Cuando esta virgen era prostituta
soñaba con casarse y zurcir calcetines
pero desde que quiso
ser simplemente virgen
y consiguió rutinas y marido
añora aquellas noches
lluviosas y sin clientes
en que tendida en el colchón de todos
soñaba con casarse y zurcir calcetines.
(Poema de mi amigo Mario Benedetti)
Rosa, la vieja meretriz que casi vivía en la Taberna dado el tiempo que pasaba en ella, estaba sentada siempre en una silla vieja que el Cipri la puso hace años y que todos respetábamos como suya.
Fue un martes de un noviembre ya antiguo, cuando Rosa se fue al cuarto que tenía alquilado en una fonda cercana con un joven de unos veinte años. Fué con él, lógicamente porque la pagó la tarifa que Rosa cobraba, aunque una vez en la habitación, el joven sacó un cuchillo y la amenazó.
Ella preguntó el por qué de esa acción y el chico respondió que le pagaron unos tipos por la muerte hacia meses de su hermano, muerte en la que Rosa no tuvo nada que ver pero que los hermanos creían que si al ser la vieja prostituta la última en estar junto a él en la calle mientras exhalaba el último suspiro.
Rosa hizo lo único que podía hacer, hablarle, contarle que un joven como él, que había enseñado a su hermana a leer con los carteles de la Taberna, que un joven que en cierta ocasión la llevó un pescado al no poder moverse ella por una lesión en la rodilla, no era del tipo matón como pretendía, y menos contra una mujer, prostituta, si, pero mujer.
El muchacho bajó el cuchillo, lo tiró al suelo y salió corriendo sin decir nada y sin hacer nada.
Estuvo seis meses desaparecido y cuando apareció por fin en el Mono Rojo, dejó un pan de centeno y un trozo de tocino en la barra, para que se lo dieran a Rosa.
La noche que ocurrió eso, en ese martes de un noviembre ya casi olvidado, Rosa le contó al Cipri lo ocurrido y le dijo, nunca más un cliente al cuarto, lo que me den tus parroquianos por escucharles y se acabó la profesión, ya no más.
El Cipri no la dijo nada, sacó una silla nueva que colocó en una mesa cerca del fuego y les dijo a los parroquianos y clientes de la Taberna, el que se pase de listo se las verá conmigo.
Ahora Rosa tiene setenta y seis años y sigue vistiendo como siempre, bebe aguardiente y anda camelando a los parroquianos para que la inviten o la den alguna moneda, pero nunca más volvió a llevar a nadie al cuarto. Los parroquianos la invitan y de vez en cuando la dan algún dinero, por cariño, ya que la atracción física la perdió hace tiempo, y todos los días, todos, Teresa la pone algo para comer y cenar que pagan entre Vega y la Maruxaina.
Rosa, la vieja prostituta, habitual del Mono Rojo, a su manera, se siente feliz.

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