ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO
LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

martes, 20 de enero de 2026

EL FRUTO DE ATARDECERES

Pescadorcita mía,
Desciende a la ribera,
Y escucha placentera
Mi cántico de amor;
Sentado en su barquilla,
Te canta su cuidado,
Cual nunca enamorado
Tu tierno pescador.

La noche el cielo encubre
Y acalla manso el viento,
Y el mar sin movimiento
También en calma está:
A mi batel desciende,
Mi dulce amada hermosa:
La noche tenebrosa
Tu faz alegrará.

Aquí apartados, solos,
Sin otros pescadores,
Suavísimos amores
Felice te diré,
Y en esos dulces labios
De rosas y claveles
El ámbar y las mieles
Que vierten libaré.

La mar adentro iremos,
En mi batel cantando
Al son del viento blando
Amores y placer;
Regalarete entonces
Mil varios pececillos
Que al verte, simplecillos,
De ti se harán prender.

De conchas y corales
Y nácar a tu frente
Guirnalda reluciente,
Mi bien, te ceñiré;
Y eterno amor mil veces
Jurándote, cumplida
En ti, mi dulce vida,
Mi dicha encontraré.

No el hondo mar te espante,
Ni el viento proceloso,
Que al ver tu rostro hermoso
Sus iras calmarán;
Y sílfidas y ondinas
Por reina de los mares
Con plácidos cantares
A par te aclamarán.

Ven ¡ay! a mi barquilla,
Completa mi fortuna;
Naciente ya a la luna
Refleja el ancho mar;
Sus mansas olas bate
Süave, leve brisa;
Ven ¡ay! mi dulce Elisa,
Mi pecho a consolar.

(Poema de mi amigo José de Espronceda)

Siempre fue una persona poco habladora. Su trabajo, sus copas después de ello, su gente, y poco más, salvo un conocimiento extenso sobre el comportamiento humano, aprendido por la gran cantidad de gentes y hechos vividos.
Viajó por todo el mundo, subsistiendo a través de diversos trabajos que no siempre conocía aunque, con su empeño, los aprendió y realizó sin nunca recibir una queja.
De todos ellos, quizás el que más le marcó para su futuro fue cuando trabajó en la mar, de pescador, en la isla de Cubagua, en el municipio de Tabores, Venezuela, un núcleo urbano casi desierto, donde apenas vivían cincuenta personas y de las cincuenta, una, Margarita, fué quien retuvo al Cipri con su peñero faenando entre Punta Manglecito y Punta Arenas, arriesgando alguna vez hasta Punta La Horca y regresando a la caída del día a vender su pescado y a descansar entre los brazos de quien se adueñó de su aventurero corazón hasta que, por problemas familiares, tuvo que regresar a España para hacerse cargo de la taberna familiar que era un referente en la comarca y casi un centro social de primer orden, el Mono Rojo.
Seguramente si Cipri hubiera conocido todo lo que pasó en Tabores, nunca se hubiera venido a España y hubiera perdido la taberna, pero él era desconocedor de que esos atardeceres venezolanos donde el sol se bañaba en las aguas de ese Mar Caribe dejando a la Luna el espacio, germinaran en alguien que a la postre terminara por mantener al Mono Rojo en la familia y continuando su servicio fraterno entre los parroquianos, porque cuando el Cipri empezó a notar como ese alemán le robaba la memoria y le recluía en ocasiones en ese pozo negro del no ser, habló con Venezuela y esa niña, a la que desde que se enteró de su existencia nunca dejó de proteger económicamente, vino a España a conocer a su padre y para hacerse cargo de ese local mítico una vez que hubiera comprendido su esencia y formara parte de su espíritu colectivo.
Adiolinda llegó a la Taberna, y guardando su secreto, empezó de camarera de un Cipri cada vez más recluido en su alzehimer, y nadie supimos que era hija del Cipri hasta que la comisión judicial se presentó un día en la Taberna con el cometido de apropiarse de ella y mandar al Cipri a una residencia al estar solo en el mundo.
En ese momento un vendaval venezolano salió de detrás de la barra, con una gran carpeta llena de papeles donde quedaba claro que era hija del Cipri, al que entre ella y la Maruxaina cuidaban, ahora también con la ayuda de Teresa, y que el local estaba puesto notarialmente en el testamento que pasaba íntegramente a poder de Adiolinda, su hija, cuando éste se despidiera, obligándo a la comisión judicial a marcharse y a estudiar el caso en las dependencias del juzgado pero ya sin ninguna oportunidad de apropiarse de la taberna y de recluir al Cipri.
Nunca el juez pudo pensar que todo transcurrió en la juventud del tabernero en unas aguas transparentes y limpias como los ojos de Margarita cuando acompañaba al Cipri con su peñero entre Punta Manglecito y Punta Arenas bajo la luz celestial de un atardecer caribeño.

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