ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.

ACERCATE Y SIENTATE UN RATO, ESTÁS EN LA TABERNA DEL MONO ROJO, AQUÍ TODA ILUSION ES POSIBLE.
Casi sin pensarlo nos fuimos sentando, uno tras otro, en torno a la chasca que encendió el Cipri, y asi pasamos la noche, escuchando las historias que alguien, no se quien, cualquiera que fuese, narraba despacito, creando un entorno de magia y misterio del que no queríamos salir.

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO

QUE LA POESIA NOS SALVE DEL MUNDO
LO IMPOSIBLE SOLO EXISTE EN TU VIDA

viernes, 22 de mayo de 2026

KIKO, MARTA Y UNA DANA

Por la memoria vagamos descalzos

seguimos el garabato de la lluvia

hasta la tristeza que es el hogar destino

la tristeza almacena los desastres del alma

o sea lo mejorcito de nosotros mismos

digamos esperanzas sacrificios amores.

A la tristeza no hay quien la despoje

es transparente como un rayo de luna

fiel a determinadas alegrías.

Nacemos tristes y morimos tristes

pero en el entretiempo amamos cuerpos

cuya triste belleza es un milagro.

Vamos descalzos en peregrinación

tu savia dulce nos acepta tristes.

El garabato de la lluvia nos conduce

hasta el hogar destino que siempre has sido

tristeza enamorada y clandestina

Y allí rodeada de tus de tus lágrimas secas / de tu siglo de sueños

nos abrazas como anticipo del placer.

(Poema de mi amigo Mario Benedetti)



Se llamaban Kiko y Marta. Se conocieron en el Mono Rojo porque los dos corretearon entre sus mesas, de críos, mientras sus padres compartían vino e historias en la Taberna, dejando a los chicos libertad entre parroquianos.. 

Kiko era mensajero. Llegaba siempre tarde a su cita en la Taberna, con la ropa, a veces, sucia de grasa seca de la vieja motocicleta, herencia de su padre,  con la que repartía, y una sonrisa que le duraba hasta que se acababa la cerveza.  

Marta era cajera de un supermercado. Tenía tatuajes en los antebrazos y la costumbre de esperar a Kiko tomando una cerveza.

Empezaron compartiendo mesa. Luego compartiendo historias. Luego compartiendo el banco de la esquina que no tiene corriente de aire pero que está lo suficientemente retirado para esas cosas de jóvenes enamorados.

Adiolinda dijo que durarían un invierno. Se equivocó. Duraron tres.

El problema fue una Dana en Valencia, a la que fue Kiko de voluntario, respondiendo a una petición del Concejo del Barrio de que necesitaban personas para ayudar allí donde el agua rompió casas, carreteras y familias enteras. 

"Vuelvo en un mes y nos vamos luego juntos", le dijo.  

Marta asintió y no discutió, pero no brindó con él esa noche. "Cuando vuelvas brindamos", dijo. "Por nuestra futura vida juntos".

Kiko se fue de madrugada, y pasó el mes, y pasó otro, y otro más. Kiko no cogía el teléfono, y por fin, con las lluvias de otoño llegaron los nombres de los que cayeron ayudando a los demás. El de Kiko venía en la lista.

En el Mono Rojo no se llora por alguien que marchó, y Marta no lo hizo, al contrario, muy seria se sentaba cada noche en el mismo banco donde se sentaba con Kiko y pedía dos vasos de cerveza, uno quedaba siempre intacto, sin tocar, que después, cuando Marta se iba se tomaba Dieguito, el Miserable, para que no se estropeara. 

"Es para cuando vuelva", decía Marta si alguien la preguntaba.

Pasó un año, y un día abrió las puertas de la Taberna Kiko, que regresaba. No estaba muerto, el río se lo llevó, pero lo encontraron un unos meandros río abajo y con la memoria perdida durante casi un año. Cuando la recuperó, volvió a la Taberna, muy delgado, con una cicatriz en la ceja, y al ver a Marta su cara se iluminó y andando hasta la mesa del banco, levantó el vaso de cerveza y dijo, brindemos, por algo que merezca la pena, como dijiste.

Marta, miró el vaso, luego a él, fría como el hielo, sin emociones en la cara, y muy seca, le dijo, no, no brindo, ya no merece la pena, y se fué sin decirle más, sin volverse a mirarlo.

Kiko se quedó sentado una hora, se bebió los dos vasos, los pagó y nunca más volvió al banco de la esquina, que desde entonces permanece vacío.

Ha pasado tiempo, casi dos años. Santiago era otro crío que corrió entre las mesas del Mono Rojo jugando con Marta y con Kiko, y aunque hacía años que no volvía a la Taberna, escuchó la historia de sus amigos de infancia y decidió regresar a ayudar, diciéndola a Adiolinda que podía hacer que esos dos, Kiko y Marta volvieran a brindar juntos. Adiolinda solo le dijo, no quiero broncas en el Mono Rojo, si es así, adelante, yo te ayudo, pero a la primera discusión fuera de tono, sales por la puerta.

Santiago le dijo a Kiko que había encontrado algo suyo en donde las inundaciones del río, algo que solo, aparte de él, Marta reconocería. Y a Marta la dijo que Kiko había dejado, antes de irse de voluntario, en la barra del Mono Rojo una carta que solo ella podría leer.

Ambos se presentaron en la Taberna, cada uno por su lado y sin saludarse.

Santiago les esperaba en el banco vacío, y puso dos vasos de cerveza, y les dijo, siéntense, son sus vasos. La única condición es que para beberlos deben brindar, si no, marchen a la barra y pidan allí lo que quieran sin brindar.

Kiko y Marta se miraron sin decir nada, y a los cuarenta y cinco minutos, Marta se levantó y fue hacia la barra donde pidió una cerveza.

Con ella en la mano se volvió a mirar a Kiko, que seguía sin moverse del banco, mirándola fijamente y recordando.

De golpe, Marta fue hacia él, cogió un vaso de cerveza del banco y se lo puso delante de la cara, - Brinda por algo que merezca la pena.

Kiko cogió el vaso y brindó con ella, sin abrazos, sin disculpas, sin un volvamos. Solo un brindis. 

Después Marta se marchó.

Adiolinda preguntó a Kiko, ¿Y ahora qué, de qué valió ese brindis?

Mirando fijamente a Adiolinda, Kiko dijo, a veces, arreglar algo no es volver a pegarlo. Es lograr que cuando te la encuentras y os miráis, dejé de doler.

Ni Marta ni Kiko volvieron nunca al Mono Rojo, pero si se ven por la calle, se saludan y sonríen.

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