.Aquel momento que flota
nos toca de su misterio.Tendremos siempre el presente
roto por aquel momento.
Toca la vida sus palmas
y tañe sus instrumentos.
Acaso encienda su música
sólo para que olvidemos.
Pero hay cosas que no mueren
y otras que nunca vivieron
y las hay que llenan todo
nuestro universo.
Y no es posible librarse
de su recuerdo.
(Poema de mi amigo, José Hierro)
Su cara de niña, con trece años, no me permite invitarla a una cerveza, que incluso creo no hubiera aceptado, y me volví hacia la barra pidiendo a Adiolinda un refresco de naranja, mientras escuchaba su voz retomando esas caminatas abrazados hasta la vieja estación de tren, donde nos sentábamos en el suelo árido y seco que la rodeaba.
Al girar de nuevo la cabeza situándome frente a ella, observé con sorpresa que había cambiado. Algún granito, un toque de maquillaje en los ojos que luego tendría que quitarse para entrar sin problemas en su casa y un rictus más serio del de costumbre mientras en su pecho germinaban frases que inmediatamente su garganta expresaba. "No viniste a verme, casi no me escribías y yo te esperaba anhelando verte, tocarte, besarte, abrazarte, pero no estabas".
En ese momento tendría unos dieciséis años y seguía siendo preciosa, con ese temblor casi imperceptible del labio inferior motivado por esa permanente cortedad que no conseguía vencer.
- Gracias, Adiolinda - le dije a la camarera que nos traía el refresco, y al volver a mirarla ya tenía unos veinte años, aunque seguía siendo ella al decirme, " y viniste por fin a verme. Ya era tarde, tenía otro novio, que me quería, que aguantaba mi falta de sentimientos por él al tenerlos empeñados en tí, pero viniste y estuvimos juntos.
Te presentaste en casa de mis padres y nos saludaste a todos, incluso a mi pareja. Nos dijiste que te habías casado, que tenías un hijo y yo no entendía por qué aterrizaste en casa después de cuatro o cinco años"
Miré hacia abajo, forzado por el peso de los recuerdos y te iba a contestar cuando vi que ahora tu rostro había vuelto a cambiar, tendría unos treinta y tantos.
" Y seguiste viniendo dos o tres veces al año, y nos escribíamos, y te dije que ahora era yo la casada, aunque seguía esperando a que vinieras por mi.
No me porte bien con mi marido, no respondí a su amor como hubiera debido, pero estabas tú, el que me había abandonado y yo no podía olvidarte".
La cogí de las manos y al decirla, escucha, la miré y en ese momento su rostro volvió a cambiar, ahora tendría unos cincuenta años y aunque muy diferente, conservaba esos gestos suyos que tanto me atraían, aunque ahora sus ojos estaban algo apagados, con penas profundas de las que dejan cicatrices en el alma que terminan brotando en la faz.
"Y me ingresaron por depresión severa. No quería hablar con nadie, no quería comer, no quería más que hablar contigo y marcharnos juntos, aunque ya hacía años que no nos veíamos pese a que hablábamos por teléfono de cuando en cuando.
Hasta le dije a mi marido que me iba contigo. Me ingresaron y tú no estabas".
Cuando conseguí limpiarme de sudor los ojos empapados la miré, ya tenía sesensa y algo, " ya no sé si nos veremos alguna vez, seguramente no. No puedo llamarte por teléfono porque no me atrevo, así que he venido a despedirme", me dijo acercando sus labios a los míos, me dió un tierno beso mientras su cara volvía a los trece años.
Se levantó y marchando lentamente, sin volverse, abandonó la taberna.
-¿Para que querías el refresco, Forastero? Dejaste que se calentara y ni lo has tocado.
-Adiolinda, piénsalo bien, ¿viste a quien estaba sentada conmigo?
-Forastero, vete a casa, no bebas más. Estuviste solo todo el tiempo y ni hablabas.
No me dí cuenta de que con los dedos revolvía y daba vueltas a algo. Era un viejo anillo de plata, de mujer, de los que se llevaban en los años setenta del siglo pasado y en su interior dos palabras, ETERNAMENTE TU
1 comentario:
❤️❤️
Publicar un comentario