Madre, en aquel pozo negro
y hondo y frio de la huerta,
que junto al muro se abre,
se cayeron las estrellas…
Yo las estuve mirando,
fijamente, desde afuera,
y, con un temblor de lágrimas
también me miraban ellas...
Entre las grandes hay unas chirriquititas, que apenas
abren sus ojos azules,
redondos como cuentas...
Madre: la culpa de todo
la tiene la molinera;
dejó sin tapar el pozo
cuando se paró la rueda;
y atraidos por el mágico
hechizo del agua quieta,
fueron cayendo, una a una,
las estrellitas viajeras…
Madre: con el cubo grande
con que regamos la huerto,
me voy a pasar la noche
sacando estrellas.
—No, hijo, en el pozo negro
deja en paz las aguas quietas,
si las mueves con el cubo,
ya no verás las estrellas.
¡Las estrellas no se tocan:
sólo se ven… y se sueñan!
(Poema de Rubén C. Navarro)
Si no hubiera sido por la acción de la Maruxaina no me hubiera fijado más en detalle de la persona que había entrado en la taberna, pero el caso es que, después de más de media hora hablando con la veterana parroquiana, la joven sacó la guitarra de su funda y después de un momento de ojos cerrados, empezó a tocar una melódica canción acompañando a su voz que entonaba una letra que nunca había yo escuchado.
Toda la taberna guardó silencio mientras la canción seguía sonando, incluso el grupo de las jugadoras de cartas, no tanto por la música que sonaba y si mucho por el gruñido de la sirena que amenazante hizo que las ancianas callaran, con lo difícil que era lograr eso.
Se sucedieron tres o cuatro canciones más antes de que la muchacha guardara de nuevo en la funda su guitarra, y continuó hablando con la Maruxaina y con Teresa, que en cuanto escuchó los primeros acordes salió, quitándose el delantal, de la cocina dirigiéndose con paso rápido y la sonrisa en la cara a presentarse a la joven mujer.
Tenía el pelo largo, sonreía poco y en su mirada se notaba cierta melancolía o tristeza, lo que no acompañaba a la decisión de sus movimientos y a la seguridad de su voz y su música.
Cuando pregunté en voz baja a la Maruxaina en un momento en el que pasó por mi mesa, me dijo que se llamaba Vega, que buscaba un lugar distinto donde estar tranquila y poder meditar en paz, ya que, me confesó la ondina, al verla supo enseguida que era un ser especial proveniente del firmamento iluminado, ya que era la Hija de las Estrellas, invocada por su padre, como después supo, en una noche estrellada desde una playa próxima al fin del mundo y al que el cosmos respondió enviando a la bella e inteligente embajadora que ahora teníamos en el Mono Rojo.
Ni que decir tiene que el grupo formado por Adiolinda, la hija del Cipri, Teresa, la cocinera y la Maruxaina enseguida la integraron con ellas, con lo que la paz buscada por Vega estaba asegurada, y aunque podría contar a los demás lo que quisiera, en esas noches de mesa compartida y conversación confesada al resto, nadie rompería esos momentos de meditación frente a la chasca en los que los ojos tristes de Vega se convertían en intensos luceros en busca de respuestas.
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