ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO
LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

martes, 13 de enero de 2026

LA CHASCA NUESTRA DE CADA DÍA

 Siempre habrá nieve altanera

que vista el monte de armiño

y agua humilde que trabaje

en la presa del molino.

Y siempre habrá un sol también

un sol verdugo y amigo

que trueque en llanto la nieve

y en nube el agua del río.

(Poema de mi amigo León Felipe,)



Es trece de enero y estoy en la taberna apoyando los codos en una mesa cercana a la chasca que desprende un calor que te sofoca la cara mientras la conjunción entre los leños de madera y las llamas entonan esa triste canción de invierno compuesta de chasquidos y crepitares de los troncos al verse acariciados por las ardientes y varias lenguas de fuego que les recorren la anatomía como amantes intensos y delicados.

A esa distancia ya me hizo, la hoguera,  deshacerme de la chaqueta y de la bufanda, compañeros leales durante estos fríos madrileños nacidos en el polo y que en la meseta cogen bríos y fuerzas para meterse y calar en nuestros huesos de manera seca y tan helada que ni dos carajillos seguidos entonan al suplicante cuerpo expuesto a esa temperatura invernal, que en Madrid te abraza, arrastrando a muchos a residencias eternas en los museos de lápidas y sepulturas varias, a cual más trabajada, que la capital dispone para el descanso eterno al que lleva la terrible neumonía que busca habitación en los pulmones y bronquios de confiados ciudadanos urbanitas poco acostumbrados a la resistencia que les ofrece el armamento de leches, mieles y brandis con las que, tradicionalmente, el madrileño, el castellano, se  enfrentó desde siempre a tan gélido enemigo.

Cuando alguien entra en el Mono Rojo, las batientes puertas permiten el paso del quejío del viento dominante en la calle mientras silba su inquietante melodía acompañada del rítmico golpeó de alguna uralita a punto de romper su relación con el tejado de algún edificio cercano.

Todo ayuda a ese sentimiento de vacío frío que traslada enero a nuestros sentidos después del calor amigable de las reuniones navideñas con las que diciembre despide al pasado año entre brindis y villancicos, a veces pesados, como este año en el que se multiplicaron las zambombas, palillos y panderos que, como himno generalizado, perseguían desde radios y cantantes espontáneos aficionados al resto, sufridores de un nacimiento de Dios en un mundo de gitanos buenos que le cantarán, que le cantarán entre zambombas, palillos y panderos.

Que horror, con tanta agresión musical uno ya no sabe, llegado el momento, donde termina la cabeza y donde empieza el repetido e interminable pandero. Ya "pa qué" las zambombas...

Agobio navideño vivido y pasado dando lugar a la estepa fría y vacía de enero, donde solo en la chasca se encuentra albergue y consuelo esperando la detonación primaveral que llena Madrid de tulipanes, aunque "pa eso", aún queda.

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