Cuando la obediencia os trajere empleadas en cosas exteriores; entended que, si es en la cocina, entre los pucheros anda el Señor ayudándoos en lo interior y exterior”.
(Santa Teresa de Jesús, libro de las Fundaciones 5,8.)
Llegó un día a la taberna, con una maleta vieja, como de cartón, su ropas pasadas de moda, negras, y su pelo corto recogido en una pequeña melena con una goma también negra.
Habló con Adiolinda, que al poco, estrechándola en un abrazo la pasó a la cocina, para después, al cerrar, llevarla a su casa.
Nadie supimos más de sus circunstancias, pero si degustábamos los excelentes platos que de su mano salían en una cocina de la que se había hecho cargo contratada por Adiolinda, que también la facilitaba alojamiento en su hogar.
La preguntábamos y no nos contestaba, pero si la contábamos algún problema personal, se sentaba con el que la abordaba, le escuchaba y le aconsejaba como si fuera su madre.
Decía que se llamaba Teresa y se ganó el respeto y el cariño de todos los parroquianos, y no solo por el arte de su mano al cocinar, sino por su empatía y ayuda a quien lo necesitaba.
Un día la vimos llorar y esconderse en su cocina, mientras un periodista de televisión con su cámara se empeñaban en preguntarla y grabarla.
¿Como llegó hasta aquí, sor Teresa?¿Se salió del convento y ahora es cocinera en vez de monja? ¿Que dicen sus antiguas hermanas de ésto, lo conocen, saben donde está, en que trabaja? Sor, sor, sor....
Preguntas sin esperar respuestas, y Teresa llorando. Salió Adiolinda de la cocina, con un rodillo de madera de amasar y dirigiéndose a los periodistas les exigía que salieran de la Taberna, sin lograrlo.
Poco a poco empezamos a levantarnos los parroquianos, Paco, Pedro, Severiano, Rosa, el Fantasma del Pasado, Pepefel y un servidor y fuimos empujando hasta la calle a los cuervos de la prensa que alteraban a Teresa y a la taberna.
Una vez echados fuera del Mono Rojo, pasados unos minutos, salió Teresa, con unos klinex en la mano con los que se secaba los ojos y se sonaba la nariz, y acompañada de la camarera se sentó en una de las mesas y mirándonos fijamente empezó a contarnos:
- Soy Teresa, María José de nacimiento, nací en una pequeña pedanía sevillana, y desde muy jovencita sentí la llamada religiosa para terminar entrando, con 19 años, en una congregación de las clarisas que me mandaron a un convento en Burgos, en donde me dediqué durante veinte años a la oración y a la enseñanza a chiquillos de la zona.
Ya llevaba yo tiempo inmersa en una crisis de fé, y en una ocasión en la que casi toda la congregación, tras sucesivas discusiones con el obispo, se separó de la Iglesia, aproveché y dí el paso a mí deseo de experimentar el mundo fuera de los muros del convento , marchándome de Belorado y llegando hasta la taberna del Mono Rojo donde Adiolinda me contrató para la cocina facilitándome al mismo tiempo un lugar donde vivir, con ella.
Aquí, en la taberna, pese que al principio, acostumbrada a la disciplina y al recogimiento del convento, la costó, poco a poco se fue ganando nuestro cariño, por su especial delicadeza al aconsejarnos, por siempre tener tiempo para escucharnos, también por sus suculentos platos y raciones, de tal manera que se convirtió en un referente más del Mono Rojo.
Al ver hoy el ataque cruel de los periodistas y verla llorar, reaccionamos defendiendo a quien ya venía siendo uno de los nuestros, a la que Pepefel, con su sorna gallega la empezó a llamar Sor y Hermana. Ella sonreía.
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