El viento es un caballo:
óyelo cómo corre
por el mar, por el cielo.
Quiere llevarme: escucha
cómo recorre el mundo
para llevarme lejos.
Escóndeme en tus brazos
por esta noche sola,
mientras la lluvia rompe
contra el mar y la tierra
su boca innumerable.
Escucha como el viento
me llama galopando
para llevarme lejos.
Con tu frente en mi frente,
con tu boca en mi boca,
atados nuestros cuerpos
al amor que nos quema,
deja que el viento pase
sin que pueda llevarme.
Deja que el viento corra
coronado de espuma,
que me llame y me busque
galopando en la sombra,
mientras yo, sumergido
bajo tus grandes ojos,
por esta noche sola
descansaré, amor mío.
(Poema de Pablo Neruda)
El pasado tres de enero fue cuando pudimos escuchar de nuevo la música del Mono Rojo.
No se sabe si es por la ubicación y como el aire, en esos y solo en esos días de luna llena, entra por las rendijas de la taberna produciendo una melodía que abre los corazones de quienes la escuchan haciendo más grupo entre los parroquianos del Mono Rojo.
Otros dicen que es el espíritu del fundador original, que en un empeño en que su obra de tener un sitio donde vecinos y visitantes encuentren al Mono Rojo como un segundo hogar en el que confiar en los demás, regresa cada luna llena y pone en marcha un oculto mecanismo guardado entre sus paredes que hace que esa melódica llamada a la amistad empiece a sonar, tímidamente al principio para ir in crescendo ocupando sentimientos ignorados a los parroquianos que la sienten como un suave susurro con el poder de limpiar y curar los corazones intoxicados por el quehacer diario.
Otros cuentan como al ser poseídos por la melodía, se encuentran conectados al espíritu de la taberna y se enfrentan a sus deseos, a sus sueños, encontrando respuesta a sus preguntas.
Los hay que lo comparan con un susurrante regato de agua que discurre suave y tranquilo por la taberna llevándose problemas y preocupaciones hasta el mar, donde se pierden.
En cualquier caso, estar atentos a la próxima luna llena y escuchar.
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