brazos
por esta noche sola,
mientras la lluvia rompe
contra el mar y la tierra
su boca innumerable.

Escucha como el viento
me llama galopando
para llevarme lejos.

Con tu frente en mi frente,
con tu boca en mi boca,
atados nuestros cuerpos
al amor que nos quema,
deja que el viento pase
sin que pueda llevarme.

Deja que el viento corra
coronado de espuma,
que me llame y me busque
galopando en la sombra,
mientras yo, sumergido
bajo tus grandes ojos,
por esta noche sola
descansaré, amor mío.

(Poema de  Pablo Neruda)

El pasado tres de enero fue cuando pudimos escuchar de nuevo la música del Mono Rojo.
No se sabe si es por la ubicación y como el aire, en esos y solo en esos días de luna llena, entra por las rendijas de la taberna produciendo una melodía que abre los corazones de quienes la escuchan haciendo más grupo entre los parroquianos del Mono Rojo.
Otros dicen que es el espíritu del fundador original, que en un empeño en que su obra de tener un sitio donde vecinos y visitantes encuentren al Mono Rojo como un segundo hogar en el que confiar en los demás, regresa cada luna llena y pone en marcha un oculto mecanismo guardado entre sus paredes que hace que esa melódica llamada a la amistad empiece a sonar, tímidamente al principio para ir in crescendo ocupando sentimientos ignorados a los parroquianos que la sienten como un suave susurro con el poder de limpiar y curar los corazones intoxicados por el quehacer diario.
Otros cuentan como al ser poseídos por la melodía, se encuentran conectados al espíritu de la taberna y se enfrentan a sus deseos, a sus sueños, encontrando respuesta a sus preguntas. 
Los hay que lo comparan con un susurrante regato de agua que discurre suave y tranquilo por la taberna llevándose problemas y preocupaciones hasta el mar, donde se pierden.
En cualquier caso, estar atentos a la próxima luna llena y escuchar.

ENTRE PUCHEROS

Cuando la obediencia os trajere empleadas en cosas exteriores; entended que, si es en la cocina, entre los pucheros anda el Señor ayudándoos en lo interior y exterior”. 
(Santa Teresa de Jesús, libro de las Fundaciones 5,8.)

Llegó un día a la taberna, con una maleta vieja, como de cartón, su ropas pasadas de moda, negras, y su pelo corto recogido en una pequeña melena con una goma también negra.
Habló con Adiolinda, que al poco, estrechándola en un abrazo la pasó a la cocina, para después, al cerrar, llevarla a su casa.
Nadie supimos más de sus circunstancias, pero si degustábamos los excelentes platos que de su mano salían en una cocina de la que se había hecho cargo contratada por Adiolinda, que también la facilitaba alojamiento en su hogar.
La preguntábamos y no nos contestaba, pero si la contábamos algún problema personal, se sentaba con el que la abordaba, le escuchaba y le aconsejaba como si fuera su madre.
Decía que se llamaba Teresa y se ganó el respeto y el cariño de todos los parroquianos, y no solo por el arte de su mano al cocinar, sino por su empatía y ayuda a quien lo necesitaba.
Un día la vimos llorar y esconderse en su cocina, mientras un periodista de televisión con su cámara se empeñaban en preguntarla y grabarla.
¿Como llegó hasta aquí, sor Teresa?¿Se salió del convento y ahora es cocinera en vez de monja? ¿Que dicen sus antiguas hermanas de ésto, lo conocen, saben donde está, en que trabaja? Sor, sor, sor....
Preguntas sin esperar respuestas, y Teresa llorando. Salió Adiolinda de la cocina, con un rodillo de madera de amasar y dirigiéndose a los periodistas les exigía que salieran de la Taberna, sin lograrlo.
Poco a poco empezamos a levantarnos los parroquianos, Paco, Pedro, Severiano, Rosa, el Fantasma del Pasado, Pepefel y un servidor y fuimos empujando hasta la calle a los cuervos de la prensa que alteraban a Teresa y a la taberna.
Una vez echados fuera del Mono Rojo, pasados unos minutos, salió Teresa, con unos klinex en la mano con los que se secaba los ojos y se sonaba la nariz, y acompañada de la camarera se sentó en una de las mesas y mirándonos fijamente empezó a contarnos:
- Soy Teresa, María José de nacimiento, nací en una pequeña pedanía sevillana, y desde muy jovencita sentí la llamada religiosa para terminar entrando, con 19 años, en una congregación de las clarisas que me mandaron a un convento en Burgos, en donde me dediqué durante veinte años a la oración y a la enseñanza a chiquillos de la zona.
Ya llevaba yo tiempo inmersa en una crisis de fé, y en una ocasión en la que casi toda la congregación, tras sucesivas discusiones con el obispo, se separó de la Iglesia,  aproveché y dí el  paso a mí deseo de experimentar el mundo fuera de los muros del convento , marchándome de Belorado y llegando hasta la taberna del Mono Rojo donde Adiolinda me contrató para la cocina facilitándome al mismo tiempo un lugar donde vivir, con ella.

Aquí, en la taberna, pese que al principio, acostumbrada a la disciplina y al recogimiento del convento, la costó, poco a poco se fue ganando nuestro cariño, por su especial delicadeza al aconsejarnos, por siempre tener tiempo para escucharnos, también por sus suculentos platos y raciones, de tal manera que se convirtió en un referente más del Mono Rojo.
Al ver hoy el ataque cruel de los periodistas y verla llorar, reaccionamos defendiendo a quien ya venía siendo uno de los nuestros, a la que Pepefel, con su sorna gallega la empezó a llamar Sor y Hermana. Ella sonreía.

viernes, 16 de enero de 2026

BUSCANDO A MARIO


Aunque el resplandor que
en otro tiempo fue tan brillante
hoy esté por siempre oculto a mis miradas.

Aunque mis ojos ya no
puedan ver ese puro destello
que en mi juventud me deslumbraba.

Aunque nada pueda hacer
volver la hora del esplendor en la hierba,
de la gloria en las flores,
no debemos afligirnos,
porque la belleza subsiste siempre en el recuerdo.

En aquella primera
simpatía que habiendo
sido una vez,
habrá de ser por siempre;
en los consoladores pensamientos
que brotaron del humano sufrimiento,
y en la fe que mira a través de la muerte.

Gracias al corazón humano
por el cual vivimos;
gracias a sus ternuras, a sus
alegrías y a sus temores, la flor más humilde al florecer
puede inspirarme ideas que, a menudo,
se muestran demasiado profundas
para las lágrimas.

(Poema de mi amigo William Wordsworth) 


- Hola, buenas tardes, es la primera vez que vengo a este lugar, aunque he oído hablar mucho de él.
-Buenas tardes, señora, soy Adiolinda, la camarera de la Taberna, dice que ha oído hablar mucho sobre el Mono Rojo, ¿Por alguien en concreto o ha escuchado hablar de él en general?
-Mire, me llamó Petra, y fuí la mujer de Mario, un cliente suyo que, desgraciadamente, se mató en un accidente con la moto cuando venía hacia aquí, como todas las tardes. Ya que no le tengo, voy recorriendo todos los lugares donde se sentía cómodo y a gusto, y éste era uno de ellos.Quiero comprender, entender, el por qué se sentía como en casa, aquí, en una taberna.
- Petra, la propongo que hable usted con su marido, con Mario, y que él le explique todo lo que necesite saber.
-¿Me toma el pelo? ¿Que no ha entendido de que mi marido se mató con la moto? Mi marido está muerto y enterrado, no sea usted tonta.
-Petra, siéntese a una mesa, tómese una cerveza, y espere, observé el salón, sus paredes de piedra y madera, sus lámparas, los parroquianos como Mario, y luego me cuenta si quiere, o se levanta y se va, a la jarra la invito yo.
Petra se sentó en una mesa cercana a la chasca, una mesa en la que los habituales suelen sentarse al estar cerca del calor, y hablan, y se escuchan unos a otros, y comparten.
Cuando me acerqué a la mesa y tomé asiento, esa mujer me miró con curiosidad y me dijo que si quería sentarme, bien, la mesa era grande, pero que ella ya estaba sentada y no buscaba compañía, menos de desconocidos.
Me presenté, hola, soy Forastero Quizás, parroquiano de esta Taberna desde hace muchos años.
Ella empezó a conversar, me preguntó si conocía a Mario, su marido, el que se mató con la moto, si le conocía más gente, de que hablábamos con él, que nos contaba, si hablaba de ella, si del trabajo en la empresa de su padre, de sus hijos, y bla, bla bla. Ya no dejo de hablar en toda la tarde, conmigo y con más parroquianos que desde luego habían conocido a Mario y habían compartido con él tiempo, cervezas y compañía.
Hasta que, con alguna lágrima empezando a formarse en sus ojos, dijo que tenía que irse.
Todos la dijimos hasta pronto y ella fue a despedirse de Adiolinda.
¿Habló con Mario, su marido? la pregunto de golpe la camarera.
Si, tenía usted razón, mi marido está aquí, forma parte de la Taberna. No ha muerto al estar en los recuerdos de todos los parroquianos que le conocieron, a los que contó sus cosas, sus inquietudes, sus problemas, incluso las discusiones conmigo.
En cada conversación con  los diversos parroquianos que me transmitieron sus palabras, estaba Mario hablándome a través de ellos, a veces, alguno hacía hasta sus gestos al expresarse, y si, me he dado cuenta de que Mario es parte viva de este establecimiento, de cada piedra, de cada jarra, de cada mesa. Está aquí, en el aire, en el ambiente, en las palabras que sembró y que recogieron el resto de sus amigos tabernarios.
Desde que murió, nunca he estado más cerca de él que lo que he estado esta tarde, y volveré, volveré cada vez que necesite hablar con él, exponer mis problemas o lo que me ocurra a los parroquianos que se sienten conmigo a la mesa y quieran escucharme, y yo escucharé, escucharé mucho.
Sin duda, Mario está en la Taberna, terminó,  dando un abrazo a la camarera y unas gracias que olían a promesa, "volveré".

jueves, 15 de enero de 2026

ENCUENTRO


.Aquel momento que flota
nos toca de su misterio.
Tendremos siempre el presente
roto por aquel momento.

Toca la vida sus palmas
y tañe sus instrumentos.
Acaso encienda su música
sólo para que olvidemos.

Pero hay cosas que no mueren
y otras que nunca vivieron
y las hay que llenan todo
nuestro universo.

Y no es posible librarse
de su recuerdo.

(Poema de mi amigo, José Hierro)


Se sentó a la mesa, enfrente mía, mirándome fijamente mientras una tímida sonrisa iluminaba su cara empujándome a un pasado del que casi no recuerdo detalles concretos y que tan solo un pensamiento global generalizado en nosotros es capaz de trasladarme sentimientos ya olvidados.
Su cara de niña, con trece años, no me permite invitarla a una cerveza, que incluso creo no hubiera aceptado, y me volví hacia la barra pidiendo a Adiolinda un refresco de naranja, mientras escuchaba su voz retomando esas caminatas abrazados hasta la vieja estación de tren, donde nos sentábamos en el suelo árido y seco que la rodeaba.
Al girar de nuevo la cabeza situándome frente a ella, observé con sorpresa que había cambiado. Algún granito, un toque de maquillaje en los ojos que luego tendría que quitarse para entrar sin problemas en su casa y un rictus más serio del de costumbre mientras en su pecho germinaban frases que inmediatamente su garganta expresaba. "No viniste a verme, casi no me escribías y yo te esperaba anhelando verte, tocarte, besarte, abrazarte, pero no estabas".
En ese momento tendría unos dieciséis años y seguía siendo preciosa, con ese temblor casi imperceptible del labio inferior motivado por esa permanente cortedad que no conseguía vencer.
- Gracias, Adiolinda - le dije a la camarera que nos traía el refresco, y al volver a mirarla ya tenía unos veinte años, aunque seguía siendo ella al decirme, " y viniste por fin a verme. Ya era tarde, tenía otro novio, que me quería, que aguantaba mi falta de sentimientos por él al tenerlos empeñados en tí, pero viniste y estuvimos juntos.
Te presentaste en casa de mis padres y nos saludaste a todos, incluso a mi pareja. Nos dijiste que te habías casado, que tenías un hijo y yo no entendía por qué aterrizaste en casa después de cuatro o cinco años"

Miré hacia abajo, forzado por el peso de los recuerdos y te iba a contestar cuando vi que ahora tu rostro había vuelto a cambiar, tendría unos treinta y tantos.
" Y seguiste viniendo dos o tres veces al año, y nos escribíamos, y te dije que ahora era yo la casada, aunque seguía esperando a que vinieras por mi.
No me porte bien con mi marido, no respondí a su amor como hubiera debido, pero estabas tú, el que me había abandonado y yo no podía olvidarte".
La cogí de las manos y al decirla, escucha, la miré y en ese momento su rostro volvió a cambiar, ahora tendría unos cincuenta años y aunque muy diferente, conservaba esos gestos suyos que tanto me atraían, aunque ahora sus ojos estaban algo apagados, con penas profundas de las que dejan cicatrices en el alma que terminan brotando en la faz.
"Y me ingresaron por depresión severa. No quería hablar con nadie, no quería comer, no quería más que hablar contigo y marcharnos juntos, aunque ya hacía años que no nos veíamos pese a que hablábamos por teléfono de cuando en cuando.
Hasta le dije a mi marido que me iba contigo. Me ingresaron y tú no estabas".
Cuando conseguí limpiarme de sudor los ojos empapados la miré, ya tenía sesensa y algo, " ya no sé si nos veremos alguna vez, seguramente no. No puedo llamarte por teléfono porque no me atrevo, así que he venido a despedirme", me dijo acercando sus labios a los míos, me dió un tierno beso mientras su cara volvía a los trece años.
Se levantó y marchando lentamente, sin volverse, abandonó la taberna.
-¿Para que querías el refresco, Forastero? Dejaste que se calentara y ni lo has tocado.
-Adiolinda, piénsalo bien, ¿viste a quien estaba sentada conmigo?
-Forastero, vete a casa, no bebas más. Estuviste solo todo el tiempo y ni hablabas.

No me dí cuenta de que con los dedos revolvía y daba vueltas a algo. Era un viejo anillo de plata, de mujer, de los que se llevaban en los años setenta del siglo pasado y en su interior dos palabras, ETERNAMENTE TU

miércoles, 14 de enero de 2026

UNA INFUSION CON TACONES

La belleza y la muerte son dos cosas profundas,

con tal parte de sombra y de azul que diríanse

dos hermanas terribles a la par que fecundas,

con el mismo secreto, con idéntico enigma.

Oh, mujeres, oh voces, oh miradas, cabellos,

trenzas rubias, brillad, yo me muero, tened

luz, amor, sed las perlas que el mar mezcla a sus aguas,

aves hechas de luz en los bosques sombríos.

Más cercanos, Judith, están nuestros destinos

de lo que se supone al ver nuestros dos rostros;

el abismo divino aparece en tus ojos,

y yo siento la sima estrellada en el alma;

mas del cielo los dos sé que estamos muy cerca,

tú porque eres hermosa, yo porque soy muy viejo.

(Poema de mi amigo, Víctor Hugo)


No la vi nunca en la taberna y por los comentarios, ningún otro parroquiano la había visto jamás.
Era alta, grande, muy elegante en la sobriedad de sus ropas, oscuras, negras, con velos y tules al cuello y en brazos, con grandes y puntiagudos tacones en los piés, envueltos en unas medias que parecían de fina rejilla, también negras, estilizando el paso seguro, estiloso, con garbo.
De ahí los comentarios en su avance mientras en el ambiente dominaba ya un intenso olor dulzón a perfume caro y exclusivo.
Pidió una infusión y mientras la máquina sonaba con el siseo del agua hirviendo a presión cayendo en el vaso, ella lanzó su mirada, curiosa, recorriendo toda la sala.
Ni una sonrisa en su cara, seriedad absoluta, fría, y en las mejillas se observaba falta de color que el maquillaje, de haberlo, discreto, un toque, no ayudaba a ocultar.
Un par de clientes, algo perjudicados por un exceso de alcohol, acercándose a ella recibieron el latigazo de su mirada, rigurosa, helada, dura, que les hizo a uno tras otro retirarse cortados, sin decir nada más.
Bordeando los labios discretamente con una servilleta, dió por acabada la infusión, pagó y abandonó la taberna del mismo modo con el que había entrado, dejando, eso si, en el suelo que había ocupado, tres o cuatro hojas de roble, secas y caídas nadie sabe de dónde.
Apuré mi jarra dispuesto a llegar a tiempo al funeral de cuerpo presente de la hermana de un amigo de años.
El frío de la calle era similar al que de golpe, repentinamente, se había hecho dueño del termómetro del interior, sin que la chasca encendida pudiera levantar unos grados el mercurio,
Subiéndome el cuello de la chaqueta, una vez dejada atrás la alta escalera de piedra que da paso a la gran puerta de la iglesia, paso al interior donde un catafalco levanta, frente al altar, en el centro de la nave, un ataúd abierto que mi amigo me empuja a mirar para despedirme de su hermana.
Algo en mi se alteró, cuando sorprendido y asustado veo a la alta mujer, de bellos tacones y rostro poco maquillado en el interior de la caja de madera labrada cuidadosamente con motivos religiosos,  y con las manos cruzadas sujetando  un rosario de cuentas de madreperla que resaltaban con el oscuro tono de la distinguida  ropa.
En el suelo de la iglesia, alrededor del ataúd, unas cuantas hojas de roble caídas de Dios sabe dónde.

martes, 13 de enero de 2026

LA CHASCA NUESTRA DE CADA DÍA

 Siempre habrá nieve altanera

que vista el monte de armiño

y agua humilde que trabaje

en la presa del molino.

Y siempre habrá un sol también

un sol verdugo y amigo

que trueque en llanto la nieve

y en nube el agua del río.

(Poema de mi amigo León Felipe,)



Es trece de enero y estoy en la taberna apoyando los codos en una mesa cercana a la chasca que desprende un calor que te sofoca la cara mientras la conjunción entre los leños de madera y las llamas entonan esa triste canción de invierno compuesta de chasquidos y crepitares de los troncos al verse acariciados por las ardientes y varias lenguas de fuego que les recorren la anatomía como amantes intensos y delicados.

A esa distancia ya me hizo, la hoguera,  deshacerme de la chaqueta y de la bufanda, compañeros leales durante estos fríos madrileños nacidos en el polo y que en la meseta cogen bríos y fuerzas para meterse y calar en nuestros huesos de manera seca y tan helada que ni dos carajillos seguidos entonan al suplicante cuerpo expuesto a esa temperatura invernal, que en Madrid te abraza, arrastrando a muchos a residencias eternas en los museos de lápidas y sepulturas varias, a cual más trabajada, que la capital dispone para el descanso eterno al que lleva la terrible neumonía que busca habitación en los pulmones y bronquios de confiados ciudadanos urbanitas poco acostumbrados a la resistencia que les ofrece el armamento de leches, mieles y brandis con las que, tradicionalmente, el madrileño, el castellano, se  enfrentó desde siempre a tan gélido enemigo.

Cuando alguien entra en el Mono Rojo, las batientes puertas permiten el paso del quejío del viento dominante en la calle mientras silba su inquietante melodía acompañada del rítmico golpeó de alguna uralita a punto de romper su relación con el tejado de algún edificio cercano.

Todo ayuda a ese sentimiento de vacío frío que traslada enero a nuestros sentidos después del calor amigable de las reuniones navideñas con las que diciembre despide al pasado año entre brindis y villancicos, a veces pesados, como este año en el que se multiplicaron las zambombas, palillos y panderos que, como himno generalizado, perseguían desde radios y cantantes espontáneos aficionados al resto, sufridores de un nacimiento de Dios en un mundo de gitanos buenos que le cantarán, que le cantarán entre zambombas, palillos y panderos.

Que horror, con tanta agresión musical uno ya no sabe, llegado el momento, donde termina la cabeza y donde empieza el repetido e interminable pandero. Ya "pa qué" las zambombas...

Agobio navideño vivido y pasado dando lugar a la estepa fría y vacía de enero, donde solo en la chasca se encuentra albergue y consuelo esperando la detonación primaveral que llena Madrid de tulipanes, aunque "pa eso", aún queda.