ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO
LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

miércoles, 14 de enero de 2026

UNA INFUSION CON TACONES

La belleza y la muerte son dos cosas profundas,

con tal parte de sombra y de azul que diríanse

dos hermanas terribles a la par que fecundas,

con el mismo secreto, con idéntico enigma.

Oh, mujeres, oh voces, oh miradas, cabellos,

trenzas rubias, brillad, yo me muero, tened

luz, amor, sed las perlas que el mar mezcla a sus aguas,

aves hechas de luz en los bosques sombríos.

Más cercanos, Judith, están nuestros destinos

de lo que se supone al ver nuestros dos rostros;

el abismo divino aparece en tus ojos,

y yo siento la sima estrellada en el alma;

mas del cielo los dos sé que estamos muy cerca,

tú porque eres hermosa, yo porque soy muy viejo.

(Poema de mi amigo, Víctor Hugo)


No la vi nunca en la taberna y por los comentarios, ningún otro parroquiano la había visto jamás.
Era alta, grande, muy elegante en la sobriedad de sus ropas, oscuras, negras, con velos y tules al cuello y en brazos, con grandes y puntiagudos tacones en los piés, envueltos en unas medias que parecían de fina rejilla, también negras, estilizando el paso seguro, estiloso, con garbo.
De ahí los comentarios en su avance mientras en el ambiente dominaba ya un intenso olor dulzón a perfume caro y exclusivo.
Pidió una infusión y mientras la máquina sonaba con el siseo del agua hirviendo a presión cayendo en el vaso, ella lanzó su mirada, curiosa, recorriendo toda la sala.
Ni una sonrisa en su cara, seriedad absoluta, fría, y en las mejillas se observaba falta de color que el maquillaje, de haberlo, discreto, un toque, no ayudaba a ocultar.
Un par de clientes, algo perjudicados por un exceso de alcohol, acercándose a ella recibieron el latigazo de su mirada, rigurosa, helada, dura, que les hizo a uno tras otro retirarse cortados, sin decir nada más.
Bordeando los labios discretamente con una servilleta, dió por acabada la infusión, pagó y abandonó la taberna del mismo modo con el que había entrado, dejando, eso si, en el suelo que había ocupado, tres o cuatro hojas de roble, secas y caídas nadie sabe de dónde.
Apuré mi jarra dispuesto a llegar a tiempo al funeral de cuerpo presente de la hermana de un amigo de años.
El frío de la calle era similar al que de golpe, repentinamente, se había hecho dueño del termómetro del interior, sin que la chasca encendida pudiera levantar unos grados el mercurio,
Subiéndome el cuello de la chaqueta, una vez dejada atrás la alta escalera de piedra que da paso a la gran puerta de la iglesia, paso al interior donde un catafalco levanta, frente al altar, en el centro de la nave, un ataúd abierto que mi amigo me empuja a mirar para despedirme de su hermana.
Algo en mi se alteró, cuando sorprendido y asustado veo a la alta mujer, de bellos tacones y rostro poco maquillado en el interior de la caja de madera labrada cuidadosamente con motivos religiosos,  y con las manos cruzadas sujetando  un rosario de cuentas de madreperla que resaltaban con el oscuro tono de la distinguida  ropa.
En el suelo de la iglesia, alrededor del ataúd, unas cuantas hojas de roble caídas de Dios sabe dónde.

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