ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO
LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

viernes, 16 de enero de 2026

BUSCANDO A MARIO


Aunque el resplandor que
en otro tiempo fue tan brillante
hoy esté por siempre oculto a mis miradas.

Aunque mis ojos ya no
puedan ver ese puro destello
que en mi juventud me deslumbraba.

Aunque nada pueda hacer
volver la hora del esplendor en la hierba,
de la gloria en las flores,
no debemos afligirnos,
porque la belleza subsiste siempre en el recuerdo.

En aquella primera
simpatía que habiendo
sido una vez,
habrá de ser por siempre;
en los consoladores pensamientos
que brotaron del humano sufrimiento,
y en la fe que mira a través de la muerte.

Gracias al corazón humano
por el cual vivimos;
gracias a sus ternuras, a sus
alegrías y a sus temores, la flor más humilde al florecer
puede inspirarme ideas que, a menudo,
se muestran demasiado profundas
para las lágrimas.

(Poema de mi amigo William Wordsworth) 


- Hola, buenas tardes, es la primera vez que vengo a este lugar, aunque he oído hablar mucho de él.
-Buenas tardes, señora, soy Adiolinda, la camarera de la Taberna, dice que ha oído hablar mucho sobre el Mono Rojo, ¿Por alguien en concreto o ha escuchado hablar de él en general?
-Mire, me llamó Petra, y fuí la mujer de Mario, un cliente suyo que, desgraciadamente, se mató en un accidente con la moto cuando venía hacia aquí, como todas las tardes. Ya que no le tengo, voy recorriendo todos los lugares donde se sentía cómodo y a gusto, y éste era uno de ellos.Quiero comprender, entender, el por qué se sentía como en casa, aquí, en una taberna.
- Petra, la propongo que hable usted con su marido, con Mario, y que él le explique todo lo que necesite saber.
-¿Me toma el pelo? ¿Que no ha entendido de que mi marido se mató con la moto? Mi marido está muerto y enterrado, no sea usted tonta.
-Petra, siéntese a una mesa, tómese una cerveza, y espere, observé el salón, sus paredes de piedra y madera, sus lámparas, los parroquianos como Mario, y luego me cuenta si quiere, o se levanta y se va, a la jarra la invito yo.
Petra se sentó en una mesa cercana a la chasca, una mesa en la que los habituales suelen sentarse al estar cerca del calor, y hablan, y se escuchan unos a otros, y comparten.
Cuando me acerqué a la mesa y tomé asiento, esa mujer me miró con curiosidad y me dijo que si quería sentarme, bien, la mesa era grande, pero que ella ya estaba sentada y no buscaba compañía, menos de desconocidos.
Me presenté, hola, soy Forastero Quizás, parroquiano de esta Taberna desde hace muchos años.
Ella empezó a conversar, me preguntó si conocía a Mario, su marido, el que se mató con la moto, si le conocía más gente, de que hablábamos con él, que nos contaba, si hablaba de ella, si del trabajo en la empresa de su padre, de sus hijos, y bla, bla bla. Ya no dejo de hablar en toda la tarde, conmigo y con más parroquianos que desde luego habían conocido a Mario y habían compartido con él tiempo, cervezas y compañía.
Hasta que, con alguna lágrima empezando a formarse en sus ojos, dijo que tenía que irse.
Todos la dijimos hasta pronto y ella fue a despedirse de Adiolinda.
¿Habló con Mario, su marido? la pregunto de golpe la camarera.
Si, tenía usted razón, mi marido está aquí, forma parte de la Taberna. No ha muerto al estar en los recuerdos de todos los parroquianos que le conocieron, a los que contó sus cosas, sus inquietudes, sus problemas, incluso las discusiones conmigo.
En cada conversación con  los diversos parroquianos que me transmitieron sus palabras, estaba Mario hablándome a través de ellos, a veces, alguno hacía hasta sus gestos al expresarse, y si, me he dado cuenta de que Mario es parte viva de este establecimiento, de cada piedra, de cada jarra, de cada mesa. Está aquí, en el aire, en el ambiente, en las palabras que sembró y que recogieron el resto de sus amigos tabernarios.
Desde que murió, nunca he estado más cerca de él que lo que he estado esta tarde, y volveré, volveré cada vez que necesite hablar con él, exponer mis problemas o lo que me ocurra a los parroquianos que se sienten conmigo a la mesa y quieran escucharme, y yo escucharé, escucharé mucho.
Sin duda, Mario está en la Taberna, terminó,  dando un abrazo a la camarera y unas gracias que olían a promesa, "volveré".

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